jueves, abril 30, 2009

Reportando desde el epicentro de la epidemia del miedo

Aunque no tengo qué reportar, excepto que me falta ingenio para no aburrirme ante tal falta de opciones de entretenimiento. Y además tendremos un puente (fin de semana largo) que normalmente sería una excelente vacación, pero la paranoia colectiva está haciendo de las suyas para deshacer planes que, de otra manera, hubieran sido muy divertidos.

Estoy completamente saturado de información mal dosificada, por la estrategia de los medios de mantener a sus receptores perpetuamente cautivos, por lo que le dan vueltas y vueltas al mismo tema, o agregan notas repitiendo lo mismo, sin aportar datos interesantes más que un par de veces al día (en los días buenos).

Y luego el desastre de las cifras, que en ocasiones es 7 muertos y en ocasiones 150. Alguien debe estar haciendo muy mal su trabajo como para que después de tantos días no sepamos con precisión cuántas personas han perdido la vida por esa enfermedad y cuantos contagios confirmados hay, para dejar de pensar que el virus ha atacado a más de 2 mil personas, cuando tal vez están enfermos de una gripa más común que corriente.

En particular, creo que los periodistas están haciendo un terrible trabajo desinformativo y me parece que es deliberado para mantener la atención en un tema que la capta porque la capta, ya que el narcotráfico la verdad es que nos tenía muy aburriditos, también a base de repeticiones noticiosas que terminaron privándolo de relevancia. Una incompetencia que todos ya de sobra conocemos, pero que da congoja cuando se hace tan expresa: en la misma nota aseguran que hay mil contagios de influenza porcina, y luego dicen que hay 29 contagios confirmados de esta enfermedad. Y si los otros no son confirmados, ¿no es acaso relevante que se aclare que son sospechosos, especialmete sí se trata de una enfermedad que comparte síntomas con casi todas las dolencias de la humanidad?

Pero claro, si sólo son 29 casos confirmados (o 30, o 90, o 1000, porque abundan diferentes datos) pues ya la gente se podría poner a pensar en otra cosa, lo cual sería seguramente considerado un desperdicio para la prensa y los noticieros.

Y luego la facilidad con la que las personas generan y repiten rumores, o los que elaboran "sofisticadas" teorías de la conspiración: que si Calderón se inventó todo el numerito para que se nos olvide que "ganó López Obrador", o para que se nos olvide que ganó el Chapo Guzmán, o para que los intereses extranjeros se apropien de nuestra Nación. ¡Ay Diosito! Hace falta tener muy poca voluntad para no echarle al menos algo de sentido común a las cosas y cuestionarse más bien si se están exagerando las cosas de manera deliberada para que la agenda pública se despeje de los temas incómodos (lo cual sí está dentro de las posibilidades de lo sensato, sin necesidad de llegar al Chupacabras porcino) o si, por el contrario, el número de contagios sea mayor al que anuncian las autoridades y se están tratando de minimizar las cosas para evitar la ya de por sí inflamada histeria colectiva, o peor aún, si ni siquiera las autoridades saben si es lo uno o lo otro.

Pero de ahí a que si fueron los OVNIs los que causaron esto, para apoderarse del planeta, o si fue por los flujos de energía del new age, o el castigo divino que nos ganamos porque la Suprema Corte declaró que una ley local que despenalice el aborto no es inconstitucional.

En fin, que ya es de todos sabido que la inteligencia no abunda y en casos de emergencias sanitarias se hace todavía más escasa y se esconde detrás de cubrebocas llenos de saliva escupida para hablar sandeces.

A mí lo único que me queda más claro (y vaya que ya lo sabía) es que los medios de comunicación masiva están desempeñando de manera muy deficiente su altísima responsabilidad social, atarantados por el perenne deseo de tener una audiencia cautiva, pero dejando de lado su compromiso ético de informar a la sociedad de manera oportuna, clara, con transparencia sobre la fuente de la información, pero qué podría esperarse de esos pseudoinformadores que ni siquiera tienen la capacidad de enunciarla de manera precisa, por vida de Dios.

martes, abril 28, 2009

De virulencias y cosas por el estilo...

Y claro, de qué más podía yo hablar si todo lo que escucho tiene que ver con la influenza (gripe porcina, en medios internacionales).

Es jueves en la noche y yo tranquilamente veo una película en mi DVD. Como de costumbre no prendo la televisión para otra cosa. Ya bastante mal de la cabeza estoy, como para todavía agregarle caóticos noticieros alarmistas o telenovelas cuyos guiones y desenlaces, a falta de innovación, conozco desde que tengo 10 años. Así, el jueves en la noche que fue el momento de la alarma nacional me tomó a mí incomunicado en mi casa sin darme cuenta del riesgo de una pandemia, cuyo principal brote se daba ni más ni menos que en mi país. Qué digo mi país, en la misma ciudad donde vivo, porque la verdad poco me asusta cuando anuncian brotes de dengue en Tabasco o en Chiapas.

Yo amanecí el viernes tan tranquilo como siempre. Me despierto más tarde de lo que debería, así que cuando voy en el taxi rumbo al metro (al metro por vida de Dios!!!) llamo a mi oficina para saber si se ofrecía a algo y les comento que me sentía un poco mal del estómago. Mi interlocutora pregunta ¿y no tienes también escurrimientos nasales? La broma me pareció un poco pesada para esa hora de la mañana, pero fingí que me causaba algo de gracia. El taxista -pendiente de mi conversación al parecer- me dice "claro, su secretaria habrá pensado: si tiene usted influenza mejor ni se presente". Yo, por segunda vez, no entendía absolutamente nada, así que nuevamente fingí que me reía, mientras pensaba "qué le pasa a esta gente, no comprendo su humor".

Al llegar a la estación del metro veo que los vendedores ambulantes venden mascarillas (cubrebocas) a 2 por 10. Me parece un poco absurdo todo, pero es que yo por no ver la tele no entendía nada. Llego a la oficina y no escucho hablar más que de la influenza y es ahí que me doy cuenta de la noticia que se viene repitiendo (con un aumento en la intensidad de la preocupación) desde el viernes hasta hoy martes.

El guión de película mala de catástrofe sanitaria parece que se ha hecho realidad y no fue ahora en Hong Kong o en China (que son literal y metafóricamente nuestro "otro lado del mundo"), sino en la misma ciudad que habito. Al principio, mi lado escéptico no da mucho crédito de lo que oye, pero luego empiezan a sonar alarmas oficinas que me hacen pensar que sí se trata de algo serio.

Recomiendan no asistir a cines, ni centros comerciales o lugares de reunión de personas. Se suspenden las clases en la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. Aparecen casos en otro estado del centro de la República, San Luis Potosí. Después se escucha que también hay casos confirmados en California, Texas y Nueva York (los tres estados más poblados de la Unión Americana). Y unos días más tarde se confirman casos en España, en Escocia, en Israel, en Nueva Zelanda. La Organización Mundial de la Salud aumenta la alerta a nivel 4 por primera vez en la historia. Y todo mundo habla de la epidemia -dato confirmado por autoridades- y de la posibilidad alta de que se convierta en pandemia. Normalmente estos brotes infecciosos súper-mediatizados me daban algo de nerviosismo, pero no dejaban de ser algo lejano a mi persona. En esta ocasión es muy diferente, soy yo el que no puede ir al cine, al gimnasio, a centros nocturnos, porque están cerrados. Ayer se suspendieron las clases no sólo en la ciudad de México sino en toda la República. Todas esas cosas se convierten en razones -injustificadas la mayor parte de las veces- para el pánico colectivo.

En la calle hay pocos carros y las banquetas van pobladas por gente cubierta con cubrebocas. Para hoy martes, se ordenó a los restaurantes que sólo sirvieran comida para llevar y la mayoría de los negocios fueron invitados a cerrar para evitar que la gente pueda contagiarse. Los tribunales suspenden los plazos judiciales para evitar que los litigantes se presenten en las oficinas. La Secretaría del Trabajo recomienda que los empleados acudan en turnos diferidos, para que haya menos contacto entre las personas.

Yo, con lo que odio manejar en esta ciudad, me estoy viniendo al trabajo en mi carro, para evitar estar en contacto con mucha gente. En fin, lo raro de toda la situación es la ambigüedad entre sentir que estás en medio de una catástrofe, pero a la vez que no está pasando nada. Han muerto más personas de influenza, pero no está confirmado que se deba al nuevo virus más que en 20 casos (en EE.UU. mueren 40,000 personas al año por las influenzas normales, así que el número tampoco parece escandaloso juzgado a la luz de ese dato). Pero a la vez las medidas de prevención se supone que contendrían el ritmo de contagios, ya que la principal amenaza de este virus (más que su fatalidad) es la facilidad ocn la que se contagia de persona a persona. Hay más de mil contagios de los que se sospecha sea ese virus, pero tampoco se ha confirmado que sean de la nueva cepa del virus. Y si sigues recapitulando información, no sabes si sentirte seguro o no, si irte a pasear al parque que estará cómodamente solitario, aprovechando que no compartes la paranoia colectiva, o mejor irte a tu casa y prepararte un té, rezar el Rosario e ir arreglando tu testamento, por aquello de que los números te hagan la mala pasada de que tú seas el 21 confirmado.

Aunque yo soy un hipocondriaco que no conoce de límites, ni de racionalidad, esta vez la epidemia me ha agarrado tranquilo, aunque -he de confesar- con ciertas ganas de que susprendan labores en la oficina, más con ánimo vacacional que sanitario. Por si acaso, me lavo las manos seguido y dejé de usar el metro. No puedo ir al cine o a algún cafecito en una terraza agradable, ni reintegrarme al gimnasio, así que no sé bien cómo administrar mi ocio. Pero lo peor de todo, es la incertidumbre de no poder saber si pasará algo verdaderamente trágico, o todo quedará en una excelente campaña preventiva que logrará contener exitosamente el virus, y toda el nerviosismo habrá sido injustificado.

Y ya para terminar, les cuento un chiste que da constancia del típico humor mexicano (reír frente a la desgracia) que es una excelente válvula de escape para el estrés que todo esto causa:
¿Qué le dijo el Distrito Federal a la influenza?...
...
Respuesta: "Mira cómo tiemblo, mira cómo tiemblo".
(jajaja, sí me hizo reír mucho!!!)

martes, abril 21, 2009

Stereotypes...

