lunes, diciembre 15, 2008

Fiestas decembrinas

Una vez aceptada por unanimidad la "nueva imagen" de mi blog, me dispongo a escribir sobre este asunto tan complicado de las fiestas de fin de año. La primera dificultad que nos presentan estas fechas es la indivisibilidad del humano, porque se juntan varios compromisos que seríamos incapaces de dejar de lado, si no fuera porque sólo puedes estar al mismo tiempo en un solo lugar. Uno trata desde noviembre de distribuir lo mejor posible los eventos y se empiezan a agendar las reuniones de despedidas, las posadas, las fiestas del trabajo y de los amigos, etcétera, tratando de poder ir a todas con la mejor disponibilidad posible. Pero ya para cuando llega diciembre, yo por lo menos, estoy completamente hecho bolas, tratando de compaginar todas las citas, porque, por vida de Dios, son todas muy divertidas y agradables y no me parece justo que tenga uno que decidirse ir a unas, en perjuicio de las otras. Simplemente así no se logra ningún óptimo social.

Un buen tip, que he aprendido con los años, es a no empecinarse en organizar todas estas reuniones por la noche, porque así se tiene uno que ajustar más, sino a distribuirlas entre desayunos, comidas y cenas, de tal manera que cada día ofrece la posibilidad de llevar a cabo tres dignas fiestas navideñas con diferentes grupos.

Este fin de semana me resultó particularmente atribulado, pues se juntó con que hoy mismo salgo a pasar mis vacaciones navideñas a mi tierra, Sonora, después de una larga ausencia de mis lares, que se prolongó desde agosto hasta diciembre. Entonces, me quedé con las ganas de ver a más gente para desarles (y que me desearan) muy feliz navidad y próspero año nuevo y chorizo con huevo y todas esas cosas que cansan por repetitivas, pero que no dejan de tener un cierto nivel de encanto (muy escondido entre el exceso de SantaCloses y renos con la nariz roja y estrellitas brillosas y arbolitos de navidad y nochebuenas).

Antes de cerrar con esta entrada, para la cual tenía la firme intención de hacerla muy breve, no puedo dejar de comentarles que estuve a un pelo de cambiar de profesión y dedicarme de lleno al modelaje. Ustedes pensarán que es broma y, después de haber visto mis fotos, cuestionarse sobre los estándares estéticos que tendrían que imperar para que yo pudiera incursionar en el mundo del modelaje. Pero es tan diversa la viña del Señor (con mayúscula, claro) que el viernes cuando fui a medirme un esmoquin para una entrega de premios, de la que fui conductor (una actividad de mi trabajo, nada de altos vuelos, digo para no elevar inútilmente expectativas), pues las señoras de la tienda consideraron mientras me medía el traje que tal vez sería buena idea que yo modelara los modelitos de la tienda, ya que al tipo que habían contratado para ese efecto nunca se presentó (así debe de haber estado la paga). Decían cosas que mi ego asimilaba ambiguamente, como "pues, está bien el muchacho" (con un tono muuuuy conformista, debo decir, con toda humildad)... y agregaba la otra "pues por lo menos está alto". La amiga que me acompañó a hacer esos menesteres se moría de la risa, mientras simultáneamente negociaba los términos del contrato, logrando que se me prometiera como pago dejarme gratis la renta del esmoquin. Un tanto leonino el contrato, a mi parecer, pero al final no llegamos a ningún acuerdo, porque se requería que yo esperara un buen tiempo en lo que llegaba el fotógrafo y en lo que me medía los distintos trajes, ya se me empalmaba con la entrega de premios.

Ya continuaré con esta reseña, porque es hora de que me vaya a tomar el avión a Hermosillo, antes de que la mala fortuna, que se presenta siempre en la forma de embotellamientos de tráfico, me haga perder al avión... así que esta historia... continuará...

jueves, diciembre 11, 2008

Blog metrosexual

Le he cambiado la imagen a mi blog. En realidad los cambios son mínimos porque tampoco puedo negar que soy un conservador. Básicamente el cambio importante ha sido la inclusión de una imagen principal. Se trata del callejón que conduce hacía el río desde mi casa en Huásabas. Ese es un camino que recorrí muchas veces, un camino que vuelvo a recorrer cada vez que tengo la ocasión y que sé volveré a visitar, y así es mi blog. No sé bien a dónde me conduzca, pero disfruto el trayecto sin importarme el destino al que me lleve.

Mi nombre aparece como emanando de los rayos del sol, lo cual le da cierta aura de santidad que no me viene nada mal. Lo único que no me gustó, pero que no pude arreglar es el tamaño de la imagen que terminó por ocupar casi toda la pantalla y desplazó al texto que, se supone, debería ser lo sustancial en un blog. Pero aprovechando que somos una sarta de homo videns (Giovanni Sartori dixit), espero que la imagen sea un buen preámbulo para lo escrito.

Digamos que se tratará de un período de prueba, así que si no les gusta a mis cuatro lectores, no hace falta más que decirlo y en ese momento doy marcha atrás a la nueva imagen metrosexual de mi blog y volvemos al estilo ñoño chic, como calificaba una amiga el mío, para mi injustificado regocijo.

lunes, diciembre 08, 2008

Puebla


Estaba yo acordándome de que el valor de los carros disminuye conforme acumulan kilómetros de viaje. Entonces, me entró la preocupación de que lo mismo les pase a las personas, porque últimamente le he metido mucho kilometraje a mis registros. El fin de semana siguiente a mi viaje a Guadalajara, fuimos a Puebla con Ceci y Guille, mis amigos argentinos que están a punto de regresar a su país, acompañados de la lúcida criatura de cuatro años que responde al nombre de Eliseo, quien siempre sale con alguna ocurrencia del siguiente tipo: íbamos en el carro escuchando la canción "Me voy" de Julieta Venegas y entonces preguntó ¿a dónde, Mami? - ¿A dónde qué? - ¿A dónde se va? - ¿Quién? - ¿Ella, la mujer que está cantando, a dónde se va? Difícil de contestar, porque la canción no lo informaba, pero más difícil aún fue contener la carcajada.

El camino a Puebla me dejó claras dos cosas: la ciudad de México es más grande de lo que uno toma conciencia cuando se desenvuelve únicamente en sus colonias centrales. Pero para poder salir de ella hacia Puebla y el sureste del País (lado oriente), hay que atravezar lo que parece una interminable sucesión de ciudades-dormitorio, color metal y cemento, que tributan millones de personas que se desplazan por toda la ciudad. La segunda cosa, más alegre, fue contemplar la hermosura del pequeño tramo que ha podido permanecer deshabitado entre las dos ciudades, únicamente por la buena fortuna de sus escarpadas montañas vestidas de encinos y pinos, con una vista privilegiada al volcán Popocatépetl y las amenazadas nieves perpetuas que cubren su cima, a una altitud mayor a los cinco mil metros sobre el nivel del mar y que vigila con cuidado los valles de Puebla y de México (este último, si la contaminación se lo permite).

Puebla, capital del estado con el mismo nombre, es el centro de la cuarta zona metropolitana más poblada del país, con más de dos millones de habitantes en total. Fue probablemente la segunda ciudad en importancia durante la Colonia y fue concebida y creada durante ese período para ser una ciudad de españoles. Posteriormente perdió importancia relativa en el país, pero su majestuoso centro histórico da muestra de su glorioso pasado, con sus miles de imponentes construcciones de colores muy vivos y, algunas de ellas, decoradas con azulejos hechos de un material local llamado talavera, que es muy apreciado como artesanía por su resistencia y su fina ornamentación.


Los habitantes de Angelópolis (que es el pseudónimo de Puebla) son conocidos como poblanos (sí, ya sé, ¡qué obviedad! Pero es que no sabía cómo iniciar este párrafo) y tienen entre algunos chilangos reputación de ser gente muy "especial" (cáptese la carga negativa del eufemismo), cerrados sobre ellos mismos, elitistas, conservadores y algunos otros adjetivos que, a mi juicio, son muy propios de las ciudades mexicanas con mucha tradición colonial.

Pero lo que es innegable es que la gastronomía poblana es de las más variadas y exquisitas de la comida mexicana. La estrella más brillante de este firmamento alimenticio de ensueño seguramente lo ocupa el mole, que es como mi perdición. Es una salsa preparada a base de chocolate, almendras, cacahuates, varios tipos de chile, ajonjolí y no sé cuántas cosas más. Con una apariencia suave y de un color café oscuro, se usa para cubrir piernas de pavo o pollo, o ya sea en "enchiladas" es decir, tortillas rellenas de pollo. Si naufragara en una isla desierta yo sólo pido conservar mi celular (con señal, claro, para pedir auxilio) y mucho mole para aguantar la pena de la soledad y el abandono. También es tradicional de este estado otro platillo que se llama Chiles en Nogada, que es un chile verde bastante grande, el cual se rellena de una mezcla de carne molida con nueces, pasas y otras frutas secas y que se baña con una deliciosa salsa, preparada a base de nuez y que va adornada con rojos granos de granada. Es el plato tradicional mexicano, porque la temporada en que puede prepararse con ingredientes frescos es justamente en septiembre, el mes de la Patria, y porque tiene los tres colores de nuestra bandera (¡Ay, el patriotismo gastronómico! Más cursi y me atrapa).

Ya integrada a la zona metropolitana de Puebla está la ciudad de Cholula, una de las diez ciudades más antiguas del mundo y la más antigua de América (este dato sólo toma en consideración ciudades con existencia continua desde su fundación hasta el presente). Cholula es un pueblo encantador, fue durante miles de años un centro ceremonial de la mayor importancia en Mesoamérica y, dirán que la mente es muy poderosa, pero tiene una "vibra" impresionante, la sensación de estar en un lugar que te envuelve y que comparte contigo la acumulación de cientos de siglos de historia y millones de almas que la visitaron antes que tú, con la intención de curar sus atribulados espíritus (digo yo...).

Gran parte de su encanto, además de tener una iglesia para cada día del año a pesar de ser un lugar bastante pequeño, se debe a una pirámide ancestral, la más grande del mundo, que fue recubierta como si se tratara de una montaña y, en la cima de la cual, se construyó una iglesia católica que con su color naranja es un complemento sensacional a la excelente vista del Popocatépetl. La razón por la que la pirámide fue enterrada no queda totalmente claro. Durante mucho tiempo la idea predominante fue que los españoles la recubrieron y encima de ella construyeron la iglesia, como un símbolo de la desaparición de las religiones anteriores y la nueva preminencia de la religión católica. Sin embargo, también se maneja la idea de que fueron los mismos indígenas los que la recubrieron y plantaron árboles en sus laderas, cuando se enteraron de la llegada de los nuevos colonizadores, como una manera de proteger su más valioso centro ceremonial. Yo, como siempre hago en estos casos de duda, me inclino por la historia más bonita, así que me quedo con esta última. La pirámide tiene túneles enormes que pueden ser explorados por los visitantes y que, si no tienes clautrofobia, son una experiencia impresionante, porque se siente como si estuviera uno recorriendo las tripas del propio planeta Tierra.


