Mi principal práctica gastronómica es muy sencilla: sentarme en un restaurante y pedir algo de la carta. Es, sin duda, mucho más fácil que hacerlo por mi cuenta y así deja un asunto en manos de los que sí saben. Mi segunda práctica gastronómica es que si tengo que preparar una cena, la pida a un restaurante, dejando el asunto en manos de los que saben, pero vaciando todo en mis sartenes para que mis invitados no se percaten de lo listo que soy y elevando mis plegarias al cielo para que me disculpe andar haciendo caravana con sombrero (de chef) ajeno. La tercera práctica gastronómica cuando cocino para mí se resume en "keep it simple", o lo que en buen cristiano viene a ser prohibirme estrictamente sofisticar mis costumbres en la cocina. Freír un huevo, agregar leche al cereal, hervir el agua y agregársela a una sopa plástica para que los camarones plásticos se medio derritan. Ese tipo de cosas.
A pesar de mis sanos hábitos gastronómicos, hay ocasiones en las que se hace necesario cocinar y hay que echar el cuerpo al agua, o sea, a la estufa. La primera vez que me vi compelido a hacerlo coincidió con la primera vez que salí de mi casa para vivir por mi cuenta en un pueblo remoto de las montañas francesas. Abandoné el cómodo nido y un buen día estaba yo en el supermercado preguntándome para qué servían todos esos productos y llenando mi austera despensa de leche, jugo, yogur, cereal y mis huevos, es decir, no mis huevos, sino los de alguna gallina que los había cedido para mí mediando pago para su dueño explotador. En las primeras semanas de mi llegada a Francia me invitaron a un paseo por el campo, en el que un conocido a quien le caí simpático me regaló un champiñón silvestre que recogió ahí, del suelo, sin más ni más. El gesto me pareció muy generoso, así que me propuse cocinar ese hongo de tamaño tan desproporcionado (para los que yo conocía). Lo partí en rodajas transversales para que tuvieran formas simpáticas de hongo feliz, las freí y perdieron su tamaño y mucha agua, se me hicieron nada y perdieron todo aspecto de hongo feliz. Como no me podía comer solamente los miserables pedacitos que quedaron del ex glamouroso hongo, le agregué lo que había en mi refrigerador: huevos. Así que me preparé unos deliciosos huevos con hongos silvestres, que me parecieron lo más cutting-edge que había comido, por el único mérito de haberlo preparado yo.
Conforme fueron pasando las semanas y habiendo hecho un balance de mis salarios y el costo de los restaurantes, empezó a ser evidente que tenía que empezar a cocinarme algo. Luego entonces me decidí a cruzar el umbral que no conoce retorno: aprender a preparar pasta. Todo mucho decía que era muy fácil, así que supuse que ya sería el momento y seguir las instrucciones de una caja de Barilla. No había resuelto qué agregarle, una vez que descubrí para mi sorpresa que efectivamente no era difícil y que tenía frente a mí un montón de graciosos espaguetis al dente, preparados por mí. Recordé unas pláticas recientes que había tenido sobre el asunto y una chica española había dicho que ella cuando era estudiante empezó a preparar pasta a la pimienta. No suena mal el nombre y menos la receta. Sólo había que agregar pimienta. Era todo lo que había que hacer. Y efectivamente fue lo que hice: pasta a la pimienta. Recuerdo que casi lloré de la emoción cuando la probé. Era una delicia, un exquisito manjar de los dioses de alguna mitología que valorara mucho la sencillez. Además, después de eso, me sentí un consagrado de la buena cocina.
Los capítulos de comida preparada por mí se fueron acumulando, aprendí a usar el puré de tomate y potencié mucho mi gastronomía. Luego me vi, todavía en Francia, obligado a preparar tortillas de harina. Eso sí fue todo un reto. La masa se me hacía seca y cuando le echaba más agua se me hacía aguada. Así seguí hasta que tenía una olla llena de masa como para alimentar un regimiento. No fueron muy redondas al principio, más bien tenían forma como de amebas (lo cual quiere decir, en realidad, que no tenían forma).
Y el último episodio de mi muy fugaz carrera como cocinero ya va en preparar salmón. ¡Al horno! ¿Cuándo en mi vida me iba yo a imaginar a mí mismo prendiendo un horno? ¡Cuándo! O agregándole alcaparras que no hace tanto confundía con las alcachofas. Como la primera vez me salió bien, intenté una segunda vez y ahora voy en la tercera. Aunque debo reconocer que todavía sigo prefiriendo ser yo el que lave los platos.
jueves, julio 22, 2010
miércoles, julio 21, 2010
Wet shirt
¿En qué me metí cuando dije que iba a escribir algo diariamente en el blog? Ya no digamos que mi imaginación no da para tanto, porque no se trata de eso, simplemente es que hay días que deberían durar más y, otros, admitámoslo, deberían durar mucho menos. Pero ya entrados en materia, resulta que ayer fue uno de esos días en los que me dije a mí mismo, desde tempranas horas, que debía ir al gimnasio. No es sólo que tenga las rodillas estrábicas, hay razones de mucho peso para autoconvencerme de la necesidad de pisar ese infernal lugar por lo menos dos o tres veces por semana, independientemente del nivel que marque el perezómetro. Esta semana en particular la había iniciado con una flojera monumental para todo lo que fuera físico, mi displicencia atlética no podía ser peor.
No obstante, me decidí a ir al gimnasio. Justo antes de subirme al carro empezó a caer una llovida que debe ser que Dios estuvo reconsiderando un segundo diluvio por todas las sodomías y gomorrías de veinte siglos. Se le ocurrió buen lugar para hacerlo Costa Rica, claro, en fin que aquí ya ni se nota y de la lluvia no ve uno lo duro, sino lo tupido. Hice todo mi trayecto con un tráfico potenciado por razones hídricas. Llegué al gimnasio y del cielo seguía cayendo el agua como si fueran pedazos de escombros de toda la temporada de huracanes. Esperé en el carro un buen rato, pero la paciencia no es una virtud que tenga en mi patrimonio (más bien escaso) de virtudes.
El carro estaba a unos cincuenta metros de la puerta del gimnasio. Consideré retirarme e irme a leer a mi casa, pero ya para esas alturas me dio vergüenza una falta de diligencia de ese tamaño. Entonces decidí, por qué no, correr hasta el gimnasio, servía que así iba calentando y no me mojaba tanto. Claro, a nadie se le olvide que yo soy del desierto, que la lluvia es un conocimiento que no tengo adquirido. Cuando llegué al gimnasio sólo pude ver la cara de asombro de todos mientras contemplaban como iba yo, mojado hasta la ropa interior, con la camisa blanca que ese día llevaba, empapada, que dejaba translúcido todo mi torso, como en un concurso de camisas mojadas, con menos carne, eso sí, de la que normalmente se muestra. Se me podían ver hasta las pecas de la espalda, sólo era cosa de fijarse. El peinado había perdido toda su estructura y más bien semejaba perro recién bañado.
Es que aquí no llueve, aquí caen cubetadas de agua. Y ya para la otra calculo mejor y si está lloviendo así, no daré otro espectáculo de wet shirts (que nadie pidió y tal vez ninguna de las cien personas que me vieron en el gimnasio supo apreciar) y haré lo que todo valiente debe hacer llegado su momento: irse a su casa a ver películas y comer palomitas de maíz.
No obstante, me decidí a ir al gimnasio. Justo antes de subirme al carro empezó a caer una llovida que debe ser que Dios estuvo reconsiderando un segundo diluvio por todas las sodomías y gomorrías de veinte siglos. Se le ocurrió buen lugar para hacerlo Costa Rica, claro, en fin que aquí ya ni se nota y de la lluvia no ve uno lo duro, sino lo tupido. Hice todo mi trayecto con un tráfico potenciado por razones hídricas. Llegué al gimnasio y del cielo seguía cayendo el agua como si fueran pedazos de escombros de toda la temporada de huracanes. Esperé en el carro un buen rato, pero la paciencia no es una virtud que tenga en mi patrimonio (más bien escaso) de virtudes.
El carro estaba a unos cincuenta metros de la puerta del gimnasio. Consideré retirarme e irme a leer a mi casa, pero ya para esas alturas me dio vergüenza una falta de diligencia de ese tamaño. Entonces decidí, por qué no, correr hasta el gimnasio, servía que así iba calentando y no me mojaba tanto. Claro, a nadie se le olvide que yo soy del desierto, que la lluvia es un conocimiento que no tengo adquirido. Cuando llegué al gimnasio sólo pude ver la cara de asombro de todos mientras contemplaban como iba yo, mojado hasta la ropa interior, con la camisa blanca que ese día llevaba, empapada, que dejaba translúcido todo mi torso, como en un concurso de camisas mojadas, con menos carne, eso sí, de la que normalmente se muestra. Se me podían ver hasta las pecas de la espalda, sólo era cosa de fijarse. El peinado había perdido toda su estructura y más bien semejaba perro recién bañado.
Es que aquí no llueve, aquí caen cubetadas de agua. Y ya para la otra calculo mejor y si está lloviendo así, no daré otro espectáculo de wet shirts (que nadie pidió y tal vez ninguna de las cien personas que me vieron en el gimnasio supo apreciar) y haré lo que todo valiente debe hacer llegado su momento: irse a su casa a ver películas y comer palomitas de maíz.
martes, julio 20, 2010
Re-conociendo Sonora
¿Qué hace que uno pueda reconocer su tierra como propia? Como si pudiéramos olerla con los ojos cerrados, como hacen las crías recién nacidas que se mueven hasta encontrar la teta materna. No me queda claro si es un proceso racional o más bien un asunto meramente intuitivo, es decir, que reconocemos a nuestra tierra por el conjunto de pequeños detalles que conocemos de ella (reconocer = conocer dos veces) y que podemos definir o la reconocemos simplemente por instinto. La pregunta tiene rato dándome vueltas en la cabeza y se me ha presentado con la lectura de dos libros de Roberto Bolaño, Los detectives salvajes y 2666.
En ambas novelas el escritor chileno habla de ciudades imaginarias que están en Sonora, en mi tierra. En Los detectives salvajes son más bien lugares casi míticos, Villaviciosa y Santa Teresa, a donde se fue a vivir una desaparecida poeta que creó el movimiento literario de los realvisceralistas. Sólo una pequeña parte del libro pasa realmente en estos lugares imaginarios sonorenses, aunque menciona de refilón muchos otros que sí existen, pueblos pequeños la mayoría, algunos muy cercanos a Huásabas, lugares que conozco y de los cuales escuché hablar toda mi infancia y juventud, no como parte de mi ficción sino como parte de mi realidad. Los detectives salvajes en su gira por Sonora habrían pasado por Huásabas, a un lado, cuando fueron de Los Hoyos a Aribabi. Leer de estos lugares en la pluma de un grande como Bolaño, con sus nombres publicados en ediciones cuidadosas (y caras) de Anagrama era una experiencia un tanto extraña, como si mis nociones de realidad se molestaran de que la ficción quisiera usurparlas. Otras veces, era la incomodidad de no reconocer la imagen que yo tenía de esos lugares en las descripciones que hacía el escritor.
En 2666 la mayor parte de la novela pasa en la ciudad imaginaria de Santa Teresa, que se supone está en la frontera entre Sonora y Arizona. Por esta razón, yo buscaba mi tierra en la novela y nunca la encontré. Cuando digo mi tierra, no me refiero a un lugar real, sino a la imagen que uno tiene de ella, a todos esos elementos que hacen que uno sienta que pertenece ahí, donde te identificas con el aspecto de la gente, con su vocabulario, con la manera de ser de todo y de todos. No sé si Bolaño pisó alguna vez en su vida Sonora, muy seguramente no y si lo hizo fue sin duda superficialmente. Lo que es claro para mí que soy de ahí, es que no la capta ni poquito. No capta su especificidad y la confunde con sus nociones generales de lo mexicano aprendidas en la ciudad de México y por extensión se las atribuye a un lugar, aderezándolas con las nociones estereotipadas y melancólicas de la frontera mexicano-estadounidense. Por ahí menciona el bacanora o gente que calza botas, habla de la carretera a Hermosillo, a Nogales, a Ures, del polvo, de los atardeceres de colores del desierto, pero nada más, casi nada de lo que yo reconocería casi olfativamente como sonorense. Como pude reconocer muchas en el libro de Arturo Pérez-Reverte, La reina del Sur, quien sí estuvo en Sonora y mayormente en Sinaloa, logrando captar con mucha precisión rasgos particulares del Noroeste de México y de la contracultura (¿cultura a secas?) relacionada con el narco.
A mi juicio, Bolaño escogió Sonora porque en su mente ahí se acababa Latinoamérica, porque en un sentido, ahí se acababa todo. Una especie de frontera entre lo real y lo fantasmal. Aunque sitúa Santa Teresa en Sonora y menciona cantidad de lugares reales del estado, no conoció esa mi tierra ni intentó hacerlo, quizás no sintió que tenía porqué. Pudo haber dicho Chihuahua, Coahuila, tal vez Oklahoma, era su ficción y era su decisión escoger Tangamandapio o Atacama. Fición al fin, nadie tiene qué reclamarle. No me hace pensar menos de él como escritor, sólo me ha dejado con esa pregunta. ¿En qué reconozco yo a Sonora? ¿En el aroma a carne asada, en que al decir tacos esto signifique automáticamente "tacos de carne asada", en que la tortilla sea de harina (de trigo) y no de maíz? O tal vez en que la gente hable gritando o en su gusto por el beisbol. En que la otredad sea cualquier cosa que esté al sur de Estación Don. No lo sé, me inclino más bien a creer que la reconocería también con el olfato, no con el intelecto, cuando pueda oler a mi propia familia, a mis amigos, al taquero, a la señora que hace tortillas sobaqueras, en vez de los seres grises, como empolvados, como de ficción, a los que ya se les acabó el alma, como son los que leo en Bolaño. Que huelen, pero cuya aroma no reconozco como propia.
En ambas novelas el escritor chileno habla de ciudades imaginarias que están en Sonora, en mi tierra. En Los detectives salvajes son más bien lugares casi míticos, Villaviciosa y Santa Teresa, a donde se fue a vivir una desaparecida poeta que creó el movimiento literario de los realvisceralistas. Sólo una pequeña parte del libro pasa realmente en estos lugares imaginarios sonorenses, aunque menciona de refilón muchos otros que sí existen, pueblos pequeños la mayoría, algunos muy cercanos a Huásabas, lugares que conozco y de los cuales escuché hablar toda mi infancia y juventud, no como parte de mi ficción sino como parte de mi realidad. Los detectives salvajes en su gira por Sonora habrían pasado por Huásabas, a un lado, cuando fueron de Los Hoyos a Aribabi. Leer de estos lugares en la pluma de un grande como Bolaño, con sus nombres publicados en ediciones cuidadosas (y caras) de Anagrama era una experiencia un tanto extraña, como si mis nociones de realidad se molestaran de que la ficción quisiera usurparlas. Otras veces, era la incomodidad de no reconocer la imagen que yo tenía de esos lugares en las descripciones que hacía el escritor.
En 2666 la mayor parte de la novela pasa en la ciudad imaginaria de Santa Teresa, que se supone está en la frontera entre Sonora y Arizona. Por esta razón, yo buscaba mi tierra en la novela y nunca la encontré. Cuando digo mi tierra, no me refiero a un lugar real, sino a la imagen que uno tiene de ella, a todos esos elementos que hacen que uno sienta que pertenece ahí, donde te identificas con el aspecto de la gente, con su vocabulario, con la manera de ser de todo y de todos. No sé si Bolaño pisó alguna vez en su vida Sonora, muy seguramente no y si lo hizo fue sin duda superficialmente. Lo que es claro para mí que soy de ahí, es que no la capta ni poquito. No capta su especificidad y la confunde con sus nociones generales de lo mexicano aprendidas en la ciudad de México y por extensión se las atribuye a un lugar, aderezándolas con las nociones estereotipadas y melancólicas de la frontera mexicano-estadounidense. Por ahí menciona el bacanora o gente que calza botas, habla de la carretera a Hermosillo, a Nogales, a Ures, del polvo, de los atardeceres de colores del desierto, pero nada más, casi nada de lo que yo reconocería casi olfativamente como sonorense. Como pude reconocer muchas en el libro de Arturo Pérez-Reverte, La reina del Sur, quien sí estuvo en Sonora y mayormente en Sinaloa, logrando captar con mucha precisión rasgos particulares del Noroeste de México y de la contracultura (¿cultura a secas?) relacionada con el narco.
