Y ahora es lunes. Y los lunes son tal porque acaba de pasar el fin de semana. Y el fin de semana es un regalo que viene con rigurosa periodicidad. Así pensando, el mismo viernes en la noche, después de tomar unas copas de vino con los compañeros de trabajo, para celebrar que se había terminado bien un evento que organizaron en mi chamba, me fui directo a la estación de metro Constituyentes. Ahí, me esperaba un amigo que me había invitado a la boda de su prima en el estado de Guanajuato. Como yo soy lo que se llama un "pata de perro", o sea, de los que le gusta andar de arriba para abajo, acepté la invitación - negarme a una va contra mi religión individual.
No tiene mucho que ver con el tema, pero la estación Constituyentes es mi metro favorito de la ciudad de México, así que me dispongo a describir porqué me gusta esta estación que era parte imprescindible en la ruta de mi casa a la maestría pero que hace ya un buen rato dejé de usar, por lo que, además, revisitarla me hizo sentir cierta nostalgia. Es muy rara la estación y muy profunda, probablemente sea la más subterránea de la ciudad y eso me fascina, para llegar a los andenes hay que bajar tres tramos larguísimos de escaleras eléctricas, tan largos que cuando ves para abajo sientes como si te estuvieras sumergiendo al centro de la tierra (soy taaaan mam"#$#!!!). Además, siempre está muy sola y callada, unas cuantas personas esperan calladas el siguiente tren desparramadas a lo largo del túnel. Hay una pequeña fuguita de agua que gotea constantemente y que es la versión urbana-tercer mundista de los sonidos ambientales onda new age. La estación tiene una sola salida que da a un parquecito gris que, por estar a espaldas de la vialidad, se yergue como un refugio de tranquilidad, decorado solamente con unas cuantas bancas y dos o tres arbolitos empolvados, bajo los cuales se reúnen clichés universales pero revestidos de estética chilanga, como alguna pareja de enamorados dándose algún beso furtivo, o dos estudiantes de faldas más cortas de lo que la prefecta de la escuela quisiera, platicando entre pícaras sonrisas mientras se toman un refresco.
Después de esta larga y un tanto inútil digresión, vuelvo para seguir comentando que de ahí tomamos la salida poniente de la ciudad, la de Toluca, pasando por el très cuquis barrio de Santa Fe, en el que, como siempre, llovía y hacía más frío que en el resto de la ciudad. Excepto un poco de tráfico para salir del D.F. todo transcurrió con normalidad hasta que llegamos a Toluca y pasamos junto al río Lerma. Este río es el segundo más largo del país con casi 1000 kilómetros de longitud y atravieza los estados de México, Michoacán, Guanajuato, Querétaro y Jalisco, antes de desembocar en el lago Chapala, el más grande del país. Es, además, muy importante porque su cuenca forma parte de una de las regiones más pobladas -e industriales- del país.
Pues lo que les quería contar es que al pasar por el río Lerma casi desfallecemos por el fétido hedor, o dicho en otros términos, la pinch%% peste. Aquello era peor que respirar en el canal principal del drenaje de la ciudad de México. El río, ¡río por vida de Dios!, apestaba de una manera que yo simplemente no podía creer y, menos, soportar. La contaminación de este río ha sido desde hace mucho años un tema relevante, pero yo no hubiera podido concebir que eso que olía fuera un río y no uno cualquiera, sino uno de los más importantes del país. Se supone que se han hecho "grandes avances" en la limpieza del río pero, entonces, ¿cómo estaría antes? No es que sea yo tan Rafa Verde-Ecologista, pero con ese río se riegan miles de hectáreas de agricultura y no quiero saber yo cuantos kilos de vegetables regados con esa agua putrefacta me he comido viviendo en el centro de la República. Conclusión: estoy muy preocupado por el río Lerma. Y, ahora, continuemos con mi viaje.
El estado de Guanajuato, en el centro-occidente de México, tiene algunas características propias, en general, de esa región del país. Es de los estados más católicos y conservadores del país, centro importante de la guerra de los cristeros en la primera mitad del siglo XX. Fue de las áreas del país que se colonizaron más tempranamente por los españoles, por lo que se encuentran construcciones muy antiguas de la Colonia, como el impresionante convento franciscano de Yuriria (año 1550) que me dejó un buen rato sin aliento, por sus dimensiones y también por su armónica belleza. Es un estado tradicionalmente expulsor de migrantes a los Estados Unidos, junto con Zacatecas y Michoacán, lo cual se puede percibir en la vestimenta de muchos jóvenes que ostentan una estética parecida a la de pandillero de Los Ángeles. La región del estado a la que fui es la parte sur, a las ciudades de Acámbaro y Yuriria. En esta región -colindante con Michoacán- los pueblos tienen unos nombres que de pronunciarlos te dan risa, digo: Jerécuaro, Parácuaro, Tarandacuao, Tarimoro y un larguísimo y divertido etcétera.
La boda se desarrolló muy divertidamente aunque yo, consciente de mi rol de invitado de un primo (o sea, casi casi un gorrón-polizón, para todos los efectos) me comporté muy adecuadamente y no hice nada que pudiera hacer demasiado evidente mi presencia y difusa relación con los matrimoniantes.
Conocí también el vaso de la presa de Solís, que es muy bonita y muy harto grande. Los paisajes del Bajío (región del centro occidente del país) fue lo que más disfruté, por la suavidad de las colinas en las cuales se trazan pequeñas terrazas con sembradíos, flanqueadas por árboles solitarios y líneas de agaves y magueyes -cactus con los que se elaboran el tequila y mezcal, respectivamente.
La vida sosegada de las plazas de los pueblos es también un espectáculo digno siempre de contemplarse, las enormes construcciones antiguas que esconden patios centrales cargados de plantas ornamentales y los corredores adornados con portales y arquerías y plagados de macetas con flores son como tesoros escondidos al interior de ese México profundo de las pequeñas poblaciones que -al parecer- vive cada una su propio ritmo, sus historias particulares, tode en la humanidad constante de la complejidad de las relaciones interpersonales.
Al final de cuentas, viajar consiste -para mí- justamente en encontrar en otros lugares las diferencias (y las similitudes) que hacen el mundo interesante.
lunes, abril 28, 2008
viernes, abril 25, 2008
Viernes
Hoy es viernes. De acuerdo a la más reciente premiación de la Academia Intergaláctica por el Buen Vivir es el segundo Mejor Día de la Semana, sólo superado por el sábado. Los domingos en la tarde se han ganado desde tiempos inmemoriales el repudio de toda la humanidad que inicia su semana laboral o escolar los lunes. Los jueves yo nunca he entendido bien cómo o porqué pero son, para muchos, días obligatorios de fiesta guardar. O sea, hasta les llaman juebebes. Y es que mi parte recatada nunca ha podido ceder al principio de que entre semana hay que irse a la cama onda 11 o 12 de la noche, porque si se va uno de farra el jueves, hay que resignarse a que el viernes uno no servirá para nada, excepto para hacer bulto y mostrar una terrible cara de huevo cocido balanceándose aleatoriamente, tratando de mantener los ojitos abiertos. La verdad de las cosas es que ya que me pagan con dinero público el trabajo que realizo, me resulta una falta a la responsabilidad asistir con la mitad de mis cuatro y medio sentidos en funcionamiento (mi vista cuenta como medio sentido, por si no les salen las cuentas).
De cualquier manera, hay otras formas de aprovechar el jueves que no echan por la borda tu viernes por la mañana. Así lo intenté ayer, en el marco del Festival del Centro Histórico, fuimos a un espectáculo de danza contemporánea al Teatro de la Ciudad. No sé bien cómo expresar lo que vi (lo que oí de plano rebasa mis capacidades descriptivas). Fue horrible. No, no, no: fue horriiiiiiibleeeeeeeeeeee. Yo sé que la vanguardia artística sueña con ponerse conceptual y abstracta y que no se trata de crear belleza apreciable por las mayorías. No, qué va! que falta de sofisticación que tu propuesta artística sea nada más bonita o agradable, si de lo que realmetne se trata es de construir una torre de marfil y hacer cosas que sólo "entiendan" los iniciados. Entonces, lo que se les ocurrió fue poner de sonido un rechinido de uñas aturdidor y tremendamente molesto y perpetuarlo por HORA Y MEDIA (si estabas dentro del teatro, en realidad, te parecían unas quince horas ¡qué razón tenías Einstein con lo de que el tiempo es relativo! ¡Y eso que no fuiste a este espectáculo!).
La danza se convirtió en algo así como cinco individuos (creo que eran seres humanos), disfrazados de cualquier cosa, que si uno era muñeca, otro era un tipo que parecía de la Mara Salvatrucha pero con falda escocesa y un chongo como de samurai, otra... ay! ni pa' qué le sigo, imagínense disfraces sin sentido y ya lo tienen. Ok, los monitos se alternaban en movimientos como aleatorios (oooobviamente también sin ningún sentido), que si una convulsión, que si un grito, un aspaviento, un golpe al aire, taparse la cara, dar un paso para adelante, o dos para atrás, o ponerse en posición fetal como si tuvieran algún retortijón, you name it.
Como habíamos pagado por el boleto hicimos el esfuerzo de permanecer el mayor tiempo posible. Yo, gracias a Dios, tenía ganas de ir al baño y, gracias a Dios otra vez, me perdí como veinte minutos porque no conseguía dar con él (el baño), aunque claro, tal vez era mi subconsciente ayudándome a llevar la carga. Pero del sonido insoportable de la obra (si alguien le llama a eso música juro por Dios que me encargo personalmente de internarlo en un manicomio), digo que del sonido infernal no podía uno escaparse ni en el baño, así que con todo y temor de que me diera "mal de orín" por el desagrado, hice lo que tenía que hacer y procuré volver a perderme de regreso a mi lugar (y el Teatro de la Ciudad lo hace muy fácil).
Yo no sé gran cosa de arte, tal vez estaba contemplando el nacimiento de un nuevo movimiento artístico (propongo el nombre "horrorosismo") que mis nietos disfrutarán al máximo, claro que en ese tiempo la gente usará cascos y en vez de cerebro tendrán una Mac (que es mi predicción para la generación de mis nietos), pero la verdad yo digo que para ruidos molestos sobra y basta vivir en la ciudad de México (o cualquier ciudad) y para disfraces ridículos nada más falta fijar la vista en las hordas de darks, punks y emos que pululan por todos lados. No hace falta pagar un boleto (tres veces el valor de una entrada al cine) con la pretención de que vas a ir a ver algo artístico, para que te sigan jodiendo la vida (que eso lo hace muy bien uno solito, sin necesidad de ningún vanguardista). Pero, en fin... para la otra ya sé que primero hay que pedir recomendaciones a gente com'uno, para evitarse esos sustos.
Lo más agradable de la noche fue cuando, por fin, decidimos salirnos. Ahhhh! los sonidos de los camiones y de las perforadoras de calles nos parecían una melodiosa sinfonía, después de lo que acabábamos de escuchar. Al final, terminamos en la inauguración de una exposición de pintura también "conceptual", en una galería de arte de la colonia San Rafael. Lo bueno de ésta, es que el DJ que amenizaba la ocasión ponía música electrónica normal (o tal vez era horrible pero por comparación sonaba agradable). Las pinturas eran de toros y cabras abiertos en canal, o de seres humanos degollados (vaya usté a saber el concepto), pero... peeero... había cerveza y tequila gratis. Y no sólo eso, sino que había juguitos Boing (de manzana, uva y fresa), los cuales me alegraron mucho esa noche fresca de un jueves de abril.
Para cerrar con broche de oro, cuando regresamos al carro encontramos que la ventana del lado del copiloto (o sea, donde yo iba) estaba ABIERTA. Yo, con la prudencia que me caracteriza, había dejado dentro y casi a la vista mi recién estrenado Ipod de 30 GB y mi corbata favorita, además de un libro de Joseph Stiglitz sobre la globalización y sus insatisfacciones. Y cuál sería nuestra sorpesa que todo estaba intacto y que tanto mi aparatejo (que le podía haber interesado a muchos), mi corbata (que podía interesar a unos cuantos) y mi libro (que seguro no le hubiera interesado a nadie) seguían estando ahí después de horas de exposición al latrocinio urbano de una colonia no particularmente reconocida por su decencia.
El incidente nos hizo olvidar por algún rato el rechinido insoportable de la obra "horrorosista" y me reconcilió con una noche en la que salí a cerciorarme de que la movida cultural y yo no tenemos nada en común, excepto el gusto sadomasoquista por el desconcierto.
De cualquier manera, hay otras formas de aprovechar el jueves que no echan por la borda tu viernes por la mañana. Así lo intenté ayer, en el marco del Festival del Centro Histórico, fuimos a un espectáculo de danza contemporánea al Teatro de la Ciudad. No sé bien cómo expresar lo que vi (lo que oí de plano rebasa mis capacidades descriptivas). Fue horrible. No, no, no: fue horriiiiiiibleeeeeeeeeeee. Yo sé que la vanguardia artística sueña con ponerse conceptual y abstracta y que no se trata de crear belleza apreciable por las mayorías. No, qué va! que falta de sofisticación que tu propuesta artística sea nada más bonita o agradable, si de lo que realmetne se trata es de construir una torre de marfil y hacer cosas que sólo "entiendan" los iniciados. Entonces, lo que se les ocurrió fue poner de sonido un rechinido de uñas aturdidor y tremendamente molesto y perpetuarlo por HORA Y MEDIA (si estabas dentro del teatro, en realidad, te parecían unas quince horas ¡qué razón tenías Einstein con lo de que el tiempo es relativo! ¡Y eso que no fuiste a este espectáculo!).
La danza se convirtió en algo así como cinco individuos (creo que eran seres humanos), disfrazados de cualquier cosa, que si uno era muñeca, otro era un tipo que parecía de la Mara Salvatrucha pero con falda escocesa y un chongo como de samurai, otra... ay! ni pa' qué le sigo, imagínense disfraces sin sentido y ya lo tienen. Ok, los monitos se alternaban en movimientos como aleatorios (oooobviamente también sin ningún sentido), que si una convulsión, que si un grito, un aspaviento, un golpe al aire, taparse la cara, dar un paso para adelante, o dos para atrás, o ponerse en posición fetal como si tuvieran algún retortijón, you name it.
Como habíamos pagado por el boleto hicimos el esfuerzo de permanecer el mayor tiempo posible. Yo, gracias a Dios, tenía ganas de ir al baño y, gracias a Dios otra vez, me perdí como veinte minutos porque no conseguía dar con él (el baño), aunque claro, tal vez era mi subconsciente ayudándome a llevar la carga. Pero del sonido insoportable de la obra (si alguien le llama a eso música juro por Dios que me encargo personalmente de internarlo en un manicomio), digo que del sonido infernal no podía uno escaparse ni en el baño, así que con todo y temor de que me diera "mal de orín" por el desagrado, hice lo que tenía que hacer y procuré volver a perderme de regreso a mi lugar (y el Teatro de la Ciudad lo hace muy fácil).
Yo no sé gran cosa de arte, tal vez estaba contemplando el nacimiento de un nuevo movimiento artístico (propongo el nombre "horrorosismo") que mis nietos disfrutarán al máximo, claro que en ese tiempo la gente usará cascos y en vez de cerebro tendrán una Mac (que es mi predicción para la generación de mis nietos), pero la verdad yo digo que para ruidos molestos sobra y basta vivir en la ciudad de México (o cualquier ciudad) y para disfraces ridículos nada más falta fijar la vista en las hordas de darks, punks y emos que pululan por todos lados. No hace falta pagar un boleto (tres veces el valor de una entrada al cine) con la pretención de que vas a ir a ver algo artístico, para que te sigan jodiendo la vida (que eso lo hace muy bien uno solito, sin necesidad de ningún vanguardista). Pero, en fin... para la otra ya sé que primero hay que pedir recomendaciones a gente com'uno, para evitarse esos sustos.
Lo más agradable de la noche fue cuando, por fin, decidimos salirnos. Ahhhh! los sonidos de los camiones y de las perforadoras de calles nos parecían una melodiosa sinfonía, después de lo que acabábamos de escuchar. Al final, terminamos en la inauguración de una exposición de pintura también "conceptual", en una galería de arte de la colonia San Rafael. Lo bueno de ésta, es que el DJ que amenizaba la ocasión ponía música electrónica normal (o tal vez era horrible pero por comparación sonaba agradable). Las pinturas eran de toros y cabras abiertos en canal, o de seres humanos degollados (vaya usté a saber el concepto), pero... peeero... había cerveza y tequila gratis. Y no sólo eso, sino que había juguitos Boing (de manzana, uva y fresa), los cuales me alegraron mucho esa noche fresca de un jueves de abril.
Para cerrar con broche de oro, cuando regresamos al carro encontramos que la ventana del lado del copiloto (o sea, donde yo iba) estaba ABIERTA. Yo, con la prudencia que me caracteriza, había dejado dentro y casi a la vista mi recién estrenado Ipod de 30 GB y mi corbata favorita, además de un libro de Joseph Stiglitz sobre la globalización y sus insatisfacciones. Y cuál sería nuestra sorpesa que todo estaba intacto y que tanto mi aparatejo (que le podía haber interesado a muchos), mi corbata (que podía interesar a unos cuantos) y mi libro (que seguro no le hubiera interesado a nadie) seguían estando ahí después de horas de exposición al latrocinio urbano de una colonia no particularmente reconocida por su decencia.
El incidente nos hizo olvidar por algún rato el rechinido insoportable de la obra "horrorosista" y me reconcilió con una noche en la que salí a cerciorarme de que la movida cultural y yo no tenemos nada en común, excepto el gusto sadomasoquista por el desconcierto.
lunes, abril 21, 2008
Foto reportaje

Yo es que ando de muy pocas palabras, así que se me ocurrió que sería mejor idea publicar algunas de las fotos que envió ya desde Taiwán, mi amiga La Petra. No están ustedes pa' saberlo, pero la cámara de fotos con la que tomó estas imágenes se le cayó a no sé qué laguna por los rumbos de Cancún donde siguió las vacaciones en México que se vino a dar y que empiezan en esta taquería. Al parecer ha logrado rescatar las fotos que estaban en la memoria del accidentado aparatejo, que resultó no ser anfibio. Bueno, sin más preámbulo, en esta foto estamos en el "taco time", cenándonos ni más ni menos que unos tacos de carne asada al estilo de mi tierra, o sea, con una carne deliciosa, lo cual es un logro considerable en ciudad de México y con tortillas de harina (de trigo), porque en el centro de la República, el maíz ejerce un monopolio gastronómico que yo no comparto del todo y que sólo me puedo curar cuando voy a Sonora.

Ok, no sé bien a bien porqué es que tengo la lengua de fuera y una mirada que se pierde no en el horizonte, no en el sartén del omelette que les estaba preparando a mis visitas con los ingredientes que pude pepenar del refrigerador. No, esa mirada completamente desenfocada en realidad no tiene ningún propósito, pero creo que combina bien con mi pijama.

