martes, abril 01, 2008

Por una vida seriada...

Hace unas semanas me involucré en la urbana tarea de ponerme al día con alguna serie de éxito. Es que no se puede ir por la vida sin entender de qué te hablan cuando dicen Sex and the City (que debería ser simplemente Sex in the City), o Friends, (aunque esas dos ya no son de actualidad), Los Soprano, Nip Tuck o Lost. Se convertiría uno en algo así como en un inadaptado social que no comparte el lenguaje de la gente, como si en el Imperio Romano no hablara uno el latín vulgar. Y a mí la verdad es que me encanta que me arrastren las masas. Por eso decidí hacer una actualización de mi acervo televisivo que se estaba empolvando a niveles que no me gustaban.

Ahora bien, las series a mí no me gusta verlas en la televisión. Como que el síndrome de sufrir cada vez que se acaba el programa y tener que esperar no sé cuanto tiempo para ver qué continuaba cuando se me quedó el intenstino paralizado por la curiosidad, no, no me va. Ya bastante traumado me han de haber dejado las insufribles telenovelas mexicanas cada final de episodio, como para continuar sufriendo innecesariamente en estas épocas doradas del DVD. Mejor me compro mis discos y yo fijo el ritmo de mi propio sufrimiento. Lo único malo de esto es que a veces los ojos ya no dan para más, pero la emoción llegó a puntos climáticos (de climax no de clima) y me puedo desvelar toda una noche, poniendo a prueba mis reacciones al ingenio de los guionistas.

Empecé con una serie que se llama Dexter. El tal Dexter es uno de esos llamados serial killers (que no es lo mismo que "cereal killers"), pero es uno muy particular porque sus víctimas preferidas son, a su vez, asesinos seriales, los cuales le hacen tanto mal a la humanidad (representada por los residentes de Miami) que nuestro actor protagónico pues se nos hace retebuena gente con sus asesinatos justificadísimos en pro de la ley y el orden. La primera temporada terminó cansándome, porque para tanta sangre, mejor me aparezco en el área de urgencias de algún hospital público y así hago la experiencia más interactiva...

Después inicié con otra serie que se llama Héroes. Esta serie era un must para mí, siendo, como soy, un fan consumado de los X Men y de todo lo que huela a mutante (incluido yo mismo que tengo entre mis súper poderes mutantes poder hacer una trompa tan larga que me puedo tapar las fosas de la nariz, lo cual es muy práctico en todo tipo de albercas y de océanos. Bueno, estoy perdiendo foco... eso se los platico después). En Héroes, algunos humanos han empezado a mostrar súper poderes mutantes debidos (al parecer) al proceso evolutivo Darwiniano. Me entretuvo sobremanera, aunque me resultó más predecible de lo que hubiera creído. No es que no supiera que iban a ganar los buenos y lo malos, que son generalmente tan feos, se iban a tener que conformar con la derrota, pero eso de que en la publicidad de la siguiente temporada te exhiban el final de la primera, te hace pensar que no valieron la pena las muchísimas horas que le tuviste que dedicar al desenvolvimiento de la trama.

Lo que sí es garantía con la mayoría de las series bien producidas es que te van a dar algunas horas de entretenimiento, solaz y frugal esparcimiento. Así que hoy estoy resuelto a poner en el microondas las palomitas de maíz y darme a la tarea de ver la tercera temporada de Lost, que tuve abandonada por tanto tiempo, porque qué hay mejor que preocuparse por las ficciones que tan convenientemente nos distraen de nuestras propias preocupaciones.

lunes, marzo 31, 2008

De fines de semana que pasan casi en blanco...

Hace unos días un bicho malo como sólo es malo el diablo se apoderó de mi garganta y le pareció buena idea poner a mi sistema inmunológico en una revolución que el Che Guevara se quedaba triste al lado de mis glóbulos blancos. Y pues me enfermé, con altas dosis de fiebre y todo, lo cual hizo disminuir mi capacidad intelectual a su mínimo común múltiplo. Y el problema cuando yo me enfermo, no es la enfermedad en sí (si acaso un poco sus síntomas), sino lo nervioso que me pongo. Y como la fiebre es síntoma como del 90% de las enfermedades del género humano yo no puedo subir a 38°C sin creer que estoy a punto de expirar a causa de ébola.

Afortunadamente, ya estoy sano y salvo, pero el final de la semana pasada fue un periodo non grato. Aunque miércoles y jueves me sentía mal, no dejé de ir a trabajar, lo cual trajo como inmediato resultado mi peor empeoramiento sanitario. Tanto que el viernes pude derrotar al maldito súper ego, que se empecinaba en anteponer la responsabilidad laboral a la salud y me quedé guardando el reposo más absoluto y radical, desde la Santa Inquisición. Pero el reposo cuando es por obligación, no es para nada lindo. Tantas horas - me quejaba yo - de mi vida deseando un cómodo lecho para reclinarme a disfrutar de las dulces mieles del sueño, y ahora que puedo hacerlo nada más no hay manera de contentarme.

Como mi único consuelo y compañía inseparable en las angustiosas horas de mi inventada agonía, tuve un libro que compré en Buenos Aires, con las historietas ilustradas completas de un famoso personaje inventado por el historietista Fontanarrosa, de nombre Inodoro Pereyra. El tal Inodoro es un gaucho hecho y derecho, y el cómic narra las aventuras que le ocurren al lado de su perro, Mendieta, que habla la compleja lengua humana. Aparte de que mataba de la risa (y de la tos que me provocaba la risa) es una historieta muy ilustrativa y plagada de cultas y culturales referencias. Entre muchas otras cosas encontré estas palabras de un poeta cuyo nombre omite y que me parecieron fantásticas:

Vas a entrar desde ahora por siempre en mi pasado;
tal vez nos encontremos en la calle algún día.
Te veré desde lejos con aire descuidado,
y llevarás un traje que no te conocía...

miércoles, marzo 26, 2008

Cápsula

"Profesor Girafales:
- ¿Chavo del 8, qué es un círculo vicioso?

Chavo del 8:
- El Ñoño... si fumara."

Chespirito (diminutivo mexicanizado de Shakespeare).

¿No es genial?

martes, marzo 25, 2008

De política y cosas peores

El nombre de esta entrada está íntegramente copiado de un columnista político que alterna las gracias de la política, con chistes basados principal y agobiantemente en la picardía sexual. Pero era muy oportuno para discutir un tema de política que es necesario ser discutido profundamente: el sistema de partidos.

Yo sé que muchas personas cuando escuchan hablar de "la política" les empieza una especie de alergia en la piel con ronchas y todo, acompañada de un aburrimiento casi inmediato e irremediable. En vez de discutir de temas políticos, solemos utilizar lugares comunes como "la política es un cochinero", "los políticos son todos unos corruptos, interesados sólo en sus grupos" o "a mí no me interesa la política". El problema con estos lugares comunes es que son sólo una escapatoria falsa que nos impide discutir y actuar en temas que sí son de interés común y que sí nos afectan a todos (inclusive en la vida cotidiana). Es indudable que es más cómodo el ejercicio de repetir frases que parecen comprobadas por la sabiduría popular, a realizar por nosotros mismos un análisis más concienzudo de los temas que son públicos o los que son colectivos. Y la principal tentación es reducir los problemas a causas sencillas, como la ambición o la corruptibilidad del poder. Sin embargo, la mayoría de los temas públicos son en realidad complejos y no responden a una dinámica sencilla, sino que involucran muy diferentes variables. Pero esta complejidad de los problemas públicos no significa que sean imposibles de analizar para los no iniciados (los simples mortales, pues...). Y, sobre todo, no nos libera de esa responsabilidad.

Vuelvo al punto que pretendo discutir en esta entrada: el sistema de partidos. Los partidos políticos actualmente se han convertido en la mayoría de los países en los puntos críticos en los que se toman las decisiones de gobierno. Hace unas décadas parecía lo más natural que lo que había de hacerse para fortalecer a las democracias era tener partidos políticos fuertes. Si los partidos de oposición tenían la posibilidad de ganar la siguiente elección, los gobernantes tendrían que esforzarse todo lo necesario para que su partido conservara el poder, lo cual parecía implicar que generaría los incentivos necesarios para el buen gobierno.

Evidentemente, cada país tiene su realidad particular y cualquier análisis político admite muchos matices. Pero, un problema que se ha generado con la construccíón de sistemas de partidos muy fuertes, es que no se ha logrado democratizar al gobierno. Los partidos políticos, deberían ser las plataformas diversas en las que todos los ciudadanos pueden reflejar sus intereses y preferencias políticas, pero en vez de eso se han convertido en feudos en los que cada uno pelea por conservar o acrecentar sus cuotas de poder. Este fenómeno es bastante desafortunado.

En México, después de la dictadura de partido ("dictablanda" le llaman algunos historiadores al PRI), se vislumbró un horizonte mucho más democrático, justamente a través de los partidos de oposición. Sin embargo, el descontento hacia los partidos políticos (todos) va en aumento, sobre todo porque cada vez es más difícil conservar la confianza en cualquier partido que genera gobernantes que resultan no resolver los problemas principales del país, o de la ciudad, o del estado. Ahora no se puede negar que el sistema de partidos mexicano es muy fuerte, pero lo terrible es que no se puede decir lo mismo del sistema democrático. Los partidos han establecido estructuras cupulares, en las que todo se decide entre sus jerarcas y grupos dominantes, sin abrirse a los deseos e intereses ya no digamos de la ciudadanía en general (parece demasiado pedir), sino que ni siquiera hay una apertura sincera al electorado de cada partido. Los dogmas ideológicos son utilizados a discreción para defender posturas que carecen de racionalidad y, sobre todo, de una argumentación sólida y de cara a los ciudadanos (que son supuestamente el grupo soberano de la democracia).

Todo esto es más complicado de lo que parece, porque los arreglos institucionales de los países se han ido construyendo para favorecer que las decisiones sean tomadas con base en criterios de partido. Pero esto, insisto, ha devenido en un desinterés por lo público, en su sentido más amplio (y más noble). Nos hemos encerrado voluntariamente en una jaula que pretendía evitar la concentración de poder y las dictaduras, pero que no ha logrado impulsar a un grado deseable la participación directa tuya y mía en todo lo que nos interesa. Estamos, al final de cuentas, a expensas de lo que se decida en las cúpulas de los partidos políticos. Dichas decisiones se están dando sin proporcionar explicaciones satisfactorias y a través de procesos muy poco transparentes.

¿Qué nos queda bajo los arreglos institucionales vigentes en nuestros países? Básicamente esperar la siguiente elección y, sudando con la incertidumbre, escoger al partido o al candidato "menos peor". El que parezca menos terrible. Nuestra participación pública suele reducirse a eso: a cada tres años (dependiendo de dónde viva cada quien) acudir a las urnas sin estar normalmente convencidos de que a quien escojamos sea el líder que necesitamos. Y eso no está bien.

Las soluciones a estos problemas no son inequívocas, pero me parece básico al menos pensar de qué manera podemos contribuir individualmente a que nuestra opinión se haga valer. Una opción es a través de los propios partidos existentes, o bien, tal vez sea más eficiente involucrarnos a través de la participación directa en los asuntos de nuestras comunidades, al nivel que cada quien decida.

lunes, marzo 24, 2008

Yo protesto...

A mí no me parece bien que la vida a veces te trate como si fueras la peste bubónica (que no sé ni qué sea, pero si es tan horrible como suena, sirve bien para ilustrar mi ejemplo). Pero qué es eso que de buenas a primeras la mala suerte se adueñe de tu destino y te convierta en su pera de boxeo. Estoy bastante convencido de que no está bien que de buenas a primeras choques estúpidamente en reversa tu carro dos tres nuevo, o que dejes por ahí el primer celular más o menos decente que compraste con los sacrificios del sudor de tu frente, después de toda una fregada vida teniendo celulares de los que salen en las cajas de cereales de Kellogg's (los tristemente célebres celulares Zucaritas). Y menos está bien que entres a tu blog bastante seguido sólo para comprobar una y otra vez que es reducidísimo el número de los que quieren interactuar contigo por este medio, a través de los tan deseados (en la soledad) comments (a quien agradezco ampliamente su dedicación y buena onda)...