A mi juicio, Bolaño escogió Sonora porque en su mente ahí se acababa Latinoamérica, porque en un sentido, ahí se acababa todo. Una especie de frontera entre lo real y lo fantasmal. Aunque sitúa Santa Teresa en Sonora y menciona cantidad de lugares reales del estado, no conoció esa mi tierra ni intentó hacerlo, quizás no sintió que tenía porqué. Pudo haber dicho Chihuahua, Coahuila, tal vez Oklahoma, era su ficción y era su decisión escoger Tangamandapio o Atacama. Fición al fin, nadie tiene qué reclamarle. No me hace pensar menos de él como escritor, sólo me ha dejado con esa pregunta. ¿En qué reconozco yo a Sonora? ¿En el aroma a carne asada, en que al decir tacos esto signifique automáticamente "tacos de carne asada", en que la tortilla sea de harina (de trigo) y no de maíz? O tal vez en que la gente hable gritando o en su gusto por el beisbol. En que la otredad sea cualquier cosa que esté al sur de Estación Don. No lo sé, me inclino más bien a creer que la reconocería también con el olfato, no con el intelecto, cuando pueda oler a mi propia familia, a mis amigos, al taquero, a la señora que hace tortillas sobaqueras, en vez de los seres grises, como empolvados, como de ficción, a los que ya se les acabó el alma, como son los que leo en Bolaño. Que huelen, pero cuya aroma no reconozco como propia.
lunes, julio 19, 2010
Clandestinidad en horas hábiles
Ante la pregunta común de qué hacemos en las embajadas, yo suelo contestar que somos el cajón del sastre, venido a más con la etiqueta "diplomático" que se supone le confiere dignidad al encargo. Hoy, por ejemplo, acabo de llegar de pagar una cuenta de hotel, como parte de mi encargo diplomático. No fui yo quien se hospedó en ningún lado, sino que se trató de unos impuestos no cobrados en su momento, pero de igual forma debidos, que hubo que solucionar con mis "buenos oficios", sólo por decirlo bonito. No voy a abundar en los detalles logísticos de la gestión, porque yo cuando empiezo a escuchar a los contadores explicar las razones de un pago, pongo el cerebro en stand by y me programo la cancioncita de los carruseles - ésa de tin tin tiririn tin tirín tin tirirín ad infinitum -, cuando veo que ya terminó la explicación o que ya es educado interrumpir pregunto, o bien, cuánto le debo, o bien, cuánto me deben, pongo atención a la cantidad y listo. Hoy no fue la excepción, la contadora del hotel me empezó a hacer un tanto largo el cuento, puse la canción del carrusel y luego le dije cuánto le debo. Ella me explicó otras tantas cosas de la contabilidad del hotel que tampoco entendí, excepto la parte de "acompáñeme al casino para que haga ahí el pago". Yo pensé "ah qué caray", como hago casi siempre que me sorprenden, y me dirigí junto a la contadora al casino.
Resulta que en México por alguna razón que tampoco he podido nunca entender los casinos no están permitidos y sólo hace poco empezaron a crearse algunos pero con algunos eufemismos idiotas como salas de juego o algo así. En fin, cada país tiene sus manifestaciones de puritanismo y en México se nos manifestó en considerar a los casinos lugares de vicio, no aptos para una sociedad trabajadora y honesta. El asunto es que por haber estado prohibidos en mi país, mi esquema mental hace que yo los vea como algo clandestino, me los imagine borrosos, humeantes y los relacione con Al Capone o figuras de similar reputación. La idea de ir a hacer el pago al casino en horas hábiles, he de confesar, me puso un tanto nervioso, ya me imaginaba mi foto en un expediente de alguna Contraloría con un puro en la boca y fajos de billete perdidos a las apuestas en un lunes cualquiera a las tres de la tarde. Sin embargo, no pensaba discutir con la contadora un tema de pagos, que obviamente es su campo de batalla y en el que yo tenía todas las de perder.
Van a decir que invento, pero lo primero que vi al entrar al casino, tenuemente iluminado como era de esperarse, fue un hombre con un ojo nublado. No es por contribuir al realismo mágico latinoamericano, pero juro por Dios que el primer tipo con el que me encontré estaba sentado en una mesa de ruleta y tenía un ojo más borrado que una nube. El otro ojo con el que me dirigió una mirada más bien furtiva era perfectamente normal. Yo nada más seguía a la contadora, tratando de contener mi asombro de ver que aquello estaba repleto en un lunes cualquiera a las tres de la tarde. En una mesa de una esquina un grupo de chinos jugaban algo con cartas, probablemente Blackjack. Obviamente supuse que se trataba de un peligroso brazo de una mafia china inmisericorde. Claro, tal vez fuera simplemente un grupo de chinos en la juerga, o costarricenses de origen chino con un trabajo perfectamente decente. Pero eso no lo pensé, hasta ahora que lo escribo.
Hice mi transacción en una pequeña oficina llena de contadores, donde seguramente el trabajo es tan aburrido como en cualquier otra de tipo similar, pero también pensé que por ahí pasarían a lavar su dinero criminales consumados. Al salir, vi a algunas señoritas de tacones más altos y faldas más cortas que el promedio, que me hicieron pensar en el lucrativo negocio de las carnes, la trata de blancas (o morenas, que para el caso es lo mismo) y el turismo sexual. Salí de ahí invocando el nombre de la mitad de los integrantes de la corte celestial y listo para unirme a la vela perpetua, porque una cosa es la clandestinidad así nomás a secas, pero otra, muy diferente, es la clandestinidad en horas hábiles. Un espanto.
Resulta que en México por alguna razón que tampoco he podido nunca entender los casinos no están permitidos y sólo hace poco empezaron a crearse algunos pero con algunos eufemismos idiotas como salas de juego o algo así. En fin, cada país tiene sus manifestaciones de puritanismo y en México se nos manifestó en considerar a los casinos lugares de vicio, no aptos para una sociedad trabajadora y honesta. El asunto es que por haber estado prohibidos en mi país, mi esquema mental hace que yo los vea como algo clandestino, me los imagine borrosos, humeantes y los relacione con Al Capone o figuras de similar reputación. La idea de ir a hacer el pago al casino en horas hábiles, he de confesar, me puso un tanto nervioso, ya me imaginaba mi foto en un expediente de alguna Contraloría con un puro en la boca y fajos de billete perdidos a las apuestas en un lunes cualquiera a las tres de la tarde. Sin embargo, no pensaba discutir con la contadora un tema de pagos, que obviamente es su campo de batalla y en el que yo tenía todas las de perder.
Van a decir que invento, pero lo primero que vi al entrar al casino, tenuemente iluminado como era de esperarse, fue un hombre con un ojo nublado. No es por contribuir al realismo mágico latinoamericano, pero juro por Dios que el primer tipo con el que me encontré estaba sentado en una mesa de ruleta y tenía un ojo más borrado que una nube. El otro ojo con el que me dirigió una mirada más bien furtiva era perfectamente normal. Yo nada más seguía a la contadora, tratando de contener mi asombro de ver que aquello estaba repleto en un lunes cualquiera a las tres de la tarde. En una mesa de una esquina un grupo de chinos jugaban algo con cartas, probablemente Blackjack. Obviamente supuse que se trataba de un peligroso brazo de una mafia china inmisericorde. Claro, tal vez fuera simplemente un grupo de chinos en la juerga, o costarricenses de origen chino con un trabajo perfectamente decente. Pero eso no lo pensé, hasta ahora que lo escribo.
Hice mi transacción en una pequeña oficina llena de contadores, donde seguramente el trabajo es tan aburrido como en cualquier otra de tipo similar, pero también pensé que por ahí pasarían a lavar su dinero criminales consumados. Al salir, vi a algunas señoritas de tacones más altos y faldas más cortas que el promedio, que me hicieron pensar en el lucrativo negocio de las carnes, la trata de blancas (o morenas, que para el caso es lo mismo) y el turismo sexual. Salí de ahí invocando el nombre de la mitad de los integrantes de la corte celestial y listo para unirme a la vela perpetua, porque una cosa es la clandestinidad así nomás a secas, pero otra, muy diferente, es la clandestinidad en horas hábiles. Un espanto.
sábado, julio 17, 2010
De lo cursi y otras fruslerías
"Si pudiera bajarte una estrella del cielo, lo haría sin pensarlo dos veces porque te quiero, ay, y hasta un lucero"
La frase que transcribo con propósitos estrictamente no lucrativos, es de una canción de reciente factura interpretada por Enrique Iglesias y Juan Luis Guerra. Como puede intuirse, es uno de esos éxitos comerciales que suenan en todos lados por un tiempo con tonada pegajosa. Tiene lo meloso del primer cantante con lo sabroso-tropical del segundo. No quiero, eso sí, que parezca que estoy juzgándola con desprecio o complejo de superioridad cultural o estética. No, qué va, por lo contrario, vengo ante ustedes para confesar uno de mis gustos culposos, mis guilty pleasures para agregar un toque esnob al comentario. La semana pasada oí esta canción por enésima vez en la radio y me decidí a comprarla. Entré a iTunes Store y por sólo 12 pesos mexicanos en quince segundos estaba meneando las caderas a ritmo de Enrique Iglesias y Juan Luis Guerra.
Hoy la escuché otra vez y cuando puse atención a la letra, me encontré con una fruslería del tamaño de "si pudiera bajarte una estrella del cielo, lo haría sin pensarlo dos veces". Lo primero que pensé es si este hijo de Julio Iglesias será pre Galileo y no ha tenido la fortuna de enterarse de que las estrellas son más bien esferas calientisimísimas de tamaños pornográficos, casi imposibles de dimensionamiento humano y no joyas brillantes adheridas en una bóveda celeste. Porque si no se ha enterado podríamos recriminarle su supina ignorancia, pero si ya lo supiera sería aún peor porque le estuviera diciendo a su probable amada que le encantaría bajarle un objeto astronómico a millones de grados centígrados con la única probable consecuencia de dejarla reducida a cenizas, junto al resto de la infame humanidad. Además, agrega el hijo de la gran Presley, que lo haría sin pensarlo dos veces. Ahí, el tipo no sólo está confesando sus asesinas intenciones, sino que casi se podría decir que está haciendo apología de un delito de lesa humanidad.
La razón de tal ocurrencia la explica él mismo con las siguientes palabras: "porque te quiero", que aderezó con una interjección poco creíble, "ay", que creo era porque le sobraban notas a la canción o le faltaban sílabas al verso, que es lo mismo. Y todavía se explaya, el muchacho, y así como un toque más de amor infernal o de ignorancia extrema agrega "o hasta un lucero". Otro manifestación de ignorancia extrema. Siendo el lucero otro planeta del Sistema Solar que por lo menos no hierve a la misma temperatura que las estrellas, ni es tan grande, ni está a distancias tan horrorosas, no debería decir "o hasta un lucero" sino "o ya de perdida un lucero".
El caso es que el debido análisis de la letra de esta canción que a simple vista se presenta como simplemente cursi, nos lleva a la conclusión de que estamos enfrentados ante un dilema: o Enrique Iglesias ignora todos los avances que han hecho la astronomía y otras ciencias naturales durante los pasados cuatro siglos o su intención es carbonizar a su amada y llevarse entre las patas a todos sus coetáneos del planeta Tierra. Claro, agrega el típico enunciado contrafáctico "si él pudiera", lo cual todos sabemos que, para nuestra fortuna, no es el caso.
En otras ocasiones, ya he confesado que mis placeres culposos son tantos que difícilmente puedo llamarlos así, simplemente se podría decir que tengo mal gusto. Efectivamente, esa es la razón principal y mi respuesta es y será siendo un altivo "¿Y qué, y qué, y qué?" Pero concediéndoseme que mi gusto por algunas manifestaciones de la cultura pop (por llamarla de alguna manera más favorecedora) son guilty pleasures, no se puede dejar de admitir que grandes pensamientos críticos pueden emerger, si se les otorga el suficiente cuidado, hasta de las letras de las canciones pegajosas de la radio.
La frase que transcribo con propósitos estrictamente no lucrativos, es de una canción de reciente factura interpretada por Enrique Iglesias y Juan Luis Guerra. Como puede intuirse, es uno de esos éxitos comerciales que suenan en todos lados por un tiempo con tonada pegajosa. Tiene lo meloso del primer cantante con lo sabroso-tropical del segundo. No quiero, eso sí, que parezca que estoy juzgándola con desprecio o complejo de superioridad cultural o estética. No, qué va, por lo contrario, vengo ante ustedes para confesar uno de mis gustos culposos, mis guilty pleasures para agregar un toque esnob al comentario. La semana pasada oí esta canción por enésima vez en la radio y me decidí a comprarla. Entré a iTunes Store y por sólo 12 pesos mexicanos en quince segundos estaba meneando las caderas a ritmo de Enrique Iglesias y Juan Luis Guerra.
Hoy la escuché otra vez y cuando puse atención a la letra, me encontré con una fruslería del tamaño de "si pudiera bajarte una estrella del cielo, lo haría sin pensarlo dos veces". Lo primero que pensé es si este hijo de Julio Iglesias será pre Galileo y no ha tenido la fortuna de enterarse de que las estrellas son más bien esferas calientisimísimas de tamaños pornográficos, casi imposibles de dimensionamiento humano y no joyas brillantes adheridas en una bóveda celeste. Porque si no se ha enterado podríamos recriminarle su supina ignorancia, pero si ya lo supiera sería aún peor porque le estuviera diciendo a su probable amada que le encantaría bajarle un objeto astronómico a millones de grados centígrados con la única probable consecuencia de dejarla reducida a cenizas, junto al resto de la infame humanidad. Además, agrega el hijo de la gran Presley, que lo haría sin pensarlo dos veces. Ahí, el tipo no sólo está confesando sus asesinas intenciones, sino que casi se podría decir que está haciendo apología de un delito de lesa humanidad.
La razón de tal ocurrencia la explica él mismo con las siguientes palabras: "porque te quiero", que aderezó con una interjección poco creíble, "ay", que creo era porque le sobraban notas a la canción o le faltaban sílabas al verso, que es lo mismo. Y todavía se explaya, el muchacho, y así como un toque más de amor infernal o de ignorancia extrema agrega "o hasta un lucero". Otro manifestación de ignorancia extrema. Siendo el lucero otro planeta del Sistema Solar que por lo menos no hierve a la misma temperatura que las estrellas, ni es tan grande, ni está a distancias tan horrorosas, no debería decir "o hasta un lucero" sino "o ya de perdida un lucero".
El caso es que el debido análisis de la letra de esta canción que a simple vista se presenta como simplemente cursi, nos lleva a la conclusión de que estamos enfrentados ante un dilema: o Enrique Iglesias ignora todos los avances que han hecho la astronomía y otras ciencias naturales durante los pasados cuatro siglos o su intención es carbonizar a su amada y llevarse entre las patas a todos sus coetáneos del planeta Tierra. Claro, agrega el típico enunciado contrafáctico "si él pudiera", lo cual todos sabemos que, para nuestra fortuna, no es el caso.
En otras ocasiones, ya he confesado que mis placeres culposos son tantos que difícilmente puedo llamarlos así, simplemente se podría decir que tengo mal gusto. Efectivamente, esa es la razón principal y mi respuesta es y será siendo un altivo "¿Y qué, y qué, y qué?" Pero concediéndoseme que mi gusto por algunas manifestaciones de la cultura pop (por llamarla de alguna manera más favorecedora) son guilty pleasures, no se puede dejar de admitir que grandes pensamientos críticos pueden emerger, si se les otorga el suficiente cuidado, hasta de las letras de las canciones pegajosas de la radio.
viernes, julio 16, 2010
Lecciones de prudencia británica
Trascendió ayer en la prensa (me encanta decir trascendió) que los de British Petroleum finalmente habían podido clausurar la fuga de "petroleum" que tiene tres meses inundando el Golfo de México, pintando de chocolate a los pelícanos de la zona. También dijeron que había que ser prudentes, a lo cual yo pensé: "ay Dios mío, el burro hablando de orejas". Se referían, claro, a que no había que echar las campanas al vuelo de alegría porque (esto no lo dijeron, sino que yo pongo palabras en su boca ante la omisión expresa) el tapón pronto se nos descorcha, sale flotando en alguna playa de Florida y el petroleum británicum seguirá fluyendo un rato más porque todavía quedan quince pelícanos que no se han embarrado y están esperando poder salir en las fotos.
La verdad es que, de momento, no están los de BP para pedirle prudencia a nadie. Deberían cuidar más ese fraseo, porque si alguien ha pecado de imprudente este año son ellos (además de Evo Morales con lo de las hormonas en los pollos que causan homosexualidad, Hugo Chávez con su abundantísima batea de babas, los norcoreanos hundiendo a punta de misilazos a sus casi compatriotas del sur, el ejército israelita haciendo lo propio contra activistas turcos... bueno, la lista es larga). Digo que la prudencia es una virtud de la que han carecido, porque no es prudente derramar esas cantidades de crudo ni de cocido en ningún lado. Sin contar que tampoco han sido prudentes las declaraciones del tipo que dirige BP, ni prudente es considerar imprudente la esperanza de que de una vez por todas cierren esa maldita fuga y empiecen en serio con el control de daños.