Y ahí va el Rafa luchando contra el terrible tráfico sabatino tratando de salir de la ciudad para llevar a sus visitas a las pirámides de la antiquísima ciudad de Teotihuacán. Toma tiempo pero con paciencia siempre hay manera de salir de la megalópolis.

Y henos aquí recién llegados a las pirámides con Ismael, un amigo paraguayo ex-radicado en Argentina y ahora de visita en España que le pareció buena oportunidad vestirse con indumentaria de aspecto prehispánico para combinar con el escenario teotihuacano. Yo también le recomendé un penacho (sombrero de plumas) pero ya le pareció exagerado. Hasta la izquierda está Martín, amigo de Casper (el novio de la Petra) que es otro alemán aprendiendo español y está viviendo ahora en el D.F.

Uno no debe desaprovechar la ocasión para rencontrarse con el pasado indígena, con el espíritu autóctono de la tierra, por lo que nada mejor que compartir esas emociones aborígenes con una coca-cola bien helada, tal y como seguramente lo hacían nuestros antepasados los teotihuacanos.

Teotihuacán es una ciudad hermosa, la habitó durante siglos una civilización hecha y derecha, que nos dejó un legado arquitectónico e histórico como para llenarnos de orgullo y recordarnos la necesidad de revalorar (pero auténticamente no como parte de lo políticamente correcto) las civilizaciones previas a la Conquista.

Y aquí, en posición de "tirar rostro", lo cual además de patético es muy satisfactorio para el ego, con la mismímima pirámide del Sol como testigo.

y uno se pone soñador cuando llega a la cima de la pirámide, así que la Petra y yo en ese momentos rediseñamos el mundo, pero mejor decidimos abandonar la misión porque nos dolían mucho las rodillas después de tanto escalón.

No, no se trata del concurso "ponga usted la cara rara", es sólo que con el cansancio de todo un día de paseo, no encontramos manera más mexicana de terminar el trayecto que yendo a comer, así que nos fuimos a un restaurante que está dentro de una cueva y que tiene (además de precios inflados para turistas) una buena carta de platillos nacionales.
Quiero más fines de semana como ése.
jueves, abril 17, 2008
Raphaël

Hoy por la mañana en mi recién estrenado Ipod de 30 Gb de capacidad (sirva el blog para presumir mi más reciente adquisición que me tiene muy contento en los musicalizados trayectos de ida y vuelta del trabajo a la casa y levantando pesas en el gimnasio al ritmo de la alegría que me causa siempre la música depresiva).
Les decía que hoy por la mañana venía oyendo la letra de una canción de la ahora tan célebre Carla Bruni, que me compuso cuando años atrás tuvimos un encuentro furtivo, un tórrido romance, un voluptuoso affaire en un París que nunca fue más romántico. Claro que, en ese entonces, Cajla (así se oye más Fench) no era la primera dama de Francia, sino sólo una modelo en busca del verdadero amor, que ahora sabe que no existe para una ninfómana de su estatura.
Pues les contaba que mi compañía la dejó tan marcada que, como era una incipiente cantante, decidió componerme una canción. ¡Estos italianos - pensé yo- todo el tiempo cantando! ¿Y después que sigue, O sole mío?. El caso es que, no es por presumir sobre mi desempeño, pero la canción dice cosas como "Raphaël a l'air d'un ange, mais c'est un diable de l'amour" que en cristiano sería algo así como "Rafael parece un ángel, pero es un diablo del amor..." Oh my goodness!!! Evidentemente, mi ego escaló a alturas nunca antes conocidas por el ego humano. Y, claro, cómo vas a quedar después de que digan de ti algo como "Les jours sans lui deviennent ennui, et mes nuits s'ennuient de plus belle.
Pas d'inquiétude, pas de prélude, pas de promesse à l'éternel,
Juste l'amour dans notre lit, juste nos vies en arc-en-ciel, Raphaël... que vamos a traducir como "Los días sin él son aburridos y hasta la mejor noche se hace problemática. No hay inquietudes, ni preludios, ni promesas eternas con él, sólo el amor en nuestra cama, sólo nuestras vidas en arcoiris", ¡La pobre! Ahora le creo cuando me decía que no podía vivir sin mí. Menos mal que se consiguió a Sarkozy para que de perdida la pasee por el mundo, digo, seguro entre cenas de jefes de estado me podrá olvidar la pobrecita.
Pero tampoco vayan a ustedes a quedarse con la errada impresión de que todo fue pasión entre nosotros. No, qué va, también quedó impresionada con mi profundo intelecto y charmante personalidad. Por eso es que la canción continúa:
"A l'air d'un sage, et ses paroles sont de velours,
De sa voix grave et de son regard sans détours,
Quand il raconte, quand il invente, je peux l'écouter
Nuit et jour... Hmm"
Por aquello de que la francofonía hace rato pasó de moda, procederé a traducirles tan certeras palabras galas, con el dolor que me causa no poder también traducir su graciosa veracidad: "Rafael tiene aspecto de sabio y sus palabras son de terciopelo, de su voz grave y su mirada directa, puedo escuchar noche y día todo lo que cuente y todo lo que invente" y agrega "mmmmhhh".
La verdad es que sí se puso algo empalagosa con lo de:
"J'aime les notes au goût de miel, dans le prénom de Raphaël,
Je les murmure à mon réveil, entre les plumes du sommeil,
Et pour que la journée soit belle, je me parfume à Raphaël...
que vendría a ser algo como "Me encantan las notas con gusto a miel, que lleva el nombre Rafael, yo las murmuro al despertar, entre las plumas de mi dormitar, y para que el día sea bello, me perfumo de Rafael". Achhh... la tenía tan loca!!!
Pero le reconozco el talento de compararme con mis homónimos geniales: "peintre éternel, archange étrange d'un autre ciel", dígase "pintor eterno, extraño arcángel de otro cielo..." que me eleva casi oficialmente al Panteón de los Hombres Ilustres.
Y para mis noches de melancolía me guardaré la imagen de la foto que le tomé aquella noche y que acaban de subastar en miles de dólares, mientras vuelvo a escuchar su dulce voz de modelo-que-se-hizo-cantante tarareando melodiosamente "Quatre consonnes et trois voyelles c'est le prénom de Raphaël,
Je lui murmure à son oreille, ça le fait rire, comme un soleil", o sea, "cuatro consonantes y tres vocales son el nombre de Raphaël, yo le murmuro al oído y eso le hace reír como al sol que es..."
!Ay Carla!
viernes, abril 11, 2008
María
Esta es la historia de María. Mejor dicho, esta es parte de su historia. Se llamaba en realidad María Trinidad de Jesus, pero siempre usó únicamente su primer nombre, hasta que llegó el momento en que olvidó que tenía otros dos. Su apellido sí lo recordaba, aunque sólo lo usara de vez en cuando, en las pocas ocasiones en su vida en las que lo necesitó para hacer algún trámite oficial.
Los ojos de María podían resumir todo lo que era, pero nadie fue capaz de descifrar lo que escondía su inexpugnable mirada. Eran del color de las avellanas y tan grandes que asustaba verlos por mucho tiempo porque daban la impresión como de atravesarte, de tener un filo que quebraba cualquier inseguridad de su interlocutor, cortando rápidamente el contacto que hicieras con ella. Se pasaba las tardes, casi sin hablar, mientras su hermana menos y sus amigas de la infancia jugaban el difícil reto de sostenerle la mirada por el mayor tiempo posible, como quien juega a ver cuánto puede aguantar la respiración debajo del agua. Podían pasar horas y los ojos de avellana de María parecían ni siquiera parpadear, y las tardes calmadas y silenciosas del verano parecían eternizarse.
Pero esa mirada penetrante e impenetrable no había sido sino el resultado de una vida dura, llena de privaciones que fueron endureciendo no sólo la mirada, sino también los sentimientos frágiles que alguna vez tuvo, cuando muy niña, antes de enfrentar la pérdida de sus dos padres en el incendio de la pequeña casa de adobe en la que vivían. Su hermana y ella se salvaron de compartir la suerte de sus padres, porque estaban meciéndose en el columpio a la sombra del gran mezquite que estaba hasta el fondo del largo patio de la casa paterna. Ya de grande, cuando le preguntaban a María quiénes eran sus padres decía que ella sólo tuvos dos "mamases": la Caridad y la Lástima. Que si no fuera por ésas dos, se habría muerto de hambre. En su interior, María pensaba que, en realidad, si hubiera muerto por alog, hubiera sido por la tristeza y el coraje, mientras apretaba los dientes para aguantarse las ganas de soltarse gritando, reclamándole a la vida haberla privado del cariño que necesitaba, del amor que se merecía.
Todas las cosas que pasaban por el ágil pensamiento de María no las conoció nunca nadie, se fueron a la tumba con ella, cuando después de décadas de una vida ardua, la muerte decidió que también se la llevaba a ella, con un aire de misericordia, para terminar el dolor y la molestia de una tuberculosis que se había alargado demasiado. Así, los que la rodeaban nunca se hubieran imaginado que debajo de la piel serena y ecuánime de María, se revolvían caudales de emociones, de reclamaciones, de quejas internas que nadie jamás escuchó. "¿Qué? ¿Se te secó el alma a ti, María?" - le preguntaba en los últimos años su comadre Juana. "No, comadre, es nomás que nunca me floreció" - respondía con un aire sosegado y un tono reconciliado con una vida que no merecía su perdón.
La niñez para María se acabó el mismo día de la muerte de sus padres, cuando tuvo que hacerse cargo de su hermanita y atender a su hermano dos años mayor que ella, que también se convirtió en adulto con el mismo evento, a sus diez años, cuando se dio cuenta que tenía que hacerse responsable del reinventado hogar que formaron los tres huerfanitos. Entre los tres fueron arreglando lo que quedó de la casa incendiada, durmiendo por meses en la única esquina que había quedado protegida por retazos de techo. El trabajo que su hermano hacía en los campos, como ayudante de los agricultores de subsistencia que habitaban en su pueblo resultaba insuficiente para proveerse de lo necesario, por lo que María empezó pronto a lavar ropa ajena, a planchar, luego a remendar roturas, hasta que pudo ahorrar lo suficiente para comprarse una máquina de coser Singer, en la que se pasó los años cosiendo vestidos, pantalones, cortinas y morrales de manta. Ahí mismo dejó los ojos María, batallando con la poca luz que le daban unas velas puestas algo lejos del lugar donde las agujas y el hilo unían los dos trozos de tela. Nunca se atrevió a acercar la vela a la ropa por la aversión que sentía por los incendios, que la sobrepasaba totalmente.
María nunca se casó. Durante la última década de su célibe existencia una duda ensombreció su atribulado corazón: ¿había sido que nunca encontró el amor porque desde el principío no estaba predestinada a encontrarlo, o se había distraído con las diarias tribulaciones de hacerse cargo de su propia miseria y la de sus hermanos cuando estuvo cerca el hombre que le habría de dar el amor que nunca pudo recibir? Con los años, el deseo sexual se convirtió en un páramo en el centro del cual estaba ella, con su máquina de coser Singer y una vela que no alumbraba lo suficiente.
Si la Caridad y la Lástima habían sido sus "mamases", su cónyuge eterno y fiel fue únicamente la Soledad. Ese sentimiento de vacío, de abandono, fue una constante en su vida que ni siquiera aumentó cuando murió primero su hermanita a los doce años, en aquella epidemia de viruela que dejó su pueblo reducido a la mitad de lo que era, y años después la trágica y repentina muerte de su hermano que fue partido en dos por un arado, en el campo en el que se ganaba unos cuantos pesos a la semana y que austeramente administraba María. No sintió quedarse más sola cuando no hubo nadie a su lado, porque ya era absoluta la sensación de soledad que se encargó de endurecerle la mirada de los ojos de almíbar.
El resto de su vida fue sólo un trámite. El tiempo no era ni su amigo ni su enemigo por atreverse a resecar su piel y llenarla de arrugas, por hacer flácidas sus carnes e ir emblanqueciendo la profusa melena oscura que ataba y enredaba en una larga trenza que recorría su talle y se perdía debajo de su cintura.
El espectáculo sereno de ver a María casi al final de sus años, meciéndose en una poltrona, sentada al lado de la puerta de aquella misma casa de adobe que incendiándose había marcado para siempre el estancamiento de su vida, conmovía profundamente. Y conmovía, no por lo innegeble de su decrepitud, no por su pobreza digna y dolorosa, ni siquiera por la soledad inmisericorde que no la dejaba ni un segundo, sino por contemplar cómo conservaba esa mirada cortante, de ojos de avellana y almíbar, que nadie podía resistir más tiempo del que dura el breve saludo callejero de los que pasaban al frente de ella.
Los ojos de María podían resumir todo lo que era, pero nadie fue capaz de descifrar lo que escondía su inexpugnable mirada. Eran del color de las avellanas y tan grandes que asustaba verlos por mucho tiempo porque daban la impresión como de atravesarte, de tener un filo que quebraba cualquier inseguridad de su interlocutor, cortando rápidamente el contacto que hicieras con ella. Se pasaba las tardes, casi sin hablar, mientras su hermana menos y sus amigas de la infancia jugaban el difícil reto de sostenerle la mirada por el mayor tiempo posible, como quien juega a ver cuánto puede aguantar la respiración debajo del agua. Podían pasar horas y los ojos de avellana de María parecían ni siquiera parpadear, y las tardes calmadas y silenciosas del verano parecían eternizarse.
Pero esa mirada penetrante e impenetrable no había sido sino el resultado de una vida dura, llena de privaciones que fueron endureciendo no sólo la mirada, sino también los sentimientos frágiles que alguna vez tuvo, cuando muy niña, antes de enfrentar la pérdida de sus dos padres en el incendio de la pequeña casa de adobe en la que vivían. Su hermana y ella se salvaron de compartir la suerte de sus padres, porque estaban meciéndose en el columpio a la sombra del gran mezquite que estaba hasta el fondo del largo patio de la casa paterna. Ya de grande, cuando le preguntaban a María quiénes eran sus padres decía que ella sólo tuvos dos "mamases": la Caridad y la Lástima. Que si no fuera por ésas dos, se habría muerto de hambre. En su interior, María pensaba que, en realidad, si hubiera muerto por alog, hubiera sido por la tristeza y el coraje, mientras apretaba los dientes para aguantarse las ganas de soltarse gritando, reclamándole a la vida haberla privado del cariño que necesitaba, del amor que se merecía.
Todas las cosas que pasaban por el ágil pensamiento de María no las conoció nunca nadie, se fueron a la tumba con ella, cuando después de décadas de una vida ardua, la muerte decidió que también se la llevaba a ella, con un aire de misericordia, para terminar el dolor y la molestia de una tuberculosis que se había alargado demasiado. Así, los que la rodeaban nunca se hubieran imaginado que debajo de la piel serena y ecuánime de María, se revolvían caudales de emociones, de reclamaciones, de quejas internas que nadie jamás escuchó. "¿Qué? ¿Se te secó el alma a ti, María?" - le preguntaba en los últimos años su comadre Juana. "No, comadre, es nomás que nunca me floreció" - respondía con un aire sosegado y un tono reconciliado con una vida que no merecía su perdón.
La niñez para María se acabó el mismo día de la muerte de sus padres, cuando tuvo que hacerse cargo de su hermanita y atender a su hermano dos años mayor que ella, que también se convirtió en adulto con el mismo evento, a sus diez años, cuando se dio cuenta que tenía que hacerse responsable del reinventado hogar que formaron los tres huerfanitos. Entre los tres fueron arreglando lo que quedó de la casa incendiada, durmiendo por meses en la única esquina que había quedado protegida por retazos de techo. El trabajo que su hermano hacía en los campos, como ayudante de los agricultores de subsistencia que habitaban en su pueblo resultaba insuficiente para proveerse de lo necesario, por lo que María empezó pronto a lavar ropa ajena, a planchar, luego a remendar roturas, hasta que pudo ahorrar lo suficiente para comprarse una máquina de coser Singer, en la que se pasó los años cosiendo vestidos, pantalones, cortinas y morrales de manta. Ahí mismo dejó los ojos María, batallando con la poca luz que le daban unas velas puestas algo lejos del lugar donde las agujas y el hilo unían los dos trozos de tela. Nunca se atrevió a acercar la vela a la ropa por la aversión que sentía por los incendios, que la sobrepasaba totalmente.
María nunca se casó. Durante la última década de su célibe existencia una duda ensombreció su atribulado corazón: ¿había sido que nunca encontró el amor porque desde el principío no estaba predestinada a encontrarlo, o se había distraído con las diarias tribulaciones de hacerse cargo de su propia miseria y la de sus hermanos cuando estuvo cerca el hombre que le habría de dar el amor que nunca pudo recibir? Con los años, el deseo sexual se convirtió en un páramo en el centro del cual estaba ella, con su máquina de coser Singer y una vela que no alumbraba lo suficiente.
Si la Caridad y la Lástima habían sido sus "mamases", su cónyuge eterno y fiel fue únicamente la Soledad. Ese sentimiento de vacío, de abandono, fue una constante en su vida que ni siquiera aumentó cuando murió primero su hermanita a los doce años, en aquella epidemia de viruela que dejó su pueblo reducido a la mitad de lo que era, y años después la trágica y repentina muerte de su hermano que fue partido en dos por un arado, en el campo en el que se ganaba unos cuantos pesos a la semana y que austeramente administraba María. No sintió quedarse más sola cuando no hubo nadie a su lado, porque ya era absoluta la sensación de soledad que se encargó de endurecerle la mirada de los ojos de almíbar.
El resto de su vida fue sólo un trámite. El tiempo no era ni su amigo ni su enemigo por atreverse a resecar su piel y llenarla de arrugas, por hacer flácidas sus carnes e ir emblanqueciendo la profusa melena oscura que ataba y enredaba en una larga trenza que recorría su talle y se perdía debajo de su cintura.
El espectáculo sereno de ver a María casi al final de sus años, meciéndose en una poltrona, sentada al lado de la puerta de aquella misma casa de adobe que incendiándose había marcado para siempre el estancamiento de su vida, conmovía profundamente. Y conmovía, no por lo innegeble de su decrepitud, no por su pobreza digna y dolorosa, ni siquiera por la soledad inmisericorde que no la dejaba ni un segundo, sino por contemplar cómo conservaba esa mirada cortante, de ojos de avellana y almíbar, que nadie podía resistir más tiempo del que dura el breve saludo callejero de los que pasaban al frente de ella.
miércoles, abril 09, 2008
Mí no querer llamarse Toro Sentado
Yo no sé si es que me sorprendo por todo o es que el mundo no deja de dar giros inesperados. Todos los días abro el sitio de Internet de algún periódico, sólo para constatar que nunca falta una dosis de melodrama y otra de locura, en las noticias del país. Evidentemente, no voy a hablar de la reforma energética que no dejan de anunciar en los noticieros. No tengo ganas de tocar ese desastre retórico que es el debate sobre las modificaciones que necesita, que le urgen, o que no necesita (de acuerdo a las diferentes corrientes políticas) el régimen del petróleo mexicano, nuestro tesoro, nuestro emperador, nuestro principal generador de divisas y de ingresos para el presupuesto del país. No, me gustan los acontecimientos en los que sí se entiende de qué van. No necesito yo aturdirme más de lo que ya estoy discutiendo temas tan revoloteados. Mejor les comunico (por si no lo sabían ya) que la propuesta más coherente, articulada y futurista de nuestra clase política es... ta-ta-tatán... cambiarle de nombre al país!!! (se escucha el acompañamiento musical de los marcianitos diciendo "Ooooohhhh").