Cuando cayó el sol iniciamos el retorno, porque el frío se apoderó del Valle de Puebla de una manera muy ventajosa y no nos preguntó si estábamos de acuerdo. Aunque el regreso fue tranquilo hicimos el mismo tiempo de Puebla a la entrada de la ciudad de México, que de ahí a mi casa. Y, además, tuvimos que pasar por unos barrios tugurientos, que ya oscuros y sin gente dan la impresión de que no saldrás de ellos con facilidad. Afortunadamente lo logramos sin mayor sobresalto y todavía me quedará para después mi visita relámpago a Morelia y el singular viaje a Veracruz, rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar...

miércoles, diciembre 03, 2008

El llano sin llamas

Mi blog se ha convertido en un yermo. En un yermo de mí, su autor, y también de sus visitas. Un páramo al que me asomo a diario con la esperanza de que algo en él me haga querer volcar kilómetros de reseñas y ocurrencias y de mis tradicionales opiniones no solicitadas. Pero eso no pasaba. Y la experiencia se hacía cada vez más desalentadora. Como decía un horóscopo que leí hace poco (creo en los horóscopos tanto como creo que George W. Bush ha sido un buen presidente), los escorpiones "somos" muy proclives a sentirnos agraviados por sutilezas. Y el blog, sin informarse de los horóscopos, sin saberlo pues, me agravio. Pero afortunadamente los escorpiones nos curamos fácilmente de los agravios (eso no lo decía el horóscopo, pero lo acabo de estipular yo) y ya estoy de vuelta. Hay mucho qué contar.

martes, noviembre 11, 2008

Guadalajara en un llano...

Yo tenía toda la intención de llegar desde el lunes y plasmar mis patoaventuras de fin de semana en Guadalajara. Pero no. Este lunes fue uno de esos que se ganó a pulso la expresión "ni las gallinas ponen". Estaba cansadísimo porque las horas de sueño no fueron, ni de cerca, las adecuadas para mi condición de metódico soñador. Cada vez estoy más seguro de que los fines de semana deberían ser más largos. O mejor aún, debería haber un fin de fin de semana (un día sería suficiente, para empezar). Y es que, a quién queremos engañar, dos días no son para nada una cantidad de tiempo satisfactoria para 1) descansar de los días de trabajo, 2) festejar que se acabaron los días de trabajo y 3) descansar de los festejos de que se acabaron los días de trabajo. Pues bien, este fin de semana únicamente me alcanzó para el inciso 2 y cuatro horas de sueño después ya era hora de levantarse para dar clases, como si en esas condiciones tuviera algo qué enseñar, además de las ojeras.

El viaje a Guadalajara fue divertidísimo, excepto en su inicio. Me explico: para irnos había quedado de ver a mi primo, en cuyo carro viajaríamos, a la salida poniente de la ciudad, muy cerca de su trabajo. Siendo viernes por la tarde, ya podría preverse que el tráfico se encontraría en la categoría "infernal". Para ir a Santa Fe, desafortunadamente, no hay metro aunque siempre es opción tomarlo hasta una estación relativamente cercana y después de ahí tomar un taxi. Pero por alguna extraña razón, me pareció más conveniente tomarme un taxi desde mi trabajo hasta mi destino. Error. El tráfico era, efectivamente, muy pesado, sobre todo porque teníamos que pasar a un lado de donde había caído el avión con Secretario de Gobernación incluido, y las investigaciones continuaban y había unas zonas acordonadas y... un desastre. Pero, bueno, el tráfico en la ciudad de México es una constante, más que una variable, así que de eso no me tendría que quejar. Lo realmente traumático fue el taxista. En esta ocasión, no me tocó que quisiera ir al baño y me lo hiciera saber de manera escatológica. No, en esta ocasión me tocó un EMO-taxista. Sí, un verdadero y deprimente depresivo. Un tipo con más mala onda que Margaret Thatcher recién levantada (supongo que a esa hora tendrá muy mala onda, aunque no me consta).

El trayecto fue horrible, no sólo porque duró más de una hora, sino por el nivel de amargura que alcanzaba la conversación del conductor. Además, yo no había tenido tiempo de comer, por lo que me llevé una torta cubana para manducármela en el camino. Antes no se me agrió la mayonesa en el estómago, por los sinceros deseos del tipo de que también el Presidente de la República hubiera ido en el avión que se desplomó, y que si nos robaron la elección del 2006, y que si los ricos y los pobres, y que si la privatización de Petróleos Mexicanos (¡que nadie propuso, por vida de Dios!), que si Carlos Slim y lo maravilloso que era Teléfonos de México cuando era una empresa pública, que por él que se cayeran todos los rascacielos que están construyendo en Reforma, en fin... al tipo no había manera de darle gusto. Ni siquiera cuando pasábamos por Paseo de la Reforma a la altura de Lomas de Chapultepec y podríamos distendernos con la agradable vista de los camellones arbolados y las casonas estilo California el tipo era feliz, porque los carriles eran demasiado pequeños, y los ricos y los pobres, y la privatización de Petróleos Mexicanos y la privatización de TELMEX y la fortuna de Carlos Slim. ¡Oh my goodness! - pensé - (porque me pongo bilingue cuando me agobian los taxistas depresivos) ¡que ya se calle! Pero no había manera, el mundo y el calentamiento global, los ricos y los pobres, Slim, Telmex, Pemex, hasta se quejó de lo malo que era el clima (porque claro que en su depresión no se da cuenta de que el clima en la ciudad de México es cercano a perfecto). Después de una hora de eso, y ya muy cerca del suicidio colectivo de todos los que íbamos en el taxi, o sea, él y yo, llegamos a nuestro destino.

La carretera a mí cada vez me gusta más. Desde el momento que sales de la ciudad de México el bosque de la Marquesa es un regocijo particular, de un verde intenso causado por los pinos y la niebla que se mezcla entre ellos, a una altura mayor a los 3 mil metros sobre el nivel del mar. Por su parte, los paisajes del occidente del país tienen un encanto provincial y sereno. Con sus montañas suaves, sus eventuales plantaciones, la laguna de Cuitzeo en Michoacán (en Sonora, ya le llamaríamos océano) y las terrazas de agave azul (cactus del que se destila el tequila) entre pueblos de los que se alcanza a distinguir siempre el alto campanario de sus antiguas iglesias. Y luego, llegar a Guadalajara no sin antes tener mi experiencia chusca del día al llegar a una tiendita de una gasolinera en la cual la computadora no servía y le pareció a la que atendía que yo podría solucionar el problema, con lo cual me apersoné detrás del mostrador para tratar de arreglar el problema técnico y ponerme a cobrar algunos productos. Me basta contarles que me sentía yo la imagen de OXXO al cumplir mi sueño truncado de ser cajero en algún supermercado.

Guadalajara es una ciudad muy linda. La segunda más grande del pais y con una población de casi 5 millones en su zona metropolitana. Con un clima también muy agradable, aunque menos fresco por las noches que en la ciudad de México. Capital del estado de Jalisco, del cual salieron muchos de los aspectos distintivos para la construcción de la identidad de "lo mexicano": el tequila, el mariachi, el traje de charro, etc. Tiene Guadalajara, como dice la canción, "el alma de provinciana". Pero a la vez es una ciudad moderna, con altos edificios, mucha vida cultural, vías y túneles muy modernos y rápidos para atravezarla y algunos monumentos muy representativos: como la Glorieta de la Minerva o unos tales "Arcos del Milenio" que hicieron escándalo no sólo por su enorme tamaño, sino por lo carísimos que estaban saliendo, en un país con mucha tela de dónde cortar para reordenar las prioridades del gasto público.

Hubo oportunidad de visitar algunos de los puntos representativos, como el maravilloso centro colonial de la ciudad, con su Templo Expiatorio de estilo neogótico (muy poco común en México, donde dominó el barroco y el neoclásico), el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, y la Avenida Vallarta, flanqueada de hermosas mansiones afrancesadas unas y otras con el estilo de las casonas de las plantaciones sureñas de Estados Unidos. En fin, Guadalajara es sin duda una capital cultural latinoamericana, pues ahí se celebran eventos de la talla de la Feria Internacional del Libro, considerada la más importante de Iberoamérica, o su festival de cine que es también uno de los más importantes de Latinoamérica. Entre lo que más me gustó está, sin duda, el pueblo de Tlaquepaque el cual, a pesar de estar dentro de la zona metropolitana, conserva un ambiente pueblerino muy lindo. Cuenta con muchísimas galerías de fina artesanía mexicana, además de joyerías y muy lindos restaurantes, especialmente en una calle peatonal que es la mar de linda (un poco Disneylandia mexicano, para algunos, pero con un ambiente muy agradable y súper nice).

El trayecto de regreso tuvo la agridulce sensación que tienen siempre los viajes que son tan lindos, cuando una parte de uno mismo se niega volver a la cotidianidad y sabe que extrañará con cierta melancolía las mejores experiencias. Además, aunque la entrada a la capital estuvo despejada, el Paseo de la Reforma seguía con mucho tráfico, a pesar de ser domingo y ya muy entrada la noche, constatando que el tráfico es parte consustancial de nuestras vidas. Tal vez tanto como el constante deseo de salir a recorrer los distintos puntos de este país maravilloso. Sí, maravilloso a pesar de sus narcos, sus surrealistas caídas de aviones o la construcción de polémicos y carísimos Arcos del Milenio.

miércoles, noviembre 05, 2008

El futuro cercano

Hoy, como a veces me pasa, tengo muchas cosas que escribir aunque no necesariamente la dosis de inspiración requerida para hacerlo. Digo, no todos los días cae un avión en el crucero de las dos avenidas más importantes de la ciudad de México llevando, además, entre sus pasajeros al Secretario de Gobernación (segundo en importancia en el Gobierno Federal, después del Presidente de la República) y al ex-zar antidrogas. La nota es tan real como inverosímil, pero las circunstancias que rodean al accidente (con comillas o sin ellas, como cada quien quiera) son tan borrosas y las implicaciones tan complejas, que mi entrada se convertiría en un pedazo de especulaciones que nada aportaría.

Otra opción es describir el fin de semana living-la-vida-loca-style que me acabo de aventar, pero sólo de pensar en las pocas horas que pude dormir me vuelve a dar sueño y ya ni cómo terminar lo que empecé.

Hablar de mi trabajo tampoco me parece sano (aunque muchas veces me he tentado a hacerlo) porque ya paso demasiado porcentaje de mi tiempo en él, como para todavía seguir pensando al respecto en el blog, que es mi remanso de paz y serenidad.

De las clases tampoco me siento autorizado a escribir, no sea que la bellísima ninfa del Averno que es Elba Esther Gordillo se dé cuenta que estoy en el magisterio y prontamente me quiera afiliar a su sindicato y contar con mi voto para sus perversas negociaciones políticas.

Entonces, hablaré brevemente del futuro. Muah-há-há... el futuro!!! Desafortunadamente no tengo bola de cristal como para poder extenderme en el comentario, pero ya he advertido que este fin de semana tocará turno de salir de esta embravecida ciudad y visitar Guadalajara, la segunda ciudad más grande del país (se oye el coro de marcianitos suspirar "Ohhhhh"). Ya contaré a mi regreso lo que haga falta contar (que todavía no tengo idea) pero ahora quiero decir que la emoción de darme un descansito y salir a carretera, me trae harto inspirado. E invito a los lectores de este blog (sí, a los cuatro) a que también procuren hacerse una salidita de fin de semana para que a mi regreso compartamos las experiencias. No hace falta ir lejos, ni gastar dos quintos, lo importante es barrerse de vez en cuando el polvo de la cotidianidad y descansar cansándote, viendo nuevos paisajes o revisitando los que se van olvidando. Yo a esa tarea me dedicaré con bastante rigor durante el mes de noviembre, dejando evidentemente constancia en esta bitácora virtual que soporta con estoica paciencia mis reflujos verbales.

viernes, octubre 31, 2008

XXVIII Anno Domini

A las cosas, pienso yo, hay que darles continuidad. Y este blog no debe ser, por ningún motivo, la excepción. Por esta razón, ahora les cuento que la inútil operación dermatológica que se me ocurrió hacerme, tuve un terrible desenlace: los tres puntos con los que me cosieron en la parte superior del pie tuvieron a mal desprenderse y soltarse y ahora tengo una herida abierta cual océano. La cosa no está tan mal, digo yo, porque no me duele nada, pero de que la cicatriz no será linda ya podemos ir estando seguros.