La verdad es que, de momento, no están los de BP para pedirle prudencia a nadie. Deberían cuidar más ese fraseo, porque si alguien ha pecado de imprudente este año son ellos (además de Evo Morales con lo de las hormonas en los pollos que causan homosexualidad, Hugo Chávez con su abundantísima batea de babas, los norcoreanos hundiendo a punta de misilazos a sus casi compatriotas del sur, el ejército israelita haciendo lo propio contra activistas turcos... bueno, la lista es larga). Digo que la prudencia es una virtud de la que han carecido, porque no es prudente derramar esas cantidades de crudo ni de cocido en ningún lado. Sin contar que tampoco han sido prudentes las declaraciones del tipo que dirige BP, ni prudente es considerar imprudente la esperanza de que de una vez por todas cierren esa maldita fuga y empiecen en serio con el control de daños.
jueves, julio 15, 2010
Propósitos de mediados de año
Por algún motivo completamente ajeno al cambio de año - única razón socialmente legitimada para hacerse propósitos así nomás porque sí - hoy me propuse proponerme un propósito (sí, con toda la cacofonía y redundancia que el enunciado encierra). Me decidí a publicar diariamente algo en el blog. "Publicar" tal vez sea una palabra muy grandilocuente, porque implica hacer público algo y esa connotación rebasa los límites y alcances de mi propósito. Escribir diariamente algo, sería más preciso. La decisión no fue tomada así nomás a la ligera como a veces hago cuando decido, sino que me cuestioné a mí mismo la conveniencia de una medida por un lado quijotesca, de un idealismo que supera las naturales limitaciones de mi imaginación, y por otro lado dantesca, por lo infernal que resulta la masificación de la palabra escrita. Sin mencionar que a veces del cerebro no me sale absolutamente nada por más que puje (en obvia analogía escatológica en cuyos detalles no pienso abundar). Pero el otro Rafa, personificado en ese angelito (más bien diablito, el picarón) que me susurra cosas a la conciencia me dijo rotundamente "Ahí está el detalle". Creo que lo que quiso decir fue "ahí está el reto" pero usó la cita de Cantinflas para darle un realce más cómico a la ocasión, lo cual no logró.
Entre las consideraciones que tengo que resolver están:
1) ¿Va a tener la publicación diaria un estilo definido? ¿Va a tener este carajo blog, por primera vez en su vida, un estilo? La pregunta va en el sentido de si el blog va tener, por así decirlo, una manera de ser. Si va a tratar el tema del día, si hará crónica social, si va a ser un blog de análisis político (Dios nos guarde). No, la respuesta es naturalmente que no, que yo nunca he sido un bloguero consistente y es esa inconsistencia lo único que podrá caracterizarme. Escribiré lo que se me ocurra en el momento de dar clic a "Nueva entrada" (tómenlo como amenaza).
2) ¿Las entradas van a ser más cortas? Sí, aunque no lo parezca, el que esto escribe (eufemismo del peor gusto para sustituir el pronombre personal "yo" que, además, ni siquiera es imprescindible en español cuando aparece junto a un verbo conjugado), decía que, aunque no lo parezca, el que esto escribe es un amante de la brevedad y la considera una virtud. Trataré por todos los medios de contener la verborrea (enfermedad altamente peligrosa para el bienestar del alma) y hacer entraditas más cortas, usando el símil de la palabra "entrada" con la hermosa costumbre de los restaurantes de llamar así lo que te dan para estimular el apetito y no para acabar con él.
3) ¿Voy a ser cuidadoso con la edición, o sea, no cometeré errores ortográficos, de puntuación o simplemente de dedo? Sí a las dos preguntas. Sí seré cuidadoso, pero Dios sabe que no me dotó con ojos muy quisquillosos para la autocrítica, así que, a pesar de intentar no incurrir en todos estos errores, la verdad es que sé que sí los cometeré y se acentuará su aparición por aumentar la frecuencia con la que escribo.
Habiendo analizado parte por parte los elementos de mi propósito, se los dejo a su consideración, haciendo la recomendación que la Ley de Medios y Publicidad me exige (debe leerse de manera rápída e imitando voz grave de locutor de radio):
Esta actividad puede ser peligrosa. No intente repetirla en casa si no está bajo la supervisión de un adulto.
Entre las consideraciones que tengo que resolver están:
1) ¿Va a tener la publicación diaria un estilo definido? ¿Va a tener este carajo blog, por primera vez en su vida, un estilo? La pregunta va en el sentido de si el blog va tener, por así decirlo, una manera de ser. Si va a tratar el tema del día, si hará crónica social, si va a ser un blog de análisis político (Dios nos guarde). No, la respuesta es naturalmente que no, que yo nunca he sido un bloguero consistente y es esa inconsistencia lo único que podrá caracterizarme. Escribiré lo que se me ocurra en el momento de dar clic a "Nueva entrada" (tómenlo como amenaza).
2) ¿Las entradas van a ser más cortas? Sí, aunque no lo parezca, el que esto escribe (eufemismo del peor gusto para sustituir el pronombre personal "yo" que, además, ni siquiera es imprescindible en español cuando aparece junto a un verbo conjugado), decía que, aunque no lo parezca, el que esto escribe es un amante de la brevedad y la considera una virtud. Trataré por todos los medios de contener la verborrea (enfermedad altamente peligrosa para el bienestar del alma) y hacer entraditas más cortas, usando el símil de la palabra "entrada" con la hermosa costumbre de los restaurantes de llamar así lo que te dan para estimular el apetito y no para acabar con él.
3) ¿Voy a ser cuidadoso con la edición, o sea, no cometeré errores ortográficos, de puntuación o simplemente de dedo? Sí a las dos preguntas. Sí seré cuidadoso, pero Dios sabe que no me dotó con ojos muy quisquillosos para la autocrítica, así que, a pesar de intentar no incurrir en todos estos errores, la verdad es que sé que sí los cometeré y se acentuará su aparición por aumentar la frecuencia con la que escribo.
Habiendo analizado parte por parte los elementos de mi propósito, se los dejo a su consideración, haciendo la recomendación que la Ley de Medios y Publicidad me exige (debe leerse de manera rápída e imitando voz grave de locutor de radio):
Esta actividad puede ser peligrosa. No intente repetirla en casa si no está bajo la supervisión de un adulto.
martes, julio 13, 2010
Nuevas fobias
Intenté escribir algo y me venció el miedo. Un miedo irracional y no justificado. Tuve miedo de que lo que escribiera fuera demasiado malo. Malo inclusive para mí. Ahí me detuve. Se me congelaron las articulaciones de las falanges, falanginas y falangetas con las que escribo a velocidades muy convenientes. Pero, sobre todo, se me congelaron las ideas nonatas en el cerebro. Me está haciendo daño leer, pensé. Debería retomar lecturas más ligeras, pensé, como Condorito. No, pensé, mejor aquí le paro porque me resulta cacofónico repetir, como lo hice, tres veces "pensé" (y ya van cuatro, pensé, ¡joder! Ahora van cinco).
jueves, julio 01, 2010
Cosas que quiero hacer y no he hecho
Si alguien vio la película The Bucket List va a pensar "ah que Rafa tan pirata". Pero ¿y qué, y qué, y qué? La idea de hacer una lista sobre las cosas que uno quiere hacer y que no ha hecho me la trajo a la memoria Olga, una de mis mejores amigas y que se ha convertido hace un tiempo al bloguerismo. Es, además, un excelente escape de la imaginación para regodearse con lo que vulgarmente se conoce como "soñar despierto" y, por otra parte, escribirlas sella una especie de compromiso con uno mismo que te amarra a tu obligación de no andar perdiendo el tiempo, ni dejando ir la vida así nomás como así. Y es que no hay derecho, no somos Matusalén y no vamos a durar 900 años sobre la faz de la tierra. Ni va a pasar, por más que algunos imprudentes seguramente lo desean, lo que Saramago escribió en Las intermitencias de la muerte, en que en un país determinado la gente dejó de morirse. ¡Dios nos guarde!
Así que mejor empiezo, porque yo es que tomo una digresión y me voy yendo hasta que termino por hartar a los que esperaban encontrar algo de sustancia en mis conversaciones:
1. Tener un gato. Tal vez se llame Misifú o Juansintierra, pero es un animal que me gusta mucho. Lo malo es que creo que aún no estoy listo para la paternidad gatuna porque la sección de alimentos para animales del supermercado me da como asquito y pensar qué voy a hacer con la mascota cuando salga de viaje me provoca harta pereza.
2. Irme a vivir un tiempo a la Provenza francesa y otro tanto a la Toscana italiana. En la primera me gustaría irme a la pizca de la lavanda así por más que sude en mis labores agrícolas seguiré oliendo a tienda de productos aromáticos. En la segunda, me gustaría dedicarme a la pizca de la aceituna y tragar cantidades industriales de aceite de oliva artesanal. Como verán, no escogí estas regiones por el puro glamour, sino por combinar (y convinar) éste con mis aspiraciones netamente campesinas.
3. Retirarme en Huásabas a la vida contemplativa, a leer y a escribir. Es un poco complicado querer retirarse cuando la vida laboral apenas ha comenzado y la tendencia es a ir aumentando la edad de jubilación hasta los confines de la esperanza de vida pero, bueno, hay que ir pensando en el futuro por aquello de que sea cierto que la vida se va en un abrir y cerrar de ojos, no vaya a pasar que en un par de pestañeadas se llegue la hora y nos pille desprevenidos y tenga que andar rondando las oficinas protestando para que no me jubilen.
4. Conocer Estambul y quedarme ahí un par de semanas. Ok, los planes empiezan a hacerse razonables.
5. Escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Mmmmhhh... creo que eso ya lo había dicho alguien más. Y ahora que lo pienso, aunque mis dos hermanos se disputan conmigo haber plantado el olmo (que en realidad es fresno) que está en el patio de la casa, yo sigo sosteniendo que fui yo el que lo plantó. Por lo menos, fui yo quien lo llevé a la casa, porque he de conceder que nunca fui muy bueno para los trabajos manuales. Lo de escribir un libro puede ser remplazado por un blog, que requiere menos trabajo concienzudo de edición pero que suma muchas horas sentado frente al teclado, por lo que no se le debe restar ningún mérito. Un hijo, ¡caray! También me da cosita la sección de alimentos para bebé del supermercado y, muy especialmente, la de pañales.
6. Estudiar algo más. No sé si otra maestría o un doctorado, tal vez solo una especialidad pero poner a trabajar a este cerebro con rigor académico aceptable.
7. Hacer servicio comunitario (de preferencia voluntario y no ordenado por algún juez como castigo por mis actos).
8. Aprender a cantar. Urrrrrge. O si no, por lo menos, tomar clases de canto, que no es lo mismo ni es igual.
9. Subir de peso y enderezarme las rodillas genéticamente deformes. Añadido muy recientemente.
10. Ir a una fiesta de disfraces, vestido con un disfraz de verdad y no con uno que haya que echarle imaginación para entenderlo.
Aquí le paro, porque si pongo muchas cosas me abrumo, empiezo a hacer cuentas y no me salen.
Así que mejor empiezo, porque yo es que tomo una digresión y me voy yendo hasta que termino por hartar a los que esperaban encontrar algo de sustancia en mis conversaciones:
1. Tener un gato. Tal vez se llame Misifú o Juansintierra, pero es un animal que me gusta mucho. Lo malo es que creo que aún no estoy listo para la paternidad gatuna porque la sección de alimentos para animales del supermercado me da como asquito y pensar qué voy a hacer con la mascota cuando salga de viaje me provoca harta pereza.
2. Irme a vivir un tiempo a la Provenza francesa y otro tanto a la Toscana italiana. En la primera me gustaría irme a la pizca de la lavanda así por más que sude en mis labores agrícolas seguiré oliendo a tienda de productos aromáticos. En la segunda, me gustaría dedicarme a la pizca de la aceituna y tragar cantidades industriales de aceite de oliva artesanal. Como verán, no escogí estas regiones por el puro glamour, sino por combinar (y convinar) éste con mis aspiraciones netamente campesinas.
3. Retirarme en Huásabas a la vida contemplativa, a leer y a escribir. Es un poco complicado querer retirarse cuando la vida laboral apenas ha comenzado y la tendencia es a ir aumentando la edad de jubilación hasta los confines de la esperanza de vida pero, bueno, hay que ir pensando en el futuro por aquello de que sea cierto que la vida se va en un abrir y cerrar de ojos, no vaya a pasar que en un par de pestañeadas se llegue la hora y nos pille desprevenidos y tenga que andar rondando las oficinas protestando para que no me jubilen.
4. Conocer Estambul y quedarme ahí un par de semanas. Ok, los planes empiezan a hacerse razonables.
5. Escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Mmmmhhh... creo que eso ya lo había dicho alguien más. Y ahora que lo pienso, aunque mis dos hermanos se disputan conmigo haber plantado el olmo (que en realidad es fresno) que está en el patio de la casa, yo sigo sosteniendo que fui yo el que lo plantó. Por lo menos, fui yo quien lo llevé a la casa, porque he de conceder que nunca fui muy bueno para los trabajos manuales. Lo de escribir un libro puede ser remplazado por un blog, que requiere menos trabajo concienzudo de edición pero que suma muchas horas sentado frente al teclado, por lo que no se le debe restar ningún mérito. Un hijo, ¡caray! También me da cosita la sección de alimentos para bebé del supermercado y, muy especialmente, la de pañales.
6. Estudiar algo más. No sé si otra maestría o un doctorado, tal vez solo una especialidad pero poner a trabajar a este cerebro con rigor académico aceptable.
7. Hacer servicio comunitario (de preferencia voluntario y no ordenado por algún juez como castigo por mis actos).
8. Aprender a cantar. Urrrrrge. O si no, por lo menos, tomar clases de canto, que no es lo mismo ni es igual.
9. Subir de peso y enderezarme las rodillas genéticamente deformes. Añadido muy recientemente.
10. Ir a una fiesta de disfraces, vestido con un disfraz de verdad y no con uno que haya que echarle imaginación para entenderlo.
Aquí le paro, porque si pongo muchas cosas me abrumo, empiezo a hacer cuentas y no me salen.
jueves, junio 24, 2010
Mi vida en Huásabas, capítulo 14
Hoy es 24 de junio y eso lo convierte en el día de San Juan, el solsticio de verano en el hemisferio norte. Una fiesta muy popular en el mundo católico y celebrada de distintas maneras en algunos países y regiones. Queda exactamente en las antípodas calendáricas de la navidad. Si ésta es fría, San Juan es caluroso. Si ésta es la noche más larga del año (o casi), la fiesta de San Juan es el día más extenso del calendario (o casi). Pero yo no me ocupo tanto de estas cosas cuanto de mis propios recuerdos. ¿Cómo era vivir en Huásabas si el día de San Juan se celebraba andando todo el día a caballo por las calles del pueblo y los callejones circunvecinos? Porque no están todos para saberlo, pero en el pueblo así se celebraba el día de San Juan, tan ardiente, tan caluroso y con promesas tan exiguas de que se vinieran las lluvias. No me queda muy claro que el pobre de San Juan Bautista, decapitado el pobre al final de sus días, haya andado a caballo para celebrar su nacimiento. La pura verdad, no creo que lo haya hecho, pero "haiga sido como haiga sido" los huasabeños celebraban a San Juan paseando a caballo.
Para ser sincero, no me queda claro que la tradición aún subsista. Es un horror el que me causa hablar de tradiciones que tal vez desaparecieron, me hace sentir que un torrente de años ha caído de repente sobre mí y que ya estoy tan viejo como para considerarme depositario de la tradición. El caso es que no sé si todavía los muchachos se paseen a caballo en este día, sobre todo teniendo en cuenta eventos internacionales de gran envergadura como el calentamiento global o la pérdida de las tradiciones, pero prometo averiguarlo pronto. Lo que me hace dudarlo es que las calles de Huásabas fueron pavimentadas por allá en mi niñez (otro torrente de años se acaba de cernir sobre mí) con concreto hidráulico y resultó que los cascos de los caballos, o sus herraduras, no se llevaron bien con él. Mi hermano menor, justo al inicio de su descomunal crecimiento, tuvo la mala fortuna de ser víctima de la desazón entre el concreto y los equinos. Se resbaló este último y le cayó encima a Cristóbal, llevándose consigo un fémur fracturado. No tengo cuenta precisa de si era un día de San Juan o simplemente un domingo cualquiera en el que le dio por pasear, porque sí recuerdo perfectamente que no andaba montando, de ninguna manera, por razones laborales.
