miércoles, julio 11, 2007

Nuevos descubrimientos




Procurando aprovechar para hacer cosas de provecho finsemaneras, este domingo decidimos salir a algún lugar fuera del D.F., a pueblear, decimos aquí. Es decir, a recorrer algún lugar pequeño que esté en las cercanías. La verdad es que el Valle de México y sus alrededores es impresionante. No sabíamos a dónde ir, ya habíamos usado el tiro de Cuernavaca en repetidas ocasiones, también habíamos conocido ya Querétaro, Morelia, Puebla, Tepoztlán y Acapulco. Tenía que ser algo cercano, de máximo dos horas porque iríamos y vendríamos el mismo día. Pues surgió la fenomenal idea de ir a un pueblo que se llama Tepotzotlán (no Tepoztlán que para nuestra continua confusión está en el Estado de México y no en el de Morelos, ambos colindantes con el Distrito Federal, pero uno al sur y el otro al norte). Yo, en lo particular, sabía un poco más que nada al respecto del lugar. Lo que me animó particularmente es que es un Pueblo Mágico, categoría de la Secretaría de Turismo para lugares pequeños, normalmente muy antiguos - coloniales - y muy bien conservados. Debe ser mi alma pueblerina, pero me fascinan esos lugares, pasear por calles empedradas sin que los carros te amenacen con su paso, visitar casas antiguas y asomarme a los jardines interiores llenos de plantas y poltronas (mecedoras) donde se mecen normalmente acicaladas ancianas que, por idealizarlas, me parecen siempre solteronas pertenecientes a alguna cofradía del Sagrado Corazón.

Pues Tepotzotlán resultó ser una muy agradable sorpresa. Su principal atracción es un convento - colegio jesuita del siglo XVI que alberga el Museo Nacional del Virreinato y expone obras pictóricas e indumentaria de los tres siglos que duró la colonia española, cuando el actual México era la parte principal de los dominios del Virreinato de la Nueva España. La joya de la corona es una iglesia dedicada a San Francisco Xavier, evangelizador jesuita que murió en Oriente. Tiene cinco retablos barrocos churriguerescos cubiertos en hoja de oro que agolpan tu vista al entrar, abochornando el vacío que no se atreve a dar la cara, entre altares, esculturas y pinturas rodeados de una ornamentación impresionante. Por si la iglesia en sí fuera poco, también tiene adicionada una capilla, conocida como casa de Loreto, que es una verdadera preciosidad. No hay lugar al que voltees que no te ataque con alguna visión polícroma y ensalsadora de la iconografía católica. Hasta el suelo es una obra de arte, hecho de preciosos azulejos que puedes contemplar sin pisarlos porque están protegidos por un cristal que los recubre. Tiene una bóveda con múltiples niveles, con personajes distintos en cada uno, a la manera de los círculos concéntricos que forman el fresco de la bóveda de Brunelleschi de la catedral de Florencia, pero no pintados sino esculpidos y recubiertos de pigmentos multicolor enmarcados con detalles en lo que yo asumo que es oro.

El convento es enorme, con varios patios interiores hermosos, capillas, así como una preciosa biblioteca muy antigua que amenaza severamente de excomulgar a todo aquel que sustraiga sus libros y no los vuelva a su lugar. Algo estricto habrá sido el colegio si aplicaba tales sanciones y yo me asustaba porque me dijeran que se me iba a aparecer el fantasma del director sin cabeza. Estar en un lugar como ese realmente te traslada a otros tiempos que pareciera que sólo pertenecen a los museos, pero que en realidad fueron parte de la vida cotidiana de la humanidad en otros tiempos, o debo decir, de otra humanidad en ese tiempo. Sólo pensar en no poder usar pantalones de mezclilla me parece inconcebible, así que las demás costumbres y formas de vida del virreinato son una linda nostalgia que espero nunca vuelvan a imponerse.

Y ya que andábamos por ahí, fuimos a un acueducto que nos informamos que había por ahí, sólo estaba a treinta kilómetros del pueblo, así que no debíamos tardar mucho tiempo en llegar. Fue otra maravilla aún no descubierta por la crítica. Es un acueducto no muy largo pero bastante alto en la parte en la que se encuentra un arroyo, cuya corriente hace ruidos que retumban hasta lo alto del acueducto. El lugar se llama Arcos del Sitio y tiene un paseo padrísimo que incluye dos puentes colgantes a la Indiana Jones para poder ver el Acueducto justo de frente. El verdor de los campos aledaños con lomas forradas de pasto, cual casa de los Teletubbies, era un verdadero espectáculo para todos los sentidos, porque no sólo la vista se atiborraba de belleza, también oías y sentías un fresco y delicado viento, podías oler a árboles, a humedad, a naturaleza, sentirte a años luz de las contaminadas calles de la ciudad de México, como si estuvieras en una isla virgen del oceáno que quisieras escogen en los delirios de tu imaginación. Y en realidad estabas como a media hora de los confines de la mancha (literalmente) urbana más grande del mundo. El camino había sido un tanto tortuoso porque la mitad de la carretera, la parte que estaba en muy buenas condiciones, estaba plagada de topes, pero a manera de parecer una broma de muy mal gusto, porque no dejabas de pasar uno (altos como tapias los condenados) cuando ya tenías que volver a frenta porque enseguida estaba el siguiente. La otra parte, la que no tenía topes, parecía zona de guerra, unos hoyos marca diablo que en ocasiones era imposible evadir. De tal manera, que uno de los acompañantes sugirió mejor salirnos de la carretera y conducir el carro por la orilla, lo cual, aunque fue a guisa de broma pudo haber sido una muy útil sugerencia. Pero la vista hacía que lo olvidaras todo (sobre todo si no eras tú quien iba conduciendo). Hubo que bajar las ventanas y los quemacocos del carro y dejar entrar el viento que, aunque deshidrata la piel, se siente tan bonito.

De regreso a la ciudad, nos recibió la lluvia, una lluvia fuerte, a cántaros, que hizo que el tráfico fuera más lento, como recordatorio pertinente de que ya estábamos de vuelta en la ciudad. Un dolor de cabeza que no se quitó hasta que me durmió también me trajo de regreso a la realidad, la triste realidad dicen algunos para referirse a la cotidianidad y la rutina, pero no, no es tan triste, tiene lo suyo. Hasta caminar por las calles en - lo que me parece - la perpetua reparación de las calles del centro histórico por donde camino a diario para llegar al trabajo y que parece escenario apocalíptico, tiene su gracia; la auténtica gracia de una vida que no es ni de revista ni de postal, que sólo es eso: tu vida.

jueves, julio 05, 2007

Hay de semanas a semanas


Ésta que pasó fue peculiar, intensa, hermosa, cansada. Hace justo una semana fue mi graduación de maestría y con ella vinieron aparejadas muchas emociones que confunden a tu sonrisa; en orden descendente: euforia por el término de la carga académica, felicidad por entrar a otra etapa de tu vida, alegría por cumplir una meta importante que te habías trazado, entusiasmo por la ceremonia y festejos de la graduación per se, desasosiego por dejar de ser estudiante (con tantas ventajas que tiene, particularmente la que relaciona tu actividad con la juventud y la no obligatoriedad de la madurez), tristeza por saber que ya no verás a tus amigos y compañeros de aula casi a diario, cuando tanto por costumbre como por afección los habías incorporado fuertemente a tu vida y depresión por todo lo que sabes que vas a extrañar de una maestría que absorbió dos años de tu vida, dejando huella indeleble.

Pues con este motivo graduatorio vino a visitarme una muy buena parte de mi muuuy abundante familia, para acompañarme y verme después de casi cinco meses que no nos veíamos. Llegaron unos un día antes de la graduación y el resto el mismo día. Fue genial poder compartir con ellos mi escuela que sólo conocían de oídas, presentárselos a mis amigos y que mi familia los conociera. Pero, además, pasear por la ciudad de México conmigo mismo de guía turístico. Yo, que apenas si cargo con mi humanidad en la gran urbe, tenía adicionalmente que hacerme cargo de otros siete individuos de muy no-chilangas dimensiones. El reto era enorme: entretener a miembros de generaciones e intereses muy diferentes, mostrarles los mejores lugares de la ciudad para garantizar que hubiera valido la pena el sacrificio que hicieron en venir de tan desérticas y lejanas tierras hasta la capital de la garnacha. Llevarlos a comer a lugares donde no les fueran a servir sendo coctel de microbios que les fueran ajenos y terminaran por postrarlos en cama con recurrentes viajes a la enorme tasa de porcelana (y en la ciudad de México hay que tener bastante cuidado con eso).

El resultado fue muy bueno, en mi consideración, y ya están casi todos de regreso en el calor agobiante de Sonora y no hubo ningún incidente que lamentar. Lo más parecido a accidente digno de proferir un ¡Ay caramba! fue que, entre la confusión de muchas maletas y mismo número de seres humanos, mi cartera fue a parar a más dos mil kilómetros de distancia de la bolsa trasera de mi pantalón. Sí, se la llevaron hasta Hermosillo, pero inmediatamente conscientes del error me la mandaron y al día siguiente ya tenía conmigo mi tarjeta y mis identificaciones, todo completo excepto por 20 mexican pesos que fueron requeridos para qué sé yo qué cosa.

Pero las horas de sueño se empezaron a hacer necesarias y ya en el trabajo empecé yo a notar que los párpados superiores de mis ojos no querían otra cosa que estar pegados con los inferiores. Y anda que se atravesó una junta y solo porque Dios es grande no caí con la cabeza arriba del escritorio para sorpresa de los ahí reunidos, de tan cansado que me sentía. Para mi fortuna, ya me recuperé y ya están otra vez las neuronas funcionando con regular armonía (bueno, evitemos la hipérbole y dejémosla en que ya están funcionando).