Yo aquí le paro con la sarta de desgracias que tuvieron a mal ocurrirme, porque tampoco se trata de publicar todas las desventuras que le pasan a uno. Hay que sufrir dignamente en la soledad la ignominia de a veces estar con un ánimo que te reduce a nivel de piltrafa. Pero tal vez la confesión pública sea el remedio que permita pararle a la mala racha de eventos desafortunados. Y tal vez así tenga más comentarios en el blog que alegren la existencia miserable de Pito Pérez (o la mía propia).

Traía yo ganas de hacer un análisis (de esos que a uno se le hacen muy profundos, aunque tienen la misma profundidad que la prensa rosa) de la vida, la tristeza, los sufrimientos y todas esas cosas medio feítas que siempre es mejor que no le pasen a uno. Pero luego se da cuenta uno de que hay temas que mejor ni pensarle mucho. Y así mejor terminé escribiendo con toda la superficialidad de la que soy capaz (que vaya que puede ser mucha) y mandándoles mis afectos a los que la vida traiga a este rincón de ceros y unos en el que escribo.

lunes, marzo 03, 2008

Mi vida en Huásabas, capítulo 11

Después de una larga ausencia de las remembranzas entrañables de mi vida en Huásabas, me encuentro en la imperiosa necesidad de continuar la serie. Cuando ahora pienso en Huásabas, me cuesta trabajo concebir el lugar como lo hacía cuando vivía ahí. En esa época, el pueblo era literalmente el centro del mundo, porque evidentemente era el centro de mi mundo, que finalmente era el único que realmente me importaba. Las distancias, los espacios y las lejanías estaban todas definidas en función del pueblo. No era yo el que habitaba un rincón del planeta, era el resto del planeta el que estaba lejos de mis dominios. Ahora es diferente, aunque mi egocentrismo no ha disminuido en su intensidad, sí admite nuevos matices que me dejan entender el universo como policéntrico. Ya no pienso que la ciudad de México sea el centro del mundo porque ahora vivo aquí, porque ahora mi cabeza funciona con un mapa que me permite desplazarme sin tener que pedirle a la brújula que cada vez cambie sus puntos cardinales.

Esa dificultad para recordar qué se sentía concebir el mundo de esa manera, es idéntica a cuando era pequeño y durante el invierno quería recordar con precisión qué se sentía el calor del verano y no podía. No podía. Lo intentaba una y otra vez con distintos métodos y los días fríos de noviembre a marzo, me era imposible recordar la sensación de tener calor, de que te escurriera el sudor, cuando a la una de la tarde, corríamos por las calles del pueblo al salir de la escuela, con ese sudor que empapaba las camisas y que se mezclaba con el polvo que se nos había pegado en el recreo. Y por más que me esforzaba no podía acordarme de la agradable sensación de frescura al entrar a la casa que estaba fría con la ayuda del cooler y quitarme los zapatos que hacían parecer que los pies te hervían literalmente con el calor del semidesierto de Sonora y exclamar un ahhhh de satisfacción cuando tocabas el piso helado, aunque me estuviera gritando mi mamá que dejara que se me enfriaran los pies un poco antes de pisar el suelo, porque si no me iba a enfermar. No podía reproducir la sensación de alivio al empinarme directamente del galón con agua helada que estaba dentro del refrigerador, dando unos tragos largos que me dejaban sin aliento, desoyendo también el grito materno de "sírvete en un vaso". O no querer comer sino sólo tomar la limonada hecha con los limones de la huerta de mi nana, o la bebida refrescante y sintética del día (como Kool Aid o Tang). Todas esas experiencias sensoriales eran completamente de temporada y no se podía saber qué se sentía sino cuando las vivías y para vivirlas había que estar en el verano.

El único rasgo que recuerdo que no respetaba estaciones era el tradicional e inconfundible aroma a pupitre, que tan bien detectaba mi tía Auxiliadora. Creo que causado por ese olor que tenían los salones de la escuela en mis tiempos, como a aceite de petróleo con el que se trapeaba el piso y que tan bien disimulaba el polvo y dejaba brillo sobre el piso de cemento pulido. Y, claro, mezclado con el aroma a lápices, a cuadernos, a gis, a mochilas que se lavaban una vez por año, sin dejar de mencionar los olores que emanaban de veinte o treinta niños de la misma edad, entre los cuales seguramente no faltaban aquéllos que no le tenían mucho afecto al baño.

Y lo mismo me pasaba en verano, cuando trataba de recordar qué era eso de sentir frío y tener que ponerse un swéter o una chamarra porque la piel como que ardía. Cómo podía sentir uno eso, si en el verano lo que quieres es quitarle capas que no se pueden quitar, para dejar de sudar. O cómo se sentía andar todo mocoso cuando al ir a la escuela podía verse hielo escarchado en la parte superior de los surcos en los campos. O sentir que el viento helado se metía por la nariz y te hacía arder los ojos, pero igual seguir jugando en la calle en vez de meterte a tu casa y sentarte junto a la estufa de leña a comer cacahuates o un burrito de frijoles. Mi impotencia más intensa era no poder recordar en verano lo qué se sentía ponerse un sweter de lana, o bufanda, o hasta guantes.

Y lo más curioso es que al año siguiente yo me recriminaba no haber puesto atención ex profeso en un día de invierno para poder recordar en la otra estación el sentimiento preciso para cuando fuera verano y tratara de acordarme. Y lo mismo me pasaba en invierno que me lamentaba de no haberme acordado de que en el verano tenía que poner mucha atención y concentrarme para poder reproducir la sensación de tener calor y sudar y oler mucho a pupitre, pero concentrado.

También era sensacional cuando había que "sacar la ropa de invierno" y acordarte de las sudaderas y los pants que me gustaban mucho y que parecía una eternidad de que los usaba. Y era como volver a estrenarlos y me sentía tan guapo cuando me los ponía en un día normal, aunque no festejáramos Navidad o las fiestas de agosto en honor a la virgen de la Asunción (que eran LOS días de estrenar ropa). Y cuando entraba y se establecía la primavera (porque "febrero es loco y marzo otro poco", lo cual quiere decir que en esos meses cambia mucho la temperatura y había que esperarse hasta que todo se estabilizara para sacar la ropa de verano que había estado guardada en cajas) y se sacaba la ropa de verano.

Qué ilusión volver a ponerse shorts y andar libremente en camiseta en los frecuentes paseos para bañarnos (nadar) en el río o en la acequia que sólo estaban permitidos en el verano (por obvias razones). O las hermosas lluvias de verano, llamadas "las aguas", en las que por la tarde después de un buen rato de ventarrones llenos de polvo y truenos y relámpagos las tormentosas nubes producían unos chubascos impresionantes, en los que salíamos todos los niños a las calles a mojarnos bajo la lluvia, con los pies descalzos y la ropa con la que anduviéramos. Y después de que había pasado el chaparrón, cómo olvidar que yo me sentaba o acostaba en plena calle, para sentir el agua de los "arroyitos" (o sea, el agua que corría por las calles, porque sobra decir que en Huásabas, por su tamaño, no hacían falta alcantarillas), sobre todo en las partes más bajas de las salidas del pueblo, como en la calle ancha por donde se acumulaba más agua en los "arroyitos".

Cada estación tenía sus encantos, en el invierno era fabuloso esperar las lluvias calmadas y ligeras que llegaban a durar más de dos días casi sin parar, y que llaman "equipatas". Como no se podía salir, ni bañarse bajo la lluvia por las bajas temperaturas, se quedaba uno en la casa casi todo el día y se comía delicioso, justo a un lado de la estufa de leña, sobre la cual nunca dejaba de haber comida. Cuando hace frío tomarse una taza de café, acompañada de un burrito hecho de tortilla de harina de las grandes (sobaqueras) con jamoncillo (dulce de leche) es una experiencia insuperable. Sinceramente no creo que comer en un restaurante que tenga las tres estrellas de la guía Michelin me acerque a lo sublime de esos momentos (claro que para saber primero tendría que comer en un restaurante con las tres estrellas de Michelin).

En ese tiempo, todas esas vivencias que podrían parecer triviales eran fundamentales porque Huásabas era mi centro del mundo, mi vida entera giraba alrededor de esas circunstancias; ahora, todas esas memorias son cruciales porque Huásabas se ha convertido en mi sucursal del paraíso, en mi segundo cielo.

miércoles, febrero 27, 2008

De patrias que parecen pinturas de Picasso

Al parecer estoy adquiriendo la saludable y horrible costumbre de seleccionar temas que le importan al 0.00012% de la población mundial y darles "seguimiento" en mi blog. Y, pues ni modo, he notado que con estoicismo los lectores víctimas de mi blog terminan leyéndolos y hasta tienen la decencia de participar en su comenta (los más valientes). En esta ocasión la irrelevancia se remonta a platicar de manera irresponsable, desinformada y asistemática (vivan los blogs!!!) del tema de lo que llaman la provincia, el interior o los estados, en su relación con la capital del país respectivo.

Antes de empezar, a mí me gusta hablar de las palabras, porque creo que el análisis de los términos que se usan para designar algo nos da muchas luces sobre el contenido de lo que designan. En este caso, me limito a hablar de México que conozco mejor, porque tanto el significado que se les da a las palabras, como la conformación política de las regiones que componen a un país varia mucho de un lugar a otro.

En nuestro país suele llamarse a todo aquello que no es la ciudad de México "la provincia". El término me parece inadecuado y anacrónico. Esto último porque si bien durante la Colonia, la Nueva España tenía sus provincias, cuando el país se independizó y promulgó su primer Constitución formal (la de 1824) se denominó Estados a las unidades políticas que formaban la República Mexicana, lo cual se conserva en la Constitución actual (la de 1917). Inadecuado también "la provincia", porque es un sustantivo en singular, como si todo lo que no es la capital tuviera una existencia homogénea. No hace falta pasearse mucho por México para saber que esa apreciación es incorrecta. Cada estado tiene su realidad política, social y económica, que no es para nada común. Pero, además, la cultura cambia también de región a región; así, cuando la gente de la capital (chilangos) dice "es que en la provincia esto o aquello", lo más probable es que se van a equivocar porque lo que sea que digan puede ser cierto en unos lugares y falso en otros. La característica común que puede haber en la provincia es que son ciudades más pequeñas que la ciudad de México, pero es muy diferente la vida urbana de las otras ciudades grandes del país: Guadalajara y Monterrey, principalmente, que la de las ciudades medianas, como Hermosillo y las otras capitales de Estado, y, no se diga, de las ciudades pequeñas y las comunidades rurales. El norte, el centro y el sur son también regiones con diferencias muy marcadas en diferentes ámbitos como para poder generalizar sobre "la provincia".

Peor aún, cuando se hace referencia a "el interior de la República" (como en Chabelo, si mal no recuerdo), ahí sí me pierden. ¿Que la capital es el exterior de la República?, ¿está acaso afuera de la república? o es la circunferencia, mientras que los estados son lo que está adentro del círculo, porque si es así yo simplemente he estado viendo un mapa equivocado de México. En el mapa que yo he visto, la ciudad de México está muy en el interior de la República.

Por las razones antes expuestas "los estados" me parece un término más adecuado, ya que es la denominación constitucional, eso es lo que realmente son: estados, y su plural es más acertado en describir diferentes realidades para cada uno.

Tratando de no abundar mucho, me parece importante mencionar que nuestro país es una república federal, lo cual significa, por el lado de república, que no es una monarquía sino un país en el que la soberanía (término que suele no significar nada) reside en el pueblo, el cual elige a un gobierno para ser representado por la imposibilidad práctica del "gobierno de todos"; lo federal significa que diversas unidades políticas con existencia propia se unen y crean adicionalmente a sus propios gobiernos, otra estructura gubernamental (gobierno federal o central) que se encargará de algunas tareas de gobierno que se realizan más eficientemente de manera conjunta. Estas tareas pueden ser muchas, pero normalmente incluyen, por lo menos, la defensa del país (ejército), la conducción de las relaciones exteriores (diplomacia) y la recaudación de algunos impuestos (hacienda).