Llego tarde a discutir un tema de esos que se ponen de moda y que tan útiles resultan para acompañar el café, cuando no tienes nada importante qué comentar. Tiene que ver con el esteretipo que tiene lo mexicano en el exterior y que suele ser tema de mucha susceptibilidad para muchos. Me parece que esto es resultado de que la identidad de lo mexicano está absolutamente no resuelta (claro que ninguna identidad ni nacional, ni regional, ni personal esté absolutamente resuelta). Hace un par de años, por ejemplo, hubo gran revuelo porque un cantante italiano de poca monta (creo) dijo que las mexicanas eran bigotonas. Luto nacional. Se comentó la nota una y otra vez en los medios masivos de comunicación y, sobre todo en las peluquerías, casi como si fuera un conflicto diplomático. Poco faltó para que rompiéramos relaciones con Italia, aunque meses después los conciertos de dicho cantante en el país (Tiziano Ferro, según me acuerdo) se seguían poblando con mexicanas, supongo que acabadas de rasurar.

Hace un poco menos, un jurado de un programa de baile argentino, dijo que los mexicanos éramos los más feos del mundo (ouch!!!) y que los únicos bonitos eran los que salían en la televisión (México exporta mucha programación -bastante mala- en particular al mundo hispanoparlante). Otra vez los medios se rasgaron las vestiduras y le dieron mucha más importancia de lo que el comentario racista de este tipejo merecía (cuyo nombre no recuerdo, porque creo que ni siquiera era un personaje conocido).

El 2009 no podía estar privado de un escándalo sobre el estereotipo de los mexicanos y en esta ocasión le tocó el turno a una campaña publicitaria en España de la franquicia de hamburguesas Burger King (amigos españoles: ¿les tocó ver esta campaña? ¿Se conoció en España el comunicado de la Embajada Mexicana repudiándola?). Se trataba de una nueva hamburguesa llamada "Texican", supongo que por tener ingredientes asociados con Texas y otros con México. El eslogan de la campaña era "Unidos por el destino" y retrataba a un cowboy rubio, alto y delgado, junto a un "mexicano" con la mitad de su estatura, el triple de diámetro en la cintura, máscara de luchador de lucha libre y un zarape (poncho) con la bandera de México.

Imagínense, si el llamar bigotonas a las féminas mexicanas fue causa de luto nacional, que nos retrataran a todos como enanos obesos vestidos con zarape (indumentaria asociada a otra época y clase social muy baja) y, además, que se atrevieran a usar la bandera de México (lábaro patrio altamente respetado en nuestro país) para coronar al chaparrito, pues por poco hace que rompamos relaciones con España y cancelemos todos nuestros vuelos a Madrid y a Barcelona (jaja, exagero en todo momento).

En general, considero que los estereotipos suelen ser moralmente dañinos, en tanto estigmatizan a grupos sociales. Tengo la impresión de que en sociedades multiculturales se usan más frecuentemente para denostar las características negativas de un grupo que sus virtudes sociales. Entonces, se les asignan los vicios que forman parte del inconsciente colectivo de un grupo a TODOS sus integrantes. Ahí me parece que radica la estigmatización y, por tanto, lo reprobable de su empleo.

Ahora bien, otra parte de mí suele fijarse en si hay alguna especie de verificación empírica sobre los mismos y que el estereotipo, usado con cuidado, no sirva para conocer mejor al grupo social o nacional en cuestión. Por ejemplo, en EE.UU. es común asociar a los migrantes mexicanos como gente que tiene muchos hijos y luego pide los beneficios de la seguridad social (algo parecido ocurre con el esterotipo de los turcos o árabes en algunos países de Europa). Sin embargo, las tasas de natalidad entre mexicanos y estadounidenses es muy similar, por lo que ese estereotipo difícilmente se sostiene. Respecto a la campaña de Burger King, el estereotipo del mexicano es que es chaparrito -bajito- y gordo. Esas son características físicas, así que también es posible contrastarlas. No tengo el dato de la estatura promedio en México, pero me parece bastante claro que es algo menor que la de los estadounidenses anglosajones. Claro que un gran número de mexicanos son altos e incluso hay muchos muy altos, pero eso no evita el hecho de que muchos mexicanos son chaparritos y que en promedio muy probablemente son más bajos que los texanos.

Luego viene lo de la obesidad del enanito "mexicano". Obviamente no todos los mexicanos son así de gordos, pero otro hecho lamentable es que somos el segundo país con más obesidad en el mundo y, más lamentablemente aún, que ocupamos el primer lugar en obesidad infantil. Pero si ésta es la estadística usada para elaborar la campaña, se equivocan tremendamente, porque el país con más obesos es justamente Estados Unidos. Entonces, el vaquero debería ser también regordete (sobre todo, si tiene entre sus costumbres comer en Burger King).

Sobre la frase "Unidos por el destino", lo que refleja es un terrible desconocimiento histórico, porque Texas y México no fueron unidos precisamente por el destino. Lo que interpreto de esa frase, es que aunque sean tan diferentes (uno tan alto y delgado, y el otro tan gordo y enano), como les tocó ser vecinos el uno del otro tuvieron que unirse así nomás porque el destino los puso juntitos.

No me extenderé en explicar que no fueron dos territorios que se "unieran", sino, al revés, fueron dos territorios que se separaron. Texas fue parte de la colonia española llamada Nueva España que es el antecedente directo de lo que ahora es México. Cuando el país se independizó, Texas continuó siendo parte del territorio mexicano. Un enorme flujo de estadounidenses con intereses expansionistas empezó a establecerse en esa provincia desde tiempos de La Colonia, y aumentaron en gran número después de la Independencia. Y no pasó mucho tiempo de vida independiente, cuando empezaron a reclamar su autonomía del gobierno de México (que -hay que decirlo- estaba hecho pelotas con luchas intestinas y defendiéndose de España y Francia que querían reconquistar -el uno- y apoderarse -el otro-, mientras que Inglaterra y EE.UU. reclamaban violentamente el pago de deudas contraídas para estos efectos). Creo que conociendo esta simple información es muy difícil sostener que México y Texas fueron (a diferencia de su hamburguesa) "unidos por el destino".

Y, para terminar, creo que la molestia que causa este tipo de estereotipos de lo mexicano, es un asunto interno de discusión de nuestra identidad. Oí decir a varios (al describir el estereotipo "negativo") que el monito era chaparro, gordo y morenito. Para empezar, lo morenito no es, en lo absoluto, una imagen negativa. En todo caso es parcial, porque el país es predominantemente mestizo -con un veintitantos porciento de indígenas no mezclados- y la piel oscura suele ser un rasgo mayoritario, más no onmipresente, al igual que la estatura baja. Y lo de la gordura, insisto, es bastante acertado para épocas recientes.

La máscara de luchador y el zarape efectivamente hacen referencia a rasgos que culturalmente se asocian a las clases bajas, por eso es que resulta molesto para algunos integrantes de las clases media y alta. Pero, en mi opinión, tampoco es para tanto. Puede no gustarnos esa imagen, pero no podemos negar que es parte del folclor. México es muuuucho más que eso, sí, es claro... es gente en la lista de Forbes, son artistas reconocidos, son intelectuales respetados, son su clase media integrada en la noción de "modernidad occidental" y también son grupos progresistas y alternativos, en fin, una larga lista esperable para un país de cien millones de habitantes, multicultural, décima primera potencia económica, etcétera. Pero en todo caso, nos corresponde a nosotros ir gradualmente cambiando esa imagen hacia ideas que nos parezcan más favorecedoras o, al menos, acertadas a nuestra realidad nacional, para que cada vez sea menos frecuente que nos retraten con personas que parecen salidas de una pesadilla del México rural del siglo XIX.

jueves, abril 16, 2009

Aquí y ahora

¡Tengo unas ganas de que el mundo se detenga un poco! O, bueno, nada más que se tranquilice. "Después de la tempestad viene la calma" -dice el refrán- pero yo creo que a esta tempestad ya le gustó el alboroto y que cree que llegó para quedarse.

Hace meses que quiero un tiempo para mí. Pero no para mi trabajo, ni para mis sueños, ni para mis ojos, únicamente para mí (en inglés diríamos para myself). Y tener aunque sea a ratos lo que se conoce como peace of mind.

Ahora bien, no vayan a creer los que lean esto que estoy usando mi blog como Muro de los Lamentos y que esta entrada está dedicada a quejarme de cuán desgraciado soy. Todo lo contrario. Me gusta lo que hago y que mi vida sea intensa y vertiginosa. Es solo que a veces tengo que reclamarme a mí mismo un poco de calma, sobre todo cuando parece que uno ya no es dueño de sí. Así que he fijado mi objetivo en encontrar un punto de equilibro entre la sepulcral inamovilidad y el constante movimiento telúrico que tumba cualquier edificio.

Imagino, por ejemplo, una tarde serena en alguna hipotética casa de playa, sólo conmigo y unos cuantos amigos y, claro, un refrigerador lleno de comida y bebida. Y que la memoria me hiciera el favor de no recordar ni tiempos, ni plazos, ni horas; que desaparecieran las nociones de Alfa y Omega, de aquí empieza y aquí termina, de ya llegué y ahora ya me voy. Poder no recordar qué sigue durante un largo rato. Y disfrutar el aquí y el ahora (no es nada difícil cuando el aquí es una hipotética casa de playa y el ahora una tarde serena frente al mar) como si no hubiera nada más. Borrar por instantes el pasado y el futuro y quedarme con el presente en bruto, tirado bajo la sombra de un porche salido como de alguna pintura impresionista.

Y luego Rafa vuelve en sí y está en la oficina y tiene que hacer un par de llamadas y después del trabajo salir corriendo a consulta con su oftalmóloga, no sin antes echarse unas gotitas de cortisona, entre cuyas contraindicaciones encuentra que puede causar glaucoma. Y al recordarlo se ríe y piensa que ya será posible en algún momento lo de la hipotética casa de playa, en la cual correrá un viento fresco y tranquilo y que hasta las olas romperán armónicamente contra la playa y tal vez a lo lejos escuchará sonar una guitarra y será lo único que habrá en su mente...

jueves, abril 02, 2009

Para Alejandra:

(Lo que a continuación publico es un mensaje de correo electrónico que le envié a una gran amiga que ha sido nombrada para una responsabilidad mayor a la que ya tenía en la administración pública federal y que quiero firmemente compartir con mis cuatro lectores, ya que considero que introduce una reflexión sobre la importancia de la labor de los funcionarios.)