Sí, nuestro país tuvo a bien ser llamado de una manera que muy pocos conocen y aún menos usan. Algunos de ustedes se preguntarán ¿pues que no se llamaba México el lugar ése de donde es el Rafa (o ustedes mismos)? Pues la respuesta es que no, que la nación ésta que habitamos ha sido siempre muy afecta a la grandilocuencia y la magnanimidad y llamarle nada más México al país era de ciudadanos bajos e incivilizados. Había que ponerle un nombre rimbombante -con punch-. Y entonces eligieron nuestros próceres y constituyentes de la patria, copiar una vez más al país que se había creado unas décadas atrás y que se estaba convirtiendo a pasos agigantados en la gran potencia mundial. Y, entonces, dice nuestra Constitución que el nombre oficial del país es... ta-ta-tatán... Estados Unidos Mexicanos (se vuelven a escuchar los marcianitos con su sempiterno suspiro de admiración).
Claro que nadie usa tan complicada fórmula para llamar al país. Como bien señala el refrán popular "¿para que tanto brinco pa' caer en lo parejo?". Entonces, como el país va tan bien y no hay prácticamente nada importante de lo cual preocuparnos, a alguien se le ocurrió que era hora de que entráramos en materia los mexicanos y actualicemos nuestra denominación, porque qué feo andar por ahí llamándose de un modo y usando todo el tiempo el apodo, ¡qué bajo, qué incivilizado!
Ahora el nuevo nombre oficial sería... ta-ta-tatán... ¡México! Y, claro, después de esta modificación mi vida habrá cambiado tanto que no sé si podré soportarlo.
Me da gracia lo irrelevante del asunto, pero más gracia me da que, en el fondo, me importa. Y es que me causa un estupor sobrecogedor dormirme un día en un país y despertarme en otro, como si viviera en una república bananera (me atengo a mi optimismo para pensar que no lo es).
Decidí dejar fuera dos consideraciones más "trascendentes": 1) el énfasis del nombre original en que somos una república federal, y 2) el asunto de la copia del modelo federativo a los Estados Unidos de América, que implicó copiarles hasta la estructura del nombre, sin haber sido capaces de copiar para México el espíritu del federalismo estadounidense, de acuerdo a lo que atinadamente observó Alexis de Tocqueville en su Democracia en América, desde el siglo XIX. Pero es que me pareció más gracioso simplemente ya no querer llamarse Toro Sentado, aunque al final de cuentas el toro siga sentado.
Sí, nuestro país tuvo a bien ser llamado de una manera que muy pocos conocen y aún menos usan. Algunos de ustedes se preguntarán ¿pues que no se llamaba México el lugar ése de donde es el Rafa (o ustedes mismos)? Pues la respuesta es que no, que la nación ésta que habitamos ha sido siempre muy afecta a la grandilocuencia y la magnanimidad y llamarle nada más México al país era de ciudadanos bajos e incivilizados. Había que ponerle un nombre rimbombante -con punch-. Y entonces eligieron nuestros próceres y constituyentes de la patria, copiar una vez más al país que se había creado unas décadas atrás y que se estaba convirtiendo a pasos agigantados en la gran potencia mundial. Y, entonces, dice nuestra Constitución que el nombre oficial del país es... ta-ta-tatán... Estados Unidos Mexicanos (se vuelven a escuchar los marcianitos con su sempiterno suspiro de admiración).
Claro que nadie usa tan complicada fórmula para llamar al país. Como bien señala el refrán popular "¿para que tanto brinco pa' caer en lo parejo?". Entonces, como el país va tan bien y no hay prácticamente nada importante de lo cual preocuparnos, a alguien se le ocurrió que era hora de que entráramos en materia los mexicanos y actualicemos nuestra denominación, porque qué feo andar por ahí llamándose de un modo y usando todo el tiempo el apodo, ¡qué bajo, qué incivilizado!
Ahora el nuevo nombre oficial sería... ta-ta-tatán... ¡México! Y, claro, después de esta modificación mi vida habrá cambiado tanto que no sé si podré soportarlo.
Me da gracia lo irrelevante del asunto, pero más gracia me da que, en el fondo, me importa. Y es que me causa un estupor sobrecogedor dormirme un día en un país y despertarme en otro, como si viviera en una república bananera (me atengo a mi optimismo para pensar que no lo es).
Decidí dejar fuera dos consideraciones más "trascendentes": 1) el énfasis del nombre original en que somos una república federal, y 2) el asunto de la copia del modelo federativo a los Estados Unidos de América, que implicó copiarles hasta la estructura del nombre, sin haber sido capaces de copiar para México el espíritu del federalismo estadounidense, de acuerdo a lo que atinadamente observó Alexis de Tocqueville en su Democracia en América, desde el siglo XIX. Pero es que me pareció más gracioso simplemente ya no querer llamarse Toro Sentado, aunque al final de cuentas el toro siga sentado.
lunes, abril 07, 2008
Ah, pero no todas son penurias...
Creo que últimamente este blog se ha convertido en mi muro de los lamentos. Y eso no es justo. Ni que toda la vida fuera una desgracia constante e interminable. Así que hoy no pienso quejarme de nada (y eso que hoy fui a un banco, lo cual es garantía de retorcimiento de tripas para el autor de este humilde blog de la esquina). Mejor les platico que lo del desastre del taller mecánico parece que terminará bien, porque para compensar todo el tiempo que me hicieron perder y la indignación que me hicieron ganar, me regalaron la compostura de una tremenda raspadura marca diablo que le di yo mismo y sin intermediación alguna en el estacionamiento de mi depa, a la "defensa" delantera del auto en cuestión (entrecomillo 'defensa' para enfatizar que no sabe defenderse a sí misma, de lo contrario, no se hubiera raspado tan feo). Pues hoy fui a dejar mi batimóvil a la agencia y se supone que ya para mañana esté lo suficientemente flamante como para volverlo a raspar a la primera oportunidad (que parece ser mi destino manifiesto).
Pero además el fin de semana estuvo muy de lujo, porque incluyó ver a dos amigos que son muy cercanos pero que están muy lejanos (y aquí los verbos ser/estar tienen que servir para algo). El viernes llegó desde el lejano oriente, la inigualable Petra (que no se llama así, más que para mí que la quiero tanto). Así fue, llegó desde Taiwan, cuyo estatus de Estado ante la comunidad internacional es muy controvertido (el de Taiwan, no el de la Petra), por la insistencia de China de reclamarse soberana sobre dicho territorio (pero, bueno, ésa es otra historia...). Yo no sé ustedes qué opinen, pero el globo terráqueo señala que está hasta la quinta madr%%&. Pero la distancia nunca ha sido obstáculo para tan distinguida Duranguense (porque es de Durango, no porque sea bailarina del infamous ritmo denominado Pasito Duranguense). Además, llegó acompañada de su novio con nombre de fantasma amigable, Casper, oriundo de Alemania, el mushasho...
Así que nos fuimos a pasear a las impresionantes pirámides de Teotihuacán, con el fin de inundarnos de las energías de nuestros antepasados los teotihuacanos y, de paso, agarrar algo de sol, porque entre mi palidez y la güerez del alemán, bastante falta que nos hacía agarrar color. Ya publicaré algunas fotos, porque quedaron requetemonas. Eso sí, con el subir y bajar de las pirámides del Sol y de la Luna quedamos exhaustos (deben haber tenido unos glúteos de piedra los carajos teotihuacanos - pensaba yo - como para andar para arriba y para abajo de esas inmensas moles de piedra, lo cual es muy inconveniente para un insulso turista sedentario, como lo somos la mayoría de los que visitamos las pirámides en el siglo XXI). Después, fuimos a comer a un restaurante muy particular que está en una gruta, al lado de la Pirámide del Sol y que se llama La Gruta, porque, de hecho, está dentro de una gruta. Así que es una monada entrar a una cueva, toda adornada con velas encendidas y con manteles de brillantes colores mexicanos, en los que te sirven comida típica del país, mientras te descansan las piernas que punzan insistentemente como por dos horas después de haber subido y bajado las pirámides.
Nos dejó tan maltrechos el viaje que por la noche, aunque habíamos planeado disfrutar un poco de la vida nocturna de la ciudad de México, nos tiramos un rato a la cama para dormir una siestita reparadora. El problema fue que cuando desperté de la "siestita reparadora" el reloj marcaba las 5:40 de la mañana, horario que ya se podrán imaginar ustedes no era muy apto para iniciar el ejercicio de irse de farra. Las opciones más adecuadas eran o salir a correr, o bien, peinarse para ir a oír misa de seis. Disyuntiva ante la cual yo decidí seguir durmiendo hasta que el sol se encargó de sacarme de la cama, varias horas después.
Al día siguiente, tuvimos la muy agradable visita del Manacho, su esposa Martha y su bebé de dos meses, que vamos a llamar el Manachito. Así que nos fuimos, junto con mis compadres y sus niñas, a un restaurante del sur de la ciudad que es, digámoslo así, muy tradicional, muy folclórico, con música y danzas de diferentes estados de la República y con comida tradicional del centro de México. El ambiente festivo siempre se agradece para combinar con la alegría de reecontrarte con tus viejos amigos, esos compañeros de vida que vuelves a ver y es como si nunca los hubieras dejado de ver, porque los niveles de confianza son idénticos a los que se tenían en los días en los que lo cotidiano era disfrutar de su presencia, de sus charlas y de su manera de ser.
Por la noche, intenté continuar viendo Lost, pero estaba tan relajado que los párpados empezaron a ceder y no hubo trama que los pudiera mantener abiertos y a mí despierto. Era la hora de dormir y había que estar bien descansado para empezar la semana, sobre todo porque con el cambio de horario, otra vez suena el despertador cuando todavía está oscuro y las sábanas como que te atrapan con las encantadoras delicias que ofrece Morfeo (el de la mitología, no vayan a llevar su pensamiento a otras pícaras interpretaciones).
Pero además el fin de semana estuvo muy de lujo, porque incluyó ver a dos amigos que son muy cercanos pero que están muy lejanos (y aquí los verbos ser/estar tienen que servir para algo). El viernes llegó desde el lejano oriente, la inigualable Petra (que no se llama así, más que para mí que la quiero tanto). Así fue, llegó desde Taiwan, cuyo estatus de Estado ante la comunidad internacional es muy controvertido (el de Taiwan, no el de la Petra), por la insistencia de China de reclamarse soberana sobre dicho territorio (pero, bueno, ésa es otra historia...). Yo no sé ustedes qué opinen, pero el globo terráqueo señala que está hasta la quinta madr%%&. Pero la distancia nunca ha sido obstáculo para tan distinguida Duranguense (porque es de Durango, no porque sea bailarina del infamous ritmo denominado Pasito Duranguense). Además, llegó acompañada de su novio con nombre de fantasma amigable, Casper, oriundo de Alemania, el mushasho...
Así que nos fuimos a pasear a las impresionantes pirámides de Teotihuacán, con el fin de inundarnos de las energías de nuestros antepasados los teotihuacanos y, de paso, agarrar algo de sol, porque entre mi palidez y la güerez del alemán, bastante falta que nos hacía agarrar color. Ya publicaré algunas fotos, porque quedaron requetemonas. Eso sí, con el subir y bajar de las pirámides del Sol y de la Luna quedamos exhaustos (deben haber tenido unos glúteos de piedra los carajos teotihuacanos - pensaba yo - como para andar para arriba y para abajo de esas inmensas moles de piedra, lo cual es muy inconveniente para un insulso turista sedentario, como lo somos la mayoría de los que visitamos las pirámides en el siglo XXI). Después, fuimos a comer a un restaurante muy particular que está en una gruta, al lado de la Pirámide del Sol y que se llama La Gruta, porque, de hecho, está dentro de una gruta. Así que es una monada entrar a una cueva, toda adornada con velas encendidas y con manteles de brillantes colores mexicanos, en los que te sirven comida típica del país, mientras te descansan las piernas que punzan insistentemente como por dos horas después de haber subido y bajado las pirámides.
Nos dejó tan maltrechos el viaje que por la noche, aunque habíamos planeado disfrutar un poco de la vida nocturna de la ciudad de México, nos tiramos un rato a la cama para dormir una siestita reparadora. El problema fue que cuando desperté de la "siestita reparadora" el reloj marcaba las 5:40 de la mañana, horario que ya se podrán imaginar ustedes no era muy apto para iniciar el ejercicio de irse de farra. Las opciones más adecuadas eran o salir a correr, o bien, peinarse para ir a oír misa de seis. Disyuntiva ante la cual yo decidí seguir durmiendo hasta que el sol se encargó de sacarme de la cama, varias horas después.
Al día siguiente, tuvimos la muy agradable visita del Manacho, su esposa Martha y su bebé de dos meses, que vamos a llamar el Manachito. Así que nos fuimos, junto con mis compadres y sus niñas, a un restaurante del sur de la ciudad que es, digámoslo así, muy tradicional, muy folclórico, con música y danzas de diferentes estados de la República y con comida tradicional del centro de México. El ambiente festivo siempre se agradece para combinar con la alegría de reecontrarte con tus viejos amigos, esos compañeros de vida que vuelves a ver y es como si nunca los hubieras dejado de ver, porque los niveles de confianza son idénticos a los que se tenían en los días en los que lo cotidiano era disfrutar de su presencia, de sus charlas y de su manera de ser.
Por la noche, intenté continuar viendo Lost, pero estaba tan relajado que los párpados empezaron a ceder y no hubo trama que los pudiera mantener abiertos y a mí despierto. Era la hora de dormir y había que estar bien descansado para empezar la semana, sobre todo porque con el cambio de horario, otra vez suena el despertador cuando todavía está oscuro y las sábanas como que te atrapan con las encantadoras delicias que ofrece Morfeo (el de la mitología, no vayan a llevar su pensamiento a otras pícaras interpretaciones).
viernes, abril 04, 2008
De deportes extremos
Mi propuesta a la Real Academia es que modifique cualquier definición que pudiera tener sobre 'deporte extremo' y la sustituya por "transitar en bicicleta por la ciudad de México". Y ya que andamos en periodos reformadores podríamos también cambiar 'suicida' para "transitar sin casco en bicicleta por la ciudad de México".
La iniciativa antes descrita responde a la noticia que tengo que darles: hoy me vine al trabajo ni más ni menos que en el ecológico transporte bicicletístico. La cosa va más o menos así: ayer sin meditarlo demasiado me fui a una tienda deportiva y solicité una flamante bici gris oscuro que entre sus ventajas tenía que la podías pagar a 9 mensualidades sin intereses, lo cual evitaba el catastrofismo de mis "ahorros" bancarios. Ésa quiero -le dije a la vendedora- sin el menor conocimiento de los aspectos técnico-mecánicos que hay que considerar para adquirir un aparatejo de esa naturaleza. Pero, eso sí, con una determinación envidiable a contribuir a la disminución de la emisión de gases de efecto invernadero. Y sobre todo con la ilusa e ingenua idea de que el tráfico de automóviles en esta ciudad apocalíptica se verá reducido si más gente decide usar nada más dos llantas para transportarse y la energía acumulada en su región abdominal (en el segundo país del mundo con mayor incidencia de personas con sobrepeso y obesidad) para desplazarse de un lado a otro.
Todas esas ilusiones de mejorar el civismo colectivo de esta ciudad insensible al civismo, en realidad, no hubieran sido suficientes para tomar una decisión de esa naturaleza. Más bien, me movió el reto personal de desafiar al establishment, modificando mis propios hábitos. Ayer mismo, me llevé la bicicleta de la oficina (la tienda estaba a un lado) a mi casa. En la inmejorable visión que tengo de mí mismo, me veía de lo más cute con mi traje y mi casco de ciclista de colores elécticos, la corbata fue bien abrochada durante todo el trayecto, porque el estilo no había que perderlo en esos momentos en los que me arriesgaba a perder mi integridad física y mi patrimonio (había colonias no muy seguras en el trayecto). Pero todo salió lindo y satisfactorio, si descontamos la sensación de la contaminación en la ciclovía que va por el medio de la Avenida Chapultepec, en la que pareciera que traes la nariz conectada al escape de los motores de los camiones que por ahí circulan. Pero, bueno, ahí por lo menos había ciclovía.
Un trayecto más intimista fue cuando atravecé la Colonia Roma (que es uno de mis barrios favoritos de la ciudad), aunque tenía que ir gritando como energúmeno a los 500 automovilistas que les parecía que la ciclovía perfectamente marcada en la calle era para que ellos circularan más cómodamente. Todavía se atrevían a pitarme como tildándome de imprudente por interrumpir su violatorio deambular automovilístico por la ciclovía. También me fui a pasear a la Condesa, por la arbolada calle Ámsterdam que me dio la impresión de poder sacar los 67 kilos de bióxido de carbono que había transferido a mis pulmones. Y, finalmente, llegué a la Colonia Del Valle (donde vivo) para descubrir calles hermosas y solazarme con las jacarandas en flor en pleno despliegue de colores violeta, en el aire y en las aceras. Con menos tráfico el final de mi trayecto vespertino fue mucho más placentero. Tanto que me dejó emocionado para venirme todos los viernes a trabajar en bici, aprovechando que el código de vestuario business casual es más apto para andar en bicicleta que un caluroso traje de lana.
Lo más lindo de todo, es que llegué sano y salvo de mis dos largos trayectos y muy motivado para seguir haciendo mi temerario cambio de transporte.
La iniciativa antes descrita responde a la noticia que tengo que darles: hoy me vine al trabajo ni más ni menos que en el ecológico transporte bicicletístico. La cosa va más o menos así: ayer sin meditarlo demasiado me fui a una tienda deportiva y solicité una flamante bici gris oscuro que entre sus ventajas tenía que la podías pagar a 9 mensualidades sin intereses, lo cual evitaba el catastrofismo de mis "ahorros" bancarios. Ésa quiero -le dije a la vendedora- sin el menor conocimiento de los aspectos técnico-mecánicos que hay que considerar para adquirir un aparatejo de esa naturaleza. Pero, eso sí, con una determinación envidiable a contribuir a la disminución de la emisión de gases de efecto invernadero. Y sobre todo con la ilusa e ingenua idea de que el tráfico de automóviles en esta ciudad apocalíptica se verá reducido si más gente decide usar nada más dos llantas para transportarse y la energía acumulada en su región abdominal (en el segundo país del mundo con mayor incidencia de personas con sobrepeso y obesidad) para desplazarse de un lado a otro.