El gobierno federal, evidentemente, tiene que estar en algún lugar y no se requiere mucho sentido común para saber que es necesario elegir una capital y ahí concentrar sus oficinas. Esto inmediatamente crea un centro de poder geográfico, en el que lo que se decida tiene efectos para todo el país. Aun países como Estados Unidos, cuyos gobiernos locales son muy autónomos, depende mucho de lo que se diga en Washington. En México la concentración es aún más fuerte porque las empresas que operan en todo el país suelen tener sus sedes corporativas en la capital; asimismo, cultural y académicamente las instituciones más fuertes suelen radicar en el Distrito Federal (aunque sean sostenidas con presupuesto federal).

Esta situación genera casi automáticamente un recelo por parte de las regiones respecto a la capital y, evidentemente, una especie de arrogancia de los residentes de la capital (que suele ser la ciudad más grande dándoles un carácter más urbano a sus residentes, con todas las virtudes y defectos que esto representa). Estas dos cosas tienden a generar una animadversión entre los dos tipos de conciudadanos. De esta realidad no escapan muchos países: en Francia contra los parisinos, en España contra los madrileños, en Argentina contra los porteños y, en México, contra los chilangos.

Aunque no se trata de un conflicto grave, las expresiones de odio suelen llegar a niveles de ofensa. Hace algunos años la frase "Mexicano, haz patria: mata un chilango" se hizo muy popular, particularmente en el norte y en Guadalajara, la segunda ciudad más grande del país. En ocasiones, la violencia verbal ha trascendido a niveles más graves, como cuando a prinicipios de los noventa, en Chihuahua, un niño proveniente de la ciudad de México, fue apedreado por esa razón y falleció. Hace más de un año, en un blog bastante popular llamado "Sala Verga", el autor hizo un recuento de un viaje que hizo al D.F., tratando a los habitantes de la capital con un desprecio que rayaba en discurso de odio y con un contenido racista muy lamentable. Pero, más que llamarme la atención su artículo que, finalmente, reflejaba únicamente su opinión (muy extendida en Sonora de donde somos tanto el autor como yo), era impresionante la cantidad de comentarios que tuvo su entrada en la que se vaciaron cientos de opiniones tremendamente ofensivas y, en ocasiones procaces, de la gente de los estados contra los de la capital y de éstos contra aquéllos. Lo que me resulta más preocupante es que el perfil del público de ese blog es gente joven y como lectores de blogs se asume una posición económica y cultural más elevada que el promedio, así que el contenido de las opiniones resultaba completamente desalentadora respecto a la integración fraternal de los mexicanos. Y justo ayer leía el artículo en Wikipedia en inglés sobre la ciudad de México, en el apartado de discusiones al respecto del artículo se podía también apreciar los comentarios denostativos hacia los capitalinos, así como la respuesta arrogante de éstos contra los atrasados y pueblerinos habitantes de "La Provincia" (claro que en un lenguaje más "objetivo", "à la Wikipedia").

En fin, no creo que esta situación tenga un remedio concreto, pero creo que como país estaríamos mejor apreciándonos con nuestras diferencias que siempre enriquecen a amobs lados de la relación. El simple hecho de conocer a gente de lugares diversos, ayuda a dispersar los estereotipos más negativos que podamos tener (aunque siempre habrá gente que los confirme y aun los supere). Personalmente he tenido la suerte de ser de un estado (uno muy regionalista) y, a la vez, de convivir con la gente de la capital y encuentro las diferencias mucho más divertidas que molestas.

viernes, febrero 22, 2008

8 cosas que hacer antes de morir

Hace unas semanas se estrenó en México una película con Jack Nicholson y Morgan Freeman llamada The Bucket List, que no me acuerdo cómo le pusieron en español. El asunto es que este par de viejos tan diferentes en historias y motivaciones terminan haciendo una lista de cosas para hacer antes de morir (coloquialmente en inglés usan la expresión "patear la cubeta" [bucket], que viene a ser como nuestro "estirar la pata" y de ahí el nombre de la película). Adicionalmente, una entrada reciente en uno de los blogs a los que soy afecto (www.doppelanger.blogspot.com) lanzó sutilmente y sin ninguna velada amenaza a quien lo incumpla, lo que se conoce como meme sobre 8 cosas que nos gustaría hacer antes de "patear la cubeta". Los memes son una especie de cadena que se crea en los blogs, invitando a otros blogueros a escribir un artículo sobre una idea o guión que a un bloguero se le ocurrió. Después de este larguísimo preámbulo procedo a hacer mi lista de cosas que no se me pueden pasar antes de que se llegue mi fecha de caducidad.

1. Como me gustan los clichés iniciaré con los lugares que quiero conocer y que considero imperdibles: Chiapas, Lisboa, Honk Kong, Machu Pichu, Yucatán, Tokio, Río de Janeiro, Beijing... oh my goodness!!! esta lista se está poniendo demasiado larga y con lo alto que está el precio del petróleo, de dónde voy a sacar para tanto boleto??? Creo que tendré que dejar de escribir en el blog y dedicar este tiempo para alguna actividad que me remunere pesitos: limpiar vidrios en Periférico, rentarme para gritar en marchas o la venta carnal de mis carnes en Avenida Insurgentes, porque a este ritmo no voy a poder conocer ni Chiapas, que me queda aquí en corto...

2. Gastarme media quincena en unos zapatos Ferragamo y la otra en un traje Couture de Ermenegildo Zegna (ver viaje a San Diego). Claro que tiene que ser en mi última quincena de vida, porque si me la gasto toda con qué voy a vivir el hipotético resto de mi existencia. Y es que nada más de glamour no se alimenta uno. Eso sí, iba a aprovechar para tomarme una foto y suplicarle a cualquier revista de la prensa rosa que me pusieran por ahí, al menos en alguna esquinito junto a Viviana Corcuera (que no sé ni quién sea, pero siempre sale con una sonrisa acartonada en todas esas revistas... se supone que no las leo pero mostré conocimientos muy específicos como para ahora negarlo. ¡Oh no, qué horror!)

3. Subirme a un globo aerostático, de preferencia que sea rojo y diga "I love you", en alguna ciudad que me guste mucho, como París, Venecia, Viena o Huásabas, of course...

4. Conocer a una celebridad (pero de a de veras, no como Johny Laboriel que conocí una vez). Sí, una mundialmente conocida, onda Hollywood. Y tenerla muy cerquita y gritarle como enajenado groopie: "Te amooooo. Will you marry meeeeee???" O bien, "estoy embaraaaaazado de tiiiii" (ésa me encanta... está dicho, esa es la que voy a usar). Si puedo escoger, me quedo con Alizée con la misma ropa y el mismo pasito de ese video de "Je m'eclabousse, j'en rie".

5. Decir algo en el pleno de las Naciones Unidas, aunque sea "booo para Bush", elocuencia que pienso acompañar del tradicional gesto de ponerse las manos a los lados de la cabeza simulando grandes orejas y sacando la lengua para decir "prrrrttt".

6. Dar clases en la universidá (ayyy, qué grande!!!) y hacerme llamar 'catedrático Barceló', para lo cual caminaré con un aire de solemnidad que dé la impresión de que floto unos cinco centímetros sobre el suelo.

7. Vivir al menos un mes en una comunidad apartada de la civilización, para hacer servicio a la comunidad, sin más pertenencias que mis hipotéticos zapatos Ferragamo y una montaña de libros (¡Alguien llame al departamento de casting del Salvation Army: soy un recluta que ha pasado inadvertido!).

8. Tener la oportunidad de despedirme largo y tendido con cada persona que ocupe un porcentaje = ó > al 1% de mi stock de afecto, antes de partir (no me refiero a la comunidad apartada, sino a la ultratumba).

Pues escritores de blogs que lean este meme, siéntanse convidados a repetir este ejercicio, si les da su muy regalada gana. De lo contrario, por lo menos escriban algo, que no hay nada más triste en la vida de uno que entrar a sus blogs favoritos y no ver nada nuevo escrito.

lunes, febrero 18, 2008

Californication

Uno de los grandes problemas de mi carácter es mi imposibilidad genética para decir que no a cualquier invitación. Es una especie de tara que a veces merma mi sentido común y yo tengo un presto "Sí" para cualquier pregunta que empiece con: "¿Quieres ir a...?" "¿Se te antoja conocer ...?" "¿Me acompañas a...?", etcétera.

Pues así fue la semana pasada en la que un nuevo amigo (aún no consciente de ese súper poder mutante para aceptar cualquier invitación que tiene el que esto escribe) me invitó a San Diego, Calfornia. Yo, debe quedar claro después del preámbulo, contesté intempestivamente "pues vamos" (lo dije con un encantador acento norteño que no dejó lugar a dudas sobre mi determinación). Y como no hay plazo que no se venza ni fecha que no se cumpla, el mismísimo viernes tomamos el avión rumbo al noroeste, directo a la aún mexicana ciudad de Tijuana, cuyo lema geográficamente acertado reza: "Aquí empieza la Patria", ya que está en la merita esquina noroeste del país. Claro que alguien con mayor conciencia de la redondez de la tierra podría sugerir que el lema fuera "Aquí termina la Patria", pero los tijuanenses distinguidos decidieron que ellos prefieren el Alfa al Omega y les pareció más digno de nobleza ser el comienzo y no el final de ese ente esperpento que es mi amada República Mexicana.

Llegamos a Tijuana todavía con el sol alto, tomándole ventaja a la diferencia de horario que son dos horas menos que el centro de la República. La zona metropolitana de Tijuana-San Diego es muy especial en muchos sentidos. Primeramente, la mexico-estadounidense es la frontera más asimétrica del mundo, no sólo en términos del ingreso per cápita, sino en diferencias culturales y desarrollo de infraestructura. No hace falta explicar que este diferencial genera una situación de tensión natural. Segundo, la frontera entre Tijuana y San Diego es el cruce fronterizo con mayor flujo de personas por día del mundo. Sí, no hay frontera entre dos países en los que más personas se desplacen hacia ambos lados, como en esas dos ciudades, las cuales, por cierto, forman en realidad una sola zona metropolitana dividida por una frontera que cada día se quiere parecer más al Muro de Berlín, para calmar los nervios de los granjeros de Arkansas que ya se les hace que tanto mexicano no le caerá nada bien al país (y que les quitarán sus trabajos y harán disminuir sus salarios). En fin, con todo y muro fronterizo las dos ciudades están comercial y culturalmente interconectadas de una manera muy estrecha. Un resultado de lo que vengo diciendo es que la cola (línea de espera) que hay que hacer para entrar es más larga que la Cuaresma. Y así nos tocó esperar hora y media para poder llegar al punto de cruce (en carro).

San Diego es una ciudad muy linda, ordenada, padrísima, ordenada, con un clima templado todo el año, una vegetación muy verde y de cara al Océano Pacífico a lo largo de inmensos riscos que se adentran en el mar, produciendo unas vistas increíbles, sobre todo al atardecer. La Bahía de San Diego, en particular, es hermosa, plagada de veleros y de marinas saturadas de yates que cuestan el equivalente al PIB anual de Zimbabwe. Pero tratando de olvidar el hambre en África, uno se complace enormemente al contemplar el paisaje humano y deshumanizado de la Bahía, con las torres de la misión jesuita haciendo contraste con los ultramodernos edificios del centro de la ciudad, cuyas luces se reflejan en el espejo que forman las calmadas aguas de la Bahía.

Como cualquier ciudad gringa y muy solvente, las compras son formidables, una cantidad impresionante de marcas y productos para todos los presupuestos, desde las famosas "tiendas del dólar" (todos los productos valen un dolar: vivan las maquiladoras chinas!!!) hasta las tiendas departamentales más ridículamente elitistas: Sacks Fifth Avenue, Bloomingdale's, Nordstrom y todos los diseñadores célebres de Italia o Francia. La verdad es que uno se divierte contemplando los estereotipos de las comunidades burguesas: las señoras rubio platino que se han restirado tanto la piel que las comisuras de los labios ya se les volvieron a juntar a la atura de la nuca, comprándose su mascada Hermès; las fresitas mexicanas de aspecto güero oxigenado (rubio artificial) que de tanta pose que usan para hablar (con la papa en la boca) lo único que les escuchas mascullar son onomatopeyas sin ningún sentido como Zah! beh! plah! shoop! etcétera; los intentos de metrosexual gastándose la mitad de sus quincenas en unos zapatos Ferragamo y la otra mitad en un saco de Ermenegildo Zegna; en fin, una serie de clichés desenfrenados por una sociedad de consumo en el que hay que marcar la desigualdad con productos "yuppies" porque, claro, se tiene que notar que está por un lado la gente bien y por el otro, la perrada. Y nada mejor para probarlo que en el shopping center, "dime dónde compras y te diré quién eres". Claro, todo esto yo lo veía con harto placer, sin ningún resquicio de conciencia social, porque pasearse por un mall tomando un café genérico de Starbucks (orange moka frapuccino) no combina bien con ideas tan rojillas, dignas solamente para patio de universidad pública.