Hoy había sido un día muy pesado para mí. Te cuento un poco: hoy realicé el cuarto examen de la primera eliminatoria para el ingreso al Servicio Exterior, de traducción de francés. Han sido meses muy duros de trabajo y estudio en el poco tiempo libre que me dejaban mis ocupaciones laborales, personales y sociales. Después de cuatro días de despertarme a las cinco y media de la mañana, de soportar todo el estrés que me producen las semanas más pesadas de "chamba" al año, al mismo tiempo que hacía mis exámenes, además de la programación de mi operación de la vista que me realizaré el próximo martes, los trámites del seguro, tener visitas en casa, esperar a mi papá para la próxima semana y un largo etcétera de "etceteritas", aderezado con una gripe incipiente que me está molestando desde hace dos días. Digo que todas esas cosas habían hecho este día y los que le anteceden (y así amenazan con ser los que le precederán) bastante difíciles.

Y entro hoy a mi correo en un espacio que pude hacerme y encuentro tu maravilloso mensaje. Y quiero compartir contigo, además de mi más profunda felicitación y la reiteración de la admiración que tengo por tu vocación del servicio público, que has sido la causa de una alegría inmensa. Una alegría personal. Lo repito: tú has sido la causa de una alegría inmensa en uno de esos días en los que el peso de las circunstancias te hace preguntarte si las cosas estarán valiendo la pena. Y de una alegría en medio de la desesperanza que causan ciertos funcionarios públicos que parecen que fueran todos, aunque cuando te acercas al gobierno y conoces a gente como tú, caes en la cuenta de que llaman más la atención los malos perfiles en la Administración Pública, que los honrosos ejemplos de los que, como tú, sirven a su prójimo con devoción y se convierten en la cara amable de un Estado secular del que estamos más acostumbrados a ver malos gestos.

Enhorabuena por ti, Alejandra, y por Sinaloa que ahora disfrutará de tu fineza y aunque Sonora tendrá que privarse por el momento de tu presencia, más le vale estar agradecida por haber contado durante todos estos años con una funcionaria que honra a la función pública.

P.D. Espero que no te moleste, pero este mensaje también lo publicaré en el blog del que tantas veces hemos hablado.

Rafael Barceló Durazo

jueves, marzo 12, 2009

Marihuana Forbes

Este mundo a mí cada vez me gusta más. El solo pensamiento de que ya lo ha visto uno todo me hace sentir escalofríos. Pero no, de ninguna manera, a cada rato el universo conspira para convercerte de que más bien no ha visto uno nada.

Justo en la entrada anterior hice mención del célebre "Chapo Guzman" (Joaquín Loera Guzmán), el capo del cártel de Sinaloa que escapó de prisión hace unos años escondido en la cesta de la ropa sucia (todo esto es la versión oficial, no crean que son mis recurrentes exageraciones o licencias literarias haciendo de guionista de Prision Break). Sin darle más vueltas por si alguien no conocía de su existencia, el Chapo Guzmán es un narcotraficante, el más famoso de la amplia pléyade de colegas que tiene en nuestro país (Hace poco la Agencia de Lucha contra las Drogas estadounidense estimó en 150 mil personas dedicadas al narcotráfico en nuestro país).

Bueno, pero ya me estaba perdiendo. Ayer estaba yo tan tranquilo leyendo la prensa cuando me entero que la prestigiada lista de los hombres más ricos del mundo de la Revista Forbes había agregado entre sus filas al susodicho Chapo Guzmán. Al principio creí que todo se trataría de una broma o a una de las comunes confusiones que suelen difundir los periodistas sin una idea muy clara de lo que están diciendo. Entonces, siguiendo la pauta más básica de la investigación, decidí recurrir a la fuente primaria para corroborarlo.

Y ahí está él, el Chapo Guzmán, en la lista de los billionaires del mundo. Esta lista la hace la revista, me parece, cada año y para pertenecer a ella no hace falta cumplir ningún requisito adicional, excepto el de tener una fortuna igual o superior a mil millones de dólares (en inglés, billion, que suele ser mal traducida como billón, o sea, un millón de millones, cuando billion equivale "sólo" a mil millones).

La verdad no daba yo crédito. Forbes sin el menor pudor clasifica a Guzmán como uno de los nuevos billionaires del planeta, en el lugar setecientos y pico, pero millardario al fin. Así que ya tenemos a otro mexicano en la envidiable lista, además de Carlos Slim que ahora ya no es el segundo hombre más rico del mundo, sino el tercero ¡pobrecito! por haber perdido 25 mil millones de dólares desde el último conteo, a causa de la crisis y la devaluación del peso mexicano.

Yo la verdad me he quedado con la intriga de cómo hacen para calcular la fortuna de un narcotraficante de esa categoría que es, a la vez, uno de los hombres más buscados del mundo (y no me refiero aquí a las chicas que anden tras sus dolaritos, sino a los gobiernos mexicano y estadounidense). Una opción es que nada más baste con preguntar en los bancos en los que tiene sus cuentas y así se hace una buena idea de sus mil millones de dólares, lo cual me parecería escandaloso porque qué hace ese dinero tan contento sin que nadie haga nada. O tal vez les pasaron la lista de los prestanombres, pero entonces qué hacen los prestanombres tan contentos sin que nadie haga nada.

O a lo mejor, buena gente como es, dejó pasar al reportero de Forbes a que contara los billetitos que tenía guardados en su colchón para no tener rastros en el sistema financiero. ¡¡¡Pero entonces qué hace el reportero de Forbes tan contento sin que nadie haga nada!!! ¿Será que respetan las fuentes periodísticas tanto como el secreto de confesión?

Y ya para terminar mi inútil disquisición termino con la frase con la que comienza el artículo sobre la lista 2009: "La gente más rica del mundo se ha hecho más pobre como el resto de nosotros". Me encantó lo de "como el resto de nosotros", hasta me dieron ternurita sus integrantes (con el Chapo incluido, sólo que él fue de los pocos que sí se hicieron más ricos).

martes, marzo 10, 2009

Está bueno, llévense a Cassez, pero déjennos a Carla Bruni

El título de esta entrada lo tomé de un comentario a una nota de El Universal sobre la visita de Nicolas Sarkozy a México. El presidente de Francia y su farandulera esposa están en el país con una agenda no muy productiva, diría yo, pero sí bastante atractiva para la prensa. Uno de los principales temas de la agenda es devolver a territorio francés a una chica de nombre Florence Cassez que fue detenida por las autoridades mexicanas y ha sido sentenciada a 60 años de cárcel por el delito de secuestro y otros "detallitos sin importancia" como crimen organizado.


La tal Florencia (digo, si ya la tenemos en cárcel mexicana pues no está de más que le hispanicemos el nombre) era la novia del jefe de una banda de secuestradores cuando fue detenida con otro integrante de la misma banda. Los detalles de la investigación están, como siempre, muy turbios. Lo que al parecer ha quedado claro es que se aprovechó esta detención para hacer un show mediático truqueado dándole la exclusividad a Televisa, el gigante de los medios de comunicación, fingiendo que se capturaban en un lugar distinto de donde habían sido realmente detenidos la Florencia y el otro tipo. Todo esto lo dio a conocer la propia francesa con su acento "impejfectó".

La verdad es que el beneficio de la duda lo tiene, porque las autoridades procuradoras de justicia en México están en total descrédito, de modo que si el propio Chapo Guzmán (capo di tutti capi) declara que todos sus cargos son una farsa de la Procuraduría, estoy seguro de que muchos mexicanos se lo creerían. El asunto es que algunas de las víctimas de la banda no se cansan de repetir que la chica sí participó en sus secuestros y reconocen la voz y hasta los pelirrojos cabellos de la susodicha. En especial una de las víctimas que ahora vive en Estados Unidos, literalmente rehaciendo su vida por temor a las represalias de la banda, ha sido muy enfática en sus declaraciones de culpabilidad de Florence.

Sarkozy por su parte quiere congraciarse con su propia opinión pública llevándose a su compatriota al primer mundo al que pertenecía antes de caer perdidamente enamorada del delincuente mexicano, que también secuestró su corazón y por eso ni se dio cuenta de la ilicitud de las actividades de su Romeo azteca. Y Felipe Calderón, usando magistralmente el Mexican style le dice que sí a todo, nada más que no le dice cuándo.

Siendo así las cosas, yo me uno a la petición del comentarista de la nota periodística y cual buen negociador le propongo a los franceses: "ándenle pues, llévense a la Cassez, pero déjennos a Carla Bruni".

lunes, febrero 23, 2009

Malthusianismo

El año en que yo nací (1980) éramos 66 millones de habitantes en México (según los datos del INEGI). En 2008 somos 106 millones (según las predicciones de CONAPO, ya que 2008 no es año censal).

Esto representa un aumento del 60% en la población mexicana tan solo en el lapso de mi vida (que es muy corto, sugiere la parte de mi mente que seguramente se siente amenazada por la crisis de los 30). Así es, 60% más personas ha acumulado este país sólo en el tiempo que yo llevo de vida. Me parece excesivo, abundantísimo, tanto como para sentir un temor parecido al del demógrafo inglés Thomas Malthus, que advirtió "que el poder de la población es indefinidamente más grande que el poder de la Tierra para producir sustento para el hombre".

La tasa de crecimiento actual de la población en nuestro país (1% anual) es ahora lo suficientemente sana como para permitir su adecuada renovación y evitar su envejecimiento en los próximos años (a diferencia de los países de Europa y Japón que ya experimentan severos problemas de envejecimiento poblacional, por sus tasas de crecimiento negativas o en ceros). Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XX la tasa de crecimiento de la población mexicana fue demasiado alta, lo cual impidió, por ejemplo, que el ingreso per cápita se incrementara considerablemente, a pesar de que el PIB aumentaba (en ocasiones, por arriba del 7% anual, -lo cual ahora vemos casi como una utopía-).

Y, para terminar, reitero que estoy consciente de que este dato no viene al caso, pero que mi blog nunca se ha caracterizado por venir al caso... sino todo lo contrario.

lunes, febrero 16, 2009

De comienzos...

Es una cuestión de estabilidad o, mejor dicho, de inestabilidad. Pero también es cierto que no hay derecho de manejar los trenes del metro como si fueran microbuses de la Ruta 100. Yo hoy me levanté, como todos los lunes, con un agridulce y ambiguo ánimo, pero dispuesto a ir suavizando mi actitud a lo largo de la mañana para que la semana - que parece iniciar este día (pero que inicia desde el domingo) - fuera una cosa placentera.