Yo, por mi parte, aburguesado y falazmente urbano, sólo cumplí con la tradición una vez en mi vida. Por más que haya salido de lo más granado de la familia ganadera sonorense, mi trato con los caballos (con los animales en general) fue distante, digamos que una relación de mutuo respeto, pero como de lejitos. Recuerdo perfectamente que la Florecita del Junior fue la que me acompañó en la intrépida aventura, accidentada en algunos momentos como cuando el caballo (o yegua) se empecinó en no avanzar y agachar su largo cuello para degustar los verdes pastos que crecían en una milpa contigua al pueblo. Dicen que el hambre es canija y debe de serlo, sin lugar a dudas, porque al animal aquel no había quien lo moviera, por más que intenté métodos aprendidos por la tradición oral. Le pegaba con los talones en la parte donde debe golpearse al animal y no se movía. Le hacía un sonido que no puedo reproducir fielmente por escrito, pero que era algo así como tt tt tt tt tt tt o nq nq nq nq nq - bueno, algo así - y no se movía. A uno como hombrecito la verdad es que esas cosas terminan por darle vergüenza, que una bestia no lo obedezca frente a una dama demerita cualquier prestigio que uno trate de hacerse. Y lo realmente molesto no era que el caballo no avanzara, sino que al estar comiendo pasto, su hocico por tierra hacía que el cuello formara una pendiente descendente muy pronunciada. El caballo traía su montura (silla) y demás aditamentos, pero la pendiente descendente terminó por ponerme nervioso de caer y, en el trayecto de la caída, ocasionarle al caballo una fractura de vértebras cervicales que podría ser fatal (sin contar la merma al patrimonio de la familia o la burla de los amigos de la escuela al día siguiente).
No me caí, eso lo recuerdo bien, y en algún momento el caballo decidió moverse y nos dirigimos rumbo a casa para terminar con toda posibilidad de escarnio en un día de San Juan. Qué hicimos después no lo recuerdo, pero seguramente fue algo más tranquilo como sentarnos a la sombra de algún porche y ver pasar a los jinetes sudorosos bajo aquel ardiente sol del inicio del verano, que es tan inclemente como el de mediados el verano o el de finales del verano.
Otra posibilidad era dormir una buena siesta, costumbre que nunca pude adquirir durante mi infancia. Lo más prudente era, sin duda, estar en algún lugar con buena sombra y esperar a que el sol empezara a caer (esto es claramente sólo una manera de decirlo, que no respeta los más avanzados conocimientos astronómicos pero es una buena alegoría). El problema era que en Huásabas había la creencia de que el día de San Juan tenía que empezar a llover, la cual cada año era más difícil de sostener. Las lluvias de verano, llamadas aguas, caían por la tarde cuando menguaban las temperaturas y venían en formas muy tormentosas. Provocaban muchísimo viento, lo cual en Sonora quiere decir muchísimo polvo y si se llegaban a presentar lo hacían con un chubasco que te remojaba antes de darte tiempo de encontrar un refugio, lo cual a caballo es aún más difícil. Además, un ventarrón es insostenible para alguien que monte con sombrero, porque solo eso ya te ocupa la totalidad de una mano para detenerlo sobre la cabeza y es un espanto andar correteando un sombrero por la calle cuando hay ventarrones, son muy ligeros y terminan muy dañados.
Pasaron todos los días de San Juan que viví en Huásabas y nunca me tocó ver una gota de agua cayendo del cielo. Al final del día los mayores decían "bueno, seguramente lloverá entonces para el día de San Pedro y San Pablo (29 de junio)". Pero tampoco llovía, a pesar de que yo lo esperaba con muchas ansías, porque siempre me ha gustado la certidumbre y no estaba mal que pudiéramos contar con la sagrada lluvia en fechas definidas y poder planear mejor las actividades de mi vida en Huásabas.
Para ser sincero, no me queda claro que la tradición aún subsista. Es un horror el que me causa hablar de tradiciones que tal vez desaparecieron, me hace sentir que un torrente de años ha caído de repente sobre mí y que ya estoy tan viejo como para considerarme depositario de la tradición. El caso es que no sé si todavía los muchachos se paseen a caballo en este día, sobre todo teniendo en cuenta eventos internacionales de gran envergadura como el calentamiento global o la pérdida de las tradiciones, pero prometo averiguarlo pronto. Lo que me hace dudarlo es que las calles de Huásabas fueron pavimentadas por allá en mi niñez (otro torrente de años se acaba de cernir sobre mí) con concreto hidráulico y resultó que los cascos de los caballos, o sus herraduras, no se llevaron bien con él. Mi hermano menor, justo al inicio de su descomunal crecimiento, tuvo la mala fortuna de ser víctima de la desazón entre el concreto y los equinos. Se resbaló este último y le cayó encima a Cristóbal, llevándose consigo un fémur fracturado. No tengo cuenta precisa de si era un día de San Juan o simplemente un domingo cualquiera en el que le dio por pasear, porque sí recuerdo perfectamente que no andaba montando, de ninguna manera, por razones laborales.
Yo, por mi parte, aburguesado y falazmente urbano, sólo cumplí con la tradición una vez en mi vida. Por más que haya salido de lo más granado de la familia ganadera sonorense, mi trato con los caballos (con los animales en general) fue distante, digamos que una relación de mutuo respeto, pero como de lejitos. Recuerdo perfectamente que la Florecita del Junior fue la que me acompañó en la intrépida aventura, accidentada en algunos momentos como cuando el caballo (o yegua) se empecinó en no avanzar y agachar su largo cuello para degustar los verdes pastos que crecían en una milpa contigua al pueblo. Dicen que el hambre es canija y debe de serlo, sin lugar a dudas, porque al animal aquel no había quien lo moviera, por más que intenté métodos aprendidos por la tradición oral. Le pegaba con los talones en la parte donde debe golpearse al animal y no se movía. Le hacía un sonido que no puedo reproducir fielmente por escrito, pero que era algo así como tt tt tt tt tt tt o nq nq nq nq nq - bueno, algo así - y no se movía. A uno como hombrecito la verdad es que esas cosas terminan por darle vergüenza, que una bestia no lo obedezca frente a una dama demerita cualquier prestigio que uno trate de hacerse. Y lo realmente molesto no era que el caballo no avanzara, sino que al estar comiendo pasto, su hocico por tierra hacía que el cuello formara una pendiente descendente muy pronunciada. El caballo traía su montura (silla) y demás aditamentos, pero la pendiente descendente terminó por ponerme nervioso de caer y, en el trayecto de la caída, ocasionarle al caballo una fractura de vértebras cervicales que podría ser fatal (sin contar la merma al patrimonio de la familia o la burla de los amigos de la escuela al día siguiente).
No me caí, eso lo recuerdo bien, y en algún momento el caballo decidió moverse y nos dirigimos rumbo a casa para terminar con toda posibilidad de escarnio en un día de San Juan. Qué hicimos después no lo recuerdo, pero seguramente fue algo más tranquilo como sentarnos a la sombra de algún porche y ver pasar a los jinetes sudorosos bajo aquel ardiente sol del inicio del verano, que es tan inclemente como el de mediados el verano o el de finales del verano.
Otra posibilidad era dormir una buena siesta, costumbre que nunca pude adquirir durante mi infancia. Lo más prudente era, sin duda, estar en algún lugar con buena sombra y esperar a que el sol empezara a caer (esto es claramente sólo una manera de decirlo, que no respeta los más avanzados conocimientos astronómicos pero es una buena alegoría). El problema era que en Huásabas había la creencia de que el día de San Juan tenía que empezar a llover, la cual cada año era más difícil de sostener. Las lluvias de verano, llamadas aguas, caían por la tarde cuando menguaban las temperaturas y venían en formas muy tormentosas. Provocaban muchísimo viento, lo cual en Sonora quiere decir muchísimo polvo y si se llegaban a presentar lo hacían con un chubasco que te remojaba antes de darte tiempo de encontrar un refugio, lo cual a caballo es aún más difícil. Además, un ventarrón es insostenible para alguien que monte con sombrero, porque solo eso ya te ocupa la totalidad de una mano para detenerlo sobre la cabeza y es un espanto andar correteando un sombrero por la calle cuando hay ventarrones, son muy ligeros y terminan muy dañados.
Pasaron todos los días de San Juan que viví en Huásabas y nunca me tocó ver una gota de agua cayendo del cielo. Al final del día los mayores decían "bueno, seguramente lloverá entonces para el día de San Pedro y San Pablo (29 de junio)". Pero tampoco llovía, a pesar de que yo lo esperaba con muchas ansías, porque siempre me ha gustado la certidumbre y no estaba mal que pudiéramos contar con la sagrada lluvia en fechas definidas y poder planear mejor las actividades de mi vida en Huásabas.
martes, junio 22, 2010
El cuento del hombre aquel
Esta es la historia de un hombre casado con una mujer muy gorda. Es claro que hay muchas mujeres muy gordas. Y también es claro que cuando esas mujeres están casadas, sus esposos son siempre hombres casados con una mujer muy gorda. Pero el hombre del que hoy les voy a contar era una cosa especial. No diré que era feo ni que era atractivo, más bien era un hombre como son la mayoría, ni muy feos ni muy atractivos. Normal, podría decirse, etiqueta que no creo que le molestara para nada. En efecto, lo único que empezó a rescatarlo del oprobio de la mediocridad de ser normal fue haberse decidido por una mujer tan gorda, habiendo tantas mujeres normales así sin más, ni muy feas ni muy atractivas. Hay que aclarar, en un esfuerzo por no perder la capacidad analítica, que la gordura y la hermosura (o su defecto) no son la misma cosa, aunque antaño se creyera que la mitad de la última se lograba con tener la primera. Esa noción antigua, sin embargo, ya no es consistente con la nueva modernidad, en la que el colesterol ha perdido su prestigio. La gorda mujer del hombre de este cuento no era ni mitad hermosa, ni tampoco horripilante. Sólo era muy gorda y el problema es que la abundancia de sus cachetes hacía muy difícil emitir juicios de valor sobre su belleza. No hay que olvidar que cualquier narrador que intente ser bueno no debe andar expresando sus opiniones por escrito si no las ha verificado, ya sea mediante sus sentidos, por pruebas circunstanciales o, cuando no queda otro recurso, por su imaginación. Entonces, yo no puedo pronunciarme sobre la belleza de esta mujer porque, insisto, sus cachetes no me permitieron conocer ese detalle. Lo que sí puedo decir de ella es que no era rica. Es un poco delicado que tenga que hacer la aclaración, pero no dejo de notar que no está bien visto en los valores colectivos tradicionales que un hombre se case con una mujer muy gorda únicamente por los beneficios que le reportaría su fortuna. Nuestro hombre, cuyo nombre no mencionaré -o trataré de no mencionar- por razones de discreción y para evitar demandas sobre derechos de autor y esas cosas, no pudo haberse casado por dinero, por la simple razón de que su mujer no lo tenía. Tal vez lo haya hecho porque la mujer en cuestión tuviera algún encanto especial que escapara a los ojos de los demás y que él, con la hipersensibilidad que tienen algunas personas, hubiera podido detectar. Pero esto nunca lo sabremos porque el hombre se llevó este dato a la tumba. Con esto queda claro que el hombre de este cuento ya murió, pero todavía no conocemos el porqué de su muerte. Si la mujer ha muerto tampoco lo sabemos, pero podemos suponer que por su obesidad tenía menos probabilidades de llegar a vieja. A muy vieja, por lo menos, que esa palabra es relativa.
La historia del hombre aquel no diré que era muy triste. No lo era. Ni diré que fue muy feliz. No lo fue. La tristeza y la alegría son más bien lujos que uno se da por momentos, pero una historia completa no se los puede dar. A menos que se haya realizado en los estudios Disney. Y últimamente ni tanto. El hombre sabía, siempre lo supo, que le faltaba algo. Aun en las piñatas infantiles en las que regalaban dulces, golosinas, pasteles y refrescos gaseosos lo sabía. Aun cuando le estaba dando con el palo a la piñata lo sabía. Incluso cuando la piñata no estaba hecha con esas odiosas ollas de barro que hacían cimbrar sus articulaciones cartilaginosas lo sabía. Algo le faltaba y no era la bolsita de dulces que regalaban al final. Algo le faltaba y no eran los dulces realmente buenos de los que las bolsitas de dulces estaban siempre privadas y que eran sustituidos por unos desagradables cacahuates polvorientos. Cuando llegó a la adolescencia siguió estando seguro de que algo le faltaba. Llegaron los tiempos de las cursis cartitas de enamorados y los fallidos intentos por hacer poesías, pero él sabía que no era eso lo que faltaba. Ni siquiera cuando descubrió los excelsos goces del placer egoísta que uno descubre por esas edades sintió que hubiera encontrado lo que le faltaba.
Los que lean esto seguramente estarán pensando a estas alturas que lo que le faltaba era una mujer muy gorda. Es obvio que no. Las cosas no vienen así de fácil en la vida. Y tampoco tienen por qué ser fáciles de obtener en los cuentos sólo por ser éstos un asunto ficticio. Lo que le faltaba a este no tan dichoso hombre no lo sabremos tampoco, no porque se lo haya llevado a la tumba, sino porque nunca lo encontró, de manera tal que él mismo jamás se enteró de qué era. Otros no se tocarán el corazón y van a pensar que era un malagradecido que no valoraba que, dentro de su normalidad, nunca le faltó nada. Tenía una familia que si bien no es que lo quisieran o cuidaran como oro molido, no lo golpeaban ni lo vejaban. Tampoco le faltó ningún bien material, por lo menos en el más estricto sentido de lo material. Comió, bebió, estuvo vestido y gozó de buena salud hasta el momento en que se murió, bueno, en el momento en que se murió su salud no fue tan buena como para mantenerlo vivo, pero tampoco tuvo que soportar ninguna agonía o incomodidad. Es más, tuvo la oportunidad de educarse aunque fuera en escuela pública. Por aquel tiempo las escuelas públicas no eran malas. Eran lo que había. Los que juzguen a este buen hombre de malagradecido por andar echando en falta algo, a pesar de tener todo lo básico, se equivocan. A mi juicio se equivocan.
Habiendo pasado todos los años que hacen falta para llegar a considerarse un adulto, se dio cuenta de que aquello no tenía remedio y que no se le iba a ir lo que le restaba de vida, buscando algo que ni siquiera sabía qué era. El método de prueba y error no había funcionado. Decidió entonces que había llegado la hora de hacerse hombre y de casarse. Los chalecos de rombos a su edad estaban empezando a generar rumores sobre él que no le gustaban. Llegó a la conclusión, y tal vez lo hizo bien, de que si tenía que casarse sin estar muy enamorado de alguien en particular, que la opción de mujer muy gorda era la que más convenía a sus intereses. Pero, sobre todo, la que más contribuía a mejorar el óptimo social, ese extraño concepto ambiguo (como todos los conceptos, me parece a mí) que había escuchado en sus clases de economía de la universidad.
Un sábado 17 de junio, que es un día bastante normal, salió a un bar y ya muy entrada la noche, cuando las copas han logrado hacer muy prescindibles esas sutiles categorías de la belleza, se dijo a sí mismo "ha llegado la hora". Era un bar grande y opciones había muchas. Él siempre había tenido una especie de fobia a tomar decisiones, porque la verdad es que consumen mucho tiempo y siempre te dejan con la incomodidad de saber si habrás hecho lo correcto. Por esta razón nada trivial optó por articular un criterio sencillo para escoger a la doncella (por así decirlo) con quien iba a casarse y se dijo a sí mismo "pues me llevo a la más gorda". No sé si ya lo había dicho, pero es que su mujer no es que fuera gordita, o un poco bofa, o gordis. Su mujer es que era un pedazo de mujer incalculable. Una masa abundantísima. Sus cachetes, como ya lo expliqué, ocultaban su posible hermosura, pero el resto de su humanidad ocultaba la posibilidad de calcular su peso (sin usar báscula, claro, la cual este narrador no iba a intentar usar, con lo políticamente incorrecto que eso hubiera resultado).
- Hola, le dijo. Ella le repondió también con un saludo coloquial, tal vez "hola". Seis meses después ya se estaba escuchando la marcha nupcial y aquella mujer tan gorda se contoneaba rumbo al altar, en un enfundado (no podía ser de otra manera) vestido blanco que hizo que el precio internacional de los textiles subiera muy ligeramente. Él con un frac rentado para la ocasión la esperaba al final del pasillo. Cuando vio aquella inmensidad de tela blanca, él supo definitivamente que tampoco era eso lo que le hacía falta, pero de cualquier manera no estaba esperando encontrarlo en ese momento. La fiesta de bodas estuvo bien, como era de esperarse los novios no se divirtieron mucho, la novia sudó bastante y se le aperló el bigote, las tías dijeron que la comida no era muy buena y los amigos del novio se emborracharon y al final de la noche traían las camisas desfajadas de la parte de atrás, pero fajadas por la parte del frente.