Otro encanto de San Diego es La Jolla, uno de los lugares más caros para comprar (inmuebles) en el mundo y no me extraña. Es lo más upscale de la ciudad, con unas vistas maravillosas al mar, rodeada de boutiques très chic y restaurantes de diseño con vista al mar, en el que te venden unos calamares a precio del monstruo del lago Ness. Andar en Mercedes Benz en La Jolla ya empieza a verse naco, porque ahí la moda son Jaguares, Bentleys, Porshes, etc... (ash!!! y pensar que nosotros llegamos en un Chevrolet Sedán que habíamos rentado y que desentonaba terriblemente con el resto de la concurrencia. Aún así el lugar es increíble, precioso, con parques súper lindos en colinas que dan al mar y calles que serpentean rodeadas de hiedras que cubren las paredes de los chalets, entre la elegante sobriedad de boutiques y tiendas de antigüedades o el chunche que se te ocurra (a precios que no se te ocurrirían).

Y así se fue yendo el fin de semana y para cuando acordé (como decía mi nana) ya era hora de regresar a trabajar, por lo que tomamos un avión nocturno que nos trajo de regreso al D.F. a las 6:30 de la mañana, justo a la hora en la que hay que meterse a bañar para irse a la chamba, con un sueño de dos horas acumuladas de toda la noche. Mi cara ha sido como de pit bull todo el día y mis ilusiones no llegan ahora más allá de la hora en la que llegue a la casa y me tire a la cama a dormir hasta el día siguiente, esperando fervientemente que a nadie se le ocurra invitarme a ningún lado, porque estoy seguro que terminaría diciendo que sí, muy a pesar de mis párpados que pesan como si trajera colgado de las pestañas al mismísimo Ñoño.

jueves, febrero 14, 2008

Otra de Chávez...

Con todo este nuevo escandalito que se carga el gobierno de Chávez, a través de su embajador en México, Roy Chaderton, acusando al presidente de la panificadora Bimbo, el archirrequeterico empresario mexicano Lorenzo Servitje, de financiar actividades desestabilizadoras en Venezuela, yo me pongo medio entretenido. Primeramente, se le acusa a Servitje de ser un católico de ultraderecha. Vamos por partes, cuando en la arena pública se acusa a cualquiera de ser católico (o protestante o musulmán o ateo), yo me pongo medio rijoso. Tal vez algún espíritu me haya poseído, pero siempre he creído que la libertad de culto individual es un derecho que tampoco debe restringirse a los gobernantes y mucho menos a las figuras públicas, en general. La secularización y la laicidad del Estado son dos logros importantísimos que han saneado mucho el nivel de democracia de nuestras sociedades. Sin embargo, los actores más importantes de la sociedad, en su calidad de seres humanos, pueden profesar una religión y si así lo gustan hacerlo a los cuatro vientos, siempre y cuando no usen las instituciones del Estado para forzar a otros a compartir sus dogmas religiosos o morales. Y es que es común confundir la laicidad del Estado con el jacobinismo que donde ve una cruz empieza la cabeza a darle vueltas como a la niña de El Exorcista. Bueno, volvamos a don Lorenzo. Sí, resulta que es católico, muy católico tal vez (de misa diaria, dirían en Huásabas). Y, bueno, a mi juicio, tiene derecho a eso y a hacer todas las barras de pan que quiera.

Segundo, cuando se acusa a alguien de ultra derechista o de extrema izquierda ¿qué se quiere en realidad decir? La impresión que me da es que esos términos se usan cada vez con menos propiedad, solamente para desdeñar que una persona se apega fuertemente a una ideología opuesta. Ese desafortunado recurso termina convirtiéndose en una falacia ad hominen pues el enfoque dejan de ser las ideas del contrario, desdeñándose a la persona de radical (y por tanto equivocada) aunque no se pruebe con claridad qué es lo que lo hace extremo o ultra. Ejemplos de éstos hay para tirar para el viento, pero cuando estudié en Columbia me tocó ver un noticiero de Fox News (de ultra derecha, jajaja, no es cierto... pero sí un canal estadounidense de línea dura conservadora) en el que calificaban a la universidad de extrema izquierda, sólo porque en una conferencia del fundador del movimiento Minute Men (grupo anti-inmigrantes muy activo) algunos alumnos se manifestaron en contra del tipo. O de ultraderechistas a personas muy estrictas en su código moral y/o religioso. Lo que es derecha e izquierda se va definiendo país por país y en diferentes tiempos cambia, pero a mí me parece que lo ultra o extremo solamente se justifica cuando el individuo o grupo en cuestión participa en la eliminación de la ideología contraria, no cuando ostenta fuertemente la propia ideología. Yo no conozco bien la trayectoria del señor Servitje, pero hasta ahora no he encontrado (tal vez por desinformación) qué es lo que lo convierte en un ultraderechista (al menos, según mi propia definición al respecto).

El embajador venezolano señaló, además, que Servitje financia a una organización demócrata cristiana (ODCA), la A es "de América", que preside el también mexicano Manuel Espino. En este otro punto tampoco le vería yo problema, porque brindar recursos a una organización que promueva una ideología política-moral-religiosa, hace posible que existan diferentes ejes del espectro político que fomentan el juego democrático. Yo veo más negativo que la balanza se cargue mucho de un lado o del otro, porque eso da lugar a regímenes autoritarios que tanta alergia me causan. Es muy evidente que la ODCA hace propaganda en el continente para favorecer medidas orientadas a la derecha, tanto en lo que toca lo económico y lo político, como a lo moral. Seguramente Venezuela no escapa a las áreas de influencia de la ODCA (incluso, es muy probable que sea un país prioritario para la organización). Habrá quien lo repruebe, hay seguramente a quien le parezca que está mal que organizaciones de tipo internacional se involucren en la política interna de un país. A mí me cuesta trabajo comprar ese argumento porque simplemente no creo en el dogma de la soberanía de los Estados. Yo únicamente creo en la soberanía de los pueblos a autodeterminarse (y tampoco como derecho absoluto, por su peligroso potencial xenófobo). Si al interior de los pueblos se importan ideologías de naciones extranjeras, inclusive con la ayuda de individuos de otros países (como pasó en la Ilustración, o con las culturas griegas y latinas, o hasta con las revoluciones francesa y estadounidense), qué hay de malo en ello.

De cualquier manera, dice don Lorenzo que él no les ha dado a esa organización ni a Manuel Espino un quinto (de los muchos millones de quintos que gana haciendo pan en muchos países). Pero yo digo que si quisiera podría dárselo y santo y muy bueno (sin tono sarcástico).

De lo que denuncia Chaderton que sí estaría en contra es de que se promuevan políticas desestabilizadoras al interior de Venezuela. Esa violencia sí puede un Estado repudiarla y combatirla dentro de la aplicación de un marco legal que intente proteger la gobernabilidad del país (por mero instinto de supervivencia los Estados tienen legitimidad para controlar los intentos de revolución que se dan a su interior, pero siempre respetando los límites del estado de derecho y sin transgreder derechos humanos). Eso no sé si realmente está pasando o si es que a los ojos de una incipiente dictadura todo intento de oposición es un movimiento desestabilizador de la sacrosanta voluntad suprema del dictador y su equipo cercano. Pero mi conocimiento se limita a lo que públicamente se conoce y la elocuencia del embajador venezolano dejó mucho qué desear. Sobre todo cuando incluyó en el reporte que cuando le presentaron a Servitje, éste lo vio con malos ojos y lo saludó de mala gana (Oh my Gosh!!! Qué falta de tacto, cómo se le ocurre al viejito millonario no saludar con una amplia sonrisa Colgate al embajador!!!

Y así termino mi innecesaria y no solicitada perorata, aclarando que no es la intención de este artículo unirse a la ya trillada posición de "odiemos todos juntos a Chávez". Sino que el evento me trajo a colación puntos que hace tiempo me hubiera gustado discutir.

miércoles, febrero 06, 2008

Juites a Acapulco y no me dijiste hoy me siento triste a ver qué me trajiste. Pos nada, pos nada qué te iba a traer, si ni me acordaba ya de tu querer

Y como lo prometido es deuda... ahora toca hablar de cómo este ser humano, victimizado por las presiones y el estrés de la gran ciudad fue a buscar sano solaz y esparcimiento al mundialmente famoso puerto de Acapulco.

Cuenta la leyenda que cuando uno está cansado de trabajar, estudiar o de rascarse ociosamente la panza, es conveniente irse a echar un buche de agua salada a la playa más cercana (lo siento por esos pobres que viven en Asia Central que están como a tres mil años luz del mar más cercano, por eso y por las perpetuas guerras fraticidas que uno yo por más ganas que le eche ya no entiende cómo van, ni quién contra quién está peleando). El asunto es que lo que dice esa leyenda (que acabo de inventar) es que hay que aprovechar los puentes (fines de semana largos) para acudir a abarrotar los destinos turísticos más populares. Resulta que en el edificio en que vivimos hemos creado una comunidad de amigos que ha causado el absoluto terror de los demás vecinos que no se han integrado al show. Siendo la mayoría autoexiliados sonorenses, tendemos a hablar con una voz potente y generosa en decibeles que molesta a algunos delicados colindantes, sobre todo cuando la elevamos a causa de alguna musiquita que amenice la ocasión alegre de nuestras frecuentes reuniones. Pero ya no sé si no me importa que se molesten por mero sentimiento de venganza o porque estoy perdiendo los escrúpulos, pero me cuesta trabajo esforzarme en generar silencio dentro de mi propia casa para que lo disfrute la vecina de arriba que parece que se tranporta día y noche en caballo por los taconazos que nos hace recetarnos todo el tiempo y que se dedica a la productiva actividad de golpear muebles y tirar vajillas al suelo, o al malhumorado sinaloense (cara de narco de bajo nivel, para variar) cuyos tres críos lloran aproximadamente el 80% del tiempo. El caso es que esta comunidad de escandalosos sonorenses y chilangos asociados decidimos que había que cambiar de ambientes y aprovechar el puente en las tropicales playas de Acapulco.

Claro... se imagina uno a la sombra de una palmera tomándose el agua refrescante de un coco, con el sonido adormecedor de las olas del Océano Pacífico y se cuestiona porqué diablos habría uno de preferir quedarse en el Distrito Federal, en las infrahumanas condiciones que no necesito volver a describir. Así pensando, salimos en dos carros y una concurrencia de nueve seres humanos rumbo al sur, al encuentro de la felicidad verdadera. Ehhhh.... dos horas después seguíamos en la ciudad de México porque a la hora a la que salimos, les dio la misma ocurrencia a unos diez millones de tenochcas (eufemismo para Mexican people) y estaba el tráfico insoportable en dirección "abandonemos todos esta madre" (misma dirección en la que nos encontrábamos los ingenuos vacacionistas). He de decir que no todo era aburrimiento dentro del carro; de hecho, en el asiento trasero iban dos acompañantes departiendo alegremente con unas cervezas bien heladas que amenizaban su ocasión (yo era un simple conductor resignado). Después de mucho batallar dimos con la autopista que aunque bastante llena nos permitía subirle la velocidad a nuestro trasporte hasta que nos topamos con Cuernavaca (que tiene la ocurrencia de estar en el camino) y que fue elegida por cinco millones de tenochcas para pasar el puente, congestionando así la autopista a todo lo largo de la ciudad. Una hora después y con más alcohol en las venas de mis acompañantes (que ya estaban llegando a etapas etílicas que se tornaban insoportables) volvimos a tomar velocidad y no nos detuvimos hasta casi llegar a nuestro destino final, no sin antes darnos cuenta que no teníamos reservación, que éramos muchos y que probablemnte ya no cupiera ni un alfiler en los hoteles. No obstante, Chimicuitle (que es el dios azteca del turismo que acabo de inventar) nos bendijo con un par de habitaciones que, no obstante su clasemediero estado de descuido, cumplía con los estándares mínimos para un vacacionista descuidado y espontáneo (como éramos nosotros). La verdad es que la playa es genial, con todo y los otros cinco millones de tenochcas con los que teníamos que compartirla. El mar te pone en una frecuencia de relajamiento que yo en lo personal agradezco ampliamente. Ahora bien, hay inconvenientes que hay que soportar. Número uno, la arena metiéndose en todas partes sin respetar las más pudendas geografías del cuerpo humanos. Número dos, el sol quemando directamente el 75% de tus células cutáneas. Número tres, las familias que dejan basura en la playa y que me provocan hartas ganas de agarrarlos del cuello y mandarlos al averno!!! ya saben... en estos tiempos del calentamiento global yo me pongo muy punky con el ecologismo.