El segundo recuento al que quiero darle continuidad, con lo cual ya puedo cambiar a una actitud más feliz, es al asunto este de mi cumpleaños. La verdad no he encontrado ninguna diferencia entre tener 27 años 11 meses, y 28 años (agrego close-up de mí a los 28 años). La vida sigue transcurriendo con su acostumbrada normalidad y aunque ya hice una profunda revisión de mi piel, no he encontrado ninguna arruga nueva (y, conste, que la mente es poderosa). Pero lo que realmente quería comunicar fue que, un poco por convención social y otro poco por autoconvencimiento, me organicé una fiesta de cumpleaños. Aproveché que era viernes y que la gente suele andar buscando pretextos para hacer algo más gregario que en las demás noches. Debo decir, desde el punto de vista más subjetivo posible, que el evento fue un é-xi-to. Estuvieron presentes casi todas las personas a las que invité (e inclusive a algunas que no invité) y unos pocos que no fueron me llamaron muy atentamente para desearme un feliz cumpleaños y dar la razón por la que no asistirían (las cuales no escuché porque traía la cabeza muy volada). Agrego foto de los primeros invitados en llegar.

Además del elevado número de personas humanas que asistieron y que amablemente departieron codo a codo en mi departamento (lo digo literal, porque el espacio de los inmuebles en el D.F. pues no suele dar para más), la comida y la bebida - que no hay festín posible sin comer y beber como se debe - también estuvieron a la altura. De comida ofrecí los así llamados "tacos de canasta", que son taquitos que ya vienen preparados al interior de una canasta, así todos juntitos y con la tortilla remojadita en una deliciosa sustancia aceitosa, con diferentes rellenos. Yo les tenía cierto recelo sonorense a los tacos de canasta porque son muy baratos y los consideraba una cosa medio exótica del centro de la República pero cuando los conocí fue amor a primera vista. También había que dar lo que en México llamamos "botanas", o sea, cosas pequeñas que nada más se agarran así bien facilito y que no requieren ni siquiera que el comensal tenga plato y/o cubiertos. La variedad fue amplia y la calidad muy satisfactoria (agrego un ¡yumi!) y eso fue obra y gracia de mi querida amiga Cecilia (cuya foto adjunto) que es como mi ángel de la guardia en cualquier enfermedad y, ahora lo sé, fiesta de cumpleaños.

Las bebidas espirituosas, reconocidas pieza clave de cualquier fiesta que se precie de serlo, fueron también variadas y en cantidades suficientes. Tuve a bien contratar a una persona, Martín, que se encargó de servir las bebidas y que me liberó de la abochornante responsabilidad de hacer que todos estuvieran siempre con alcohol entre sus manos. De esta manera, pude distribuirme de mejor manera entre los distintos grupos de invitados, porque no siempre puede uno hacer que se mezclen orgánicamente.

Otra de las razones por las que considero exitoso mi festejo es que mis vecinos no se quejaron del ruido y de la gente, porque en los lugares en los que vive uno hacinado en efificios de departamentos, siempre está doña Cuquita que se queja del ruido y te puede armar un zafarrancho de magnánimas dimensiones con patrullas y policía incluidas si se pone mal la cosa. A mí esto me parece muy injusto, porque si bien hay que tener consideración de no hacer mucho ruido, yo tengo que aguantarme los taconazos de la vecina de arriba y los lloridos frecuentísimos de los niños del departamento de en frente y, ahora, los angustiosos ladridos del fregado perro que metió de contrabando el vecino de abajo. Entonces, creo que a los demás les toca aguantar de vez en cuando que el vecino soltero y en la flor de la juventud del cinco (o sea, yo) pueda celebrar su cumpleaños sin tener que ponerles pantunflas y silenciadores a sus invitados. El caso es que, al parecer, mis vecinos coincidieron aunque sea parcialmente con mi argumento y no dijeron ni pío.

Al día siguiente, la vida social prosiguió con la misma intensidad y acompañé a una amiga a una boda de etiqueta rigurosa (a la que yo fui únicamente con traje oscuro) y después a otra fiesta de cumpleaños. En ambos eventos bailé con singular alegría - e irresponsabilidad - de tal manera que al día siguiente la herida de mi pie empezó a abrirse como espero se me abran las puertas del cielo. Y así, con danzas y heridas que no cierran, empezaba el año vigésimo octavo del Señor...

viernes, octubre 24, 2008

Cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños. Así lo marca con la debida solemnidad mi calendario, señalándolo como la fecha de mayor relevancia anual(de mi año, obvio).

Siempre que cumplo años me viene esa especie de duda metódica de querer saber qué hace al día tan especial, qué es exactamente lo que festejo. No he logrado llegar a ninguna conclusión satisfactoria, porque la mayoría de las que se me ocurren extralimitan la dosis de cursilería que me tengo permitida. Lo que sí me queda claro es que me gusta mucho esta onda del cumpleaños por varias razones: la primera es que es casi el único día en que puedo aprovechar las circunstancias para explotar el egocentrismo del que soy víctima y me hago a la idea (falsa, pero no importa) de que it'a all about me. Segunda, los regalosssssss, son lo máximo. Y, tercero, los besos, abrazos y apapachos que recibimos en abundancia son también una monada. Todo el déficit de cariño con el que hayas terminado el año, lo pagas este día y hasta te quedan excedentes para hacer frente a las crisis de amor que estén por venir.

Pero este año, tratando de hacer cada vez más completa mi no solicitada reflexión sobre mi aniversario, se me ocurrió esta entrada sobre qué es lo que cambió de un año a otro; es decir, qué cambios significó en términos prácticos un año más de vida (o menos, dicen los pesimistas, oh no!!!). Sin pretender ser una lista exhaustiva, las circunstancias y cosas que cambiaron son:

1. Yo.

2. Por primera vez en la vida vivo solo, solo, solo.

3. Conocí Argentina y Washington, D.C. (o sea que mi ignorancia del mundo se redujo así poquitito, pero algo es algo...).

4. Cambié de carro: le vendí a un tipo de nombre Honorio (wtf?!!!) a mi simpática Golfa (VW Golf) y me compré uno que estoy sospechando que es para personas con retraso mental de medio a severo (yo encantado, la verdad, que algo así estaba necesitando).

5. Por primera vez en la vida "me rompieron el corazón", buaaaahhh (jajaja, ni lo intenten sacarme más detalles, ¿eh? Es todo lo que voy a decir... además, ya volví a juntar los pedacitos y quedaron más o menos en el mismo lugar, jaja).

6. Me convertí en profesor universitario... ¡oh, no! ¿Soy un doño?

7. Tengo tres "fibromas" menos (yo tampoco sé qué sean)... ver post anterior.

8. Confío menos en las personas que no conozco (chin! ese cambio no me gusta).

9. Me inscribí al gimnasio y ¡wow! asistí incluso a clases aeróbicas.

10. Tengo muebles propios (¿soy un doño? buaaaaahhh!!!).

Y, claro, los libros que leí, las películas que ví, las canciones que escuché, los museos que visité, las entradas que escribí y las personas con las que conversé... todo esto, quiero pensar, me ha hecho una persona necesariamente diferente, con una noción mayor de todo lo que ignora y un acervo un poco más grande de gozos y experiencias que el que tenía cuando, hace un año, cumplí 27.

martes, octubre 21, 2008

El manco de Lepanto

Así me siento yo... como el manco de Lepanto. Evidentemente no por el talento para escribir - con la mano que le quedó - a Cervantes, sino porque debido a una insignificante e inútil cirugía en la mano izquierda que me hice a inicios de la semana pasada, mis habilidades para lidiar con el teclado de la computadora se han visto severamente mermadas y con ello se redujo aún más mi capacidad para alimentar este blog.

La cosa inicia más o menos así: mi piel es, cómo decirlo, un órgano que sería la delicia de cualquier congreso de dermatólogos, una especie de catálogo de deficiencias dérmicas, el Olimpo de los defectos de la piel humana, pues... En fin, son muchos los detallitos que yo le quisiera arreglar, siendo uno de los principales poder broncearme parejito y sin dejar lugar a dudas o ambigüedades: ser prietito por algunas semanas y que todo mundo me pregunte que si fui a Acapulco, o ya de perdida a las "playas" de Ebrard (albercas públicas de la ciudad de México con "arena" alrededor, ubicadas en colonias muy populares, para los no mexicanos). Todo este cúmulo de defectillos que tan mal combinan con la vanidad y la metrosexualidad fue razón suficiente para que me apersonara en el consultorio de una dermatóloga y la abrumara con preguntas del tipo ¿me lo puede quitar? ¿me lo puede curar? ¿me puedo bronceaaaaarrrrr, áááándeeeeeleeee?

Sobre el bronceado no hubo mucho qué hacer: la religión de los dermatólogos se los prohibe y además se sienten con la misión de prohibírselo también a sus pacientes, "que es el principal enemigo de la piel y háganle como quieran". Además la galena compartía conmigo el color blanco-drácula-oficinista y parecía ser feliz con eso. Yo decidí que la tomaré como inspiración, aunque me siga pareciendo contra natura resignarse a vivir con un color así, en estos tiempos de frivolidad extrema.

Sobre el virus que se había apoderado de mi barbilla con la ayuda de mi tic nervioso de pellizcarme las "lesiones" con singular alegría, sí había algo que hacer, ahí mismo tenía la solución. El método no sé cómo se llamará en los libros médicos, pero los simples mortales - como yo o como tú, querido lector - lo conocemos como tortura. Sí, tortura pura y dura - que aunque suene a verso, de poética no tiene nada -. La anestesia, que es el invento occidental (creo) para combatir el dolor, fue la principal causante de mis casi agónicos sufrimientos. Tan paradójico como lo oyen: diez o doce inyecciones de anestesia en un área de, qué sé yo, cinco centímetros cuadrados? que para colmo, su efecto se me pasó mucho antes de que la doctora terminara de "electrofulgurarme" (o sea, ¡QUEMARME!) con un aparatito que ya hubiera querido el Tribunal del Santo Oficio para hacer confesar lo que fuera a brujos y herejes. Yo, estoico como no soy, resistí tratando de contener los grititos de dolor que se me querían escapar junto con las lágrimas y sólo atiné a decir: "Después de eso, doctora, ya estoy listo para cualquier interrogatorio de la Policía Judicial o hasta para que me encierren en Guantánamo". Ella quedó muy satisfecha de mi desempeño como paciente. Yo no.