Todas esas ilusiones de mejorar el civismo colectivo de esta ciudad insensible al civismo, en realidad, no hubieran sido suficientes para tomar una decisión de esa naturaleza. Más bien, me movió el reto personal de desafiar al establishment, modificando mis propios hábitos. Ayer mismo, me llevé la bicicleta de la oficina (la tienda estaba a un lado) a mi casa. En la inmejorable visión que tengo de mí mismo, me veía de lo más cute con mi traje y mi casco de ciclista de colores elécticos, la corbata fue bien abrochada durante todo el trayecto, porque el estilo no había que perderlo en esos momentos en los que me arriesgaba a perder mi integridad física y mi patrimonio (había colonias no muy seguras en el trayecto). Pero todo salió lindo y satisfactorio, si descontamos la sensación de la contaminación en la ciclovía que va por el medio de la Avenida Chapultepec, en la que pareciera que traes la nariz conectada al escape de los motores de los camiones que por ahí circulan. Pero, bueno, ahí por lo menos había ciclovía.
Un trayecto más intimista fue cuando atravecé la Colonia Roma (que es uno de mis barrios favoritos de la ciudad), aunque tenía que ir gritando como energúmeno a los 500 automovilistas que les parecía que la ciclovía perfectamente marcada en la calle era para que ellos circularan más cómodamente. Todavía se atrevían a pitarme como tildándome de imprudente por interrumpir su violatorio deambular automovilístico por la ciclovía. También me fui a pasear a la Condesa, por la arbolada calle Ámsterdam que me dio la impresión de poder sacar los 67 kilos de bióxido de carbono que había transferido a mis pulmones. Y, finalmente, llegué a la Colonia Del Valle (donde vivo) para descubrir calles hermosas y solazarme con las jacarandas en flor en pleno despliegue de colores violeta, en el aire y en las aceras. Con menos tráfico el final de mi trayecto vespertino fue mucho más placentero. Tanto que me dejó emocionado para venirme todos los viernes a trabajar en bici, aprovechando que el código de vestuario business casual es más apto para andar en bicicleta que un caluroso traje de lana.
Lo más lindo de todo, es que llegué sano y salvo de mis dos largos trayectos y muy motivado para seguir haciendo mi temerario cambio de transporte.
jueves, abril 03, 2008
Ní cómo ayudarme...
El error humano yo lo tengo muy bien admitido. Pero otra cosa es la imbecilidad humana, aunque parezca únicamente una diferencia de grado. Traigo esta distinción a cuento, por mi anécdota tragi-cómica de ayer. Ayer parecía un día como cualquiera (y lo era) y entre algunos otros pendientes tenía el de ir a recoger mi carro a la agencia porque le había dado un golpe que lo dejó tremendamente marcado (y a mí tremendamente malhumorado). Consciente no sólo del error humano, sino también de la ineficiencia de algunos, decidí antes de lanzarme por el auto, llamar al taller para que me confirmarar (en el mejor de los casos) que ya podía pasar por mi batimóvil. Después de una larguísima auscultación telefónica, en la que me pareció que hablé hasta con el accionista mayoritario de la armadora japonesa, tuvieron a bien confirmarme que efectivamente: el trabajo estaba completo y yo podría pasar por mi flamante recién arreglado carro.
Y me dirigí directamente del trabajo al taller en un metro más caluroso que de costumbre (por la ola de "calor" que se cierne sobre la ciudad de México, que ni es para tanto, pero aquí se andan asando por lo malacostumbrados que los tiene el clima siempre templado del altiplano). Al llegar me informaron que tenía que pagar (paso que nunca pierde su amargo sentimiento, por más que lo va repitiendo uno todos los días) y así lo hice, me dirigí a la caja y aún pagué cargos que ni me habían informado con anterioridad, lo cual me pareció una falta de cortesía (y a nadie le importó). Una vez hecho el pago, me invitaron a que me acomodara en la cómoda sala de espera, con todo y pantalla gigante y plana en la que exhibían series, no sin antes llenar la respectiva encuesta de 1567 reactivos para la "mejora constante" de la empresa. ¡Ach las encuestas, las empresas y su nada auténtica parafernalia de "para nosotros usted es lo más importante" que en los momentos cruciales siempre te demuestran que es falso!
Después de una larga espera, tantas veces interrumpida por mí con la necia pregunta de "¿Ya está?¿Ya está?". Seguida de un siempre falso "ya casi, cinco minutos más...". Pero digo yo, qué necesidad de mentirte, si te podrían decir "no lo sé" o "35 minutos como mínimo". Pero en esta ciudad la palabra vale tan poco, nadie se inmuta siquiera en decir cosas que sabe que no son ciertas, ya el remordimiento desapareció casi por completo de incumplir lo que se promete. Escuchr un "Yo te llamo", "mañana te pago", "en cinco minutos te veo", "ya voy para allá" es como para no hacerle el mínimo caso, porque casi nadie lo cumple. Lo dicen pero no les crea la obligación moral de cumplirlo. Y esto trasciende políticos, oficinas gubernamentales, empresas de servicios, hasta las relaciones románticas y las amistades. La palabra ya no obliga nadie, y eso a mí me pone de un humor muy poco soportable.
Pero ése resultó ser un problema menor, con lo que estaban a punto de informarme. Después de una espera muuuucho más larga de la que me habían anunciado, me llamaron. Me dijeron lo siguiente: "Señor, tenemos un problema con su coche" (yo no digo coche, no sólo porque no se use en Sonora, sino porque me recuerda cochi -puerco- y aunque casi nunca lo lavo me parece una palabra demasiado ofensiva". Dijeron "tenemos un problema" y esas palabras fueron casi físicamente dolorosas para mi tímpano, porque lo que yo estaba esperando no era "un problema", sino únicamente "aquí tiene su auto".
El problema era sencillo: "no hemos arreglado su auto". Yo puse una cara como de o_o seguida de un ¿Cómo dice? -Es que se equivocaron con el número de placa y le arreglaron la facia trasera a otro carro (que no lo había solicitado), con lo cual sabemos que un cliente tiene facia nueva gratis, pero lamentamos informarle que la suya sigue tan chocada como el día que nos lo trajo, ni siquiera ha salido del almacén. Yo, ante la indignación de cliente no digamos insatisfecho, no molesto, sino absolutamente desilusionado de la vida y de los talleres mecánicos, no supe cómo reaccionar. Me prometieron un ambiguo descuento que no me podían decir en cuánto consistirá y yo tuve que regresar a mi casa en taxi, que para colmo iba conducido por un tipo que pensaba que me podían interesar sus relaciones extramaritales (dos, simultáneamente), mientras pensaba que la mala suerte tenía considerado molestarme por algún rato más...
Y me dirigí directamente del trabajo al taller en un metro más caluroso que de costumbre (por la ola de "calor" que se cierne sobre la ciudad de México, que ni es para tanto, pero aquí se andan asando por lo malacostumbrados que los tiene el clima siempre templado del altiplano). Al llegar me informaron que tenía que pagar (paso que nunca pierde su amargo sentimiento, por más que lo va repitiendo uno todos los días) y así lo hice, me dirigí a la caja y aún pagué cargos que ni me habían informado con anterioridad, lo cual me pareció una falta de cortesía (y a nadie le importó). Una vez hecho el pago, me invitaron a que me acomodara en la cómoda sala de espera, con todo y pantalla gigante y plana en la que exhibían series, no sin antes llenar la respectiva encuesta de 1567 reactivos para la "mejora constante" de la empresa. ¡Ach las encuestas, las empresas y su nada auténtica parafernalia de "para nosotros usted es lo más importante" que en los momentos cruciales siempre te demuestran que es falso!
Después de una larga espera, tantas veces interrumpida por mí con la necia pregunta de "¿Ya está?¿Ya está?". Seguida de un siempre falso "ya casi, cinco minutos más...". Pero digo yo, qué necesidad de mentirte, si te podrían decir "no lo sé" o "35 minutos como mínimo". Pero en esta ciudad la palabra vale tan poco, nadie se inmuta siquiera en decir cosas que sabe que no son ciertas, ya el remordimiento desapareció casi por completo de incumplir lo que se promete. Escuchr un "Yo te llamo", "mañana te pago", "en cinco minutos te veo", "ya voy para allá" es como para no hacerle el mínimo caso, porque casi nadie lo cumple. Lo dicen pero no les crea la obligación moral de cumplirlo. Y esto trasciende políticos, oficinas gubernamentales, empresas de servicios, hasta las relaciones románticas y las amistades. La palabra ya no obliga nadie, y eso a mí me pone de un humor muy poco soportable.
Pero ése resultó ser un problema menor, con lo que estaban a punto de informarme. Después de una espera muuuucho más larga de la que me habían anunciado, me llamaron. Me dijeron lo siguiente: "Señor, tenemos un problema con su coche" (yo no digo coche, no sólo porque no se use en Sonora, sino porque me recuerda cochi -puerco- y aunque casi nunca lo lavo me parece una palabra demasiado ofensiva". Dijeron "tenemos un problema" y esas palabras fueron casi físicamente dolorosas para mi tímpano, porque lo que yo estaba esperando no era "un problema", sino únicamente "aquí tiene su auto".
El problema era sencillo: "no hemos arreglado su auto". Yo puse una cara como de o_o seguida de un ¿Cómo dice? -Es que se equivocaron con el número de placa y le arreglaron la facia trasera a otro carro (que no lo había solicitado), con lo cual sabemos que un cliente tiene facia nueva gratis, pero lamentamos informarle que la suya sigue tan chocada como el día que nos lo trajo, ni siquiera ha salido del almacén. Yo, ante la indignación de cliente no digamos insatisfecho, no molesto, sino absolutamente desilusionado de la vida y de los talleres mecánicos, no supe cómo reaccionar. Me prometieron un ambiguo descuento que no me podían decir en cuánto consistirá y yo tuve que regresar a mi casa en taxi, que para colmo iba conducido por un tipo que pensaba que me podían interesar sus relaciones extramaritales (dos, simultáneamente), mientras pensaba que la mala suerte tenía considerado molestarme por algún rato más...
miércoles, abril 02, 2008
Porque quiero y porque puedo
Hoy rompí mi rutina matinal estoica de arreglarme para el trabajo, desayunar algo sano y asqueroso (como las malditas hojuelas de All Bran que tanto agradecen mis intestinos, mientras simultáneamente mi paladar aborrece a su dueño, por alejarse tanto de las prácticas sibaritas y convertirse en verdugo de pacotilla de la gastronomía) e ir a trabajar. Decidí que iría a un lugar que me gusta para desayunar y ¡oh, herejía! tomaría café (no es que sea yo mormón, pero me había vuelto un padre consentidor de mis intestinos y todo mi sistema gastroenterítico y como el café me causaba acidez lo había desterrado de mi vida, para estar en condiciones de disfrutar de las mieles [ácidas] de la coca-cola). Y es que el lugar que elegí me gusta justamente por un café con leche que preparan ahí, que agárrense de donde puedan. Te lo sirven en vaso de vidrio (en vez de en taza) y primero le agregan café expresso (muy cargado) hasta el punto en el que tú indiques, para posteriormente llenar el vaso con leche caliente, lanzada desde alturas insospechadas para lograr un efecto espumoso que es di-vi-no. El desayuno no fue la gran cosa, pero consistía de unas quesadillas (tortilla de harina con queso, como yo siempre las conocí antes de mudarme a ciudad de México), unos free-hole-e-toes (frijolitos) y un omelette de rajas de chile poblano que me dejaron muy satisfecho.
Pero, cuestionando todo el tiempo mis acciones (así se la pasa el fregado Pepe el grillo que se tomó la responsabilidad de fungir como mi conciencia...), mi yo "sensato" (eufemismo para decir "obsesivo-compulsivo-mamón-fresa-intolerante de ceja levantada") me reclamó que si porqué andaba cometiendo esos excesos. Mi yo "cool" (eufemismo para desobligado-hedonista-e irresponsable) contestó con una enorme sonrisa de autocomplascencia: "por dos razones: porque quiero... y porque puedo".
Mis dos yoes hicieron mutis...
Pero, cuestionando todo el tiempo mis acciones (así se la pasa el fregado Pepe el grillo que se tomó la responsabilidad de fungir como mi conciencia...), mi yo "sensato" (eufemismo para decir "obsesivo-compulsivo-mamón-fresa-intolerante de ceja levantada") me reclamó que si porqué andaba cometiendo esos excesos. Mi yo "cool" (eufemismo para desobligado-hedonista-e irresponsable) contestó con una enorme sonrisa de autocomplascencia: "por dos razones: porque quiero... y porque puedo".
Mis dos yoes hicieron mutis...
martes, abril 01, 2008
Por una vida seriada...
Hace unas semanas me involucré en la urbana tarea de ponerme al día con alguna serie de éxito. Es que no se puede ir por la vida sin entender de qué te hablan cuando dicen Sex and the City (que debería ser simplemente Sex in the City), o Friends, (aunque esas dos ya no son de actualidad), Los Soprano, Nip Tuck o Lost. Se convertiría uno en algo así como en un inadaptado social que no comparte el lenguaje de la gente, como si en el Imperio Romano no hablara uno el latín vulgar. Y a mí la verdad es que me encanta que me arrastren las masas. Por eso decidí hacer una actualización de mi acervo televisivo que se estaba empolvando a niveles que no me gustaban.
Ahora bien, las series a mí no me gusta verlas en la televisión. Como que el síndrome de sufrir cada vez que se acaba el programa y tener que esperar no sé cuanto tiempo para ver qué continuaba cuando se me quedó el intenstino paralizado por la curiosidad, no, no me va. Ya bastante traumado me han de haber dejado las insufribles telenovelas mexicanas cada final de episodio, como para continuar sufriendo innecesariamente en estas épocas doradas del DVD. Mejor me compro mis discos y yo fijo el ritmo de mi propio sufrimiento. Lo único malo de esto es que a veces los ojos ya no dan para más, pero la emoción llegó a puntos climáticos (de climax no de clima) y me puedo desvelar toda una noche, poniendo a prueba mis reacciones al ingenio de los guionistas.
Empecé con una serie que se llama Dexter. El tal Dexter es uno de esos llamados serial killers (que no es lo mismo que "cereal killers"), pero es uno muy particular porque sus víctimas preferidas son, a su vez, asesinos seriales, los cuales le hacen tanto mal a la humanidad (representada por los residentes de Miami) que nuestro actor protagónico pues se nos hace retebuena gente con sus asesinatos justificadísimos en pro de la ley y el orden. La primera temporada terminó cansándome, porque para tanta sangre, mejor me aparezco en el área de urgencias de algún hospital público y así hago la experiencia más interactiva...
Después inicié con otra serie que se llama Héroes. Esta serie era un must para mí, siendo, como soy, un fan consumado de los X Men y de todo lo que huela a mutante (incluido yo mismo que tengo entre mis súper poderes mutantes poder hacer una trompa tan larga que me puedo tapar las fosas de la nariz, lo cual es muy práctico en todo tipo de albercas y de océanos. Bueno, estoy perdiendo foco... eso se los platico después). En Héroes, algunos humanos han empezado a mostrar súper poderes mutantes debidos (al parecer) al proceso evolutivo Darwiniano. Me entretuvo sobremanera, aunque me resultó más predecible de lo que hubiera creído. No es que no supiera que iban a ganar los buenos y lo malos, que son generalmente tan feos, se iban a tener que conformar con la derrota, pero eso de que en la publicidad de la siguiente temporada te exhiban el final de la primera, te hace pensar que no valieron la pena las muchísimas horas que le tuviste que dedicar al desenvolvimiento de la trama.
Lo que sí es garantía con la mayoría de las series bien producidas es que te van a dar algunas horas de entretenimiento, solaz y frugal esparcimiento. Así que hoy estoy resuelto a poner en el microondas las palomitas de maíz y darme a la tarea de ver la tercera temporada de Lost, que tuve abandonada por tanto tiempo, porque qué hay mejor que preocuparse por las ficciones que tan convenientemente nos distraen de nuestras propias preocupaciones.
Ahora bien, las series a mí no me gusta verlas en la televisión. Como que el síndrome de sufrir cada vez que se acaba el programa y tener que esperar no sé cuanto tiempo para ver qué continuaba cuando se me quedó el intenstino paralizado por la curiosidad, no, no me va. Ya bastante traumado me han de haber dejado las insufribles telenovelas mexicanas cada final de episodio, como para continuar sufriendo innecesariamente en estas épocas doradas del DVD. Mejor me compro mis discos y yo fijo el ritmo de mi propio sufrimiento. Lo único malo de esto es que a veces los ojos ya no dan para más, pero la emoción llegó a puntos climáticos (de climax no de clima) y me puedo desvelar toda una noche, poniendo a prueba mis reacciones al ingenio de los guionistas.
Empecé con una serie que se llama Dexter. El tal Dexter es uno de esos llamados serial killers (que no es lo mismo que "cereal killers"), pero es uno muy particular porque sus víctimas preferidas son, a su vez, asesinos seriales, los cuales le hacen tanto mal a la humanidad (representada por los residentes de Miami) que nuestro actor protagónico pues se nos hace retebuena gente con sus asesinatos justificadísimos en pro de la ley y el orden. La primera temporada terminó cansándome, porque para tanta sangre, mejor me aparezco en el área de urgencias de algún hospital público y así hago la experiencia más interactiva...
Después inicié con otra serie que se llama Héroes. Esta serie era un must para mí, siendo, como soy, un fan consumado de los X Men y de todo lo que huela a mutante (incluido yo mismo que tengo entre mis súper poderes mutantes poder hacer una trompa tan larga que me puedo tapar las fosas de la nariz, lo cual es muy práctico en todo tipo de albercas y de océanos. Bueno, estoy perdiendo foco... eso se los platico después). En Héroes, algunos humanos han empezado a mostrar súper poderes mutantes debidos (al parecer) al proceso evolutivo Darwiniano. Me entretuvo sobremanera, aunque me resultó más predecible de lo que hubiera creído. No es que no supiera que iban a ganar los buenos y lo malos, que son generalmente tan feos, se iban a tener que conformar con la derrota, pero eso de que en la publicidad de la siguiente temporada te exhiban el final de la primera, te hace pensar que no valieron la pena las muchísimas horas que le tuviste que dedicar al desenvolvimiento de la trama.
Lo que sí es garantía con la mayoría de las series bien producidas es que te van a dar algunas horas de entretenimiento, solaz y frugal esparcimiento. Así que hoy estoy resuelto a poner en el microondas las palomitas de maíz y darme a la tarea de ver la tercera temporada de Lost, que tuve abandonada por tanto tiempo, porque qué hay mejor que preocuparse por las ficciones que tan convenientemente nos distraen de nuestras propias preocupaciones.
lunes, marzo 31, 2008
De fines de semana que pasan casi en blanco...
