jueves, enero 28, 2010

Recuerdos de invierno

Apenas va clareando la mañana. Empieza a oler a hierba mojada, huele a mucho frío. Sobre los bordos de la tierra volteada de las milpas se divisa la blanca escarcha que a los primeros rayos de sol se convertirá en finas gotas de agua un momento después de destellar su último brillo. Mi nariz empieza a escurrir un líquido muy parecido a lágrimas provocado por el viento helado. Me refugio en mi bufanda y el vapor de mi respiración sube a mis lentes y los empaña. Hay que acelerar el paso para no llegar a la puerta de la escuela después de las siete. Escucho en la distancia los ruidos indistintos de los compañeros jugando voleibol en las canchas. Pienso en apurarme un poco para poder jugar un rato antes de que suene el timbre, pero me desalienta acordarme lo mucho que duelen los antebrazos cuando golpeas la pelota a esas gélidas temperaturas y lo mucho que estorba el suéter para controlar bien el golpe. Mejor vuelvo a mi ritmo normal y pateo una piedra, sólo para darme cuenta que traía sucios los zapatos. Me acomodo la mochila para agacharme a tratar de limpiar el zoquete - el lodo - y no lo logro muy bien, pero aprovecho para amarrarme mejor las agujetas. Me alcanza la Flor en el camino y empezamos a caminar juntos. Ya están la Helda y la Santa platicando en una banqueta, enfrente del salón de clases. Ellas ya calentaron su pedacito. Yo prefiero quedarme parado, con los brazos cruzados muy apretados sobre el pecho tratando de darme calor.

- ¿Qué hicieron ayer, chamacas?
- Nada, dice la Santa, vi Beverly Hills 90210. Es que está bien guapo el Brandon.
- Yo soñé algo súper chistoso, agrega Helda, que siempre tenía sueños geniales que yo creo que inventaba porque eran demasiado buenos.
- ¿Salíamos nosotros? Pregunta Flor.
- Sí, hagan de cuenta que íbamos los cuatro caminando por el callejón del Molino y, de repente, nos alcanza corriendo el maestro Martín con unos pants de colores, súper feos...

En eso suena el timbre y hay que irnos corriendo a la formación porque toca lunes cívico y hay que saludar a la bandera, cantar el himno y escuchar algún discurso moralizante del maestro Juan.

- Luego nos cuentas qué pasó.
- Ok, ahorita en la clase de Química.

jueves, enero 14, 2010

De la fría ociosidad constructiva

Sentir de vez en cuando las temperaturas invernales en esta ciudad de clima casi perfecto tiene algunas ventajas. No quiero mencionar las más superficiales como lo lucidores que son los abrigos y las bufandas o lo delicioso que sabe una taza de chocolate Abuelita, pero sí lo benéfico que resulta que a uno le apetezca más quedarse en casa que andar rolando la inquieta existencia por las frías calles de la ciudad. No es que esto sea bueno per se, al menos no para mí que nunca he sido fanático de lo doméstico, pero sí es una belleza que esta fría ociosidad me permite hacer algunas cosas que yo suelo ir posponiendo a una posteridad que termina por nunca llegar. Escribir en el blog, leer por placer u ordenar la ropa, los discos, las pertenencias - en el sentido más amplio posible -.

La actividad más particular que esta fría ociosidad me ha provocado es pensar qué bien me cae la gente arrogante. No, no nada más así. La gente mediocre que es soberbia y que se esconde en su arrogancia para ocultar todas sus falencias me da más bien mucha pereza, lo patético de sus performances de actitud mal ejecutados me hace querer voltear a otro lado. A mí la gente que me gusta es la que sabe ser arrogante, que lo es porque sabe que puede serlo, que decide poder serlo y lo logra.

Me puse a pensar en esto cuando capté cuán paradójico es seguir creyendo que la humildad es una virtud fundamental y procurarla, incluso, como uno de mis propósitos para este año, pero a la vez admirar tanto a personajes (no es trivial que personajes en vez de personas) que considero muy arrogantes. Y, claro, como hoy hacía frío me puse a buscar la causa de mi admiración. Una parte la encontré en sus trayectorias, sus amplios conocimientos, su culta personalidad. Sin embargo, noté que mi simpatía hacia ellos no la causaba nada de esto, sino que se trataba de la manera en la que se pavonean por la vida luciendo sus conocimientos, su estilo, su sofisticación. Este pavoneo obviamente no va exento de una sutil humillación a los que no son como ellos, a los que su subconsciente sabe que no les llegan ni a los talones, a aquéllos cuya simpleza ofende implícitamente su complejidad moral, estética y, en no pocas veces, psiquiátrica.

No sé si este tipo de arrogancia permita la felicidad más plena, que creo está reservada únicamente para los cándidos. Pero estos simpáticos arrogantes no la necesitan. Se tienen a sí mismos, tienen el gozo constante de contemplarse vanidosamente, nos tienen a sus fans para alimentar su ego y tienen su soberbia para refugiarse en ella a lamerse las heridas que se causan en el riesgoso mundo donde viven las divas.

Estas y otras cosas pensé en la fría ociosidad de esta noche invernal.

sábado, enero 09, 2010

Lírica vaquera

Este fin de año y principios de 2010 estuve en Huásabas, la sucursal del paraíso. La pasé muy bien como siempre que voy, encantado con esa serenidad depurada de la Sierra Madre Occidental y muy en especial con las pláticas recurrentes sobre los personajes preferidos de las familias, entre ellos, los llamados "inocentes" del pueblo (eufemismo para no decir locos), los muy viejos, los ocurrentes. Entre los códigos compartidos de mi familia están precisamente las anécdotas o historias sobre estas personas, conocidas o fallecidas antes de que cobráramos razón, que por su especial personalidad o manera de responder ante la vida nos resultan muy graciosas.

No voy a compartir estas anécdotas porque, como lo dije, son un código compartido familiar y me queda muy claro que no deben de ser nada graciosas cuando se les escucha (o lee) en abstracto, sin el correspondiente contexto histórico de años sobre la persona cuyas frases o situaciones hacen soltar la carcajada a los Barceló Durazo. Sin embargo, no me puedo aguantar las ganas de transcribir una carta que en 1952 (circa) le envió un vaquero de nombre Pancracio Durazo a su patrón, Don Venancio, dándole el reporte de lo que pasaba en el rancho del que estaba encargado.

Ya había oído en varias ocasiones extractos de esta célebre misiva, pero hace unos meses mi cuñado tuvo el cuidado de pedirle a su autor - que aún vive - que se la dictara. Así es que ahora esta famosa carta está guardada en las notas de mi celular para releerla de vez en vez y se las transcribo aquí como muestra de lo que puede llegar a ser lo que yo llamo la lírica vaquera, género sin duda no estudiado con el detenimiento que se merece.


Rancho Capadéhuachi, municipalidad de Huásabas.

La presente, patrón, es con el fin de saludarte y ponerte en conocimiento de la situación por la cual atravesamos. Los pastos muy resecos, las aguas muy recortadas. En la árida barranca ya no canta el ruiseñor, ni tunas pizca tu pastor. Sólo se ven en el atardecer parvadas de negras auras que cruzan el espacio, incitadas por las brisas pestilentes de tanto cadáver de res que ha muerto.

Así es que para mediados de mayo vengas por mí porque si no a tus ganados y a mí nos llevará la chingada.

Pancracio Durazo.

: )

viernes, diciembre 18, 2009

Tanta comunicación nos descomunica

El título de esta entrada es demasiado rotundo. Pero últimamente así ando, muy rotundo. Voy por la vida diciendo las cosas con una seguridad y arrogancia monumentales, seguramente desesperantes para mis interlocutores. Internamente yo sé que lo que estoy diciendo puede ser una gran mentira, un error de razonamiento, una postura moral discutible o una posición ante la vida que ni siquiera tengo bien meditada. Pero lo digo como si la humildad se hubiera extinguido de la faz de la tierra, con un propósito muy claro: discutir. Es que discutir es uno de mis deportes favoritos junto con el de platicar (que es casi lo mismo pero no es igual) y el deporte de nunca hacer deportes. Y aunque en México (sobre todo en el centro) la confrontación verbal se ve como una falta grave a la politesse, yo creo que es una práctica muy sana, especialmente cuando no dejamos que se involucren nuestros sentimientos (que normalmente echan todo a perder). Ok, termino mi inútil digresión sobre mi afición por las discusiones y vuelvo al punto.