El tour incluyó: graduación de un familiar con mariachi en la ceremonia (que yo no me esperaba), cena, paseo por el centro histórico, ruta casi completa del Turibús (con lluvia y frío incluidos para los que valientemente decidimos permanecer en el descubierto segundo piso de tan particular medio de transporte), La Condesa, centros comerciales, Teotihuacán, paseo en trajineras en Xochimilco el mismo día que dos adolescentes murieron ahogados, carne asada sonorense fuera de Sonora, Coyoacán, Basílica de Guadalupe, Hard Rock Café, Café Tacuba...

Sólo de recordarlo me vuelvo a cansar... y me vuelvo a sentir muy contento.

martes, junio 26, 2007

Mi códice

Hace dos años y medio que escribo en este blog. Ha sido lo más cercano que he tenido de un diario de mi vida, aunque sólo abarque el 10% de la misma. En él he plasmado algunos aspectos relevantes de las etapas que he ido viviendo durante su existencia. Ha atestiguado mi vida en cuatro diferentes ciudades en tres países en dos continentes, en las que he vivido en siete diferentes casas. Aunque algunas de esas etapas están bastante cercanas en el tiempo, las veo como parte de mi historia, como si hubieran pasado hace mucho, cuando yo era otro yo. Ahora constan solamente en las vivencias que describí en alguna entrada, en ciertas fotografías o memorias y en amistades que fueron el resultado de las mismas. Y la vida cotidiana absorbe mis atenciones y no me deja ver que lo que soy es el resultado de lo que he sido, que el presente no es más que la acumulación del pasado. Cambian las realidades inmediatas y parece que cambiara todo, porque es difícil darse el tiempo de traer continuamente a colación lo que hacías cuando los escenarios eran radicalemente diferentes y tus compañeros de escena eran otros. Cuáles eran los olores, las imágenes, los dolores molestos, las ilusiones y las satisfacciones de otros tiempos. Y es difícil, sobre todo, porque la nostalgia duele... arde muy adentro del alma y también del cuerpo. Es difícil hacerte consciente cada vez, que los que estuvieron contigo ya no están presentes sino en eventuales correos electrónicos, llamadas o mensajes. Que ahora comes otras cosas en mesas distintas. Que tus actuales interlocutores sostienen contigo otro tipo de conversaciones. Que tus hábitos han cambiado.

Y aunque las memorias no deben ser lastres que te amarren a lo que fue y ya no es, porque la vida es dinamismo constante, tampoco deben tirarse a la basura y mirar siempre adelante negándote a voltear hacia atrás. Y este blog esto ha hecho para mí... de vez en cuando me pongo a leer entradas muy antiguas y hago el esfuerzo mental de reconocerme detrás de esas palabras que, en ocasiones, podría pensar fueron escritas por alguien más. Mi blog se ha vuelto mi códice y ha hecho algo más para mí con su indiscreta función: ha reproducido mis memorias más allá de mis posibilidades orales, ha comunicado mis cosas a gente que nunca conocí y que tal vez no conoceré (personalmente). Y se ha vuelto la materialización (digitalización, para ser exacto) de una buena parte de mi vida, que de tan fugaz pareciera que está en constante desvanecimiento, desapareciendo conforme se vive.

jueves, junio 21, 2007

Solitos

Soledad (loneliness) es definido en Wikipedia como un estado emocional en el que una persona experimenta un poderoso sentimiento de vacío y aislamiento. La soledad es más que el deseo de tener compañía o querer hacer algo con otra persona. La soledad es un sentimiento de estar separado, desconectado y alienado de las demás personas. Quien es solitario puede encontrar difícil o, incluso, imposible tener cualquier contacto significativo con otros humanos. Las personas que padecen soledad frecuentemente experimentan una sensación de vacuidad o vacío interior, con sentimientos de separación o aislamiento del mundo.

Traigo a colación el término y sus implicaciones personales, que están más allá de la falta de compañía, porque las referencias culturales a este sentimiento terrible son varias.

El laberinto de la soledad, ensayo del escritor mexicano Octavio Paz.

Cien años de soledad, novela del escritor colombiano Gabriel García Márquez.

La soledad, canción del cantante griego-francés Georges Moustaki.

¡Oh soledad! Canción del grupo español Oreja de Van Gogh. Usha-la la, usha-la la.

¿Acaso nos sentimos tan solos los humanos? ¿Acaso es la soledad un sentimiento que se desprende forzosamente de nuestra individualidad? ¿O ser solitario es una situación que se puede decidir con libre arbitrio y, por tanto, abandonar?
No lo sé, son interrogantes que no intento resolver.

lunes, junio 18, 2007

México contra la Real Academia

El insurgente título de esta entrada es menos incendiario de lo que su primera lectura sugiere. Sólo trataré de hacer en este espacio un par de correcciones a las definiciones que se proponen para dos términos usados de manera muy extensa y frecuente en la sociedad mexicana. Ambos términos son relativos a dos categorías socio-culturales, cuyo uso en México es referencia obligada para cualquiera que desee entender conversaciones típicas entre los mexicanos. Me refiero a las palabras "naco" y "fresa". Con los matices que mencionaré posteriormente, una es antónimo de la otra. Su uso es tan extendido, sobre todo entre la población joven, que definir todos sus significados sería una hazaña quijotesca, por lo que me conformaré con informar las connotaciones más comunes y las implicaciones culturales que les dieron origen. Lo anterior, con el objeto de contribuir a una mejor descripción de palabras que, seguramente, se repiten más en las conversaciones ordinarias que otras, que a pesar de su hermoso cuño no escuchamos muy seguido en comunicación oral, dígase 'concomitante', 'inverosímil', o 'inexpugnable'. Sobre todo, considerando que México es, por mucho, el país hispanoparlante más poblado y, además, su influencia lingüística es considerable en la población hispana que reside en Estados Unidos, por el gran porcentaje de mexicanos entre los migrantes hispanos y en otras partes del orbe por las tristemente célebres telenovelas mexicanas.

La Real Academia define naco como:
1. adj. Méx. indio (indígena), señalando su posible origen en el gentilicio de una tribu: totonaco.

En realidad, el término naco es peyorativo en varios sentidos más que para denotar algo indígena. Se utiliza para designar lo vulgar, lo anticool e, inclusive, la expresión ¡qué naco! se usa para cualquier cosa que implique un dejo de desprecio. Puede ser, también, sinónimo de pobre o de corriente.

Fresa, en cambio, es definida como sigue:

1. f. Planta de la familia de las Rosáceas, con tallos rastreros, nudosos y con estolones, hojas pecioladas, vellosas, blanquecinas por el envés, divididas en tres segmentos aovados y con dientes gruesos en el margen; flores pedunculadas, blancas o amarillentas, solitarias o en corimbos poco nutridos, y fruto casi redondo, algo apuntado, de un centímetro de largo, rojo, suculento y fragante.

En ausencia de una referencia a la connotación común de fresa en la sociedad mexicana utilizaré el concepto expresado anteriormente para hacer una caracterización de fresa. Efectivamente pueden ser rastreros y peciolados (lo que sea que signifique) y también son blanquecinos porque se asume que ser fresita completo implica tener la piel blanca. Sus atributos suelen parecer de flores pedunculadas (lo que sea que signifique), pero no son solitarias, sino que se actúa más fresa cuando se está en grupo, así de auténticos. Sus corimbos son poco nutridos sólo cuando se trata de anoréxicas(cos), porque normalmente suelen pasarse de café en restaurante, habiendo sucumbido a una ofensiva vida de consumismo; sus frutos y retoños suelen ser de más de un centímetro de largo y normalmente más fresas que los padres; suculentos sí, porque tratan de ser emulados por los integrantes de la clase media en versiones a veces muy patéticas de wannabeismo, ya que socioeconómicamente están en lo más alto de la pirámide, aunque culturalmente suelen ocupar los segmentos más bajos, por más viajes a París y a Nueva York que hagan al año. Y también son fragantes porque siempre usan el perfume de moda y visten con marcas estadounidenses que tal vez oculten el complejo de inferioridad ante el cual las clases burguesas mexicanas responden con imitaciones de otras naciones, dígase Francia en la primera mitad del siglo XX o Estados Unidos, en la segunda y principios del XXI, de acuerdo a Samuel Ramos o a Octavio Paz.

Ambos términos son relativos, la misma persona puede ser considerada naca por alguien más fresa, o ser tomada por fresa por alguien más "naco". Y estos términos son, en ocasiones, la vara con la que se miden muchas personas. Ser más culto, más íntegro, más amable se hacen a un lado como las categorías deseables por enormes segmentos de la población, y esto sí abarca tanto a jóvenes como adultos casados y con hijos. Vivir en cierta colonia tiene su valor intrínseco en tanto te ubique automáticamente como fresa o naco. Lo mismo aplica a la hora de decidir qué carro comprar y qué ropa vestir.

Respecto a la definición que propone la Real Academia de naco como sinónimo de indio se puede decir que efectiva y desafortunadamente, cinco siglos después de la Conquista española de los territorios habitados por múltiples naciones indígenas en lo que ahora es México, se sigue discriminando lo indígena. Se discrimina de distintas maneras: económicamente: las comunidades indígenas son, con mucho, las más pobres y marginadas en todo el país, los estados del sureste del país como Chiapas, Oaxaca y Guerrero,son los que cuentan con el mayor porcentaje de población indígena y, al mismo tiempo, los estados que indefectiblemente tienen los peores índices socioeconómicos; se discrimina socialmente: decirle a alguien indio quiere decir lo mismo que atrasado, ajeno al progreso, se asocia la piel clara y el cabello rubio con mayor belleza y es difícil encontrarte gente con evidente fisionomía indígena en los centros comerciales más lujosos o en las universidades privadas.