Hace unos días un bicho malo como sólo es malo el diablo se apoderó de mi garganta y le pareció buena idea poner a mi sistema inmunológico en una revolución que el Che Guevara se quedaba triste al lado de mis glóbulos blancos. Y pues me enfermé, con altas dosis de fiebre y todo, lo cual hizo disminuir mi capacidad intelectual a su mínimo común múltiplo. Y el problema cuando yo me enfermo, no es la enfermedad en sí (si acaso un poco sus síntomas), sino lo nervioso que me pongo. Y como la fiebre es síntoma como del 90% de las enfermedades del género humano yo no puedo subir a 38°C sin creer que estoy a punto de expirar a causa de ébola.
Afortunadamente, ya estoy sano y salvo, pero el final de la semana pasada fue un periodo non grato. Aunque miércoles y jueves me sentía mal, no dejé de ir a trabajar, lo cual trajo como inmediato resultado mi peor empeoramiento sanitario. Tanto que el viernes pude derrotar al maldito súper ego, que se empecinaba en anteponer la responsabilidad laboral a la salud y me quedé guardando el reposo más absoluto y radical, desde la Santa Inquisición. Pero el reposo cuando es por obligación, no es para nada lindo. Tantas horas - me quejaba yo - de mi vida deseando un cómodo lecho para reclinarme a disfrutar de las dulces mieles del sueño, y ahora que puedo hacerlo nada más no hay manera de contentarme.
Como mi único consuelo y compañía inseparable en las angustiosas horas de mi inventada agonía, tuve un libro que compré en Buenos Aires, con las historietas ilustradas completas de un famoso personaje inventado por el historietista Fontanarrosa, de nombre Inodoro Pereyra. El tal Inodoro es un gaucho hecho y derecho, y el cómic narra las aventuras que le ocurren al lado de su perro, Mendieta, que habla la compleja lengua humana. Aparte de que mataba de la risa (y de la tos que me provocaba la risa) es una historieta muy ilustrativa y plagada de cultas y culturales referencias. Entre muchas otras cosas encontré estas palabras de un poeta cuyo nombre omite y que me parecieron fantásticas:
Vas a entrar desde ahora por siempre en mi pasado;
tal vez nos encontremos en la calle algún día.
Te veré desde lejos con aire descuidado,
y llevarás un traje que no te conocía...
Afortunadamente, ya estoy sano y salvo, pero el final de la semana pasada fue un periodo non grato. Aunque miércoles y jueves me sentía mal, no dejé de ir a trabajar, lo cual trajo como inmediato resultado mi peor empeoramiento sanitario. Tanto que el viernes pude derrotar al maldito súper ego, que se empecinaba en anteponer la responsabilidad laboral a la salud y me quedé guardando el reposo más absoluto y radical, desde la Santa Inquisición. Pero el reposo cuando es por obligación, no es para nada lindo. Tantas horas - me quejaba yo - de mi vida deseando un cómodo lecho para reclinarme a disfrutar de las dulces mieles del sueño, y ahora que puedo hacerlo nada más no hay manera de contentarme.
Como mi único consuelo y compañía inseparable en las angustiosas horas de mi inventada agonía, tuve un libro que compré en Buenos Aires, con las historietas ilustradas completas de un famoso personaje inventado por el historietista Fontanarrosa, de nombre Inodoro Pereyra. El tal Inodoro es un gaucho hecho y derecho, y el cómic narra las aventuras que le ocurren al lado de su perro, Mendieta, que habla la compleja lengua humana. Aparte de que mataba de la risa (y de la tos que me provocaba la risa) es una historieta muy ilustrativa y plagada de cultas y culturales referencias. Entre muchas otras cosas encontré estas palabras de un poeta cuyo nombre omite y que me parecieron fantásticas:
Vas a entrar desde ahora por siempre en mi pasado;
tal vez nos encontremos en la calle algún día.
Te veré desde lejos con aire descuidado,
y llevarás un traje que no te conocía...
miércoles, marzo 26, 2008
Cápsula
"Profesor Girafales:
- ¿Chavo del 8, qué es un círculo vicioso?
Chavo del 8:
- El Ñoño... si fumara."
Chespirito (diminutivo mexicanizado de Shakespeare).
¿No es genial?
- ¿Chavo del 8, qué es un círculo vicioso?
Chavo del 8:
- El Ñoño... si fumara."
Chespirito (diminutivo mexicanizado de Shakespeare).
¿No es genial?
martes, marzo 25, 2008
De política y cosas peores
El nombre de esta entrada está íntegramente copiado de un columnista político que alterna las gracias de la política, con chistes basados principal y agobiantemente en la picardía sexual. Pero era muy oportuno para discutir un tema de política que es necesario ser discutido profundamente: el sistema de partidos.
Yo sé que muchas personas cuando escuchan hablar de "la política" les empieza una especie de alergia en la piel con ronchas y todo, acompañada de un aburrimiento casi inmediato e irremediable. En vez de discutir de temas políticos, solemos utilizar lugares comunes como "la política es un cochinero", "los políticos son todos unos corruptos, interesados sólo en sus grupos" o "a mí no me interesa la política". El problema con estos lugares comunes es que son sólo una escapatoria falsa que nos impide discutir y actuar en temas que sí son de interés común y que sí nos afectan a todos (inclusive en la vida cotidiana). Es indudable que es más cómodo el ejercicio de repetir frases que parecen comprobadas por la sabiduría popular, a realizar por nosotros mismos un análisis más concienzudo de los temas que son públicos o los que son colectivos. Y la principal tentación es reducir los problemas a causas sencillas, como la ambición o la corruptibilidad del poder. Sin embargo, la mayoría de los temas públicos son en realidad complejos y no responden a una dinámica sencilla, sino que involucran muy diferentes variables. Pero esta complejidad de los problemas públicos no significa que sean imposibles de analizar para los no iniciados (los simples mortales, pues...). Y, sobre todo, no nos libera de esa responsabilidad.
Vuelvo al punto que pretendo discutir en esta entrada: el sistema de partidos. Los partidos políticos actualmente se han convertido en la mayoría de los países en los puntos críticos en los que se toman las decisiones de gobierno. Hace unas décadas parecía lo más natural que lo que había de hacerse para fortalecer a las democracias era tener partidos políticos fuertes. Si los partidos de oposición tenían la posibilidad de ganar la siguiente elección, los gobernantes tendrían que esforzarse todo lo necesario para que su partido conservara el poder, lo cual parecía implicar que generaría los incentivos necesarios para el buen gobierno.
Evidentemente, cada país tiene su realidad particular y cualquier análisis político admite muchos matices. Pero, un problema que se ha generado con la construccíón de sistemas de partidos muy fuertes, es que no se ha logrado democratizar al gobierno. Los partidos políticos, deberían ser las plataformas diversas en las que todos los ciudadanos pueden reflejar sus intereses y preferencias políticas, pero en vez de eso se han convertido en feudos en los que cada uno pelea por conservar o acrecentar sus cuotas de poder. Este fenómeno es bastante desafortunado.
En México, después de la dictadura de partido ("dictablanda" le llaman algunos historiadores al PRI), se vislumbró un horizonte mucho más democrático, justamente a través de los partidos de oposición. Sin embargo, el descontento hacia los partidos políticos (todos) va en aumento, sobre todo porque cada vez es más difícil conservar la confianza en cualquier partido que genera gobernantes que resultan no resolver los problemas principales del país, o de la ciudad, o del estado. Ahora no se puede negar que el sistema de partidos mexicano es muy fuerte, pero lo terrible es que no se puede decir lo mismo del sistema democrático. Los partidos han establecido estructuras cupulares, en las que todo se decide entre sus jerarcas y grupos dominantes, sin abrirse a los deseos e intereses ya no digamos de la ciudadanía en general (parece demasiado pedir), sino que ni siquiera hay una apertura sincera al electorado de cada partido. Los dogmas ideológicos son utilizados a discreción para defender posturas que carecen de racionalidad y, sobre todo, de una argumentación sólida y de cara a los ciudadanos (que son supuestamente el grupo soberano de la democracia).
Todo esto es más complicado de lo que parece, porque los arreglos institucionales de los países se han ido construyendo para favorecer que las decisiones sean tomadas con base en criterios de partido. Pero esto, insisto, ha devenido en un desinterés por lo público, en su sentido más amplio (y más noble). Nos hemos encerrado voluntariamente en una jaula que pretendía evitar la concentración de poder y las dictaduras, pero que no ha logrado impulsar a un grado deseable la participación directa tuya y mía en todo lo que nos interesa. Estamos, al final de cuentas, a expensas de lo que se decida en las cúpulas de los partidos políticos. Dichas decisiones se están dando sin proporcionar explicaciones satisfactorias y a través de procesos muy poco transparentes.
¿Qué nos queda bajo los arreglos institucionales vigentes en nuestros países? Básicamente esperar la siguiente elección y, sudando con la incertidumbre, escoger al partido o al candidato "menos peor". El que parezca menos terrible. Nuestra participación pública suele reducirse a eso: a cada tres años (dependiendo de dónde viva cada quien) acudir a las urnas sin estar normalmente convencidos de que a quien escojamos sea el líder que necesitamos. Y eso no está bien.
Las soluciones a estos problemas no son inequívocas, pero me parece básico al menos pensar de qué manera podemos contribuir individualmente a que nuestra opinión se haga valer. Una opción es a través de los propios partidos existentes, o bien, tal vez sea más eficiente involucrarnos a través de la participación directa en los asuntos de nuestras comunidades, al nivel que cada quien decida.
Yo sé que muchas personas cuando escuchan hablar de "la política" les empieza una especie de alergia en la piel con ronchas y todo, acompañada de un aburrimiento casi inmediato e irremediable. En vez de discutir de temas políticos, solemos utilizar lugares comunes como "la política es un cochinero", "los políticos son todos unos corruptos, interesados sólo en sus grupos" o "a mí no me interesa la política". El problema con estos lugares comunes es que son sólo una escapatoria falsa que nos impide discutir y actuar en temas que sí son de interés común y que sí nos afectan a todos (inclusive en la vida cotidiana). Es indudable que es más cómodo el ejercicio de repetir frases que parecen comprobadas por la sabiduría popular, a realizar por nosotros mismos un análisis más concienzudo de los temas que son públicos o los que son colectivos. Y la principal tentación es reducir los problemas a causas sencillas, como la ambición o la corruptibilidad del poder. Sin embargo, la mayoría de los temas públicos son en realidad complejos y no responden a una dinámica sencilla, sino que involucran muy diferentes variables. Pero esta complejidad de los problemas públicos no significa que sean imposibles de analizar para los no iniciados (los simples mortales, pues...). Y, sobre todo, no nos libera de esa responsabilidad.
Vuelvo al punto que pretendo discutir en esta entrada: el sistema de partidos. Los partidos políticos actualmente se han convertido en la mayoría de los países en los puntos críticos en los que se toman las decisiones de gobierno. Hace unas décadas parecía lo más natural que lo que había de hacerse para fortalecer a las democracias era tener partidos políticos fuertes. Si los partidos de oposición tenían la posibilidad de ganar la siguiente elección, los gobernantes tendrían que esforzarse todo lo necesario para que su partido conservara el poder, lo cual parecía implicar que generaría los incentivos necesarios para el buen gobierno.
Evidentemente, cada país tiene su realidad particular y cualquier análisis político admite muchos matices. Pero, un problema que se ha generado con la construccíón de sistemas de partidos muy fuertes, es que no se ha logrado democratizar al gobierno. Los partidos políticos, deberían ser las plataformas diversas en las que todos los ciudadanos pueden reflejar sus intereses y preferencias políticas, pero en vez de eso se han convertido en feudos en los que cada uno pelea por conservar o acrecentar sus cuotas de poder. Este fenómeno es bastante desafortunado.
En México, después de la dictadura de partido ("dictablanda" le llaman algunos historiadores al PRI), se vislumbró un horizonte mucho más democrático, justamente a través de los partidos de oposición. Sin embargo, el descontento hacia los partidos políticos (todos) va en aumento, sobre todo porque cada vez es más difícil conservar la confianza en cualquier partido que genera gobernantes que resultan no resolver los problemas principales del país, o de la ciudad, o del estado. Ahora no se puede negar que el sistema de partidos mexicano es muy fuerte, pero lo terrible es que no se puede decir lo mismo del sistema democrático. Los partidos han establecido estructuras cupulares, en las que todo se decide entre sus jerarcas y grupos dominantes, sin abrirse a los deseos e intereses ya no digamos de la ciudadanía en general (parece demasiado pedir), sino que ni siquiera hay una apertura sincera al electorado de cada partido. Los dogmas ideológicos son utilizados a discreción para defender posturas que carecen de racionalidad y, sobre todo, de una argumentación sólida y de cara a los ciudadanos (que son supuestamente el grupo soberano de la democracia).
Todo esto es más complicado de lo que parece, porque los arreglos institucionales de los países se han ido construyendo para favorecer que las decisiones sean tomadas con base en criterios de partido. Pero esto, insisto, ha devenido en un desinterés por lo público, en su sentido más amplio (y más noble). Nos hemos encerrado voluntariamente en una jaula que pretendía evitar la concentración de poder y las dictaduras, pero que no ha logrado impulsar a un grado deseable la participación directa tuya y mía en todo lo que nos interesa. Estamos, al final de cuentas, a expensas de lo que se decida en las cúpulas de los partidos políticos. Dichas decisiones se están dando sin proporcionar explicaciones satisfactorias y a través de procesos muy poco transparentes.
¿Qué nos queda bajo los arreglos institucionales vigentes en nuestros países? Básicamente esperar la siguiente elección y, sudando con la incertidumbre, escoger al partido o al candidato "menos peor". El que parezca menos terrible. Nuestra participación pública suele reducirse a eso: a cada tres años (dependiendo de dónde viva cada quien) acudir a las urnas sin estar normalmente convencidos de que a quien escojamos sea el líder que necesitamos. Y eso no está bien.
Las soluciones a estos problemas no son inequívocas, pero me parece básico al menos pensar de qué manera podemos contribuir individualmente a que nuestra opinión se haga valer. Una opción es a través de los propios partidos existentes, o bien, tal vez sea más eficiente involucrarnos a través de la participación directa en los asuntos de nuestras comunidades, al nivel que cada quien decida.
lunes, marzo 24, 2008
Yo protesto...
A mí no me parece bien que la vida a veces te trate como si fueras la peste bubónica (que no sé ni qué sea, pero si es tan horrible como suena, sirve bien para ilustrar mi ejemplo). Pero qué es eso que de buenas a primeras la mala suerte se adueñe de tu destino y te convierta en su pera de boxeo. Estoy bastante convencido de que no está bien que de buenas a primeras choques estúpidamente en reversa tu carro dos tres nuevo, o que dejes por ahí el primer celular más o menos decente que compraste con los sacrificios del sudor de tu frente, después de toda una fregada vida teniendo celulares de los que salen en las cajas de cereales de Kellogg's (los tristemente célebres celulares Zucaritas). Y menos está bien que entres a tu blog bastante seguido sólo para comprobar una y otra vez que es reducidísimo el número de los que quieren interactuar contigo por este medio, a través de los tan deseados (en la soledad) comments (a quien agradezco ampliamente su dedicación y buena onda)...
Yo aquí le paro con la sarta de desgracias que tuvieron a mal ocurrirme, porque tampoco se trata de publicar todas las desventuras que le pasan a uno. Hay que sufrir dignamente en la soledad la ignominia de a veces estar con un ánimo que te reduce a nivel de piltrafa. Pero tal vez la confesión pública sea el remedio que permita pararle a la mala racha de eventos desafortunados. Y tal vez así tenga más comentarios en el blog que alegren la existencia miserable de Pito Pérez (o la mía propia).
Traía yo ganas de hacer un análisis (de esos que a uno se le hacen muy profundos, aunque tienen la misma profundidad que la prensa rosa) de la vida, la tristeza, los sufrimientos y todas esas cosas medio feítas que siempre es mejor que no le pasen a uno. Pero luego se da cuenta uno de que hay temas que mejor ni pensarle mucho. Y así mejor terminé escribiendo con toda la superficialidad de la que soy capaz (que vaya que puede ser mucha) y mandándoles mis afectos a los que la vida traiga a este rincón de ceros y unos en el que escribo.
Yo aquí le paro con la sarta de desgracias que tuvieron a mal ocurrirme, porque tampoco se trata de publicar todas las desventuras que le pasan a uno. Hay que sufrir dignamente en la soledad la ignominia de a veces estar con un ánimo que te reduce a nivel de piltrafa. Pero tal vez la confesión pública sea el remedio que permita pararle a la mala racha de eventos desafortunados. Y tal vez así tenga más comentarios en el blog que alegren la existencia miserable de Pito Pérez (o la mía propia).
Traía yo ganas de hacer un análisis (de esos que a uno se le hacen muy profundos, aunque tienen la misma profundidad que la prensa rosa) de la vida, la tristeza, los sufrimientos y todas esas cosas medio feítas que siempre es mejor que no le pasen a uno. Pero luego se da cuenta uno de que hay temas que mejor ni pensarle mucho. Y así mejor terminé escribiendo con toda la superficialidad de la que soy capaz (que vaya que puede ser mucha) y mandándoles mis afectos a los que la vida traiga a este rincón de ceros y unos en el que escribo.
lunes, marzo 03, 2008
Mi vida en Huásabas, capítulo 11
Después de una larga ausencia de las remembranzas entrañables de mi vida en Huásabas, me encuentro en la imperiosa necesidad de continuar la serie. Cuando ahora pienso en Huásabas, me cuesta trabajo concebir el lugar como lo hacía cuando vivía ahí. En esa época, el pueblo era literalmente el centro del mundo, porque evidentemente era el centro de mi mundo, que finalmente era el único que realmente me importaba. Las distancias, los espacios y las lejanías estaban todas definidas en función del pueblo. No era yo el que habitaba un rincón del planeta, era el resto del planeta el que estaba lejos de mis dominios. Ahora es diferente, aunque mi egocentrismo no ha disminuido en su intensidad, sí admite nuevos matices que me dejan entender el universo como policéntrico. Ya no pienso que la ciudad de México sea el centro del mundo porque ahora vivo aquí, porque ahora mi cabeza funciona con un mapa que me permite desplazarme sin tener que pedirle a la brújula que cada vez cambie sus puntos cardinales.