Pues entre disfrutes gastronómicos y las olas del mar se pasaron los días como si hubieran sido horas y así mismo logré mermar mi patrimonio a un ritmo que si hubiera seguido, pan y agua me hubieran aguardado hasta la quincena. El camino de regreso fue tranquilo y lento porque evidentemente los diez millones de tenochcas de los que he hecho mención tenían que presentarse el lunes muy temprano a sus actividades cotidianas en la mancha urbana de la ciudad de México y, claro, a todos nos gusta regresar a la misma hora, por lo que hubo de durar seis horas un viaje que puede hacerse en tres horas y media. Pero para qué quejarse, aquí estoy otra vez en la jornada de trabajo recuperando el poco bronceado color oficinista de archivo del que había logrado deshacerme tras largas horas tirado bajo el sol tropical.

martes, febrero 05, 2008

Segunda parte de no sé qué

La entrada previa de mi blog provocó algunos comentarios con puntos que me resultan atractivos de discutir (que no de responder) y que como Dictador Supremo y Su Alteza Serenísima de este blog me propongo a discurrir:
1. Agradezco la buena opinión que se expresa sobre mí en algunos (tal vez justificada, tal vez más benévola de la que merezco [sugiere siempre mi molesta modestia radical, en fin, qué puedo saber yo si soy el más subjetivo de mis jueces, siendo a la vez el sujeto y el objeto de mis juicios]. Pero el punto es que los agradezco y no dejan de provocar en mí sentimientos agradables, debidos a alguna especie de arrogancia de la que nunca he podido desprenderme y, a estas alturas, no me parece que vaya a poder desvanecerse jamás.
2. Estoy convencido de que la comunicación amena y eficaz (por el medio que fuere) hace la vida de nuestros prójimos más agradable y también la de los que escribimos. Por eso no demerito el papel de mi blog. Al contrario, los blogs son formidables en el sentido mencionado porque son espacios de interacción muy versátiles: nos brindan humor, información, solaz en las horras de aburrimiento o falta de inspiración, nos acercan a los sentimientos, a las vivencias y a las emociones de los demás. Ese mérito es, en términos agregados, tal vez mucho más valioso que las acciones grandilocuentes.
3. También soy un convencido de que individualmente es importantísimo el papel que jugamos en nuestro contexto inmediato y, en lo personal, no estoy insatisfecho con la manera en la que he interactuado con mi familia, mis amigos, mis blogmates y/o mis compañeros de escuela o trabajo. Sin embargo, lo que trataba de expresar es ese sentimiento de insatisfacción (que está ahí y sigue ahí) por la frustración de no ver una mejora patente en alguno de los aspectos de "la realidad" que se muestran tan necesitados de una transformación radical.
El punto es que esa sensación de que hay algo incompleto en mis proyectos personales no es el resultado de un mal día, sino tal vez de haber planteado objetivos equivocados en las líneas estrategicas de mi vida. Si es tarde para remediarlo, me parece que todavía no me doy cuenta. Pero el blog ha resultado una extraña manera de analizarme a mí mismo (¡en público! ¡oh no, qué falta de pudor!).
4. Prometo hacer un relato más ameno para la próxima porque como el fin de semana pasado fue "puente" me fui como bólido disparado hasta Acapulco y aunque no estoy bronceado, porque mi piel no tiene idea de lo que es eso, regresé como regreso casi siempre de mis escapadas: con una sonrisita picarona de satisfacción.

jueves, enero 31, 2008

¿Cómo?

¿Cómo se hacen las cosas? ¿Cómo se cambia al mundo? ¿Cómo, al menos, se transforma un país, un estado, una ciudad? Un enfoque sistémico vincula todos los componentes de la sociedad de manera tal que las restricciones para el cambio vienen de todas partes, de cualquier parte y el individuo sólo es capaz de hacer pequeñísimos ajustes en su contexto inmediato. Por su parte, el enfoque cultural resulta demasiado determinista, lo que tenemos es el resultado de construcciones culturales que te atrapan, que no te permiten pensar con otras estructuras mentales, porque la inercia cultural te arrastra también como individuo y sólo nos queda el lugar común "sólo a través de la educación se pueden cambiar las cosas realmente" (para luego lamentar el perverso lastre que representa Elba Esther y su nefasto Sindicato de maestros). Un enfoque grandilocuente está a la espera de los grandes líderes que son capaces de operar transformaciones enormes: incluso la cultura, incluso todo el sistema (pero no llegan o si aparecen, se presentan en la lamentable figura de Chaveces, de Fideles, de AMLOs, que más ganas dan de llorar que de seguirlos).

¿Qué papel jugamos entonces los individuos pensantes, los que nos queremos agentes de cambio, los que de niños creíamos en nuestra capacidad para cambiar las cosas? En algún momento nos convertimos en meros observadores arrogantes de la realidad. Adoptamos la legítima pose de desprecio (con nariz levantada y todo) de líderes políticos, económicos y religiosos por corruptos, imbéciles o incompetentes. Pero la verdad es que nos convertimos en cómplices del status quo con una pasividad que sólo se rasga las vestiduras en blogs, en pláticas de café, en discusiones academicistas. Sucumbimos al espejismo burgués, a entregar la vida a nuestros trabajos y darle todas las oportunidades (comodidades) a los hijos (y, evidentemente, a nosotros mismos) y autoconvencernos de que si todos hacen lo mismo el mundo será mucho mejor (pero "todos" es algo tan general que no nos puede privar de la responsabilidad). Esa jaula de hierro del conformismo calma el dilema moral de no estar haciendo lo suficiente y va fijando las prioridades que terminan por obnubilar hasta la más mínima noción de cambio.

¿Qué hago yo ahora lamentándome en mi blog que leerán diez personas? ¿Qué curso de acción tomaré para aliviar los remordimientos de que los años van pasando y mi contribución ha sido mínima? ¿Con qué distractores puedo olvidar el potencial desperdiciado? ¿Con qué me quito el mal sabor de boca que me produce que al final de esta entrada las respuestas ni siquiera se asomen, como las malditas películas de cine francés que te dejan peor que como empezaste?

miércoles, enero 23, 2008

Ayer

Ayer soñé que soñaba, pero los delirios no se me dan tan bien como yo quisiera así que desperté y era un día normal de la etapa en la que ahora me desenvuelvo. Desperté, además, con cierto temor de que el resfriado que me ha andado persiguiendo me hubiera hecho su presa, pero fue un alivio darme cuenta que, todo lo contrario, las vías respiratorias estaban en un grado de libertad mocuna muy apreciable. Me levanté rápido porque había apagado en repetidas ocasiones la tenaz alarma del despertador de mi celuar (como hago a diario). Como me había bañado la noche anterior para no tener que salir con el cabello mojado, a cambio no hubo manera de salir con el cabello peinado. Parecía mi cabeza un nido de águila, pero estando conforme con mi estado de recuperación sanitaria dejó de importarme mi estética personal. Por si mi despeinado fuera poco, en aras de llegar puntual tampoco planché la camisa, cuya etiqueta me engaña a mí diciendo que es wrinkle free (sin arrugas), lo que nadie en el mundo podría apreciar si se lo preguntaran y sería muy raro andar enseñándole a todos la falaz etiqueta para justificarme.

El transporte público estaba más lento que de costumbre, lo cual tuvo por inmediata consecuencia un lleno más irritante que el de un día normal, agravado por la insistente cercanía de un tipo que olía a fermento de pies, revuelto con otras aromas que emanaban de su ropa y de sus carnes (todas desafortunadas, vale decir). Por más que me moviera en los mínimos márgenes que da un vagón de metro en horas pico, el tipo se me volvía a acercar aprovechando los espacios libres que yo iba dejando. A Dios gracias, todo sufrimiento tiene su fin y hubo una estación en la que se bajó y ya sólo quedaba otro millar de seres humanos molestos con los cuales compartir el resto de mi trayecto.

Las horas de la oficina no fueron malas pero, como dice una amiga, hasta te tienen que pagar por hacerlo, lo cual debería generar suspicacias sobre la disfrutabilidad de trabajar. La hora de la comida tenía, entonces, que ser un aliciente (y frecuentemente lo es) pero ayer tampoco fue un día de suerte. Y caí en la cuenta que los sinsabores de la vida no te desilusionan tanto como los sinsabores de la comida.

Al salir del trabajo la situación se iluminó. Tenía dos eventos, el primero era escoger un regalo para un amigo que disfruta tanto la vida que hacía que mi elección no fuera difícil y, el segundo, era ir a la inauguración de la exposición de unos amigos artistas, que montaron varias obras de arte relacionadas con temas de la plataforma urbana de la ciudad de México (uuuy, demasiada tela de dónde cortar!!!), en especial de uno de los suburbios con altos índices de marginación que se llama Chimalhuacán. [Se las recomiendo a los que puedan ir, está en el Museo de la Ciudad de México, que está en la calle Pino Suárez (frente a la estación del metro Pino Suárez, líneas 1 y 2). Lo feíto fue que unas horas después ellos partían primero rumbo a Brasil y después para otros destinos que no son México, sino muy lejos, y que harán nuestro rencuentro más difícil o, uno nunca sabe, hasta imposible. Los amigos son para tapar vacíos existenciales - pensé - pero su ausencia genera nuevos huecos en un juego de nunca acabar.

De regreso otra vez el metro y el metrobús hasta mi casa, pero en trayecto nocturno que desata unos miedos inútiles a ser víctima de no se quién o no sé qué. Después, llegar a la casa y darme cuenta de que el platillo a base de camarones que preparamos desde el sábado, seguía adornando y "aromatizando" la cocina porque a mi roomie y a mí nos da como asco tirarlo y más asco comérnoslo, porque no lo refrigeramos y debe tener más salmonelas que toda el África Subsahariana junta. Luego, a dormir y, otra vez, a soñar que soñaba.

viernes, enero 18, 2008

"El proceso" not by Kafka, but by Rafa

Tengo la informada impresión de que mi banco (ahora en adelante Banco X, para proteger mi secreto bancario, prrrt) tiene como objetivo principal y corporativo hacerme dar muchas vueltas. Así es desde hace algún tiempo, su interés en su relación conmigo ha dejado de ser comercial, ya no le importa realmente el lucro, ni la expansión a otros mercados, que yo pensaba era el motivo fundamental de cualquier empresa que se dedicara al mercado financiero.

Me da la sensación de que en el sistema informático del Banco X, cada vez que aparece mi nombre haciendo no importa qué solicitud, se activa un foco rojo en las oficinas corporativas, al fondo de la cual aparece sentado en la cabecera de una enorme mesa de chapa de raíz rodeada de sillas de finísimo cuero, el mismísimo Cerebro, Presidente del Consejo de Administración del Banco X, y a un lado su fiel lacayo, Pinky. Cerebro junta sus manos, pero únicamente pegando las yemas de sus dedos y hace el movimiento típico de la araña haciendo lajartijas en el espejo, mientras suelta una perversa carcajada, de ésas de "muah-jah-jah muaaaaah-jaaaah-jaaaah". Se relame los labios y pone cara de Dr. Evil y dice: "muah-jah-jah, Rafael hizo una solicitud nuevamente".