Los hijos no llegaron nunca, lo cual por una parte evitó la tristeza que se supone se siente cuando se van, pero los esfuerzos por tenerlos sí que consumieron mucho tiempo para el hombre y su gorda mujer. Algo había de satisfacción, sin embargo, porque lo intentaron en repetidas ocasiones. Uno de sus amigos, a quien dejó de frecuentar después de su matrimonio (las esposas no se llevaban), adelantó la conclusión de que el hombre había muerto en parte como causa de esos intentos porque, decía, no hay corazón que aguante. Me parece que el comentario era un tanto malintencionado e influido por la flacucha esposa de dicho amigo que, como ya lo he explicado, no quería bien a la gorda.
Todas las tardes, hasta que llegó el final de sus días - que desafortunadamente no tardó tanto en llegar -, el hombre miraba a la mujer muy gorda con la que se había casado y era curioso que en ocasiones se sentía bastante satisfecho con la decisión (pensando en el óptimo social, claro está) y otras veces pensaba que tal vez debió haberlo intentado con alguna solterona veinte años mayor (lo cual había cruzado por su cabeza, pero que evitó por ser alérgico al pelo de gato). Estaba convencido de que lo que le faltaba no lo había encontrado aún y de que si alguien alguna vez contaba su historia tenía la obligación moral de no decir su nombre. "Me choca el típico narrador omnipresente" - pensaba - "que no se le vaya ocurrir delatar mi nombre". Y en esos últimos días que tiene el final de los días de cualquier hombre, deseó con muchas ganas haber podido vivir también en otros mundos, para ver si por ahí se encontraba con eso que le hacía falta.
La historia del hombre aquel no diré que era muy triste. No lo era. Ni diré que fue muy feliz. No lo fue. La tristeza y la alegría son más bien lujos que uno se da por momentos, pero una historia completa no se los puede dar. A menos que se haya realizado en los estudios Disney. Y últimamente ni tanto. El hombre sabía, siempre lo supo, que le faltaba algo. Aun en las piñatas infantiles en las que regalaban dulces, golosinas, pasteles y refrescos gaseosos lo sabía. Aun cuando le estaba dando con el palo a la piñata lo sabía. Incluso cuando la piñata no estaba hecha con esas odiosas ollas de barro que hacían cimbrar sus articulaciones cartilaginosas lo sabía. Algo le faltaba y no era la bolsita de dulces que regalaban al final. Algo le faltaba y no eran los dulces realmente buenos de los que las bolsitas de dulces estaban siempre privadas y que eran sustituidos por unos desagradables cacahuates polvorientos. Cuando llegó a la adolescencia siguió estando seguro de que algo le faltaba. Llegaron los tiempos de las cursis cartitas de enamorados y los fallidos intentos por hacer poesías, pero él sabía que no era eso lo que faltaba. Ni siquiera cuando descubrió los excelsos goces del placer egoísta que uno descubre por esas edades sintió que hubiera encontrado lo que le faltaba.
Los que lean esto seguramente estarán pensando a estas alturas que lo que le faltaba era una mujer muy gorda. Es obvio que no. Las cosas no vienen así de fácil en la vida. Y tampoco tienen por qué ser fáciles de obtener en los cuentos sólo por ser éstos un asunto ficticio. Lo que le faltaba a este no tan dichoso hombre no lo sabremos tampoco, no porque se lo haya llevado a la tumba, sino porque nunca lo encontró, de manera tal que él mismo jamás se enteró de qué era. Otros no se tocarán el corazón y van a pensar que era un malagradecido que no valoraba que, dentro de su normalidad, nunca le faltó nada. Tenía una familia que si bien no es que lo quisieran o cuidaran como oro molido, no lo golpeaban ni lo vejaban. Tampoco le faltó ningún bien material, por lo menos en el más estricto sentido de lo material. Comió, bebió, estuvo vestido y gozó de buena salud hasta el momento en que se murió, bueno, en el momento en que se murió su salud no fue tan buena como para mantenerlo vivo, pero tampoco tuvo que soportar ninguna agonía o incomodidad. Es más, tuvo la oportunidad de educarse aunque fuera en escuela pública. Por aquel tiempo las escuelas públicas no eran malas. Eran lo que había. Los que juzguen a este buen hombre de malagradecido por andar echando en falta algo, a pesar de tener todo lo básico, se equivocan. A mi juicio se equivocan.
Habiendo pasado todos los años que hacen falta para llegar a considerarse un adulto, se dio cuenta de que aquello no tenía remedio y que no se le iba a ir lo que le restaba de vida, buscando algo que ni siquiera sabía qué era. El método de prueba y error no había funcionado. Decidió entonces que había llegado la hora de hacerse hombre y de casarse. Los chalecos de rombos a su edad estaban empezando a generar rumores sobre él que no le gustaban. Llegó a la conclusión, y tal vez lo hizo bien, de que si tenía que casarse sin estar muy enamorado de alguien en particular, que la opción de mujer muy gorda era la que más convenía a sus intereses. Pero, sobre todo, la que más contribuía a mejorar el óptimo social, ese extraño concepto ambiguo (como todos los conceptos, me parece a mí) que había escuchado en sus clases de economía de la universidad.
Un sábado 17 de junio, que es un día bastante normal, salió a un bar y ya muy entrada la noche, cuando las copas han logrado hacer muy prescindibles esas sutiles categorías de la belleza, se dijo a sí mismo "ha llegado la hora". Era un bar grande y opciones había muchas. Él siempre había tenido una especie de fobia a tomar decisiones, porque la verdad es que consumen mucho tiempo y siempre te dejan con la incomodidad de saber si habrás hecho lo correcto. Por esta razón nada trivial optó por articular un criterio sencillo para escoger a la doncella (por así decirlo) con quien iba a casarse y se dijo a sí mismo "pues me llevo a la más gorda". No sé si ya lo había dicho, pero es que su mujer no es que fuera gordita, o un poco bofa, o gordis. Su mujer es que era un pedazo de mujer incalculable. Una masa abundantísima. Sus cachetes, como ya lo expliqué, ocultaban su posible hermosura, pero el resto de su humanidad ocultaba la posibilidad de calcular su peso (sin usar báscula, claro, la cual este narrador no iba a intentar usar, con lo políticamente incorrecto que eso hubiera resultado).
- Hola, le dijo. Ella le repondió también con un saludo coloquial, tal vez "hola". Seis meses después ya se estaba escuchando la marcha nupcial y aquella mujer tan gorda se contoneaba rumbo al altar, en un enfundado (no podía ser de otra manera) vestido blanco que hizo que el precio internacional de los textiles subiera muy ligeramente. Él con un frac rentado para la ocasión la esperaba al final del pasillo. Cuando vio aquella inmensidad de tela blanca, él supo definitivamente que tampoco era eso lo que le hacía falta, pero de cualquier manera no estaba esperando encontrarlo en ese momento. La fiesta de bodas estuvo bien, como era de esperarse los novios no se divirtieron mucho, la novia sudó bastante y se le aperló el bigote, las tías dijeron que la comida no era muy buena y los amigos del novio se emborracharon y al final de la noche traían las camisas desfajadas de la parte de atrás, pero fajadas por la parte del frente.
Los hijos no llegaron nunca, lo cual por una parte evitó la tristeza que se supone se siente cuando se van, pero los esfuerzos por tenerlos sí que consumieron mucho tiempo para el hombre y su gorda mujer. Algo había de satisfacción, sin embargo, porque lo intentaron en repetidas ocasiones. Uno de sus amigos, a quien dejó de frecuentar después de su matrimonio (las esposas no se llevaban), adelantó la conclusión de que el hombre había muerto en parte como causa de esos intentos porque, decía, no hay corazón que aguante. Me parece que el comentario era un tanto malintencionado e influido por la flacucha esposa de dicho amigo que, como ya lo he explicado, no quería bien a la gorda.
Todas las tardes, hasta que llegó el final de sus días - que desafortunadamente no tardó tanto en llegar -, el hombre miraba a la mujer muy gorda con la que se había casado y era curioso que en ocasiones se sentía bastante satisfecho con la decisión (pensando en el óptimo social, claro está) y otras veces pensaba que tal vez debió haberlo intentado con alguna solterona veinte años mayor (lo cual había cruzado por su cabeza, pero que evitó por ser alérgico al pelo de gato). Estaba convencido de que lo que le faltaba no lo había encontrado aún y de que si alguien alguna vez contaba su historia tenía la obligación moral de no decir su nombre. "Me choca el típico narrador omnipresente" - pensaba - "que no se le vaya ocurrir delatar mi nombre". Y en esos últimos días que tiene el final de los días de cualquier hombre, deseó con muchas ganas haber podido vivir también en otros mundos, para ver si por ahí se encontraba con eso que le hacía falta.
martes, junio 15, 2010
Las malaventuranzas de un flaco
La semana pasada tuve la peregrina ocurrencia de inscribirme en el gimnasio. En realidad, al gimnasio me he inscrito muchas veces, he ido otras tantas y he faltado la gran mayoría. Yo quisiera ser una persona disciplinada, comer raciones adecuadas de proteínas y limitadas de carbohidratos, pero no haber vivido nunca de mi cuerpo me ha convertido en un ser negligente y sólo tengo manifestaciones muy intermitentes de rigor atlético. La idea realmente peregrina fue acceder a asistir a una cita en la que me harían un examen personalizado de mis capacidades gimnásticas y la manga del muerto. [NOTA: no tengo caraja idea de qué sea la manga del muerto, pero se me había acabado el soplo inspirador de las descripciones y no sabía cómo acabar la oración.] Me dieron la cita para que atendieran a mi persona personalizadamente y listo. Acudí puntual, lo cual todavía me cuesta algo de esfuerzo porque no conozco bien las rutas. Empezaron las mediciones. La balanza fue muy poco generosa con mi peso que estuvo un kilo debajo de lo que considero mi promedio. La estatura seguía igual, lo cual es siempre un alivio porque empezar a encogerse no habla muy bien de uno. El tipo me dice párese allá en frente y me observa con un detenimiento que no hace sino incomodarme. Derechito. Ponga sus pies a la altura de sus hombros. Caray - pensé - ahora viene el kamasutra. - ¿Cómo? - Sí, que abra sus pies alinéandolos con la posición de sus hombros. Ah, bueno, eso suena más decente. - Usted tiene $&%#. Masculló una palabra de ésas que suenan a Vademécum y que no entendí ni pude descrifrar etimológicamente. - Que sus rodillas apuntan hacia afuera. ¡Jolines! ¿Eso es grave? - No, es genético. Ah,vaya, si es genético no debe de ser nada grave, según la lógica retorcida de este tipo. - ¿Y qué puedo hacer para corregirlo? - Nada, usted tiene la rodillas apuntando para fuera, no hay nada que hacer, pero ya le digo, no es grave.
Tengo 29 años viviendo con unas rodillas deformes que apuntan una para Chihuahua y la otra para El Paso, Texas, y nunca me había percatado. Me queda claro que mis padres tampoco lo hicieron en su momento y - gracias al cielo - nunca anduve con mangueras de Forrest Gump bailando el pasito de Elvis. Pero ahora, 29 años después, me veo las rodillas y me parecen mounstrosas. Absolutamente salidas de sus casillas. Es impresionante el poder de la sugestión que tienen los términos médicos en mí (aunque no pueda recordar su nombre). Ahora cada vez que hago una sentadilla volteo a ver de reojo a mis rodillas y las encuentro insufriblemente divorciadas la una de la otra. Como si no se dirigieran la palabra, como si estuvieran celosas y hubieran renunciado a trabajar en equipo. Claro, tengo para mí que por ser un problema genético no es grave, según el instructor del gimnasio, a quien no le creo más de dos o tres palabras juntas.
Pero eso no fue todo. Cuando me hubo medido casi todo lo que se puede medir en la anatomía humana (aquí agradecería que evitáramos malas interpretaciones de naturaleza pícara que no vienen a lugar), me dijo "sostenga usted este aparato" (vuelvo a hacer la misma petición). Se trataba de un adminículo que había que tomarse con las dos manos y mantenerlo con los brazos extendidos a la altura de la barbilla. Se supone, se supone, que mide el porcentaje de grasa corporal. A mí no me pareció más que alquimia de la más vil con algunos microchips para dar la impresión de modernidad. Me marca error - me dijo el tipo - probemos otra vez. Misma historia. Me parece, diagnosticó el consumado atleta, que usted tiene niveles de grasa por debajo de lo normal. Ah qué caray, le dije yo, ahora resulta. Pues es que este aparato es muy preciso y a usted no le ha detectado la grasa. Yo, con las rodillas separadas y apuntando cada una para un lado diferente, pensé "¡mecacho! Kate Moss estaría dando brincos de contenta con la noticia". Bueno, ¿y qué puedo hacer? - Hay que subir de peso, sentenció el interpelado. ¡Menuda receta! Tengo desde la aciaga pubertad tratando de subir de peso y ya pasaron tres lustros sin conseguirlo. Pero es que no puedo. Lo mío, lo mío, es la espiritifláutica delgadez de hoja siempre verde. - Tal vez, entonces, tenga que ver a un nutricionista. - ¿A un nutricionista? Como para qué, para que me mande a comer tres latas de atún, dos huevos cocidos, un gramaje excesivo de espinacas y germen de trigo y, además, además, me prohiba tomar coca-cola. No, yo paso.
Siempre es la misma historia con estos exámenes, diagnósticos, checkups o lo que sea. No saben decir que está todo bien. Deberían tomar en consideración que uno es medio hipocondriaco y que, además, es paradójicamente adverso a las farmacéuticas. No, pero nada de eso les importa. Siempre te han de dejar con el mal sabor de boca por sus juicios de valor negativos aunque sea por la alineación de tus rodillas. Yo he tomado la decisión zen de no hacerles caso. Seguiré feliz con mis distorsionadas articulaciones y lo único que haré es comer más postres hasta ponerme cachetón como Rossie O'Donnell.
Tengo 29 años viviendo con unas rodillas deformes que apuntan una para Chihuahua y la otra para El Paso, Texas, y nunca me había percatado. Me queda claro que mis padres tampoco lo hicieron en su momento y - gracias al cielo - nunca anduve con mangueras de Forrest Gump bailando el pasito de Elvis. Pero ahora, 29 años después, me veo las rodillas y me parecen mounstrosas. Absolutamente salidas de sus casillas. Es impresionante el poder de la sugestión que tienen los términos médicos en mí (aunque no pueda recordar su nombre). Ahora cada vez que hago una sentadilla volteo a ver de reojo a mis rodillas y las encuentro insufriblemente divorciadas la una de la otra. Como si no se dirigieran la palabra, como si estuvieran celosas y hubieran renunciado a trabajar en equipo. Claro, tengo para mí que por ser un problema genético no es grave, según el instructor del gimnasio, a quien no le creo más de dos o tres palabras juntas.
Pero eso no fue todo. Cuando me hubo medido casi todo lo que se puede medir en la anatomía humana (aquí agradecería que evitáramos malas interpretaciones de naturaleza pícara que no vienen a lugar), me dijo "sostenga usted este aparato" (vuelvo a hacer la misma petición). Se trataba de un adminículo que había que tomarse con las dos manos y mantenerlo con los brazos extendidos a la altura de la barbilla. Se supone, se supone, que mide el porcentaje de grasa corporal. A mí no me pareció más que alquimia de la más vil con algunos microchips para dar la impresión de modernidad. Me marca error - me dijo el tipo - probemos otra vez. Misma historia. Me parece, diagnosticó el consumado atleta, que usted tiene niveles de grasa por debajo de lo normal. Ah qué caray, le dije yo, ahora resulta. Pues es que este aparato es muy preciso y a usted no le ha detectado la grasa. Yo, con las rodillas separadas y apuntando cada una para un lado diferente, pensé "¡mecacho! Kate Moss estaría dando brincos de contenta con la noticia". Bueno, ¿y qué puedo hacer? - Hay que subir de peso, sentenció el interpelado. ¡Menuda receta! Tengo desde la aciaga pubertad tratando de subir de peso y ya pasaron tres lustros sin conseguirlo. Pero es que no puedo. Lo mío, lo mío, es la espiritifláutica delgadez de hoja siempre verde. - Tal vez, entonces, tenga que ver a un nutricionista. - ¿A un nutricionista? Como para qué, para que me mande a comer tres latas de atún, dos huevos cocidos, un gramaje excesivo de espinacas y germen de trigo y, además, además, me prohiba tomar coca-cola. No, yo paso.