Pero la peor discriminación, por ser la más sutil, es la cultural, y ahí es donde la palabra naco es peyorativa porque refiere originalmente lo indígena. México debe ser uno de los pocos lugares en los que no sólo se discrimina a las minorías vulnerables, también se discrimina culturalmente a la mayoría. Los estereotipos de belleza y distinción en la televisión mexicana y la publicidad son siempre personas de muy acentuada apariencia "occidental". En cambio, la fisionomía más popular en las calles de la ciudad de México y de la mayoría de las ciudades y pueblos mexicanos no aparece en los medios masivos de comunicación. Como si no existiera, a pesar de que el 29% de la población es indígena y 55% mestiza, de grupos europeos e indios; los "europeos" criollos representan sólo el 15% de la población. Si discriminar a las minorías es algo incivilizado y terrible, hacerlo contra las mayorías me resulta aún más absurdo.

En una reciente encuenta de alcance nacional que se realizó a los jóvenes mexicanos, uno de los "problemas personales" que más señalaron tener los jóvenes mexicanos es "ser moreno(a)" y "ser chaparrito(a)". ¿Por qué diablos eso tendría que ser un problema personal? Muy claro, porque la poderosa influencia mediática te hace creer que para ser bonito-feliz-exitoso hay que lucir como los modelos que publicitan los productos que significan que tu vida es exitosa y tiene sentido. Esos mercachifles embaucadores crean conexiones de sentido que excluyen mentalmente de la felicidad a los que no luzcan como sus pósters. Y, oh sorpresa, en México nadie dice nada al respecto. A pesar de lo obvio de la exclusión en televisión, revistas o publicidad de ciertos estándares fisionómicos, típicamente mexicanos, nadie parece darse cuenta ni decirlo. Tal vez sea por una corrección política lamentable, pero el resultado de esa encuesta debería ser prueba suficiente del grave daño cultural que ha ocasionado esa situación y que tanto al gobierno como a la sociedad nos toca resolverla.

Los mexicanos solemos estar felices y contentos con nuestra identidad. Sin embargo, hay varias cuestiones que debemos sacar más a la luz de la discusión pública e informada. Los comunes términos de "naco" y "fresa" deberían ser discutidos con seriedad en las escuelas, para que sean los adolescentes y jóvenes quienes determinen sus connotaciones y reflexionen lo bueno y malo que ellos contienen. Siguiendo a Wittgenstein, el lenguaje es mucho más para la vida que un medio de comunicación, nos forma, pensamos con el y por él y, por esa razón, ciertas palabras de uso común son más determinantes para la cultura que algunos de nuestros pensamientos más políticamente correctos.

viernes, junio 15, 2007

Asuntos varios

1. La semana pasada googleé mis apellidos para entrar directo a mi blog y me encontré con una página del Tribunal Federal Electoral que me permitió saber que la casilla de la que fui funcionario presidente en las pasadas elecciones federales del 2006 fue impugnada por el PAN. La razón de la impugnación es que me hubieran nombrado presidente a mí (un simple elector formado en la fila para votar) en vez de al funcionario secretario que es, de acuerdo a las disposiciones electorales quien debe ocupar ese puesto si el presidente no se presentara. Pero como ya se había hecho el registro informático de todos los funcionarios con sus anteriores puestos, el presidente fue nombrado de los electores que voluntariamente se ofrecieran para tal efecto. Y dado que soy acomedido pues la primera (y única) mano que se alzó fue la mía. Así que me detuve a leer la sentencia que dictó el Tribunal Federal Electoral, cuyo conocimiento me fue posible sólo por azares del destino. Para mi gran solaz y descansada sonrisa constaté que el Tribunal Electoral desestimó la impugnación, por lo que los votos que los ciudadanos emitieron en dicha casilla sí fueron a dar al conteo oficial, lo cual me alegró sobremanera porque fue una "ching%" monumental la que nos dimos ese día, tanto los electores como los funcionarios de casilla para que procediera una impugnación de tan poca monta. Creo que de haberse declarado fundada la demanda yo mismo me hubiera ido a tomar el Paseo de la Reforma y hasta el segundo piso del Periférico, si hubiera sido necesario, porque una cosa es que los partidos estén hambrientos de poder y otra que traten de impugnar todas aquellas casillas donde los resultados no les favorezcan por las más insignificantes minucias. En fin... todo resultó bien y yo, con sus matices, sigo creyendo en las instituciones...

2. Ayer por la noche los niveles de frustración subieron a niveles nunca antes alcanzados porque estaba viendo el final de la segunda temporada de la serie Prison Break y el maldito disco pirata se atoró como se atoran las mulas cuando no quieren cruzar un arroyo. Y casi arrollo hasta la computadora del coraje porque me he quedado con la terrible duda de lo que pasará en el destino de mis personajes. Les recomiendo mucho esta serie, pero vista en DVD porque verla a cuenta gotas en la TV debe ser lo más parecido a tortura medieval que se pueda concebir en este siglo XXI. Lo anterior, a pesar de que estoy muy molesto por los superadísimos (yo pensé) clichés con los que retratan a México que están para soltarse llorando de rabia. Por Dios, si parece que se va a levantar de estar echado a la sombra de un cactus Pedro Infante borracho cantándole a una Adelita que se va en un buque de vapor. Se supone que es la época contemporáneo pero como no quisieron o pudieron venir a grabar a México decidieron que todos los carros que se usan en este país son de modelos previos a 1960, que la gente todavía se atavía con ropa típica de la revolución y que hablamos con diferentes acentos de Univisión o Telemundo, ninguno de ellos auténticamente mexicano. Además, la gente en sus patios tiene llamas y alpacas de los Andes, claro, si viven solamente a cinco mil kilómetros del país, seguramente es el animal doméstico más acostumbrado en los corrales; la gente viaja en camiones con gallinas adentro y sin refrigeración ni, cuándo pensarlo, televisión y las autopistas no son de cuatro carriles sino de escaso uno y medio y, obvio, de terracería. Es cierto, México está atrasado en infraestructura y nivel de vida comparado con Estados Unidos, pero que no vengan a fregarnos con una imagen del mexicano como el siempre atrasado, pobre, bueno... eso sí, pero incapaz de ser moderno. En fin, afortunadamente "México" sólo sale en unos tres capítulos, así que el resto de la serie la disfruto sobremanera, hasta que la piratería me hizo la mala jugada de no dejarme ver el final, justo cuando estaba en lo más interesante, y el protagonista estaba atrapado, sin saberlo, con un abominable enemigo producto de la más elaborada teoría de la conspiración.

3. Hoy me comí deliciosas enchiladas de mole poblano. Como en Sonora, mi desértico hogar, no se come ni mole ni garnachas, como en el centro y sur del país, y el mole es una delicia difícil de superar, yo me la paso pidiendo ese platillo cual turista que acaba de descubrir un tesoro inesperado.

Pues fueron tres cosas con nada en común pero que consideré dignas de mención en este irrelevante y caótico blog.

miércoles, junio 13, 2007

8 cosas sobre mí

Me ha enviado una compañera bloguera una invitación para participar en una actividad en red consistente en compartir un tema. Éste será escribir ocho cosas sobre mí. Ignoro porqué sean ocho cosas y no siete como las nuevas maravillas del mundo, los pecados capitales o el número de enanitos de Blanca Nieves; o diez como los mandamientos o los números de un sólo dígito. Pero, no importa, me parece buena la idea. Sobra pedir disculpas por lo ególatra de hablar de la vida de uno en público, porque básicamente el ejercicio de tener un blog es de un egocentrismo notable. Hasta el nombre de mi blog refiere el lugar prioritario que le concedo a mi vapuleado ego, así que me eximo de toda responsabilidad si mis relatos resultan más personales que lo que quisiera el que esto lea. Inicio el conteo:

1. Varón soltero sin compromiso de 26 años que mide 1.85 m. y pesa 75 kg.

2. Ahora estoy tratando de renegar de mi herencia nerd, pero creo que no podré lograrlo; sobre todo porque no ayuda traer lentes desde que me levanto hasta un segundo antes de cerrar los ojos para dormir.

3. Adicto a la coca-cola y ningún pensamiento sobre sus efectos sobre la salud o el imperialismo gringo han servido para dejar mi relación... la más larga y estable, por cierto.

4. Me gustan mucho los Ruffles sabor crema y especias y los cacahuates estilo japonés (valga aclarar que son invención mexicana y en Japón ni los conocen).

5. Me gusta ir a restaurantes bonitos y caros, pero está fuera de duda que prefiero comerme unos tacos de carne asada o unos dogos en Hermosillo.

6. Quisiera que Huásabas fuera mi pueblo natal, pero por azares del destino nací en la capital... de Sonora.

7. Hablo todo el tiempo solo y en voz alta (muy alta). Pero para no aburrirme lo hago siempre en diálogos en el que una parte de mí está siempre en desacuerdo con la otra parte de mí.