Estamos demasiado comunicados en estos días, claro, si no eres parte del 80% de la población que está terriblemente incomunicada y alejada de los avances tecnológicos (que no es seguramente el caso de nadie que lea blogs). Así nomás para empezar, tenemos la comunicación tradicional, la oral, que usamos en el día a día con las personas que tuvieron la fortuna (buena o mala) de ser nuestros compañeros de espacio y tiempo. Aquí ya empecé con mis excesos, porque hablo muchas más palabras por día que las que debería tener permitidas cualquier ciudadano. Pero, bueno, es comunicación tradicional y está muy limitada en los medios de transmisión, o sea, por más que hablo tan fuerte como si me hubiera tragado unas bocinas de centro nocturno, nada más me pueden oír a unos cien metros a la redonda, cuando más.

Pero luego vino el teléfono y ya pudimos extender ese espacio y empezaron las conversaciones de hooooras de adolescentes que nos hacían las tareas escolares un desperdicio muy aburrido. Después llegó el aparatejo esclavizador (con efectos irreversibles) que tanto amo y que se llama celular. Ahora sí, como dice Mafalda, sonamos... podemos ir por el mundo hable y hable. Como si eso fuera poco se les ocurrió inventar los mensajitos de texto. Si antes teníamos que estar desocupados para hacer una llamada, con los mensajitos puedes simultáneamente estar en una reunión, pedirte un café, asistir a una clase o conferencia y estar "comunicándote" con mensajes de unos cuantos caracteres.

Y no he hablado de Internet, eso sí vino a descomponer todo: el correo electrónico, el chat, las páginas para conocer a la pareja de tus sueños, la prensa electrónica, los blogs, facebook, youtube, twitter... aaaaaaaahhhhh!!! Todo el día conectados "comunicando" algo. Digo, ¿a quién queremos engañar? Tenemos la cabeza bastante privada de ideas como para estar hablando y escribiendo tanto. En toda esa churrigueresca cantidad de información que compartimos y que recibimos de los demás y a los demás, llega el momento en que terminamos diciendo cualquier cantidad de sandeces. En tantos mensajes, cambios de estado, fotografías de nuestra vida, no cabe ya la profundidad, así que terminamos comunicando pura irrelevancia. Irrelavancias sin las cuales, además, ya no podemos vivir. Cuando salimos y dejamos olvidado el celular o se descompone la red y no podemos acceder a Internet nos sentimos desconectados. Es de la vida real que yo experimento un sentimiento de pérdida como si el mundo se fuera a acabar y yo no iba a poder estar enterado.

Todo se hace más grave cuando tu celular tiene Internet y te permite estar "comunicado" con todo el mundo en tiempo real. O si no es tu celular, puede ser tu iPod touch que también te ofrece esos servicios si estás en un lugar con red inalámbrica.

En fin, que tanto instrumento comunicador me ha hecho llegar a la conclusión de que me estoy descomunicando con mucha gente, porque aunque pudiera transmitir mucha información, rara vez estoy llegando a algún nivel de profundidad digno. Supongo que son las consecuencias de ser de la generación de la transición a la nueva realidad superinformatizada, en la que estamos completamente adentro pero siempre con algunas dudas... y, entonces, pongo cara de :S

Anyways... hoy es viernes y ya casi son vacaciones. Me repondré de mi shock generacional en este mismo momento y dejaré las negras intenciones de convertirme en ermitaño-para-encontrar-la-profundidad-de-la-vida-de-la-que-me-estoy-perdiendo y seguiré estando comunicado como lo he estado, por lo menos hasta que entre en alguna crisis que me haga deshacerme de mis gadgets. Lo cual, por cierto, no creo que pase nunca, porque tengo a mi blog para hacer catarsis (para comunicar y descomunicar) y volver reloaded cada vez que haga falta.

martes, diciembre 15, 2009

Hoy vi mi vida pasar frente a mis ojos

Es bastante feo caer en cuenta súbitamente de conceptos tan poco amigables con el usuario como el de la fragilidad de la vida. Cargar con la conciencia de lo efímera que puede ser nuestra existencia es un peso demasiado duro para llevarlo siempre sobre los hombros. Y esas ideas funestas vienen en una mañana cualquiera por un descuido momentáneo en el que sólo volteas a ver a un lado de la calle y sigues caminando sin pensar que del otro lado - del tuyo - podría venir un autobús de toneladas a alta velocidad y pasar a tu lado, mientras oyes el sonido de su freno y sientes moverse los cabellos.

Nunca he sido de ponerme grave y severo por la inminencia de la muerte. Me cala tanto el sentimiento de pérdida que experimento cuando pienso en la mía o en la de las personas que quiero, que voy por la vida sin recordar el tema. Ahora mismo no estoy cómodo escribiendo al respecto, aunque por alguna razón decidí que tenía que hacerlo. No sé lo que pensar, porque en las cosas que no tienen remedio, el optimismo y el pesimismo sirven para lo mismo, o sea, para nada. Y como ambos no sirven para nada, yo suelo apostar por el primero y navegar con la bandera de la ingenuidad, que normalmente me lleva a mis zonas de confort.

No estoy en posición de pedirle nada a la Parca, ni me siento con ningún derecho, pero siempre he querido que si un día se le ocurre la mala idea de venirme a buscar para ampliar su fúnebre cosecha, me dé algunos días para algunos asuntos que me gustaría dejar bien arreglados. No vaya a ser la mala suerte que, de lo contrario, me vea yo en la necesidad de andar molestando a la gente cada noche, porque lo de los aparecidos no creo que se me dé muy bien. A mí se me da mejor lo de la alta visibilidad y no creo estar nada cómodo con esa tonalidad como desvanecida de los que ya se fueron pero no terminan de irse. Digo, ya tengo suficiente con este color blancuzco tan poco carismático que tengo en vida, para todavía tener que transitar a bronceados menos favorecedores.

Claro, lo de atravesar paredes se me haría divertido al principio, pero con todo, creo que en unos cuantos días estaría aburrido y tendría una cara de pocos amigos que asustaría a los niños. Entonces, le reitero mi petición a la Parca de que no se le vaya a ocurrir tomarme así tan de sorpresa, si yo cuando hago viajes largos soy fanático de la planeación y las fiestas de despedida.

martes, diciembre 08, 2009

Visiones nocturnas

La pareja que se besa en la estación de metro más apasionadamente de lo que recomiendan la moral y las buenas costumbres (al menos lo que por tal entendían la tía Plácida y Marianita Moreno). El mendigo que se postra en el umbral barroco de la que en otros siglos fuera la mansión de un aristócrata y que hoy permanece estática e indiferente a la movilidad social descendente del barrio donde yace abandonada. El faquir en el crucero de dos avenidas importantes que hace piruetas y cae de lomo sobre cristales hartos de sus irrelevantes gotas de sangre. La quinceañera que corre afanosamente con su vestido pastel de tul, disfrazada de princesa soberana de los precarios ahorros de la familia, que se acabarán en la noche de ensueño que es su fiesta. El transexual con minifalda que espera paciente en la esquina de Viaducto a que llegue su anónimo cliente-victimario. El rubio turista del norte de Europa que no ve la hora de estar al lado de una bella mujer morena haciendo humear los cigarros de mariguana que constituyen su experiencia latinoamericana. El adolescente con peinado explosivo armado con kilos de gel y vestido con un iPod y una camiseta negra de un grupo punk que desconozco.

Todos juntos son la ciudad, mis faros, los que me convencen de que sigo aquí, pero sin llegar del todo, en la ciudad de los palacios. Llaman mi atención y condimentan el universo uniforme de la pequeña gran ciudad, para hacerla soportable, para hacerla digna del sacrificio que implica, para gozarla secretamente en el regocijo de mis prejuicios.

domingo, noviembre 29, 2009

En los ángulos agudos y obtusos de una vida como cualquiera

A Mariana le gustaba mucho buscar en los rincones. En ellos encontraba cosas que jamás pudo explicarse cómo llegaban ahí, a las esquinas de aquella casa vieja que olía un poco a humedad. Como le daban cierta tranquilidad, ocasionalmente terminaba sentada ahí por largos ratos, tratando de poner su mente en blanco, perdiendo su mirada en el más cercano de los infinitos para no ver nada al tratar de ver todo. Terminó por darse cuenta de que no era el acto de buscar objetos lo que la atraía a esos lugares, sino un fuerte deseo de estar en ellos.

El suelo de las esquinas era el que le parecía el más fresco de todos, porque ahí daba vuelta el viento. Llegaban las frágiles corrientes de aire que se podían formar en la casona de adobe con grandes arcos rodeando el jardín central y se llevaban lo que ella creía que eran pedazos de malos espíritus y que yo simplemente creo que eran los cabellos y células muertas que perdían ella y su familia. Pero no era el viento ni la temperatura lo que la hacía quererlos, era la sensación de estar lejos de lo demás y de los demás. Eran su trinchera ante un mundo al que no se sentía atraída.

