jueves, marzo 12, 2009

Marihuana Forbes

Este mundo a mí cada vez me gusta más. El solo pensamiento de que ya lo ha visto uno todo me hace sentir escalofríos. Pero no, de ninguna manera, a cada rato el universo conspira para convercerte de que más bien no ha visto uno nada.

Justo en la entrada anterior hice mención del célebre "Chapo Guzman" (Joaquín Loera Guzmán), el capo del cártel de Sinaloa que escapó de prisión hace unos años escondido en la cesta de la ropa sucia (todo esto es la versión oficial, no crean que son mis recurrentes exageraciones o licencias literarias haciendo de guionista de Prision Break). Sin darle más vueltas por si alguien no conocía de su existencia, el Chapo Guzmán es un narcotraficante, el más famoso de la amplia pléyade de colegas que tiene en nuestro país (Hace poco la Agencia de Lucha contra las Drogas estadounidense estimó en 150 mil personas dedicadas al narcotráfico en nuestro país).

Bueno, pero ya me estaba perdiendo. Ayer estaba yo tan tranquilo leyendo la prensa cuando me entero que la prestigiada lista de los hombres más ricos del mundo de la Revista Forbes había agregado entre sus filas al susodicho Chapo Guzmán. Al principio creí que todo se trataría de una broma o a una de las comunes confusiones que suelen difundir los periodistas sin una idea muy clara de lo que están diciendo. Entonces, siguiendo la pauta más básica de la investigación, decidí recurrir a la fuente primaria para corroborarlo.

Y ahí está él, el Chapo Guzmán, en la lista de los billionaires del mundo. Esta lista la hace la revista, me parece, cada año y para pertenecer a ella no hace falta cumplir ningún requisito adicional, excepto el de tener una fortuna igual o superior a mil millones de dólares (en inglés, billion, que suele ser mal traducida como billón, o sea, un millón de millones, cuando billion equivale "sólo" a mil millones).

La verdad no daba yo crédito. Forbes sin el menor pudor clasifica a Guzmán como uno de los nuevos billionaires del planeta, en el lugar setecientos y pico, pero millardario al fin. Así que ya tenemos a otro mexicano en la envidiable lista, además de Carlos Slim que ahora ya no es el segundo hombre más rico del mundo, sino el tercero ¡pobrecito! por haber perdido 25 mil millones de dólares desde el último conteo, a causa de la crisis y la devaluación del peso mexicano.

Yo la verdad me he quedado con la intriga de cómo hacen para calcular la fortuna de un narcotraficante de esa categoría que es, a la vez, uno de los hombres más buscados del mundo (y no me refiero aquí a las chicas que anden tras sus dolaritos, sino a los gobiernos mexicano y estadounidense). Una opción es que nada más baste con preguntar en los bancos en los que tiene sus cuentas y así se hace una buena idea de sus mil millones de dólares, lo cual me parecería escandaloso porque qué hace ese dinero tan contento sin que nadie haga nada. O tal vez les pasaron la lista de los prestanombres, pero entonces qué hacen los prestanombres tan contentos sin que nadie haga nada.

O a lo mejor, buena gente como es, dejó pasar al reportero de Forbes a que contara los billetitos que tenía guardados en su colchón para no tener rastros en el sistema financiero. ¡¡¡Pero entonces qué hace el reportero de Forbes tan contento sin que nadie haga nada!!! ¿Será que respetan las fuentes periodísticas tanto como el secreto de confesión?

Y ya para terminar mi inútil disquisición termino con la frase con la que comienza el artículo sobre la lista 2009: "La gente más rica del mundo se ha hecho más pobre como el resto de nosotros". Me encantó lo de "como el resto de nosotros", hasta me dieron ternurita sus integrantes (con el Chapo incluido, sólo que él fue de los pocos que sí se hicieron más ricos).

martes, marzo 10, 2009

Está bueno, llévense a Cassez, pero déjennos a Carla Bruni

El título de esta entrada lo tomé de un comentario a una nota de El Universal sobre la visita de Nicolas Sarkozy a México. El presidente de Francia y su farandulera esposa están en el país con una agenda no muy productiva, diría yo, pero sí bastante atractiva para la prensa. Uno de los principales temas de la agenda es devolver a territorio francés a una chica de nombre Florence Cassez que fue detenida por las autoridades mexicanas y ha sido sentenciada a 60 años de cárcel por el delito de secuestro y otros "detallitos sin importancia" como crimen organizado.


La tal Florencia (digo, si ya la tenemos en cárcel mexicana pues no está de más que le hispanicemos el nombre) era la novia del jefe de una banda de secuestradores cuando fue detenida con otro integrante de la misma banda. Los detalles de la investigación están, como siempre, muy turbios. Lo que al parecer ha quedado claro es que se aprovechó esta detención para hacer un show mediático truqueado dándole la exclusividad a Televisa, el gigante de los medios de comunicación, fingiendo que se capturaban en un lugar distinto de donde habían sido realmente detenidos la Florencia y el otro tipo. Todo esto lo dio a conocer la propia francesa con su acento "impejfectó".

La verdad es que el beneficio de la duda lo tiene, porque las autoridades procuradoras de justicia en México están en total descrédito, de modo que si el propio Chapo Guzmán (capo di tutti capi) declara que todos sus cargos son una farsa de la Procuraduría, estoy seguro de que muchos mexicanos se lo creerían. El asunto es que algunas de las víctimas de la banda no se cansan de repetir que la chica sí participó en sus secuestros y reconocen la voz y hasta los pelirrojos cabellos de la susodicha. En especial una de las víctimas que ahora vive en Estados Unidos, literalmente rehaciendo su vida por temor a las represalias de la banda, ha sido muy enfática en sus declaraciones de culpabilidad de Florence.

Sarkozy por su parte quiere congraciarse con su propia opinión pública llevándose a su compatriota al primer mundo al que pertenecía antes de caer perdidamente enamorada del delincuente mexicano, que también secuestró su corazón y por eso ni se dio cuenta de la ilicitud de las actividades de su Romeo azteca. Y Felipe Calderón, usando magistralmente el Mexican style le dice que sí a todo, nada más que no le dice cuándo.

Siendo así las cosas, yo me uno a la petición del comentarista de la nota periodística y cual buen negociador le propongo a los franceses: "ándenle pues, llévense a la Cassez, pero déjennos a Carla Bruni".

lunes, febrero 23, 2009

Malthusianismo

El año en que yo nací (1980) éramos 66 millones de habitantes en México (según los datos del INEGI). En 2008 somos 106 millones (según las predicciones de CONAPO, ya que 2008 no es año censal).

Esto representa un aumento del 60% en la población mexicana tan solo en el lapso de mi vida (que es muy corto, sugiere la parte de mi mente que seguramente se siente amenazada por la crisis de los 30). Así es, 60% más personas ha acumulado este país sólo en el tiempo que yo llevo de vida. Me parece excesivo, abundantísimo, tanto como para sentir un temor parecido al del demógrafo inglés Thomas Malthus, que advirtió "que el poder de la población es indefinidamente más grande que el poder de la Tierra para producir sustento para el hombre".

La tasa de crecimiento actual de la población en nuestro país (1% anual) es ahora lo suficientemente sana como para permitir su adecuada renovación y evitar su envejecimiento en los próximos años (a diferencia de los países de Europa y Japón que ya experimentan severos problemas de envejecimiento poblacional, por sus tasas de crecimiento negativas o en ceros). Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX la tasa de crecimiento de la población mexicana fue demasiado alta, lo cual impidió, por ejemplo, que el ingreso per cápita se incrementara considerablemente, a pesar de que el PIB aumentaba (en ocasiones, por arriba del 7% anual, -lo cual ahora vemos casi como una utopía-).

Y, para terminar, reitero que estoy consciente de que este dato no viene al caso, pero que mi blog nunca se ha caracterizado por venir al caso... sino todo lo contrario.

lunes, febrero 16, 2009

De comienzos...

Es una cuestión de estabilidad o, mejor dicho, de inestabilidad. Pero también es cierto que no hay derecho de manejar los trenes del metro como si fueran microbuses de la Ruta 100. Yo hoy me levanté, como todos los lunes, con un agridulce y ambiguo ánimo, pero dispuesto a ir suavizando mi actitud a lo largo de la mañana para que la semana - que parece iniciar este día (pero que inicia desde el domingo) - fuera una cosa placentera.

Por supuesto que el fin de semana le mete mucho ruido a la vida de uno, así que por más que me lo propuse no pude salir de mi casa a la hora justa para llegar al trabajo a tiempo por la ruta que más me gusta (que es más larga). Entonces, tuve que escoger la ruta que no me gusta (que es más corta) y tomarme un taxi a la estación de metro más cercana. El trayecto en taxi es corto, justo el suficiente para prender mi iPod, acomodarlo en la canción que quiero escuchar y abrir el libro en turno en la página que lo había dejado. Pero hoy no, hoy era un día diferente, era uno de esos días que se anunciaba como que seguro iba a apestar.

Y así fue. Entre el ruido de la canción - mala, noventera - que había escogido, escucho al chofer del taxi como gruñir, muy molesto por algo que no quise preguntar, porque ya saben ustedes que las conversaciones que suelo tener yo con los taxistas terminan siempre muy mal: escatológicas, obscenas o maníaco-depresivas. Entonces, volteé mis ojos a la página del libro que traigo entre manos (Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm) pero el chofer seguía expresando corporalmente su molestia con algo. En ese momento eché una mirada hacia adelante, para saber si en el tráfico podría yo encontrar la respuesta y no encontré la respuesta, pero sí mucho tráfico.

En esta ciudad a mucha gente le parece buena idea que cuando tienen un problema laboral, político, económico o, ya a estas alturas, hasta psicológico, es necesario cerrar alguna vialidad. Porque, claro, deben pensar que en esta vida hay que compartir y si uno está molesto, pues es bueno compartir la molestia con todos. Yo no tendría mayor problema si su concepto de compartir su molestia se limitara a hacer del conocimiento público la razón por la que protestan. Pero no, se trata de compartir la molestia causándole molestias al prójimo, sobre todo cuando está próximo. Así fue hoy, no juntaban ni media docena de "protestantes", pero eso fue suficiente para que cerraran la calle que me lleva al metro, causando un atasco de esos que a esta ciudad le sobran.