8. De niño quería ser actor infantil y protagonizar una telenovela (tipo Carrusel) de una escuela federalista, en el que cada alumno fuera de un estado de la República. Como la trama iba a complejizarse con treinta y dos personajes, decidí que sólo dieciséis seríamos importantes, la otra mitad básicamente estaría de relleno. (Creo que la idea de excluir del foco a la mitad de los representantes de los estados no era de un espíritu muy federalista que digamos, pero fue la única manera en la que pude solucionar problemas técnicos con el guión). En fin, esto me da pie para hablar del controvertido tema de los estados X de la República. Se aceptan sugerencias.

martes, junio 12, 2007

Mi vida en Huásabas, capítulo 10

Hace ya cinco meses que salí del valle escondido entre montañas, cual Tesoro de la Sierra Madre, donde está enclavado Huásabas. Cuando salí del pueblo por última vez y recorría el tramo recto que conduce a la entrada del pueblo, uno de los pocos que no está saturado de voluptuosas y nauseogénicas curvas, volteé hacia atrás y me despedí del majestuoso cerro de Huásabas, materialización de la nostalgia huasabeña. La vista desde ese punto es fabulosa, se puede ver toda la inmensidad de la montaña que inicia justo donde termina la línea de álamos verde intenso que rodean el río cuando es verano, y amarilla o blanco tronco cuando es otoño o invierno, respectivamente. Pareciera que el cerro te da un abrazo del firmamento pues da la impresión de abarcar todo el horizonte. Así que, después de tantos meses en que la distancia y los pendientes se encargaron de mantenernos separados, la melancolía anda severa y por eso decidí que sería buen remedio ponerme a escribir algo sobre mi vida en Huásabas, cual escapada mental a las mieles de mis recuerdos de infancia.

Algo que quedó particularmente grabado en mi memoria son las tardes en el pueblo, justo antes de que terminara la hora de la siesta, cuando el sol aún era muy fuerte pero empezaba a mostrar signos de debilidad y te regalaba sombras más grandes bajo los árboles y al lado de las tapias que cercaban los corrales. Resulta que tenía yo la mala costumbre de no dormir la siesta y aprovechar para dar rienda suelta a mis "creativas" iniciativas de diversión. Lo anterior, para el absoluto desasosiego de mi mamá que anhelaba la hora de descansar de la dura faena que representaba la crianza de siete sanotes hijos. La siesta es, en realidad, una manifestación cultural de adaptación geográfica muy racional. En los lugares en los que hace tanto calor, como en Sonora, después de comer entre doce y una de la tarde, porque los vaqueros a esa hora comen, no hay razón para estar fuera de casa muriendo de deshidratación bajo los rayos de un sol inclemente. Se aprovecha la fresca madrugada para trabajar y se sale de casa hasta que el sol empieza a ponerse, regándose la banqueta para ayudar a que refresque la temperatura y se sienta uno en la poltrona sobre la acera para socializar al caer la tarde y empezar la noche. Entre esos dos puntos el calor de los exteriores debe ser evitado, por lo que la gente entra a sus refugios y se tira en la cama a dormir una larga siesta, de preferencia en el lugar justo en el que el cooler lanza su "frío" y húmedo viento. La siesta es una institución en los pueblos sonorenses, tanto que se dice que la gente del pueblo de al lado de Huásabas, Granados, se ponía pijama, metía el bacín y se persignaba antes de acostarse a dormirla.

Pero tan racional adaptación geográfica cultural no la entendía yo y aprovechaba esa hora en la que el pueblo era todo silencio y calor, para mojarme con mi hermano con el agua de la manguera del patio, para hacer lo que yo llamaba "trabajos manuales" en una versión sin talento de Cosas y cositas que se proponía destruir todo aquello en lo que yo viera potencial para ser utilizado como material de mis nada artísticas obras, o directamente para hacer lo que todo niño sabe hacer en exceso: mucho ruido. Los amenazadores gritos de mi mamá ordenándonos que nos calláramos eran proseguidos por una chancla volando que con relativo buen tino solía sacarme un chillido de indignación más que de dolor. Pero una vez fue tanta la desobediencia a la orden de silencio que hicimos que se levantara mi mamá de la cama con iracundo cinto de vaqueta en la mano. Cristóbal y yo salimos en fuga hasta lo que llamábamos el "último cuarto" porque estaba al final del pasillo, creyendo que eso sería suficiente para evitar la amonestación máxima que representaba el cintarazo. Desafortunadamente, nuestra fuga no fue suficiente pues el enojo había alcanzado su tope, por lo que nos siguió hasta nuestro lejano refugio. En un arranque de desesperación nos metimos debajo de la cama, pero como Cristóbal fue siempre más ágil que yo él logró meterse al principio y yo quedé en la nada cómoda posición de escudo de cintarazos. Mi hermano se moría de la risa de la situación, mientras yo entre pujidos trataba de esquivar los certeros cintarazos que aleatóriamente mi mamá lanzaba a tientas hacia sus desobedientes hijos. Pero, además, lamentaba yo la injusticia de que me hubiera tocado a mí ser el escudo cuando Cristóbal traía pantalones de mezclilla que amortiguaban mejor los golpes y yo vestía un pequeño shorts que dejaba expuestas mis pálidas y flacuchas piernitas. Todavía nos reímos seguido de esa ocasión en la que se vulneró mi infantil sentido de justicia.

En otra ocasión de solitaria ociosidad a la hora de la siesta se me ocurrió hablar por teléfono a varios números en Estados Unidos, que yo creí que eran gratis pero que no. Me puse a practicar las escasas tres palabras que debo haber sabido en inglés a esa edad y me entretuve bastante en conversaciones cortas con mis gringos interlocutores que, seguramente con cara de interrogación, contestaban preguntas del tipo how are you? que supongo pronunciaba como jau ar iu? Cuando llegó el recibo de teléfono el que no estaba nada contento era mi papá que bien se hubiera ido a pelar con Carlos Slim si hubiera sido necesario por tan onerosos e ilógicos cargos, si no es porque terminé confesando que había sido yo el autor intelectual y material de una travesura tan costosa. Y todo por unas cuantas lecciones de inglés... hice más de diez llamadas... Le debe haber causado ternura mi hambre de conocimientos lingüísticos, porque no hubo ningún castigo. Cuando sí se enojó fue cuando, en ocasión posterior, se me ocurrió marcar a España de manera aleatoria. Me contestó una señora en Málaga con un acento que me pareció muy divertido, quien me informó que la había despertado porque en su natal Málaga eran las cinco de la mañana. Pero como estaba en un mood bastante sociable para esas horas me quedé platicando buen rato con la señora que apodé "malagueña salerosa" como dice la canción.

Así pasaron algunas de mis tardes y en cuanto empezaba a reanimarse la vida del pueblo, cuando de las casas salían los aromas a café recién colado para despejar la modorra de las señores, yo consideraba que ya era hora de volver a ser gregario y volaba en cuanto podía a buscar amigos que quisieran jugar a la bebeleche, a saltar la cuerda, o cualquier otro juego que estuviera de moda en la temporada...

viernes, junio 08, 2007

Atravezando círculos

En estos momentos acabo de entregar el último trabajo de toda la maestría. Después de lo que hice hoy mis labores académicas han concluido definitivamente. Me resulta increíble pensar que los dos años intensos de mi vida que pasé estudiando para ser Maestro en Administración y Políticas Públicas ya terminaron. Fue una inversión en tiempo larga, en realidad. Pero sobre todo fueron una enorme cantidad de fines de semana que no eran sino oportunidades para tener más tiempo para leer, estudiar, escribir, trabajar en equipo, en fin, cientos de noches tirado en mi cama o recargado en algún escritorio tratando de avanzar en mis pendientes escolares. Y lo voy a repetir: ya se acabó. Sí, se acabo hoy y lo reiterativo de mi comentario tiene que ver con que no quiero que me pase de noche el día que tanto anhelé cuando el agotamiento o el agobio sólo me hacían desear terminar con todo esto. Sin embargo, la nostalgia es mi mal irremediable y en el espacio de corazón que no está ocupado por la felicidad de terminar y por el nerviosismo de hacer bien las cosas en mi recién estrenado trabajo, en ese espacio está alojada una inmensa nostalgia de lo que fue y que ya no será. Las charlas cotidianas con mis compañeros de la maestría que la mayoría ya son amigos entrañables. Extrañaré esas conversaciones tribiales tanto como las más acuciosas sobre algún tema público de México o del mundo. Echaré de menos el alivio que se sentía cuando terminabas un examen o entregabas un trabajo; o la satisfacción de enterarte que te fue bien o de una sentida felicitación de parte de un maestro. Recordaré con envida los días en los que el aprendizaje era tan intenso que hasta tu vocabulario cotidiano cambiaba y sólo hablabas con la terminología que ibas aprendiendo. Y me pondré triste de pensar que ya no podré hacer mis chistes sosos y terriblemente nerdosos que utilizaban los términos, argumentos o autores que estuvieron más presentes en la maestría y, peor aún, no podré escucharlos de mis compañeros excepto cuando nos reúnamos en distintos contextos, en diferentes escenarios y no afuera de los escalones de la biblioteca, en frente del asta bandera o sentados en el comedor después de haberle pedido una chapata con un Boing a Doña Felis (gracias Doña Felis, jeje). U organizar un viaje en los fines de semana que no estuvieran ni cerca de los parciales ni de los finales, o sea, muy pocos. También extrañaré no tener credencial de estudiante y poder obtener algún descuento significativo para los ingresos de una beca Conacyt que era, a la vez, tan buen sustento. Supongo que tanta nostalgia ya sabrá a cursi, pero he decidido que la disfruto tanto como las alegrías que me da lo nuevo.