Y luego de esa perversa imagen, comienza en el mundo paralelo en el que yo vivo, una serie de eventos desafortunados que al final se gana la denominación más cristiana de Calvario, o más específicamente de Vía Crucis. Y yo no puedo, al inicio, decodificar los símbolos y sólo escucho "debe usted presentar su recibo de teléfono fijo", a lo que yo respondo, "disculpe, joven, pero no tengo teléfono fijo, ¿le sirve el de mi celuar?". En la pantalla de la computadora del ejecutivo de cuenta aparece, tecleado por Cerebro, él mismo: "Permiso denegado, el cliente debe tener teléfono fijo, de lo contrario no le podemos dar el balance de su cuenta". Yo respondo algo alterado y crédulo de este mito contemporáneo de que el cliente es lo más importante para cualquier empresa "no tiene ningún sentido lo que me dice, debe haber alguna forma". Déjeme consultarlo con la gerente... yo volteo a ver las instalaciones bancarias y la decoración que supongo tiene la intención de darte la sensación de modernidad, profesionalismo y eficiencia, empieza pareciéndome un cubo del tiempo, con los vértices acercándose cada vez a mi cara. Ya cuando llegué a hablar con el ejecutivo, habían pasado tres cuartos de hora, pero ahora resulta que he estado con él más de una hora sin arreglar nada, logrando únicamente que los demás clientes en la fila me vean con cara de odio como yo mismo vi con odio a los que pasaron antes que yo y tardaban eternidades.

Pues dice la gerente que está bien, que por ser usted aceptaremos prescindir del recibo telefónico, pero entonces debe traer en original y tres copias: recibo de luz, de agua, de cable, de gas natural, de teléfono celular, sus tres últimos estados de cuenta de la tarjeta de crédito Y las cartas facturas de sus dos últimos vehículos. Oyendo mi propia voz me escucho decir"La verdad es usted rete-ingenioso para eso del humor, joven, pero resulta que yo tengo prisa porque debo volver a trabajar, qué tal si en vez de la broma que tan amablemente me amenizó este bello rato, me dice algo que sea razonable para obtener no una imagen de la ropa interior de su abuelita, no la foto de las tetillas del Presidente del Consejo de Administración (Cerebro se regocija al sentirse aludido, porque me está vigilando a través de las cámaras de seguridad), sino un balance de mi, mí, mí (repito) dinero, que tengo con ustedes porque con su cuenta me pagan la nómina". El ejecutivo me mira con una ceja levantada un tanto molesto con el tono que he ido adquiriendo y me dice que vaya yo mismo a hablar con la gerente, porque sus atribuciones hasta ahí llegan.

Yo con un color entre rojizo y morado me formo en la larga fila que espera hablar con la gerente, esperando que el tiempo de espera no sea suficiente para relajarme. Llego a verla cuando aún me alcanza el coraje y el orgullo y en plan de divo merecedor presento mi larga queja. La gerente, que ya para entonces es también una perversa cómplice de Pinky y Cerebro, me propone una salida decorosa que implica pasarme la semana recolectando documentos, mandando paquetería express a Hermosillo y a todos los demás lugares en los que he vivido y luego de regreso, creo que hasta el oficial del Registro Civil de Huásabas tiene que certificar alguno, ante mi cara de asombro. Como ante la pregunta de ¿y no me queda de otra? recibo una negativa, me resigno y salgo a seguir luchando con burocracias públicas y privadas, a hacer filas, a hablarle bonito a la gente del mostrador para disminuir el efecto en el ánimo que me provocan sus jetas de profunda infelicidad y frustración laboral. El Proceso (así con mayúsculas porque no es para menos) se alargará como cada vez que intento algo, pero al final lo lograré y dicen que el que ríe al último ríe mejor, pero yo no podría reír tanto ni tan bien como lo hará Cerebro todas las semanas que dure.

martes, enero 15, 2008

Taaaxiii

Yo estoy por la libertad de expresión. Pero como un derecho de la sociedad y del individuo para que existan las condiciones para expresar las ideas, sin que nadie las censure a priori. No como la eliminación de todos los códigos de decencia o para no meterme en broncas, criterios de mera precaución. Es que en el espacio de las relaciones interpersonales yo diría que también debe imperar la prudencia y no andar hablando nada más porque tiene uno boca; es decir, también hay que saber callar. Esto viene a colación porque hoy por la mañana que tomé un taxi para ir al trabajo, lo primero que el taxista me comunica es "ay! yo no sé porqué lo subí, si me ando meando" (en realidad dijo "me ando miando"). Pido disculpas a los que se escandalizan o incomodan cuando se habla en público y contextos de confianza baja o moderada de las necesidades fisiológicas (como yo). Pero es que yo soy de la idea de que el taxista por más que tenía la urgencia de ir al baño no tenía que habérmelo comunicado de esa manera tan directa, tan poco delicada, sin invitarme, siquiera, al cine o a tomar un café.

No recuerdo cómo reaccioné a la demasiado sincera confesión de su parte, pero no debe haber sido con hurras y risas, como para que el tipo continuara comentando (con un inicial toque moralista) que en la década de los sesenta (cuya música amenizaba la ocasión)las mujeres no cedían a la primera, sino que los dejaban siempre con los &#$%& doliendo y que ahora no, que ni bien se conocen las chicas entregan "aquellito". Digo yo, pero qué necesidad de abordar esos temas con los pasajeros, sin un conocimiento siquiera preliminar de la personalidad del que se acaba de subir, ¿qué tal si resultaba ser del Opus Dei? ¿Que no podrán estos taxistas (y ya me han tocado varios) iniciar la plática con algún tema introductorio o menos controversial, como el clima de la semana pasada respecto a ésta, o el estado de las calles, o el último romance de Niurka? Espero no dar la impresión (bastante imprecisa) de que soy un recatado moralista, purista del lenguaje o delicado esnob, pero es que como decía mi nana con toda razón (para alertar sobre los riesgos de bromear con la gente): "el cuerpo no siempre está de humor".

miércoles, enero 09, 2008

¿Qué hay debajo del Ecuador? (parte 4)

Y continué mi gira rumbo a Córdoba, yendo en autobús a Bs. As. y desde ahí tomando un vuelo a mi destino. El avión debía abordarlo desde el aeropuerto de cabotaje (o sea, para vuelos nacionales, por cierto mal traducidos 'vuelos domésticos', digo yo, porque no todo lo que es dentro del país es relativo al hogar, digo yo...). El aeropuerto está justo a orillas del Río de la Plata que me dejó con la boca abierta y sin respiración por algunos segundos (no muchos porque mi capacidad pulmonar tampoco da para tanto). Era la primera vez que lo contemplaba en la angustiosa anchura que configura su enormidad. "El más ancho del mundo" que tan bien combina con la pretensión argentina de figurar en el libro de récords Guiness. Un río enorme, ¡con olas! formadas por el viento fuerte que corría ese día y que me hacía tararear la canción Bridge over troubled waters, "Puente sobre aguas turbulentas", y comprender a la perfección a la musa argentina de la canción de Sabina, aquélla que no quería más amor que el del Río de la Plata. Y ¿cómo no? quien preferiría a un cantante andaluz revoltoso sobre la inmensidad de un abrazo perpetuo de un Río como ése, así con mayúsculas, que es casi un Dios, así con mayúsculas.

Yo soy un hombre del desierto, nací y me formé ahí. Mis nociones geográficas me hicieron considerar natural que sólo la época de lluvias y un sistema complicado de presas pueda construir un torrente capaz de alimentar un hilo de agua a lo largo de todo el año. Y no era capaz de dimensionar que usemos la misma palabra para señalar eso que veían mis ojos por donde navegaban libremente barcos de gran tamaño y que, por más que me esforzaba, no alcanzaba siquiera a vislumbrar la otra orilla y el río de Sonora, así con minúscula, que con mucha dificultad se puede apreciar en el camino de Hermosillo a Huásabas y que es siempre una duda que hay que aclarar si viene con agua o está completamente seco. La magnitud de ese torrente fluvial me llenó los ojos y también los pulmones que se llenaron de ese aroma fresco y genérico a río, a tierra mojada, a follaje de árboles húmedos y en descomposición. Y aunque podía haberme quedado en esa orilla llena de ociosos pescadores de caña y anzuelo, los horarios son mis amos y yo un simple esclavo de mi propio itinerario.

Esa tarde, todavía con la luz del día llegué al aeropuerto de Córdoba donde me esperaba Guillermo y la encantadora cría que lleva por nombre Eliseo y que así con sus tres años y los grandes ojos azules que heredó de Ceci se declara a sí mismo filósofo, o filozofo para respetar zu entrañable pronunziazión. Además, me faltaba rencontrar a Marcos, amigo categoría gran maestre y compañero inseparable de la maestría, también oriundo de Córdoba, quien iba a ser mi host en su ciudad. Esa misma noche nos fuimos a recorrer el centro de Córdoba que "data" (jo-jo, dije 'data' término únicamente utilizado por los célebres conversadores atrapados en el Diccionario), en fin, digo que data de la época colonial y así lo atestiguan un gran número de construcciones hermosas: muchas iglesias, sobre todo la sobria y poderosa Catedral, enfrente de una plaza de armas armada con danzantes de tango y otros géneros musicales, que "arman" un jolgorio de lo más chulo.

Otra atracción arquitectónica de la ciudad es la "así llamada" (otra frase "elegante" de muy estentórea impertinencia en los tiempos de la eficiencia lingüística) Manzana Jesuítica. Los jesuitas (sociólogos y politólogos por vocacion) fueron misioneros de mucha relevancia para América Latina porque encabezaban un proyecto social distinto (y más estructurado y revolucionario que el de las otras órdenes monásticas). Proyecto que evidentemente se inscribía en el contexto de sus misiones evangelizadoras y que terminó siendo incompatible con los intereses de la Corona Española que los expulsó de sus dominios en el siglo XVIII. El punto es que en Córdoba dejaron un legado muy interesante de edificaciones y tradición académica en todo una cuadra -manzana- que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

De Córdoba es famoso también su buen clima (templado y mediterráneo) y las sierras de sus alrededores, que tuve la oportunidad de recorrer acompañado por Guillermo y su genial buen humor, tan espontáneo como original. Hermosos lagos y ríos de aguas claras, en medio de verdes colinas que producen vistas dignas de foto (¡uy! Y yo sin cámara...) Ponía cara así cada vez que me acordaba de mi lamentable pérdida :(

El día que llegué también me tocó padecer el aberrante sistema de vida nocturna de Argentina que empieza casi cuando se va a acabar la noche y empezar la mañana. A los night clubs fácilmente les podrían llamar morning clubs y estarían en lo cierto. Pero yo a las cinco de la mañana, a pesar de que aquello apenas empezaba, ya sentía la apremiante necesidad de retirarme a mis aposentos, necesidad que, vale decir, no fue compartida por mi anfitrión por lo que decidí irme solo en taxi a su casa. En un momento dado el taxista me dice - pues aquí lo voy a dejar y yo le digo - ¿aquí? ¿y que tal si mejor me deja en el lugar que le pedí porque esto no se parece a donde voy? y él me responde - pues no porque está cerrada la calle por "el baile" y yo, a mi vez, le pregunto no sin temor - ¿y podría decirme al menos cómo llego a mi destino? es que no soy de aquí (seguro el acento no había sido suficiente para delatarme desde la primer oración), a lo que el taxista brevemente espetó - camine tres cuadras hacia allá y ya llega. A esa hora "el baile" -evento popular de música folclórica y demás ritmos guapachosos/tropicales- estaba acabándose, por lo que caminaban en dirección contraria a la mía hordas numerosas de adolescentes algo exaltados por el alcohol (u otros enervantes), la cadencia del baile, sus hormonas y - agrego para darle más sabor al relato - la tensión social generada por el abigarrado capitalismo y la ofensiva desigualdad de nuestros países latinoamericanos (¿ah, verdad? apoco no sueno encantador cuando me pongo "rojillo"). Así que las tres cuadras que recorrí en soledad bajo la oscuridad de rincones que me eran del todo desconocidos, cruzándome por todos lados con combativos adolescentes de las clases más modestas (¡malditos prejuicios! - pensaba mi parte racional, sin que la otra parte pudiera dejar de sentirse más vulnerable por el origen socio-económico de la concurrencia "al baile"). Finalmente, llegué a mi destino sano y salvo, ignorando los grititos provocadores de jovencitos que probablemente buscaban sólo un cigarrillo (que no traía) pero que tambien hubieran podido verme cara de pera de boxeo. Después de batallar algunos minutos para abrir la puerta de la entrada, traicionado por el miedo a lo desconocido y a las madrugadas después de "el baile" -temores que eran justificados según me fue aclarado al día siguiente por mis locales anfitriones- logré entrar y descansar lo suficente para el resto de la visita.