En los rincones insalubres y putrefactos de la despensa que se usaba como bodega se sentía más tranquila que en la amplia biblioteca donde su padre casi ciego le pedía que le leyera por horas las historias de detectives y de crímenes policiacos. Se creía más protegida en la abnegación de un rincón que sentada al piano de la sala en el que su madre la obligaba a practicar al menos dos horas por día.

Hasta que un buen día, cuando todo estaba listo para que se casara con el muchacho que la llamaba en sus cartas "el amor de su vida", se fue a su rincón preferido, el que estaba junto al ropero de la última recámara, la de la esquina, y ahí se puso a llorar. Tenía en sus manos una muñeca de trapo que desde niña la había acompañado en la esquina de su habitación. Peinaba a la muñeca como si la vida le fuera en ello, la peinaba y lloraba amargamente mientras los hombres con batas blancas trataban de levantarla sin lastimarla.

Se encerró Mariana en el más oculto de sus rincones, uno que estaba en su propia mente y al que nadie pudo jamás llegar a levantarla. Locura le llamarán tal vez algunos, pero ella le llamaba rincones, esquinas, guaridas. Los suyos sean tal vez más estrechos que los nuestros, pero tanto ella como nosotros vivimos moviéndonos de un lado a otro entre esos ángulos agudos y obtusos que son nuestros refugios.

domingo, noviembre 22, 2009

De graduaciones anticipadas...

Hace muchos años estudiar en el Instituto Matías Romero de formación diplomática era una ilusión. Tal cual, un sueño con un halo de verosimilitud pero sueño al fin. Pensar que algún día podría estar ahí desencadenaba mi obsesión por construir proyectos y castillos en el aire, costumbre que tengo muy arraigada en mis ratos de ocio. Este viernes que pasó (porque el otro "este viernes", el que viene, no me da todavía nada qué contar) fue el último día del curso que tomamos mis compañeros de generación y yo, como parte de una ambigua tercera etapa del concurso de ingreso al Servicio Exterior Mexicano.

Ya lo sabía yo desde antes que ése era el último día, pero no me había preparado. La nostalgia, como deben de saber los que leen este blog, es una de mis características definitorias. Hace algunos años ya lo había escrito: voy por la vida dejando pedacitos de corazón (y últimamente de hígado, cabe anotar). Volver a la escuelita me hizo una persona muy feliz. No que no tuviera de qué quejarme porque, vamos, la vida es bella pero no justa; pero ha sido una delicia volver a estar en un excelente grupo, compartiendo impresiones, decepciones, alusiones, cansancio y risas informales.

Digo que no me había preparado lo suficiente y lo noté desde que llegué a la primera clase del último día, porque mi atuendo no estaba a la altura de las circunstancias. Los compañeros iban elegantemente ataviados y yo con una camisa rosa-tornasol con la que al moverme me veía brillosito. Había querido aprovechar que se acababan los felices tiempos de vestimenta casual y que desde hoy empieza la formal, el mocasín, la corbata, el traje a rayas. Pero el viernes era un día para celebrar, habíamos ordenado unas tortas de la fonda de la Abuela para acompañar un vino de honor que nos ofrecía el Instituto. La torta no es, sin duda, ningún caviar beluga, pero eran muy especiales porque fueron preparadas por la Abuela, la encantadora señora de la colonia Guerrero que con su hermosa sonrisa de no muchos dientes nos ofrecía sus económicas delicias casi cada día.

Cuando nos tomamos la foto en las escalinatas del Instituto, hasta me pareció que nos veíamos guapos. Claro, era una especie de nostalgia anticipada que suele hacer mella de la severidad de los estándares estéticos tradicionales. Y ahí mismo se gestó el plan de festejar "the end of an era". Hubo por ahí alguna opción adicional a festejarlo en mi casa, pero se impuso el recorte presupuestal y la pertinencia de un esquema de convivencia de colisiones constantes, así que la colectividad decidió en medio del caos que era bueno meter a decenas de personas en el departamento que está enseguida del de mis molestos vecinos, o sea, en el mío.

Fue una fiesta muy divertida por muchas razones, la principal es que los ahí presentes estábamos auténticamente contentos. Otra poderosa razón: es prácticamente imposible que una reunión de más de sesenta personas en un espacio moderado, repleto de bebidas espirituosas y varios iPods con hartos GigaBytes de música, no sea garantía de éxito lúdico. Además, hubo premiaciones en distintas categorías y yo me hice acreedor a la de "mejor anfitrión", en la que era el único nominado. El premio mayor era el Ferrero Rocher de oro -el chocolate de los embajadores- pero no se habían definido con antelación las reglas para conseguirlo, así que se pospuso su entrega para cuando oficialmente tengamos el nombramiento como diplomáticos mexicanos -en unos tres meses, si Dios (y algunos otros nombres que prefiero no mencionar) no disponen otra cosa-.

Se acabó todo en perfectas condiciones, no se quebró ninguna copa, no mataron a ninguna de mis plantas -bueno, eso fue porque yo mismo lo hice hace varios meses- y el portero nunca llamó para callarnos. Un fin de semana tranquilo marcó el puente entre el Instituto Matías Romero de formación diplomática y una vuelta a la burocracia del Estado mexicano, a la cual voy con otras tantas ilusiones, proyectos y castillos en el aire.

sábado, octubre 24, 2009

El primer día del año vigésimo noveno de Nuestro Señor

Tengo yo la desafortunada costumbre de publicar con la mayor resonancia posible el advenimiento de mis aniversarios. Resulta que como hay gente que es buena para las matemáticas, para la oratoria, para las relaciones públicas, también los hay -en abundancia- quienes son malos para estos u otros menesteres. Yo confieso que hay un menester en el que soy malísimo: el de recordar fechas. No es que no pueda memorizar cuándo cumple años alguien, es simplemente que nunca veo el calendario como para recordar "ah, hoy es cumple de fulanito", entonces luego la gente se me siente, pero sólo por desconocer mi handicap. El caso es que hoy es mi cumpleaños y estoy muy contento por recibir felicitaciones y deseoso de recibir más porque, aunque nunca he entendido cuál es el mérito real de cumplir años si lo único que hace falta es seguir viviendo, pues como que se siente bonito.

El ejercicio que haré hoy en el blog será simplemente describir cómo fue el último día del año vigésimo octavo de Nuestro Señor, porque yo no quiero ir por la vida haciendo puntos complejos en mi blog -Dios me guarde- cuando las descripciones son tan simples, tan sencillas.

Sonó el despertador a las seis y media, pero mi mano derecha que está bastante mal conectada con mi cerebro, decidió autónomamente que sería buena idea apagar la alarma antes de que se me despertara el resto del cuerpo. El resto de mi cuerpo sabe mejor que a las siete y media yo debo estar saliendo de la cochera para poder llegar tranquilamente a mi curso de formación en el Instituto. Sabe bien el resto de mi cuerpo que no estoy para tener ninguna falta ni retardo sin inquietar a mi súper ego (que no es que sea un ego que esté muy súper, es sólo por meterle una categoría freudiana). Pues dada la iniciativa de mi mano derecha, eran las siete y media y apenas se estaba despertando mi ojo izquierdo y veo el reloj y tuvo que despertar súbitamente al resto de las partes del cuerpo del monstruo que dormían tranquilamente a horas en las que ya tenía que estar bañadas, perfumadas y vestidas.

Corría de un lado al otro del clóset, tratando de pensar qué debía ponerme para ese día, pero era como una pesadilla porque no había camisa que estuviera siquiera remotamente planchada. ¿Debía ser traje porque tendríamos ese día la visita de un Subsecretario o podría ir con alguna polo, escondida bajo un saco casual porque era viernes? Seguía corriendo y no lograba mi cerebro poner orden en esa madeja de ideas contradictorias. Al final ganó lo del viernes casual que es algo más rápido de vestir y no necesito de plancha. No hubo tiempo ni de bañarse, ni de rasurarse, ni de desayunar, así que tomé corriendo un yogur y otra cosa fermentada que estaba en mi refrigerador y durante el camino, entre gritos, cantos y desesperación por el tráfico que es peor los viernes, me los fui tomando para regocijo de mi pancita.

La razón de mi despertar tardío fue sin duda, haber ido la noche anterior a festejar a un buen amigo que cumplió también años y como púsose la conversación sabrosa, era la una de la madrugada y yo iba llegando a casa a dormir. Para haber estado así de cansado el día transcurrió muy tranquilo y pude escuchar sin mucho problema temas sobre multilateralismo, promoción económica, comercial y turística del país en el extranjero, y hasta para dar un tour por la bóveda de tratados del país, con todas las medidas de seguridad para conservar esos viejos papeles, sellados con elegantes lacres y escritos con unas letras preciosas que yo jamás podré dibujar, porque el teclado de la computadora ya me descompuso los genes que hacen letras bonitas.