Pero la cirugía de la mano y del pie para removerme dos cositas que se llaman fibromas... ah, porque también me hicieron una en el pie que me tiene caminando como el asesino de Sospechosos Comunes. Digo que la cirugía de la mano, implicó cero dolor (excepto el de la anestesia, otra vez, que fue muy harto dolorosa), sin embargo, me entablillaron dos dedos de la mano izquierda y el teclado ahora es para mí un reto de complejidad elevada y escribo con una lentitud digna de anciano ebrio. Así que aunque las ideas fluyen a su ritmo normal cuando me quiero poner a escribirlas se me empiezan a hacer cuello de botella en las manos y unas se pierden para siempre y las que me quedan disponibles ya no conectan bien unas con otras. Ahora estoy aprendiendo a escribir con una mano y media, pero el proceso de adaptación cuesta y esa fue la razón por la que - a pesar de mis ganas de publicar alguna entrada en este sojuzgado blog - me ausenté de mi espacio digital y no tuve otro remedio que dedicarme a vivir en la realidad paralela en la que dicen que existo, ya saben, esa especie de autismo voluntario en el que vivimos la mayoría.

jueves, octubre 09, 2008

Tengo ganas...

De viajar en el tiempo y volver de vez en vez a mi pasado, a la infancia de las tardes calurosas que terminaban en tormenta en la época de las aguas, o cuando en junio le ofrecíamos flores al Sagrado Corazón de Jesús en el Rosario vespertino, vestidos con aquella sotana roja con la capucha blanca, como de acólitos, que olían a guardado y volver a vivir la emoción del último día de ese mes, en el que como premio nos regalaban rebanadas de sandía o hielitos de sabores a los que llamábamos "nenes".

De llorar copiosamente y después de eso sentirme aliviado, como si me hubiera deshecho de todas las emociones contradictorias que acumula uno a lo largo de sus años.

De reírme hasta llorar del dolor de estómago, como podía pasar en cualquier receso de la secundaria o la preparatoria, contándonos anécdotas completamente ordinarias para el oído ajeno pero que estaban repletas de sentido para quienes las habíamos vivido.

De tener una historia de amor tormentosa que termine muy bien.

De un año sabático de mí mismo, con disponibilidad abundante de recursos - si no es mucho pedir -.

De pasar más tiempo con mis amigos y vivir con mi familia, de unos tacos de carne asada o unos dogos de la Tutuli.¡Ay! La nostalgia...

Tengo ganas hasta de no tener ganas de todo esto...

lunes, octubre 06, 2008

"Mente sana en cuerpo sano"... ¿mente sana? yeah, right!

La célebre máxima que titula esta entrada y que se presentó como oportunidad para el escarnio de la cordura de mi mente, en realidad tenía el propósito de introducir el tema del ejercicio físico.

Con los deportes tengo yo una relación que prácticamente raya en fobia. Al sabio proverbio "De lejos se ven los toros porque de cerca cuernan" yo le he hecho la siguiente adaptación: "De tan lejos se ven los deportes, que apenas si alcances a divisarlos". Pero eso no obsta para que me tire yo a las mieles de la pereza y renuncie al deber - irrenunciable - del ejercicio físico. La única opción digna de realizarlo para un sedentario oficinista deportefóbico y un tanto vanidoso - como yo - que vive en una ciudad con altos índices de contaminación y estrés, es el gimnasio.

Con el gimnasio tengo una relación más compleja y, debo decir, una de las más largas, pues ya hace diez años que me inscribí por vez primera a un gimnasio cercano a mi casa en Hermosillo que se llamaba - tan ochentero él - Pro Body. Es una relación como de intermitente fidelidad y constante amor/odio. Y no me refiero a un lugar en particular, porque ya he pasado por varios: el Ornelas, en Hermosillo; la "salle de musculation"de la escuela en la que vivía en Francia, el gimnasio del CIDE, que estaba siempre solo y abandonado por los nerds que pueblan dicho centro de enseñanza, a pesar de su linda vista a los corporativos de Santa Fe y a los volcanes, en los pocos días claros de la ciudad de México: el súper profesional gimnasio de la Universidad de Columbia - Go Lions! -; y, claro, el gimnasio al que voy ahora - feo pero carito él -.

Como había mencionado en mi entrada anterior, yo presto oídos a cualquier recomendación que pase por saludable y si ahora tomo dos litros de agua, también procuro - en la medida que lo permiten mis deseos y diversificadas ocupaciones - ir al gimnasio dos o tres veces por semana. El asunto con el gimnasio es que se vuelve más rutinario que, incluso, el matrimonio. Y las rutinas te harán más fácil la vida pero también terminan por aburrirlo a uno, hay que decirlo, por el bien de la perpetuación de la familia como núcleo de la sociedad. Aunque, bueno, siempre hay formas de combatir el aburrimiento. Y eso fue justo lo que me puse a pensar un día de la semana pasada cuando llegué al gimnasio y me invadieron las ganas de abandonarlo todo (el gimnasio). Hablé con el instructor y le pedí un cambio de rutina, sólo para constatar que la que me proponía tenía de nuevo lo que yo de físicoculturista. Entonces se me ocurrió voltear al segundo piso, en donde según yo ocurrían cosas absolutamente vedadas para mí: las clases aeróbicas de distintos tipos, que compartían todas una característica: a ellas entraban mujeres de todas las dimensiones para salir, una hora después, con más sudor que un obeso caminando en el Sahara y una cara de aflicción que parecía entre de la Chimoltrufia y de la Chupitos.

Después de meditarlo por unos pocos segundos, tratando de obstaculizar a como diera lugar tan aberrante idea, mi yo espontáneo - que normalmente juega un papel pasivo en mi vida - me dijo "¿Cómo carambas no?". Y así, con ese ímpetu entre folclórico y temerario, entré a mi primera clase aeróbica. Para no sentirme absolutamente fuera de lugar, el destino puso en la clase a otro individuo humano del sexo masculino. Y todo empezó de manera más o menos inocua, estiramientos, calentamiento y, antes de que yo reparara, ya tenía las piernas en el aire, meciendo la cadera y apretando los músculos abdominales - ¡simultáneamente! -.

Yo no sé qué hace el ejército estadounidense y aliados de la OTAN en Afganistán, buscando terroristas en las agrestes montañas, si nada más tendrían que ser alumnos de mi instructora, para darse cuenta que inspira más terror que ningún Osama Bin Laden. ¡Ay qué dolores del cuerpo experimenté, de músculos de cuya existencia nunca me había percatado! ¡Y qué de heridas sufrieron mi orgullo y amor propio cuando la maestra gritaba con régimen militarizado: "levanten las pieeeernaaaaaas"!

No seguiré describiendo los litros que sudé y que las caras de la Chimoltrufia y de la Chupitos eran cual Miss Universos comparadas con las que yo ponía tratando de coordinar los difíciles pasos y ritmos de prima ballerina del Bolshói que tenía que hacer con las dos piernas izquierdas con las que me dotó Dios. Al día siguiente, parecía yo la Bruja del 71 tratando de levantarme de la cama, bajo el doloroso reclamo de los músculos abdominales que nunca se me había ocurrido poner en acción.

Hoy me siento conforme con mi vida pues he descubierto empíricamente que el sadomasoquismo es tan real como este blog, pues al día siguiente llegué a levantar mis pesas y algo en mí me hizo decidir subir al segundo piso de ese gimnasio, de donde bajan las gordas sudadas, las flacas sudadas y uno que otro Rafa sudado, apaleado por seguir otra de las desafortundas recomendaciones para ser una persona saludable y sollozando ¡Mueran el mal gobierno y el maldito ejercicio físico!

viernes, septiembre 26, 2008

Conflagraciones cósmicas

Yo, la verdad, me niego a creer que algunos de esos llamados "mal día" sean simplemente obra de la casualidad. No ¡qué va! Es una necedad culpar a la simple casualidad de la malvada reunión de una serie de eventos desafortunados. Voy más por la teoría de que algún ser superior se encuentra muy ocioso y le resulta divertido andar haciendo sufrir a los mortales. No pienso ponerme a describir con lujo de detalles mi último "mal día" porque incluye detalles que no deben ser discutidos en la arena pública, pero, insisto, no puede ser casualidad que cuando más te urge entrar al baño el universo entero parezca conspirar para que no ocurra el feliz momento de la relajación de los músculos adecuados y la respectiva eliminación de los líquidos de los que el cuerpo puede prescindir.

La culpa la empieza teniendo el bombardeo de información sobre el cambio de hábitos para ser saludable. En especial el concerniente al aparente consenso de que hay que tomar mucha agua. Anteriormente a hacer caso a tan desabrida recomendación, no tenía ningún problema logístico, porque mi vejiga tenía la capacidad de almacenamiento suficiente para todo el día, pero después de haberte tragado dos litros de agua no hay manera de sobrevivir sin tener un baño a mínimo un radio de diez metros. El caso es que ayer a la hora de salir de la oficina la naturaleza llamó a mi puerta (metáfora cursi para decir a mi uretra), así que me aguanté un poco para a la hora de la salida (mía no de mis líquidos) pasar por el baño e irme a casa tranquilo. Cuando llegó la hora de la salida (tanto mía como de mis líquidos) me apresuré para pasar al baño y cuál sería mi desagradable sorpresa al leer un maldito e improvisado anuncio que decía "estamos reparando la cisterna, pase a otro baño". Ya con mayor sentido de la urgencia me apresuré para llegar a la planta baja del edificio, donde tenía geográficamente ubicado el único otro baño que se me ocurrió. El diablo seguramente esbozó una sonrisa cuando llegué sólo para descubrir con mucha aflicción que había un letrero idéntico "estamos reparando la cisterna, pase a otro baño". Oh my goodness!!! - pensé - (porque cuando quiero ir al baño me pongo muy bilingüe). Entonces, tomé valor y decidí esperarme al baño de una tienda departamental que está contigua al estacionamiento donde dejo mi carro, como a tres cuadras de la oficina. Pues tres cuadras se oirá muy cerca, pero cuando la naturaleza está llamando desesperadamente a la puerta (¡qué digo llamando! Cuando la naturaleza se ha convertido en un tsunami que quiere llevarse a su paso a tu puerta...) y además está como lloviendito y la tarde ha refrescado bastante en el Valle de México, pues tres cuadras te parecen una eternidad en el noveno círculo del infierno de Dante. Pero eso no era todo, todavía tenía que pasar al cajero automático porque no traía ni un peso para pagar el estacionamiento, así que mi tortura duraría un rato más, porque ahora se les ocurrió a los bancos que cada vez que insertas tu tarjeta eres sometido a una encuesta de filantropía que incluye preguntas como ¿desea ayudar a los niños con problemas de aprendizaje de la sierra negra de fulanito estado con altos índices de marginación? mi vejiga dictó la respuesta: - No -, y continuó inquiriendo el aparatejo ¿está seguro de que no desea apoyar con 20 pesitos a los niños con problemas de aprendizaje de la sierra negra de fulanito estado con altos índices de marginación? Mi vejiga gritaba como loca - Noooo y ya devuélvele la tarjeta a este ingrato que ya no resistoooo. Pero no, el maldito cajero todavía increpó "los niños con problemas de aprendizaje de la sierra negra de [...] se lo agradecerían muchísimo. Ya para entonces unos colores iban y otros venían en mi atribulada cara. No atiné sino a pulsar una y otra vez la tecla "Cancelar" para que me devolvieran mi plástico y sin poder meterlo a la cartera salir corriendo a la tienda donde estaría el baño que habría de convertirse en mi paraíso.