Por supuesto que el fin de semana le mete mucho ruido a la vida de uno, así que por más que me lo propuse no pude salir de mi casa a la hora justa para llegar al trabajo a tiempo por la ruta que más me gusta (que es más larga). Entonces, tuve que escoger la ruta que no me gusta (que es más corta) y tomarme un taxi a la estación de metro más cercana. El trayecto en taxi es corto, justo el suficiente para prender mi iPod, acomodarlo en la canción que quiero escuchar y abrir el libro en turno en la página que lo había dejado. Pero hoy no, hoy era un día diferente, era uno de esos días que se anunciaba como que seguro iba a apestar.

Y así fue. Entre el ruido de la canción - mala, noventera - que había escogido, escucho al chofer del taxi como gruñir, muy molesto por algo que no quise preguntar, porque ya saben ustedes que las conversaciones que suelo tener yo con los taxistas terminan siempre muy mal: escatológicas, obscenas o maníaco-depresivas. Entonces, volteé mis ojos a la página del libro que traigo entre manos (Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm) pero el chofer seguía expresando corporalmente su molestia con algo. En ese momento eché una mirada hacia adelante, para saber si en el tráfico podría yo encontrar la respuesta y no encontré la respuesta, pero sí mucho tráfico.

En esta ciudad a mucha gente le parece buena idea que cuando tienen un problema laboral, político, económico o, ya a estas alturas, hasta psicológico, es necesario cerrar alguna vialidad. Porque, claro, deben pensar que en esta vida hay que compartir y si uno está molesto, pues es bueno compartir la molestia con todos. Yo no tendría mayor problema si su concepto de compartir su molestia se limitara a hacer del conocimiento público la razón por la que protestan. Pero no, se trata de compartir la molestia causándole molestias al prójimo, sobre todo cuando está próximo. Así fue hoy, no juntaban ni media docena de "protestantes", pero eso fue suficiente para que cerraran la calle que me lleva al metro, causando un atasco de esos que a esta ciudad le sobran.

La ruta para sacarle la vuelta a la toma de la calle fue suficiente como para que perdiera mi margen de puntualidad y se hiciera materialmente imposible llegar a tiempo a la oficina. Llegué al metro y me subí al vagón tan rápido como se abrieron las puertas, cerciorándome de que no hubiera ningún asiento disponible -nunca los hay- en el cual pudiera consagrarme a la lectura con mayor confort. Pues no lo hubo y, de hecho, ni siquiera había algún espacio en el que pudiera sostenerme de manera segura, por lo que permanecí parado, abrí un poco las piernas para mejorar mi posición equilibrista y ocupé mis manos en sostener el libro. Yo ya me sentía en mi elemento, cuando el conductor del metro seguramente vio que se le atravesaban una manada de búfalos o algún otro animal silvestre de la fauna de esta ciudad, porque ha frenado como si la vida le fuera en ello.

¡Y yo con las manos en el libro! Hubiera podido volar por los aires, cual película de acción, de una punta a la otra del vagón, pero en mi camino se interpuso un frágil viejecito que fue a estrellarse contra el tubo del cual venía detenido. No le he quebrado tres costillas porque el Señor es muy grande (aquí me refiero a Jesucristo, porque el señor en cuestión, como ya dije, era muy pequeñito y frágil). Pero eso no fue todo el paquete de mi rídículo matutino de lunes, ya que también incluyó una reacción espontánea de mis reflejos que ocuparon agarrarse de lo que tuvieran más cerca. Y lo que tuvieron más cerca fue una chamarra - nada ajustada - del tipo que venía a mi lado. Me agarré de la chamarra -sin querer- a manera de casi trozarla y sin ningún resultado positivo, porque digo que le quedaba tan grande la chamarra que no sirvió de ninguna manera como sostén o nada parecido. Y a mí sólo me sirvió para granjearme una mirada de recriminación - ya rayando en odio - del tipo que la traía puesta.

Al principio yo no supe cómo reaccionar: si todos debíamos estar enojados con el conductor o si el único culpable era yo, por querer saber más de la historia del siglo XX. De cualquier manera, tratando de ser decente, les ofrecí una disculpa a los dos directamente involucrados por mi súbito desplazamiento, en el que las manos no pudieron en nada amortiguar el golpe. Mas debo decir que dichas disculpas no fueron aceptadas, porque me han mirado con una cara como de "yo a éste lo mato" y no me han pegado, yo creo, porque ambos eran muy pequeños y yo no tanto. Además de que el libro de Hobsbawm está muy grueso y seguro les ha parecido que lo podía usar como arma blanca en mi defensa.

Con esos dos acontecimientos se me ha venido a presentar la semana, como convenciéndome de que esto se va a seguir poniendo feo.

martes, febrero 10, 2009

Rafael Kent

Uno de los aspectos principales del postmodernismo es la ausencia de reglas fuertes que guíen el comportamiento de las personas o, mejor dicho, que lo caractericen como "socialmente adecuado". Esto ha reconfigurado nociones tan importantes como la de familia, religiosidad, sociedad, etcétera. Pero el postmodernismo, entendido como la ausencia de patrones o estándares claros para un lugar y época, se ha impuesto hasta en las cuestiones más sutiles de la vida colectiva, como la moda.

Hace ya varios años que es muy difícil definir qué es lo que está de moda, porque conviven al mismo tiempo estilos estéticos muy disímiles, sin que ninguno se imponga como más "moderno" que los otros. De hecho, la moda retro (que está inspirada en épocas pasadas) es tan moderna como lo más vanguardista, aunque esto parezca una aberración conceptual.

Para ser sincero, a mí me cae muy bien este fenómeno y no me apena decir que estoy "instaladísimo en la postmodernidad". Realmente no hubiera soportado vivir, por ejemplo, en los ochenta (sí viví, claro, pero era un infante sin obligación social de seguir la "moda ochentera") y verme forzado a traer la cabellera cual rey de la selva, con cantidades industriales de aerosol Aqua Net en el cabello (arrojando a la capa de ozono kilos semanales de Cloro-Fluoro-Carbonos) so pena de verme socialmente excluido. Sin contar las enormes camisas de colores fluorescentes categoría chíngame-la-retina.

Desde finales de los noventa, la moda de calle se hizo evidentemente ecléctica. No digo que si salgo con una lagartija colgada de la oreja las personas no dudarán de mis facultades mentales, pero sí hay mucha mayor libertad para escoger el estilo de vestimenta que usa uno, sin convertirse en "el tipo extremadamente raro del departamento 5-12".

Tomando ventaja de esta situación, yo he decidido hoy salir a la calle con un estilo totalmente "retro" (lo dejo así, porque no puedo ubicar con mucha precisión qué época y qué lugar representa mi disfraz del día de hoy). Yo diría que es una onda como de los cincuenta, pues me he cambiado mis lentes (como ya lo anuncié en la entrada anterior, el mismo día que me dijeron que era trigueñito y me puse muy feliz) y me he escogido unos de los llamados "de pasta", o sea, de marco grueso y vistoso. Para que se den una mejor noción he cambiado mi foto de perfil, para compartir mi nuevo look retro-cincuentero-periodista-superhéroe. Y si esto no fuera poco, me he comprado una corbata de esas delgaditas, que fueron un éxito en épocas pasadas y que ahora han vuelto a aparecer en las tiendas para caballero.

Yo me había inspirado (patético de mí) en Clark Kent, el alter ego de súperman, que me caía mucho mejor que el superhéroe por perdedor y atormentado por sus propias virtudes (no digo que sea mi caso, porque a mí únicamente me atormentan mis defectos y, la verdad, no lo suficiente). Pero resulta que ayer (que todavía no traía mi outfit en cuestión) paso cerca de unas señoritas ¿afro-europeas? que hablaban en francés (no me queda claro cuál es el eufemismo para la "N word" si la persona de color es francesa). Al pasar, comenta una de ellas refiriéndose a mí "mira ese muchacho, se parece a Clark Kent". Yo volteé enseguida a verla y me sonrío con la chica, la cual esconde la mirada como apenada (no se imaginaba que para ese entonces yo ya tenía la idea de disfrazarme al día siguiente como el personaje en cuestión, por lo que el comentario no podría resultarme molesto, sino divertido). Claro que si lo pensaba bien, ese día yo creía ir disfrazado en una onda más bien "fin de milenio", entre El abogado del diablo y el personaje de American Psycho pero, al parecer, causaba una impresión estilística de décadas previas.

De cualquier manera, no me he desilusionado de los cambios de imagen y no les sorprenda, entonces, encontrarme cualquier día por la calle vestido como hippie setentero o, por qué no, à la Louis XIV, sin tener que esperar a que alguien organice una fiesta de Halloween para lucir cuán ocurrente puede llegar a ser un humano cuando lo legitiman ideas, frívolas pero bien concebidas, del tipo "alta costura" o "avant-garde".

viernes, febrero 06, 2009

Soy trigueñito...

Estoy contentísimo. Me acaban de hacer el día. Seguramente ella ni se enteró, aunque es probable que mi cara se haya deformado un poquito por el gusto, así como de emoción. Resulta que entre las cosas que tenía pendiente conmigo mismo y con mis ojos está el cambiar de lentes (bueno, en realidad el monto de la deuda con mis ojos asciende hasta la operación, pero en tanto se dan las condiciones para que eso ocurra, ya me urgía cambiar mi par de anteojos, ¡sí, anteojos, aunque sea palabra de abuelita!).

Y no me imaginaba que ahí en la óptica me iba yo a encontrar un depósito abundante de autoestima, cuando al probarme unos arillos, me dice una de las vendedoras: "esos se le ven perfecto joven, por su color...". Yo ya estaba empezando a tomar a mal el comentario, porque ha sido desde hace un buen tiempo uno de mis talones de Aquiles el exponerme al sol por hooooras con diferentes sustancias y que nadie nunca note que estoy bronceado, como si no me costara millones de células dañadas, envejecimiento prematuro y mayores riesgos de contraer cáncer de piel. Por lo que le increpé (en un tono respetuoso, pero firme) "¿cómo que por mi color?". A lo que la encantadora señorita respondió "sí, por ser entre blanco y trigueñito".


