viernes, agosto 03, 2007

De porqué un huasabeño nunca debe ir a la ciudad...

La vida en la ciudad puede convertirse de un momento a otro y casi sin avisar en un deporte extremo. Ayer estuve a punto de morir (así me lo pareció) de la nada glamourosa causa de compresión de la espina dorsal entre una puerta automática del metrobús y un tubo para sostenerse que no estaba lo suficientemente lejos de la puerta como para que cupiera mi delgadísimo torso. Nunca había entendido tan bien el concepto de la tenacidad como al contemplar aterrorizado cómo la puerta no cedía sus impulsos de abrirse totalmente aún en perjuicio de un cristiano apachurrado y donde parecía que ya no podía violarse el principio físico de la impenetrabilidad (es decir, que el espacio que ya está ocupado por un cuerpo no puede ser ocupado por otro simultáneamente), pues se demostró que los pulmones pueden reducir su tamaño al infinito cuando una puerta de metrobús se lo propone.

Ya estoy yo acostumbrado a parecer pintura de Picasso en las horas pico del transporte público chilango para que mis extremidades se contorsionen de maneras nunca antes sospechadas ni siquiera por el Kamasutra con el único objeto de ser transportado de un lugar a otro. Así sea entre jamones, barrigas, bustos y traseros más prominentes de los que debería permitir el Departamento de Transportes, me muevo muy frecuentemente y sigo prefiriendo tan folklórico caldo humano que perder altos porcentajes del día en el carro, en medio de calles que avanzan a velocidades desesperantes por culpa del tráfico, sin poder divertir tu atención en la lectura o el sueño, so pena de ir provocando más caos vial a tu paso. Pero nunca me había pasado que quedara prensado por la puerta/tubo asesinos de un híbrido de metro y autobús sin que nadie hiciera nada al respecto, además de contemplar con curioso interés los crecientes gestos de desesperación que se dibujaban en mi cara tratando estoicamente de no gritar cual gallina a punto de ovar que terminara mi tortura urbana. Y para colmo de males lo que más me traía preocupado es que traía puesto el traje nuevo y que con esos jaloneos ya lo veía yo quedando como red de pescar, apenas con unas dos puestas. Para mi fortuna y el de quien hubiera tenido que pagar mi indemnización y seguro de vida, sigo aquí vivo, coleando, un poco adolorido pero sin ninguna costilla rota y el traje todavía puede seguir prestando sus servicios.

3 comentarios:

Cuquita la Pistolera dijo...

Ja,ja,ja, tienes toda la razón... los peligros de morir en el transporte público (o por el transporte público) son inmensos en esta gran ciudad. Y no te olvides de las viejitas que salen del metrobus y ponen el pie en esa canaleta de vacío que hay entre el camión y el andén....
Y por cierto, seguro nadie hizo nada por ti ¿o no?

Anónimo dijo...

Aay hermano.. pensar que estuve a punto de verte en las noticias con López Dóriga como "el jóven que murió arrollado por una puerta del transporte público" en la sección de noticias amarillistas... no no me da escalofríos...! esas son las cosas con las que me desanimo para irte a visitar o a acompañar una temporada allá, jaja pero bueno gajes del oficio no?... aquí se te extraña mucho aparte que dejaste el vicio de los "eskipis" en la familia jaja.. Dios te bendiga pues y te cuide de todos esos accidentes que pueden pasar... un abrazo apapachador desde aquí =*
atte: little sis (Miriam)

Dalia dijo...

No te creas que los viajes en autobús implican aquí menos aventura. Salvo lo de la puerta que es una experiencia que no te envidio en absoluto lo demás me suena mucho, demasiado, yo que para ir y volver del trabajo pasaba este año 1 hora diaria de mi vida y me tocaba soportar empujones y sobeteos (me admira que no se quede más gente embarazada ahí, niños maleducados, adultos más maleducados aún que no cedían su sitio a personas impedidas, ancianos o personas embarazada, aromas a axila y a poca ducha, frenazos que a punto me han hecho de aterrizar en el regazo de alguien, discusiones acaloradas, y la velocidad de algunos conductores que parecen sacarse el carnet en la Paris -Dakar y que te obligan a agarrarte a lo primero que encuentras nada más llegar al autobús sino quieres acabar limpiando el suelo con tu pecho. En verano se une una variante divertida: saber si llegarás a tu destino porque por el calor muchos autobuses se estropean a mitad de camino y no te queda otra que bajar y esperar al siguiente.
Un abrazo