Pero claro, era uno de esos "mal días" y cuando logré averiguar donde estaba el baño que había sido muy estratégicamente ubicado al fondo del departamento de ropa interior femenina - a donde jamás entro - y abro la puerta con una desesperación que ya rayaba en demencia, se me aparece la cara de un viejito que hacía la limpieza y que había clausurado el baño para hacer sus tareas con mayor parsimonia. Estuve a punto de decirle que no me importaba que estuviera presente que lo mío era una urgencia, pero en eso vi su cara - mezcla como del Jorobado de Notre Dame con Chucky el muñeco diabólico - que pudo más el miedo a lo desconocido que el dolor de las vías urinarias. Logré escuchar que masculló algo como "pase al baño del quinto piso", cuando empecé a correr entre la ropa interior de damas - algunas prendas, debo aclarar, no eran muy correctas para una dama, pero ésa es otra historia - y traté de subir las escaleras dando pasos tan largos como permitieran mis piernas sólo para darme cuenta que no era buena idea extender tanto los músculos de la región pélvica. Una vez asumido que eran mejor pasos pequeños y acelerados logré llegar a una velocidad casi olímpica - paralímpica, para ser sincero, dada la reducida movilidad de la que era víctima -. Finalmente el destino me permitía dar rienda suelta a mi fisiología, acompañado por las grandes lágrimas que se asomaban para atestiguar lo que ya me parecía un milagro, mientras escuchaba la deliciosa música de ambiente, que descubrí después que no se oía, sino que mi mente la estaba componiendo como oda a la terminación de las mortificaciones de mi cuerpo.

Entonces, no. Que nadie me diga a mí que tanta mala suerte se la debía yo a la casualidad. En esos días todo el cosmos conspira contra uno y vaya que se esmera en los pequeños detalles.

martes, septiembre 23, 2008

Dudas existenciales... y respuestas que no deberían existir


- ¿Qué le ha hecho más daño a la humanidad?
La competencia está muy cerrada entre las guerras y la década de los ochenta.

- ¿Yo existo?
Para desgracia de los lectores de esta entrada, sí.

- ¿Qué es la felicidad?
La gran mentira del siglo XX (y XXI, al parecer).

- ¿Fue primero el huevo o la gallina?
El gallo Cornelio (dogma de fe, a decretarse por el papa Basilador XVIIIII en el año 2067).

- ¿Existe Dios?
Sí (dogma de fe, también a decretarse por el papa Basilador XVIIIII).

¡Ay ya! Basta...

miércoles, septiembre 17, 2008

Washington, D.C.

No, no se trata este artículo de ninguna opinión no solicitada sobre la política exterior estadounidense, como podría inferirse de su titulo y vale más aclararlo antes de perder a los potenciales lectores no interesados en la materia. Digo que no, el título únicamente refiere a que la pata de perro que obra como brújula de mi vida me llevó esta vez a la capital de los Estados Unidos de América. Fue, curiosamente, la razón de este viaje, el celebrar la independencia de México, justamente ahí en la capital del país del cual ahora somos más dependientes los mexicanos. Pero bueno, tampoco hay que ponerse susceptibles porque no está uno siempre para andarle escarbando a los simbolismos. En realidad, el asunto es que con motivo de los festejos patrios de la independencia nacional - que se celebra el 16 de septiembre - hubo una excelente oportunidad de formar lo que se conoce como puente y así tuve la dicha de poder hacer un viaje relativamente largo - casi cinco horas en avión de ciudad de México hasta allá -. La causa real de la elección de mi destino fue la invitación constante que había venido haciendo mi amigazo del alma, Marcos Moreno, conocido en el mundo angloparlante como Marks Brown, quien estudia nada más y nada menos que en Georgetown University (agréguese tono de orgullo y admiración, jeje).

El caso es que conocí Washington, después de mucho tiempo de haber querido hacerlo y la impresión fue muy buena. Es una ciudad, como todos lo sabemos, capital del imperio de nuestros días, por lo que está llena de íconos que forman parte del imaginario colectivo de una gran parte de la población mundial. Y como ciudad imperial que es resulta muy interesante contemplar los monumentos a sus instituciones más importantes: la Casa Blanca, el Capitolio y la Suprema Corte, sedes de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial estadounidenses, respectivamente. Y no sólo a las instituciones sino también a sus propios héroes, símbolos y valores: el Lincoln Memorial, los Archivos Nacionales que resguardan su Constitución y la Declaración de la Independencia, o el monumento a Washington (también conocido como el Obelisco) que debo haber visto antes en cinco mil películas.

Pero, además de capital de EUA, la ciudad es sede de algunos de los organismos internacionales más importantes en el tramado de las relaciones entre las naciones, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organizacion de Estados Americanos que han, todos ellos, configurado la realidad mundial a partir de la segunda mitad del siglo XX (para bien o para mal, que prometí reservarme mis opiniones no solicitadas sobre política exterior). Sin dejar de mencionar que ahí tienen también su asiento cientos de embajadas de prácticamente cualquier país del mundo (Cuba e Irán, evidentemente excluidos). Todo esto, le da a la ciudad una población muy cosmopolita que puede fácilmente distinguirse en la ciudad.

Washington tiene, además, muchos museos muy importantes, como la National Gallery of Art, el Museo Nacional del Aire y del Espacio, el de Historia Natural, el de Historia Estadounidense y toda una larga lista de museos, galerías y hasta un zoológico que pertenecen a la Smithsonian Institution, la mayoría de los cuales están localizados en un área que se conoce como National Mall, al centro del cual está el Obelisco, y alrededor (en forma de cruz) el Capitolio, el Lincoln Memorial, la Casa Blanca y el Jefferson Memorial. Esto es lo que se refiere a grandes monumentos pero también es lindo contemplar algunos barrios que tienen un encanto particular, como Adams Morgan o el propio Georgetown que son realmente fascinantes. En particular, este último barrio es fascinante, con un aire muy tranquilo, provinciano hasta cierto punto, pero a la vez cargado de restaurantes y tiendas con mucho estilo que le dan un aire muy distinguido.

La mayor sorpresa para mí fue el clima de la ciudad que yo había asumido sería fresco o hasta frío a esta altura del año, porque así me imagino yo todo lo que queda al norte. Sin embargo, resultó todo lo contrario pues la ciudad más bien tiene un clima subtropical y es extremadamente húmedo y caliente durante el verano y, claro, como septiembre todavía es oficialmente verano pues el sudor fue mi compañero inseparable del viaje.

Como todo viaje lindo tuvo experiencias muy satisfactorias, entre ellas convivir con los compañeros de maestría de Marcos, con los que pude sin ningún pudor expresar mis opiniones no solcitidadas sobre política internacional, que es lo que estudian. Además de recorrer los museos, platiqué con algunos locales que viven contentos en su ciudad a la que consideran justamente muy liveable, o sea, muy vivible y con los cuales estuve de acuerdo. También tuve la dignísima ocasión de festejar el grito de Independencia, que dirigió nuestro embajador ante Estados Unidos, Arturo Sarhukán, en la sede de la OEA (Organización de los Estados Americanos), que está ahí casi junto a la Casa Blanca, para que no quede mucha duda de quién manda en el continente. Fue una linda experiencia, porque aparte de que hubo botanitas mecsicanaus gratis y tequila y cerveza Corona y hasta horchata enlatada (faltaron los Jarritos), sigue siendo emocionante gritar ¡Viva México! y que vivan los héroes de la Independencia (que por cierto son todos los que perdieron los que de acuerdo a la costumbre se proclaman esa noche, con excepción de la selección nacional). Es más, hasta tuve la oportunidad de reclamarle su antipatriotismo simbólico a un funcionario de la embajada que nos contó que ya se iba a cenar un gazpacho, porque ¡por vida de Dios! que cenar gazpacho justo el día que celebramos la independencia de España me parece a mí, verdaderamente, una afrenta, jajaja.

Y así puede resumirse mi viaje, si de lo que se trata es de evitar palabras: caminar, sudar, visitar, sudar, platicar, comer, cenar, caminar, sudar, disfutar, sudar, volver, dormir y despertar a las cinco de la mañana del día de hoy para recuperar mi sacrificada rutina para tener ingresos para poder hacer viajes y caminar y sudar y disfrutar.

lunes, septiembre 01, 2008

Diálogo de sordos

- ¿Cuál sería tu peor defecto, Rafael?
- El perfeccionismo
- ¡Jah! ¡Asústame Panteón!
- ¡Oh! ¿ps qué tiene de malo?
- El perfeccionismo es la respuesta cliché a esa pregunta cliché, únicamente para evadir la honestidad de mencionar un defecto de verdad y no una meta-virtud con una ambigua pero suficiente connotación positiva como para que parezca que respondiste la pregunta pero seguir quedando bien. Ya, ca$%#ón, responde honestamente...
- ¡Mta! pero qué necesidad de evidenciarlo a uno, pues.
- Anda, anda... anímate, respira profundo y da a conocer tu peor defecto.
- Bueno, ya puestos a escoger, yo diría que mi peor defecto es la impaciencia.
- What the fuck!!! No, ya ponte las pilas, di uno de verdad.
- ¡Hey! Si supieras las estupideces que me ha hecho cometer durante toda mi existencia, en particular en los últimos tramos, sí me la concederías.
- La impaciencia sí se oye como defecto, pero no creo que sea el peor que tengas, no offense. Tengo la impresión de que hay mucha más tela de donde cortar.
- ¡Ah qué la fregada contigo! Definitivamente, una vez hecho un exhaustivo ejercicio de introspección, no daré marcha atrás esta vez. El peor de todos mis defectos (en cerrada competencia con la arrogancia, la terquedad y tener una piel que no se broncea bien) es la impaciencia.
- Bueno, ¿y estás trabajando para corregirlo?
- Sí, la verdad, estoy impaciente por quitármelo de encima...

(MUTIS)

viernes, agosto 22, 2008

La agenda pública

Un tema muy interesante en las políticas públicas es entender cómo y porqué ciertos temas (de todos los miles de preocupaciones e intereses que existen en la sociedad) tienen la posibilidad de captar la atención de todos (o casi) y "subir a la agenda", lo cual les da mayores probabilidades de ser atendidos (que no resueltos) por los actores involucrados (gobierno, iglesias, sociedad civil organizada, sociedad en general, etc.).

No cabe duda que la seguridad pública (o mejor dicho la inseguridad pública) es el tema del momento en México. Si bien este es un tema de interés general que siempre tiene su nivel de relevancia hay eventos que detonan que a la gente le preocupe más en unos tiempos que en otros (independientemente de que en lo particular o entre su familia o amigos no hayan tenido un disgusto relacionado con la criminalidad). Una de las razones por las que la inseguridad se ha convertido en la preocupación central de gobierno y sociedad (desplazando a otros temas como la pobreza o el deterioro del medio ambiente) ha sido el aumento desproporcionado de ejecuciones con alto nivel de violencia y visibilidad social relacionadas con el narcotráfico y la delincuencia organizada, en general, desde el último año de gobierno de Vicente Fox. Y, más recientemente, el secuestro y homicidio (a pesar de que se pagó el rescate) de un joven de 14 años, hijo de un empresario relativamente conocido, el cual, a raíz de su lamentable pérdida ha emprendido una cruzada muy necesaria con organizaciones civiles para reclamar a las autoridades mejores resultados en el combate al crimen. Pero, además, enfatizando la corresponsabilidad de la sociedad en este combate.

El enfoque que ha tomado este señor de apellido Martí me parece muy correcto, ya que en México la tendencia es a considerar que la sociedad es siempre la víctima del gobierno (y de oscuros intereses de extranjeros), sin tomar conciencia de que muchos de nuestros problemas tienen todo qué ver con asuntos culturales de los que todos somos responsables, como el escasísimo respeto a las leyes y a las normas de convivencia social, así como la poca participación ciudadana en las tareas públicas. Es evidente la enorme responsabilidad que tiene el gobierno de proporcionar más seguridad a sus ciudadanos, ya que es una de las principales razones de ser del Estado, desde cualquier perspectiva ideológica. Sin embargo, me parece que la importancia apabullante que tiene el tema actualmente en México, se abre como un área de oportunidad para la toma de conciencia ciudadana de la importancia que tiene un cambio de nosotros mismos y nuestras actitudes para mejorar el problema.