Siempre es la misma historia con estos exámenes, diagnósticos, checkups o lo que sea. No saben decir que está todo bien. Deberían tomar en consideración que uno es medio hipocondriaco y que, además, es paradójicamente adverso a las farmacéuticas. No, pero nada de eso les importa. Siempre te han de dejar con el mal sabor de boca por sus juicios de valor negativos aunque sea por la alineación de tus rodillas. Yo he tomado la decisión zen de no hacerles caso. Seguiré feliz con mis distorsionadas articulaciones y lo único que haré es comer más postres hasta ponerme cachetón como Rossie O'Donnell.
lunes, junio 07, 2010
Una experiencia profunda (si se vale la expresión)
Cataratas de Iguazú. Ese punto casi mágico del orbe que ya vivía en mi imaginación a través de la película The Mission, en la que Robert De Niro interpretaba a un jesuita del siglo XVI consagrado a defender la idea, obvia pero cuestionada por preclaros intereses, de que los indígenas americanos tenían alma. Hace ya un par de años que fui, que crucé esa línea imaginaria del Ecuador que me intriga porque no la creo imaginaria sino real. A Iguazú fui yo solo. Solamente yo. Me interné en ese trópico húmedo sin más compañía que mis pensamientos. Estaba convencido de que mis habilidades sociales me integrarían a algún grupo de viajeros europeos viviendo su aventura latinoamericana con ese desdén involuntario que les provoca el mundo a los que desde siempre tuvieron sus necesidades materiales cubiertas. La civilización y el progreso, al fin de cuentas, también tienen daños colaterales: dejan a sus integrantes desprovistos de la curiosidad genuina. De cualquier manera, los provee con dólares o euros y, más importante, con una guía de viajeros de Lonely Planet o conexas.
Las cataratas de Iguazú se encuentran, como las del Niágara, en una frontera. No de dos sino de tres países: Argentina, Brasil y Paraguay. No pienso dedicar mucho tiempo a expresar mi insatisfacción con el poco buen gusto de los argentinos al llamar a los saltos de agua con nombres de próceres nacionales, en vez de estar a la altura de las circunstancias y bautizarlas con un poco más de poesía, con más respeto a la humanidad como un todo, con más amor por los prodigios de la naturaleza. Por qué no ensayar con, digamos, velo de novia, canto del ruiseñor, faldas de doncella, vuelo de golondrina, qué sé yo. Su intento más cercano fue apodar el salto de agua más impresionante que tal vez exista "la garganta del diablo". Patético. El miedo de estar ante esa inmensidad natural no debe ser suficiente motivo para dejarse convencer por el terror de sentirse tan pequeño, para considerar malévolo o diabólico un punto que es lo más cerca de lo divino que se puede estar sobre la tierra. El impresionante ímpetu destructor de esa cascada que parece infinita, que todo lo convierte en un blanco ensordecedor en donde el agua cae para abajo y luego cae para arriba suspendiéndose para llenar el abismo, no es la garganta del diablo, sino de Dios. Es su boca omnisciente, su mano omnipotente, su cuerpo mismo omnipresente.
El lugar me absorbió con el inequívoco poder de la magnificencia. Contemplar las caídas casi espasmódicas del agua que a borbotones incalculables se desbordaba por los resquicios más improbables, la lucha tenaz de los árboles que aferrados a las paredes de unas rocas insolentes desafiaban con su vida a la vida misma y el frágil vuelo de mariposas blancas que parecían ser el elemento indispensable para equilibrar la convivencia de tanta fuerza, para evitar que el lugar explotara atrozmente sin dejar rastro de su sublime existencia. Abandoné mis escaramuzas conceptuales y rendí mis triquiñuelas pseudoanalíticas para entregarme a la deriva de mi asombro. Estupefacto por la contemplación, me sentí solitario al lado de cientos de turistas con cámaras digitales. No caminaba sino que deambulaba, porque caminar implica tener conciencia de sus propios pasos y yo no sabía si me movía mediando la voluntad o era arrastrado por las corrientes de un lado a otro, del principio al fin y luego de regreso.
En Iguazú no sentí que era pequeño, eso ya lo había experimentado antes en muchas ocasiones y por muy diversos motivos. En Iguazú sentí dejar de ser yo como algo autónomo, no porque me viera de pronto reducido al absurdo o negara mi propia existencia, sino porque de una vez por todas me sentía como parte, como parte de algo más que sí era. Una especie de Nirvana occidental combinado con posmodernismo del más ruin. Por eso tuvieron que pasar años para que me atreviera a escribir lo que sentí - o al menos lo que ahora pienso que sentí - porque no fui testigo ni protagonista, sino simplemente parte de un conjunto de dimensiones inconmensurables. Mi presencia no era ni significativa ni insignificante, sino más bien un inexorable encuentro con Pachamama, un aparente reencuentro con el vientre de mi madre del cual - me di cuenta en ese instante - nunca había realmente salido.
Las cataratas de Iguazú se encuentran, como las del Niágara, en una frontera. No de dos sino de tres países: Argentina, Brasil y Paraguay. No pienso dedicar mucho tiempo a expresar mi insatisfacción con el poco buen gusto de los argentinos al llamar a los saltos de agua con nombres de próceres nacionales, en vez de estar a la altura de las circunstancias y bautizarlas con un poco más de poesía, con más respeto a la humanidad como un todo, con más amor por los prodigios de la naturaleza. Por qué no ensayar con, digamos, velo de novia, canto del ruiseñor, faldas de doncella, vuelo de golondrina, qué sé yo. Su intento más cercano fue apodar el salto de agua más impresionante que tal vez exista "la garganta del diablo". Patético. El miedo de estar ante esa inmensidad natural no debe ser suficiente motivo para dejarse convencer por el terror de sentirse tan pequeño, para considerar malévolo o diabólico un punto que es lo más cerca de lo divino que se puede estar sobre la tierra. El impresionante ímpetu destructor de esa cascada que parece infinita, que todo lo convierte en un blanco ensordecedor en donde el agua cae para abajo y luego cae para arriba suspendiéndose para llenar el abismo, no es la garganta del diablo, sino de Dios. Es su boca omnisciente, su mano omnipotente, su cuerpo mismo omnipresente.
El lugar me absorbió con el inequívoco poder de la magnificencia. Contemplar las caídas casi espasmódicas del agua que a borbotones incalculables se desbordaba por los resquicios más improbables, la lucha tenaz de los árboles que aferrados a las paredes de unas rocas insolentes desafiaban con su vida a la vida misma y el frágil vuelo de mariposas blancas que parecían ser el elemento indispensable para equilibrar la convivencia de tanta fuerza, para evitar que el lugar explotara atrozmente sin dejar rastro de su sublime existencia. Abandoné mis escaramuzas conceptuales y rendí mis triquiñuelas pseudoanalíticas para entregarme a la deriva de mi asombro. Estupefacto por la contemplación, me sentí solitario al lado de cientos de turistas con cámaras digitales. No caminaba sino que deambulaba, porque caminar implica tener conciencia de sus propios pasos y yo no sabía si me movía mediando la voluntad o era arrastrado por las corrientes de un lado a otro, del principio al fin y luego de regreso.
En Iguazú no sentí que era pequeño, eso ya lo había experimentado antes en muchas ocasiones y por muy diversos motivos. En Iguazú sentí dejar de ser yo como algo autónomo, no porque me viera de pronto reducido al absurdo o negara mi propia existencia, sino porque de una vez por todas me sentía como parte, como parte de algo más que sí era. Una especie de Nirvana occidental combinado con posmodernismo del más ruin. Por eso tuvieron que pasar años para que me atreviera a escribir lo que sentí - o al menos lo que ahora pienso que sentí - porque no fui testigo ni protagonista, sino simplemente parte de un conjunto de dimensiones inconmensurables. Mi presencia no era ni significativa ni insignificante, sino más bien un inexorable encuentro con Pachamama, un aparente reencuentro con el vientre de mi madre del cual - me di cuenta en ese instante - nunca había realmente salido.
miércoles, junio 02, 2010
Raquel
Mientras se escucha el tema principal de la banda sonora de Amélie, ella mueve sus pies con la desharrapada delicadeza de su adolescencia ilusionada. Imita pasos de ballet con una gracia que sólo viene con la ingenuidad. Las curvas de su cuerpo no la hacen parecer pintura de Degas ni la calidad de su atuendo es digna de academia. Sin embargo, su carita color de aceituna propaga una sonrisa que desea parecer contenida, como una mueca que debe formar parte del espectáculo, pero que termina cobrando existencia propia y se vuelve ajena a él. Los pensamientos son insuficientes y las palabras torpes para descifrar lo que esa sonrisa contiene. El poder del brillo deslumbrante de sus ojos forma un arma que desarma. Que desalma. Sus zapatillas de ballet ya no recuerdan los días en que eran nuevas, el polvo ha cubierto su brillo y apenas se alcanza a ver que alguna vez fueron rosas. Mientras la pieza se sigue oyendo al piano, es evidente que la coreografía está tan ausente de técnica como llena de espontaneidad. Un par de meses de ensayos en la escuela rural a la que asiste, instruida por un profesor que no tiene más en su currículum que sus buenas intenciones, son suficientes. Ella está feliz con lo que presenta, con el público de medio pelo que la ve expectante. Su felicidad junto con la cándida ignorancia de que hay un mundo mucho más grande que el suyo son una lección abrumadora.
En la tarde lluviosa que siguió a su presentación, en el kiosko del parque contiguo a su casa Raquel rio un largo rato con sus amigas al abrigo de una copiosa borrasca. Algo en su interior la hacía sentirse eufórica y alimentaba sus carcajadas a la menor provocación. El mundo estaba presenciando el espectáculo formidable de la felicidad auténtica, la que es autónoma de toda consideración externa, de la crítica autorizada, de sus estándares estrictos. Esa tarde, en ese pequeño lugar del mundo, la humanidad presenció en su sonrisa el clímax estético del arte.
miércoles, mayo 19, 2010
Mi vida en Huásabas, capítulo 13
Traía hace un rato muchas ganas de reírme. Empecé a repasar en los anales de mi memoria. Tenía ganas de reírme conmigo y de mí. Fui pasando la cinta y no aparecía nada que me sirviera. Y llegué hasta cuando estaba en tercer grado de la escuela primaria. Tenía ocho años. Era yo un niño aún no distorsionado por los graves efectos estéticos de la pubertad. En una tarde de la primavera sonorense, en el que las temperaturas vespertinas son todavía posibles para el consumo humano, habíamos convenido reunirnos en mi casa a estudiar para un examen de ciencias sociales. En algún momento muy inmediato a que llegaron mis amigos de la escuela con propósitos académicos, decidimos que era hora de ponerse a hacer algo más divertido. Nos movimos a la huerta de la casa de mi nana que es contigua a la mía. Esa huerta ofrecía un mundo de posibilidades, tenía naranjos, limoneros y otros cítricos que daban una sombra placentera. Como era primavera, la única fruta disponible eran limones. Tomamos una cubeta de la despensa (bodega) de mi nana y nos dispusimos a improvisar una limonada. Le falta azúcar. Mmmhhh, voy a traer. Ahora quedó muy empalagosa. Mmmhhh, cortemos más limones. Está muy ácida. Mmmhhh, hay que echarle agua. Otra vez le falta azúcar. Mmmhhh, ya no tenemos más azúcar. Tampoco le cabe nada más a la cubeta. - ¡Qué desastre! Ya no quiero hacer más limonada. Yo tampoco. Yo tampoco. Saben qué podemos hacer - propuso alguien que seguramente no era yo - hay que subirnos a las tapias para ver qué hay del otro lado. ¡Síííí!
Tres niños y tres niñas uno a uno fuimos trepándonos a la tapia de adobe, usando los brazos de una higuera que se prestaba para ese efecto. Wooooow. ¿Ya vieron? Es la casa abandonada. A mí me dijeron que es de un señor que se llama Saavedra - que mi imaginación me había convencido de que estaba emparentado con Don Quijote. Dicen que hay tesoros escondidos. Woooooow.
Estaba en ese tiempo de moda entre mis coetáneos de toda la República una novela que se llamó "Carrusel de niños" que marcó a toda una generación. La maestra Ximena con su halo de infinita bondad protagonizaba la historia en la cual una niña rica, María Joaquina - que previsiblemente posa ahora desnuda para revistas de caballeros - despreciaba a Cirilo, un niño pobre que, además, era negrito e hijo de Johnny Laboriel (una verdadera maldición para el imaginario colectivo). El caso es que los compañeros del salón de clases en el que tenía lugar la no-tan-romántica historia, por lo menos los que importaban, habían formado un grupo ultra secreto que se hacía llamar "La patrulla salvadora". ¿Dónde se reunía la patrulla salvadora? Claro, en una casa abandonada. Woooooow.
Recuerdo haber sentido un poco de remordimiento con sólo pensar en allanar la morada abandonada de un pariente de Don Quijote que, como agravante, sería mi vecino si aún viviera ahí. Pero qué tal si sí había un tesoro y la patrulla salvadora podría salvar... mmmhhh, no sé, al pueblo. No hizo falta mucho tiempo para tomar la decisión. Si hay un tesoro debe de estar del otro lado de esa puerta de madera antigua que se nota que con unas patadas no dará problema para abrir. Los tres niños y las tres niñas brincamos hacia el patio de la casa abandonada. Ahí instalados iniciamos, como lo haría cualquier patrulla salvadora que se precie de serlo, una larga deliberación sobre los pros y los contras de ir en busca del tesoro perdido tras décadas de abandono. Se hicieron oír las voces sensatas que abogaban por abortar la misión. Pero no se hicieron oír sensatas, sino cobardes. Y, claro, cualquiera sabe que no se puede ser cobarde si se trata de encontrar un tesoro de los familiares de Don Quijote.
Cuando cobramos conciencia de que éramos la imagen viva y verdadera de la patrulla salvadora que salía en la televisión, no hubo espacio para la cobardía. Unánimemente decidimos que era hora de ir por él. Por el tesoro cuya existencia ya para ese momento era indudable. Menos mal que había tres varoncitos dispuestos a demostrar su fuerza bruta. Empezamos a dar patadas y parecía que aquella puerta estaba dispuesta a ceder muy rápidamente. La aldaba que sostenía un oxidado candado se empezó a desprender de la vieja madera. Pum, pum, pum. Y vino lo que era de esperarse: un plaaaaz. Se abrió la puerta. Ahora el tesoro estaba a nuestra disposición. Se trataba de un baúl también de madera vieja lleno de trastes de peltre despostillados y otros instrumentos de cocina de épocas muy previas.
No puedo decir que me haya desilusionado mucho el descubrimiento, porque nuestra poderosa imaginación de entonces nos jugaba siempre trucos. Continuamos la deliberación y los puntos a favor de considerar un tesoro lo recién descubierto. Yo me manifesté enfáticamente entusiasta de que sí lo era, pero que no parecían de oro porque estaban sucios y viejos. En esa discusión estábamos cuando escuchamos el grito de un señor muy molesto increpándonos un "muchachos malcriados salgan de ahí". Sobra decir que nos faltaron pies para correr más rápido, brincar la barda a la casa de mi nana, salir corriendo por la huerta, atravesar el corredor, llegar a la calle y luego entrar al patio de mi casa para escondernos.
Estábamos muy mal escondidos porque nos podíamos ver perfectamente desde la calle. Ya saben, detalles no contemplados por la producción. Nos dimos cuenta hasta que vimos a Don Lupe que nos dijo "van a ver, chamaquitos aguerridos, los voy a llevar con el presidente municipal para que los encierre en la cárcel". Creo que en ningún momento me hubieran sido mis conocimientos de derecho más útiles que en ese momento en el que no los tenía. Haber sabido que la amenaza era un disparate jurídico que no respetaba ni las atribuciones de una alcaldía ni la edad mínima en la uno puede ser imputable por cualquier delito, me hubiera sido del mayor servicio. Ante la temible amenaza los nervios se caldearon. Entonces, Anallely propuso un remedio infalible: hay que ponerse una piedrita pequeña debajo de la lengua. ¿Para qué? - No sé, he oído que es de buena suerte. Ah, claro, entonces sí. ¿La lavamos antes? - No, es de más suerte si no la lavas. Ah, bueno, entonces así.
La piedrita no logró calmar el nerviosismo. Nos movimos a un rincón más escondido del patio, desde donde inicié una perorata - con la piedrita bajo la lengua - sobre cómo debíamos presentar nuestra defensa. Pero, Rafa ¿y si mañana en la formación de la escuela nos pasan al frente? Para eso no había remedio, tendríamos que soportar el nerviosismo estoicamente y si nos pasaban, peor aún, soportar la humillación colectiva ante toda la comunidad escolar de Huásabas. ¿Y si nos llevan a la cárcel? La patrulla salvadora estaba desmoralizada. Yo tratando de calmarlos empecé a proponer medidas poco éticas, como negar los hechos. Mientras argumentaba a favor de la mentira, empecé poco a poco a notar la cara de mis amigos que no reflejaban ninguna buena señal. Efectivamente, detrás mío y frente a ellos estaba mi papá escuchando mi apología de la mentira. Lo siguiente que sentí fue un contundente coscorrón, seguido de un "estás castigado" que no parecía ser susceptible de apelación.