La Navidad la pasé con la familia de Marcos que tuvo a bien recibirme en su pueblo, Freyre, un lugar muy lindo en una región que fue poblada sobre todo por migrantes del Piamonte (a los que llaman ¡gringos! O sea, ¿y qué vamos a hacer con nuestros gringos de los united states?). Freyre es un lugar todo ordenadito, con calles cuadradas y limpias y todos los alrededores cultivados con los inmensos campos que caracterizan a la impresionantemente fértil región de las pampas húmedas (región con un nombre casi obsceno porque está demasiado cerca de pompas húmedas). Mi mayor sorpresa fue que esos sembradíos tan lindos y enormes no tenían sistema de riego, no necesito repetir que por cuestiones geográficas eso es inconcebible en mi tierra, básicamente es echar la semilla y esperar la hora de cosechar, porque la naturaleza hace todo lo demás y, al parecer, lo hace bastante bien.

Lo más gracioso era que nunca había pasado la Navidad en mangas de camisa. ¿Cómo imaginarme siquiera que Santoclós se posara en mi chimenea en verano, si con ese traje coca-colero que se carga seguro se va directo al hospital de deshidratación severa? ¿Y cómo comer toda la comida grasosa y súper calórica de las tradiciones navideñas? Afortunadamente el tema lo han resuelto (por lo menos en la familia de Marcos) dando de comer una serie de entradas que les llaman mayonesas y que son muy frescas y apetitosas en una noche de verano. Aunque ya existe el libro Navidad en las montañas, yo bien podría escribir ahora el próximo best-seller Navidad en las veraniegas pampas húmedas, pero mejor me conformo con esta entrada al blog que está más cerca de mis aspiraciones literarias.

lunes, enero 07, 2008

¿Qué hay debajo del Ecuador? (parte 3)

(Tercera entrega de mi reseña del viaje a Argentina, más abajo están las otras dos y se sugiere leerlas en orden cronológico)

Una vez agotada la primera parte de mi estancia en Bs.As. me tomé mi taxi a la estación de trenes/autobuses el Retiro. Una vez ahí abordé el camión - coche cama - que muy cómodamente me transportó en brazos de Morfeo - o sea, dormido - hasta Mar del Plata. Esta ciudad es al parecer el balneario principal de Argentina. Sería como el Acapulco argentino, porque es visitada sobre todo por los numerosísimos residentes de la capital que se van a relajar a la costa - llevando siempre consigo sus hábitos junglaurbanos -. - Los porteños, al parecer, aman Mar del Plata - le comenté a mi amiga marplatense. - "Sí y nosotros odiamos a los porteños" - me reviró, ooops.

Pero el principal propósito de ir a Mardel era visitar a unos amigos entrañables que habían tenido la agridulce suerte de vivir en Hermosillo. Hacía cuatro años ya que no nos veíamos, pero la amistad la habíamos construido de tal manera que ese lapso en nada había mermado el cariño que se genera cuando las vidas se comparten auténticamente. Y al lazo de por sí estrecho que nos unía se había añadido la presencia de Demetrio que nació hace dos años y que es, por mi tenaz insistencia, mi ahijado de cariño (en cualquier momento oficializamos el padrinazgo).

Es una ciudad muy linda y tranquila, serena como se es sereno cuando se vive a expensas del mar. Es un punto muy al sur del planeta por lo que el clima no es ni de cerca guapachoso/tropical, pero los días en los que estuve fui bendecido por los dioses del sol y del viento que me dejaron disfrutar la playa a mis anchas (mis angostas debería decir, si la referencia es a las dimensiones corporales). Aunque fue una lindura disfrutar de la playa y la tibia y tersa arena, en donde hasta jugué volley ball playero no sólo por el cliché sino también por gusto, no había que acercarse mucho al agua porque, como ya lo había comentado, era gélida como que la corriente acababa de regresar de una larga estancia en la Antártica. Con todo y eso había muchísima gente dentro del mar, lo cual me hizo dudar de su salud mental, o bien, de mi capacidad de adaptación a lugares más fríos. Mar del Plata fue el lugar más al sur que visité y, además, el punto más meridional en el que he estado en el planeta Tierra (claro, porque como he estado en muchos otros planetas, es mejor aclarar).

Mi primera impresión (que de tanta sorpresa terminó dándome miedo) es lo plano del terreno. Prácticamente desde que salí de Bs.As. hasta que llegué a Mar del Plata (que son como cinco horas) eran sembradíos que pareciera que los habían aplanado con regla y no se alcanzaba a divisar hacia el horizonte ninguna colina. De tan plano el terreno podía apreciarse la redondez de la Tierra que yo pensé sólo se notaba al contemplar la inmensidad del océano.

Lo que más me gustó de Mar del Plata, fueron un par de villas (casas/mansiones) que están en la colonia súper-chubi-dubi que se llama Los Troncos. Una de ellas es la Villa Mitre que es el museo de historia de la ciudad. Cuando me preguntaron qué me había parecido, después de pensarlo un buen rato dije: "es un museo triste". Y, en verdad, es un museo muy triste, sin usar el término en el sentido injustamente peyorativo que solemos atribuir a la tristeza. Sólo para darles una idea, yo era el único visitante del museo durante todo el recorrido y me abrumaba una paz sepulcral con recuerdos del pasado. Además, una de las piezas célebres del museo es el manuscrito del último poema de Alfonsina Storni que se llama Voy a dormir y que es una tristísima nota de suicidio literaria. Esta poetisa argentina de origen suizo inspiró la hermosa canción Alfonsina y el mar (Ramírez y Luna), después de que al final de una vida ensombrecida por el dolor se quitó la vida internándose en la playa de Mar del Plata (lo cual me hace preguntarme si murió de pulmonía por lo frío del agua o si fue ahogamiento la verdadera causa de su muerte). Una vez que estaba lo suficientemente triste como para repetir la acción de Alfonsina, decidí que era hora de salir, sobre todo porque si no me componían Rafael y el mar iba a estar muy decepcionado.

La siguiente villa que conocí se llama villa Victoria, puesto que era de la escritora Victoria Ocampo que entre sus méritos tuvo ser de una familia aristocrática y a pesar de eso no abandonarse a la vida más ociosa y parasitaria de la sociedad que suelen darse los que cotidianamente llenan las revistas Holas, Caras, Gente, Sociales del Imparcial y puras de ésas que ustedes ya conocen. Victoria Ocampo, por su parte, se dedicó a patrocinar el mundo de las letras, y a escribir ella misma. Así, daba hospedaje en esa mansión traída pedazo por pedazo de Inglaterra, a escritores que buscaban un remanso de paz (y libre del pago de alquiler). Lo más lindo de la casa es el jardín que tiene árboles enormes traídos de los rincones más lejanos del mundo y que se aclimataron bien en el templado clima marplatense. Yo es que soy muy fans de los árboles gigantes y en ese jardín (en el que también estaba yo solo con robles, cedros, olmos, platanos y álamos) me sentía como en consejo de sabios verdes que susurraban en un idioma que no entendí al ser atravezados por el viento (bueno, así de ridículo me pongo yo cuando tengo mucho tiempo para pensar).

Otra de las atracciones de la ciudad es el Casino Provincial en el que tuve la suerte (la primer noche) de no perder ni un peso argentino en toda la velada y hasta de ganar veinte pesos (como siete dólares) en la segunda oportunidad (la noche siguiente, porque el vicio es canijo...). También tuve la oportunidad de comerme un auténtico y delicioso asado argentino con los papás de Pablo, en el que comí hasta que mi estómago pudo soportarlo.

Y volando se fueron los días en Mar del Plata como se va siempre la vida cuando la está uno pasando a gusto. Afortunadamente, todavía quedaban muchos lugares que iba a conocer, así que la ilusión compensaba ese incómodo vacío que causa el desprendimiento de los amigos, sobre todo cuando no se sabe cuánto tiempo va a durar.

viernes, enero 04, 2008

¿Qué hay debajo del Ecuador? (parte 2)

(Esta entrada es la continuación de la anterior y es altamente recomendable leer primero la siguiente y después - si le han quedado ganas - ésta)

Después de tanto esperar, mi compacta maletita roja - que tanto me facilita la visibilidad en la banda - hacía su aparición con más de tres horas de retraso. Así que a media noche había que ponerse a buscar hotel o alguna banca de parque. Afortunadamente con tarjeta de crédito mediante no me fue tan difícil conseguir hotel, aunque me advirtió el agente hotelero que ya no le quedaban hoteles de 5 estrellas. "Chin" - pensé yo - y ahora ¿cómo haré para dormir en una pocilga de 4 estrellas, tan acostumbrado que estoy a viajar en categoría Gran Turismo? Pero luego recordé que no, que soy un modesto viajero humilde y de familia numerosa con la capacidad de dormir hasta en las condiciones más adversas. Hice la reserva y el pago del hotel desde el aeropuerto sin saber bien a bien en qué área de la ciudad me estaría yo metiendo, confiado en que no debía de ser más peligrosa que aquella zona de París en las que en una madrugada nos correteó un negro como de dos metros de alto. Durante el trayecto al hotel yo trataba de fijarme por qué calle iba, just in case, pero me pareció muy extraño que siempre que volteaba a ver el nombre de la calle leía "Personal", a pesar de que tenía la noción de haber dado vueltas en más de una ocasión. Una opción - bastante irracional - es que todas las calles se llamaran "Personal", lo cual sonaba ridículo, al menos tendría que haber alguna que se llamara "Recursos Humanos" - pensé yo -. Sin resolver esa duda que me carcomía llegamos al hotel, me bajé, me instalé, me dormí, me desperté, me bañé - todo lo anterior sin tomar agua - y salí a disfrutar de mi primer día en Buenos Aires. Lo primero que descubrí - y que me dio mucho gusto - es que no es que las calles se llamaran Personal, sino que encima del nombre de la calle en colores más claros y vistosos estaba siempre la publicidad de una compañía de teléfonos llamada Personal. Bueno, son estupideces que se hacen posibles porque el choque cultural nos hace pensar que todo es posible, todo agravado por el cansancio de un viaje largo.

Estaba a sólo un par de cuadras de la Avenida 9 de Julio - la más ancha del mundo -. (Tienen una especie de fijación los argentinos con ser o tener lo más - coloque algo aquí - del mundo). Atravecé la avenida para sentirme yo también parte de un récord mundial y ahí estaba él, uno de los símbolos más importantes de la ciudad: el Obelisco. Durante algunos minutos estuve llamándolo mentalmente "el Asterisco" por una especie de dislexia que me da con algunas cosas y que esta ocasión sé que fue culpa del cómic francés Asterix y Obelix. Pues el obelisco no tiene mucha gracia pero verlo una y otra vez era una linda manera de constatar para mis adentros que estaba en Buenos Aires, después de tanto tiempo queriendo ir. Finalmente estaba ahí, respiraba el aire tibio del paradójico verano decembrino del hemisferio sur. Unos pasos más adelante estaba el Teatro Colón, otro de los edificios clave de la ciudad, de una arquitectura y ornamentación muy elegante. Y así fui caminando más y más para seguir descubriendo los puntos infaltables del "microcentro" (como llaman a la parte más centrica y antigua de la ciudad, término que, a mi juicio, no se lleva bien con la arrogancia que frecuentemente se les imputa a los "porteños" - gentilicio de la gente de Bs. As. -): el Congreso, la Plaza de Mayo con su Casa Rosada (muuuuy pinky), la Catedral (que, en realidad, parece teatro), y todos los etcéteras que me aguantaron las piernas.