De regreso de Santa Fe, cuando fui hoy a entregar la versión impresa de mi tesis a mi supervisor, el tráfico de tan célebre zona se despidió con broche de oro, a vuelta de rueda desde que salí del CIDE hasta que llegué a la estación de metro. Tantas horas de mi vida pasadas en esa ruta con tráficos estancados deben tener su significado especial. Y como el día era lluvioso también decidí hacer algo que hago muy poco y solté dos o tres lagrimitas celebrando el fin de una era (para mi vida, claro está, pero puesto en términos paleontológicos se escucha más rimbombante) y el inicio de otra. Mandé algunos mensajes de texto a quienes estuvieron presentes de manera especial en esta etapa y le di vuelo al carrusel de las sensaciones. Debo confesar que lo disfruté sobremanera.

Ahora estoy en la oficina y en la mañana me enteré que mi anhelado sueño de tener fines de semana para mí se ha esfumado, por lo menos para este fin que yo planeaba soltar mi cabellera. El trabajo se acumuló y hay que sacarlo. No será difícil resignarme, hace dos años que mis fines de semana no significan mucho para mí. Ya llegarán los gloriosos tiempos en los que pueda dormir hasta que el ombligo se me hinche y que sea el amo absoluto de mi tiempo libre. Por lo pronto, sigo con la sonrisa perenne en los labios porque una vez más me puedo decir a mí mismo con conocimiento de causa que los sacrificios tienen recompensas.

lunes, junio 04, 2007

Mariscos, soundtrack y un poco de sueño en los párpados

Los tres componentes de este título hacen referencia a los tres elementos que hacen su presencia más fuerte mientras esto escribo. Vamos con el primero: mariscos. Pues resulta que dando vueltas por el centro histórico tratando de encontrar cada vez más lugares, di con un edificio de muy ornamentada arquitectura que me llamó la atención porque se podía ver desde afuera que había una exposición de pinturas en su interior. Me acerqué al guardia que cuidaba la entrada con una cara de evidente indiferencia para preguntarle que si qué era ese edificio. Me respondió que era el Casino Español. Ya había escuchado bastante sobre su restaurante, por lo que me dije a mí mismo que comer ahí, aunque fuera con las soledades de mi hora de comida, podría ser una buena y gastronómica manera de conocer el lugar. Así que me dirigí al restaurante que estaba en el primer piso, no sin antes contemplar la belleza del lugar que es mucho mayor que lo que se puede ver desde afuera. Tiene esas escaleras de las que parece bajará corriendo en un ataque de histeria Carlota de Bélgica (aunque cuando fui a Bruselas le llamaron, para mi desasosiego, Carlota Emperatiz de México, jah!) sosteniendo sus abultadas faldas llenas de crinolina, molesta por haber descubierto que Maximiliano de Habsburgo tenía de fiel lo que ella de cuerda. Aparte de esas escaleras majestuosas tiene un bonito vitral en el techo, unos arcos decorados de cantera muy garigoleada y un salón de fiestas con piso de duela de muy abundantes dimensiones, rematado por un techo tan churrigueresco que parece se te caerá encima y al fondo el retrato de sus majestades los reyes de España, que por algo llevará el nombre de casino español. Pues el caso es que ahí me comí una comida corrida que en todos sus tiempo llevaba algún (o algunos) mariscos, excepto en el flan que me dieron de postre que ya hubiera sido un abuso. Pues debo haberme comido a un integrante de cada especie marina porque tengo el estómago que parece que va a explotar (un poco de gozo y otro poco por la falta de espacio).

El segundo elemento del título hace referencia a la padrísima banda sonora de la película The Royal Tennenbaum que tuve a bien conocer hace un par de días y que pedí prestado con la intención de nunca jamás regresarlo, porque es encantador, mucho más que la película que tanto me gusta. La música se parece un poco a mi vida, un poco de todo: comedia, dramas de sutil complicación, tragedias inexistentes, gestos melosos, qué sé yo, embonó perfecto con lo que andaba buscando lo que me queda de sensibilidad artística.

Finalmente, el tercer elemento, o sea, el sueño en los párpados es resultado de la combinación de un fin de semana excelente con actividades varias que incluyó hermoso concierto de Luis Eduardo Auté en el no menos bello Teatro de la Ciudad. No conocía personalmente en persona a ninguno de los dos, aunque la música del primero me ha acompañado a lo largo de muchos momentos de mi vida y es código compartido con amigos entrañables. También recibí la digna presencia de Su Majestad la Petra, reina soberana de los territorios de Durango, en México, y de Cholet, en Francia que me hizo reír todo el fin de semana. Pero como tenía que terminar un trabajo que es el penúltimo pendiente de la maestría, mis horas de sueño no fueron adecuadas y después de comer te das cuenta de manera fehaciente que los Barceló podemos perdonar a todos excepto a un buen sueño.

Y como dicen comúnmente los corridos en su último verso: "ya con esta me despido..."

miércoles, mayo 30, 2007

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Evidencias


Esta foto la pongo como evidencia de que, a pesar de mis lamentos y diatribas, he pasado muy buenos momentos últimamente... Hace apenas un mes andaba agarrando color en Acapulco en compañía de muy buenos amigos (foto) y el viernes pasado agarré la fiesta con singular alegría después de entregar mi primer borrador de tesina... así que cuando me queje ya tienen cómo recriminarme mi ingratitud ante la vida

jueves, mayo 24, 2007

La Doña


Si antes tenía particular admiración por María Félix, la más grande estrella del cine de oro mexicano, ahora que he leído en Wikipedia algunas frases célebres de tan particular personaje que ahora les trascribo, mi admiración creció. No lo sé de cierto, pero tengo la sensación de que vivió hasta que quiso; murió a la edad de 88 años después de seguramente un número mayor de cirujías. Pero más allá de su inusual belleza me encanta el personaje que hizo de ella misma. Al levantar sus gloriosas cejas dejaba ver claramente que ningún macho mexicano podría dominarla. Fue un signo de emancipación femenina sin pancartas, sin marchas, sólo porque se sabía igual o superior a los hombres que la rodearon sin necesidad de que nadie más lo reconociera. Y vaya que supo escoger a los hombres más célebres de su tiempo, a la crema y nata de la cultura mexicana de mediados de siglo XX: Agustín Lara, Jorge Negrete, Diego Rivera y también entró por la puerta grande a la elitista aristrocracia europea al casarse con el millonario francés Alex Berger. La firma joyera Cartier sacó recientemente una colección de relojes en su honor llamada "La Doña" que se puede ver en los escaparates de las calles de shopping lujosas.

Estas frases las encontré en inglés así que espero no pierdan mucho en la traducción, porque ya fue doble traducción pues ella nunca quiso aprender inglés, a pesar de que hablaba francés e italiano. Y aquí se las plasmo para hacer notar la chispa que la caracterizaba, sobre todo en sus últimos años. Léanse por favor con la ceja levantada y con el desdén con el que hacía siempre sus declaraciones, hablando lentamente con su voz ronca y decidida:

"El dinero es importante en la vida. No te da la felicidad, eso todos lo sabemos, pero seguro que te calma los nervios".

"No me des consejos, yo puedo cometer errores sola".

"Algunos amigos me han dicho que las perlas hacen llorar a la gente. A mí las únicas perlas que me han hecho llorar son las falsas".

"Ningún hombre me ha hecho la vida difícil porque nunca he apostado todo en un solo hombre" (¡Infidelidad femenina sin conmiseraciones!).

"Diva es algo inventado, pero yo no fui fabricada... la vida me hizo y me hizo posiblemente muy bien".

"Las estrellas de hoy no tienen poder de estrellas y las actrices de hoy son desechables. Modelos que ni siquiera saben hablar".

"En la vida yo considero que el éxito es inferior a la celebridad. El éxito puede ser alcanzado por mucha gente, la celebridad te toca y está contingo durante toda la vida".

"Mis enemigos son muchos y son malos; mis amigos pocos y buenos".

"Las mujeres nunca serán como los hombres, aunque a veces hay hombres con corazón de mujer. Desde el principio de los tiempos, los hombres han tomado la mejor parte del pastel. Yo tengo el corazón de hombre y por eso las cosas han ido bien para mí".


Respuesta dada a unos joyeros intentando confiscar un magnífico collar de esmeraldas que le regaló Jorge Negrete quien murió antes de pagarlo completamente: "Lo que se da no se quita"

Declaración que dio para molestar a los fans y a la prensa en Bogotá, Colombia, después de salir del escenario antes de terminar su actuación en un musical: "Otros han visto menos y han pagado más”

Respuesta a la reacción de reporteros en Argentina, por haber llegado elegantemente tarde (con un retraso de dos horas) a una conferencia de prensa: "Eso estuvo bien chicos, haberme esperado”

Su reacción a la canción de Juan Gabriel María de Todas las Marías: "Si te comparan con La Virgen María, tú siempre sales perdiendo”

Sobre la belleza:
"Mi trabajo ha sido ser atractiva”
"En la vida no es suficiente ser bella, sino saber cómo ser bella”

A los reporteros que le preguntaban su edad:
"Yo no cuento los años, sólo me limito a vivirlos”
"Mire, señorita, he estado muy ocupada viviendo mi vida y no he tenido tiempo de contarlos"
"No, a mí no me da miedo hacerme vieja sino algo más peligroso: la debacle de la mujer. No me dan miedo ni el pelo cano ni las arrugas sino el desinterés en vivir la vida”

Intercambios con reporteros:
"María, ¿tú piensas que eres una abeja reina?"
A lo que La Doña responde: "No, señorita, lo soy”.
"María, ¿eres la mujer más bella de México?"
Responde la Felix, "Tú sabes que humilde no soy”

martes, mayo 22, 2007

Hábitat

Me encanta trabajar en pleno centro histórico de la ciudad de México, es un estímulo tras otro: negativos - positivos - adictivos. En fin, lo encuentro un hermoso hábitat para el desconcierto constante de mis sentidos. Para los que no conozcan México, Distrito Federal, debo hacerles un muy breve resumen de porqué me resulta tan contrastante el cambio de vecindario diurno.