La ruta para sacarle la vuelta a la toma de la calle fue suficiente como para que perdiera mi margen de puntualidad y se hiciera materialmente imposible llegar a tiempo a la oficina. Llegué al metro y me subí al vagón tan rápido como se abrieron las puertas, cerciorándome de que no hubiera ningún asiento disponible -nunca los hay- en el cual pudiera consagrarme a la lectura con mayor confort. Pues no lo hubo y, de hecho, ni siquiera había algún espacio en el que pudiera sostenerme de manera segura, por lo que permanecí parado, abrí un poco las piernas para mejorar mi posición equilibrista y ocupé mis manos en sostener el libro. Yo ya me sentía en mi elemento, cuando el conductor del metro seguramente vio que se le atravesaban una manada de búfalos o algún otro animal silvestre de la fauna de esta ciudad, porque ha frenado como si la vida le fuera en ello.

¡Y yo con las manos en el libro! Hubiera podido volar por los aires, cual película de acción, de una punta a la otra del vagón, pero en mi camino se interpuso un frágil viejecito que fue a estrellarse contra el tubo del cual venía detenido. No le he quebrado tres costillas porque el Señor es muy grande (aquí me refiero a Jesucristo, porque el señor en cuestión, como ya dije, era muy pequeñito y frágil). Pero eso no fue todo el paquete de mi rídículo matutino de lunes, ya que también incluyó una reacción espontánea de mis reflejos que ocuparon agarrarse de lo que tuvieran más cerca. Y lo que tuvieron más cerca fue una chamarra - nada ajustada - del tipo que venía a mi lado. Me agarré de la chamarra -sin querer- a manera de casi trozarla y sin ningún resultado positivo, porque digo que le quedaba tan grande la chamarra que no sirvió de ninguna manera como sostén o nada parecido. Y a mí sólo me sirvió para granjearme una mirada de recriminación - ya rayando en odio - del tipo que la traía puesta.

Al principio yo no supe cómo reaccionar: si todos debíamos estar enojados con el conductor o si el único culpable era yo, por querer saber más de la historia del siglo XX. De cualquier manera, tratando de ser decente, les ofrecí una disculpa a los dos directamente involucrados por mi súbito desplazamiento, en el que las manos no pudieron en nada amortiguar el golpe. Mas debo decir que dichas disculpas no fueron aceptadas, porque me han mirado con una cara como de "yo a éste lo mato" y no me han pegado, yo creo, porque ambos eran muy pequeños y yo no tanto. Además de que el libro de Hobsbawm está muy grueso y seguro les ha parecido que lo podía usar como arma blanca en mi defensa.

Con esos dos acontecimientos se me ha venido a presentar la semana, como convenciéndome de que esto se va a seguir poniendo feo.

martes, febrero 10, 2009

Rafael Kent

Uno de los aspectos principales del postmodernismo es la ausencia de reglas fuertes que guíen el comportamiento de las personas o, mejor dicho, que lo caractericen como "socialmente adecuado". Esto ha reconfigurado nociones tan importantes como la de familia, religiosidad, sociedad, etcétera. Pero el postmodernismo, entendido como la ausencia de patrones o estándares claros para un lugar y época, se ha impuesto hasta en las cuestiones más sutiles de la vida colectiva, como la moda.

Hace ya varios años que es muy difícil definir qué es lo que está de moda, porque conviven al mismo tiempo estilos estéticos muy disímiles, sin que ninguno se imponga como más "moderno" que los otros. De hecho, la moda retro (que está inspirada en épocas pasadas) es tan moderna como lo más vanguardista, aunque esto parezca una aberración conceptual.

Para ser sincero, a mí me cae muy bien este fenómeno y no me apena decir que estoy "instaladísimo en la postmodernidad". Realmente no hubiera soportado vivir, por ejemplo, en los ochenta (sí viví, claro, pero era un infante sin obligación social de seguir la "moda ochentera") y verme forzado a traer la cabellera cual rey de la selva, con cantidades industriales de aerosol Aqua Net en el cabello (arrojando a la capa de ozono kilos semanales de Cloro-Fluoro-Carbonos) so pena de verme socialmente excluido. Sin contar las enormes camisas de colores fluorescentes categoría chíngame-la-retina.

Desde finales de los noventa, la moda de calle se hizo evidentemente ecléctica. No digo que si salgo con una lagartija colgada de la oreja las personas no dudarán de mis facultades mentales, pero sí hay mucha mayor libertad para escoger el estilo de vestimenta que usa uno, sin convertirse en "el tipo extremadamente raro del departamento 5-12".

Tomando ventaja de esta situación, yo he decidido hoy salir a la calle con un estilo totalmente "retro" (lo dejo así, porque no puedo ubicar con mucha precisión qué época y qué lugar representa mi disfraz del día de hoy). Yo diría que es una onda como de los cincuenta, pues me he cambiado mis lentes (como ya lo anuncié en la entrada anterior, el mismo día que me dijeron que era trigueñito y me puse muy feliz) y me he escogido unos de los llamados "de pasta", o sea, de marco grueso y vistoso. Para que se den una mejor noción he cambiado mi foto de perfil, para compartir mi nuevo look retro-cincuentero-periodista-superhéroe. Y si esto no fuera poco, me he comprado una corbata de esas delgaditas, que fueron un éxito en épocas pasadas y que ahora han vuelto a aparecer en las tiendas para caballero.

Yo me había inspirado (patético de mí) en Clark Kent, el alter ego de súperman, que me caía mucho mejor que el superhéroe por perdedor y atormentado por sus propias virtudes (no digo que sea mi caso, porque a mí únicamente me atormentan mis defectos y, la verdad, no lo suficiente). Pero resulta que ayer (que todavía no traía mi outfit en cuestión) paso cerca de unas señoritas ¿afro-europeas? que hablaban en francés (no me queda claro cuál es el eufemismo para la "N word" si la persona de color es francesa). Al pasar, comenta una de ellas refiriéndose a mí "mira ese muchacho, se parece a Clark Kent". Yo volteé enseguida a verla y me sonrío con la chica, la cual esconde la mirada como apenada (no se imaginaba que para ese entonces yo ya tenía la idea de disfrazarme al día siguiente como el personaje en cuestión, por lo que el comentario no podría resultarme molesto, sino divertido). Claro que si lo pensaba bien, ese día yo creía ir disfrazado en una onda más bien "fin de milenio", entre El abogado del diablo y el personaje de American Psycho pero, al parecer, causaba una impresión estilística de décadas previas.

De cualquier manera, no me he desilusionado de los cambios de imagen y no les sorprenda, entonces, encontrarme cualquier día por la calle vestido como hippie setentero o, por qué no, à la Louis XIV, sin tener que esperar a que alguien organice una fiesta de Halloween para lucir cuán ocurrente puede llegar a ser un humano cuando lo legitiman ideas, frívolas pero bien concebidas, del tipo "alta costura" o "avant-garde".

viernes, febrero 06, 2009

Soy trigueñito...

Estoy contentísimo. Me acaban de hacer el día. Seguramente ella ni se enteró, aunque es probable que mi cara se haya deformado un poquito por el gusto, así como de emoción. Resulta que entre las cosas que tenía pendiente conmigo mismo y con mis ojos está el cambiar de lentes (bueno, en realidad el monto de la deuda con mis ojos asciende hasta la operación, pero en tanto se dan las condiciones para que eso ocurra, ya me urgía cambiar mi par de anteojos, ¡sí, anteojos, aunque sea palabra de abuelita!).

Y no me imaginaba que ahí en la óptica me iba yo a encontrar un depósito abundante de autoestima, cuando al probarme unos arillos, me dice una de las vendedoras: "esos se le ven perfecto joven, por su color...". Yo ya estaba empezando a tomar a mal el comentario, porque ha sido desde hace un buen tiempo uno de mis talones de Aquiles el exponerme al sol por hooooras con diferentes sustancias y que nadie nunca note que estoy bronceado, como si no me costara millones de células dañadas, envejecimiento prematuro y mayores riesgos de contraer cáncer de piel. Por lo que le increpé (en un tono respetuoso, pero firme) "¿cómo que por mi color?". A lo que la encantadora señorita respondió "sí, por ser entre blanco y trigueñito".


Me ha dejado sin palabras, reconciliado por la vida, seguro de que las células dañadas y el envejecimiento prematura valen toda la pena y tan contento que es como si en el aire se escucharan las tonadas de Stevie Wonder. Y para festejar publicaré una foto mía de esta semana en el Zócalo capitalino, con la hermosa Catedral Metropolitana y el chueco Sagrario Metropolitano, que parece que está a punto de caerse, pero que ha aguantado estoico toda la Colonia, la Independencia, la consolidación del Estado Mexicano, con la Reforma y la Revolución Mexicana incluidas, ha aguantado el Sagrario sin caerse toda la dictadura completa del PRI y, tan mexicano él, sigue ahí, chueco pero barroco, aguantando todo lo que venga, sin caerse aunque parezca que está a punto de desvanecerse. Y hasta en frente de tan magnánima y churrigueresca analogía de lo mexicano, yo, un contento mexicano trigueñito, que todavía se emociona cuando ve esa bandera tricolor volar por el contaminado cielo de esta ciudad de hierro, cristal y cemento.

martes, febrero 03, 2009

My 25 things

Siguiendo el ejemplo de mi amiga Olga, reproduje en Facebook esta dinámica llamada My 25 things, que en el mundo bloguero no será más que un meme. Como el ejercicio introspectivo suele ser bastante divertido y, en ocasiones, hasta enriquecedor para los demás, lo reproduzco aquí en vista de que mi blog es aguantador de todos mis excesos ególatras.

Así empieza la cosa:

1. No nací en Huásabas, sino en Hermosillo (ambos en Sonora), pero viví los diecisiete primeros años de mi vida en este pueblo de mil habitantes, que ha sido, es y seguirá siendo mi ombligo con el mundo, el lugar al que no puedo dejar de volver.