Estos criminales que nos tienen en zozobra son también ciudadanos mexicanos, tal vez algunos de ellos puedan ser nuestros parientes o conocidos. No estamos lidiando con un enemigo extraño, el enemigo es parte de nuestro tejido social. Sin afán de sonar moralino, tenemos que admitir que esta falta de respeto a las leyes y a las normas de convivencia es resultado de una pérdida generalizada de algunos valores necesarios para la armonía social, y esta pérdida de valores no nos es ajena. Y que difícilmente la autoridad resolverá un problema que ya está enraizado en la sociedad y que en muchos lugares se ha hecho ya estructural (asumiendo que se tuviera toda la voluntad y la capacidad para hacerlo), sin que los ciudadanos cooperen denunciando los delitos de los que son víctima o de los que son testigos.

Desafortunadamente, es raro hablar con alguien que no diga que es completamente inútil y riesgoso denunciar un delito. Es claro que esto es producto de una desconfianza absoluta en las autoridades, pero no dejemos de reconocer (por más incómodo que resulte) que es también resultado de una cultura anodina y mediocre que, en general, decide permanecer inactiva ante los problemas que le afectan directamente, porque es más cómodo ser la víctima y quedarse en casa lamentándose y lamiéndose las heridas, que preguntarse cómo podemos individualmente ser parte de la solución. Reclamar a las autoridades un mejor desempeño es, sin duda, un primer paso y una obligación ciudadana, pero nuestra responsabilidad no puede terminar ahí, porque eso practicamente garantiza que no lograremos ni siquiera ese propósito. El respeto a todas las normas (desde dar el paso a los peatones, no tirar basura en la calle, pagar los impuestos debidosn o respetar los lugares especiales de los discapacitados) es un segundo paso que ya muchos mexicanos no estarían dispuestos a dar. Y aún más, la obligación moral y ciudadana de denunciar los delitos tiene que permear en la sociedad o no habrá manera de volver a tiempos mejores en los que el miedo provocado por el crimen era prácticamente irrelevante (y no olvidemos que en México esos tiempos existieron).

Entre los compromisos que se firmaron el día de ayer en Palacio Nacional por parte de los tres poderes de la Unión, los gobernadores de los 31 estados, el Jefe de Gobierno del D.F. y los presidentes municipales, así como varios actores sociales, los que más me generan esperanza de cambio no son el fortalecimiento de las policías ni las reformas legislativas (para nada), sino el compromiso de las asociaciones religiosas, las organizaciones de la sociedad civil y los medios de comunicación de promover entre sus grupos de influencia la cultura de la legalidad, la denuncia y la participación ciudadana. Tendremos un México mejor cuando sus integrantes seamos buenos ciudadanos, pero admitamos que la gran mayoría actualmente no lo es. Si no operamos un cambio cultural para serlo este país seguirá en la espiral descendente de la decadencia. ¿Qué me tocará a mí? ¿Qué te tocará a ti?

lunes, agosto 18, 2008

Visitas...

"¡Qué gusto me da cuando llegan! Pero más gusto me da cuando se van"
Algún viejito de mi pueblo a sus hijos que llegaban acompañados de sus familias a visitarlo.

No vayan ni por un momento a creer quienes me visitaron que comparto la cínica postura del adusto creador de esta frase. No, ¡qué va! Que me caiga un rayo si no es cierto que disfruto con harto entusiasmo recibir visitas y que el rol de anfitrión me sienta muy bien, sobre todo en mi chilanga vida.

Así ha sido que desde que regresé de vacaciones mi cabeza no ha conocido la paz, porque he tenido la suerte de recibir, primero, a una amiga francesa que enseña español en Francia y a un amigo español que enseña francés en España (aunque pareciera un juego de palabras todas ellas son semántica y sintácticamente pertinentes), junto con un amigo michoacano que, como yo, fue asistente de la clase de español en Francia. Vinieron los tres de diferentes puntos para encontrarse en la ciudad de México y emprender un viaje por distintas partes del país (que mucho envidio) mientras yo, trabajando como si el progreso de la Patria dependiera de ello, sólo los veo llegar de Chiapas para irse a Michoacán y luego de ahí para irse a la Riviera Maya y de regreso para volverse a sus respectivas tierras. Pero ha sido de lo más agradable recibirlos en casa como Nicole (la amiga francesa que enseña español en Francia) nos recibió a nosotros en la suya, que está en la Provenza francesa y que es una monada. O rememorar las largas y divertidas conversaciones que sostuvimos Juan Luis, el otro Rafa y yo, mientras paséabamos por las calles de Lyon o mientras nos tomábamos un cargado café nocturno en aquel salón de fumadores de puro con cortinas rojas de terciopelo y atmósfera vaporosa. Compartir la ciudad de México con ellos y que ellos compartan conmigo cómo San Juan Chamula, Chiapas, les ha parecido como salido de una película de horror, ha compensado con creces las pocas horas de sueño recientes (que dormir a veces es desperdiciar).

Y el mismo día que ellos se fueron a Chiapas, llegó mi hermana Miriam con otras tres amigas sonorenses, que decidieron darse un tour por el sur mexicano y que lo han disfrutado, a mi juicio, hartamente. Además de la alegría de tener a mi hermana en mi casa y de las horas de risas y bromas que hemos disfrutado con sus amigas, me ha fascinado contemplar el choque cultural de cuatro encantadoras sonorenses paseando en la ciudad de México, que es la capital de una República que congrega realidades muy diferentes. Tanto que a muchos de mis paisanos (y yo me incluyo) nos es difícil en el contacto inicial captar la idea de que somos la misma nación y no sentirnos extranjeros en nuestra propia tierra (exacerbada la idea por el hecho de los locales también les preguntaban que si de dónde eran, como si tampoco ellos las reconocieran).

A mí me resulta difícil quitarme el personaje de ser hermano mayor (de mis hermanas menores, claro...), por lo cual su viaje no estuvo ausente de nerviosismo para mí. Una especie de instinto protector me hacía desconfiar de quienes se les quedaran viendo (porque noté con cierto desasosiego que muchos hombres en esta ciudad se quedan viendo a las chicas de una manera tan libidinosa y tan descarada que realmente incomoda y que, creo, puede ser equiparada a una violación del espacio vital y que intimida y causa miedo). Pensar en que cuatro jóvenes atractivas andarían solas en medio de la jungla de esos libidinosos más cercanos al eslabón perdido que al homo sapiens me tuvo algo intranquilo. Pero, al final, excepto un incidente muy desagradable con un bastardo que alevosamente aprovechó los apretujamientos del transporte público para sobrepasarse con una de ellas, no hubo nada qué lamentar.

De hecho, creo que el único que estaba nervioso era yo, porque yo las veía encantadas haciendo pláticas con extraños que luego volvían a aparecer convenientemente a la hora de la fiesta (unos por casualidad y otros, supongo, debidamente avisados sobre nuestros paraderos). Anduvieron, eso sí, con un mood bastante internacional, entre estadounidenses, israelitas y venezolanos, tanto que yo ya no podía ni seguirles la pista de sus conquistas. Para mí fue suficiente compensación festejar el intento legítimo de comunicarse con graciosas mezclas inglés-español que al parecer a todos dejaban contentos. Que si estar bajo la lluvia era "to be DOWN the rain", o que si estar en el metro era "We are in the METER" o bien, para decir nos vemos luego (y que quedara muy claro) la despedida era "see you MORE LATER".

Además de la agradable compañía, todavía me hacían el gran favor de prepararme el desayuno en lo yo que me arreglaba para ir al trabajo (un lujo en toda la extensión de la palabra para un hombre soltero y tenaz para conservar su "independencia"). Definitivamente recibir visitas sí paga, y no me refiero sólo a la satisfacción del anfitrión sino a lo valioso de la experiencia y a lo divertido de esos días en los que ni te acuerdas de la palabra rutina.

Lo demás fueron paseos por la ciudad, el obligado viaje a Cuernavaca y visitas a bares y hasta un "antro" (al que sólo entré para cerciorarme de que todo estuviera bajo control y volví sólo para llevarlas de regreso a casa, a altas horas de la madrugada, cabe señalar). Y al despacharlas el día de hoy de regreso a su tierra (que tambíén es mía), la certeza de que las memorias siempre estarán ahí para provocarnos una sonrisa o sacarnos una carcajada cuando recordemos estos días que acaban de pasar.

miércoles, agosto 13, 2008

Top ten

A falta de mejores argumentos y de la tranquilidad de espíritu que yo necesito para relatar las patoaventuras que me van aconteciendo de vez en vez (que últimamente han sido muchas: VIDA ¡YA SUÉLTAME!), me propongo hacer una de esas listas completamente irrelevantes (y por lo tanto entretenidas) para tranquilizar a la voz de mi conciencia que a diario me reclama que únicamente me asome a mi blog a ver si alguna alma caritativa me ha dejado un comentario.

La lista consistirá, esta vez, en enumerar cosas qua, así de plano, no quiero hacer en la vida. Sí, ya sé qué conformista, qué cerrado, qué horizontes tan estrechos, lo que ustedes gusten y manden, pero simplemente no se me antoja hacer nada de esta lista cuya existencia nadie ha solicitado, pero que yo, aprovechando la absoluta libertad de expresión y mi derecho a la locura temporal (que tan bien elogió Erasmo), ahora les presento y, además, me atrevo a conminar a otros blogueros a repetirla (si ya de plano están muuuuy ociosos).

1. Ir a Wichita, Kansas.

2. Tirarme del bongie (o como se escriba... Oh Dios, ¿cómo se escribe? Bueno, su ortografía se vuelve irrelevante ahora que he decidido que nunca pienso tirarme de uno).

3. Asistir a un partido de box.

4. Ir a una manifestación del, así llamado, Peje.

5. Comerme el cerebro de un chango (mono) a medio morir (dicen que eso hacen en -poner aquí país genérico del sureste asiático-).

6. Trabajar en la Secretaría de la Reforma Agraria.

7. Leer un libro de Miguel Ángel Cornejo.

8. Estudiar el comportamiento reproductivo de las arañas en Costa Rica (si a alguien le interesa este tópico, dígamelo por favor que tengo un buen psiquiatra que puedo recomendarle).

9. Encontrar un punto 10 para esta lista tan sin sentido.

Sirva pues de pretexto, para mandar un saludo y "las seguridades de mi más atenta consideración" (guác!!! hay gente que usa esa expresión como despedida en oficios y otras comunicaciones formales, !ay Felipe II qué daño le has hecho a la humanidad!).

miércoles, julio 23, 2008

Estar en Huásabas

Después de haber disfrutado algunos días de vacaciones en la ciudad de México con mis sobrinos tomamos el vuelo que nos habría de traer a esta tierra que tan generosamente se esparce en un verano con temperaturas superiores a los 40°C. Afortunadamente, el cambio no fue tan brusco porque nos recibió una "agradable" mañana nublada que en algo matizaba el calor hermosillense. Al día siguiente, no sin antes haber gozado de la compañía y la plática de dos amigos entrañables, acompañada de vino tinto y un juego de video que se llama Rock Band, nos fuimos en viaje familiar a Bahía de Kino, la playa más cercana a Hermosillo. Ahí, recordé con cariño meterte al mar y que el agua no esté fresca, sino caliente, lo cual puede sonar un poco abochornante, pero que es ideal para no hacer aspavientos ni contener la respiración cuando el agua llega a salvas sean las partes. Además, del baño marino y del molesto contacto con las algas que te rozan el tobillo, el viaje incluyó carne asada por la noche y cantar junto al mar acompañados de una guitarra que fue convenientemente razgada por dos de mis cuñados, pero que tuvo que sufrir que los cantantes nos negáramos a acompañarla con el tono.