Esa dificultad para recordar qué se sentía concebir el mundo de esa manera, es idéntica a cuando era pequeño y durante el invierno quería recordar con precisión qué se sentía el calor del verano y no podía. No podía. Lo intentaba una y otra vez con distintos métodos y los días fríos de noviembre a marzo, me era imposible recordar la sensación de tener calor, de que te escurriera el sudor, cuando a la una de la tarde, corríamos por las calles del pueblo al salir de la escuela, con ese sudor que empapaba las camisas y que se mezclaba con el polvo que se nos había pegado en el recreo. Y por más que me esforzaba no podía acordarme de la agradable sensación de frescura al entrar a la casa que estaba fría con la ayuda del cooler y quitarme los zapatos que hacían parecer que los pies te hervían literalmente con el calor del semidesierto de Sonora y exclamar un ahhhh de satisfacción cuando tocabas el piso helado, aunque me estuviera gritando mi mamá que dejara que se me enfriaran los pies un poco antes de pisar el suelo, porque si no me iba a enfermar. No podía reproducir la sensación de alivio al empinarme directamente del galón con agua helada que estaba dentro del refrigerador, dando unos tragos largos que me dejaban sin aliento, desoyendo también el grito materno de "sírvete en un vaso". O no querer comer sino sólo tomar la limonada hecha con los limones de la huerta de mi nana, o la bebida refrescante y sintética del día (como Kool Aid o Tang). Todas esas experiencias sensoriales eran completamente de temporada y no se podía saber qué se sentía sino cuando las vivías y para vivirlas había que estar en el verano.
El único rasgo que recuerdo que no respetaba estaciones era el tradicional e inconfundible aroma a pupitre, que tan bien detectaba mi tía Auxiliadora. Creo que causado por ese olor que tenían los salones de la escuela en mis tiempos, como a aceite de petróleo con el que se trapeaba el piso y que tan bien disimulaba el polvo y dejaba brillo sobre el piso de cemento pulido. Y, claro, mezclado con el aroma a lápices, a cuadernos, a gis, a mochilas que se lavaban una vez por año, sin dejar de mencionar los olores que emanaban de veinte o treinta niños de la misma edad, entre los cuales seguramente no faltaban aquéllos que no le tenían mucho afecto al baño.
Y lo mismo me pasaba en verano, cuando trataba de recordar qué era eso de sentir frío y tener que ponerse un swéter o una chamarra porque la piel como que ardía. Cómo podía sentir uno eso, si en el verano lo que quieres es quitarle capas que no se pueden quitar, para dejar de sudar. O cómo se sentía andar todo mocoso cuando al ir a la escuela podía verse hielo escarchado en la parte superior de los surcos en los campos. O sentir que el viento helado se metía por la nariz y te hacía arder los ojos, pero igual seguir jugando en la calle en vez de meterte a tu casa y sentarte junto a la estufa de leña a comer cacahuates o un burrito de frijoles. Mi impotencia más intensa era no poder recordar en verano lo qué se sentía ponerse un sweter de lana, o bufanda, o hasta guantes.
Y lo más curioso es que al año siguiente yo me recriminaba no haber puesto atención ex profeso en un día de invierno para poder recordar en la otra estación el sentimiento preciso para cuando fuera verano y tratara de acordarme. Y lo mismo me pasaba en invierno que me lamentaba de no haberme acordado de que en el verano tenía que poner mucha atención y concentrarme para poder reproducir la sensación de tener calor y sudar y oler mucho a pupitre, pero concentrado.
También era sensacional cuando había que "sacar la ropa de invierno" y acordarte de las sudaderas y los pants que me gustaban mucho y que parecía una eternidad de que los usaba. Y era como volver a estrenarlos y me sentía tan guapo cuando me los ponía en un día normal, aunque no festejáramos Navidad o las fiestas de agosto en honor a la virgen de la Asunción (que eran LOS días de estrenar ropa). Y cuando entraba y se establecía la primavera (porque "febrero es loco y marzo otro poco", lo cual quiere decir que en esos meses cambia mucho la temperatura y había que esperarse hasta que todo se estabilizara para sacar la ropa de verano que había estado guardada en cajas) y se sacaba la ropa de verano.
Qué ilusión volver a ponerse shorts y andar libremente en camiseta en los frecuentes paseos para bañarnos (nadar) en el río o en la acequia que sólo estaban permitidos en el verano (por obvias razones). O las hermosas lluvias de verano, llamadas "las aguas", en las que por la tarde después de un buen rato de ventarrones llenos de polvo y truenos y relámpagos las tormentosas nubes producían unos chubascos impresionantes, en los que salíamos todos los niños a las calles a mojarnos bajo la lluvia, con los pies descalzos y la ropa con la que anduviéramos. Y después de que había pasado el chaparrón, cómo olvidar que yo me sentaba o acostaba en plena calle, para sentir el agua de los "arroyitos" (o sea, el agua que corría por las calles, porque sobra decir que en Huásabas, por su tamaño, no hacían falta alcantarillas), sobre todo en las partes más bajas de las salidas del pueblo, como en la calle ancha por donde se acumulaba más agua en los "arroyitos".
Cada estación tenía sus encantos, en el invierno era fabuloso esperar las lluvias calmadas y ligeras que llegaban a durar más de dos días casi sin parar, y que llaman "equipatas". Como no se podía salir, ni bañarse bajo la lluvia por las bajas temperaturas, se quedaba uno en la casa casi todo el día y se comía delicioso, justo a un lado de la estufa de leña, sobre la cual nunca dejaba de haber comida. Cuando hace frío tomarse una taza de café, acompañada de un burrito hecho de tortilla de harina de las grandes (sobaqueras) con jamoncillo (dulce de leche) es una experiencia insuperable. Sinceramente no creo que comer en un restaurante que tenga las tres estrellas de la guía Michelin me acerque a lo sublime de esos momentos (claro que para saber primero tendría que comer en un restaurante con las tres estrellas de Michelin).
En ese tiempo, todas esas vivencias que podrían parecer triviales eran fundamentales porque Huásabas era mi centro del mundo, mi vida entera giraba alrededor de esas circunstancias; ahora, todas esas memorias son cruciales porque Huásabas se ha convertido en mi sucursal del paraíso, en mi segundo cielo.
Esa dificultad para recordar qué se sentía concebir el mundo de esa manera, es idéntica a cuando era pequeño y durante el invierno quería recordar con precisión qué se sentía el calor del verano y no podía. No podía. Lo intentaba una y otra vez con distintos métodos y los días fríos de noviembre a marzo, me era imposible recordar la sensación de tener calor, de que te escurriera el sudor, cuando a la una de la tarde, corríamos por las calles del pueblo al salir de la escuela, con ese sudor que empapaba las camisas y que se mezclaba con el polvo que se nos había pegado en el recreo. Y por más que me esforzaba no podía acordarme de la agradable sensación de frescura al entrar a la casa que estaba fría con la ayuda del cooler y quitarme los zapatos que hacían parecer que los pies te hervían literalmente con el calor del semidesierto de Sonora y exclamar un ahhhh de satisfacción cuando tocabas el piso helado, aunque me estuviera gritando mi mamá que dejara que se me enfriaran los pies un poco antes de pisar el suelo, porque si no me iba a enfermar. No podía reproducir la sensación de alivio al empinarme directamente del galón con agua helada que estaba dentro del refrigerador, dando unos tragos largos que me dejaban sin aliento, desoyendo también el grito materno de "sírvete en un vaso". O no querer comer sino sólo tomar la limonada hecha con los limones de la huerta de mi nana, o la bebida refrescante y sintética del día (como Kool Aid o Tang). Todas esas experiencias sensoriales eran completamente de temporada y no se podía saber qué se sentía sino cuando las vivías y para vivirlas había que estar en el verano.
El único rasgo que recuerdo que no respetaba estaciones era el tradicional e inconfundible aroma a pupitre, que tan bien detectaba mi tía Auxiliadora. Creo que causado por ese olor que tenían los salones de la escuela en mis tiempos, como a aceite de petróleo con el que se trapeaba el piso y que tan bien disimulaba el polvo y dejaba brillo sobre el piso de cemento pulido. Y, claro, mezclado con el aroma a lápices, a cuadernos, a gis, a mochilas que se lavaban una vez por año, sin dejar de mencionar los olores que emanaban de veinte o treinta niños de la misma edad, entre los cuales seguramente no faltaban aquéllos que no le tenían mucho afecto al baño.
Y lo mismo me pasaba en verano, cuando trataba de recordar qué era eso de sentir frío y tener que ponerse un swéter o una chamarra porque la piel como que ardía. Cómo podía sentir uno eso, si en el verano lo que quieres es quitarle capas que no se pueden quitar, para dejar de sudar. O cómo se sentía andar todo mocoso cuando al ir a la escuela podía verse hielo escarchado en la parte superior de los surcos en los campos. O sentir que el viento helado se metía por la nariz y te hacía arder los ojos, pero igual seguir jugando en la calle en vez de meterte a tu casa y sentarte junto a la estufa de leña a comer cacahuates o un burrito de frijoles. Mi impotencia más intensa era no poder recordar en verano lo qué se sentía ponerse un sweter de lana, o bufanda, o hasta guantes.
Y lo más curioso es que al año siguiente yo me recriminaba no haber puesto atención ex profeso en un día de invierno para poder recordar en la otra estación el sentimiento preciso para cuando fuera verano y tratara de acordarme. Y lo mismo me pasaba en invierno que me lamentaba de no haberme acordado de que en el verano tenía que poner mucha atención y concentrarme para poder reproducir la sensación de tener calor y sudar y oler mucho a pupitre, pero concentrado.
También era sensacional cuando había que "sacar la ropa de invierno" y acordarte de las sudaderas y los pants que me gustaban mucho y que parecía una eternidad de que los usaba. Y era como volver a estrenarlos y me sentía tan guapo cuando me los ponía en un día normal, aunque no festejáramos Navidad o las fiestas de agosto en honor a la virgen de la Asunción (que eran LOS días de estrenar ropa). Y cuando entraba y se establecía la primavera (porque "febrero es loco y marzo otro poco", lo cual quiere decir que en esos meses cambia mucho la temperatura y había que esperarse hasta que todo se estabilizara para sacar la ropa de verano que había estado guardada en cajas) y se sacaba la ropa de verano.
Qué ilusión volver a ponerse shorts y andar libremente en camiseta en los frecuentes paseos para bañarnos (nadar) en el río o en la acequia que sólo estaban permitidos en el verano (por obvias razones). O las hermosas lluvias de verano, llamadas "las aguas", en las que por la tarde después de un buen rato de ventarrones llenos de polvo y truenos y relámpagos las tormentosas nubes producían unos chubascos impresionantes, en los que salíamos todos los niños a las calles a mojarnos bajo la lluvia, con los pies descalzos y la ropa con la que anduviéramos. Y después de que había pasado el chaparrón, cómo olvidar que yo me sentaba o acostaba en plena calle, para sentir el agua de los "arroyitos" (o sea, el agua que corría por las calles, porque sobra decir que en Huásabas, por su tamaño, no hacían falta alcantarillas), sobre todo en las partes más bajas de las salidas del pueblo, como en la calle ancha por donde se acumulaba más agua en los "arroyitos".
Cada estación tenía sus encantos, en el invierno era fabuloso esperar las lluvias calmadas y ligeras que llegaban a durar más de dos días casi sin parar, y que llaman "equipatas". Como no se podía salir, ni bañarse bajo la lluvia por las bajas temperaturas, se quedaba uno en la casa casi todo el día y se comía delicioso, justo a un lado de la estufa de leña, sobre la cual nunca dejaba de haber comida. Cuando hace frío tomarse una taza de café, acompañada de un burrito hecho de tortilla de harina de las grandes (sobaqueras) con jamoncillo (dulce de leche) es una experiencia insuperable. Sinceramente no creo que comer en un restaurante que tenga las tres estrellas de la guía Michelin me acerque a lo sublime de esos momentos (claro que para saber primero tendría que comer en un restaurante con las tres estrellas de Michelin).
En ese tiempo, todas esas vivencias que podrían parecer triviales eran fundamentales porque Huásabas era mi centro del mundo, mi vida entera giraba alrededor de esas circunstancias; ahora, todas esas memorias son cruciales porque Huásabas se ha convertido en mi sucursal del paraíso, en mi segundo cielo.
miércoles, febrero 27, 2008
De patrias que parecen pinturas de Picasso
Al parecer estoy adquiriendo la saludable y horrible costumbre de seleccionar temas que le importan al 0.00012% de la población mundial y darles "seguimiento" en mi blog. Y, pues ni modo, he notado que con estoicismo los lectores víctimas de mi blog terminan leyéndolos y hasta tienen la decencia de participar en su comenta (los más valientes). En esta ocasión la irrelevancia se remonta a platicar de manera irresponsable, desinformada y asistemática (vivan los blogs!!!) del tema de lo que llaman la provincia, el interior o los estados, en su relación con la capital del país respectivo.
Antes de empezar, a mí me gusta hablar de las palabras, porque creo que el análisis de los términos que se usan para designar algo nos da muchas luces sobre el contenido de lo que designan. En este caso, me limito a hablar de México que conozco mejor, porque tanto el significado que se les da a las palabras, como la conformación política de las regiones que componen a un país varia mucho de un lugar a otro.
En nuestro país suele llamarse a todo aquello que no es la ciudad de México "la provincia". El término me parece inadecuado y anacrónico. Esto último porque si bien durante la Colonia, la Nueva España tenía sus provincias, cuando el país se independizó y promulgó su primer Constitución formal (la de 1824) se denominó Estados a las unidades políticas que formaban la República Mexicana, lo cual se conserva en la Constitución actual (la de 1917). Inadecuado también "la provincia", porque es un sustantivo en singular, como si todo lo que no es la capital tuviera una existencia homogénea. No hace falta pasearse mucho por México para saber que esa apreciación es incorrecta. Cada estado tiene su realidad política, social y económica, que no es para nada común. Pero, además, la cultura cambia también de región a región; así, cuando la gente de la capital (chilangos) dice "es que en la provincia esto o aquello", lo más probable es que se van a equivocar porque lo que sea que digan puede ser cierto en unos lugares y falso en otros. La característica común que puede haber en la provincia es que son ciudades más pequeñas que la ciudad de México, pero es muy diferente la vida urbana de las otras ciudades grandes del país: Guadalajara y Monterrey, principalmente, que la de las ciudades medianas, como Hermosillo y las otras capitales de Estado, y, no se diga, de las ciudades pequeñas y las comunidades rurales. El norte, el centro y el sur son también regiones con diferencias muy marcadas en diferentes ámbitos como para poder generalizar sobre "la provincia".
Peor aún, cuando se hace referencia a "el interior de la República" (como en Chabelo, si mal no recuerdo), ahí sí me pierden. ¿Que la capital es el exterior de la República?, ¿está acaso afuera de la república? o es la circunferencia, mientras que los estados son lo que está adentro del círculo, porque si es así yo simplemente he estado viendo un mapa equivocado de México. En el mapa que yo he visto, la ciudad de México está muy en el interior de la República.
Por las razones antes expuestas "los estados" me parece un término más adecuado, ya que es la denominación constitucional, eso es lo que realmente son: estados, y su plural es más acertado en describir diferentes realidades para cada uno.
Tratando de no abundar mucho, me parece importante mencionar que nuestro país es una república federal, lo cual significa, por el lado de república, que no es una monarquía sino un país en el que la soberanía (término que suele no significar nada) reside en el pueblo, el cual elige a un gobierno para ser representado por la imposibilidad práctica del "gobierno de todos"; lo federal significa que diversas unidades políticas con existencia propia se unen y crean adicionalmente a sus propios gobiernos, otra estructura gubernamental (gobierno federal o central) que se encargará de algunas tareas de gobierno que se realizan más eficientemente de manera conjunta. Estas tareas pueden ser muchas, pero normalmente incluyen, por lo menos, la defensa del país (ejército), la conducción de las relaciones exteriores (diplomacia) y la recaudación de algunos impuestos (hacienda).
El gobierno federal, evidentemente, tiene que estar en algún lugar y no se requiere mucho sentido común para saber que es necesario elegir una capital y ahí concentrar sus oficinas. Esto inmediatamente crea un centro de poder geográfico, en el que lo que se decida tiene efectos para todo el país. Aun países como Estados Unidos, cuyos gobiernos locales son muy autónomos, depende mucho de lo que se diga en Washington. En México la concentración es aún más fuerte porque las empresas que operan en todo el país suelen tener sus sedes corporativas en la capital; asimismo, cultural y académicamente las instituciones más fuertes suelen radicar en el Distrito Federal (aunque sean sostenidas con presupuesto federal).
Esta situación genera casi automáticamente un recelo por parte de las regiones respecto a la capital y, evidentemente, una especie de arrogancia de los residentes de la capital (que suele ser la ciudad más grande dándoles un carácter más urbano a sus residentes, con todas las virtudes y defectos que esto representa). Estas dos cosas tienden a generar una animadversión entre los dos tipos de conciudadanos. De esta realidad no escapan muchos países: en Francia contra los parisinos, en España contra los madrileños, en Argentina contra los porteños y, en México, contra los chilangos.
Aunque no se trata de un conflicto grave, las expresiones de odio suelen llegar a niveles de ofensa. Hace algunos años la frase "Mexicano, haz patria: mata un chilango" se hizo muy popular, particularmente en el norte y en Guadalajara, la segunda ciudad más grande del país. En ocasiones, la violencia verbal ha trascendido a niveles más graves, como cuando a prinicipios de los noventa, en Chihuahua, un niño proveniente de la ciudad de México, fue apedreado por esa razón y falleció. Hace más de un año, en un blog bastante popular llamado "Sala Verga", el autor hizo un recuento de un viaje que hizo al D.F., tratando a los habitantes de la capital con un desprecio que rayaba en discurso de odio y con un contenido racista muy lamentable. Pero, más que llamarme la atención su artículo que, finalmente, reflejaba únicamente su opinión (muy extendida en Sonora de donde somos tanto el autor como yo), era impresionante la cantidad de comentarios que tuvo su entrada en la que se vaciaron cientos de opiniones tremendamente ofensivas y, en ocasiones procaces, de la gente de los estados contra los de la capital y de éstos contra aquéllos. Lo que me resulta más preocupante es que el perfil del público de ese blog es gente joven y como lectores de blogs se asume una posición económica y cultural más elevada que el promedio, así que el contenido de las opiniones resultaba completamente desalentadora respecto a la integración fraternal de los mexicanos. Y justo ayer leía el artículo en Wikipedia en inglés sobre la ciudad de México, en el apartado de discusiones al respecto del artículo se podía también apreciar los comentarios denostativos hacia los capitalinos, así como la respuesta arrogante de éstos contra los atrasados y pueblerinos habitantes de "La Provincia" (claro que en un lenguaje más "objetivo", "à la Wikipedia").
En fin, no creo que esta situación tenga un remedio concreto, pero creo que como país estaríamos mejor apreciándonos con nuestras diferencias que siempre enriquecen a amobs lados de la relación. El simple hecho de conocer a gente de lugares diversos, ayuda a dispersar los estereotipos más negativos que podamos tener (aunque siempre habrá gente que los confirme y aun los supere). Personalmente he tenido la suerte de ser de un estado (uno muy regionalista) y, a la vez, de convivir con la gente de la capital y encuentro las diferencias mucho más divertidas que molestas.
Antes de empezar, a mí me gusta hablar de las palabras, porque creo que el análisis de los términos que se usan para designar algo nos da muchas luces sobre el contenido de lo que designan. En este caso, me limito a hablar de México que conozco mejor, porque tanto el significado que se les da a las palabras, como la conformación política de las regiones que componen a un país varia mucho de un lugar a otro.