2. Tengo una familia enorme (en todos los sentidos). Somos siete hijos: dos hermanos, cuatro hermanas... y yo, más los siete maravillosos sobrinos que se han ido agregando poco a poco. Ser integrante de una famlia grande nunca ha sido causa de problemas existenciales, como le pasó al personaje principal de Hormiguitas, que le confesó a su psicólogo que no era fácil ser el hermano de en medio de una familia de siete millones. Sino lo contrario, lo considero una de las grandes bendiciones que he recibido, porque todos son excelentes y hemos logrado cultivar cada uno nuestra individualidad y superado alegremente el reto de la cotidiana convivencia.

3. Estudié Derecho en la Universidad de Hermosillo, una universidad que está, por así decirlo, en peligro de extinción... o, mejor dicho, negándose a morir, después de una muy prolongada agonía. Lo que más valoro de esa entrañable etapa de mi vida, que me marcó más en lo personal que en lo profesional, es que ahí adquirí a mis mejores amigos, a los que conservo como mi más preciado tesoro.

4. Lo que más disfruto hacer es conversar. Y soy un romántico empedernido de la conversación de persona a persona. Aunque los nuevos medios de comunicación me permiten estar más cerca de las personas con las que no puedo convivir cotidianamente, soy muy malo para hablar por teléfono, simplemente no me inspiro. Para chatear no soy tan malo, pero me desespera tener que corregir cuando cometo algún error...

5. Soy un ente naturalmente gregario y aunque disfruto mis ratos de soledad, me siento en mi hábitat cuando la gente que quiero está alrededor mío, haciendo cualquier tipo de ruido (oooots, no... no cualquier tipo de ruido).

6. La pérdida más grande que he experimentado (y aquí la conjugación verbal debe ayudarme a expresar que es algo permanente) es el fallecimiento de mi mamá.

7. El talento que me gustaría tener (y que no tengo en lo absoluto) es saber cantar o, por lo menos, hacerlo entonadamente.

8. Estudié una maestría en Administración y Políticas Públicas y mi tesis (que a nadie convenció) fue sobre los servicios de protección consular a mexicanos en el extranjero :$

9. Trabajo en el sector público, lo cual considero una vocación, y me siento responsable por cambiar las cosas y frustrado cuando no logro cambiar nada.

10. Una de las cosas que me caracterizan es el alto volumen de mi voz. Que si me he tragado una bocina, que si no me enoje, que si le baje dos rayitas... en fin...

11. Viví durante un ciclo escolar en Francia, dando clases de español a adolescentes que no tenían entre sus prioridades aprender español. A pesar del común desinterés de mis alumnos, vivir en Francia fue una de las experiencias más completas que he tenido y mi primer acercamiento con la soledad.

12. Tengo un blog en el que escribo cualquier sarta de tonterías. Escribir en él de manera asistemática y con poco rigor es una de las actividades que más disfruto.

13. Cuando estaba en la primaria, declamaba un "poema" que empezaba así: "Un ratoncito pequeño..." (y hacía con la mano derecha la señal de que era pequeñito. No recuerdo cómo continuaba, pero tengo una gran curiosidad, porque recuerdo perfecto que lo declamé en varias ocasiones... y eso me preocupa.

14. En mi relación con los demás, el principio que más quiero interiorizar es que hay que ver a cada persona como es. Sin embargo, no siempre logro los niveles de empatía que quisiera.

15. Soy adicto a la Coca-Cola. No recuerdo cuándo fue el último día que viví sin tomar aunque fuera una lata.

16. Mis ciudades favoritas son Nueva York, París y Barcelona... y Huásabas, aunque no sea ciudad.

17. Me gusta leer, aunque no leo todo lo que quisiera porque siempre me sobran razones para distraer mi atención en otras cosas. Mi libro favorito es Don Quijote de la Mancha.

18. Mi pasatiempo preferido es ir al cine y la película que más me gusta es El Padrino.

19. Ahora como de todo, pero de chiquito me chocaban las zanahorias y las calabacitas.

20. No soy verdaderamente fan de ningún deporte, aunque me gusta mucho ver las Olimpiadas (sobre todo las ceremonias de inauguración y de clausura... ooots, de plano los deportes no son lo mío). Cuando estaba en la escuela me gustaba jugar voleibol, pero nunca llegué a destacar ni como para formar parte de la banca de mi equipo en una escuela rural.

21. En la preparatoria fui a concursos nacionales de Biología, Química, Física y Matemáticas, en ese orden. Sí, eso quiere decir que soy un ñoño, pero juro que lo hacía, sobre todo, porque los viajes a distintas ciudades de la República me salían gratis y yo quería viajar.

22. Entre mis sueños frustrados están: trabajar en un cine (sí, Cinema Paradiso le hizo mucho daño a mis concepciones laborales), ser mesero en un cafecito y ser barman.

23. Me dan miedo las películas de miedo. Sí, ya sé, ¡qué obviedad! Pero me refiero a que me dan tanto miedo que realmente no soporto verlas. Entre peor calidad tengan, más miedo me causan.

24. Mi programa de televisión favorito es Friends. He visto cada capítulo unas cinco veces, pero me sigo riendo igual que la primera.

25. Si me preguntaran qué llevaría conmigo si naufragara en una isla desierta respondería, sin duda, que a mis amigos (sobre todo para que me ayuden a juntar los cocos con los que modestamente nos alimentaríamos). He hecho amigos diferentes en cada etapa de mi vida y una vez que así los considero ocupan un lugar irremplazaba de esa cosa que le llaman corazón. Son ellos los que me dan la certeza de que mi vida ha valido toda la pena y que aunque sí cambiaría mis errores si pudiera volver a vivir, no prescindiría de ninguno para volver a recorrer el camino.

jueves, enero 29, 2009

Pilar

Su vida puede ser resumida en nacer, crecer, prostituirse y morir. Pilar la de las piernas largas y el lunar en el pecho. La chica fácil que era fácil sólo si llegabas al precio que nunca era negociable. La chica de la vida alegre que, no obstante, lloraba cada madrugada cuando terminaba sus quehaceres. La chica de la vida galante, que sólo conoció de privaciones. La obra cumbre del maquillaje excesivo, de las medias de red y de la minifalda minúscula. El culmen del cliché de las que se dedican a ejercer en las esquinas de ciertas calles el así llamado oficio más antiguo del mundo.

Pilar tuvo una infancia que pocos caracterizarían de ideal. Nació de una madre que le heredó el oficio con un determinismo que nunca cuestionó, creció en el mismo burdel en el que trabajaba la madre, una española de nombre Inmaculada - aunque parezca una burla -. Estuvo siempre rodeada de las mujeres que trabajaban en el local, que aparecían y desaparecían siempre sin decir ni pío. Con esto, Pilar se acostumbó a las ausencias y asumió la irredimible soledad humana como un rasgo al que no hay que cuestionar, sino sólo resignarse. Su madre siempre decía cuando comentaban sobre las que iban desapareciendo "seguro se ha cansado de estar siempre temiendo amanecer con un ojo morado o una costilla rota, pero así es nuestra vida, Pilar... es dura nuestra vida, Pilar".

Y un día cuando tenía catorce años su madre tampoco apareció y fue hasta que pasaron varias semanas que cayó en la cuenta de que tal vez ya nunca la vería. Y fue a esa edad en la que tuvo que pedir su inserción laboral en el mismo lugar en el que nació y creció. No pasó mucho tiempo cuando ella misma decidió desaparecer, pero el oficio es el oficio y ella ya estaba en el gremio.

Las esquinas nunca han sido escasas en la ciudad y a los dieciocho años ya había encontrado el rincón en el que luciría sus lentejuelas por algunos años. Federico se llamaba el proxeneta del que se enamoró, del que recibió uno que otro golpe y el que le confesó, algunos años después, que su madre había muerto atropellada a unas cuadras de su nuevo lugar de trabajo la misma noche en la que había desaparecido del burdel para buscar nuevos horizones, que resultaron más fatídicos de lo que hubiera podido suponer. Y la noche en que se enteró de que su madre tal vez no la iba a abandonar a su suerte, a diferencia de todas las demás noches, Pilar no lloró. Se quedó tranquila contemplando la esquina en la que había muerto su madre y se sintió un poco reconciliada por la vida, pensando que ojalá que el carro hubiera sido lujoso, para que su muerte hubiera sido digna.

Era una mujer escrupulosa y ése fue siempre su problema. Admiraba profundamente a su amiga la Yasmín, porque ella como que a veces hasta disfrutaba lo que hacía. Pilar nunca pudo lograrlo, por más que en los primeros años de su carrera se esforzó profundamente por hacerlo. Por eso es que siempre tuvo que llorar al final de su jornada. Con las lágrimas lavaba el asco que había contenido y con las mismas lágrimas tenía que enjugar la máscara con la que, a base de maquillaje y de simple actuación, engañaba a sus clientes fingiendo que gozaba tanto como ellos la prestación del servicio. Y la terapia resultaba exitosa, porque la noche siguiente podía pararse en la misma esquina, a pesar del esfuerzo de mantenerse en pie con los tacones altísimos que a Federico tanto le gustaban.

Y así se pasaron sus años, los mejores, que nunca pudo distinguir de sus peores: de la esquina al hotel, del hotel a la esquina, de la esquina a su casa en la Delegación Iztapalapa. Cambiaban los modelos de los carros que la recogían, pero el rojo encendido de su pintalabios siempre fue el mismo y los tacones siempre fueron tan altos - como le gustaban a Federico - y la falda fue siempre igual de corta y la esquina igual de puntiaguda, e igual de lascivas las miradas de Don Fidencio, el del puesto de revistas, y de recriminadoras las de la Señora Margarita, que vendía quesadillas justo en la esquina de en frente.