El CIDE (donde todavía estudio, aunque una parte de mi cerebro quiere pensar que ya me desafané) está ubicado en la zona de Santa Fe, al poniente de la ciudad. Para decirlo así con algo de lírica de Dreamworks, digamos que Sta. Fe es como el lugar de residencia de Shrek: un reino muuuy... muy lejano. Está en la salida a Toluca y cuando digo que está a la salida quiero enfatizar lo periférico de su ubicación. Cuando me va bien, con un tráfico normal (que, en realidad, es bastante anormal) me hago una hora y quince minutos para llegar, en un trayecto que implica cuatro medios de transporte: caminar-Metrobús-Metro-CIDEbús. Santa Fe es el área más moderna de la ciudad, donde están ubicados los corporativos de todas las grandes empresas del país, en enormes rascacielos que me parecen llenos de personal con motivaciones ambiciosas y futiles, así como infinidad de edificios de condominios donde reside una cantidad impresionante de esnobs forzando un estilo de vida "a la gringa" en la ciudad más clasista en la que haya estado. Para mis gustos Santa Fe es horrible: está muy lejos del corazón de la ciudad, el tráfico para llegar o escapar de ahí es infernal pues está conectada con el resto de la ciudad por sólo dos vías importantes, el clima es más frío y lluvioso, tiene opciones de entretenimiento más limitadas que cualquier ciudad provinciana sólo que empeorado con un esnobismo que ni la gracia de ser sofisticado tiene. En fin, estoy completamente de acuerdo con el despectivo mote que se ha ganado de "ghetto de ricos". Aparte de todas esas características, o tienes que pagar muchísimo de renta o vivir en las terribles comunidades aledañas, más montañosas que el Himalaya y tan húmedas y frías que no las deseo más que para hábitat de champiñones. En resumen, ni la enorme distancia que lo separa de la verdadera ciudad de México iba a provocar que viviera por ahí, a mí que a pesar de mi alma rural amo los entornos urbanizados, estar cerca del centro, de poder caminar a cualquier tiendita, panadería, café o restaurante, de salir por la noche sin tener que ponerme de novio con algún taxista para convencerlo de que me lleve hasta mi casa porque por lejos suelen reusarse a llevarte hasta allá. Pero el caso es que aún sin vivir allá pasaba muy buena parte del día en la escuela sin más esperanzas de socializar que con la gente del CIDE y cuya única opción de comida es su propio comedor que guardo para mí que en repetidas ocasiones se ganó el adjetivo de asqueroso y las más de las veces sólo de mediocre. Y ya si querías cambiar tenías una única opción más: el Domino's Pizza que te requería bajar por lo menos unos cien escalones para descender del cerro donde está la escuela y llegar a la desierta calle cuya lobreguedad sólo era turbada por la referida franquicia. Ése era mi anterior hábitat que por más que ahora me quejo era en verdad el más propicio para la nerdez de mi existencia estudiantil.

Y ahora trabajo en el centro histórico, centro histérico me gusta decirlo porque se lo merece. Pero histérico en la más positiva connotación del término. Todo el tiempo lleno de gente, de opciones, de restaurantes, de tiendas de todos tipos cuyos aparadores te enseñan lo mismo la moda que uniformiza a la clase media de casi todo el mundo, hasta trajes de telas corrientes que por muy bajo precio visten a los que no pueden o quieren pagar más por verse "bien" (lo que sea que signifique); turistas nacionales y extranjeros que contemplan la ornamentación de los edificios de los tantos siglos que esta ciudad ha visto transcurrir, aquí mismo sin moverse más que cuando tiembla. Pirámides que fueron descubiertas después de siglos de haber sido enterradas bajo construcciones coloniales cuando se hicieron las excavaciones para el metro, como la del templo mayor que impresionó a los españoles cuando por primera vez llegaron a Tenochtitlan (ahora ciudad de México) o la de Pino Suárez que está en plena estación del metro esperando a ser contemplada por los enajenados pasajeros. Una catedral monumental que sigue en pie a pesar de estar basada en el gelatinoso suelo del centro histórico que antes era un lago y todos los demás edificios coloniales donde habitaban los aristócratas cuyos títulos desaparecieron en aras de consolidad la República Mexicana. O el todo mármol Palacio de Bellas Artes en el hermoso parque de la Alameda Central que entre esculturas y fuentes añora los tiempo en los que todo se hacía "a la francesa". Y cientos de restaurantes de todos tipos de comida que pululan alrededor de mí y que me hacen cada hora de comer una decisión difícil, con un proceso de decisión bastante satisfactorio. Pero también marabuntas de gente que abarrotan sus banquetas y el aroma a frito de la (para mí) desagradable comida callejera chilanga revuelto con olores de alcantarilla en el eje central. Y no poder caminar por la acera porque desde temprano los puestos de comida y algunos vendedores de música y películas piratas inundan el paso que yo tenía entendido le correspondía al peatón, lo que hace que camines entre los carros esquivando a los molestos choferes que se salen de su carril e invaden el siguiente de manera indefinida. En fin... puro caos, folclore, tradiciones centenarias adaptadas a las mercancías "made in China" que entraron al país por contrabando y entre todos, yo, encantado por tanto jolgorio luchando por mi espacio (que al menos debe medir un metro de radio, lo cual difícilmente logro) adaptándome a mi nuevo hábitat que por lo pronto me ha gustado tanto.

lunes, mayo 21, 2007

Novedades

Estoy sentado frente a la computadora de mi nuevo trabajo leyendo lo que me parecen miles de ordenamientos normativos y para relajar un poco el cerebro ocurrióseme pegar una entrada al blog para compartir la noticia de la chamba que ahora ocupará el mayor porcentaje de mis desvaríos mentales.

La maestría todavía no acaba, la tesis está en su punto crítico y un examen y un par de trabajos finales todavía agobian a mi inflamado colon, pero ahora tendré menos tiempo para preocuparme por ellos y trataré de enfocar mis energías en devolverle algo a la sociedad de lo mucho que he recibido. Ya ansío el momento de colgar mi mochila escolar y que lo único que me ahorque sean las corbatas que simbólicamente me hacen apto para sentarme en una oficina de gobierno y aportar conocimiento útil. En realidad, sólo faltan tres semanas para terminar la última etapa de mi vida académica (aunque no estoy del todo seguro que será la última) y trataré de convencerme de que lo disfruto, antes de integrarme de una vez por todas al mundo laboral que se anuncia como la etapa más larga de mi vida. Ya veremos...

lunes, mayo 14, 2007

Dando señales de vida

Atormentado por la culpa de no haber escrito en un par de meses y por la insoportable existencia de gente que se preocupe por mí por no ver nada publicado en tan largo tiempo (circunstancia algo improblable, por cierto, pero bueno los dejos de egocentrismo me hacen pensar cosas así) me decidí por lo menos a dejar una entrada que informe que estoy vivo y bien. He estado algo disperso, estresado como de costumbre, agobiado por esa maldita tesis que no termina de estar lista por más atención mental que le presto (poco talento de investigador podría ser la razón, pero sigo en estado de negación de esa realidad...). En fin, nada muy diferente de lo que aquéllos que me conozcan o me hayan leído no den siempre por sentado al respecto de mis estados de ánimo.

Pues como me la he pasado atribulado por la tesis no hay mucho que reportar, excepto varias manchas que ahora adornan mi piel resultado de haber convivido más de lo que debía con unas algas marinas (algas sin 'n' al principio que así se hacen los chismes) de aquel último viaje a la playa que les platiqué. Y como quería vengarme del dios Neptuno por haberle jugado tan mala pasada a mi piel, volví a las playas de Guerrero, pero ahora sí a Acapulco hace un par de fines de semana. La pasé genial con mis camaradas de la maestría que colectivamente decidimos dejar de preocuparnos por nimiedades académicas y tirarnos al sol en las mismas playas en las que Richard Burton y Liz Taylor hicieran su nidito de amor, o las que inspiraron a Agustín Lara a cantarle a la diva de divas mexicana María Félix (digna representante de la belleza sonorense) "Acuérdate de Acapulco", lo cual me puso a pensar con cierta suspicacia qué habrían hecho los condenados en las entonces glomourosas playas acapulqueñas que no nos dijo Lara en la canción, limitándose a sembrar la duda. Ya ven uno que es puro morbo...

Tampoco estàn ustedes para saberlo ni yo para contarlo pero también hice acto de presencia en el Zócalo de la Ciudad de México para posar para Spencer Tunick en una experiencia personal única e irrepetible (espero) de locura colectiva (en una colectividad de 18 mil seres humanos, directo para el récord de Guinness). Los detalles no los comento porque esas conversaciones se dejan mejor al olvidadizo destino de la pláticas verbales.

Pues ya con ésta me despido porque estoy en un cafè Internet por fallas técnicas de mi conexión doméstica, pero la colectividad al escribir una entrada teniendo que chutarme los gritos de Christina Aguilera en lo que parece ser una canción no es nada inspiradora.

viernes, abril 06, 2007

A la playa...