Me ha dejado sin palabras, reconciliado por la vida, seguro de que las células dañadas y el envejecimiento prematura valen toda la pena y tan contento que es como si en el aire se escucharan las tonadas de Stevie Wonder. Y para festejar publicaré una foto mía de esta semana en el Zócalo capitalino, con la hermosa Catedral Metropolitana y el chueco Sagrario Metropolitano, que parece que está a punto de caerse, pero que ha aguantado estoico toda la Colonia, la Independencia, la consolidación del Estado Mexicano, con la Reforma y la Revolución Mexicana incluidas, ha aguantado el Sagrario sin caerse toda la dictadura completa del PRI y, tan mexicano él, sigue ahí, chueco pero barroco, aguantando todo lo que venga, sin caerse aunque parezca que está a punto de desvanecerse. Y hasta en frente de tan magnánima y churrigueresca analogía de lo mexicano, yo, un contento mexicano trigueñito, que todavía se emociona cuando ve esa bandera tricolor volar por el contaminado cielo de esta ciudad de hierro, cristal y cemento.

martes, febrero 03, 2009

My 25 things

Siguiendo el ejemplo de mi amiga Olga, reproduje en Facebook esta dinámica llamada My 25 things, que en el mundo bloguero no será más que un meme. Como el ejercicio introspectivo suele ser bastante divertido y, en ocasiones, hasta enriquecedor para los demás, lo reproduzco aquí en vista de que mi blog es aguantador de todos mis excesos ególatras.

Así empieza la cosa:

1. No nací en Huásabas, sino en Hermosillo (ambos en Sonora), pero viví los diecisiete primeros años de mi vida en este pueblo de mil habitantes, que ha sido, es y seguirá siendo mi ombligo con el mundo, el lugar al que no puedo dejar de volver.

2. Tengo una familia enorme (en todos los sentidos). Somos siete hijos: dos hermanos, cuatro hermanas... y yo, más los siete maravillosos sobrinos que se han ido agregando poco a poco. Ser integrante de una famlia grande nunca ha sido causa de problemas existenciales, como le pasó al personaje principal de Hormiguitas, que le confesó a su psicólogo que no era fácil ser el hermano de en medio de una familia de siete millones. Sino lo contrario, lo considero una de las grandes bendiciones que he recibido, porque todos son excelentes y hemos logrado cultivar cada uno nuestra individualidad y superado alegremente el reto de la cotidiana convivencia.

3. Estudié Derecho en la Universidad de Hermosillo, una universidad que está, por así decirlo, en peligro de extinción... o, mejor dicho, negándose a morir, después de una muy prolongada agonía. Lo que más valoro de esa entrañable etapa de mi vida, que me marcó más en lo personal que en lo profesional, es que ahí adquirí a mis mejores amigos, a los que conservo como mi más preciado tesoro.

4. Lo que más disfruto hacer es conversar. Y soy un romántico empedernido de la conversación de persona a persona. Aunque los nuevos medios de comunicación me permiten estar más cerca de las personas con las que no puedo convivir cotidianamente, soy muy malo para hablar por teléfono, simplemente no me inspiro. Para chatear no soy tan malo, pero me desespera tener que corregir cuando cometo algún error...

5. Soy un ente naturalmente gregario y aunque disfruto mis ratos de soledad, me siento en mi hábitat cuando la gente que quiero está alrededor mío, haciendo cualquier tipo de ruido (oooots, no... no cualquier tipo de ruido).

6. La pérdida más grande que he experimentado (y aquí la conjugación verbal debe ayudarme a expresar que es algo permanente) es el fallecimiento de mi mamá.

7. El talento que me gustaría tener (y que no tengo en lo absoluto) es saber cantar o, por lo menos, hacerlo entonadamente.

8. Estudié una maestría en Administración y Políticas Públicas y mi tesis (que a nadie convenció) fue sobre los servicios de protección consular a mexicanos en el extranjero :$

9. Trabajo en el sector público, lo cual considero una vocación, y me siento responsable por cambiar las cosas y frustrado cuando no logro cambiar nada.

10. Una de las cosas que me caracterizan es el alto volumen de mi voz. Que si me he tragado una bocina, que si no me enoje, que si le baje dos rayitas... en fin...

11. Viví durante un ciclo escolar en Francia, dando clases de español a adolescentes que no tenían entre sus prioridades aprender español. A pesar del común desinterés de mis alumnos, vivir en Francia fue una de las experiencias más completas que he tenido y mi primer acercamiento con la soledad.

12. Tengo un blog en el que escribo cualquier sarta de tonterías. Escribir en él de manera asistemática y con poco rigor es una de las actividades que más disfruto.

13. Cuando estaba en la primaria, declamaba un "poema" que empezaba así: "Un ratoncito pequeño..." (y hacía con la mano derecha la señal de que era pequeñito. No recuerdo cómo continuaba, pero tengo una gran curiosidad, porque recuerdo perfecto que lo declamé en varias ocasiones... y eso me preocupa.

14. En mi relación con los demás, el principio que más quiero interiorizar es que hay que ver a cada persona como es. Sin embargo, no siempre logro los niveles de empatía que quisiera.

15. Soy adicto a la Coca-Cola. No recuerdo cuándo fue el último día que viví sin tomar aunque fuera una lata.

16. Mis ciudades favoritas son Nueva York, París y Barcelona... y Huásabas, aunque no sea ciudad.

17. Me gusta leer, aunque no leo todo lo que quisiera porque siempre me sobran razones para distraer mi atención en otras cosas. Mi libro favorito es Don Quijote de la Mancha.

18. Mi pasatiempo preferido es ir al cine y la película que más me gusta es El Padrino.

19. Ahora como de todo, pero de chiquito me chocaban las zanahorias y las calabacitas.

20. No soy verdaderamente fan de ningún deporte, aunque me gusta mucho ver las Olimpiadas (sobre todo las ceremonias de inauguración y de clausura... ooots, de plano los deportes no son lo mío). Cuando estaba en la escuela me gustaba jugar voleibol, pero nunca llegué a destacar ni como para formar parte de la banca de mi equipo en una escuela rural.

21. En la preparatoria fui a concursos nacionales de Biología, Química, Física y Matemáticas, en ese orden. Sí, eso quiere decir que soy un ñoño, pero juro que lo hacía, sobre todo, porque los viajes a distintas ciudades de la República me salían gratis y yo quería viajar.

22. Entre mis sueños frustrados están: trabajar en un cine (sí, Cinema Paradiso le hizo mucho daño a mis concepciones laborales), ser mesero en un cafecito y ser barman.

23. Me dan miedo las películas de miedo. Sí, ya sé, ¡qué obviedad! Pero me refiero a que me dan tanto miedo que realmente no soporto verlas. Entre peor calidad tengan, más miedo me causan.

24. Mi programa de televisión favorito es Friends. He visto cada capítulo unas cinco veces, pero me sigo riendo igual que la primera.

25. Si me preguntaran qué llevaría conmigo si naufragara en una isla desierta respondería, sin duda, que a mis amigos (sobre todo para que me ayuden a juntar los cocos con los que modestamente nos alimentaríamos). He hecho amigos diferentes en cada etapa de mi vida y una vez que así los considero ocupan un lugar irremplazaba de esa cosa que le llaman corazón. Son ellos los que me dan la certeza de que mi vida ha valido toda la pena y que aunque sí cambiaría mis errores si pudiera volver a vivir, no prescindiría de ninguno para volver a recorrer el camino.

jueves, enero 29, 2009

Pilar

Su vida puede ser resumida en nacer, crecer, prostituirse y morir. Pilar la de las piernas largas y el lunar en el pecho. La chica fácil que era fácil sólo si llegabas al precio que nunca era negociable. La chica de la vida alegre que, no obstante, lloraba cada madrugada cuando terminaba sus quehaceres. La chica de la vida galante, que sólo conoció de privaciones. La obra cumbre del maquillaje excesivo, de las medias de red y de la minifalda minúscula. El culmen del cliché de las que se dedican a ejercer en las esquinas de ciertas calles el así llamado oficio más antiguo del mundo.

Pilar tuvo una infancia que pocos caracterizarían de ideal. Nació de una madre que le heredó el oficio con un determinismo que nunca cuestionó, creció en el mismo burdel en el que trabajaba la madre, una española de nombre Inmaculada - aunque parezca una burla -. Estuvo siempre rodeada de las mujeres que trabajaban en el local, que aparecían y desaparecían siempre sin decir ni pío. Con esto, Pilar se acostumbó a las ausencias y asumió la irredimible soledad humana como un rasgo al que no hay que cuestionar, sino sólo resignarse. Su madre siempre decía cuando comentaban sobre las que iban desapareciendo "seguro se ha cansado de estar siempre temiendo amanecer con un ojo morado o una costilla rota, pero así es nuestra vida, Pilar... es dura nuestra vida, Pilar".

Y un día cuando tenía catorce años su madre tampoco apareció y fue hasta que pasaron varias semanas que cayó en la cuenta de que tal vez ya nunca la vería. Y fue a esa edad en la que tuvo que pedir su inserción laboral en el mismo lugar en el que nació y creció. No pasó mucho tiempo cuando ella misma decidió desaparecer, pero el oficio es el oficio y ella ya estaba en el gremio.

Las esquinas nunca han sido escasas en la ciudad y a los dieciocho años ya había encontrado el rincón en el que luciría sus lentejuelas por algunos años. Federico se llamaba el proxeneta del que se enamoró, del que recibió uno que otro golpe y el que le confesó, algunos años después, que su madre había muerto atropellada a unas cuadras de su nuevo lugar de trabajo la misma noche en la que había desaparecido del burdel para buscar nuevos horizones, que resultaron más fatídicos de lo que hubiera podido suponer. Y la noche en que se enteró de que su madre tal vez no la iba a abandonar a su suerte, a diferencia de todas las demás noches, Pilar no lloró. Se quedó tranquila contemplando la esquina en la que había muerto su madre y se sintió un poco reconciliada por la vida, pensando que ojalá que el carro hubiera sido lujoso, para que su muerte hubiera sido digna.

Era una mujer escrupulosa y ése fue siempre su problema. Admiraba profundamente a su amiga la Yasmín, porque ella como que a veces hasta disfrutaba lo que hacía. Pilar nunca pudo lograrlo, por más que en los primeros años de su carrera se esforzó profundamente por hacerlo. Por eso es que siempre tuvo que llorar al final de su jornada. Con las lágrimas lavaba el asco que había contenido y con las mismas lágrimas tenía que enjugar la máscara con la que, a base de maquillaje y de simple actuación, engañaba a sus clientes fingiendo que gozaba tanto como ellos la prestación del servicio. Y la terapia resultaba exitosa, porque la noche siguiente podía pararse en la misma esquina, a pesar del esfuerzo de mantenerse en pie con los tacones altísimos que a Federico tanto le gustaban.