Hasta que un día la alcanzó la muerte, apenas una semana después de que vi el largo de sus piernas mientras me comía unas quesadillas de las que vendía la Señora Margarita, atropellada también, como su madre que le heredó el oficio y hasta la causa de la defunción. Pero no era un carro lujoso, sino un troque que llevaba verduras al mercado de la colonia el que la privó de su vida y, además, de una muerte "digna".

lunes, enero 19, 2009

Remigio

Cuando subió al vagón del metro en la estación Constituyentes, me llamaron la atención sus manos callosas y cubiertas de cal. Llevaba baja la mirada y el ceño ligeramente fruncido y cargaba un costal del que sacó una bolsita con un par de taquitos de canasta, ya bastante maltratados. Tardó un par de estaciones en sentarse, aunque había varios asientos disponibles desde que subió. Discretamente se empezó a comer los tacos, masticando lentamente y con los modales de quien nunca ha sido enseñado de urbanidad y esas frivolidades. Cuando hubo terminado, sacó una botella de coca-cola y le dio los últimos tragos que quedaban en el envase. El líquido ya estaba caliente y sin gas, pero pudo empujar el último bocado. Sólo una vez cruzó la mirada conmigo, pero eso fue suficiente para descubrir una especie de conformidad con la vida y consigo mismo.

Remigio había sido el quinto hijo de una madre que los tuvo al pormayor, con distintos padres, en un pueblo de la costa chica de Guerrero. Cuando tenía dos años, lo recogió una familia de un pueblo cercano, tan humilde como su madre, pero con una estabilidad emocional un poco mayor. Así, se convirtió en el "hermano", siempre entre comillas" de otros siete chamacos, con los que tenía que compartir (o competir por) los frijoles con chile en tortillas de maíz, que era lo que habitualmente había en esa mesa. Nunca sintió que le faltara cariño en su nueva casa, pero eso no quiere decir que se sintiera querido. Más bien se sentía admitido de una manera que el fondo de sí agradecía y despreciaba, casi simultáneamente y con la misma intensidad.

No llegó a concluir sus estudios primarios porque su "apá" (el putativo, claro, porque al biológico no había manera de identificarlo) le pidió que le ayudara con las labores de la siembra... y de la cosecha... y de todo lo que va en medio del ciclo agrícola. Algo que meditaba frecuentemente, es que por más esfuerzos que hacía no podía recordar su niñez, es decir, no podía distinguir sus recuerdos de infancia y los de juventud. Esas etapas eran simplemente conceptos que le fueron ajenos en la primera parte de su vida y construyó su madurez no como un proceso, sino como algo que siempre estuvo dado. Pero no es que eso lo hubiera decidido, sino que nunca concibió la idea de tener opciones, Remigio fue siempre un hombre conforme con lo que era y lo que tenía.

Su mirada baja lo era no por la sumisión que suele distinguir a su clase social, sino porque era un hombre de mucha reflexión. Mientras cargaba los pesados sacos de cemento que debía subir a los pisos superiores de los altos edificios en cuya construcción trabajaba como albañil, se perdía recordando a su padrino Jacinto, el amigo anciano de la que vino a ser su familia. Un viejito canoso y de cara morena, curtida por el sol, el trabajo y los años. Ese anciano lo hizo como era, le decía Remigio a su esposa, porque con sus historias inverosímiles de campesino con las que recreaba los años pasados como si hubieran sido mejores lo hizo un soñador. Pero uno que sabe que los sueños no son más que eso y no son ninguna meta a alcanzar, son sólo historias que uno construye sobre sí mismo para evadir la realidad y para hacer la vida más vivible. En los recuerdos de Remigio, Jacinto siempre aparecía sonriendo en medio de los maizales y bajo un cielo claro por el que pasaban bandadas aisladas de garzas.

Y luego vino la hora en la que no tenía nada que hacer en la costa chica de Guerrero y su madre le dijo: "mira, Remigio, tú ya tienes dieciséis años, quince has vivido con nosotros y te hemos agarrado cariño, pero ya es hora de que hagas tu vida y no vuelvas sino a visitarnos de vez en cuando, a traernos algo para ayudarnos a sostenernos en agradecimiento por haberte tenido aquí tanto tiempo y haberte hecho un hombre de bien. Haz como los hijos de la Felipa, que se fueron hace dos años a la capital y ahí consiguieron trabajo. No les va mal. A ti tampoco te va a ir mal, porque eres muy trabajador y siempre he visto que tienes un buen ángel de la guarda". Y así lo hizo Remigio, se fue a la capital, como los hijos de la Felipa, y consiguió trabajo y un día en un baile popular conoció a Perla, la que sería la madre de sus hijos.

Remigio nunca creyó en las decisiones y, por eso, fue su esposa la que le dijo cuando casarse y la que le dijo que estaba embarazada en tres ocasiones, con lo cual Remigio supo que tenía que trabajar más para poder sacar adelante a su familia. Su familia, algo que nunca entendió, porque los adjetivos posesivos escapaban a su forma de ver la vida. De él no podía ser nada, no encontraba en sus entrañas el sentimiento de posesión. Nada era de él: a su esposa la quería a su lado y a sus hijos los mantenía, pero no eran de él. Y, en efecto, nunca fueron de él. Perla terminó dejándolo cuando ya tenía cincuenta años y el trabajo duro de toda una vida lo había convertido en un anciano prematuro, que lo hizo desterrar la idea de buscar a alguien para suplir a su excompñera. Los hijos se fueron yendo de su casa uno a uno y tomaron sus propias vidas, en las cuales él participaba muy marginalmente. Cuando murió la señora de la costa chica de Guerrero que lo había criado y a la cual de manera casi religiosa le enviaba un dinerito cada mes, perdió lo más parecido al sentido de pertenencia que hubiera experimentado durante su vida.

Y lo que siguió fue sereno, sin complicaciones: desplazarse a las distintas construcciones en las que lo contrataban como velador, porque sus molidos huesos ya no daban para más esfuerzo que eso. Y de regreso a su casita en Ciudad Nezahualcóyotl, en la que una tarde lluviosa pero no tanto, se apagó como se apaga una vela que se deja arder en una esquina. Y hubiera sido enternecedor verlo morir (si alguien hubiera estado presente) porque se fue conforme, conforme con la vida y consigo mismo.

viernes, enero 16, 2009

Herminia

Siempre llegaba al comedor en el que la conocí con unos zapatitos de tacón bajito, muy bajitos. Sus faldas eran de corte recto y jamás por encima de sus rodillas. Los colores ocres y apagados de su vestimenta refejaban - para los prejuicos ajenos - lo añejo de sus ideas, lo aburrido de su perpetua soltería. El conjunto de lo que lograba ver de Herminia y particularmente sus estudiados modales, calladamente daban muestra de su anterior pertenencia a la clase media alta postrevolucionaria. La edad no quedaba clara y su hermetismo no dejaba posibilidad de preguntársela, pero no había duda de que era mayor a los cincuenta. Y, finalmente, su mirada... su mirada como para adentro, como si nunca te viera aunque tuviera sus ojos fijos sobre ti, su mirada gris que completaba una cara llena como de indiferencia y de desesperanza, de un estancamiento vital que molestaba a su alrededor. Una cara que hacía callar a los niños que jugaban a la pelota fuera de su casa, que silenciaba las animadas conversaciones de sus compañeros de trabajo cuando se acercaba, que dejaba sin posibilidad de palabras a los hombres de los que hubiera podido enamorarse.

Herminia nació, ya lo decía, en el seno de una típica familia acomodada de los tiempos postrevolucionarios del país. Su padre había sido burócrata de medio pelo, hasta que se hizo amigo de un general que llegó a ser Secretario de la Defensa, en los tiempos del Presidente Cárdenas. Esto fue condición suficiente para que en unos cuantos años se convirtiera en funcionario de nivel alto y con la sagacidad que lo distinguió en combinación perfecta con unos escrúpulos muy laxos, pudo conservarse hasta su muerte en esas posiciones de privilegio que había creado el sistema de partido dominante que gobernó a México hasta que terminó el siglo. La flexibilidad de sus escrúpulos en la política no la llevó nunca al campo de la conducción de su familia. Bastante joven se casó con la madre de Herminia, una provinciana de Querétaro, proveniente de una familia muy religiosa y conservadora. En esa familia nadie cuestionó nunca sus propios roles, ni la crítica ajena ni la autocrítica se dejaron sentir jamás en la elegante casa porfiriana de la Colonia Roma que pudieron comprarse con un excelente "negocio" que llevó a cabo el padre, aprovechando su puesto en el gobierno.

Herminia fue educada en el Colegio del Sagrado Corazón, para garantizar que las monjas la formaran como la señorita decente y de moral impecable que los padres asumieron debía ser. Manejaba a la perfección los modales de una rancia aristocracia, a la que ni siquiera pertenecía y reprobaba con su desdén a todos los que a su alrededor se comportaban como "indios". En el comedor se sentaba siempre con sus piernas cerradas y ligeramente inclinada sobre sus tobillos cruzados. Se cercioraba rigurosamente de que la falda estuviera en su lugar y que sus rodillas jamás se exhibieran. Cerraba cuidadosamente su saco y una vez acomodada tomaba sus cubiertos y se disponía a injerir sus alimentos como si estuviera en el Palacio de Buckingham, aunque se trataba únicamente del comedor de su trabajo, rodeada de gente que ni siquiera sabía de la existencia del Colegio del Sagrado Corazón.

Nunca se casó. Pero sí estuvo locamente enamorada en una ocasión, aunque jamás se pudo dar el lujo de mostrarlo. Se llamaba Samuel y se apellidaba Levy. Pero tan locamente enamorada estaba que pensó que sus padres podían obviar el hecho de que era judío. Durante ocho meses, se arregló para verlo sin que se dieran cuenta sus padres, lo cual era una empresa dificilísima, considerando lo castrante que era el control que imponían sobre ella y sobre su hermana, sus únicas hijas. Samuel insistió tanto en que hablaría con los padres que logró convencerla de que se lo permitiera, a pesar del terrible temor que Herminia tenía de que cuando eso pasara, aquella historia que ella consideraba hermosa llegaría a su fin y le destrozaría el corazón. Y así fue, se lo destrozó por todos los años a venir. Ya tenía 28 años cuando esto ocurrió, pero eso no hacía ninguna diferencia porque ella tampoco había cuestionado jamás el rol que le correspondía en su familia.

