miércoles, agosto 08, 2012

La novena

Son las 4:15 de la mañana. El silencio cubre fastuoso esa madrugada de agosto. Estoy en Huásabas, profundamente dormido, cubierto únicamente por una delgada sábana porque en esos días, en esas latitudes, el calor no cede fácilmente ni con la brisa de la mañana. Son vacaciones de verano, pero más importante que todo es que son los días de la novena, de La Novena. Los nueve días de rezos mañaneros previos al día grande, el día de la Virgen María en su advocación de la Asunción. Es probablemente la fecha de más importancia en el calendario de Huásabas, porque es la Santa Patrona y su celebración se conmemora religiosa y socialmente por todo lo alto. Pero antes, nueve días antes, hay que acudir a rezar la novena. En la madrugada, en la cruel madrugada de nueve días de vacaciones.

Recuerdo todavía la voz acelerada de mi mamá indicándonos, cortésmente pero no tanto, que era hora de levantarnos. Lo peor de todo era que me levantaba porque yo en la noche así se lo pedía y ya en la madrugada no me podía arrepentir. Evidentemente a esas horas, en esas condiciones y en Huásabas no podía pedir que me despertaran con violines como lo hacían con Michel de Montaigne. Apenas logro escuchar entre sueños la segunda llamada de las campanas de la iglesia que anuncian que faltan 15 minutos para comenzar el rezo correspondiente de una serie de oraciones que tal vez fueron compuestas por allá en el siglo XIX o tal vez antes pero que rebosan de palabras poco comunes en la jerga sonorense, como "excelsa", "postrarse", "magnificat". En algún momento me levanto, me pongo la ropa y salgo somnoliento a sentarme en la banca acostumbrada del templo. O, mejor dicho, no me doy cuenta de que nada de eso sucede y cuando finalmente despierto estoy sentado en la iglesia tratando de decodificar las palabras antiguas y preguntándome cómo llegué hasta allí.

"El quince", en referencia al 15 de agosto de cada año, el pueblo pierde su tradicional tranquilidad y, si cabe la expresión para la sobria sierra sonorense, se echa la casa por la ventana. La iglesia se llena de flores, las misas se llenan de sacerdotes y, si se puede, se adorna con el obispo. Las casas se llenan de visitantes, las noches ya no son para dormir temprano, sino que se arman los bailes en la plaza; las tardes son para los jaripeos o las carreras de caballos y, en general, durante 4 días todo está patas arriba con las mentadas "fiestas de agosto", para el gusto de los fiesteros y la general zozobra de los que prefieren la tranquilidad. Pero antes de que todo esto ocurra, los buenos católicos deben cumplir con nueve desmañanadas que empiezan el 6 de agosto y terminan el 14, en las vísperas.

En esas andan en estas semanas los actuales residentes de la sucursal del paraíso. Yo desde la distancia pienso en ellos y aunque en mis ratos de nostalgia más radical los envidio, cuando son las cinco de la mañana y sigo cómodamente dormido, los compadezco desde mis dulces sueños. Todos estos días he traído en la mente el zumbido del canto que inmisericordemente se repite, no recuerdo cuántas veces, durante la novena y que dice más o menos así (sólo los que sean de Huásabas sabrán cantarla) "Flores son [se escucha "floresóóóóón"] de devoción, las que estaaaaaaaaa novenaaaaaaa envíaaaaaaaaaa, aaaaaaaaal cieeeeeeelooooooooo que es deeeeee Marííííaaaaaa el jaaaaardíííííííín de suAaaaaaaaa-suuuuuncióóóóóón" (lagrimitas de melancolía de un huasabeño que nunca se cansa de serlo).

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