Pero la cereza del pastel de este viaje formidable ha sido venir a mi pueblo. Visitar el único lugar en el que puedo escuchar el sonido del silencio e interpretar sus voces. Ha sido especial porque estamos en una etapa en la que el pueblo vive su serena cotidianidad. No es ni Semana Santa ni las fiestas decembrinas (que son las fechas en las que he regresado con asiduidad). Es simplemente finales de julio y la única novedad es que las tardes que he pasado aquí ha llovido con firmeza y el calor ha menguado un poco. El cerro está verde, como pocas veces lo recuerdo, y el cielo se empieza a poblar por las tardes de unos nubarrones inmensos y claros, de esos de los que parece que saldrá la virgen (si tuviéramos en Huásabas la misma suerte que en Fátima, Portugal).

Por la noche, nos sentamos a mecernos en sendas poltronas mi papá, mi hermano Luis y yo en el porche de la casa y contemplamos la lluvia caer. Contemplar en el sentido literal. Nuestras vistas se perdían en las gotas que incesantemente se encargaban de refrescar aquella noche y la plática encontraba sus hilos en ese mismo ejercicio de contemplación. Y nos contábamos las mismas anécdotas de personajes del pueblo que nos resultan célebres y renovábamos la comicidad de los mismos dichos y refranes de los huasabeños, que en la sobria y austera existencia de vaqueros de miradas ocultas bajo el sombrero, develan también unos cuantos siglos de la sabiduría propia de la supervivencia. Todo esto fue presenciado por un sapo que aunque fue cambiando de posición siempre dirigió su horripilante cara hacia nosotros, como pendiente de la conversación. Y todavía para nutrir mi ya inflamada nostalgia, pasó frente a nosotros un compañero de la secundaria y la preparatoria con el que tuve a bien hacer un repaso de varias historias de esos tiempos de divertidas mocedades y un recuento de los probables destinos de los que en aquellos tiempos eran mis compañeros inseparables de vida.

Hoy fui también al río por el callejón que, rodeado de milpas y flanqueado por álamos, conduce al "Pango", lugar donde está el puente colgante que atravieza el río. Aunque la mañana estaba sofocada por la humedad de la lluvia que disfrutamos la noche anterior, ese paseo con los sobrinos me transportó a las dulces épocas de infancia en las que "ir al río" era un viaje siempre ansiado. Me quité las sandalias que tan cómodo me han tenido, renegando de la esclavizante formalidad del zapato cerrado, y caminé descalzo por el callejón. Descubrí que para disfrutar esa acción, la planta del pie debe estar bien acostumbrada y que yo, desafortunadamente, he perdido esa requerida condición. Pero el símbolo bien valía el dolor que me provocaba la áspera arcilla. Y también me mojé los pies en la fría agua del río, un agua turbia a causa de la lluvia que olía a lodo y a árbol.

Definitivamente la serenidad de las tardes de este pueblo se han convertido en mi santuario por excelencia. Aquí me renuevo de una manera casi religiosa. Huásabas no es solamente mi tierra, ese ombligo que me conecta físicamente al mundo, sino también mi lugar de peregrinaje: mi Meca, mi Roma, mi Jerusalén.

martes, julio 15, 2008

Interrumpimos nuestra programación para...

Hay que admitir que hay días que son buenos y otros que son peores. Hoy es uno de los buenos por varias razones intrascendentes pero, principalmente, por una fundamental: hoy salgo de vacaciones!!! (se escucha la porra extasiada de los marcianitos de Toy Story diciendo "ooohhhh").

Las vacaciones no tendrán destinos lejanos, pero sí serán destinos profundos: la familia, el pueblo di'uno... y también se espera que sean intensas por el surrealista calor sonorense (Weather Channel dixit). De hecho, lo único que importa es que son vacaciones y las rutinas se tendrán que resignar a que no las voltearé a ver, o si lo hago será con una mirada de desdén que les echará en cara que ya no fue por obligación sino por voluntad propia que me digné a repetirlas.

Probablemente el blog sufrirá mi ausencia (dijo el modesto egocentrista) o tal vez la inspiración corra a raudales en este espacio digital, cambiando la hamaca y el cocktail servido dentro de un coco tropical por horas sin descanso frente a la pantalla de la computadora. De cualquier manera, procuraré con harto entusiasmo renovar energías, cambiar el mood de la vida cotidiana para darle un twist más "excitante" y volver de mi período vacacional sin malas noticias que reportar y nuevas historias de sol, playa y bronceadores efectivos (I really wish).

jueves, julio 10, 2008

¿La ciudad de la esperanza?

Vivo en una ciudad ambigua, en la que convive la felicidad con la desgracia. Tal vez todos vivamos así, en medio de estridentes carcajadas que opacan el llanto desconsolado de los que han perdido lo que más querían y entre caras mayoritariamente grises que ocultan a las que tenazmente conservan sus sonrisas. En estas ciudades parecería ridículo abrumarse por el sufrimiento ajeno, cuando uno tiene la oportunidad de pasarla bien. Así ha sido que he recibido la gozosa visita de dos sobrinos con los cuales he disfrutado de la amplia variedad de opciones de entretenimiento que ofrece la ciudad, aun bajo la incesante lluvia veraniega, en la misma ciudad ensombrecida por la desgracia del fallecimiento de doce personas en un centro nocturno a causa de un operativo policiaco. Como se oye: fallecidos no a causa de un desastre natural o un accidente, sino por la irresponsable y perversa manera de operar de la policía de la ciudad de México, ésa misma que debería procurarnos el valioso sentimiento de seguridad que cada vez se recuerda más bien como una nostalgia del pasado.

Y van pasando las semanas y de manera errática las autoridades del Distrito Federal, la entidad federativa que alberga la capital de la República, dan tumbos y declaraciones, conferencias de prensa y "renuncias" del Secretario de Seguridad Pública y del Procurador de Justicia, o sea, hacen rodar cabezas. Nada de eso me hace sentir confiado en que el cuerpo de policía de esta ciudad mejorará, porque lo que en realidad pasa es que "algo está podrido" y no precisamente en Dinamarca. Yo sigo sintiendo una especie de desconfianza revuelta con temor cuando advierto las sirenas de una patrulla en alguna calle por la que transito. No es ni tranquilidad ni sosiego lo que experimento cuando veo a alguno de esos guardianes de la sociedad, sino una fuerte desesperanza por contemplar el desperdicio de recursos públicos mal invertidos en cuerpos policiacos convertidos en madrigueras de gente con un inexistente sentido ético del servicio público.

En esta misma ciudad plagada de policías corruptos y cuya estulticia es del tamaño de sus abultados vientres (que seguro les serán invaluables para perseguir delincuentes), digo que en esta misma ciudad, paseo felizmente con mis sobrinos, entre la Lucha Libre en la Colonia Doctores y los centros comerciales de Santa Fe o Perisur, entre los monumentos del Paseo de la Reforma o el Zócalo perpetuamente invadido por los eventos mediáticos de Marcelo Ebrard, Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Y no sé si regodearme por esto de mi capacidad de adaptación o simplemente dejar de pensar y seguir nadando en las aguas de la ambigüedad, esperando seguir saliendo incólume de la experiencia cotidiana de vivir en una jungla urbana tan espesa.

jueves, julio 03, 2008

Persépolis









El cine me ha tenido muy desilusionado últimamente. Hace rato espero con impaciencia la llegada de Batman, el caballero de la noche (Christopher Nolan, 2008) pero se resiste a llegar, pero fuera de eso la cartelera tiene tiempo que no me entusiasma. Con ese contexto de desgano, ayer fui al cine sin consultar nada, a ver qué pasaba. Excepto por las ganas de comer palomitas de maíz y tomar mucha soda, no llevaba grandes expectativas. Mis opciones se reducían a Hulk, al Agente 086 y una casi desconocida (que por lo tanto me daba buena espina) de nombre Persépolis (Marjana Satrapi, 2007). Además, era francesa, estaba a buena hora y tenía menos clientes potenciales (que es un criterio importante cuando vas al cine en miércoles de casi 2x1). Me entró la curiosidad y me decidí por ella. La primera noticia para el despistado que soy es que era una animación y no una película actuada (si acaso vale la distinción, porque la misma Satrapi ha declarado que es desafortunado que se considera la animación como un género, como lo sería la comedia, cuando es solamente un medio). La segunda noticia es que me encantó. Y me encantó en la manera paradójica en la que el sufrimiento y el arte se conjuntan y producen cosas bellas.

Persépolis es una película adaptada de la autobiografía de Marjane Satrapi (quien la co-dirigió junto a Vincent Paronnaud) que cuenta la manera en la que ella misma vivió las sucesivas desgracias de ser originaria de Irán, un país en el que las libertades individuales se fueron extinguiendo, en aras de las guerras y cambios de régimen político. Algo muy lindo de la película es que va narrando episodios muy severos de acuerdo al enfoque que le podía dar la escritora por la edad que tenía. Así, los recuentos del régimen del último Sah (comúnmente llamado Shah por el término en inglés) y del proceso que provocó su caída son vistos a través de los ojos de una niña pequeña que, aunque despierta intelectualmente, no era más que una infante con el mismo tipo de delirios que pude haber yo tenido en Huásabas en un contexto social y político menos extremo. Y después las experiencias desilusionantes de vivir su paso a la adolescencia en la República Islámica que vino después de la caída del último Sah y que terminó restringiendo aún más las libertades de las personas en aras de la imposición de un estado teocrático islámico, empapado de un sentimiento nacionalista y religioso-intolerante. Y, finalmente, abordar la transición a la vida de adulta en la fangosa estabilidad de un gobierno postrevolucionario que la disgustaba enormemente pero que no tenía una oposición importante como para que hiciera posible luchar por cambiarlo.

Satrapi tuvo la suerte de tener unos padres y una abuela que fueron muy tenaces en su deseo de proteger sus márgenes de libertad, aunque todo les jugara en contra. Por esta misma razón, en dos ocasiones la instaron a salir del país rumbo a Europa, primero a Viena y después a París, en donde experimentó la ambigua sensación de ser extranjera en un continente en el que por tu origen "te consideran todos una salvaje" con los conflictos de identidad que vienen como consecuencia entre sus orgullos y afectos de la patria de origen y las luchas por ser aceptada en una nueva sociedad como la europea (que no se caracteriza precisamente por su tolerancia a lo diferente).

