martes, junio 12, 2007

Mi vida en Huásabas, capítulo 10

Hace ya cinco meses que salí del valle escondido entre montañas, cual Tesoro de la Sierra Madre, donde está enclavado Huásabas. Cuando salí del pueblo por última vez y recorría el tramo recto que conduce a la entrada del pueblo, uno de los pocos que no está saturado de voluptuosas y nauseogénicas curvas, volteé hacia atrás y me despedí del majestuoso cerro de Huásabas, materialización de la nostalgia huasabeña. La vista desde ese punto es fabulosa, se puede ver toda la inmensidad de la montaña que inicia justo donde termina la línea de álamos verde intenso que rodean el río cuando es verano, y amarilla o blanco tronco cuando es otoño o invierno, respectivamente. Pareciera que el cerro te da un abrazo del firmamento pues da la impresión de abarcar todo el horizonte. Así que, después de tantos meses en que la distancia y los pendientes se encargaron de mantenernos separados, la melancolía anda severa y por eso decidí que sería buen remedio ponerme a escribir algo sobre mi vida en Huásabas, cual escapada mental a las mieles de mis recuerdos de infancia.

Algo que quedó particularmente grabado en mi memoria son las tardes en el pueblo, justo antes de que terminara la hora de la siesta, cuando el sol aún era muy fuerte pero empezaba a mostrar signos de debilidad y te regalaba sombras más grandes bajo los árboles y al lado de las tapias que cercaban los corrales. Resulta que tenía yo la mala costumbre de no dormir la siesta y aprovechar para dar rienda suelta a mis "creativas" iniciativas de diversión. Lo anterior, para el absoluto desasosiego de mi mamá que anhelaba la hora de descansar de la dura faena que representaba la crianza de siete sanotes hijos. La siesta es, en realidad, una manifestación cultural de adaptación geográfica muy racional. En los lugares en los que hace tanto calor, como en Sonora, después de comer entre doce y una de la tarde, porque los vaqueros a esa hora comen, no hay razón para estar fuera de casa muriendo de deshidratación bajo los rayos de un sol inclemente. Se aprovecha la fresca madrugada para trabajar y se sale de casa hasta que el sol empieza a ponerse, regándose la banqueta para ayudar a que refresque la temperatura y se sienta uno en la poltrona sobre la acera para socializar al caer la tarde y empezar la noche. Entre esos dos puntos el calor de los exteriores debe ser evitado, por lo que la gente entra a sus refugios y se tira en la cama a dormir una larga siesta, de preferencia en el lugar justo en el que el cooler lanza su "frío" y húmedo viento. La siesta es una institución en los pueblos sonorenses, tanto que se dice que la gente del pueblo de al lado de Huásabas, Granados, se ponía pijama, metía el bacín y se persignaba antes de acostarse a dormirla.

Pero tan racional adaptación geográfica cultural no la entendía yo y aprovechaba esa hora en la que el pueblo era todo silencio y calor, para mojarme con mi hermano con el agua de la manguera del patio, para hacer lo que yo llamaba "trabajos manuales" en una versión sin talento de Cosas y cositas que se proponía destruir todo aquello en lo que yo viera potencial para ser utilizado como material de mis nada artísticas obras, o directamente para hacer lo que todo niño sabe hacer en exceso: mucho ruido. Los amenazadores gritos de mi mamá ordenándonos que nos calláramos eran proseguidos por una chancla volando que con relativo buen tino solía sacarme un chillido de indignación más que de dolor. Pero una vez fue tanta la desobediencia a la orden de silencio que hicimos que se levantara mi mamá de la cama con iracundo cinto de vaqueta en la mano. Cristóbal y yo salimos en fuga hasta lo que llamábamos el "último cuarto" porque estaba al final del pasillo, creyendo que eso sería suficiente para evitar la amonestación máxima que representaba el cintarazo. Desafortunadamente, nuestra fuga no fue suficiente pues el enojo había alcanzado su tope, por lo que nos siguió hasta nuestro lejano refugio. En un arranque de desesperación nos metimos debajo de la cama, pero como Cristóbal fue siempre más ágil que yo él logró meterse al principio y yo quedé en la nada cómoda posición de escudo de cintarazos. Mi hermano se moría de la risa de la situación, mientras yo entre pujidos trataba de esquivar los certeros cintarazos que aleatóriamente mi mamá lanzaba a tientas hacia sus desobedientes hijos. Pero, además, lamentaba yo la injusticia de que me hubiera tocado a mí ser el escudo cuando Cristóbal traía pantalones de mezclilla que amortiguaban mejor los golpes y yo vestía un pequeño shorts que dejaba expuestas mis pálidas y flacuchas piernitas. Todavía nos reímos seguido de esa ocasión en la que se vulneró mi infantil sentido de justicia.