Antes de que llegara Samuel les avisó a sus padres que recibirían una visita de una persona de quien tenía las mejores referencias. La madre se dio cuenta inmediatamente de qué se trataba y se dispuso a preparar el té y unas galletitas que eran la receta de su abuela. Herminia no podía contener su nerviosismo y sólo pudo pensar en donde podría esconderse para escuchar la conversación en la que, para su fortuna, no podía estar presente. Samuel tenía claro que debía prepararse para gente muy especial, pero jamás sospechó que ni su enamoramiento por Herminia sería suficiente para aguantar las ofensas e insultos que recibió de su padre, ni la cara de desprecio con la que lo vio su madre cuando respondió afirmativamente a la pregunta de si era judío - "esa religión de infieles" - como agregó el padre. Jamás volvieron a verse. Las palabras habían sido tan hirientes que Herminia prefirió simplemente tragarse su amor porque no hubiera podido volverlo a ver a la cara.

Cuando los padres murieron, el daño estaba hecho. Herminia ya era la Herminia que iba a morir varias décadas después. El cambio se había vuelto una imposibilidad. La rutina era el único mundo en el que quería vivir. Su trabajo era una especie de refugio en el que podía atrincherarse detrás de su escritorio lleno de expedientes que sellar y que foliar. Ella decía que no estaba sola, porque se dedicaba a cuidar a su hermana que había tenido un ataque de embolia que la dejó paralítica y muda. Pero en realidad sí estaba sola y aunque siempre conservó en público el decoro que debían tener las señoritas del Sagrado Corazón, cada sábado por la tarde, después de dar un paseo por el parque se iba a la última banca de la Iglesia de San Hipólito y ahí, en la oscuridad, se echaba a llorar, rodeada del aroma a incienso, a velas, a humedad de construcción colonial. Y al salir recuperaba su cara de gris estancamiento, esbozaba una fingida sonrisa mientras sacaba unas monedas para darlas de limosna al anciano de siempre y se encaminaba haciendo un ruidito constante con sus zapatitos de tacón, bajitos, muy bajitos, hasta llegar a la decadente casa porfiriana de la Colonia Roma.

miércoles, enero 14, 2009

Hagámoslo por Mafalda


¿Que si esto que si l'otro? Es un desastre este mundo, por donde quiera que lo veas. Yo me quedo pensando que qué bueno que a Mafalda le tocó vivir en otra época, porque si de cualquier manera se la pasaba al borde de un ataque de nervios, donde hubiera tenido acceso a Internet y a la nefasta "realidad internacional" no hubiera pasado los seis años antes de que la internaran en el psiquiátrico, con una camisa de fuerza wash and wear de tejidos reforzados.

Ya comentaba en entrada anterior que nada más de asomarse a la prensa le dan a uno como una especie de náuseas que terminan en dolorcito en la boca del estómago. Y eso que yo los noticieros ya no los veo ni aunque me paguen, que para traumarme ya tengo disponible toda una larga lista de complejos freudianos que no requieren más que tener una familia y muy buena voluntad para desarrollarse.

No niego que mi optimismo me hace encontrar buenas noticias hasta en las macetas, pero eso es porque tengo amigos increíbles y una suerte a prueba de asaltos, pero aun así no puedo evadir la realidad y preguntarme cómo le vamos a hacer con el despelote que traemos. Porque las finanzas internacionales siguen hechas un verdadero desastre, todos los países sacando sus ahorritos para ver como "reactivan" la economía y ésta sumida en una especie de marasmo, en la cual hasta la industria porno está pidiendo rescates financieros (Larry Flint dixit). Y pues Obama, con todo y su encantadora sonrisa de bailarín de tap, se las está viendo negras (y no es sarcasmo) y se me hace que al rato lo veremos con una cara de despistado que hasta Bush le va a querer pedir regalías. México, como siempre a la vanguardia en ocurrencias internacionales, acaba de perder al Gobernador de su banco central (Banco de México) que se nos va a Suiza (que porque le gustan más el chocolate y los relojes que las trajineras de Xochimilco y las garnachas que se ponen por el Eje Central). Claro que todavía nos queda el gordito del Secretario de Hacienda, por más que los directivos de Herba Life y demás compañías de productos para adelgazar lo quieren jalar como su Gerente General e imagen corporativa.

Y luego como si el desastre numérico fuera poca cosa, los conflictos militares se siguien "recrudeciendo" (como si alguna vez hubieran estado bien cocidos). Yo que siempre creí que la humanidad se iba a acabar porque nos íbamos a joder al planeta Tierra (y es que a mí eso de vivir en Marte no me atrae ni tantito), pero con el número de muertos que vamos acumulando, pareciera que ni siquiera lograremos acabárnoslo. Por todos lados me llegan rumores de tipos con barbas y turbantes declarando la "guerra santa" y otros que con su kipur y unas estrellotas de seis picos les compran la idea, muy seguidos de otros que llevan colgadas en el pecho unas cruces muy lucidoras y que les gusta mucho defender una idea de corte divino que ellos llaman democracia.

Luego viene África que desde que el león era el rey de la jungla no ha podido estar en paz. Unos grupos rebeldes atacan a otros, porque son de otra etnia y ya cuando obtienen el poder, tienen una larga lista de grupos paramilitares dispuestos a iniciar la siguiente guerrilla. A mí que me critiquen, pero yo los veo a todos igualitos. Encuentran los pretextos para la enemistad porque unos tienen la nariz un poco más chata o el cabello un poco más rizado, cuando sus enemigos comunes son mucho más evidentes: la pobreza, la malaria, el SIDA.

Los chinos ya sabemos que se traen su propio desastre con los derechos humanos y la destrucción de la ecología. Ya la ciudad de México ni siquiera está en el top ten de las ciudades más contaminadas (tan elegante que nos quedaba el título) porque las grandes ciudades de China (junto con El Cairo y otras ciudades de India) tienen unas atmósferas que ya más bien se ven gelatinosas con tanta partícula suspendida.

Y si le seguimos buscando, sigue saliendo. Por eso digo yo, que algo tenemos que hacer para resolver nuestros problemas colectivos más urgentes. No lo hagamos por nosotros, si el individualismo no nos alcanza, ni por nuestras generaciones futuras (que tendrán suficiente trabajo en pagar la deuda que estamos contrayendo ahora), hagámoslo por Mafalda, la inocente, que seguro desde el cielo al que se van los personajes de historieta nos mira con cara de desconcierto, mientras Felipito contempla mareado el mundo girar y dice: "Me quiedo bajad".

martes, enero 13, 2009

De cuestiones evolucionistas...

Con los días que me fui de vacaciones de la megalópolis, terminé por desacostumbrarme a sus productos más sobresalientes: el ruido, el caos y la contaminación. En particular de esta última. He estado desde que llegué con la garganta irritada y molestias que sin convertirse hasta ahora en enfermedad hecha y derecha, sí me ponen nerviosito. Por esta razón ayer fui a ver al doctor, sólo para sentirme más tranquilo, porque los consultorios son para mí, en realidad, una manera de calmar los nervios más que de curar padecimientos. El diagnóstico fue el siguiente: la contaminación te irritó los conductos nasales, por lo que el aire que te está entrando a los pulmones entra más frío, más seco y más contaminado de lo que debería si tu nariz estuviera produciendo lo que producen las narices en todo el mundo.

Muy sencillo el diagnóstico y también su tratamiento, aunque aún no veo resultados. Claro que lo acabo de empezar y, desafortunadamente, no lo compré en la tienda en la que Harry Potter y sus compañeritos compran sus brevajes mágicos. El punto es que ahora necesito, no, mejor dicho, "necesito" convertirme en un mutante de la era post-industrial con una nariz a prueba de irritación, para así poder habitar esta hermosa ciudad y soportar su hermosa atmósfera cargada de hermosas partículas contaminantes.

Así transcurre el inicio de año clínico, con la amenaza de fortalecer inmediatamente el sistema inmunológico porque ahora las temperaturas han descendido y no estoy yo para agarrar ningún catarro, gripa, influenza o infección en la garganta. Y es que cuando me enfermo no soy simpático. Y a mí con lo que me gusta ser simpático, se podrán imaginar que no estoy yo para bichos.

viernes, enero 09, 2009

Asomándose a la prensa de la vida

Cuando no hay mucho qué decir, es una buena opción callarse. Pero resulta que para algunos, me incluyo, el silencio es una especie de castigo demasiado difícil de sobrellevar. Y se buscan razones para hablar y es un ejercicio demasiado sencillo porque siempre se encuentran. Buscando en el pasado encuentras memorias; en el futuro encuentras especulaciones y en el presente un sinnúmero de acontecimientos que por razones diversas llaman tu atención y aflojan tu discurso.

No hace falta más que abrir el periódico (el sitio web, claro) para empezar a opinar de lo atrasada que está la humanidad cuando te enteras de la cantidad de muertos que han cobrado los inmorales ataques de Israel en la franja de Gaza, causados en buena parte por los inmorales ataques de los grupos violentos de Hamas. Y das click en otro lado sólo para encontrar al pormayor la palabra "crisis" que hace algunos meses se ha hecho omnipresente en páginas de periódicos y conversaciones de café. Y empiezas a hablar sobre cómo una crisis de esta naturaleza puede mandar a millones a la pobreza y dejar a los que ya lo están sin la esperanza de poder salir de ella, y hacer este mundo más injusto de lo que ya venía siendo. Y puedes hablar del egoísmo como causa del acaparamiento y de los gobiernos miopes que no fueron capaces de regular el desastre sólo por los vendajes ideológicos que tan bien le sentaron a los patrimonios de los que supieron aprovecharse.

O tal vez den ganas de hablar de los deportes (me excluyo por completo) y de cómo tal decisión fue equivocada o fantástica para poner a tu equipo en los últimos o primeros sitios del ránking. O de lo lucidos que estuvieron los últimos eventos de la "Sociedad" (con mayúsculas claro, que la gente bien se lo merece) y gastarte media hora de tu tiempo y el de tu interlocutor discutiendo la inutilidad de enterarte de la vida de la aristocracia y de las "celebridades", sólo para al final darte cuenta que en el fondo disfrutaste la conversación sobre los pormenores de las relaciones sentimentales de quién sabe quién, que no conocías sino a través de las falsas vitrinas de las revistas del corazón.