Mis amigos se fueron a sus casas y yo me metí a mi cuarto que fue un lugar de castigo bastante cómodo, en donde me di a la meditación y al nerviosismo. ¿Qué pasaría con la cárcel? Conforme pasaban las horas parecía que ese no iba a ser el problema. Pero, mañana en la escuela seguramente nos harían pasar al frente y exhibirían nuestro comportamiento deshonesto. ¡Qué tortura!
Tal vez sobra decir que el acontecimiento no había tenido la menor trascendencia. Nadie se enteró y, sobre todo, a nadie le importaba. Los compañeros de la patrulla salvadora estuvimos estresados hasta que nos pasaron de la formación matutina hacia los salones de clase sin ningún reproche, sin ninguna desaprobación, sin ninguna referencia ¡por vida de Dios!
Extraño mucho esa sensación infantil. Creer que el mundo gira en torno a uno. Que lo que hacemos es muy importante para todos. La edad se encarga pronto de desmentir esa noción. Luego solamente queda la sonrisa en los labios por recordar esa deliciosa ingenuidad. Una sonrisa, por cierto, como la que tengo en este momento.
Tres niños y tres niñas uno a uno fuimos trepándonos a la tapia de adobe, usando los brazos de una higuera que se prestaba para ese efecto. Wooooow. ¿Ya vieron? Es la casa abandonada. A mí me dijeron que es de un señor que se llama Saavedra - que mi imaginación me había convencido de que estaba emparentado con Don Quijote. Dicen que hay tesoros escondidos. Woooooow.
Estaba en ese tiempo de moda entre mis coetáneos de toda la República una novela que se llamó "Carrusel de niños" que marcó a toda una generación. La maestra Ximena con su halo de infinita bondad protagonizaba la historia en la cual una niña rica, María Joaquina - que previsiblemente posa ahora desnuda para revistas de caballeros - despreciaba a Cirilo, un niño pobre que, además, era negrito e hijo de Johnny Laboriel (una verdadera maldición para el imaginario colectivo). El caso es que los compañeros del salón de clases en el que tenía lugar la no-tan-romántica historia, por lo menos los que importaban, habían formado un grupo ultra secreto que se hacía llamar "La patrulla salvadora". ¿Dónde se reunía la patrulla salvadora? Claro, en una casa abandonada. Woooooow.
Recuerdo haber sentido un poco de remordimiento con sólo pensar en allanar la morada abandonada de un pariente de Don Quijote que, como agravante, sería mi vecino si aún viviera ahí. Pero qué tal si sí había un tesoro y la patrulla salvadora podría salvar... mmmhhh, no sé, al pueblo. No hizo falta mucho tiempo para tomar la decisión. Si hay un tesoro debe de estar del otro lado de esa puerta de madera antigua que se nota que con unas patadas no dará problema para abrir. Los tres niños y las tres niñas brincamos hacia el patio de la casa abandonada. Ahí instalados iniciamos, como lo haría cualquier patrulla salvadora que se precie de serlo, una larga deliberación sobre los pros y los contras de ir en busca del tesoro perdido tras décadas de abandono. Se hicieron oír las voces sensatas que abogaban por abortar la misión. Pero no se hicieron oír sensatas, sino cobardes. Y, claro, cualquiera sabe que no se puede ser cobarde si se trata de encontrar un tesoro de los familiares de Don Quijote.
Cuando cobramos conciencia de que éramos la imagen viva y verdadera de la patrulla salvadora que salía en la televisión, no hubo espacio para la cobardía. Unánimemente decidimos que era hora de ir por él. Por el tesoro cuya existencia ya para ese momento era indudable. Menos mal que había tres varoncitos dispuestos a demostrar su fuerza bruta. Empezamos a dar patadas y parecía que aquella puerta estaba dispuesta a ceder muy rápidamente. La aldaba que sostenía un oxidado candado se empezó a desprender de la vieja madera. Pum, pum, pum. Y vino lo que era de esperarse: un plaaaaz. Se abrió la puerta. Ahora el tesoro estaba a nuestra disposición. Se trataba de un baúl también de madera vieja lleno de trastes de peltre despostillados y otros instrumentos de cocina de épocas muy previas.
No puedo decir que me haya desilusionado mucho el descubrimiento, porque nuestra poderosa imaginación de entonces nos jugaba siempre trucos. Continuamos la deliberación y los puntos a favor de considerar un tesoro lo recién descubierto. Yo me manifesté enfáticamente entusiasta de que sí lo era, pero que no parecían de oro porque estaban sucios y viejos. En esa discusión estábamos cuando escuchamos el grito de un señor muy molesto increpándonos un "muchachos malcriados salgan de ahí". Sobra decir que nos faltaron pies para correr más rápido, brincar la barda a la casa de mi nana, salir corriendo por la huerta, atravesar el corredor, llegar a la calle y luego entrar al patio de mi casa para escondernos.
Estábamos muy mal escondidos porque nos podíamos ver perfectamente desde la calle. Ya saben, detalles no contemplados por la producción. Nos dimos cuenta hasta que vimos a Don Lupe que nos dijo "van a ver, chamaquitos aguerridos, los voy a llevar con el presidente municipal para que los encierre en la cárcel". Creo que en ningún momento me hubieran sido mis conocimientos de derecho más útiles que en ese momento en el que no los tenía. Haber sabido que la amenaza era un disparate jurídico que no respetaba ni las atribuciones de una alcaldía ni la edad mínima en la uno puede ser imputable por cualquier delito, me hubiera sido del mayor servicio. Ante la temible amenaza los nervios se caldearon. Entonces, Anallely propuso un remedio infalible: hay que ponerse una piedrita pequeña debajo de la lengua. ¿Para qué? - No sé, he oído que es de buena suerte. Ah, claro, entonces sí. ¿La lavamos antes? - No, es de más suerte si no la lavas. Ah, bueno, entonces así.
La piedrita no logró calmar el nerviosismo. Nos movimos a un rincón más escondido del patio, desde donde inicié una perorata - con la piedrita bajo la lengua - sobre cómo debíamos presentar nuestra defensa. Pero, Rafa ¿y si mañana en la formación de la escuela nos pasan al frente? Para eso no había remedio, tendríamos que soportar el nerviosismo estoicamente y si nos pasaban, peor aún, soportar la humillación colectiva ante toda la comunidad escolar de Huásabas. ¿Y si nos llevan a la cárcel? La patrulla salvadora estaba desmoralizada. Yo tratando de calmarlos empecé a proponer medidas poco éticas, como negar los hechos. Mientras argumentaba a favor de la mentira, empecé poco a poco a notar la cara de mis amigos que no reflejaban ninguna buena señal. Efectivamente, detrás mío y frente a ellos estaba mi papá escuchando mi apología de la mentira. Lo siguiente que sentí fue un contundente coscorrón, seguido de un "estás castigado" que no parecía ser susceptible de apelación.
Mis amigos se fueron a sus casas y yo me metí a mi cuarto que fue un lugar de castigo bastante cómodo, en donde me di a la meditación y al nerviosismo. ¿Qué pasaría con la cárcel? Conforme pasaban las horas parecía que ese no iba a ser el problema. Pero, mañana en la escuela seguramente nos harían pasar al frente y exhibirían nuestro comportamiento deshonesto. ¡Qué tortura!
Tal vez sobra decir que el acontecimiento no había tenido la menor trascendencia. Nadie se enteró y, sobre todo, a nadie le importaba. Los compañeros de la patrulla salvadora estuvimos estresados hasta que nos pasaron de la formación matutina hacia los salones de clase sin ningún reproche, sin ninguna desaprobación, sin ninguna referencia ¡por vida de Dios!
Extraño mucho esa sensación infantil. Creer que el mundo gira en torno a uno. Que lo que hacemos es muy importante para todos. La edad se encarga pronto de desmentir esa noción. Luego solamente queda la sonrisa en los labios por recordar esa deliciosa ingenuidad. Una sonrisa, por cierto, como la que tengo en este momento.
lunes, mayo 10, 2010
Sobre choques culturales
Dicen que el choque cultural que implica mudarse a una sociedad diferente tiene tres etapas bien definidas. La primera es la más placentera, se trata de experimentar el entusiasmo de lo diferente. Se disfruta cada pequeño detalle que resulta distinto de la sociedad de origen. Aunque se observan las cosas que son menos positivas en el lugar de destino, no se les odia sino que se les encuentra graciosas, folclóricas. La segunda etapa, es radicalmente opuesta y suele venir después de uno o tres meses de la mudanza. Ahí todo se empieza a juzgar negativamente. Se siente mucha nostalgia por el lugar de residencia anterior; se extraña la comida, la familia, los amigos. Todo parece peor e incluso las cosas que se habían disfrutado al principio se tornan aburridas, se aprecian incorrectas y es común caer en estados depresivos. La tercera etapa es la asimilación. En ésta se fortalecen lazos de amistad con los nuevos conocidos, se encuentran más similitudes que diferencias con las etapas previas de la vida y ¡up! Ya estás aclimatado y dentro de una nueva cotidianidad, extrañas menos cosas y estás más abierto a nuevas experiencias.
Yo estoy sin duda disfrutando de la primera etapa de este choque cultural. Todo lo encuentro gracioso, lo pequeño de la ciudad me resulta encantador, la gente me parece de lo más agradable. En fin, todo pinta muy bien hasta ahora. Espero que la segunda etapa no me tome desprevenido y me vuelva un espantoso grinch que se queje de todo. Lo cierto es que en cambios previos que he tenido (y los he tenido bruscos) esa segunda etapa ha sido más bien breve y muy matizada. Ninguna mudanza me ha causado ni cercanamente entrar en depresión ni ningún drama similar, sobre todo porque a donde he ido he encontrado gente formidable que ha hecho mi vida muy bonita (juzgada por mí, sobra decir).
Y para compartir el entusiasmo de mi primer acercamiento con la cultura y sociedad costarricenses les comparto tres expresiones que encuentro formidables.
1. "Con gusto". Esta expresión se usa para contestar cuando uno dice gracias. No se usa el "de nada" o "de qué" que son bastante más sosos y parecen indicar indiferencia al servicio prestado por uno (y no hay derecho a restarle importancia a lo que hace uno). El "con gusto" es una fórmula que me parece muy cortés, muy amable. Así que voy por la vida agradeciendo a la gente para escuchar que lo que han hecho, lo han hecho con gusto.
2. "Pura vida". Tal vez sea ésta la expresión con la que más se identifica a Costa Rica, como lo son para México "ándale", "güey", "híjole" en el imaginario colectivo hispanoparlante. "Pura vida" se usa para todo, desde para responder un cómo estás hasta para terminar una conversación cuando ya no hay nada más qué decir. Costa Rica es un país muy verde, de una biodiversidad avasalladora, internacionalmente promotor del medio ambiente y de las causas pacíficas, así que el pura VIDA en ningún lugar hubiera quedado mejor que aquí.
3. "Diay". Esta muletilla todavía no la he logrado decodificar. Me parece que su origen debe de ser "De ahí... que". Una especie del "pues" que se usa abundantemente en México.
Antes de que se me pase el entusiasmo de la llegada, espero escribir más sobre las manifestaciones genuinamente democráticas de la sociedad tica. Y aclaro, no me refiero en ningún momento a instituciones políticas o gubernamentales, porque mi ocupación restringe mi libertad para hacer públicas mis opiniones sobre ese tipo de temas. Diay, que mejor me las guardo, jeje.
Yo estoy sin duda disfrutando de la primera etapa de este choque cultural. Todo lo encuentro gracioso, lo pequeño de la ciudad me resulta encantador, la gente me parece de lo más agradable. En fin, todo pinta muy bien hasta ahora. Espero que la segunda etapa no me tome desprevenido y me vuelva un espantoso grinch que se queje de todo. Lo cierto es que en cambios previos que he tenido (y los he tenido bruscos) esa segunda etapa ha sido más bien breve y muy matizada. Ninguna mudanza me ha causado ni cercanamente entrar en depresión ni ningún drama similar, sobre todo porque a donde he ido he encontrado gente formidable que ha hecho mi vida muy bonita (juzgada por mí, sobra decir).
Y para compartir el entusiasmo de mi primer acercamiento con la cultura y sociedad costarricenses les comparto tres expresiones que encuentro formidables.
1. "Con gusto". Esta expresión se usa para contestar cuando uno dice gracias. No se usa el "de nada" o "de qué" que son bastante más sosos y parecen indicar indiferencia al servicio prestado por uno (y no hay derecho a restarle importancia a lo que hace uno). El "con gusto" es una fórmula que me parece muy cortés, muy amable. Así que voy por la vida agradeciendo a la gente para escuchar que lo que han hecho, lo han hecho con gusto.
2. "Pura vida". Tal vez sea ésta la expresión con la que más se identifica a Costa Rica, como lo son para México "ándale", "güey", "híjole" en el imaginario colectivo hispanoparlante. "Pura vida" se usa para todo, desde para responder un cómo estás hasta para terminar una conversación cuando ya no hay nada más qué decir. Costa Rica es un país muy verde, de una biodiversidad avasalladora, internacionalmente promotor del medio ambiente y de las causas pacíficas, así que el pura VIDA en ningún lugar hubiera quedado mejor que aquí.
3. "Diay". Esta muletilla todavía no la he logrado decodificar. Me parece que su origen debe de ser "De ahí... que". Una especie del "pues" que se usa abundantemente en México.
Antes de que se me pase el entusiasmo de la llegada, espero escribir más sobre las manifestaciones genuinamente democráticas de la sociedad tica. Y aclaro, no me refiero en ningún momento a instituciones políticas o gubernamentales, porque mi ocupación restringe mi libertad para hacer públicas mis opiniones sobre ese tipo de temas. Diay, que mejor me las guardo, jeje.
lunes, mayo 03, 2010
Imitando al Santo Job
Yo soy muy de acudir a la sabiduría popular cuando la mía propia no me alcanza, que es la mayoría de las veces. Haber pasado mi infancia al lado de mi nana Carmela sin duda fue un gran inicio para llenar mi cabecita de infante de dichos, refranes y proverbios. Los uso con toda frecuencia porque no hay que pensarle mucho cuando los siglos han decantado la experiencia humana en cortas cápsulas lingüísticas.
En este momento, por ejemplo, mi mente no se cansa de repetir un dicho que mi nana decía con frecuencia citando a la autora - cuya identidad desconozco pero que seguramente era alguna señora muy sabia de Huásabas. Decía esta aguda pensadora que vale más parir que esperar. Vale más parir que esperar. Es cierto.
Eso de estar esperando, creo yo, puede matar a cualquiera. Y si se trata de mí, me puede matar muy rápidamente (a diferencia de parir que, a Dios gracias, no es una posibilidad para mí). Porque los hay quienes vienen con paciencia de nacimiento, pero otros como yo tenemos que conformarnos con aguantar el estómago retorcerse con la idea de esperar. Además, la mayoría de las veces, cuando nos toca esperar es porque no nos queda otro remedio. Y a falta de otro remedio no queda más que esperar. Y ahí es donde la marrana tuerce el rabo.
Así que yo, mientras espero, le doy fin a esta desesperante entrada de mi blog.
En este momento, por ejemplo, mi mente no se cansa de repetir un dicho que mi nana decía con frecuencia citando a la autora - cuya identidad desconozco pero que seguramente era alguna señora muy sabia de Huásabas. Decía esta aguda pensadora que vale más parir que esperar. Vale más parir que esperar. Es cierto.
Eso de estar esperando, creo yo, puede matar a cualquiera. Y si se trata de mí, me puede matar muy rápidamente (a diferencia de parir que, a Dios gracias, no es una posibilidad para mí). Porque los hay quienes vienen con paciencia de nacimiento, pero otros como yo tenemos que conformarnos con aguantar el estómago retorcerse con la idea de esperar. Además, la mayoría de las veces, cuando nos toca esperar es porque no nos queda otro remedio. Y a falta de otro remedio no queda más que esperar. Y ahí es donde la marrana tuerce el rabo.
Así que yo, mientras espero, le doy fin a esta desesperante entrada de mi blog.
domingo, mayo 02, 2010
De franquicias y cosas peores
Después de pasar una tranquila mañana dominical habiendo visto una película y leído una buena parte de un libro sobre derechos humanos, llegó la hora de ponerse en acción y seguir recorriendo la ciudad con el excelente pretexto de ir a comer. Me bañé, me encremé y justo cuando estaba poniéndome mi dominical atuendo, se puso todo a llover. Con todo solamente me refiero al cielo, pero es más que suficiente para desarmar mi recreativo plan. Lo único que no se desarmó fue mi apetito - que representa, sin duda, la más intransigente de mis necesidades.