Ya había sido suficiente, mi tripa había empezado a reclamarme que no la dejaba en paz con la irracional enfermedad ésa de moda de finales de siglo, el mentado estrés que no deja pasar la oportunidad de cualquier insospechado pretexto para nutrirse de mal entendidas causas para empeorar. Ya era Semana Santa y hace casi dos mil años Jesús ya había sufrido suficiente una verdadera pasión como para intentar repetirla quedándome en casa a escribir la tesis, bastante tuve con no ir a Hermosillo ni a Huásabas y no ver a mi familia ni a mis sonorenses amigos como para encerrarme en la vacuidad de mi departamento. Además, la palidez de mis carnes ya estaba causando encandilamientos escandalosos, por lo que un viaje a la playa era obligatorio. La estrategia era clara como el agua, había que salir los primeros días de la semana para evitar sufrir las aglomeraciones en las carreteras y en el mismísimo Océano Pacífico que se pone a reventar con la fuga masiva de la segunda mancha urbana más grande del mundo durante el jueves, viernes y sábado santos. Otro punto de la estrategia era no ir a Acapulco, que es la salida natural al mar de la dichosa mancha urbana de la Ciudad de México y sus populosos alrededores, lo que le ha granjeado el nada glamoroso título de “D.F. con shorts”.
Pues con el talento de guías turísticas de Gaby y Larisa y el resultado de la búsqueda en Google de las palabras “playas”, “Guerrero” y “acampar” fuimos a dar a un lugar que se llama Playa Ventura, sin más referencias que las que se encontraron en Internet. Sonaba algo rural y lo único que en realidad sabíamos del lugar era que estaba en el estado de Guerrero (el mismo donde está Acapulco), cerca de la frontera con el estado de Oaxaca. Había que salir temprano para aprovechar el tiempo y porque tomaríamos carreteras que no sabíamos bien si existían ni cuáles eran su estado y condición. Pues las dichosas carreteras con paisajes algo tropicales, algo marginales, estaban en bastante buen estado y a la una de la tarde ya nos tenían contemplando el hermoso color azul del mar y sintiendo la brisa marina en una cara ya grasosa por la humedad playera.
La primera impresión fue el tamaño de las olas. Resultó que estábamos en pleno mar abierto, a lo que no estoy muy acostumbrado porque las playas de Sonora forman parte de un golfo, lo cual hace sus aguas mucho más tranquilas. En Playa Ventura no hay ni siquiera alguna bahía que frene el ímpetu con que el Océano Pacífico azota sus confines, lo que me hacía preguntarme si lo de su nombre era pura ironía, porque aquello de pacífico tenía lo que yo de prudente, o sea, muy poco (para los que me tengan en buen concepto). Aquellas olas eran dignas de tsunami, se elevaban a grandes alturas y golpeaban al caer de una manera estrepitosa la fina arena de la playa. Mis primeras cavilaciones fueron si debía meterme al mar o si dada la violencia de sus aguas iba a salir más revolcado que bañado. Pero ya que habíamos recorrido casi cuatrocientos kilómetros para llegar a la ansiada playa, la respuesta era evidente: hay que meterse y disfrutar del reto que la naturaleza ofrecía a los paseantes… como dice el dicho “es mejor flojito y cooperando”. Lo más curioso era que había olas que venían del mar y otras que con casi el mismo vuelo regresaban de la playa, capturando al incauto bañista en medio y golpeándolo desde dos diversos frentes y dejándome con una cara de confusión terrible por no saber de dónde defenderme o hacia dónde protegerme. Con todo y las arrastradas que cual trapo viejo y sin voluntad me pusieron las tempestuosas olas, salí contento (y con varios raspones) de volver a disfrutar las delicias de nadar en el mar que, desde agosto pasado no había sentido. Una vez superado el reto de salir vivo y sin fracturas de las remolinos y previo un largo baño de sol para agarrar algún color que no brille en la oscuridad y delate la nerdez de mi existencia, decidimos que la alberca era más Pacífica que el océano y estuvimos aflojando los nudos de tensión de la espalda hasta que desaparecieron por los relajados y hedonistas movimientos acuáticos. Debido a la ruralidad y la espontaneidad de Playa Ventura ningún hotel contaba con servicio de aire acondicionado y no es que sea yo fresa pero cuando comienza el ardor en la espalda, el calor y las sábanas de poliéster se convierten en tus peores enemigos. Pero era el alto precio que había que pagar por pagar bajos precios. Al día siguiente, paradójicamente me levanté más temprano que de costumbre justo cuando clareaba la mañana y salí a correr por la arena en una de las pocas veces en las que algo que implica esfuerzo físico se hace placentero. Y todo ese día lo aproveché tesonudamente para sacarme la palidez y enrojecerme cual camarón para darle un giro a mi apariencia. El ardor hizo su presencia más rápidamente que un sexy color de bronce, pero algo le había ganado ya a la blancura de mis espiritifláuticas piernas. Al día siguiente, también los primeros rayos de sol hicieron que me levantara temprano, probablemten más por la incomodidad del ardor que por gusto, y salí también a echar una corrida a la playa, para terminar descubriendo que el sudor hacía más intenso el dolor en las bronceaduras espaldíferas, por lo que a unos cuantos metros decidí desistir de mi misión atlética y mejor me senté a contemplar el mar y sus delicias antes de que el sol me despachara a refugiarme en la palapa más cercana. Como a eso de la una de la tarde decidimos tomar la carretera rumbo a México por la ruta que pasa por Acapulco para que nadie nos contara cómo se había puesto tan conocido destino semanasantero. Fue una muy agradable sorpresa porque la bahía es hermosa. Un concepto totalmente diferente del que habíamos experimentado en la remota Playa Ventura, pero valió la pena el espectáculo de contemplar los extremos del turismo en México. Paseando por la playa en Acapulco me extrañó ver a todos volteando hacia la punta de un edificio. Entrometido como soy decidí unirme a tan colectiva curiosidad y cuál sería mi sorpresa al ver a un tipo en un parachute que el viento fue a arrojar hasta la azotea de un altísimo hotel, ante la impotencia de los motores de la lancha que fueron insuficientes para detener que el individuo y su artefacto siguieran avanzando hasta estrellarse. Con la ayuda de al menos veinte individuos que pululábamos por la playa, empezamos a jalar la cuerda para poder bajar al hombre a la playa. Después de unos minutos la misión había sido un éxito: el tipo pudo llegar sano y salvo a la playa, más blanco que Gasparín por el penoso incidente del que fue protagonista del que logró salir vivo y seguramente con nada más grave que una taquicardia. Todos aplaudimos y dijimos bravo y yo decidí que era hora de volver a la ciudad de México, por aquello de que el incidente fuera algún mal augurio vacacional para los ahí presentes. El camino de regreso fue placentero (excepto la experiencia de conducir en Acapulco, donde cada quien hace lo que le da la gana, a la hora que le da la gana, e independientemente de lo que alguien más afecto a las normas de transito, como yo, opine) y a las diez de la noche estábamos tranquilamente disfrutando de los 12 grados centígrados con que el Distrito Federal nos recibía para disminuir el dolor de nuestras quemaduras de sol, que venían intensificándose día tras día y con una sonrisa más permanente que mi bronceado por haber roto la rutina y descubrir por enésima ocasión que La Vida es Bella.

viernes, marzo 23, 2007

Ilusiones

Cuando peor me caigo, cuando más me detesto es cuando me pongo a reflexionar sobre mi vida y esas cosas. Pero juro por Dios que no lo puedo evitar. Yo: un fiel amante de lo irreflexivo, de la frugalidad, adorador de lo superficial y lo vano, caigo de vez en vez en las nefastas redes mentales de la introsprección. Y encuentro laberintos que no hubiera tenido que escudriñar (siempre para saber que no hay manera de salir de ellos) y vuelvo a caer en cuenta de lo desagradable de la misión.
Así que, por enésima vez, he decidido que lo mío es el folclore, lo tropical, la vida tranquila de la hamaca refrescada por la sombra de la palmera. Eso del autoconocimiento y todas sus complicaciones caen en suelo estéril conmigo. Reservo esas actividades para los psiquiatras y esa palabra me hace pensar en nosocomios grises y húmedos, a camisas de fuerza y colchones en la pared para evitar cualquier riesgo de lastimar tu exterior por razones irresolutas de tu interior. La fiesta y los placeres debería ser fines en sí mismos para poder desatribular las almas atribuladas. Vivir el día con intensidad y todas las demás frases cursis de revista de veinteañera deberían ser los proverbios fundamentales de una vida relajada... y perfecta.
Y justo cuando me estoy autoconvenciendo de todo lo anterior, el Pepe Grillo de la conciencia me susurra al oído algo como: "inocente palomita... como si pudieras decidir algo así". Y, entonces, pongo cara de interrogación, muevo los ojos de un lado para otro y me resigno por los próximos meses a seguir siendo como soy, un poco compulsivo, un mucho obsesivo, poseedor de un intestino grueso que es receptáculo de mi estrés... en fin, un Rafa muy parecido al que ha sido siempre.

viernes, marzo 09, 2007

Good bye NY!!!