De los últimos ejecutados del narcotráfico ya no dan ganas de hablar, porque hace tiempo perdieron la calidad de noticia, con su constante y cada vez más aparatosa capacidad para generar violencia y terminar la vida de seres humanos, que no deben ser tan diferentes de ti y de mí, pero que se han convertido simplemente en una cifra roja, con menos importancia que el cronómetro que marca la cuenta regresiva para celebrar el Bicentenario de la Guerra de Independencia. Hablar de eso sería tan absurdo como hablar del tipo ése que va por la vida nombrándose Presidente Legítimo de un país que con siglos de historia ha mostrado que lo que le sobra son políticos y lo que le faltan son estadistas.

Y una vez descartados todos esos brillantes temas, no se queda uno más que con la opción de hablar de la italiana que es prestadora de servicios sexuales en un mundo virtual llamado Second Life, que seguramente estará lleno de gente que se ha quedado en este mundo sin razones para hablar y que deberá encontrarlos en un mundo ficticio y digital en el que, si tiene buena suerte, podrá encontrarse con la italiana y tener al día siguiente una verdadera razón para abrir un blog y contar su experiencia de pagar por amor-sexo virtual.

miércoles, enero 07, 2009

Mi vida en Huásabas, capítulo 12

Una característica de la que yo desprendía mi individualidad durante mi infancia, era no dormir la tradicional siesta. Como deben saber todos los habitantes del mundo hispano que habitan zonas cálidas (no afectados por la transformación radical de la vida urbana), es que durante los largos días del verano después de la comida todo se detiene para que las personas se vayan a dormir algunas horas. La siesta es una institución entre las culturas que la practican y Huásabas, sin duda, es un ejemplo muy representativo. Dado que la mayor parte de la gente se dedica a la ganadería, en los ardientes días del verano es necesario iniciar la jornada muy temprano, incluso antes de que amanezca, porque es cuando las temperaturas son soportables. De esta manera, a las doce del día es normal que los hombres que han estado toda la mañana "jachando" en las milpas o en los ranchos, estén ya sentados a la mesa, esperando que la esposa los consienta con algún plato de la sobria comida sonorense.

En mi casa de muchos hijos, la siesta era en realidad una obligación moral. Mi madre no lo ponía en esos términos, pero sí se dedicaba a sancionarnos con toda la severidad que acumulaba cuando con nuestros gritos no la dejábamos dormirla. Así que establecida una sanción para un comportamiento, ya tenemos una conducta prohibida y, por tanto, una norma. No era jurídica la norma, porque no era el Estado el que la debía hacer cumplir; ni tampoco religiosa, porque ni siquiera había que declararla en el confesionario; entonces, convendremos que se trataba de una verdadera norma moral. Mis hermanos y yo tratábamos de sacarle la vuelta con la promesa de que no haríamos ruido, pero no era posible engañar de esa manera a una madre tan experimentada, que sabía que enseguida romperíamos la promesa y terminaríamos por despertarla a causa de un grito, un llorido, un golpe o cualquier otro acontecimiento.

Sin embargo, la siesta para mí era una pérdida brutal de tiempo, por lo que nunca me pude resignar a cumplir la referida norma. Todo se solucionaba para mí, sin embargo, porque mis hermanos sí empezaron a practicarla religiosamente, con lo cual yo sólo esperaba que todos estuvieran dormidos y me dedicaba a hacer mis actividades de anti-siesta.

En otros capítulos de esta serie he hablado sobre el momento justo en el que la gente empezaba a despertar de la siesta y las vívidas sensaciones que me causa recordar el aroma a café recién colado y el sonido de los cascos de los caballos contra el suelo con su paso sosegado, cuando los primeros vaqueros tomaban camino hacia las milpas. Pero creo haber sido omiso sobre los largos ratos en los que todo era tranquilidad y silencio, cuando todo el mundo dormía. Dado que la siesta no era parte de mi religión - y con eso me autodefinía - una buena parte de mi infancia transcurrió en un contexto de soledad autoimpuesta, en el que me parecía que en el mundo sólo existía yo. Esos momentos eran un excelente caldo de cultivo para las fantasías mentales que siempre he construido cuando estoy solo.

Era bastante común que en esos ratos me subiera al techo del corredor de la casa de mi nana que, a diferencia del resto de la casa y de la mía, no estaba cubierto con láminas con desnivel para que el agua de la lluvia corriera, sino que únicamente consistía de tierra, en la que llegaban a salir algunas hierbas escasas que siempre estaban casi secas. Era un espacio bastante grande y estaba rodeado por una especie de pequeña barda, que me daba la sensación de estar en un espacio lo suficientemente delimitado como para considerarlo mi territorio, únicamente mío. Para subir ahí tenía que hacer todo un ritual: salía al patio de mi casa y me subía a la tapia (barda) por una sección de lo que había sido una puerta que la hacía menos alta y que me permitía subirme. Después, caminaba haciendo equilibrio por toda la tapia de mi casa, hasta llegar al techo de la "ramada" (especie de porche interior en el que se guardaban los cachibaches y las cosas del rancho). El techo de la ramada conectaba, a su vez, con la casa de mi nana, que era más alta, pero sólo era necesario un brinco para ponerse ahí, en una parte cubierta con láminas de zinc corrugadas. Caminar por ahí no era tan fácil, pero hacía algo de equilibrismo y me trasladaba hasta lo que era el techo del corredor.

De camino a ese punto, solía cortar naranjas o "naranjitas de Castilla" (más pequeñas que las mandarinas, pero mucho más dulces y de un color menos fuerte) cuando era época de estos frutos. Y una vez ahí, hablaba solo (como lo hago hasta nuestros días). Pero no hacía monólogos porque hubiera sido muy aburrido, sino diálogos. Diálogos conmigo mismo, en el que una parte de mí siempre hacía todos los cuestionamientos - una especie de superego - a la otra que era toda bondadosa y franca, pero muy ingenua.

Me sentaba largos ratos en la superficie rugosa de la bardita que rodeaba este techo y volteaba a ver las torres de la iglesia, y las palmas datileras "de que" la Conchita (una era más grande que la otra, pero era esta última la única que daba dátiles), en las cuales se paraban las auras (un ave carroñera grande y negra) después de hacer largos vuelos serenos en el contraste de un cielo casi permanentemente azul.

Una de estas veces, me encontraba diseñando mi casa de los sueños y estaba en la parte del baño. Por supuesto que el escusado de una casa de los sueños no puede ser un aparato cualquiera en el que jales la palanca y sanseacabó, sino que debe ser capaz de sorprender al visitante. El asunto era que cuando le agregaba el factor sorpresa, la funcionalidad del mismo se veía severamente disminuida. Debo haber pasado todo el tiempo que dura la siesta tratando de ingeniar un escusado que fuera toda una experiencia de vida. Recuerdo, eso sí, que le agregué muchos botones, que tenía control de la temperatura para no tener frío cuando posaras tus sentaderas en los días de invierno y, por supuesto, no era necesario jalar la palanca porque contaba con un sensor que hacía ese desagradable trabajo por ti. Una parte importante es que el sensor no era de movimiento, sino que medía los diferenciales de peso, entre cuando te sentabas y cuando expulsabas lo que la gente expulsa cuando va al baño.

Ése era el tipo de elucubraciones en las que me entretenía mientras comía uno a uno los gajos de las naranjas de la huerta de mi nana que hubieran estado lo suficientemente cerca del techo, como para poder cortarlas sin tener que bajar al mundo de los demás. Hasta que el aroma a café y el sonido sosegado de los caballos que regresaban a las milpas me recordaba que era hora de regresar.

martes, enero 06, 2009

Japi nu yur (vendedora de artesanía en Puerto Vallarta dixit)

Regreso con la cara llena de vergüenza porque he sido un desobligado terrible de la palabra escrita. Aclaro que de la palabra escrita, porque de ninguna manera me he detenido en hablar cuanto ha sido necesario y también cuando resulta innecesario (que es mi especialidad). El blog ahora tiene toda la razón para sentirse agraviado de mí, su autor, que no me he podido sobreponer de los continuos sobresaltos que causa perder las rutinas, para sentarme cómodamente frente a la computadora a ejercitar mis dedos que ya estaban por entumecerse de desuso.

La culpa la tienen, como se podrán imaginar, las vacaciones y las fiestas. Y es que no es poca cosa dejar tu departamento donde hasta la posición del cepillo de dientes está estudiada y controlada, y volver a tu tierra y estar con tu familia y tus amigos que dejaste mas no perdiste, sino al contrario. Y como si esto no fuera suficiente, terminar en un destino de playa tropical para celebrar el año nuevo (¿o se celebra que se terminó el año viejo? No lo sé, me confunden esas cosas). Con ese ritmo tan vertiginoso, yo no sé a dónde voy a ir a parar, porque la noción de descanso la encuentro borrosa de tan lejana que me resulta.

Pero esta entrada que tal vez pueda ser leída con un tenor de queja al estilo de Pavaroti estreñido, en realidad intenta ser una celebración de tantos gozos acumuladas en las benditas fiestas decembrinas (y enerinas, porque hoy es día de reyes y seguimos festejando). He descubierto que el único lugar en el que realmente descanso es en mi casa en Hermosillo y en Huásabas (que son las dos una extensión de cada una... aunque suene a Cantinflas). Estar con mi familia y obligarlos a que me consientan por ser el único que salió del paradójicamente hermoso desierto sonorense, me reconcilia con el mundo y hace que me sienta como pez en el agua, una sensación que es única y en la que pierdo la individualidad y me convierto en "parte" de mi familia. Jugar con mis sobrinos y ver sus caras cuando abren sus regalos navideños, no tiene precio, bueno sí, lo que cueste el regalo, pero vale infinitamente más de lo que cuesta. Y terminar en Puerto Vallarta, conviviendo con excelentes amigos en un ambiente de sol, playa y fiesta y conocer a más gente que en la primera conversación te hacen estar seguro de que acabas de hacer un nuevo amigo, son todas ellas bendiciones que se suman a la belleza de la vida que has elegido, que te ha tocado y que has construido.