Cuando se llega la hora de comer, debo hacerlo llueva o truene (literalmente). Así que había que cambiar un poco el plan de pasearse y encontrar un restaurante lo más cercano posible. Tuvo mi memoria la ocurrencia de recordarme que a sólo una cuadra tenía un flamante Pizza Hut. Yo puedo comer pizza o pastas todos los días de mi existencia, así que el plan no parecía nada malo. Además, las franquicias tienen esa parte de seguridad de que ya sabes a lo que vas, tal vez no te sorprenda ninguna de sus delicias, pero you get what you expect.
Me dieron mi mesa y confirmé visualmente la primera impresión auditiva: aquello estaba que pululaba de niños. No soy ningún Grinch, quiero aclarar, pero no es difícil llegar a la conclusión de que si hay chamacos no habrá tranquilidad para el alma sedienta de paz. En fin, me senté a explorar los paquetes alimenticios del lugar y a tratar de obtener una decisión racional dado el eterno conflicto que media entre el placer y la cuenta bancaria. En eso estaba cuando se escucha en el altavoz que en Pizza Hut les gusta consentir a los clientes especiales y que uno de ellos cumplía años hoy así que una turba de meseros con ruidosas panderetas hacían ruidos mientras se escuchaba una canción de felicitación.
Cuando acabó el espectáculo para consentir a su cliente especial, sin pasar siquiera treinta segundos, se vuelve a escuchar el altavoz con la misma historia y la misma cantidad abrumadora de ruido. En fin - pensé yo - estoy en un Pizza Hut y esa mercadotecnia barata es lo que uno sabe que puede esperar. Seguí concentrado en decidir si quería sopa o ensalada en lo que pasaba el ruido. Cuando acabó el segundo show y pasaron aproximadamente cuarenta segundos, empieza otra vez a escucharse la nefasta grabación del festejo a otro más de sus clientes especiales.
Un espontáneo y bastante alto "¡Ay, no, por Dios!" salió de mis entrañas. No que se oyera en todo el lugar, pero sí en las dos mesas contiguas a la mía que voltearon a verme un poco compartiendo mi impaciencia y otro poco no compartiendo mis modos. Ordeno mi comida en lo que termina el tercer show, mientras sigo pensando en la paradoja de que ofrezcan exactamente la misma ridícula y acartonada felicitación para hacer sentir especiales a sus clientes una y otra vez. Estando es esas profundas cavilaciones, escucho la cuarta - y consecutiva - felicitación especial para gente especial. Era ni más ni menos que para mi vecina de mesa, la misma que había sido partícipe de mi exasperación.
Yo espero que ella y sus acompañantes hayan sido premiadas con el invaluable regalo de la indiferencia porque si no, la situación resultaba bastante incómoda y yo apenas estaba recibiendo mis sagrados alimentos. Claro, hay un Dios que todo lo ve y a veces no es misericordioso. Había pedido una pizza "personal" y me recala el mesero con lo que parecía una muestra de laboratorio. Sé que en palabras como "personal" hay mucha subjetividad; que sin duda la Madre Teresa de Calcuta o Mahatma Gandhi, en su infinita sabiduría y falta de concupiscencia, habrían quedado más que satisfechos. Pero para mí aquello era del tamaño de una galleta, aceptable como entrada para una comida mayor no como plato principal.
Tuve que conformarme y dejar para el postre la encomiable misión de alimentarme, mientras analizaba con la mejor de las actitudes mi siempre presente falta de prudencia y mi firme compromiso de no volver a Pizza Hut o cualquier otra franquicia en mucho, mucho tiempo.
Cuando se llega la hora de comer, debo hacerlo llueva o truene (literalmente). Así que había que cambiar un poco el plan de pasearse y encontrar un restaurante lo más cercano posible. Tuvo mi memoria la ocurrencia de recordarme que a sólo una cuadra tenía un flamante Pizza Hut. Yo puedo comer pizza o pastas todos los días de mi existencia, así que el plan no parecía nada malo. Además, las franquicias tienen esa parte de seguridad de que ya sabes a lo que vas, tal vez no te sorprenda ninguna de sus delicias, pero you get what you expect.
Me dieron mi mesa y confirmé visualmente la primera impresión auditiva: aquello estaba que pululaba de niños. No soy ningún Grinch, quiero aclarar, pero no es difícil llegar a la conclusión de que si hay chamacos no habrá tranquilidad para el alma sedienta de paz. En fin, me senté a explorar los paquetes alimenticios del lugar y a tratar de obtener una decisión racional dado el eterno conflicto que media entre el placer y la cuenta bancaria. En eso estaba cuando se escucha en el altavoz que en Pizza Hut les gusta consentir a los clientes especiales y que uno de ellos cumplía años hoy así que una turba de meseros con ruidosas panderetas hacían ruidos mientras se escuchaba una canción de felicitación.
Cuando acabó el espectáculo para consentir a su cliente especial, sin pasar siquiera treinta segundos, se vuelve a escuchar el altavoz con la misma historia y la misma cantidad abrumadora de ruido. En fin - pensé yo - estoy en un Pizza Hut y esa mercadotecnia barata es lo que uno sabe que puede esperar. Seguí concentrado en decidir si quería sopa o ensalada en lo que pasaba el ruido. Cuando acabó el segundo show y pasaron aproximadamente cuarenta segundos, empieza otra vez a escucharse la nefasta grabación del festejo a otro más de sus clientes especiales.
Un espontáneo y bastante alto "¡Ay, no, por Dios!" salió de mis entrañas. No que se oyera en todo el lugar, pero sí en las dos mesas contiguas a la mía que voltearon a verme un poco compartiendo mi impaciencia y otro poco no compartiendo mis modos. Ordeno mi comida en lo que termina el tercer show, mientras sigo pensando en la paradoja de que ofrezcan exactamente la misma ridícula y acartonada felicitación para hacer sentir especiales a sus clientes una y otra vez. Estando es esas profundas cavilaciones, escucho la cuarta - y consecutiva - felicitación especial para gente especial. Era ni más ni menos que para mi vecina de mesa, la misma que había sido partícipe de mi exasperación.
Yo espero que ella y sus acompañantes hayan sido premiadas con el invaluable regalo de la indiferencia porque si no, la situación resultaba bastante incómoda y yo apenas estaba recibiendo mis sagrados alimentos. Claro, hay un Dios que todo lo ve y a veces no es misericordioso. Había pedido una pizza "personal" y me recala el mesero con lo que parecía una muestra de laboratorio. Sé que en palabras como "personal" hay mucha subjetividad; que sin duda la Madre Teresa de Calcuta o Mahatma Gandhi, en su infinita sabiduría y falta de concupiscencia, habrían quedado más que satisfechos. Pero para mí aquello era del tamaño de una galleta, aceptable como entrada para una comida mayor no como plato principal.
Tuve que conformarme y dejar para el postre la encomiable misión de alimentarme, mientras analizaba con la mejor de las actitudes mi siempre presente falta de prudencia y mi firme compromiso de no volver a Pizza Hut o cualquier otra franquicia en mucho, mucho tiempo.
viernes, abril 30, 2010
Newly arrived...
Ayer cumplí una semana en Costa Rica. He visto el sol muy pocas veces porque aquí lo que está de moda en los asuntos meteorológicos es el nublado constante. Tienen una noción particular de las estaciones en Centroamérica. Sólo hay dos de ellas, el verano y el invierno, pero no es la temperatura lo que las define, sino la cantidad de lluvia. Si llueve todo el tiempo es invierno y si no llueve todo el tiempo es verano. Ahora estamos entrando al invierno, a pesar de que el hemisferio norte acaba de salir de él. En fin, que son las curiosidades que no dejan de llamar mi atención.
Por todo lo demás, estoy encantado. Las oficinas de la Embajada de México en San José son lindísimas. Es una casona vieja con una arquitectura muy linda, es común que los turistas que pasen por en frente se paren a tomarle fotos. Es además un lugar histórico porque aquí se firmó un pacto que terminó con la última guerra civil que tuvo Costa Rica. Desde entonces el país es una democracia consolidada, la más antigua de América Latina sin intermedios autoritarios. San José es una ciudad linda, bastante pequeña cuando uno viene de ciudad de México, pero con sus particulares encantos. Para mí que soy hombre de desierto y me maravillo de cualquier vegetación que tenga el color verde - jeje - esto es un Edén. Hay árboles preciosos y los jardines son muy bonitos. El tráfico es bastante lento y molesto porque prácticamente no hay calles o avenidas grandes. Aunado a esto, la mayoría de los carros usa motor de diesel así que es el tráfico es muy ruidoso.
La gente no camina mucho en las calles a partir de que oscurece - a las 5:30 de la tarde - haciendo que mis caminatas nocturnas vayan acompañadas de cierto nerviosismo de encontrarme con la versión centroamericana de Jack el Destripador. Hasta ahorita, afortunadamente, no ha ocurrido, yo sigo tan entripado como cuando llegué.
Ahora bien, lo que ha ocupado mi mente todos estos días es mi desesperado intento por construirme una vida en el más breve tiempo. He estado viendo lo que me han parecido miles de departamentos que en realidad han sido unos cuantos. Voy de agencia en agencia buscando carros, desde los más impagables hasta los más improbables. Pasé todo un día en las oficinas que controlan las líneas de celular para adquirir un modelo de la más alta tecnología que me permitirá conectarme con el mundo y desconectarme de mi cerebro. Todo eso más los 101 trámites que debe hacer uno cuando se muda de país, que seguramente terminarán un día antes de que me informen que debo trasladarme a otro lugar, así que mejor me la tomo tranquilo.
Lo más extraño que me ha pasado en esta última semana y que ha tomado por sorpresa a mi cuerpo, es que estoy durmiendo ocho horas por día y, a veces, hasta nueve. Ah, claro, eso y que tanta humedad hace que mi peinado sea el mejor ejemplo del caos que se ha conocido en el planeta Tierra.
Por todo lo demás, estoy encantado. Las oficinas de la Embajada de México en San José son lindísimas. Es una casona vieja con una arquitectura muy linda, es común que los turistas que pasen por en frente se paren a tomarle fotos. Es además un lugar histórico porque aquí se firmó un pacto que terminó con la última guerra civil que tuvo Costa Rica. Desde entonces el país es una democracia consolidada, la más antigua de América Latina sin intermedios autoritarios. San José es una ciudad linda, bastante pequeña cuando uno viene de ciudad de México, pero con sus particulares encantos. Para mí que soy hombre de desierto y me maravillo de cualquier vegetación que tenga el color verde - jeje - esto es un Edén. Hay árboles preciosos y los jardines son muy bonitos. El tráfico es bastante lento y molesto porque prácticamente no hay calles o avenidas grandes. Aunado a esto, la mayoría de los carros usa motor de diesel así que es el tráfico es muy ruidoso.
La gente no camina mucho en las calles a partir de que oscurece - a las 5:30 de la tarde - haciendo que mis caminatas nocturnas vayan acompañadas de cierto nerviosismo de encontrarme con la versión centroamericana de Jack el Destripador. Hasta ahorita, afortunadamente, no ha ocurrido, yo sigo tan entripado como cuando llegué.
Ahora bien, lo que ha ocupado mi mente todos estos días es mi desesperado intento por construirme una vida en el más breve tiempo. He estado viendo lo que me han parecido miles de departamentos que en realidad han sido unos cuantos. Voy de agencia en agencia buscando carros, desde los más impagables hasta los más improbables. Pasé todo un día en las oficinas que controlan las líneas de celular para adquirir un modelo de la más alta tecnología que me permitirá conectarme con el mundo y desconectarme de mi cerebro. Todo eso más los 101 trámites que debe hacer uno cuando se muda de país, que seguramente terminarán un día antes de que me informen que debo trasladarme a otro lugar, así que mejor me la tomo tranquilo.
Lo más extraño que me ha pasado en esta última semana y que ha tomado por sorpresa a mi cuerpo, es que estoy durmiendo ocho horas por día y, a veces, hasta nueve. Ah, claro, eso y que tanta humedad hace que mi peinado sea el mejor ejemplo del caos que se ha conocido en el planeta Tierra.
miércoles, abril 14, 2010
¿Ya estás listo?
La pregunta que titula esta entrada es tal vez la que más escucho en los últimos días. Incluso más que la de si en verdad estoy bronceado. Quiero pensar que esta pregunta (si estoy listo, no si estoy bronceado) se refiere a que en una semana a partir de hoy me mudo a Costa Rica. Cuando la respondo no me pongo tan complicado como pienso ponerme ahora, pero la respuesta es que no sé.
No sé si estoy listo porque tampoco sé muy bien para qué debo estar listo. Una cosa es estar listo para irse y otra para llegar a un lugar nuevo, sin amigos, sin familia, sin un perrito que te ladre (lo cual agradezco porque no me gusta mucho que me ladren los perritos). Porque un tema es tener tus cosas listas y otro, muy diferente, es estar tú (o sea, yo) listo. Y, además, en español, a diferencia de en francés o en inglés, una cosa es estar listo y otra, más diferente, es ser listo.
Yo más que listo estoy alistándome. Abrumado por nimiedades y trámites que aunque pequeños a fuerza de ser tantos me llenan la cabeza. Que no me han dejado pensar a profundidad que a mí lo que me define es la nostalgia y que estoy a punto de nostalgiar con muchas ganas. Que se me van los días declarando impuestos y patrimonio (por así llamarlo), visitando bancos y calentando bancas en salas de espera. Y que no me alcanzan los días para ver a todos los amigos que dejo (en un sentido únicamente geográfico) ni para ordenar mis libros o tirar toda la basura que guardo y que haría que mi mudanza fuera el doble de grande y la mitad de eficiente.
Lo que más estoy disfrutando de este período que llamaré la época-del-ya-estás-listo es la avalancha de emociones que tienen que convivir simultáneamente en el pequeño espacio de mi corazón (porque todos sabemos que ahí es donde uno las guarda y que es un espacio pequeño). Hasta ahora lo han hecho muy bien, la neurosis ya se hizo amiga de la ilusión, a pesar de que antes no se llevaban, la impaciencia no se separa de la alegría, ni el nerviosismo del entusiasmo. Y en medio de todas esas emociones yo, el sujeto, sujetándome a ellas y tratando de que no me vuelvan más loco, porque la locura ya la elogió muy bien Erasmo, pero todavía hay quienes no se convencen de sus infinitas bondades, lo que te obliga a guardar cierta apariencia de cordura.
Y ahora me voy porque tengo que sacarle copias a mi credencial del Club de Mickey que me pidieron para un trámite. Y me la pidieron por triplicado.
No sé si estoy listo porque tampoco sé muy bien para qué debo estar listo. Una cosa es estar listo para irse y otra para llegar a un lugar nuevo, sin amigos, sin familia, sin un perrito que te ladre (lo cual agradezco porque no me gusta mucho que me ladren los perritos). Porque un tema es tener tus cosas listas y otro, muy diferente, es estar tú (o sea, yo) listo. Y, además, en español, a diferencia de en francés o en inglés, una cosa es estar listo y otra, más diferente, es ser listo.
Yo más que listo estoy alistándome. Abrumado por nimiedades y trámites que aunque pequeños a fuerza de ser tantos me llenan la cabeza. Que no me han dejado pensar a profundidad que a mí lo que me define es la nostalgia y que estoy a punto de nostalgiar con muchas ganas. Que se me van los días declarando impuestos y patrimonio (por así llamarlo), visitando bancos y calentando bancas en salas de espera. Y que no me alcanzan los días para ver a todos los amigos que dejo (en un sentido únicamente geográfico) ni para ordenar mis libros o tirar toda la basura que guardo y que haría que mi mudanza fuera el doble de grande y la mitad de eficiente.
Lo que más estoy disfrutando de este período que llamaré la época-del-ya-estás-listo es la avalancha de emociones que tienen que convivir simultáneamente en el pequeño espacio de mi corazón (porque todos sabemos que ahí es donde uno las guarda y que es un espacio pequeño). Hasta ahora lo han hecho muy bien, la neurosis ya se hizo amiga de la ilusión, a pesar de que antes no se llevaban, la impaciencia no se separa de la alegría, ni el nerviosismo del entusiasmo. Y en medio de todas esas emociones yo, el sujeto, sujetándome a ellas y tratando de que no me vuelvan más loco, porque la locura ya la elogió muy bien Erasmo, pero todavía hay quienes no se convencen de sus infinitas bondades, lo que te obliga a guardar cierta apariencia de cordura.
Y ahora me voy porque tengo que sacarle copias a mi credencial del Club de Mickey que me pidieron para un trámite. Y me la pidieron por triplicado.
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