Y así se pasaron sus años, los mejores, que nunca pudo distinguir de sus peores: de la esquina al hotel, del hotel a la esquina, de la esquina a su casa en la Delegación Iztapalapa. Cambiaban los modelos de los carros que la recogían, pero el rojo encendido de su pintalabios siempre fue el mismo y los tacones siempre fueron tan altos - como le gustaban a Federico - y la falda fue siempre igual de corta y la esquina igual de puntiaguda, e igual de lascivas las miradas de Don Fidencio, el del puesto de revistas, y de recriminadoras las de la Señora Margarita, que vendía quesadillas justo en la esquina de en frente.

Hasta que un día la alcanzó la muerte, apenas una semana después de que vi el largo de sus piernas mientras me comía unas quesadillas de las que vendía la Señora Margarita, atropellada también, como su madre que le heredó el oficio y hasta la causa de la defunción. Pero no era un carro lujoso, sino un troque que llevaba verduras al mercado de la colonia el que la privó de su vida y, además, de una muerte "digna".

lunes, enero 19, 2009

Remigio

Cuando subió al vagón del metro en la estación Constituyentes, me llamaron la atención sus manos callosas y cubiertas de cal. Llevaba baja la mirada y el ceño ligeramente fruncido y cargaba un costal del que sacó una bolsita con un par de taquitos de canasta, ya bastante maltratados. Tardó un par de estaciones en sentarse, aunque había varios asientos disponibles desde que subió. Discretamente se empezó a comer los tacos, masticando lentamente y con los modales de quien nunca ha sido enseñado de urbanidad y esas frivolidades. Cuando hubo terminado, sacó una botella de coca-cola y le dio los últimos tragos que quedaban en el envase. El líquido ya estaba caliente y sin gas, pero pudo empujar el último bocado. Sólo una vez cruzó la mirada conmigo, pero eso fue suficiente para descubrir una especie de conformidad con la vida y consigo mismo.

Remigio había sido el quinto hijo de una madre que los tuvo al pormayor, con distintos padres, en un pueblo de la costa chica de Guerrero. Cuando tenía dos años, lo recogió una familia de un pueblo cercano, tan humilde como su madre, pero con una estabilidad emocional un poco mayor. Así, se convirtió en el "hermano", siempre entre comillas" de otros siete chamacos, con los que tenía que compartir (o competir por) los frijoles con chile en tortillas de maíz, que era lo que habitualmente había en esa mesa. Nunca sintió que le faltara cariño en su nueva casa, pero eso no quiere decir que se sintiera querido. Más bien se sentía admitido de una manera que el fondo de sí agradecía y despreciaba, casi simultáneamente y con la misma intensidad.

No llegó a concluir sus estudios primarios porque su "apá" (el putativo, claro, porque al biológico no había manera de identificarlo) le pidió que le ayudara con las labores de la siembra... y de la cosecha... y de todo lo que va en medio del ciclo agrícola. Algo que meditaba frecuentemente, es que por más esfuerzos que hacía no podía recordar su niñez, es decir, no podía distinguir sus recuerdos de infancia y los de juventud. Esas etapas eran simplemente conceptos que le fueron ajenos en la primera parte de su vida y construyó su madurez no como un proceso, sino como algo que siempre estuvo dado. Pero no es que eso lo hubiera decidido, sino que nunca concibió la idea de tener opciones, Remigio fue siempre un hombre conforme con lo que era y lo que tenía.

Su mirada baja lo era no por la sumisión que suele distinguir a su clase social, sino porque era un hombre de mucha reflexión. Mientras cargaba los pesados sacos de cemento que debía subir a los pisos superiores de los altos edificios en cuya construcción trabajaba como albañil, se perdía recordando a su padrino Jacinto, el amigo anciano de la que vino a ser su familia. Un viejito canoso y de cara morena, curtida por el sol, el trabajo y los años. Ese anciano lo hizo como era, le decía Remigio a su esposa, porque con sus historias inverosímiles de campesino con las que recreaba los años pasados como si hubieran sido mejores lo hizo un soñador. Pero uno que sabe que los sueños no son más que eso y no son ninguna meta a alcanzar, son sólo historias que uno construye sobre sí mismo para evadir la realidad y para hacer la vida más vivible. En los recuerdos de Remigio, Jacinto siempre aparecía sonriendo en medio de los maizales y bajo un cielo claro por el que pasaban bandadas aisladas de garzas.

Y luego vino la hora en la que no tenía nada que hacer en la costa chica de Guerrero y su madre le dijo: "mira, Remigio, tú ya tienes dieciséis años, quince has vivido con nosotros y te hemos agarrado cariño, pero ya es hora de que hagas tu vida y no vuelvas sino a visitarnos de vez en cuando, a traernos algo para ayudarnos a sostenernos en agradecimiento por haberte tenido aquí tanto tiempo y haberte hecho un hombre de bien. Haz como los hijos de la Felipa, que se fueron hace dos años a la capital y ahí consiguieron trabajo. No les va mal. A ti tampoco te va a ir mal, porque eres muy trabajador y siempre he visto que tienes un buen ángel de la guarda". Y así lo hizo Remigio, se fue a la capital, como los hijos de la Felipa, y consiguió trabajo y un día en un baile popular conoció a Perla, la que sería la madre de sus hijos.

Remigio nunca creyó en las decisiones y, por eso, fue su esposa la que le dijo cuando casarse y la que le dijo que estaba embarazada en tres ocasiones, con lo cual Remigio supo que tenía que trabajar más para poder sacar adelante a su familia. Su familia, algo que nunca entendió, porque los adjetivos posesivos escapaban a su forma de ver la vida. De él no podía ser nada, no encontraba en sus entrañas el sentimiento de posesión. Nada era de él: a su esposa la quería a su lado y a sus hijos los mantenía, pero no eran de él. Y, en efecto, nunca fueron de él. Perla terminó dejándolo cuando ya tenía cincuenta años y el trabajo duro de toda una vida lo había convertido en un anciano prematuro, que lo hizo desterrar la idea de buscar a alguien para suplir a su excompñera. Los hijos se fueron yendo de su casa uno a uno y tomaron sus propias vidas, en las cuales él participaba muy marginalmente. Cuando murió la señora de la costa chica de Guerrero que lo había criado y a la cual de manera casi religiosa le enviaba un dinerito cada mes, perdió lo más parecido al sentido de pertenencia que hubiera experimentado durante su vida.

Y lo que siguió fue sereno, sin complicaciones: desplazarse a las distintas construcciones en las que lo contrataban como velador, porque sus molidos huesos ya no daban para más esfuerzo que eso. Y de regreso a su casita en Ciudad Nezahualcóyotl, en la que una tarde lluviosa pero no tanto, se apagó como se apaga una vela que se deja arder en una esquina. Y hubiera sido enternecedor verlo morir (si alguien hubiera estado presente) porque se fue conforme, conforme con la vida y consigo mismo.

viernes, enero 16, 2009

Herminia

Siempre llegaba al comedor en el que la conocí con unos zapatitos de tacón bajito, muy bajitos. Sus faldas eran de corte recto y jamás por encima de sus rodillas. Los colores ocres y apagados de su vestimenta refejaban - para los prejuicos ajenos - lo añejo de sus ideas, lo aburrido de su perpetua soltería. El conjunto de lo que lograba ver de Herminia y particularmente sus estudiados modales, calladamente daban muestra de su anterior pertenencia a la clase media alta postrevolucionaria. La edad no quedaba clara y su hermetismo no dejaba posibilidad de preguntársela, pero no había duda de que era mayor a los cincuenta. Y, finalmente, su mirada... su mirada como para adentro, como si nunca te viera aunque tuviera sus ojos fijos sobre ti, su mirada gris que completaba una cara llena como de indiferencia y de desesperanza, de un estancamiento vital que molestaba a su alrededor. Una cara que hacía callar a los niños que jugaban a la pelota fuera de su casa, que silenciaba las animadas conversaciones de sus compañeros de trabajo cuando se acercaba, que dejaba sin posibilidad de palabras a los hombres de los que hubiera podido enamorarse.

Herminia nació, ya lo decía, en el seno de una típica familia acomodada de los tiempos postrevolucionarios del país. Su padre había sido burócrata de medio pelo, hasta que se hizo amigo de un general que llegó a ser Secretario de la Defensa, en los tiempos del Presidente Cárdenas. Esto fue condición suficiente para que en unos cuantos años se convirtiera en funcionario de nivel alto y con la sagacidad que lo distinguió en combinación perfecta con unos escrúpulos muy laxos, pudo conservarse hasta su muerte en esas posiciones de privilegio que había creado el sistema de partido dominante que gobernó a México hasta que terminó el siglo. La flexibilidad de sus escrúpulos en la política no la llevó nunca al campo de la conducción de su familia. Bastante joven se casó con la madre de Herminia, una provinciana de Querétaro, proveniente de una familia muy religiosa y conservadora. En esa familia nadie cuestionó nunca sus propios roles, ni la crítica ajena ni la autocrítica se dejaron sentir jamás en la elegante casa porfiriana de la Colonia Roma que pudieron comprarse con un excelente "negocio" que llevó a cabo el padre, aprovechando su puesto en el gobierno.

Herminia fue educada en el Colegio del Sagrado Corazón, para garantizar que las monjas la formaran como la señorita decente y de moral impecable que los padres asumieron debía ser. Manejaba a la perfección los modales de una rancia aristocracia, a la que ni siquiera pertenecía y reprobaba con su desdén a todos los que a su alrededor se comportaban como "indios". En el comedor se sentaba siempre con sus piernas cerradas y ligeramente inclinada sobre sus tobillos cruzados. Se cercioraba rigurosamente de que la falda estuviera en su lugar y que sus rodillas jamás se exhibieran. Cerraba cuidadosamente su saco y una vez acomodada tomaba sus cubiertos y se disponía a injerir sus alimentos como si estuviera en el Palacio de Buckingham, aunque se trataba únicamente del comedor de su trabajo, rodeada de gente que ni siquiera sabía de la existencia del Colegio del Sagrado Corazón.