Esta serie de desgracias que se acumulan a las experiencias dolorosas que tenemos todos como la sensación de soledad, los rompimientos sentimentales, las etapas de depresión, la incomprensión y las desdichas que implica crecer, son narradas gráficamente de una manera absolutamente hermosa y creativa. Esta manera de asumir una vida más complicada que la del promedio y presentársela a los demás de una manera honesta es bien resumida en otra declaración de Satrapi con la que cierro esta entrada: "Yo no soy una política. No sé cómo resolver los problemas del mundo. Pero como artista tengo un deber: hacer preguntas"

martes, julio 01, 2008

Coming back to mother Blog

No, pos ya estuvo bueno de esta ausencia dolorosa, de esta separación ingrata entre este blog y el autor de sus días (¡oh, soy 'autor de sus días' de algo! ¡yu-jú! Con eso ya no necesito ni tener un hijo, ni plantar un árbol, ni escribir un libro, fiuuu ¡qué relax!). Quisiera explicar alguna razón convincente y arcana de porqué no me había yo puesto a escribir algo en este rinconcito apacible que es el refugio de la vanalidad y el cómodo resort all inclusive de las ideas sensatas, pero la verdad es que no la hay. No es que mi vida se haya convertido de pronto en Misión: Imposible, en versión más realista y, obviamente, con menos presupuesto, ¡no, qué va! Pero es que no hace falta ser un agente encubierto tratando de evitar la próxima pandemia humana para tener una anécdota digna de ser contada.

Fácilmente podría haber redactado una entrada sobre cómo ayer me hice hora y media para llegar a la universidad, en un trayecto que normalmente toma 22 minutos (cronometrados con reloj suizo), por culpa de un carro-carcacha modelo 1980 o anterior que se quedó tirado en Avenida Constituyentes, obstruyendo de milagrosa manera tres carriles. Esa anécdota vende, por lo menos por empatía entre los habitantes de las ciudades-víctimas del tráfico pesado, sobre todo si la acompañaba de un acucioso análisis (que no he hecho) sobre las ineficiencias que le han impuesto a la humanidad las aglomeraciones urbanas (o el monstruo del Lago Ness, aunque ahí hubiera perdido un poco el quid del asunto).

O hubiera podido escribir casi un tratado sobre el fin de cursos de la materia que di (como consagración de la adultez que estoy festejando con oscuras ojeras que adornan los balcones de mi alma - metáfora cursi para decir 'mis ojos'). Ooots, esa anécdota hubiera sido capaz de sacarme hasta un diagnóstico de la educación superior en este planeta y hasta en otros sistemas solares (para el segundo semestre les prometo los análisis intergalácticos). Pero tampoco lo hice.


Y todavía me quedaban varias opciones: 1) viaje a Cuernavaca, 2) ver Blackjack 21, una de las peores películas que la cinematografía moderna ha sido capaz de elaborar (que para lo malo, yo digo, también hay que tener talento, lo que pasa es que el mal cine ha sido sub-valorado), 3) comer en un restaurante en el último piso de la decadente Torre Latinoamericana, que fue durante mucho tiempo el edificio más alto de Latinoamérica y que resistió los embates del terrible terremoto de 1985 (agrego foto - de la comida no del terremoto, que lo despeinado yo en particular no se lo debo a los movimientos telúricos), 4) encontrarme a Ana Gabriela Guevara y sentarme a un lado de ella en un Starbucks (sí, fui a un Starbucks ¡shame on me!), o ver a un actor de novelas que nadie conoce, pero que ya averigué y se llama Eugenio Siller. 5) O, simplemente, que es gracioso que cuando le pides a un mesero que te tome una foto, todo el equipo del restaurante considere oportuno posar alegremente para la misma.


En fin, que pretextos para soltar mi choro mareador he tenido y varios. Pero la inspiración para escribir cuando no llega, pues nada más no llega (y, bueno, esta tautología no creo que nadie me la pueda rebatir). Sin embargo, como ya me ardía el amor propio por el síndrome de abstinencia de mi blog, tenía que escribir aunque fuera esto... sí, aunque fuera esto...

martes, junio 17, 2008

Los guachos

No hace mucho había escrito, no recuerdo con qué motivo, sobre el uso del término guacho en Sonora. Quienes vivan ahí o lean la prensa local se darán cuenta de la pertinencia de volver a abordar el tema. La historia va más o menos así. Hace rato el Gobernador del Estado, Eduardo Bours, viene conflictuado con el Gobierno Federal sobre la administración de la carretera denominada "la cuatro carriles" (muy a lo sonorense, o sea, llamar las cosas por su descripción o función directa, otros ejemplos de esta denominación funcional es decirle a los binoculares, mira-lejos o a los palillos pica-dientes). Bueno, la carretera (que es de cuatro carriles) es operada por el Gobierno Federal y los testimonios desinteresados que he escuchado coinciden en que su estado es deplorable, a pesar de que la siguen cobrando con singular alegría. El Gobernador quiere, entonces, que se transfiera la administración al nivel estatal y, creo, que se suprima una de las casetas que está al sur del Estado, supongo que por resultar muy gravosa para los residentes del sur de Sonora.

Hasta ahí el conflicto parece normal, porque una de las características de un sistema federal es que el gobierno central y los gobiernos locales están constantemente jugando a reclamar atribuciones o a deshacerse de ellas, en perjuicio del otro nivel de gobierno. Aun sistemas federativos muy maduros como el de Estados Unidos o Suiza, suelen tener diferencias importantes en la definición de los derechos y obligaciones de la federación y de los federados. Por ejemplo, el cantón suizo (que es el nombre de las entidades federativas de Suiza) de Appenzell negaba el voto a las mujeres en las elecciones locales ¡hasta 1990! en un país con un desarrollo cultural que hacía esa disposición una verdadera inconsistencia. Otro ejemplo reciente en Estados Unidos es que los tribunales del Estado de Texas se han negado a cumplir el compromiso internacional contraído por el presidente (Federal) Bush (que paradójicametne es también tejano) de cumplir con la resolución de la Corte Internacional de La Haya de suspender las ejecuciones de varios mexicanos que fueron condenados a pena de muerte (en diferentes juicios) sin respetar su derecho de dar aviso a su consulado, en contravención a lo dispuesto en la Convención de Viena, que Estados Unidos había suscrito. El caso es que la Suprema Corte estadounidense terminó por decidir que el compromiso del presidente (a nombre de su país) no podía obligar al Estado de Texas.

En fin, ejemplos abundan pero el asunto es que en una federación es común que existan desacuerdos sobre qué nivel de gobierno debe hacerse cargo de tal o cual cosa, tal y como pasa ahora entre el Gobernador de Sonora y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes del Gobierno Federal, sobre la administración de la susodicha carretera.

Todo el pleito anterior que les comenté viene a cuento, porque "fulanito de tal", que creo que encabeza una organización que no conozco, pero que suena muy proclive al partido que gobierna el Estado (PRI), publicó un deplegado en el cual usaban el término despectivo "guacho", para indicar que la gente del sur no debía decidir sobre una carretera que era de los sonorenses. Este término, en realidad, es muy común en Sonora y se utiliza para desginar a la gente del sur del país (entendido por sur del país, todo lo que esté al sur de Sonora que, si han visto un mapa de México, es prácticamente toda la República). El término no es neutro, sino que tiene generalmente una connotación peyorativa. Los guachos en la mitología sonorense son gente "de la que no te puedes confiar", "con costumbres diferentes". Tiene también agregado un estereotipo racial: los guachos son "chaparritos y prietitos" y marcadas facciones indígenas. El asunto es que aunque el término todos lo conozcan y lo usen, definitivamente no es políticamente correcto para ser usado en público por lo que el desplegado en cuestión ha causado muchas reacciones en los medios y en otros sectores de la sociedad.

El punto que quiero tratar en esta entrada es que es muy necesario confrontar públicamente las categorías sociales que se usan en nuestras comunidades con el fin de deshacernos de aquellas generalizaciones fáciles que estigmatizan a ciertos grupos de personas. En Sonora se usa guacho como reacción anticentralista, pero el término esconde una xenofobia que también es racista. Cuando la gente no se cuestiona sus propios prejuicios, simplemente no cae en la cuenta de que son eso, juicios anticipados y muy comúnmente falsos. Pero, además, no captamos el grado de intolerancia y facismo del que somos promotores cuando enarbolamos este tipo de posiciones excluyentes. La famosa frase "haz Patria, mata un chilango" que es repetida como una gracia no resiste el menor análisis ético, pero decir algo así en privado o en un grupo de amigos parece estar socialmente legitimado.

La construcción de una identidad regional, sobre todo en lugares que por sus características geográficas o históricas tienen una existencia muy autónoma, como es el caso de Sonora, no me resulta reprobable. Por el contrario, es enriquecedor para la diversidad cultural (externa no al interior, hacia donde se tiende a generar mayor homogeneidad). Sin embargo, yo me enorgullezco de ser sonorense por la cultura del esfuerzo y por la laboriosidad; por la carne asada, los chiltepines y la machaca; por la autenticidad de sus vaqueros y la simpática resequedad para comunicarse. No me enorgullecería ser de un Estado excluyente e intolerante, no me gusta la parte de lo sonorense que discrimina lo indígena proveniente del sur del país, ni que un personaje público utilice la animadversión cultural que nos divide de los demás mexicanos y lo aproveche para las disputas políticas.

Lo mismo pasa en México con las categorías fresa, naco, joto, chacha, chero, cholo... y seguramente en otros lugares con términos similares. También esconden intolerancia y discriminación y en la medida en la que no confrontamos su verdadero contenido nos hacemos parte de una sociedad segregada e injusta. Tal vez algunos sí capten que eso es lo que provocan y quizá sea exactamente lo que quieren implicar cuando usan esos términos, por eso han existido falanges, partidos nacional socialistas y neo-nazis, pero tantos otros simplemente nos dejamos arrastrar por la inercia de las estructuras sociales previas y no les aplicamos el juicio moral que las reprobaría y las iría desapareciendo con ese hermoso impulso individual que se convierte en colectivo y que ha sido el motor de la evolución a una mejor humanidad.

miércoles, junio 11, 2008

En los días de la Novena


Recuerdo que la noche anterior había llovido y que el aroma a tierra mojada alegraba mi conciencia. Recuerdo que era una hora en la que normalmente estaría dormido, pero después de haber asistido al rezo madrugador de la novena de la Santa Patrona del pueblo decidí escaparme al río bricando charcos por el callejón que atravieza las milpas. También recuerdo que la frescura de la madrugada luchaba tenazmente contra el calor húmedo que era el emperador del resto del día. Y había un ligero viento, casi imperceptible que podía ser visto cuando juguetón mecía las verticales hojas de los sauces y que hacía lucir como confetti mágico de vida las hojas de los álamos que surcan ambos lados de ese río cuyo caudal espera sediento cualquier llovizna. Y cómo todos los verdes del espectro podían ser identificados en el gran cerro que había reverdecido ilusionado a la menor provocación de las imponentes nubes que bañaron la resequedad de aquel verano, reaccionando impulsivo como quinceañera ante los cálidos roces de los púberes encendidos.

No recuerdo todo, pero puedo sentir perfectamente cómo se mecía el puente colgante, sobre cuyas tablas me había recostado para poder asimilar todo lo que pasaba a mi alrededor y también puedo casi escuchar los caballos que cargaban a vaqueros silenciosos que cruzaban el río y cuyos cascos chocaban contra el agua, golpeando las piedras en el fondo del vado.


Antes de volverme a casa y renunciar a la soledad que en ocasiones me autoimponía, contemplé unos renacuajos (que en ese entonces se llamaban siboris) en el lodo gelatinoso que se forma a orillas del río. Y esos anfibios incipientes me hicieron cobrar conciencia en una mañana temprana de agosto de que la serenidad aparente del mundo es un grito ahogado de vida que parece estarse reprimiento y que no se escucha nunca, excepto cuando quieres.