Como sabía que a cualquiera de mis festejos de cumpleaños vienen aparejados los excesos, decidí para calmar un poco a mi conciencia que tenía que ir un rato aunque fuera al gimnasio. Hice lo que había de hacerse y salí corriendo a buscar el hielo para los cocteles de más al rato en la casa. Fue una misión mucho más difícil de lo que esperaba, pero al final lo logré. Al rato, empezaron a llegar los más puntuales y durante toda la noche unos fueron, otros vinieron, el portero me llamó varias veces para que nos calláramos, los vecinos seguramente me insultaron calladamente, los invitados departían sin callarse. Pero al final, la cosa terminó sin mayor inconveniente, mi casa oliendo a vicios y yo, tirado en la cama, contestando los mensajes de felicitación de los que sí son buenos para recordar fechas y escribiendo en el blog una entrada en lo que viene a ser el primer día del año vigésimo noveno de Nuestro Señor.

sábado, octubre 17, 2009

Mercedes

Caminaba por ahí Mercedes, por una calle de banquetas irregulares. Arrastraba un poco los pies porque ya no le daban para grandes brincos. Sus piernas regordetas y cortas nunca le habían dado para mucho. Pero la edad le va agregando torpeza a las cosas, como si no alcanzara uno suficientes niveles de torpeza a edades más tempranas. En eso iba pensando Mercedes cuando llegó al parque, al de las bancas oxidadas que le manchaban siempre el vestido y que luego ya no podía volver a usar, pero que sí usaba porque no estaban los tiempos para ponerse tan exigentes y el óxido qué tanto daño le podría causar a la gente que es fijada. A esa gente fijada no se les puede hacer mucho caso, pensaba Mercedes, porque no hay modo de darles gusto y, además, qué necesidad tenían de fijarse en las manchas de la ropa de la gente que pasa frente a ellos.

Se sentó frente a los columpios en los que una niña se balanceaba alzando las piernas lo más alto que podía y Mercedes pensaba que qué peligro era eso de balancearse tan alto y los mareos que le podrían venir, pero sobre todo que no había necesidad de arriesgarse tanto, pudiendo divertirse más tranquilamente sin tener que andar ahí poniéndose en esa situación tan problemática. Y, luego, pensaba Mercedes, si se caía el "problemón" que se le iba a venir encima a ella, porque no veía por ningún lado a nadie que estuviera cuidando a la niña del columpio y capaz que hasta el hospital iba a ir a dar, porque no podía dejar a la niña ahí sola tirada en la arena, cuando seguro algo se le iba a romper cayendo como iba a caer, desde esa altura tan innecesaria.

Sacó de su bolso un libro, de esos no muy grandes, porque pensaba Mercedes que no había ninguna necesidad de pasarse la vida leyendo, cuando hay tantas cosas por hacer, y qué es eso de escribir y escribir como si la gente que lo va a leer a uno no tuviera más cosas que hacer que ponerse a leer un libro de esos gordos, de los que nunca se le antojaba leer porque no le parecía considerado de parte de los escritores para sus lectores. Y lo dejó de leer cuando empezó la heroína de la novela a sufrir demasiado porque se le juntaban las razones y a Mercedes la molestaba mucho eso de ver a la gente sufrir demasiado porque era una persona con mucha empatía y no importa que fuera el personaje de una novela, ella meditaba que no estaba bien que el sufrimiento se le cargara tanto a unos cuantos, cuando se podía distribuir de mejor manera entre todo el gentío que ella veía en los parques y en las calles, y que no se veía que sufrieran para nada.

Tomó el camino de regreso a su casa, porque ya le parecía que se hacía tarde y le daba miedo que le cayera la noche encima y ella con esas rodillas tan defectuosas que no la iban a sacar de ningún apuro si algún truhán se disponía a molestarla por la calle, o, peor aún, a asaltarla, si ella ni dinero traía y el que tenía había sido bien ganado, como para andárselo regalando a esa gente haragana que nada más por traer un arma ya se creían merecedores del dinero ajeno.

Llegó a casa, saludó a su perro, Melquisedec, que le movió dos veces la cola antes de ir a sentarse indiferente como siempre en el tapete de la sala; preparó su té, se puso el camisón, hizo sus oraciones y, sin pensar más nada, fue a dormir.

martes, octubre 13, 2009

Eran los tiempos que corrían

Tratando de innovar en los temas de este monótono blog, se me ha ocurrido recordar una etapa que no me tocó vivir. De niño fantaseaba mucho, como todos en algún momento, supongo, con la idea de viajar en el tiempo. Por alguna razón que no me logro explicar, no me interesaba ni ir al futuro, ni demasiado lejos en el pasado. Lo que quería con ansias era poder vivir - en calidad de testigo, no de residente permanente - en la época de la niñez de mis abuelos en Huásabas. Los albores del siglo XX en ese rincón rural del norte mexicano me parecían una época fascinante . Esa nostalgia había sido alimentada, o debería decir inseminada, por los relatos de mi nana Carmela, mi abuela paterna. Me figuraba aquellas calles de tierra y casas de adobe llenas de historias latentes esperando a ser descubiertas, ocultas en el murmullo del viento al colarse entre las agujas de los enormes pinos salados, en cuyos troncos jugaban niños ataviados con ropas austeras de telas antiguas y aromas particulares de las que ellos no se percataban.

Las imágenes las iba construyendo con las fotografías viejas, ésas en blanco y negro que ya más bien eran amarillo y ocre. Y también con los retratos de mi bisabuela, mamá Amparo, o del padre Luis. Con esa materia prima, en mi mente iban las señoras haciendo sus tareas domésticas, vestidas de blondas, encaje y crinolinas. Los hombres eran todos de un aire muy respetable y aunque no usaban sotana, como el padre Luis, sí tenían todos su cara grave, eclesiástica.

Eran los tiempos de la dictadura de Don Porfirio que fueron seguidos por los años hostiles y larguísimos de la Revolución Mexicana. Esos períodos de transición son difíciles y se llegan a poner harto oscuros. No era de extrañarse que mi bisabuelo Julián fuera atacado por una cuadrilla de los hombres de Villa. Ya no se pudo más ir a llevar el dinero a los bancos de Arizona -los pocos que podían darse el lujo de acumular capital - porque las diligencias se habían hecho demasiado riesgosas. De tal modo que hubo de enterrarse el dinero en las huertas o en las anchas paredes de las viejas casonas de los ricos. Esos famosos entierros se convirtieron en poco tiempo en la obsesión de los descendientes de los antiguos potentados que querían ganarse su lotería, sin tener que comprar boletos. Y luego esa obsesión, tal vez por infructuosa, dio pie a sendas leyendas de aparecidos que cuidaban con la avaricia futil del inframundo, las monedas de oro cuyo dueño original no quiso compartir ni en el lecho de muerte.

Cuando se consolidaron los gobiernos de la Revolución en el período de uno de los generales de Sonora, Plutarco Elías Calles, vinieron tiempos de mayores sobresaltos para los habitantes del pueblo. Se prohibió la celebración de misas y se cerraron las iglesias. Aquello era peor aún que en los tiempos del "indio ése jacobino" de Benito Juárez. Ni el "pata rajada" al que peyorativamente las señoras hacían que sus hijos llamaran Beno Juárez, se había atrevido a ordenar las herejías que Calles estaba implementando a punta de pistolas y federales.

El padre Luis y todos los santos en vida que formaban el clero fueron a refugiarse a Los Ciriales, un rancho en lo más alto de la Sierra Madre Occidental, donde el obispo Navarrete había ordenado la construcción de un seminario para no suspender la formación de los próximos sacerdotes. Los bautismos, los matrimonios y las primeras comuniones debían celebrarse con el mayor sigilo, para no ser descubiertos, porque eran bravos los del gobierno, eran sacrílegos, unos grandes sacrílegos indignos.

No mermó el movimiento político la devoción de ese catolicismo acendrado, traído directamente de Europa y puesto en remojo en una mexicanidad cuyo guadalupanismo era el factor de identidad más consolidado de la República. No cayeron los velos que cubrían las cabezas de las mujeres enlutadas, ni de sus manos los rosarios. Sólo pasó el tiempo que tenía que pasar y todo fue volviendo a la fervorosa cotidianidad que algunos añoraban y otros no tanto.

Eran los tiempos que corrían los de María Auxiliadora, que vio llegar del pueblo vecino al engominado mancebo que la cortejaba. Lo vio venir una tarde calurosa de verano y otra vez a la semana siguiente. Llegó incluso a aceptarle una pieza de baile en las fiestas de la santa patrona, el celebrado quince de agosto, sin tocarle nunca la piel porque en la mano debía el caballero ponerse un pañuelo para no incitar malos pensamientos. Aún así, tuvo María Auxiliadora sensaciones totalmente nuevas, desbordando calladamente la alegría cuando oía acercarse los cascos del elegante caballo que transportaba al buen mozo de buena familia en las tardes más frescas del otoño.