¡Feliz 2009 a todos!

lunes, diciembre 15, 2008

Fiestas decembrinas

Una vez aceptada por unanimidad la "nueva imagen" de mi blog, me dispongo a escribir sobre este asunto tan complicado de las fiestas de fin de año. La primera dificultad que nos presentan estas fechas es la indivisibilidad del humano, porque se juntan varios compromisos que seríamos incapaces de dejar de lado, si no fuera porque sólo puedes estar al mismo tiempo en un solo lugar. Uno trata desde noviembre de distribuir lo mejor posible los eventos y se empiezan a agendar las reuniones de despedidas, las posadas, las fiestas del trabajo y de los amigos, etcétera, tratando de poder ir a todas con la mejor disponibilidad posible. Pero ya para cuando llega diciembre, yo por lo menos, estoy completamente hecho bolas, tratando de compaginar todas las citas, porque, por vida de Dios, son todas muy divertidas y agradables y no me parece justo que tenga uno que decidirse ir a unas, en perjuicio de las otras. Simplemente así no se logra ningún óptimo social.

Un buen tip, que he aprendido con los años, es a no empecinarse en organizar todas estas reuniones por la noche, porque así se tiene uno que ajustar más, sino a distribuirlas entre desayunos, comidas y cenas, de tal manera que cada día ofrece la posibilidad de llevar a cabo tres dignas fiestas navideñas con diferentes grupos.

Este fin de semana me resultó particularmente atribulado, pues se juntó con que hoy mismo salgo a pasar mis vacaciones navideñas a mi tierra, Sonora, después de una larga ausencia de mis lares, que se prolongó desde agosto hasta diciembre. Entonces, me quedé con las ganas de ver a más gente para desarles (y que me desearan) muy feliz navidad y próspero año nuevo y chorizo con huevo y todas esas cosas que cansan por repetitivas, pero que no dejan de tener un cierto nivel de encanto (muy escondido entre el exceso de SantaCloses y renos con la nariz roja y estrellitas brillosas y arbolitos de navidad y nochebuenas).

Antes de cerrar con esta entrada, para la cual tenía la firme intención de hacerla muy breve, no puedo dejar de comentarles que estuve a un pelo de cambiar de profesión y dedicarme de lleno al modelaje. Ustedes pensarán que es broma y, después de haber visto mis fotos, cuestionarse sobre los estándares estéticos que tendrían que imperar para que yo pudiera incursionar en el mundo del modelaje. Pero es tan diversa la viña del Señor (con mayúscula, claro) que el viernes cuando fui a medirme un esmoquin para una entrega de premios, de la que fui conductor (una actividad de mi trabajo, nada de altos vuelos, digo para no elevar inútilmente expectativas), pues las señoras de la tienda consideraron mientras me medía el traje que tal vez sería buena idea que yo modelara los modelitos de la tienda, ya que al tipo que habían contratado para ese efecto nunca se presentó (así debe de haber estado la paga). Decían cosas que mi ego asimilaba ambiguamente, como "pues, está bien el muchacho" (con un tono muuuuy conformista, debo decir, con toda humildad)... y agregaba la otra "pues por lo menos está alto". La amiga que me acompañó a hacer esos menesteres se moría de la risa, mientras simultáneamente negociaba los términos del contrato, logrando que se me prometiera como pago dejarme gratis la renta del esmoquin. Un tanto leonino el contrato, a mi parecer, pero al final no llegamos a ningún acuerdo, porque se requería que yo esperara un buen tiempo en lo que llegaba el fotógrafo y en lo que me medía los distintos trajes, ya se me empalmaba con la entrega de premios.

Ya continuaré con esta reseña, porque es hora de que me vaya a tomar el avión a Hermosillo, antes de que la mala fortuna, que se presenta siempre en la forma de embotellamientos de tráfico, me haga perder al avión... así que esta historia... continuará...

jueves, diciembre 11, 2008

Blog metrosexual

Le he cambiado la imagen a mi blog. En realidad los cambios son mínimos porque tampoco puedo negar que soy un conservador. Básicamente el cambio importante ha sido la inclusión de una imagen principal. Se trata del callejón que conduce hacía el río desde mi casa en Huásabas. Ese es un camino que recorrí muchas veces, un camino que vuelvo a recorrer cada vez que tengo la ocasión y que sé volveré a visitar, y así es mi blog. No sé bien a dónde me conduzca, pero disfruto el trayecto sin importarme el destino al que me lleve.

Mi nombre aparece como emanando de los rayos del sol, lo cual le da cierta aura de santidad que no me viene nada mal. Lo único que no me gustó, pero que no pude arreglar es el tamaño de la imagen que terminó por ocupar casi toda la pantalla y desplazó al texto que, se supone, debería ser lo sustancial en un blog. Pero aprovechando que somos una sarta de homo videns (Giovanni Sartori dixit), espero que la imagen sea un buen preámbulo para lo escrito.

Digamos que se tratará de un período de prueba, así que si no les gusta a mis cuatro lectores, no hace falta más que decirlo y en ese momento doy marcha atrás a la nueva imagen metrosexual de mi blog y volvemos al estilo ñoño chic, como calificaba una amiga el mío, para mi injustificado regocijo.

lunes, diciembre 08, 2008

Puebla


Estaba yo acordándome de que el valor de los carros disminuye conforme acumulan kilómetros de viaje. Entonces, me entró la preocupación de que lo mismo les pase a las personas, porque últimamente le he metido mucho kilometraje a mis registros. El fin de semana siguiente a mi viaje a Guadalajara, fuimos a Puebla con Ceci y Guille, mis amigos argentinos que están a punto de regresar a su país, acompañados de la lúcida criatura de cuatro años que responde al nombre de Eliseo, quien siempre sale con alguna ocurrencia del siguiente tipo: íbamos en el carro escuchando la canción "Me voy" de Julieta Venegas y entonces preguntó ¿a dónde, Mami? - ¿A dónde qué? - ¿A dónde se va? - ¿Quién? - ¿Ella, la mujer que está cantando, a dónde se va? Difícil de contestar, porque la canción no lo informaba, pero más difícil aún fue contener la carcajada.

El camino a Puebla me dejó claras dos cosas: la ciudad de México es más grande de lo que uno toma conciencia cuando se desenvuelve únicamente en sus colonias centrales. Pero para poder salir de ella hacia Puebla y el sureste del País (lado oriente), hay que atravezar lo que parece una interminable sucesión de ciudades-dormitorio, color metal y cemento, que tributan millones de personas que se desplazan por toda la ciudad. La segunda cosa, más alegre, fue contemplar la hermosura del pequeño tramo que ha podido permanecer deshabitado entre las dos ciudades, únicamente por la buena fortuna de sus escarpadas montañas vestidas de encinos y pinos, con una vista privilegiada al volcán Popocatépetl y las amenazadas nieves perpetuas que cubren su cima, a una altitud mayor a los cinco mil metros sobre el nivel del mar y que vigila con cuidado los valles de Puebla y de México (este último, si la contaminación se lo permite).

Puebla, capital del estado con el mismo nombre, es el centro de la cuarta zona metropolitana más poblada del país, con más de dos millones de habitantes en total. Fue probablemente la segunda ciudad en importancia durante la Colonia y fue concebida y creada durante ese período para ser una ciudad de españoles. Posteriormente perdió importancia relativa en el país, pero su majestuoso centro histórico da muestra de su glorioso pasado, con sus miles de imponentes construcciones de colores muy vivos y, algunas de ellas, decoradas con azulejos hechos de un material local llamado talavera, que es muy apreciado como artesanía por su resistencia y su fina ornamentación.


Los habitantes de Angelópolis (que es el pseudónimo de Puebla) son conocidos como poblanos (sí, ya sé, ¡qué obviedad! Pero es que no sabía cómo iniciar este párrafo) y tienen entre algunos chilangos reputación de ser gente muy "especial" (cáptese la carga negativa del eufemismo), cerrados sobre ellos mismos, elitistas, conservadores y algunos otros adjetivos que, a mi juicio, son muy propios de las ciudades mexicanas con mucha tradición colonial.

Pero lo que es innegable es que la gastronomía poblana es de las más variadas y exquisitas de la comida mexicana. La estrella más brillante de este firmamento alimenticio de ensueño seguramente lo ocupa el mole, que es como mi perdición. Es una salsa preparada a base de chocolate, almendras, cacahuates, varios tipos de chile, ajonjolí y no sé cuántas cosas más. Con una apariencia suave y de un color café oscuro, se usa para cubrir piernas de pavo o pollo, o ya sea en "enchiladas" es decir, tortillas rellenas de pollo. Si naufragara en una isla desierta yo sólo pido conservar mi celular (con señal, claro, para pedir auxilio) y mucho mole para aguantar la pena de la soledad y el abandono. También es tradicional de este estado otro platillo que se llama Chiles en Nogada, que es un chile verde bastante grande, el cual se rellena de una mezcla de carne molida con nueces, pasas y otras frutas secas y que se baña con una deliciosa salsa, preparada a base de nuez y que va adornada con rojos granos de granada. Es el plato tradicional mexicano, porque la temporada en que puede prepararse con ingredientes frescos es justamente en septiembre, el mes de la Patria, y porque tiene los tres colores de nuestra bandera (¡Ay, el patriotismo gastronómico! Más cursi y me atrapa).

Ya integrada a la zona metropolitana de Puebla está la ciudad de Cholula, una de las diez ciudades más antiguas del mundo y la más antigua de América (este dato sólo toma en consideración ciudades con existencia continua desde su fundación hasta el presente). Cholula es un pueblo encantador, fue durante miles de años un centro ceremonial de la mayor importancia en Mesoamérica y, dirán que la mente es muy poderosa, pero tiene una "vibra" impresionante, la sensación de estar en un lugar que te envuelve y que comparte contigo la acumulación de cientos de siglos de historia y millones de almas que la visitaron antes que tú, con la intención de curar sus atribulados espíritus (digo yo...).