En nuestro país suele llamarse a todo aquello que no es la ciudad de México "la provincia". El término me parece inadecuado y anacrónico. Esto último porque si bien durante la Colonia, la Nueva España tenía sus provincias, cuando el país se independizó y promulgó su primer Constitución formal (la de 1824) se denominó Estados a las unidades políticas que formaban la República Mexicana, lo cual se conserva en la Constitución actual (la de 1917). Inadecuado también "la provincia", porque es un sustantivo en singular, como si todo lo que no es la capital tuviera una existencia homogénea. No hace falta pasearse mucho por México para saber que esa apreciación es incorrecta. Cada estado tiene su realidad política, social y económica, que no es para nada común. Pero, además, la cultura cambia también de región a región; así, cuando la gente de la capital (chilangos) dice "es que en la provincia esto o aquello", lo más probable es que se van a equivocar porque lo que sea que digan puede ser cierto en unos lugares y falso en otros. La característica común que puede haber en la provincia es que son ciudades más pequeñas que la ciudad de México, pero es muy diferente la vida urbana de las otras ciudades grandes del país: Guadalajara y Monterrey, principalmente, que la de las ciudades medianas, como Hermosillo y las otras capitales de Estado, y, no se diga, de las ciudades pequeñas y las comunidades rurales. El norte, el centro y el sur son también regiones con diferencias muy marcadas en diferentes ámbitos como para poder generalizar sobre "la provincia".
Peor aún, cuando se hace referencia a "el interior de la República" (como en Chabelo, si mal no recuerdo), ahí sí me pierden. ¿Que la capital es el exterior de la República?, ¿está acaso afuera de la república? o es la circunferencia, mientras que los estados son lo que está adentro del círculo, porque si es así yo simplemente he estado viendo un mapa equivocado de México. En el mapa que yo he visto, la ciudad de México está muy en el interior de la República.
Por las razones antes expuestas "los estados" me parece un término más adecuado, ya que es la denominación constitucional, eso es lo que realmente son: estados, y su plural es más acertado en describir diferentes realidades para cada uno.
Tratando de no abundar mucho, me parece importante mencionar que nuestro país es una república federal, lo cual significa, por el lado de república, que no es una monarquía sino un país en el que la soberanía (término que suele no significar nada) reside en el pueblo, el cual elige a un gobierno para ser representado por la imposibilidad práctica del "gobierno de todos"; lo federal significa que diversas unidades políticas con existencia propia se unen y crean adicionalmente a sus propios gobiernos, otra estructura gubernamental (gobierno federal o central) que se encargará de algunas tareas de gobierno que se realizan más eficientemente de manera conjunta. Estas tareas pueden ser muchas, pero normalmente incluyen, por lo menos, la defensa del país (ejército), la conducción de las relaciones exteriores (diplomacia) y la recaudación de algunos impuestos (hacienda).
El gobierno federal, evidentemente, tiene que estar en algún lugar y no se requiere mucho sentido común para saber que es necesario elegir una capital y ahí concentrar sus oficinas. Esto inmediatamente crea un centro de poder geográfico, en el que lo que se decida tiene efectos para todo el país. Aun países como Estados Unidos, cuyos gobiernos locales son muy autónomos, depende mucho de lo que se diga en Washington. En México la concentración es aún más fuerte porque las empresas que operan en todo el país suelen tener sus sedes corporativas en la capital; asimismo, cultural y académicamente las instituciones más fuertes suelen radicar en el Distrito Federal (aunque sean sostenidas con presupuesto federal).
Esta situación genera casi automáticamente un recelo por parte de las regiones respecto a la capital y, evidentemente, una especie de arrogancia de los residentes de la capital (que suele ser la ciudad más grande dándoles un carácter más urbano a sus residentes, con todas las virtudes y defectos que esto representa). Estas dos cosas tienden a generar una animadversión entre los dos tipos de conciudadanos. De esta realidad no escapan muchos países: en Francia contra los parisinos, en España contra los madrileños, en Argentina contra los porteños y, en México, contra los chilangos.
Aunque no se trata de un conflicto grave, las expresiones de odio suelen llegar a niveles de ofensa. Hace algunos años la frase "Mexicano, haz patria: mata un chilango" se hizo muy popular, particularmente en el norte y en Guadalajara, la segunda ciudad más grande del país. En ocasiones, la violencia verbal ha trascendido a niveles más graves, como cuando a prinicipios de los noventa, en Chihuahua, un niño proveniente de la ciudad de México, fue apedreado por esa razón y falleció. Hace más de un año, en un blog bastante popular llamado "Sala Verga", el autor hizo un recuento de un viaje que hizo al D.F., tratando a los habitantes de la capital con un desprecio que rayaba en discurso de odio y con un contenido racista muy lamentable. Pero, más que llamarme la atención su artículo que, finalmente, reflejaba únicamente su opinión (muy extendida en Sonora de donde somos tanto el autor como yo), era impresionante la cantidad de comentarios que tuvo su entrada en la que se vaciaron cientos de opiniones tremendamente ofensivas y, en ocasiones procaces, de la gente de los estados contra los de la capital y de éstos contra aquéllos. Lo que me resulta más preocupante es que el perfil del público de ese blog es gente joven y como lectores de blogs se asume una posición económica y cultural más elevada que el promedio, así que el contenido de las opiniones resultaba completamente desalentadora respecto a la integración fraternal de los mexicanos. Y justo ayer leía el artículo en Wikipedia en inglés sobre la ciudad de México, en el apartado de discusiones al respecto del artículo se podía también apreciar los comentarios denostativos hacia los capitalinos, así como la respuesta arrogante de éstos contra los atrasados y pueblerinos habitantes de "La Provincia" (claro que en un lenguaje más "objetivo", "à la Wikipedia").
En fin, no creo que esta situación tenga un remedio concreto, pero creo que como país estaríamos mejor apreciándonos con nuestras diferencias que siempre enriquecen a amobs lados de la relación. El simple hecho de conocer a gente de lugares diversos, ayuda a dispersar los estereotipos más negativos que podamos tener (aunque siempre habrá gente que los confirme y aun los supere). Personalmente he tenido la suerte de ser de un estado (uno muy regionalista) y, a la vez, de convivir con la gente de la capital y encuentro las diferencias mucho más divertidas que molestas.
viernes, febrero 22, 2008
8 cosas que hacer antes de morir
Hace unas semanas se estrenó en México una película con Jack Nicholson y Morgan Freeman llamada The Bucket List, que no me acuerdo cómo le pusieron en español. El asunto es que este par de viejos tan diferentes en historias y motivaciones terminan haciendo una lista de cosas para hacer antes de morir (coloquialmente en inglés usan la expresión "patear la cubeta" [bucket], que viene a ser como nuestro "estirar la pata" y de ahí el nombre de la película). Adicionalmente, una entrada reciente en uno de los blogs a los que soy afecto (www.doppelanger.blogspot.com) lanzó sutilmente y sin ninguna velada amenaza a quien lo incumpla, lo que se conoce como meme sobre 8 cosas que nos gustaría hacer antes de "patear la cubeta". Los memes son una especie de cadena que se crea en los blogs, invitando a otros blogueros a escribir un artículo sobre una idea o guión que a un bloguero se le ocurrió. Después de este larguísimo preámbulo procedo a hacer mi lista de cosas que no se me pueden pasar antes de que se llegue mi fecha de caducidad.
1. Como me gustan los clichés iniciaré con los lugares que quiero conocer y que considero imperdibles: Chiapas, Lisboa, Honk Kong, Machu Pichu, Yucatán, Tokio, Río de Janeiro, Beijing... oh my goodness!!! esta lista se está poniendo demasiado larga y con lo alto que está el precio del petróleo, de dónde voy a sacar para tanto boleto??? Creo que tendré que dejar de escribir en el blog y dedicar este tiempo para alguna actividad que me remunere pesitos: limpiar vidrios en Periférico, rentarme para gritar en marchas o la venta carnal de mis carnes en Avenida Insurgentes, porque a este ritmo no voy a poder conocer ni Chiapas, que me queda aquí en corto...
2. Gastarme media quincena en unos zapatos Ferragamo y la otra en un traje Couture de Ermenegildo Zegna (ver viaje a San Diego). Claro que tiene que ser en mi última quincena de vida, porque si me la gasto toda con qué voy a vivir el hipotético resto de mi existencia. Y es que nada más de glamour no se alimenta uno. Eso sí, iba a aprovechar para tomarme una foto y suplicarle a cualquier revista de la prensa rosa que me pusieran por ahí, al menos en alguna esquinito junto a Viviana Corcuera (que no sé ni quién sea, pero siempre sale con una sonrisa acartonada en todas esas revistas... se supone que no las leo pero mostré conocimientos muy específicos como para ahora negarlo. ¡Oh no, qué horror!)
3. Subirme a un globo aerostático, de preferencia que sea rojo y diga "I love you", en alguna ciudad que me guste mucho, como París, Venecia, Viena o Huásabas, of course...
4. Conocer a una celebridad (pero de a de veras, no como Johny Laboriel que conocí una vez). Sí, una mundialmente conocida, onda Hollywood. Y tenerla muy cerquita y gritarle como enajenado groopie: "Te amooooo. Will you marry meeeeee???" O bien, "estoy embaraaaaazado de tiiiii" (ésa me encanta... está dicho, esa es la que voy a usar). Si puedo escoger, me quedo con Alizée con la misma ropa y el mismo pasito de ese video de "Je m'eclabousse, j'en rie".
5. Decir algo en el pleno de las Naciones Unidas, aunque sea "booo para Bush", elocuencia que pienso acompañar del tradicional gesto de ponerse las manos a los lados de la cabeza simulando grandes orejas y sacando la lengua para decir "prrrrttt".
6. Dar clases en la universidá (ayyy, qué grande!!!) y hacerme llamar 'catedrático Barceló', para lo cual caminaré con un aire de solemnidad que dé la impresión de que floto unos cinco centímetros sobre el suelo.
7. Vivir al menos un mes en una comunidad apartada de la civilización, para hacer servicio a la comunidad, sin más pertenencias que mis hipotéticos zapatos Ferragamo y una montaña de libros (¡Alguien llame al departamento de casting del Salvation Army: soy un recluta que ha pasado inadvertido!).
8. Tener la oportunidad de despedirme largo y tendido con cada persona que ocupe un porcentaje = ó > al 1% de mi stock de afecto, antes de partir (no me refiero a la comunidad apartada, sino a la ultratumba).
Pues escritores de blogs que lean este meme, siéntanse convidados a repetir este ejercicio, si les da su muy regalada gana. De lo contrario, por lo menos escriban algo, que no hay nada más triste en la vida de uno que entrar a sus blogs favoritos y no ver nada nuevo escrito.
1. Como me gustan los clichés iniciaré con los lugares que quiero conocer y que considero imperdibles: Chiapas, Lisboa, Honk Kong, Machu Pichu, Yucatán, Tokio, Río de Janeiro, Beijing... oh my goodness!!! esta lista se está poniendo demasiado larga y con lo alto que está el precio del petróleo, de dónde voy a sacar para tanto boleto??? Creo que tendré que dejar de escribir en el blog y dedicar este tiempo para alguna actividad que me remunere pesitos: limpiar vidrios en Periférico, rentarme para gritar en marchas o la venta carnal de mis carnes en Avenida Insurgentes, porque a este ritmo no voy a poder conocer ni Chiapas, que me queda aquí en corto...
2. Gastarme media quincena en unos zapatos Ferragamo y la otra en un traje Couture de Ermenegildo Zegna (ver viaje a San Diego). Claro que tiene que ser en mi última quincena de vida, porque si me la gasto toda con qué voy a vivir el hipotético resto de mi existencia. Y es que nada más de glamour no se alimenta uno. Eso sí, iba a aprovechar para tomarme una foto y suplicarle a cualquier revista de la prensa rosa que me pusieran por ahí, al menos en alguna esquinito junto a Viviana Corcuera (que no sé ni quién sea, pero siempre sale con una sonrisa acartonada en todas esas revistas... se supone que no las leo pero mostré conocimientos muy específicos como para ahora negarlo. ¡Oh no, qué horror!)
3. Subirme a un globo aerostático, de preferencia que sea rojo y diga "I love you", en alguna ciudad que me guste mucho, como París, Venecia, Viena o Huásabas, of course...
4. Conocer a una celebridad (pero de a de veras, no como Johny Laboriel que conocí una vez). Sí, una mundialmente conocida, onda Hollywood. Y tenerla muy cerquita y gritarle como enajenado groopie: "Te amooooo. Will you marry meeeeee???" O bien, "estoy embaraaaaazado de tiiiii" (ésa me encanta... está dicho, esa es la que voy a usar). Si puedo escoger, me quedo con Alizée con la misma ropa y el mismo pasito de ese video de "Je m'eclabousse, j'en rie".
5. Decir algo en el pleno de las Naciones Unidas, aunque sea "booo para Bush", elocuencia que pienso acompañar del tradicional gesto de ponerse las manos a los lados de la cabeza simulando grandes orejas y sacando la lengua para decir "prrrrttt".
6. Dar clases en la universidá (ayyy, qué grande!!!) y hacerme llamar 'catedrático Barceló', para lo cual caminaré con un aire de solemnidad que dé la impresión de que floto unos cinco centímetros sobre el suelo.
7. Vivir al menos un mes en una comunidad apartada de la civilización, para hacer servicio a la comunidad, sin más pertenencias que mis hipotéticos zapatos Ferragamo y una montaña de libros (¡Alguien llame al departamento de casting del Salvation Army: soy un recluta que ha pasado inadvertido!).
8. Tener la oportunidad de despedirme largo y tendido con cada persona que ocupe un porcentaje = ó > al 1% de mi stock de afecto, antes de partir (no me refiero a la comunidad apartada, sino a la ultratumba).
Pues escritores de blogs que lean este meme, siéntanse convidados a repetir este ejercicio, si les da su muy regalada gana. De lo contrario, por lo menos escriban algo, que no hay nada más triste en la vida de uno que entrar a sus blogs favoritos y no ver nada nuevo escrito.
lunes, febrero 18, 2008
Californication
Uno de los grandes problemas de mi carácter es mi imposibilidad genética para decir que no a cualquier invitación. Es una especie de tara que a veces merma mi sentido común y yo tengo un presto "Sí" para cualquier pregunta que empiece con: "¿Quieres ir a...?" "¿Se te antoja conocer ...?" "¿Me acompañas a...?", etcétera.
Pues así fue la semana pasada en la que un nuevo amigo (aún no consciente de ese súper poder mutante para aceptar cualquier invitación que tiene el que esto escribe) me invitó a San Diego, Calfornia. Yo, debe quedar claro después del preámbulo, contesté intempestivamente "pues vamos" (lo dije con un encantador acento norteño que no dejó lugar a dudas sobre mi determinación). Y como no hay plazo que no se venza ni fecha que no se cumpla, el mismísimo viernes tomamos el avión rumbo al noroeste, directo a la aún mexicana ciudad de Tijuana, cuyo lema geográficamente acertado reza: "Aquí empieza la Patria", ya que está en la merita esquina noroeste del país. Claro que alguien con mayor conciencia de la redondez de la tierra podría sugerir que el lema fuera "Aquí termina la Patria", pero los tijuanenses distinguidos decidieron que ellos prefieren el Alfa al Omega y les pareció más digno de nobleza ser el comienzo y no el final de ese ente esperpento que es mi amada República Mexicana.
Llegamos a Tijuana todavía con el sol alto, tomándole ventaja a la diferencia de horario que son dos horas menos que el centro de la República. La zona metropolitana de Tijuana-San Diego es muy especial en muchos sentidos. Primeramente, la mexico-estadounidense es la frontera más asimétrica del mundo, no sólo en términos del ingreso per cápita, sino en diferencias culturales y desarrollo de infraestructura. No hace falta explicar que este diferencial genera una situación de tensión natural. Segundo, la frontera entre Tijuana y San Diego es el cruce fronterizo con mayor flujo de personas por día del mundo. Sí, no hay frontera entre dos países en los que más personas se desplacen hacia ambos lados, como en esas dos ciudades, las cuales, por cierto, forman en realidad una sola zona metropolitana dividida por una frontera que cada día se quiere parecer más al Muro de Berlín, para calmar los nervios de los granjeros de Arkansas que ya se les hace que tanto mexicano no le caerá nada bien al país (y que les quitarán sus trabajos y harán disminuir sus salarios). En fin, con todo y muro fronterizo las dos ciudades están comercial y culturalmente interconectadas de una manera muy estrecha. Un resultado de lo que vengo diciendo es que la cola (línea de espera) que hay que hacer para entrar es más larga que la Cuaresma. Y así nos tocó esperar hora y media para poder llegar al punto de cruce (en carro).
San Diego es una ciudad muy linda, ordenada, padrísima, ordenada, con un clima templado todo el año, una vegetación muy verde y de cara al Océano Pacífico a lo largo de inmensos riscos que se adentran en el mar, produciendo unas vistas increíbles, sobre todo al atardecer. La Bahía de San Diego, en particular, es hermosa, plagada de veleros y de marinas saturadas de yates que cuestan el equivalente al PIB anual de Zimbabwe. Pero tratando de olvidar el hambre en África, uno se complace enormemente al contemplar el paisaje humano y deshumanizado de la Bahía, con las torres de la misión jesuita haciendo contraste con los ultramodernos edificios del centro de la ciudad, cuyas luces se reflejan en el espejo que forman las calmadas aguas de la Bahía.
Como cualquier ciudad gringa y muy solvente, las compras son formidables, una cantidad impresionante de marcas y productos para todos los presupuestos, desde las famosas "tiendas del dólar" (todos los productos valen un dolar: vivan las maquiladoras chinas!!!) hasta las tiendas departamentales más ridículamente elitistas: Sacks Fifth Avenue, Bloomingdale's, Nordstrom y todos los diseñadores célebres de Italia o Francia. La verdad es que uno se divierte contemplando los estereotipos de las comunidades burguesas: las señoras rubio platino que se han restirado tanto la piel que las comisuras de los labios ya se les volvieron a juntar a la atura de la nuca, comprándose su mascada Hermès; las fresitas mexicanas de aspecto güero oxigenado (rubio artificial) que de tanta pose que usan para hablar (con la papa en la boca) lo único que les escuchas mascullar son onomatopeyas sin ningún sentido como Zah! beh! plah! shoop! etcétera; los intentos de metrosexual gastándose la mitad de sus quincenas en unos zapatos Ferragamo y la otra mitad en un saco de Ermenegildo Zegna; en fin, una serie de clichés desenfrenados por una sociedad de consumo en el que hay que marcar la desigualdad con productos "yuppies" porque, claro, se tiene que notar que está por un lado la gente bien y por el otro, la perrada. Y nada mejor para probarlo que en el shopping center, "dime dónde compras y te diré quién eres". Claro, todo esto yo lo veía con harto placer, sin ningún resquicio de conciencia social, porque pasearse por un mall tomando un café genérico de Starbucks (orange moka frapuccino) no combina bien con ideas tan rojillas, dignas solamente para patio de universidad pública.