Eran los tiempos que corrían cuando éste le propuso matrimonio y ella le respondió que debía hablarlo primero con el padre Luis. Así lo hizo y al enterarse de que el matrimonio involucraba asuntos tan carnales como le medio explicó el sacerdote, se rehusó a seguir recibiendo la visita del buen mozo, aunque fuera de buena familia, porque a sus dieciséis nunca se imaginó que hubiera que sacrificar la pureza para engendrar los hijos que le hubiera gustado tener. Así pensaba María Auxiliadora, por lo que se consagró al celibato y amó siempre a su engominado mancebo, casi tanto como al recuerdo de las tardes de verano y otoño en que su pecho se estremecía de una manera que jamás volvió a experimentar.

Eran los tiempos que corrían en aquel sereno pueblo de la sierra sonorense, por lo menos así corrían en el imaginario de los que no los vivimos, sino a través de los idealizados relatos de la abuela y sus igualmente ancianas interlocutoras, mientras te pellizcaban la mejilla y te apuraban "anda, ya vámonos al Rosario, que están por dar la última campanada".

martes, octubre 06, 2009

¡Ay qué tan bonito!


El viernes salimos temprano de la escuela. Una tarde de viernes libre había de ser aprovechada, tal y como reza el proverbio chino aquél que dice que los viernes en la tarde deben ser aprovechados. No es que no hubiera opciones en la ciudad: estaba el concierto de Depeche Mode, 451 museos o la permanente opción de perderse en el alcohol. Pero surgió etérea la idea de ir a Morelia, Michoacán, con ocasión del festival internacional de cine que se lleva a cabo en dicha ciudad colonial. Mi tan comentada imposibilidad de decir que no a cualquier plan hizo diligentemente su trabajo y a las dos de la tarde pasé por los otros cuatro valientes que decidimos -hora y media antes- tomar carretera y pasar el fin de semana fuera de la Megalópolis.

No tengo planeado describir los pormenores del viaje, obedeciendo el proverbio chino aquél que reza "nunca describas los pormenores de tus viajes", ni pretendo ser reiterativo sobre lo mucho que gozo los paisajes de las carreteras mexicanas o la belleza casi mágica de sus ciudades antiguas o sus pueblos suspendidos en un tiempo que parece pasado, pero no lo es. Lo cierto es que esas escapadas de fin de semana me reconcilian con la vida, me provocan algo parecido al enamoramiento de un país que está muy mal en los encabezados de todos sus periódicos pero que es hermoso cuando te ahorras la miopía de verlo a través de los borrosos cristales de sus medios de comunicación y te asomas a verlo directamente.

Bueno, y como ya me estaba poniendo más cursi de lo que tengo permitido, termino recomendando las dos películas que vi en el festival: London River y Hace tiempo que te quiero, la primera francoargelina y la segunda nomás francesa, con una impresionante actuación de Kristen Scott-Thomas. Pero, sobre todo, recomendarles que en cuanto puedan agarren la carretera y vayan a algún pueblito que les quede cerca, se tomen un buen café por ahí y, si no es mucha molestia, se acuerden de mí un poquito y yo -en plan new age- reciba sus paseadas y felices "energías", porque necesito seguir paseándome y simultáneamente hacer mis deberes, porque así es la vida de uno y así se va a quedar.

domingo, septiembre 13, 2009

Cada quien tiene sus dinosaurios

Tantas veces soñé que volaba y al despertar, obvio, no volaba, ni tampoco podía saber si soñaba, o pensaba, o creía, o me ilusionaba. Los verbos no me servían para distinguir mis acciones de mis deseos, de mis emociones, o siquiera, de mis planes. El propio concepto de realidad perdía el significado preciso que siempre me ha gustado darle. Internamente y por momentos afortunadamente breves me volvía algo así como un bohemio sin carisma enfrascado en una discusión que no sólo no le importaba a nadie, que tampoco le importaba mucho a él. Un lumpen de las ideas ociosas. Un teólogo bizantino teniendo reflexiones teológicas bizantinas sobre ángeles, y su tamaño, y su sexo, o el tamaño de su sexo, mientras en sus murallas los turcos amenazaban con destruir el Imperio.

Así que dejé de cavilar sobre todas esas cuestiones "notoriamente improcedentes" - como se dice en los juicios - y decidí mejor vivir, aun sin distinguir, dando por sentadas todas las dudas con algún dogma que más o menos me sirva, dejando las cavilaciones para la gente inteligente.

jueves, septiembre 03, 2009

Cuando las cosas no suceden

A veces, siento que el país está descompuesto (los días que estoy más desilusionado). No quiero decir que esté enfermo, arterioescleroso, desahuciado, porque los términos médicos como que no captan la situación. Más bien es un asunto estructural, mecánico. Descompuesto como un aparato que cada vez que la vas a usar está kaput. Sin detener su funcionamiento, claro, pero tronándole la mayoría de los engranajes, con tornillos barridos, tuercas sueltas, tirando aceite incesantemente en una fuga perpetua que chorrea por tantos orificios que no puede ser contenida ni proponiéndoselo.

Y eso que no me gusta ser tan fatalista como todos esos mexicanos que con tanto aplomo declaran que nos encontramos ante un estado fallido (y sonríen con aire de suficiencia, como si no se dieran cuenta de que ellos también serían víctimas de un desenlace así de fatal y, sobre todo, parte del problema). Simplemente no se me da ser tan pesimista cuando, en realidad, suelo pecar del pecado antónimo, de un optimismo ingenuo, un tanto superficial y poco empático con los que sí tienen razones para mandar toda nuestra realidad social por la coladera (revolución mediante).

En este exacerbado optimismo que me aqueja, pienso que para estar el mundo como está, la situación de México no es para llorar tan amargamente. No somos Afganistán, o Irán, o Somalia. Sin embargo, para donde voltees hay cosas que arreglar. La economía en crisis en todo el mundo, pero contrayéndose en México más del 8%, o sea, bastante más que en EE.UU. -donde se originó todo este caos financiero. El Gobierno enfrascado en una guerra contra el narcotráfico que no sólo no ha dado resultados contundentes, sino que ha aumentado la intensidad de la violencia relacionada con el crimen organizado. Pero, además, será un sexenio perdido en todos los demás aspectos, porque la seguridad ha monopolizado la agenda gubernamental de tal modo que el crecimiento, el empleo, la pobreza infame y pornográfica, mejorar la educación y los servicios de salud, son temas todos secundarios si se les compara con la banda de los Zetas, o los Arellano Félix. Por mí que se casen todos con Camelia la Texana, si se pudieran resolver los problemas estructurales del país.

Y, luego, la burocracia... qué va, el símbolo más fiel de la descomposición. Trámites lentos, ineficientes, secretarias con cara de pescado enlatado, con los ojos desorbitados por ver a un ciudadano que les trae más carga de trabajo, pero la mirada vacía porque sus puestos no los entienden como un lugar en el que se deben resolver problemas. Si está el aparato descompuesto, la culpa no puede ser de la pescada enlatada, ni de su falta de criterio y de ganas, la culpa debe de estar allá afuera, en algún otro recóndito rincón al que no puede acceder (todos sabemos que es "no quiere", excepto ella, o él, o eso). Y, a veces, están los que sí quieren, pero que están sometidos a un procedimiento que nadie sabe bien a bien cuál era su razón de ser y que todo lo detiene, paralizando a la razón misma.

Las reglas de civismo y respeto al próximo, por los suelos. Nadie le da el paso a nadie y si lo tomas, aunque te toque, te echan el carro con todo y ensordecedor ruido del claxon, porque, claro, el único derecho que todos reconocemos es el propio. Los vendedores ambulantes se apoderan del espacio que debería ser público - ajeno a cualquier apropiación - y si se puede se toman también la electricidad prestada que "pasaba por ahí", con cargo a todos los que sí pagan su recibo. Las grandes empresas comprometidos a nivel cero con el sostenimiento del erario público, aunque tomen sus ganancias como resultado de que ese estado medio funcione. La televisión, un aparato embrutecedor que es la única que cumple con su objetivo: estupidizar. Las asociaciones sindicales, unas verdaderas entorpecedoras del desarrollo de los sectores que controlan, han destruido el sentido de la protección de los trabajadores y son un estandarte de los privilegios no merecidos, con líderes gordos ostentando relojes que valen más que toda su hipertrófica existencia, o cientos de cirugías que no logran esconder ni la fealdad externa, ni la monstruosidad interna.