Tengo en el tintero de mi revoltosa imaginación una buena cantidad de cosas que quiero compartir en el blog, esperando un momento de inspiración que no me parece que llegará pronto. Así que con todo y sin inspiración tendré que lanzarme a relatar en lacónicas palabras y expresiones lo que yo quisiera que fluyera como fluyen los delirios en las largas noches de insomnio (pocas, debo confesar porque los Barceló somos de bostezo fácil y de dura propensión a la siesta). Tratando de dar una continuidad cronológica a mis relatos, platicaré sobre mi último día en NY antes de volver a la ciudad que en su nombre lleva su propia descripción: Hermosillo (aunque haya un elevado porcentaje que opine lo contrario).
Habiendo entregado mi último examen el viernes 17 de diciembre, si mal no recuerdo, en una mañana lluviosa neoyorquina, de ésas en las que el aroma de los cafés se hace más pronunciado y cuyo ambiente gris creaba un ambiente de despedida muy propicio para la nostalgia de la que soy tantas veces preso, decidí darle la última oportunidad a Nueva York para que me siguiera fascinando. Así, después de cerciorarme de que el examen había llegado a manos del maestro fui a despedirme de él a su cubículo, pues así me lo había solicitado unos días antes. No sé que pasó por mi mente o cómo se desenvolvieron las cosas que terminé diciéndole al respetable académico el apodo del pueblo donde había nacido su madre (pueblo que también está en Sonora, de nombre Empalme) y que desafortunadamente salió a colación, pues su sobrenombre incluye senda palabra grosera sonorense cuyo significado, para mi desgracia, el profesor conocía perfectamente. Después de tan abominable embarazo, salí liberado de las cargas escolares a conocer los lugares que tenía en la lista de infaltables y que no había aún conocido. Primero, me fui a un museo de arte medieval que es parte del Met (Metropolitan Museum of Art) y que se llama The Cloisters, o los claustros. Fue una maravillosa sorpresa y pensar que estuve a punto de irme sin conocerlo me causaba fuerte desasosiego. Está en la punta norte de la isla de Manhattan y lo construyeron como un castillo medieval con partes auténticas de claustros europeos de la edad media, traídas piedra por piedra y vueltas a ensamblar en Estados Unidos. Con todo y la idea de saqueo que esto sugiere, Los Claustros son hermosos. Tienen una colección impresionante de arte religioso y secular de la Edad Media, que incluye una magnífica serie de enormes tapetes que narran la historia del Unicornio, uno de los seres mitológicos que más me gustaría que existieran, por cierto.
Después de ahí, tomé un autobús para volver a Columbia y comer con unos amigos, en un restaurante coreano para seguir con la exoticidad, aunque no supiéramos ni qué significaban las opciones del menú. Al final, todo sabía bien y el estómago no reclamó, así que también considero esa comida todo un éxito. Para proseguir con mi día de despedida me fui a Times Square a comprar algunas chucherías porque todavía no tenía completa mi lista de souvenirs. Y además de los buenos precios y la gran variedad de chácharas que hay por ahí, también tenía que volver al célebre punto de encuentro neoyorquino, si quería despedirme como Dios manda. Realizadas mis triviales compras, me apresuré para que me alcanzara la escasa luz del día de los inviernos del norte para llegar a un barrio que se llama Alphabet City (Ciudad del Alfabeto, porque las calles tienen nombre de letras), que es un barrio muy étnico del downtown, con mucho espíritu de comunidad que se reflejan en los jardines compartidos que se encuentran alternativamente entre edificios y que son como pequeños parques que los vecinos arreglan con algunos motivos muy originales. Toda una experiencia de vida, como tantas otras que había acumulado al recorrer otros barrios que ofrecen características tan diversas. Y ya que andaba tan al sur de Manhattan, aproveché para despedirme de Soho y hacer alguna compra que mi modesto presupuesto de becario permitiera. Ya lo he confesado varias veces: adoro los estereotipos y la frivolidad caricaturesca de Soho ha de ser contemplada porque resume bastante bien el esnobismo de las clases medias occidentales (con gran interés de incorporarse de algunos grupos orientales). Caminar cargando bolsas de papel de alguna tienda de moda por esas aceras tan llenas de gente, repletas de caras de ambigua satisfacción causadas por el consumismo cliché y buenas cantidades de Lancôme (que también incluye línea para hombres), es toda una experiencia turística y social. Asomarte a los cafés o a los bares y calcular si “perteneces” a ellos o si te verías como una severa anomalía del sistema puede, incluso, ser divertido aunque también devastador para lo egos, pero si estás dispuesto a pedirle a American Express que te preste lo que no tienes, no hay mayor problema. En este mundo todo se compra y si es en Dean & DeLuca seguro sabrá fabuloso.
En fin, agotada la experiencia Soho tomé unos momentos para cenarme un nutritivo y calórico Subway y seguí la ruta para terminar en una fiesta de despedida de semestre, que se me acomodaba perfecto para despedirme for good de varios conocidos a los que me unían afectos seminales. Fue genial, ochenta personas apretadas en unos veinte metros cuadrados, con nacionalidades tan diversas como las de cualquier Asamblea General de Naciones Unidas. Todos tratando de sacarle las últimas gotas de sangría a una cubeta de plástico amarilla en donde varios litros de vino de dudosa calidad habían sido revueltos con cítricos, que dudo hayan sido previamente lavados. Pero qué importa si el alcohol lo mata todo, hasta he oído que lo usan para desinfectar así que seguramente no había nada de qué preocuparse. Fue una de esas fiestas que de verdad cierran con broche de oro, llena de conversaciones que difícilmente podré olvidar. Decenas de rostros recién aliviados de la carga académica pensando en volver a sus hogares que se encontraban en tantos rincones del planeta, tratando de comunicarse ya con voz aguardientosa y acentos cada vez más pronunciados creaban un verdadero Babel contemporáneo y destilaban al mismo tiempo felicidad y frustraciones, como se destilan en todas las fiestas, en cualquier reunión. Aquello terminó para mí a las cinco de la mañana, horas a las que zigzagueaba por las banquetas del Upper West Side tratando infructuosamente de mantener un paso recto para no delatar mi condición etílica a los varios vagabundos que a esas insospechadas horas pululaban en cada esquina. A las nueve tenía un desayuno al que pude llegar (diez minutos tarde) sólo porque mi papá me marcó al celular, ya que la alarma había sonado por minutos y mis oídos se negaron a escucharla. Pues todavía mareado por el bacanal de horas antes desayuné, terminé de empacar como Dios me dio a entender y no fue hasta después de llegar al aeropuerto que sentí que la borrachera se había pasado. Tomé un pequeñísimo avión a Indianápolis y después de lo que me pareció un parpadeo (la resaca y la desvelada me producen un sueño más que profundo, más bien cercano al desmayo) llegué al Midwest norteamericano, extrañado de llegar a una ciudad que representa todo lo que NY no es: una ciudad de blancos, homogénea, tranquila, pequeña, horizontal. Antes de recuperarme de la impresión del abrupto cambio entre las dos ciudades pude ver el amigable rostro de otro hermosillense, Marcos, a quien acompañaría durante los siguientes tres días por un road trip de 3500 km. que espero pronto comentar, porque fue una cosa digna de mención.

domingo, marzo 04, 2007

Perduto

Mi última desaparición del mundo del blog se debió a dos razones. Las dos tienen que ver con que me perdí en junglas, cuyas lianas y arenas movedizas no me permitían salir a ver la luz de este paradisíaco lugar utópico que es mi blog. Paradisíaco porque es mi único espacio de sensibilidad artística y una fuente pura de plenitud intelectual (que no requiere rigor ni cientificidad, que no tiene asesor de tesis, que no admite críticas metodológicas y las miradas de desaprobación casi nunca llegan a ser conocidas por mi corazón ni por me cerebro). Utópico, porque en realidad no existe. Ni su espacio ni su tiempo me son claros y disfruto de ignorar sus detalles técnicos.

La primera jungla que me había atrapado fue la de mi propia vida. La de la rutina y las extrañas prioridades que no quiero cuestionar porque me complica mucho la vida hacerlo. La jungla de la inercia vital y de tus propias motivaciones, que algunos dicen son el terrible canto de las sirenas que te atrapa para sacarte de tu camino, para distraerte de tu Odisea personal, como a Ulises rumbo a Ítaca. Por lo pronto, me ciño a mi sentido del deber y procuro no mortificarme en saber si pensar todo el día y todos los días obsesiva e ineficientemente en mi tesis me distrae del verdadero sendero de la felicidad. Sería muy difícil de manejar... y yo y el existencialismo nunca hemos sido tan íntimos amigos. Por eso el blog casi siempre debe esperar cuando la nube negra de los plazos para entregar mis alcances me amenazan con singular pedantería.

La otra jungla es más vulgar pero también más odiosa prima facie. Se llama problemas técnicos con Internet y tiene dos vertientes que me detuvieron las pasadas semanas de abonar alguna entrada a mi santuario de ceros y unos en el espacio sideral, aunque fuera algo trivial porque las trivialidades son mi especialidad. El primer problema fue la conectividad con esta red que, aunque cara, no quiere llegar hasta mi recámara, así que debo robar un espacio en la habitación de mi colocatario para poder acceder a la quezque "súper carretera de la información" que en nuestro caso no llega ni a camino de terracería por su lentitud y propensión a botar(se). Segundo problema: la insoportable necedad de Blogger que, a todo trance, terminó obligándome a trasladar mi blog a la nueva versión con ventajas tan ambiguas como sosas, pero que no me dejaba bloguear hasta que hiciera el dichoso traslado que, ya sea debido a mi estupidez informática o a la falta de empatía de los diseñadores del sitio con los usuarios estupidillos, de técnica débil y propensión a confundirse, duré varios días sin lograr completar el trámite y por tanto negada mi oportunidad de escribir alguna entrada que desahogara alguna de mis alegrías, tristezas u obsesiones o, al menos, que me permitiera desahogarme del estreñimiento intelectual que me ha impedido escribir lo que no tengo opción de no escribir.

Saludos, pues, a todos los que por gusto, por obligación o por azar lleguen a leer las líneas que finalmente pude escribir.