Nunca se casó. Pero sí estuvo locamente enamorada en una ocasión, aunque jamás se pudo dar el lujo de mostrarlo. Se llamaba Samuel y se apellidaba Levy. Pero tan locamente enamorada estaba que pensó que sus padres podían obviar el hecho de que era judío. Durante ocho meses, se arregló para verlo sin que se dieran cuenta sus padres, lo cual era una empresa dificilísima, considerando lo castrante que era el control que imponían sobre ella y sobre su hermana, sus únicas hijas. Samuel insistió tanto en que hablaría con los padres que logró convencerla de que se lo permitiera, a pesar del terrible temor que Herminia tenía de que cuando eso pasara, aquella historia que ella consideraba hermosa llegaría a su fin y le destrozaría el corazón. Y así fue, se lo destrozó por todos los años a venir. Ya tenía 28 años cuando esto ocurrió, pero eso no hacía ninguna diferencia porque ella tampoco había cuestionado jamás el rol que le correspondía en su familia.

Antes de que llegara Samuel les avisó a sus padres que recibirían una visita de una persona de quien tenía las mejores referencias. La madre se dio cuenta inmediatamente de qué se trataba y se dispuso a preparar el té y unas galletitas que eran la receta de su abuela. Herminia no podía contener su nerviosismo y sólo pudo pensar en donde podría esconderse para escuchar la conversación en la que, para su fortuna, no podía estar presente. Samuel tenía claro que debía prepararse para gente muy especial, pero jamás sospechó que ni su enamoramiento por Herminia sería suficiente para aguantar las ofensas e insultos que recibió de su padre, ni la cara de desprecio con la que lo vio su madre cuando respondió afirmativamente a la pregunta de si era judío - "esa religión de infieles" - como agregó el padre. Jamás volvieron a verse. Las palabras habían sido tan hirientes que Herminia prefirió simplemente tragarse su amor porque no hubiera podido volverlo a ver a la cara.

Cuando los padres murieron, el daño estaba hecho. Herminia ya era la Herminia que iba a morir varias décadas después. El cambio se había vuelto una imposibilidad. La rutina era el único mundo en el que quería vivir. Su trabajo era una especie de refugio en el que podía atrincherarse detrás de su escritorio lleno de expedientes que sellar y que foliar. Ella decía que no estaba sola, porque se dedicaba a cuidar a su hermana que había tenido un ataque de embolia que la dejó paralítica y muda. Pero en realidad sí estaba sola y aunque siempre conservó en público el decoro que debían tener las señoritas del Sagrado Corazón, cada sábado por la tarde, después de dar un paseo por el parque se iba a la última banca de la Iglesia de San Hipólito y ahí, en la oscuridad, se echaba a llorar, rodeada del aroma a incienso, a velas, a humedad de construcción colonial. Y al salir recuperaba su cara de gris estancamiento, esbozaba una fingida sonrisa mientras sacaba unas monedas para darlas de limosna al anciano de siempre y se encaminaba haciendo un ruidito constante con sus zapatitos de tacón, bajitos, muy bajitos, hasta llegar a la decadente casa porfiriana de la Colonia Roma.

miércoles, enero 14, 2009

Hagámoslo por Mafalda


¿Que si esto que si l'otro? Es un desastre este mundo, por donde quiera que lo veas. Yo me quedo pensando que qué bueno que a Mafalda le tocó vivir en otra época, porque si de cualquier manera se la pasaba al borde de un ataque de nervios, donde hubiera tenido acceso a Internet y a la nefasta "realidad internacional" no hubiera pasado los seis años antes de que la internaran en el psiquiátrico, con una camisa de fuerza wash and wear de tejidos reforzados.

Ya comentaba en entrada anterior que nada más de asomarse a la prensa le dan a uno como una especie de náuseas que terminan en dolorcito en la boca del estómago. Y eso que yo los noticieros ya no los veo ni aunque me paguen, que para traumarme ya tengo disponible toda una larga lista de complejos freudianos que no requieren más que tener una familia y muy buena voluntad para desarrollarse.

No niego que mi optimismo me hace encontrar buenas noticias hasta en las macetas, pero eso es porque tengo amigos increíbles y una suerte a prueba de asaltos, pero aun así no puedo evadir la realidad y preguntarme cómo le vamos a hacer con el despelote que traemos. Porque las finanzas internacionales siguen hechas un verdadero desastre, todos los países sacando sus ahorritos para ver como "reactivan" la economía y ésta sumida en una especie de marasmo, en la cual hasta la industria porno está pidiendo rescates financieros (Larry Flint dixit). Y pues Obama, con todo y su encantadora sonrisa de bailarín de tap, se las está viendo negras (y no es sarcasmo) y se me hace que al rato lo veremos con una cara de despistado que hasta Bush le va a querer pedir regalías. México, como siempre a la vanguardia en ocurrencias internacionales, acaba de perder al Gobernador de su banco central (Banco de México) que se nos va a Suiza (que porque le gustan más el chocolate y los relojes que las trajineras de Xochimilco y las garnachas que se ponen por el Eje Central). Claro que todavía nos queda el gordito del Secretario de Hacienda, por más que los directivos de Herba Life y demás compañías de productos para adelgazar lo quieren jalar como su Gerente General e imagen corporativa.

Y luego como si el desastre numérico fuera poca cosa, los conflictos militares se siguien "recrudeciendo" (como si alguna vez hubieran estado bien cocidos). Yo que siempre creí que la humanidad se iba a acabar porque nos íbamos a joder al planeta Tierra (y es que a mí eso de vivir en Marte no me atrae ni tantito), pero con el número de muertos que vamos acumulando, pareciera que ni siquiera lograremos acabárnoslo. Por todos lados me llegan rumores de tipos con barbas y turbantes declarando la "guerra santa" y otros que con su kipur y unas estrellotas de seis picos les compran la idea, muy seguidos de otros que llevan colgadas en el pecho unas cruces muy lucidoras y que les gusta mucho defender una idea de corte divino que ellos llaman democracia.

Luego viene África que desde que el león era el rey de la jungla no ha podido estar en paz. Unos grupos rebeldes atacan a otros, porque son de otra etnia y ya cuando obtienen el poder, tienen una larga lista de grupos paramilitares dispuestos a iniciar la siguiente guerrilla. A mí que me critiquen, pero yo los veo a todos igualitos. Encuentran los pretextos para la enemistad porque unos tienen la nariz un poco más chata o el cabello un poco más rizado, cuando sus enemigos comunes son mucho más evidentes: la pobreza, la malaria, el SIDA.

Los chinos ya sabemos que se traen su propio desastre con los derechos humanos y la destrucción de la ecología. Ya la ciudad de México ni siquiera está en el top ten de las ciudades más contaminadas (tan elegante que nos quedaba el título) porque las grandes ciudades de China (junto con El Cairo y otras ciudades de India) tienen unas atmósferas que ya más bien se ven gelatinosas con tanta partícula suspendida.

Y si le seguimos buscando, sigue saliendo. Por eso digo yo, que algo tenemos que hacer para resolver nuestros problemas colectivos más urgentes. No lo hagamos por nosotros, si el individualismo no nos alcanza, ni por nuestras generaciones futuras (que tendrán suficiente trabajo en pagar la deuda que estamos contrayendo ahora), hagámoslo por Mafalda, la inocente, que seguro desde el cielo al que se van los personajes de historieta nos mira con cara de desconcierto, mientras Felipito contempla mareado el mundo girar y dice: "Me quiedo bajad".

martes, enero 13, 2009

De cuestiones evolucionistas...

Con los días que me fui de vacaciones de la megalópolis, terminé por desacostumbrarme a sus productos más sobresalientes: el ruido, el caos y la contaminación. En particular de esta última. He estado desde que llegué con la garganta irritada y molestias que sin convertirse hasta ahora en enfermedad hecha y derecha, sí me ponen nerviosito. Por esta razón ayer fui a ver al doctor, sólo para sentirme más tranquilo, porque los consultorios son para mí, en realidad, una manera de calmar los nervios más que de curar padecimientos. El diagnóstico fue el siguiente: la contaminación te irritó los conductos nasales, por lo que el aire que te está entrando a los pulmones entra más frío, más seco y más contaminado de lo que debería si tu nariz estuviera produciendo lo que producen las narices en todo el mundo.

Muy sencillo el diagnóstico y también su tratamiento, aunque aún no veo resultados. Claro que lo acabo de empezar y, desafortunadamente, no lo compré en la tienda en la que Harry Potter y sus compañeritos compran sus brevajes mágicos. El punto es que ahora necesito, no, mejor dicho, "necesito" convertirme en un mutante de la era post-industrial con una nariz a prueba de irritación, para así poder habitar esta hermosa ciudad y soportar su hermosa atmósfera cargada de hermosas partículas contaminantes.

Así transcurre el inicio de año clínico, con la amenaza de fortalecer inmediatamente el sistema inmunológico porque ahora las temperaturas han descendido y no estoy yo para agarrar ningún catarro, gripa, influenza o infección en la garganta. Y es que cuando me enfermo no soy simpático. Y a mí con lo que me gusta ser simpático, se podrán imaginar que no estoy yo para bichos.

viernes, enero 09, 2009

Asomándose a la prensa de la vida

Cuando no hay mucho qué decir, es una buena opción callarse. Pero resulta que para algunos, me incluyo, el silencio es una especie de castigo demasiado difícil de sobrellevar. Y se buscan razones para hablar y es un ejercicio demasiado sencillo porque siempre se encuentran. Buscando en el pasado encuentras memorias; en el futuro encuentras especulaciones y en el presente un sinnúmero de acontecimientos que por razones diversas llaman tu atención y aflojan tu discurso.

No hace falta más que abrir el periódico (el sitio web, claro) para empezar a opinar de lo atrasada que está la humanidad cuando te enteras de la cantidad de muertos que han cobrado los inmorales ataques de Israel en la franja de Gaza, causados en buena parte por los inmorales ataques de los grupos violentos de Hamas. Y das click en otro lado sólo para encontrar al pormayor la palabra "crisis" que hace algunos meses se ha hecho omnipresente en páginas de periódicos y conversaciones de café. Y empiezas a hablar sobre cómo una crisis de esta naturaleza puede mandar a millones a la pobreza y dejar a los que ya lo están sin la esperanza de poder salir de ella, y hacer este mundo más injusto de lo que ya venía siendo. Y puedes hablar del egoísmo como causa del acaparamiento y de los gobiernos miopes que no fueron capaces de regular el desastre sólo por los vendajes ideológicos que tan bien le sentaron a los patrimonios de los que supieron aprovecharse.