Y si le sigo, a todos nos toca, por un lado o por el otro. Pero la maquinaria sigue andando. Rechina como si mañana pudiera venirse abajo, aunque tiene siglos rechinando así o más feo. Quisiera conservar la esperanza de que pronto estaremos mejor, pero pareciera no quedarme otro recurso que voltear al Medio Oriente o al África Subsahariana para alimentar mi autocomplacencia. Hasta que de nueva cuenta me convenzo de que mi único recurso válido es voltear a ver mis manos y buscar en ellas soluciones, aunque sea para un solo tornillo barrido, aunque sea para una sola tuerca.

sábado, agosto 29, 2009

Una entrada sin punto...

Como su título lo indica, he aquí una entrada sin punto, dedicada a hacer operativo mi más reciente -y antiguo- propósito de no dejar abandonado mi blog por periodos tan largos:

Mi vida es un desastre, hay que admitirlo. El orden ha dejado de ser no digamos una prioridad, ni siquiera un criterio. Me encantaría poder regirme por un programa sereno que me permita realizar todas las actividades que considero importantes para no terminar con la frustrante sensación de incompletitud. Varias veces me lo he planteado y he tratado de cambiar (como Lupita D'Alessio, pero menos intenso) siempre para encontrarme con que hay un gran obstáculo para ello: la vida social. Eso es lo que viene a poner el desorden en el ya preexistente conato de caos.

Les adelanto que la causa de que la vida social cause esos desajustes tan desproporcionados es mi imposibilidad genética a decir que no. Tan sano que es un simple no, tan oportuno, tan prudente. Pero resulta que, al parecer, yo nací físicamente impedido para negarme a cualquier invitación, solicitud, requerimiento que tenga como fin el inicio o la obstinada continuación de la convivencia. Soy, en términos vulgares, un "facilote" de la vida social (he dicho social, no se confundan, que tengo un prestigio que cuidar).

Este rasgo de mi personalidad, debo decir, me ha granjeado muchas satisfacciones a ritmos muy constantes y ha llenado mi memoria de momentos agradables, de manera que no puedo quejarme; sin embargo, mis horas de sueño -que deberían ser sagradas- son las principales víctimas y suelen absorber los daños colaterales (publicados a través de las ojeras, que me hacen parecer uno de los locos Adams). La vida social desenfrenada también me obliga a desaparecer mis ya de por sí esporádicas visitas al gimnasio, mis entradas en el blog e, incluso, mis ratos de lectura. Cuando la cosa se pone intensa, ni siquiera me da la oportunidad de ver películas o series tirado en la comodidad de mi cama. No exagero cuando digo que hasta las visitas al baño las reduzco en las épocas en que ando del "tingo al tango" (lo que sea que signifique esta expresión callejera; literal no se la vayan a tomar ya que no he ido ni al tingo -que no sé dónde quede- ni al tango, porque mis caderas y la danza no combinan nada bien).

Todo lo anterior da cuenta de cómo desaparecen uno a uno todos los remansos de serenidad que tengo. Por eso es que el día de hoy dije: ya basta (lo dije con un tono grave como de noticiario alarmista, para ver si así servía de algo). Y para pasar del dicho al hecho (aunque sabemos que hay mucho trecho), decidí irme a mi casa en pleno sábado a las diez y media de la noche. Y heme aquí en un fin de semana cualquiera, tirado en la cama escribiendo una entrada en el blog, mientras las gotas de lluvia golpean mi ventana (no es recurso literario, realmente llueve). Tanta tranquilidad, de hecho, hasta ganas me provocó de ir al baño - ¿lo dije o lo pensé? - lo cual no pienso hacer hasta concluir esta entrada sin punto.

Supongo, en realidad, que mi vida seguirá siendo un desastre y que la vida social no se reducirá sino algún eventual sábado en la noche, pero no está mal esto de decir a veces "ya basta" y tirarse en la cama a escribir una entrada sin punto, boca abajo y recargando la barbilla en la almohada, esperando que el celular no vaya a sonar porque tengo una enfermedad terrible en la voluntad que se llama flaqueza y cuyo principal síntoma es no saber decir que no.

sábado, agosto 15, 2009

I am back como Terminator... versión sin músculos ni cables

Siempre es bueno regresar, aunque sea con la cara cubierta de vergüenza por saberme un desobligado con mi blog que tantos placeres me ha procurado a lo largo de estos últimos cuatro años y medio. No es por presumir (bueno, sí) pero esta entrada la escribo desde mi brand new computadora de Apple, que compré casi exclusivamente para sentir que volvía de nueva cuenta a la escuela. El caso es que como siempre había usado Windows, acostumbrarse al sistema de Mac es algo que toma tiempo y, por ejemplo, aún no sé como usar el invento más útil del siglo XX: el ctrl. C y el ctrl. V.

Ahora bien, qué es lo que ha pasado en la vida de Rafa durante este mes de desaparición de la blogósfera. No es que piense que les interese a ninguno de los cuatro lectores, pero considero mi obligación moral darle a esto algo de coherencia cronológica y que mi vida vista a través del cristal de mi blog no parezca una cosa llena de huecos y misterios que ningún Sherlock Holmes se daría a la tarea de atender (básicamente por falta de interés).













La principal causa de mi desaparición es que salí de vacaciones, primero a Miami, luego a Chiapas, luego a Acapulco, luego volví a mi última semana de trabajo en la Suprema Corte y ahora acabo de terminar mi primera semana de formación en el Servicio Exterior Mexicano (SEM para los cuates). En ese tiempo recibí la visita de mi hermana y también de mi sobrino de catorce años, el cual me hizo hacer cosas como subirme a la Montaña Rusa de la Feria de Chapultepec, en el cual oí a mis vértebras decirme insultos que no puedo repetir en este lugar tan decente.

Como siempre ha sido mi costumbre emitiré algunas opiniones no solicitadas sobre los lugares que visité, empezando con Miami que es una extraña mezcla de lo estadounidense con el mundo latinoamericano que realmente hay que visitar. El primer mundo pero tropical. Una ciudad completamente plástica en el que la mayoría de la gente no es que le tengan culto al cuerpo, eso sería decir poco, sino que viven para parecer salidos de las secciones de publicidad de las revistas. Además, playa al fin, todo mundo está completamente bronceado y si yo me siento Gasparín, el fantasma amigable, en cualquier cuidad, ya se podrán imaginar el escarnio colectivo del que podía ser objeto en una playa de arenas blancas en el que me podía camuflajear en la arena con mi color de archivista cautivo. Claro que esta vez fui radical y pasé ocho días tirado al sol tratando de ponerme a nivel de los miamitas (lo cual era imposible) y me enorgullece mucho al final poder decir que estaba "aceptablemente" bronceado y que si se fijan bien todavía conservo algo de ese bronceado (aunque nadie más lo nota que yo, pero no importa para eso tengo el egocentrismo que me resulta tan útil.

No diría que Miami es una ciudad muy interesante, porque es más bien un enorme resort, en el que se disfruta de la playa, las tiendas y la gente guapa en ambiente de fiesta. Sin embargo, fue un viaje muy divertido, con enormes cantidades de mar tibio, de arena, de compras (buena parte de las cuales perdí en el avión de regreso, tema en el que prefiero no abundar por razones de equilibrio mental), de fiesta y de dispendio de dólares en una semana en el que la tasa de cambio se comportó completamente en mi contra, como si me hiciera falta que el mercado internacional de divisas fortaleciera la tendencia de mi movilidad social descendente.

El mismo día que llegué a Ciudad de México de Miami me fui a Chiapas, con parada obligada a mi departamento a cambiar de maleta. Se supone que había un tremendo brote de influenza en ese Estado de la República en esos días, pero bueno me fui acostumbrando a que ni las tasas de cambio ni los comportamientos epidemiológicos se sincronizaran con mis vacaciones. En realidad, nunca vi nada relativo a la influenza y ni esa ni ninguna otra gripa me ha atacado desde entonces. Chiapas es un verdadero paraíso. No se me ocurre otra expresión menos corny para describirlo, pero es que es un lugar genial. Mientras gozaba cada uno de los hermosísimos lugares que pude disfrutar, me recriminaba no haberlos visitado antes, porque no está bien que haya lugares tan bonitos, tan cerca, y que uno vaya por la vida distraído sin conocerlos. Visité primero el Cañón del Sumidero que es una maravilla de la naturaleza que escapa la descripción de mis torpes comentarios. El recorrido duró dos horas en una lancha que iba a una velocidad no recomendada para mis riñones, porque aquello botaba que daba gusto, sobre todo hasta al frente que era donde mi curiosidad me había llevado a sentarme. Pero esas incomodidades no eran nada comparadas con la experiencia de entender que somos unos minúsculos mamíferos en medio de algo mucho más grande y majestuoso, que normalmente no contemplamos porque estamos obnubilados por nuestra egolatría.