Otro encanto de San Diego es La Jolla, uno de los lugares más caros para comprar (inmuebles) en el mundo y no me extraña. Es lo más upscale de la ciudad, con unas vistas maravillosas al mar, rodeada de boutiques très chic y restaurantes de diseño con vista al mar, en el que te venden unos calamares a precio del monstruo del lago Ness. Andar en Mercedes Benz en La Jolla ya empieza a verse naco, porque ahí la moda son Jaguares, Bentleys, Porshes, etc... (ash!!! y pensar que nosotros llegamos en un Chevrolet Sedán que habíamos rentado y que desentonaba terriblemente con el resto de la concurrencia. Aún así el lugar es increíble, precioso, con parques súper lindos en colinas que dan al mar y calles que serpentean rodeadas de hiedras que cubren las paredes de los chalets, entre la elegante sobriedad de boutiques y tiendas de antigüedades o el chunche que se te ocurra (a precios que no se te ocurrirían).
Y así se fue yendo el fin de semana y para cuando acordé (como decía mi nana) ya era hora de regresar a trabajar, por lo que tomamos un avión nocturno que nos trajo de regreso al D.F. a las 6:30 de la mañana, justo a la hora en la que hay que meterse a bañar para irse a la chamba, con un sueño de dos horas acumuladas de toda la noche. Mi cara ha sido como de pit bull todo el día y mis ilusiones no llegan ahora más allá de la hora en la que llegue a la casa y me tire a la cama a dormir hasta el día siguiente, esperando fervientemente que a nadie se le ocurra invitarme a ningún lado, porque estoy seguro que terminaría diciendo que sí, muy a pesar de mis párpados que pesan como si trajera colgado de las pestañas al mismísimo Ñoño.
Pues así fue la semana pasada en la que un nuevo amigo (aún no consciente de ese súper poder mutante para aceptar cualquier invitación que tiene el que esto escribe) me invitó a San Diego, Calfornia. Yo, debe quedar claro después del preámbulo, contesté intempestivamente "pues vamos" (lo dije con un encantador acento norteño que no dejó lugar a dudas sobre mi determinación). Y como no hay plazo que no se venza ni fecha que no se cumpla, el mismísimo viernes tomamos el avión rumbo al noroeste, directo a la aún mexicana ciudad de Tijuana, cuyo lema geográficamente acertado reza: "Aquí empieza la Patria", ya que está en la merita esquina noroeste del país. Claro que alguien con mayor conciencia de la redondez de la tierra podría sugerir que el lema fuera "Aquí termina la Patria", pero los tijuanenses distinguidos decidieron que ellos prefieren el Alfa al Omega y les pareció más digno de nobleza ser el comienzo y no el final de ese ente esperpento que es mi amada República Mexicana.
Llegamos a Tijuana todavía con el sol alto, tomándole ventaja a la diferencia de horario que son dos horas menos que el centro de la República. La zona metropolitana de Tijuana-San Diego es muy especial en muchos sentidos. Primeramente, la mexico-estadounidense es la frontera más asimétrica del mundo, no sólo en términos del ingreso per cápita, sino en diferencias culturales y desarrollo de infraestructura. No hace falta explicar que este diferencial genera una situación de tensión natural. Segundo, la frontera entre Tijuana y San Diego es el cruce fronterizo con mayor flujo de personas por día del mundo. Sí, no hay frontera entre dos países en los que más personas se desplacen hacia ambos lados, como en esas dos ciudades, las cuales, por cierto, forman en realidad una sola zona metropolitana dividida por una frontera que cada día se quiere parecer más al Muro de Berlín, para calmar los nervios de los granjeros de Arkansas que ya se les hace que tanto mexicano no le caerá nada bien al país (y que les quitarán sus trabajos y harán disminuir sus salarios). En fin, con todo y muro fronterizo las dos ciudades están comercial y culturalmente interconectadas de una manera muy estrecha. Un resultado de lo que vengo diciendo es que la cola (línea de espera) que hay que hacer para entrar es más larga que la Cuaresma. Y así nos tocó esperar hora y media para poder llegar al punto de cruce (en carro).
San Diego es una ciudad muy linda, ordenada, padrísima, ordenada, con un clima templado todo el año, una vegetación muy verde y de cara al Océano Pacífico a lo largo de inmensos riscos que se adentran en el mar, produciendo unas vistas increíbles, sobre todo al atardecer. La Bahía de San Diego, en particular, es hermosa, plagada de veleros y de marinas saturadas de yates que cuestan el equivalente al PIB anual de Zimbabwe. Pero tratando de olvidar el hambre en África, uno se complace enormemente al contemplar el paisaje humano y deshumanizado de la Bahía, con las torres de la misión jesuita haciendo contraste con los ultramodernos edificios del centro de la ciudad, cuyas luces se reflejan en el espejo que forman las calmadas aguas de la Bahía.
Como cualquier ciudad gringa y muy solvente, las compras son formidables, una cantidad impresionante de marcas y productos para todos los presupuestos, desde las famosas "tiendas del dólar" (todos los productos valen un dolar: vivan las maquiladoras chinas!!!) hasta las tiendas departamentales más ridículamente elitistas: Sacks Fifth Avenue, Bloomingdale's, Nordstrom y todos los diseñadores célebres de Italia o Francia. La verdad es que uno se divierte contemplando los estereotipos de las comunidades burguesas: las señoras rubio platino que se han restirado tanto la piel que las comisuras de los labios ya se les volvieron a juntar a la atura de la nuca, comprándose su mascada Hermès; las fresitas mexicanas de aspecto güero oxigenado (rubio artificial) que de tanta pose que usan para hablar (con la papa en la boca) lo único que les escuchas mascullar son onomatopeyas sin ningún sentido como Zah! beh! plah! shoop! etcétera; los intentos de metrosexual gastándose la mitad de sus quincenas en unos zapatos Ferragamo y la otra mitad en un saco de Ermenegildo Zegna; en fin, una serie de clichés desenfrenados por una sociedad de consumo en el que hay que marcar la desigualdad con productos "yuppies" porque, claro, se tiene que notar que está por un lado la gente bien y por el otro, la perrada. Y nada mejor para probarlo que en el shopping center, "dime dónde compras y te diré quién eres". Claro, todo esto yo lo veía con harto placer, sin ningún resquicio de conciencia social, porque pasearse por un mall tomando un café genérico de Starbucks (orange moka frapuccino) no combina bien con ideas tan rojillas, dignas solamente para patio de universidad pública.
Otro encanto de San Diego es La Jolla, uno de los lugares más caros para comprar (inmuebles) en el mundo y no me extraña. Es lo más upscale de la ciudad, con unas vistas maravillosas al mar, rodeada de boutiques très chic y restaurantes de diseño con vista al mar, en el que te venden unos calamares a precio del monstruo del lago Ness. Andar en Mercedes Benz en La Jolla ya empieza a verse naco, porque ahí la moda son Jaguares, Bentleys, Porshes, etc... (ash!!! y pensar que nosotros llegamos en un Chevrolet Sedán que habíamos rentado y que desentonaba terriblemente con el resto de la concurrencia. Aún así el lugar es increíble, precioso, con parques súper lindos en colinas que dan al mar y calles que serpentean rodeadas de hiedras que cubren las paredes de los chalets, entre la elegante sobriedad de boutiques y tiendas de antigüedades o el chunche que se te ocurra (a precios que no se te ocurrirían).
Y así se fue yendo el fin de semana y para cuando acordé (como decía mi nana) ya era hora de regresar a trabajar, por lo que tomamos un avión nocturno que nos trajo de regreso al D.F. a las 6:30 de la mañana, justo a la hora en la que hay que meterse a bañar para irse a la chamba, con un sueño de dos horas acumuladas de toda la noche. Mi cara ha sido como de pit bull todo el día y mis ilusiones no llegan ahora más allá de la hora en la que llegue a la casa y me tire a la cama a dormir hasta el día siguiente, esperando fervientemente que a nadie se le ocurra invitarme a ningún lado, porque estoy seguro que terminaría diciendo que sí, muy a pesar de mis párpados que pesan como si trajera colgado de las pestañas al mismísimo Ñoño.
jueves, febrero 14, 2008
Otra de Chávez...
Con todo este nuevo escandalito que se carga el gobierno de Chávez, a través de su embajador en México, Roy Chaderton, acusando al presidente de la panificadora Bimbo, el archirrequeterico empresario mexicano Lorenzo Servitje, de financiar actividades desestabilizadoras en Venezuela, yo me pongo medio entretenido. Primeramente, se le acusa a Servitje de ser un católico de ultraderecha. Vamos por partes, cuando en la arena pública se acusa a cualquiera de ser católico (o protestante o musulmán o ateo), yo me pongo medio rijoso. Tal vez algún espíritu me haya poseído, pero siempre he creído que la libertad de culto individual es un derecho que tampoco debe restringirse a los gobernantes y mucho menos a las figuras públicas, en general. La secularización y la laicidad del Estado son dos logros importantísimos que han saneado mucho el nivel de democracia de nuestras sociedades. Sin embargo, los actores más importantes de la sociedad, en su calidad de seres humanos, pueden profesar una religión y si así lo gustan hacerlo a los cuatro vientos, siempre y cuando no usen las instituciones del Estado para forzar a otros a compartir sus dogmas religiosos o morales. Y es que es común confundir la laicidad del Estado con el jacobinismo que donde ve una cruz empieza la cabeza a darle vueltas como a la niña de El Exorcista. Bueno, volvamos a don Lorenzo. Sí, resulta que es católico, muy católico tal vez (de misa diaria, dirían en Huásabas). Y, bueno, a mi juicio, tiene derecho a eso y a hacer todas las barras de pan que quiera.
Segundo, cuando se acusa a alguien de ultra derechista o de extrema izquierda ¿qué se quiere en realidad decir? La impresión que me da es que esos términos se usan cada vez con menos propiedad, solamente para desdeñar que una persona se apega fuertemente a una ideología opuesta. Ese desafortunado recurso termina convirtiéndose en una falacia ad hominen pues el enfoque dejan de ser las ideas del contrario, desdeñándose a la persona de radical (y por tanto equivocada) aunque no se pruebe con claridad qué es lo que lo hace extremo o ultra. Ejemplos de éstos hay para tirar para el viento, pero cuando estudié en Columbia me tocó ver un noticiero de Fox News (de ultra derecha, jajaja, no es cierto... pero sí un canal estadounidense de línea dura conservadora) en el que calificaban a la universidad de extrema izquierda, sólo porque en una conferencia del fundador del movimiento Minute Men (grupo anti-inmigrantes muy activo) algunos alumnos se manifestaron en contra del tipo. O de ultraderechistas a personas muy estrictas en su código moral y/o religioso. Lo que es derecha e izquierda se va definiendo país por país y en diferentes tiempos cambia, pero a mí me parece que lo ultra o extremo solamente se justifica cuando el individuo o grupo en cuestión participa en la eliminación de la ideología contraria, no cuando ostenta fuertemente la propia ideología. Yo no conozco bien la trayectoria del señor Servitje, pero hasta ahora no he encontrado (tal vez por desinformación) qué es lo que lo convierte en un ultraderechista (al menos, según mi propia definición al respecto).
El embajador venezolano señaló, además, que Servitje financia a una organización demócrata cristiana (ODCA), la A es "de América", que preside el también mexicano Manuel Espino. En este otro punto tampoco le vería yo problema, porque brindar recursos a una organización que promueva una ideología política-moral-religiosa, hace posible que existan diferentes ejes del espectro político que fomentan el juego democrático. Yo veo más negativo que la balanza se cargue mucho de un lado o del otro, porque eso da lugar a regímenes autoritarios que tanta alergia me causan. Es muy evidente que la ODCA hace propaganda en el continente para favorecer medidas orientadas a la derecha, tanto en lo que toca lo económico y lo político, como a lo moral. Seguramente Venezuela no escapa a las áreas de influencia de la ODCA (incluso, es muy probable que sea un país prioritario para la organización). Habrá quien lo repruebe, hay seguramente a quien le parezca que está mal que organizaciones de tipo internacional se involucren en la política interna de un país. A mí me cuesta trabajo comprar ese argumento porque simplemente no creo en el dogma de la soberanía de los Estados. Yo únicamente creo en la soberanía de los pueblos a autodeterminarse (y tampoco como derecho absoluto, por su peligroso potencial xenófobo). Si al interior de los pueblos se importan ideologías de naciones extranjeras, inclusive con la ayuda de individuos de otros países (como pasó en la Ilustración, o con las culturas griegas y latinas, o hasta con las revoluciones francesa y estadounidense), qué hay de malo en ello.
De cualquier manera, dice don Lorenzo que él no les ha dado a esa organización ni a Manuel Espino un quinto (de los muchos millones de quintos que gana haciendo pan en muchos países). Pero yo digo que si quisiera podría dárselo y santo y muy bueno (sin tono sarcástico).
De lo que denuncia Chaderton que sí estaría en contra es de que se promuevan políticas desestabilizadoras al interior de Venezuela. Esa violencia sí puede un Estado repudiarla y combatirla dentro de la aplicación de un marco legal que intente proteger la gobernabilidad del país (por mero instinto de supervivencia los Estados tienen legitimidad para controlar los intentos de revolución que se dan a su interior, pero siempre respetando los límites del estado de derecho y sin transgreder derechos humanos). Eso no sé si realmente está pasando o si es que a los ojos de una incipiente dictadura todo intento de oposición es un movimiento desestabilizador de la sacrosanta voluntad suprema del dictador y su equipo cercano. Pero mi conocimiento se limita a lo que públicamente se conoce y la elocuencia del embajador venezolano dejó mucho qué desear. Sobre todo cuando incluyó en el reporte que cuando le presentaron a Servitje, éste lo vio con malos ojos y lo saludó de mala gana (Oh my Gosh!!! Qué falta de tacto, cómo se le ocurre al viejito millonario no saludar con una amplia sonrisa Colgate al embajador!!!
Y así termino mi innecesaria y no solicitada perorata, aclarando que no es la intención de este artículo unirse a la ya trillada posición de "odiemos todos juntos a Chávez". Sino que el evento me trajo a colación puntos que hace tiempo me hubiera gustado discutir.
Segundo, cuando se acusa a alguien de ultra derechista o de extrema izquierda ¿qué se quiere en realidad decir? La impresión que me da es que esos términos se usan cada vez con menos propiedad, solamente para desdeñar que una persona se apega fuertemente a una ideología opuesta. Ese desafortunado recurso termina convirtiéndose en una falacia ad hominen pues el enfoque dejan de ser las ideas del contrario, desdeñándose a la persona de radical (y por tanto equivocada) aunque no se pruebe con claridad qué es lo que lo hace extremo o ultra. Ejemplos de éstos hay para tirar para el viento, pero cuando estudié en Columbia me tocó ver un noticiero de Fox News (de ultra derecha, jajaja, no es cierto... pero sí un canal estadounidense de línea dura conservadora) en el que calificaban a la universidad de extrema izquierda, sólo porque en una conferencia del fundador del movimiento Minute Men (grupo anti-inmigrantes muy activo) algunos alumnos se manifestaron en contra del tipo. O de ultraderechistas a personas muy estrictas en su código moral y/o religioso. Lo que es derecha e izquierda se va definiendo país por país y en diferentes tiempos cambia, pero a mí me parece que lo ultra o extremo solamente se justifica cuando el individuo o grupo en cuestión participa en la eliminación de la ideología contraria, no cuando ostenta fuertemente la propia ideología. Yo no conozco bien la trayectoria del señor Servitje, pero hasta ahora no he encontrado (tal vez por desinformación) qué es lo que lo convierte en un ultraderechista (al menos, según mi propia definición al respecto).
El embajador venezolano señaló, además, que Servitje financia a una organización demócrata cristiana (ODCA), la A es "de América", que preside el también mexicano Manuel Espino. En este otro punto tampoco le vería yo problema, porque brindar recursos a una organización que promueva una ideología política-moral-religiosa, hace posible que existan diferentes ejes del espectro político que fomentan el juego democrático. Yo veo más negativo que la balanza se cargue mucho de un lado o del otro, porque eso da lugar a regímenes autoritarios que tanta alergia me causan. Es muy evidente que la ODCA hace propaganda en el continente para favorecer medidas orientadas a la derecha, tanto en lo que toca lo económico y lo político, como a lo moral. Seguramente Venezuela no escapa a las áreas de influencia de la ODCA (incluso, es muy probable que sea un país prioritario para la organización). Habrá quien lo repruebe, hay seguramente a quien le parezca que está mal que organizaciones de tipo internacional se involucren en la política interna de un país. A mí me cuesta trabajo comprar ese argumento porque simplemente no creo en el dogma de la soberanía de los Estados. Yo únicamente creo en la soberanía de los pueblos a autodeterminarse (y tampoco como derecho absoluto, por su peligroso potencial xenófobo). Si al interior de los pueblos se importan ideologías de naciones extranjeras, inclusive con la ayuda de individuos de otros países (como pasó en la Ilustración, o con las culturas griegas y latinas, o hasta con las revoluciones francesa y estadounidense), qué hay de malo en ello.
De cualquier manera, dice don Lorenzo que él no les ha dado a esa organización ni a Manuel Espino un quinto (de los muchos millones de quintos que gana haciendo pan en muchos países). Pero yo digo que si quisiera podría dárselo y santo y muy bueno (sin tono sarcástico).
De lo que denuncia Chaderton que sí estaría en contra es de que se promuevan políticas desestabilizadoras al interior de Venezuela. Esa violencia sí puede un Estado repudiarla y combatirla dentro de la aplicación de un marco legal que intente proteger la gobernabilidad del país (por mero instinto de supervivencia los Estados tienen legitimidad para controlar los intentos de revolución que se dan a su interior, pero siempre respetando los límites del estado de derecho y sin transgreder derechos humanos). Eso no sé si realmente está pasando o si es que a los ojos de una incipiente dictadura todo intento de oposición es un movimiento desestabilizador de la sacrosanta voluntad suprema del dictador y su equipo cercano. Pero mi conocimiento se limita a lo que públicamente se conoce y la elocuencia del embajador venezolano dejó mucho qué desear. Sobre todo cuando incluyó en el reporte que cuando le presentaron a Servitje, éste lo vio con malos ojos y lo saludó de mala gana (Oh my Gosh!!! Qué falta de tacto, cómo se le ocurre al viejito millonario no saludar con una amplia sonrisa Colgate al embajador!!!
Y así termino mi innecesaria y no solicitada perorata, aclarando que no es la intención de este artículo unirse a la ya trillada posición de "odiemos todos juntos a Chávez". Sino que el evento me trajo a colación puntos que hace tiempo me hubiera gustado discutir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
