lunes, octubre 16, 2006

Mi vida en Huásabas (capítulo 9)

Era una tarde de principios de julio, después de un mediodía particularmente caluroso. Justo cuando el sol empezaba a descender, empezó a correr un viento muy fuerte, con sabor a tormenta y a polvo. Levanté mi vista hacia el oriente y detrás del imponente cerro inerte y color a piedra que la sequía parecía castigar inmerecidamente, se asomaban unas nubes gloriosas. Daba la impresión de que la misma Virgen María habría de aparecer de entre ellas. Eran luminosas y la pureza de su blanco inmaculado contrastaba como obra de arte con el azul imperturbable del cielo de una tarde de verano. A esas nubes los vaqueros las llaman "loretanas" en honor a la virgen de Loreto, que es la patrona de Bacadéhuachi, el pueblo que está del otro lado de la inexpugnable montaña. Parece ser que en el verano cuando la lluvia es más ansiada que nunca por los ganaderos, las nubes "buenas", las que traen la lluvia, vienen siempre del oriente, como si vinieran de Bacadéhuachi.
El viento levantaba las basuras de la calle y formaba remolinos con el polvo de la tierra suelta y reseca que no había sido bañada en algunos meses. Las espinozas ramas de los mezquites se mecían al ritmo que las chicharas entonaban su interminable y agobiante canto de fábula de Esopo. En las calles no había ni un alma. Parecía que ese día la hora de la siesta se había prolongado más de lo común. Al silencio que quedaba cuando el viento daba tregua sólo lo perturbaba el olor a café recién colado que salía de la cocina de alguna mujer amodorrada. Ni siquiera se oían los ladridos de los perros. Seguramente estaban resguardándose en los patios al abrigo de la sombra húmeda de la que gozan los naranjos en los huertos.
Caminé por las calles desiertas de lo que incluso a mí me parecía un pueblo fantasma y sólo encontré abiertas las puertas de la Iglesia. Una enjuta celadora, murmurando, rezaba el Rosario con la cara cubierta por un velo de encaje negro, que ni el Concilio Vaticano II había sido capaz de arrancar de sus tradiciones. Con una mano avanzaba lentamente las cuentas de cada misterio y con la otra movía el aire caliente con un abanico de cartón con la imagen de Juan Pablo II.
De regreso a la casa, paso por la esquina donde está la tienda de los escalones y veo sentado a tio Julián Acuña, el anciano soltero de ojos grises y despeinadas cejas blancas. Cuando paso frente a él levanta un poco su bastón para saludarme. A lo lejos se escucha un nostálgico y sosegado bramido de una vaca. Se acerca la hora en la que los vaqueros acuden a las milpas a encerrar a los becerros para que durante la noche se acumule la leche en sus ubres y decide empezar a lamentarse. Entonces escucho los cascos de un caballo que monta un vaquero silencioso con la mirada perdida en el horizonte. Siguiendo al caballo su perro menea vivazmente la cola. Unos niños salen corriendo de su casa mientras su madre grita "pero váyanse por la sombrita". Una vez más veía renovarse el ciclo de la vida que cotidianamente dibuja sus etapas. Era un día cualquiera...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

A veces escribes cosas buenas y malas (según mi punto de vista) pero esta me gustó, y me puedo imaginar que sentías el olor de tu pueblo en ese momento.

Mariana dijo...

De la manera en que lo describes hasta me parece estar ahi.
El traqueteo de Manhatan es un poco distinto a la cotidianidad de tu Huasabas, verdad?