Gran parte de su encanto, además de tener una iglesia para cada día del año a pesar de ser un lugar bastante pequeño, se debe a una pirámide ancestral, la más grande del mundo, que fue recubierta como si se tratara de una montaña y, en la cima de la cual, se construyó una iglesia católica que con su color naranja es un complemento sensacional a la excelente vista del Popocatépetl. La razón por la que la pirámide fue enterrada no queda totalmente claro. Durante mucho tiempo la idea predominante fue que los españoles la recubrieron y encima de ella construyeron la iglesia, como un símbolo de la desaparición de las religiones anteriores y la nueva preminencia de la religión católica. Sin embargo, también se maneja la idea de que fueron los mismos indígenas los que la recubrieron y plantaron árboles en sus laderas, cuando se enteraron de la llegada de los nuevos colonizadores, como una manera de proteger su más valioso centro ceremonial. Yo, como siempre hago en estos casos de duda, me inclino por la historia más bonita, así que me quedo con esta última. La pirámide tiene túneles enormes que pueden ser explorados por los visitantes y que, si no tienes clautrofobia, son una experiencia impresionante, porque se siente como si estuviera uno recorriendo las tripas del propio planeta Tierra.


Cuando cayó el sol iniciamos el retorno, porque el frío se apoderó del Valle de Puebla de una manera muy ventajosa y no nos preguntó si estábamos de acuerdo. Aunque el regreso fue tranquilo hicimos el mismo tiempo de Puebla a la entrada de la ciudad de México, que de ahí a mi casa. Y, además, tuvimos que pasar por unos barrios tugurientos, que ya oscuros y sin gente dan la impresión de que no saldrás de ellos con facilidad. Afortunadamente lo logramos sin mayor sobresalto y todavía me quedará para después mi visita relámpago a Morelia y el singular viaje a Veracruz, rinconcito donde hacen sus nidos las olas del mar...

miércoles, diciembre 03, 2008

El llano sin llamas

Mi blog se ha convertido en un yermo. En un yermo de mí, su autor, y también de sus visitas. Un páramo al que me asomo a diario con la esperanza de que algo en él me haga querer volcar kilómetros de reseñas y ocurrencias y de mis tradicionales opiniones no solicitadas. Pero eso no pasaba. Y la experiencia se hacía cada vez más desalentadora. Como decía un horóscopo que leí hace poco (creo en los horóscopos tanto como creo que George W. Bush ha sido un buen presidente), los escorpiones "somos" muy proclives a sentirnos agraviados por sutilezas. Y el blog, sin informarse de los horóscopos, sin saberlo pues, me agravio. Pero afortunadamente los escorpiones nos curamos fácilmente de los agravios (eso no lo decía el horóscopo, pero lo acabo de estipular yo) y ya estoy de vuelta. Hay mucho qué contar.

martes, noviembre 11, 2008

Guadalajara en un llano...

Yo tenía toda la intención de llegar desde el lunes y plasmar mis patoaventuras de fin de semana en Guadalajara. Pero no. Este lunes fue uno de esos que se ganó a pulso la expresión "ni las gallinas ponen". Estaba cansadísimo porque las horas de sueño no fueron, ni de cerca, las adecuadas para mi condición de metódico soñador. Cada vez estoy más seguro de que los fines de semana deberían ser más largos. O mejor aún, debería haber un fin de fin de semana (un día sería suficiente, para empezar). Y es que, a quién queremos engañar, dos días no son para nada una cantidad de tiempo satisfactoria para 1) descansar de los días de trabajo, 2) festejar que se acabaron los días de trabajo y 3) descansar de los festejos de que se acabaron los días de trabajo. Pues bien, este fin de semana únicamente me alcanzó para el inciso 2 y cuatro horas de sueño después ya era hora de levantarse para dar clases, como si en esas condiciones tuviera algo qué enseñar, además de las ojeras.

El viaje a Guadalajara fue divertidísimo, excepto en su inicio. Me explico: para irnos había quedado de ver a mi primo, en cuyo carro viajaríamos, a la salida poniente de la ciudad, muy cerca de su trabajo. Siendo viernes por la tarde, ya podría preverse que el tráfico se encontraría en la categoría "infernal". Para ir a Santa Fe, desafortunadamente, no hay metro aunque siempre es opción tomarlo hasta una estación relativamente cercana y después de ahí tomar un taxi. Pero por alguna extraña razón, me pareció más conveniente tomarme un taxi desde mi trabajo hasta mi destino. Error. El tráfico era, efectivamente, muy pesado, sobre todo porque teníamos que pasar a un lado de donde había caído el avión con Secretario de Gobernación incluido, y las investigaciones continuaban y había unas zonas acordonadas y... un desastre. Pero, bueno, el tráfico en la ciudad de México es una constante, más que una variable, así que de eso no me tendría que quejar. Lo realmente traumático fue el taxista. En esta ocasión, no me tocó que quisiera ir al baño y me lo hiciera saber de manera escatológica. No, en esta ocasión me tocó un EMO-taxista. Sí, un verdadero y deprimente depresivo. Un tipo con más mala onda que Margaret Thatcher recién levantada (supongo que a esa hora tendrá muy mala onda, aunque no me consta).

El trayecto fue horrible, no sólo porque duró más de una hora, sino por el nivel de amargura que alcanzaba la conversación del conductor. Además, yo no había tenido tiempo de comer, por lo que me llevé una torta cubana para manducármela en el camino. Antes no se me agrió la mayonesa en el estómago, por los sinceros deseos del tipo de que también el Presidente de la República hubiera ido en el avión que se desplomó, y que si nos robaron la elección del 2006, y que si los ricos y los pobres, y que si la privatización de Petróleos Mexicanos (¡que nadie propuso, por vida de Dios!), que si Carlos Slim y lo maravilloso que era Teléfonos de México cuando era una empresa pública, que por él que se cayeran todos los rascacielos que están construyendo en Reforma, en fin... al tipo no había manera de darle gusto. Ni siquiera cuando pasábamos por Paseo de la Reforma a la altura de Lomas de Chapultepec y podríamos distendernos con la agradable vista de los camellones arbolados y las casonas estilo California el tipo era feliz, porque los carriles eran demasiado pequeños, y los ricos y los pobres, y la privatización de Petróleos Mexicanos y la privatización de TELMEX y la fortuna de Carlos Slim. ¡Oh my goodness! - pensé - (porque me pongo bilingue cuando me agobian los taxistas depresivos) ¡que ya se calle! Pero no había manera, el mundo y el calentamiento global, los ricos y los pobres, Slim, Telmex, Pemex, hasta se quejó de lo malo que era el clima (porque claro que en su depresión no se da cuenta de que el clima en la ciudad de México es cercano a perfecto). Después de una hora de eso, y ya muy cerca del suicidio colectivo de todos los que íbamos en el taxi, o sea, él y yo, llegamos a nuestro destino.

La carretera a mí cada vez me gusta más. Desde el momento que sales de la ciudad de México el bosque de la Marquesa es un regocijo particular, de un verde intenso causado por los pinos y la niebla que se mezcla entre ellos, a una altura mayor a los 3 mil metros sobre el nivel del mar. Por su parte, los paisajes del occidente del país tienen un encanto provincial y sereno. Con sus montañas suaves, sus eventuales plantaciones, la laguna de Cuitzeo en Michoacán (en Sonora, ya le llamaríamos océano) y las terrazas de agave azul (cactus del que se destila el tequila) entre pueblos de los que se alcanza a distinguir siempre el alto campanario de sus antiguas iglesias. Y luego, llegar a Guadalajara no sin antes tener mi experiencia chusca del día al llegar a una tiendita de una gasolinera en la cual la computadora no servía y le pareció a la que atendía que yo podría solucionar el problema, con lo cual me apersoné detrás del mostrador para tratar de arreglar el problema técnico y ponerme a cobrar algunos productos. Me basta contarles que me sentía yo la imagen de OXXO al cumplir mi sueño truncado de ser cajero en algún supermercado.

Guadalajara es una ciudad muy linda. La segunda más grande del pais y con una población de casi 5 millones en su zona metropolitana. Con un clima también muy agradable, aunque menos fresco por las noches que en la ciudad de México. Capital del estado de Jalisco, del cual salieron muchos de los aspectos distintivos para la construcción de la identidad de "lo mexicano": el tequila, el mariachi, el traje de charro, etc. Tiene Guadalajara, como dice la canción, "el alma de provinciana". Pero a la vez es una ciudad moderna, con altos edificios, mucha vida cultural, vías y túneles muy modernos y rápidos para atravezarla y algunos monumentos muy representativos: como la Glorieta de la Minerva o unos tales "Arcos del Milenio" que hicieron escándalo no sólo por su enorme tamaño, sino por lo carísimos que estaban saliendo, en un país con mucha tela de dónde cortar para reordenar las prioridades del gasto público.

Hubo oportunidad de visitar algunos de los puntos representativos, como el maravilloso centro colonial de la ciudad, con su Templo Expiatorio de estilo neogótico (muy poco común en México, donde dominó el barroco y el neoclásico), el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara, y la Avenida Vallarta, flanqueada de hermosas mansiones afrancesadas unas y otras con el estilo de las casonas de las plantaciones sureñas de Estados Unidos. En fin, Guadalajara es sin duda una capital cultural latinoamericana, pues ahí se celebran eventos de la talla de la Feria Internacional del Libro, considerada la más importante de Iberoamérica, o su festival de cine que es también uno de los más importantes de Latinoamérica. Entre lo que más me gustó está, sin duda, el pueblo de Tlaquepaque el cual, a pesar de estar dentro de la zona metropolitana, conserva un ambiente pueblerino muy lindo. Cuenta con muchísimas galerías de fina artesanía mexicana, además de joyerías y muy lindos restaurantes, especialmente en una calle peatonal que es la mar de linda (un poco Disneylandia mexicano, para algunos, pero con un ambiente muy agradable y súper nice).

El trayecto de regreso tuvo la agridulce sensación que tienen siempre los viajes que son tan lindos, cuando una parte de uno mismo se niega volver a la cotidianidad y sabe que extrañará con cierta melancolía las mejores experiencias. Además, aunque la entrada a la capital estuvo despejada, el Paseo de la Reforma seguía con mucho tráfico, a pesar de ser domingo y ya muy entrada la noche, constatando que el tráfico es parte consustancial de nuestras vidas. Tal vez tanto como el constante deseo de salir a recorrer los distintos puntos de este país maravilloso. Sí, maravilloso a pesar de sus narcos, sus surrealistas caídas de aviones o la construcción de polémicos y carísimos Arcos del Milenio.