En otra ocasión de solitaria ociosidad a la hora de la siesta se me ocurrió hablar por teléfono a varios números en Estados Unidos, que yo creí que eran gratis pero que no. Me puse a practicar las escasas tres palabras que debo haber sabido en inglés a esa edad y me entretuve bastante en conversaciones cortas con mis gringos interlocutores que, seguramente con cara de interrogación, contestaban preguntas del tipo how are you? que supongo pronunciaba como jau ar iu? Cuando llegó el recibo de teléfono el que no estaba nada contento era mi papá que bien se hubiera ido a pelar con Carlos Slim si hubiera sido necesario por tan onerosos e ilógicos cargos, si no es porque terminé confesando que había sido yo el autor intelectual y material de una travesura tan costosa. Y todo por unas cuantas lecciones de inglés... hice más de diez llamadas... Le debe haber causado ternura mi hambre de conocimientos lingüísticos, porque no hubo ningún castigo. Cuando sí se enojó fue cuando, en ocasión posterior, se me ocurrió marcar a España de manera aleatoria. Me contestó una señora en Málaga con un acento que me pareció muy divertido, quien me informó que la había despertado porque en su natal Málaga eran las cinco de la mañana. Pero como estaba en un mood bastante sociable para esas horas me quedé platicando buen rato con la señora que apodé "malagueña salerosa" como dice la canción.

Así pasaron algunas de mis tardes y en cuanto empezaba a reanimarse la vida del pueblo, cuando de las casas salían los aromas a café recién colado para despejar la modorra de las señores, yo consideraba que ya era hora de volver a ser gregario y volaba en cuanto podía a buscar amigos que quisieran jugar a la bebeleche, a saltar la cuerda, o cualquier otro juego que estuviera de moda en la temporada...

3 comentarios:

CRISTINA dijo...

¡Qué gusto leerte, Rafael!
Me has hecho ser de nuevo pequeña y me has trasladado al pueblo en el que nací y al que volvía todos los años a pasar el verano con mis abuelos.
Las siestas eran tal y como tú las describes, mi hermano y yo éramos como tú y Cristóbal, también hubo más de una vez una carrera veloz que acababa debajo de una cama...y sí, recuerdo la zapatilla de mi abuela volar y en un intento de alcanzarnos cargarse el aparato de la luz.

La infancia, el verano, los lugares en los que te sientes libre (a pesar de las zapatillas amenazantes), son un refugio al que de vez en cuando conviene volver.
Gracias.
Un beso.

Cuquita la Pistolera dijo...

Hola Rafael, me he muerto de la risa con el episodio de las llamadas por teléfono a Estados Unidos. Yo también lo hacía!!! Pero mis papás la sufrieron horrible, porque a mi se me ocurría llamar a países asiáticos o africanos para ver cómo contestaban allá. Una locura.

Por cierto, en el mundo del ciberespacio, está corriendo un meme. Te he elegido para reproducir hasta el infinito un juego que consiste en que en que en un post nos digas ocho cosas sobre tí. Y luego, como todos los memes, deberás reproducir esta invitación con 8 de tus amigos blogueros... ¿Cómo la ves??

Saluditos

Anónimo dijo...

Rafa, Sabes? me embeleso con tus escritos, me fasina leerte, me recuerda que yo tambien vivi eso con mis hermanos pero en Granados, y seguro ya sabes de donde viene la costumbre de la delisiosa siestecita, de nuestros antepasados de Espania, al medio dia cierran la tiendas, para ir a almorzar, la siesta y regresar a las 3 a abrir igual que La conchita de Jose Venancio. o Carmela de Canteras (Donia Emiliana)y tantos otros..gracias mil, por recordarlo ya que pasan los anios y nomas el recuerdo del terrunio queda....