Buenos Aires es una ciudad fenomenal. Más allá de la arquitectura afrancesada de sus muchísimos edificios cuya ornamentación es hermosa pero no la distingue nada en particular, su encanto es ese ritmo de vida gestado con base en costumbres europeas: como los cafés y las heladerías artesanales, pero acondicionado a una realidad bastante especial: ser un país latinoamericano - el nuevo mundo, al fin - pero lejos de todo, lejísimos de todo. Con todo evidentemente me refiero al centro de la civilización occidental: Europa y Estados Unidos. Una realidad particular también porque el mayor porcentaje de su población es descendiente directa o casi directa de una migración muy reciente y diversificada en sus orígenes (varios países de Europa, principalmente Italia, y también Medio Oriente: Siria, Líbano, Israel; e inclusive China y otros países de Oriente), que se integra a un país con una estructura proveniente de la colonia española que había sido el Virreinato del Río de la Plata, del cual Buenos Aires era la sede.

Por su fisonomía urbana se puede colegir que el florecimiento de la ciudad se dio a finales del siglo XIX y principios del XX. Pero es, a la vez, un punto de referencia para las letras hispanas pues ahí han nacido o vivido escritores de la importancia de Borges, Cortázar, Bioy Casares. Y argentino es también Quino con su espectacular e ingualable Mafalda - mi cómic favorito, de leeejos - y la histioretista contemporánea Maitena, que si no han leído/visto sus tiras, se las recomiendo ampliamente porque son buenísimas, ácidas y muy actuales. En fin, el punto que yo quería ilustrar es que culturalmente Buenos Aires tiene muchísimo que ofrecer.

Turísticamente también es una lindura porque es de esas ciudades que se va armando con sus diferentes barrios. Cada uno tiene su encanto y su ambiente especial: San Telmo, La Boca, Palermo, Recoleta, Puerto Madero, Barrio Norte, en fin... Todos, excepto La Boca, me encantaron y este último no fue tan de mi agrado por ser una especie de Disneyland versión argentina, es decir, todo se ve muy armado para el turista y carente de la autenticidad que seguramente tuvo en su origen. La Boca está junto al puerto y fue lugar de llegada de muchos migrantes, lo cual llevó a la "gente bien" a salirse de ahí y abandonar sus casonas, porque obvio ¡qué asco los migrantes! Pues mejor les fue a éstos porque así se fueron apoderando de las casas e hicieron como vecindades y hasta hablaban y algunos siguen hablando en un dialecto o argot - llamado lunfardo - para reafirmar lo marginal de su posición social.

Fue súper agradable para mí que soy un obsesivo de caminar (y tomar coca-cola), recorrer sin-ton-ni-son, sin guía, sin mucha idea, cada uno de estos barrios (excepto la Boca que es un barrio muy pobre y, obvio, ¡qué asco los pobres! y te recomiendan que te cuides no yendo).

El primer día era como mi luna de miel con la ciudad, encantado caminaba como sobre nubes cuando un maldito malandrín me despertó de mis dulces sueños al robarme la cámara con la velocidad del rayo y la técnica depurada de los gitanos, con una mano seguro me distrajo mientras que con la otra sustrajo mi recién estrenado aparatejo digital. Ya ni llorar es bueno - pensé - sobre todo porque debía la lamentable perdida a mi descuido y a mi pueblerina inocencia y supuesto fortísimo de que todos son respetuosos del patrimonio ajeno.

Lo demás fue pasear, oír y ver tango (me encantan los clichés!!! ¿a ustedes no? Son tan lindos, tan fáciles...), comer pasta, carne, vinos, alfajores, dulces de leche, coca-cola (ooots, me salí del libreto con esto). Y pasado un par de días se llegó la fecha del recuentro en Mar del Plata con mis amigos que hacía cuatro años no veía. Pero esa historia la dejo para la siguiente entrega...

jueves, enero 03, 2008

¿Qué hay debajo del Ecuador?

Ya estoy de regreso en el hábitat de la cotidianidad bastante satisfecho aunque lidiando con ese sentimiento de ansiedad post-festiva. Mi rencuentro obligado con el blog después de un viaje (viajes debería decir) como el que acabo de terminar me provoca harto nerviosismo, porque a lo largo del mismo (los mismos debería decir) estuve conversando todo el tiempo con el blog. Fue una oportunidad estupenda para pensar, pero sobre todo para reformular lo que pensaba en expresiones que cumplieran mejor su cometido de transmitir lo que iba viendo, sintiendo, viviendo.

Todo empezó más o menos así: el sábado 15 de diciembre fue la boda de un amigo excelente, ex-compañero de la maestría. Estaba muy reciente la experiencia del espectáculo público en el festejo navideño de la oficina, como para volverme a convertir en centro del escarnio colectivo. Por lo tanto, decidí comportarme dentro de límites aceptables de honorabilidad (claro que muy cerca del límite inferior del espectro porque, la verdad, es mucho más divertido). Yo asumía que todo había salido muy bien, y para confirmarlo al final de la tardeada se me acerca hasta la pista donde estaba yo insistiendo que continuaran tocando así fuera lo que fuera, una señora muy entrada en años, muuuy entrada en años y me dice "fuiste el mejor bailarín de la noche y vengo expresamente a felicitarte porque no importaba lo que pusieran lo bailabas con hartas ganas". Oh my goodness! - pensé yo – aunque se suponía que esta noche no llamara yo la atención se siente bonito tener una admiradora en el área geriátrica (al menos). Le agradecí muy complacido sus palabras a la venerable viejita y fui a sentarme convencido de que podía darme por satisfecho por el éxito de la noche. Cuando fui a sentarme también caí en la cuenta de que en unas horas tenía que estar en el aeropuerto para tomar mi vuelo a Argentina, lo cual en sí no era problema, pero que aún no había hecho mis maletas, lo cual sí era un problema en sí. Después de cruzar la ciudad de México de un extremo a otro literalmente (que no es lo mismo que literariamente) arrojé dos o tres trapos, los zapatos y mis efectos personales y en un dos por tres ya estaba todo listo.

A la hora debida, es decir, de madrugada, estaba yo en el aeropuerto de la ciudad de México. Al llegar al mostrador la señorita (por así decirlo) que me atendió me dice -¿te vas a quedar doce horas en el aeropuerto de Lima (donde hacía escala)? Yo respondí muy orgullosamente que no, que había tomado ese vuelo con la brillante idea de llegar a conocer Lima, probar algo de comida peruana y después regresar al aeropuerto para continuar mi vuelo a Buenos Aires (en adelante Bs.As.). Al terminar de explicar tenía yo una enorme sonrisa de satisfacción que abarcaba de oreja a oreja, la cual empezó a desvanecerse primero al ver la cara de incomprensión de la funcionaria aérea y después al oír su siguiente pregunta. - ¿Tienes visa para ir a Perú? - me inquirió -. Yo hice cara como de .?. y dije un tanto desilusionado "no". Pues es que por reciprocidad en Perú les solicitan visa a los mexicanos. Nunca antes el concepto de hermandad latinoamericana me pareció más demagógico, vacuo y falto de contenido que cuando me enteré que para entrar a Perú me pidan un visado (o a un peruano le pidan visa para entrar a México), cuando para entrar a cualquier país de Europa o a Canadá sólo tengo que mostrar mi pasaporte, pero para ir a visitar a mis hermanos peruanos debo solicitar previamente (pago de por medio) que me permitan entrar a su país. Pues fuck! - me dije - quédense con su Machu Pichu y su Lima y dígame si me puedo tomar otro vuelo antes a Bs.As. porque, no importa lo que diga Tom Hanks, permanecer encerrado en un aeropuerto más de diez horas es causal infalible de suicidio y yo prefiero seguir viviendo. Afortunadamente, sí había disponibilidad para un vuelo a Bs.As. muy cercano a mi arribo a Lima, el cual tomé pagándole a la aerolínea aún más de lo que ya había pagado. En el aeropuerto de Lima se me ocurrió otra brillante idea (que sí resultó ser buena idea, no estaba siendo sarcástico): comer comida peruana!!! Me habían hablado maravillas del ceviche peruano y la verdad se habían quedado cortos. El ceviche es un plato a base de mariscos "cocidos" en limón, de un pez que se llama lenguado y/o de langostinos (camarones), preparados con cebolla, cilantro y algunas otras especias que dan como resultado un deleite para el paladar. Me lo sirvieron acompañado de elote (maíz tierno) cocido y algo que parecía un camote, creo que le decían patata dulce. Lo único malo es que como soy obsesivo compulsivo con los horarios de vuelo, me lo comí a una velocidad vertiginosa que no se se lleva bien con la buena cocina, no fuera a ser que el avión osara dejarme en ese país hermano en el que tengo que solicitar visa.

El mismo día en el que había dejado la ciudad de México al amanecer, saludaba Bs. As. justo en el momento del crepúsculo. La luz de ese día sólo me había acompañado durante el viaje (impidiéndome dormir, la perversa). Por primera vez en la vida había cruzado la fabulosa línea imaginaria llamada Ecuador que tanta ilusión me hacía desde niño y desde el cielo había contemplado la inmensidad del Océano Pacífico, la resequedad de desiertos que daban la impresión de ser inasequibles para el pie humano, la majestuosidad de la Cordillera de los Andes, el color indescriptible de algunas montañas, el cauce de ríos cuyos nombres jamás conoceré, pueblos perdidos en el centro de la enormidad del continente sudamericano y al final, el río de la Plata - el más ancho del mundo - y la ciudad de Buenos Aires.

A mi llegada al aeropuerto de Ezeiza todo parecía ir muy bien, hice mi trámite migratorio en una fracción de segundo, me fui a recoger las maletas a la banda de reclamo de equipaje y ahí me paré junto a ella (la banda). Me paré primero con los dos pies, luego me recargué en el pie izquierdo, después en el derecho, de vuelta en los dos pies, luego me senté en la banda y nada... las maletas de nuestro vuelo - creo que las de muchos vuelos - no salían, entonces mi hinqué y le recé a la Virgen de Guadalupe - que en ese momento convertí en santa patrona del reclamo de equipaje - y tampoco funcionó. El descontento social empezaba a hacerse patente, la tensión colectiva parecía estar engendrando una revolución, una argentina gritaba "me da vergüenza ser argentina" (después me di cuenta que usan esa frase con mucha ligereza), un discípulo de Gardel escribía un tango a la desaparición de maletas, mientras bailaba apasionadamente con un maletero que se negaba a darnos una explicación de porqué habían pasado dos horas y aún no teníamos noticias de nuestras pertenencias (o tal vez ex-pertenencias, sugirió mi pesimismo radical). Una embravecida argentina quería meterse por la puertita donde entran las maletas a recogerlas por ella misma y pidió voluntarios para el trabajo. Yo pensé que eso debía violar unos ochocientos artículos de la reglamentación aérea, pero aún así me apunté como voluntario. Siguieron insultándose a los trabajadores aeroportuarios que se atrevían a pasar por ahí, ignorando la proximidad de “la guerra de las maletas”. Entonces, decidí que debía haber algún mecanismo institucional para enterarme con certeza de qué estaba pasando. Así tuve que hacer una extensa investigación para determinar quién era el que podía informármelo, porque todos decían que no era su responsabilidad. Más tarde que temprano llegué hasta el mostrador adecuado donde estaba agazapado quien podía darnos cuenta (una cuenta terrible porque después de más de dos horas, la respuesta es que había algo así como una huelga en la compañía que hacía el trabajo de distribuir las maletas, por lo cual estaban nuestros equipajes aparcados en algún lugar del aeropuerto y que era imposible de momento que las tuviéramos). Empecé usando un tono moderado, tratando de aplicar conceptos bien acá y encontrar una solución satisfactoria, pero me había seguido la marabunta enardecida que quería a fuerzas cortar una cabeza y no han dado cacerolazos porque no tenían con qué, justamente porque nos habían privado del inalienable derecho a tener nuestro equipaje. Después de arduas negociaciones (muy divertidas si no tenías prisa) logramos que se comprometieran a darnos el equipaje en 15 minutos (suena lindo si no caes en cuenta que para entonces habían pasado como tres horas). Yo, además, no tenía hotel reservado y ya era la media noche, solo en una ciudad desconocida, más lejos que nunca de mi familia, cansado de un viaje largo, un tanto desencantado de la hermandad latinoamericana, con más hambre que el Chavo del 8 y con muchos sueños por delante (jaja, pueden aplicar un ostentoso 'ni al caaaaso')

Esto empieza a ponerse muy largo - y yo apenas voy llegando a Argentina - por lo que mejor me propongo continuar esta reseña en capítulos posteriores, no sin antes adelantar que Argentina es un país fantástico y los argentinos muy buenos anfitriones.