O tal vez den ganas de hablar de los deportes (me excluyo por completo) y de cómo tal decisión fue equivocada o fantástica para poner a tu equipo en los últimos o primeros sitios del ránking. O de lo lucidos que estuvieron los últimos eventos de la "Sociedad" (con mayúsculas claro, que la gente bien se lo merece) y gastarte media hora de tu tiempo y el de tu interlocutor discutiendo la inutilidad de enterarte de la vida de la aristocracia y de las "celebridades", sólo para al final darte cuenta que en el fondo disfrutaste la conversación sobre los pormenores de las relaciones sentimentales de quién sabe quién, que no conocías sino a través de las falsas vitrinas de las revistas del corazón.

De los últimos ejecutados del narcotráfico ya no dan ganas de hablar, porque hace tiempo perdieron la calidad de noticia, con su constante y cada vez más aparatosa capacidad para generar violencia y terminar la vida de seres humanos, que no deben ser tan diferentes de ti y de mí, pero que se han convertido simplemente en una cifra roja, con menos importancia que el cronómetro que marca la cuenta regresiva para celebrar el Bicentenario de la Guerra de Independencia. Hablar de eso sería tan absurdo como hablar del tipo ése que va por la vida nombrándose Presidente Legítimo de un país que con siglos de historia ha mostrado que lo que le sobra son políticos y lo que le faltan son estadistas.

Y una vez descartados todos esos brillantes temas, no se queda uno más que con la opción de hablar de la italiana que es prestadora de servicios sexuales en un mundo virtual llamado Second Life, que seguramente estará lleno de gente que se ha quedado en este mundo sin razones para hablar y que deberá encontrarlos en un mundo ficticio y digital en el que, si tiene buena suerte, podrá encontrarse con la italiana y tener al día siguiente una verdadera razón para abrir un blog y contar su experiencia de pagar por amor-sexo virtual.

miércoles, enero 07, 2009

Mi vida en Huásabas, capítulo 12

Una característica de la que yo desprendía mi individualidad durante mi infancia, era no dormir la tradicional siesta. Como deben saber todos los habitantes del mundo hispano que habitan zonas cálidas (no afectados por la transformación radical de la vida urbana), es que durante los largos días del verano después de la comida todo se detiene para que las personas se vayan a dormir algunas horas. La siesta es una institución entre las culturas que la practican y Huásabas, sin duda, es un ejemplo muy representativo. Dado que la mayor parte de la gente se dedica a la ganadería, en los ardientes días del verano es necesario iniciar la jornada muy temprano, incluso antes de que amanezca, porque es cuando las temperaturas son soportables. De esta manera, a las doce del día es normal que los hombres que han estado toda la mañana "jachando" en las milpas o en los ranchos, estén ya sentados a la mesa, esperando que la esposa los consienta con algún plato de la sobria comida sonorense.

En mi casa de muchos hijos, la siesta era en realidad una obligación moral. Mi madre no lo ponía en esos términos, pero sí se dedicaba a sancionarnos con toda la severidad que acumulaba cuando con nuestros gritos no la dejábamos dormirla. Así que establecida una sanción para un comportamiento, ya tenemos una conducta prohibida y, por tanto, una norma. No era jurídica la norma, porque no era el Estado el que la debía hacer cumplir; ni tampoco religiosa, porque ni siquiera había que declararla en el confesionario; entonces, convendremos que se trataba de una verdadera norma moral. Mis hermanos y yo tratábamos de sacarle la vuelta con la promesa de que no haríamos ruido, pero no era posible engañar de esa manera a una madre tan experimentada, que sabía que enseguida romperíamos la promesa y terminaríamos por despertarla a causa de un grito, un llorido, un golpe o cualquier otro acontecimiento.

Sin embargo, la siesta para mí era una pérdida brutal de tiempo, por lo que nunca me pude resignar a cumplir la referida norma. Todo se solucionaba para mí, sin embargo, porque mis hermanos sí empezaron a practicarla religiosamente, con lo cual yo sólo esperaba que todos estuvieran dormidos y me dedicaba a hacer mis actividades de anti-siesta.

En otros capítulos de esta serie he hablado sobre el momento justo en el que la gente empezaba a despertar de la siesta y las vívidas sensaciones que me causa recordar el aroma a café recién colado y el sonido de los cascos de los caballos contra el suelo con su paso sosegado, cuando los primeros vaqueros tomaban camino hacia las milpas. Pero creo haber sido omiso sobre los largos ratos en los que todo era tranquilidad y silencio, cuando todo el mundo dormía. Dado que la siesta no era parte de mi religión - y con eso me autodefinía - una buena parte de mi infancia transcurrió en un contexto de soledad autoimpuesta, en el que me parecía que en el mundo sólo existía yo. Esos momentos eran un excelente caldo de cultivo para las fantasías mentales que siempre he construido cuando estoy solo.

Era bastante común que en esos ratos me subiera al techo del corredor de la casa de mi nana que, a diferencia del resto de la casa y de la mía, no estaba cubierto con láminas con desnivel para que el agua de la lluvia corriera, sino que únicamente consistía de tierra, en la que llegaban a salir algunas hierbas escasas que siempre estaban casi secas. Era un espacio bastante grande y estaba rodeado por una especie de pequeña barda, que me daba la sensación de estar en un espacio lo suficientemente delimitado como para considerarlo mi territorio, únicamente mío. Para subir ahí tenía que hacer todo un ritual: salía al patio de mi casa y me subía a la tapia (barda) por una sección de lo que había sido una puerta que la hacía menos alta y que me permitía subirme. Después, caminaba haciendo equilibrio por toda la tapia de mi casa, hasta llegar al techo de la "ramada" (especie de porche interior en el que se guardaban los cachibaches y las cosas del rancho). El techo de la ramada conectaba, a su vez, con la casa de mi nana, que era más alta, pero sólo era necesario un brinco para ponerse ahí, en una parte cubierta con láminas de zinc corrugadas. Caminar por ahí no era tan fácil, pero hacía algo de equilibrismo y me trasladaba hasta lo que era el techo del corredor.

De camino a ese punto, solía cortar naranjas o "naranjitas de Castilla" (más pequeñas que las mandarinas, pero mucho más dulces y de un color menos fuerte) cuando era época de estos frutos. Y una vez ahí, hablaba solo (como lo hago hasta nuestros días). Pero no hacía monólogos porque hubiera sido muy aburrido, sino diálogos. Diálogos conmigo mismo, en el que una parte de mí siempre hacía todos los cuestionamientos - una especie de superego - a la otra que era toda bondadosa y franca, pero muy ingenua.

Me sentaba largos ratos en la superficie rugosa de la bardita que rodeaba este techo y volteaba a ver las torres de la iglesia, y las palmas datileras "de que" la Conchita (una era más grande que la otra, pero era esta última la única que daba dátiles), en las cuales se paraban las auras (un ave carroñera grande y negra) después de hacer largos vuelos serenos en el contraste de un cielo casi permanentemente azul.

Una de estas veces, me encontraba diseñando mi casa de los sueños y estaba en la parte del baño. Por supuesto que el escusado de una casa de los sueños no puede ser un aparato cualquiera en el que jales la palanca y sanseacabó, sino que debe ser capaz de sorprender al visitante. El asunto era que cuando le agregaba el factor sorpresa, la funcionalidad del mismo se veía severamente disminuida. Debo haber pasado todo el tiempo que dura la siesta tratando de ingeniar un escusado que fuera toda una experiencia de vida. Recuerdo, eso sí, que le agregué muchos botones, que tenía control de la temperatura para no tener frío cuando posaras tus sentaderas en los días de invierno y, por supuesto, no era necesario jalar la palanca porque contaba con un sensor que hacía ese desagradable trabajo por ti. Una parte importante es que el sensor no era de movimiento, sino que medía los diferenciales de peso, entre cuando te sentabas y cuando expulsabas lo que la gente expulsa cuando va al baño.

Ése era el tipo de elucubraciones en las que me entretenía mientras comía uno a uno los gajos de las naranjas de la huerta de mi nana que hubieran estado lo suficientemente cerca del techo, como para poder cortarlas sin tener que bajar al mundo de los demás. Hasta que el aroma a café y el sonido sosegado de los caballos que regresaban a las milpas me recordaba que era hora de regresar.

martes, enero 06, 2009

Japi nu yur (vendedora de artesanía en Puerto Vallarta dixit)

Regreso con la cara llena de vergüenza porque he sido un desobligado terrible de la palabra escrita. Aclaro que de la palabra escrita, porque de ninguna manera me he detenido en hablar cuanto ha sido necesario y también cuando resulta innecesario (que es mi especialidad). El blog ahora tiene toda la razón para sentirse agraviado de mí, su autor, que no me he podido sobreponer de los continuos sobresaltos que causa perder las rutinas, para sentarme cómodamente frente a la computadora a ejercitar mis dedos que ya estaban por entumecerse de desuso.

La culpa la tienen, como se podrán imaginar, las vacaciones y las fiestas. Y es que no es poca cosa dejar tu departamento donde hasta la posición del cepillo de dientes está estudiada y controlada, y volver a tu tierra y estar con tu familia y tus amigos que dejaste mas no perdiste, sino al contrario. Y como si esto no fuera suficiente, terminar en un destino de playa tropical para celebrar el año nuevo (¿o se celebra que se terminó el año viejo? No lo sé, me confunden esas cosas). Con ese ritmo tan vertiginoso, yo no sé a dónde voy a ir a parar, porque la noción de descanso la encuentro borrosa de tan lejana que me resulta.

Pero esta entrada que tal vez pueda ser leída con un tenor de queja al estilo de Pavaroti estreñido, en realidad intenta ser una celebración de tantos gozos acumuladas en las benditas fiestas decembrinas (y enerinas, porque hoy es día de reyes y seguimos festejando). He descubierto que el único lugar en el que realmente descanso es en mi casa en Hermosillo y en Huásabas (que son las dos una extensión de cada una... aunque suene a Cantinflas). Estar con mi familia y obligarlos a que me consientan por ser el único que salió del paradójicamente hermoso desierto sonorense, me reconcilia con el mundo y hace que me sienta como pez en el agua, una sensación que es única y en la que pierdo la individualidad y me convierto en "parte" de mi familia. Jugar con mis sobrinos y ver sus caras cuando abren sus regalos navideños, no tiene precio, bueno sí, lo que cueste el regalo, pero vale infinitamente más de lo que cuesta. Y terminar en Puerto Vallarta, conviviendo con excelentes amigos en un ambiente de sol, playa y fiesta y conocer a más gente que en la primera conversación te hacen estar seguro de que acabas de hacer un nuevo amigo, son todas ellas bendiciones que se suman a la belleza de la vida que has elegido, que te ha tocado y que has construido.

¡Feliz 2009 a todos!