Después fuimos a San Cristóbal de las Casas que, hasta donde conozco, es el pueblo más bonito de México. Una mágica combinación de un pueblo colonial, en las altas montañas húmedas de las sierras del sur, con un elemento indígena casi omnipresente, conviviendo armónicamente con restaurantes de alta cocina, o pequeñas y auténticas trattorias italianas, cafeterías con el mejor café de México, misiones dominicas del siglo XVI y explosiones de color a cada paso.

También conocimos las cascadas de Agua Azul y Misol Ha, ambas son espectaculares, te llenan los ojos, pero fue esta última la que más me emocionó. Parece una fantasía montada para una película con ese enorme salto de agua que cae a una alberca de agua cristalina, con paredes folladas de musgo, líquenes y enredaderas y adornada con una hermosa gruta ahogada con un agua serena.

Para terminar el viaje fuimos en carro hasta Palenque, una de las ruinas mayas más famosas de esta civilización. Es impresionante porque es una ciudad que fue cubierta por la jungla exuberante que la rodea y que había escondido estos vestigios impresionantes, en los que se supone sólo se puede contemplar el 2%, ya que el resto sigue cubierto por la selva, con árboles de raíces poderosas. La belleza geométrica de sus construcciones civiles, religiosas y militares asomándose entre árboles exóticos de maderas duras y alturas impresionantes es también una experiencia que hay que vivir.

Yo aquí ya noté que me excedí, por lo cual pienso suspender este recuento para otra entrada porque no se trata de agobiar a nadie solo porque yo la pasé increíble y mejor me hago a mí mismo la promesa de no andar desapareciendo así como así de manera tan malagradecida de este mi rincón público de ceros y unos donde van constando mis fortunas y desdichas.

viernes, julio 10, 2009

Come away with me...

Las vacaciones se presentan como oportunidades ideales para redescubrirnos. Claro que podemos darle usos más frívolos y hedonistas, pero lo cierto es que uno es resultado de sus circunstancias y que nunca es lo mismo un escritorio circunstancial a una playa o a una ciudad hermosa circunstanciales. Entonces, la hipótesis que avanzo en esta entrada es que durante las vacaciones uno es otra persona, distinta a la de la cotidianidad que, a base de ser rigurosa, estrecha nuestras posibilidades de comunicación y reduce el horizonte de nuestras ideas. Dicho de manera más silvestre: nos creemos el rol autoimpuesto y actuamos en consecuencia, aumentando la lista de lo que pudo ser y que nunca fue.

Tal vez por esta razón, el ocio ya había sido concebido casi como una obligación moral del hombre. Thomas More en su más célebre libro, Utopia, imaginó un mundo ideal en el que las personas no dedicaban más de seis horas a su trabajo, porque la realización del humano es el conjunto de muchas cosas, siendo el trabajo sólo una de ellas. Sin embargo, tengo la impresión de que en épocas más recientes y materialistas, el ocio es solo el remanente de la prioridad principal, que es construir una imagen de éxito que implica (absorbe) mucho tiempo. Así que queda uno en medio de dos conceptos muy atractivos, en los que hay que ir distinguiendo lo importante de lo no tanto, por más trabajos que cueste.

Las vacaciones son en nuestro sistema de vida una oportunidad de oro para descubrir a esa otra persona que está latente y que únicamente puede emerger cuando no hay un reloj doblando incesantemente sus agujas como señales irrenunciables de que hay otra cosa por hacer. Pero, claro, como recurso escasísimo que son, fácilmente podemos convertirlas en otro maratón de nuestra vida: córrele a tomarle fotos a la Torre Eiffel, se nos va el batomouche, ya va a cerrar el Louvre, apúrate a tomarle fotos a la maldita Mona Lisa porque ya se está llenando esto de japoneses y luego será imposible, ¡el Lido, el Lido! Se nos van a agotar los boletos...

Tengo la firme intención de disfrutar mucho mis próximas vacaciones, de creerme absolutamente que me las merezco y no dejar descuidada ni la actitud contemplativa. Hay varios destinos ya confirmados que sin duda aparecerán en su momento en este blog que es mi muro de las dichas y las desdichas. Habrá playas y montañas, ciudades modernas y muy antiguas, amigos y familia. Pero sobre todo, habrá mucho de mí para mí mismo y yo - por egocéntrico - traigo muchas ganas de eso. Ya desde ahora estoy disfrutando el escape mental de pensar en esos días, en inventarme las "memorias" de cosas que no han pasado y descubrirme sonriendo sin motivo aparente, sólo por Ser, sólo por Estar... ¡cómo si fuera poca cosa!

martes, julio 07, 2009

Elecciones 2009

El pasado domingo 5 de julio tuvieron lugar las elecciones intermedias en México. Intermedias quiere decir que no se elige Presidente de la República (ni a los Senadores, cuyo período es también de seis años en el puesto). A nivel federal, pues, lo único que se renueva es la Cámara de Diputados (de quinientos integrantes, o sea, la mitad de los habitantes de mi querido Huásabas). Pero, adicionalmente, hay elecciones a Gobernador en seis estados de la República: Campeche, Colima, Nuevo León, Querétaro, San Luis Potosí y, muy importante para mí, Sonora.

Los resultados dan como ganador al Partido Revolucionario Institucional (PRI), el mismo que gobernó a México en una dictadura de partido por 71 años (1929-2000). En el año 2000 el PRI perdió la Presidencia de la República a favor del PAN (derecha), con Vicente Fox, en un histórico paso hacia delante en la transición hacia la democracia (material, porque formalmente México ya era un sistema democrático, aunque no funcionara como tal). Desde 1997 los resultados del PRI habían venido mermando, llegándose a convertir en la tercera fuerza electoral en 2006, con una fracción parlamentaria en la Cámara de Diputados que era la tercera en número, pero que se convirtió en la más determinante por la radicalización inicial de la segunda fuerza, el PRD (izquierda), al no reconocer la elección de Felipe Calderón (PAN) como Presidente.

Doce años después, el PRI vuelve a repuntar en las elecciones y se convierte con mucha holgura en la primera fuerza en la Cámara Baja y la segunda en el Senado (desde 2006). Este hecho transforma el rostro del sistema político mexicano de muchas maneras. Primero, porque después de estos resultados el regreso del PRI a la Presidencia de la República se anuncia como muy probable para 2012. Esto, junto con haber ganado al PAN dos estados que se consideraban bastiones de la derecha, vuelve a darle gran parte del poder político nacional a este partido, cuyo dominio en México fue repudiado por la ciudadanía hace apenas unos años. Es decir, la acumulación de poder político en el PRI se vuelve a presentar como una posibilidad real, a menos de una década que se logró "desarmar" esa súper estructura de poder que gobernó y desgobernó a México, prácticamente durante todo el siglo XX.

Segundo, porque aunque México cuenta con un sistema de gobierno presidencialista, el Poder Legislativo dependerá prácticamente del PRI. Esto implica que la responsabilidad política de los destinos de la Nación ya no le pueden ser imputados únicamente al PAN (partido en la Presidencia), ya que una parte importante de las políticas públicas, así como el presupuesto de la Federación son decididos en el legislativo. Además de que las nuevas leyes y reformas legales son responsabilidad completa de este poder, que ahora estará regido por un partido distinto al de la presidencia. Por si esto fuera poco, tampoco se puede omitir que el PRI gobierna la gran mayoría de los Estados de la República y también la mayoría de sus municipios, por lo que el nivel local de gobierno también estará conducido mayoritariamente por este "nuevo" viejo partido.

Y, tercero, porque el principal partido de izquierda (PRD) redujo su nivel de influencia al obtener únicamente el 12% (aprox.) de la votación nacional, después de que hace tres años obtuvo casi un tercio. Adicionalmente, el Partido Social Demócrata (izquierda) que era el partido con la postura más clara a favor de temas de izquierda social y moral perdió su registro como partido político, al no obtener ni siquiera el 2% de la votación.

Los resultados de la elección deberían implicar conclusiones importantes para nuestra clase gobernante, si se toman en serio el compromiso democrático, en el que el voto no es una cheque en blanco de confianza a las ocurrencias de los elegidos, sino que representa la voz de apoyo o repudio a las cuestiones públicas más importantes. Siendo así, si consideramos que la mayoría de los votantes no apoyó al partido del Presidente, tendríamos que entender que el monopolio temático que éste le ha dado a la seguridad y a la guerra contra el narco, no está siendo bien recibida por la sociedad. Evidentemente, hay un buen nivel de apoyo al PAN (28% de la votación) por lo que se entiende que una buena parte de la población está de acuerdo con las acciones principales del gobierno panista, pero todos los demás claman porque se incorporen de manera más seria los demás temas importantísimos de la agenda. Las medidas contra la crisis económica, el aumento de los niveles de pobreza en el país, la terrible calidad de nuestro sistema educativo, las deficiencias en los servicios públicos de salud, la alta tasa de migración hacia EE.UU. son todos temas que han sido opacados por una mediatizada lucha contra el crimen organizados, que no ha tenido un impacto muy significativo y ha causado la muerte de más de doce mil personas (buenas o malas, inocentes o culpables).

Otro segundo gran golpe que deberían sentir los gobernantes es el aumento impresionante que obtuvo el llamado voto nulo. A nivel nacional, fue de más del 5%. El voto nulo lo emitió gente que fue a las urnas a votar (no es la gente que se abstuvo de votar), es decir, de ciudadanos que hicieron el esfuerzo de votar para hacer saber un mensaje muy claro: están inconformes con todo el sistema de partidos del país. Esto no es trivial, no debe ser trivial. Es un número enorme de electores que dicen ya basta al espectáculo político de tan bajo nivel que los partidos montan todo el tiempo. Cambia el tema controvertido, pero las actitudes son todas las mismas: falta del sentido ético de lo público, de inteligencia y capacidad para enfrentar los principales problemas públicos y, sobre todo, el mantenimiento de privilegios a sectores de la población que han venido estancando a este país, desde su fundación como colonia (ya existían situaciones de privilegios en el México Prehispánico, pero yo entiendo la formación de la Nación mexicana, a partir de la creación de la colonia española llamada Nueva España y no antes) y que nunca hemos logrado cambiar a partir de nuestra independencia.

El abtencionismo aunque alto (entre 55% y 60%) es relativamente normal para una elección intermedia, inclusive comparándolo con otras democracias consolidadas. Sin embargo, es siempre un motivo de reflexión si la gente se abstiene por inconformidad, por imposibilidad de ir a votar o, simplemente, porque son ciudadanos anodinos con poco interés en los asuntos públicos y que usan el excelente pretexto del espantoso desempeño de nuestros gobernantes para eludir el hecho de que tampoco ellos son ciudadanos responsables o interesados en hacer un esfuerzo por cambiar a este país.

Dentro de las buenas noticias que deja esta jornada electoral, es que existe la capacidad en el país de organizar elecciones en las que se confíe en el resultado de los votos (aunque siempre habrá incrédulos que no puedan tener dicha confianza, porque la religión de muchos es justamente la desconfianza). Y que se sigue dando la alternancia de partidos en el poder, lo cual es, sin duda, necesario para mantener el sistema de pesos y contrapesos del diseño institucional de nuestro país.

jueves, julio 02, 2009

¿Se puede estar más contento?

Fui aceptado en el Servicio Exterior Mexicano. Es una noticia que me llena de alegría y revuelve mis emociones porque implica una larga serie de cambios y decisiones que serán parteaguas para lo que me queda de vida (que Dios, los avances en las ciencias médicas y mis antepasados quieran que sea mucho). El tortuoso proceso para este concurso que ya describí en una entrada previa me había dejado al final del camino con un mal sabor de boca porque consideré que mi desempeño no estuvo a la altura de las circunstancias. Sin embargo, a pesar de mis pesimistas predicciones, decidieron que yo era uno de los que había aprobado la segunda eliminatoria y pasé a la tercera, en la cual únicamente hace falta no regarla feo, para el ingreso definitivo al SEM.

Me cuesta mucho trabajo expresar esta noticia en términos mesurados y con pretensiones de objetividad, porque es un tema que trasciende mis intentos de conducir mi vida racionalmente. La carrera diplomática que voy a empezar ha sido no sólo un curso de acción decidido por motivos de cálculo laboral, sino que ha representado un sueño de vida desde hace muchos años. Tener como mi principal aliciente el servicio público a mi país y a mis conciudadanos es una idea que he construido a lo largo de mi vida y se ha convertido en el faro que quiero seguir desde todos los puertos en los que tenga que navegar. Bajo esta premisa, que mi modus vivendi sea representar los intereses de México y de los mexicanos en el extranjero es la consagración de una vocación que integra muchos elementos reunidos en una mezcla sensacional.

Ahora me siento en la mitad de un largo camino, un trayecto que he venido transitando con pequeños pero muchísimos pasos y que a base de ser tantos lograron traerme al lugar en el que pude ver mi nombre en una lista que me honra profundamente. Pero a la mitad, porque llegar a este lugar no es sino el inicio de una carrera -que no la entiendo de velocidad sino de resistencia- y que también la habré de realizar con base en metódicos pequeños pasos, tal vez intrascendentes si se juzgan individualmente, pero que intentaré sean significativos en sus consecuencias. De tal manera que en conjunto me conduzcan a nuevos lares, en este planeta que por ser redondo tiene horizontes inagotables.

El blog nuevamente será testigo de otra transformación y seguro estoy de que soportará con el mismo resignado estoicismo las palabras de otro Rafa (¿del mismo Rafa?) que publica sus historias con altas dosis de egocentrismo, con la certeza de que cuando escribe todo se vuelve un poco más claro y experimenta una serenidad que no es exactamente lo que le sobra a su alma. Serenidad a la que le tiene que dar muy buenos usos, porque se asoman cambios y decisiones que la volverán un recurso escaso. Pero, bueno, para eso tengo al blog que me la consigue a muy buen precio.

Un abrazo afectuoso a todos (sí, a los cuatro)

Rafa Barceló Durazo

viernes, junio 26, 2009

Así nomás porque sí

"¿Qué necesidad hay, Rafael, de ponerte a escribir en el blog cuando tienes la cabeza en blanco?"
Mi subsconsciente

No, pues, la verdad, ninguna necesidad, pero así hago muchas veces. Empiezo con la mente absolutamente vacía y conforme mis dedos empiezan a teclear palabras (que no ideas) las neuronas empiezan a trabajar con los siguientes posibles resultados: 1) traer a colación alguna memoria o anécdota enterrada en el baúl de los recuerdos, 2) encontrar algún tema de actualidad sobre el cual expresar mi opinión, 3) hallar algún tema de interés que no le interese a nadie más que a mí, 4) acordarme de lo que hice en días recientes que pudiera ser de interés para el apreciable (y que pase los más altos estándares de censura familiar).

Habiendo esto dicho, figúrense ustedes que ahora mis neuronas están trabajando en los cuatro sectores productivos pero no logran hilar nada coherente. Entonces, haré un metanálisis de la situación y explicaré a qué creo que se deba tal circunstancia tan abyecta. Ya lo encontré. Pasa que las vacaciones de mi trabajo se acercan peligrosamente y una parte de mí (exagerada ella) opina que ya me urgen. "Ya me urgen" resuena en mi mente, y la mayor parte de mis neuronas se manifiestan de acuerdo.

No es por presumir (bueno, sí, un poco) ya tengo decidido el primer destino, para el cual ya tengo mi boleto de avión comprado. Se trata de Miami (léase con acento latino Mí-a-mi). Voy con el decidido plan de regresar bronceado, tirándole a prietito-color-de-llanta y de arrasar con las ofertas en los centros comerciales, como si tuviera dinero para hacerlo. Ya llegará el momento en el que publique mi retrato (palabra antigua) con palmeras a mis espaldas y el refulgente Océano Atlántico del Norte (que para mí es sólo una continuación del Caribe, así nada más porque me da la gana).

Como la duración de este viaje no agota mi periodo vacacional, pienso decidir algún otro whereabout para ir a cambiar de aire (no que no me guste el aire contaminado de la ciudad de México, pero siempre es un descanso respirar menos sulfatos, nitratos y virus de gripa de muy diversas cepas). Se aceptan opciones, siempre y cuando sean económicas para estos tiempos de crisis y descapitalización que afectan sinvergüenzamente al mundo (en general) y a mí (en lo particular). De esta manera, mis neuronas están como sin inspiración porque dedican muchas horas de su ocio, consagradas a encontrarme un destino vacacional con mejores aires y que esté bueno, bonito y barato (difícil combinación). Además, por ahí oí que se me quieren declarar en huelga (las neuronas), o ya de perdida en paro técnico, por algunas violaciones a sus Condiciones Generales de Trabajo, pero no estoy yo para células revoltosas, así que no pienso atender ese asunto any time soon.

Y, bueno, con vacaciones en puerta, ambigüedades sobre mi destino (turístico) y cerebro en paro, espero que comprendan que la inteligencia será una característica que no deben buscar en este escrito, pero que lo sepan que yo, sólo por escribir estas sandeces, ya me puse de mejor humor y como hoy es viernes, pienso darle muy buenos usos.