La entrada previa de mi blog provocó algunos comentarios con puntos que me resultan atractivos de discutir (que no de responder) y que como Dictador Supremo y Su Alteza Serenísima de este blog me propongo a discurrir:
1. Agradezco la buena opinión que se expresa sobre mí en algunos (tal vez justificada, tal vez más benévola de la que merezco [sugiere siempre mi molesta modestia radical, en fin, qué puedo saber yo si soy el más subjetivo de mis jueces, siendo a la vez el sujeto y el objeto de mis juicios]. Pero el punto es que los agradezco y no dejan de provocar en mí sentimientos agradables, debidos a alguna especie de arrogancia de la que nunca he podido desprenderme y, a estas alturas, no me parece que vaya a poder desvanecerse jamás.
2. Estoy convencido de que la comunicación amena y eficaz (por el medio que fuere) hace la vida de nuestros prójimos más agradable y también la de los que escribimos. Por eso no demerito el papel de mi blog. Al contrario, los blogs son formidables en el sentido mencionado porque son espacios de interacción muy versátiles: nos brindan humor, información, solaz en las horras de aburrimiento o falta de inspiración, nos acercan a los sentimientos, a las vivencias y a las emociones de los demás. Ese mérito es, en términos agregados, tal vez mucho más valioso que las acciones grandilocuentes.
3. También soy un convencido de que individualmente es importantísimo el papel que jugamos en nuestro contexto inmediato y, en lo personal, no estoy insatisfecho con la manera en la que he interactuado con mi familia, mis amigos, mis blogmates y/o mis compañeros de escuela o trabajo. Sin embargo, lo que trataba de expresar es ese sentimiento de insatisfacción (que está ahí y sigue ahí) por la frustración de no ver una mejora patente en alguno de los aspectos de "la realidad" que se muestran tan necesitados de una transformación radical.
El punto es que esa sensación de que hay algo incompleto en mis proyectos personales no es el resultado de un mal día, sino tal vez de haber planteado objetivos equivocados en las líneas estrategicas de mi vida. Si es tarde para remediarlo, me parece que todavía no me doy cuenta. Pero el blog ha resultado una extraña manera de analizarme a mí mismo (¡en público! ¡oh no, qué falta de pudor!).
4. Prometo hacer un relato más ameno para la próxima porque como el fin de semana pasado fue "puente" me fui como bólido disparado hasta Acapulco y aunque no estoy bronceado, porque mi piel no tiene idea de lo que es eso, regresé como regreso casi siempre de mis escapadas: con una sonrisita picarona de satisfacción.
martes, febrero 05, 2008
jueves, enero 31, 2008
¿Cómo?
¿Cómo se hacen las cosas? ¿Cómo se cambia al mundo? ¿Cómo, al menos, se transforma un país, un estado, una ciudad? Un enfoque sistémico vincula todos los componentes de la sociedad de manera tal que las restricciones para el cambio vienen de todas partes, de cualquier parte y el individuo sólo es capaz de hacer pequeñísimos ajustes en su contexto inmediato. Por su parte, el enfoque cultural resulta demasiado determinista, lo que tenemos es el resultado de construcciones culturales que te atrapan, que no te permiten pensar con otras estructuras mentales, porque la inercia cultural te arrastra también como individuo y sólo nos queda el lugar común "sólo a través de la educación se pueden cambiar las cosas realmente" (para luego lamentar el perverso lastre que representa Elba Esther y su nefasto Sindicato de maestros). Un enfoque grandilocuente está a la espera de los grandes líderes que son capaces de operar transformaciones enormes: incluso la cultura, incluso todo el sistema (pero no llegan o si aparecen, se presentan en la lamentable figura de Chaveces, de Fideles, de AMLOs, que más ganas dan de llorar que de seguirlos).
¿Qué papel jugamos entonces los individuos pensantes, los que nos queremos agentes de cambio, los que de niños creíamos en nuestra capacidad para cambiar las cosas? En algún momento nos convertimos en meros observadores arrogantes de la realidad. Adoptamos la legítima pose de desprecio (con nariz levantada y todo) de líderes políticos, económicos y religiosos por corruptos, imbéciles o incompetentes. Pero la verdad es que nos convertimos en cómplices del status quo con una pasividad que sólo se rasga las vestiduras en blogs, en pláticas de café, en discusiones academicistas. Sucumbimos al espejismo burgués, a entregar la vida a nuestros trabajos y darle todas las oportunidades (comodidades) a los hijos (y, evidentemente, a nosotros mismos) y autoconvencernos de que si todos hacen lo mismo el mundo será mucho mejor (pero "todos" es algo tan general que no nos puede privar de la responsabilidad). Esa jaula de hierro del conformismo calma el dilema moral de no estar haciendo lo suficiente y va fijando las prioridades que terminan por obnubilar hasta la más mínima noción de cambio.
¿Qué hago yo ahora lamentándome en mi blog que leerán diez personas? ¿Qué curso de acción tomaré para aliviar los remordimientos de que los años van pasando y mi contribución ha sido mínima? ¿Con qué distractores puedo olvidar el potencial desperdiciado? ¿Con qué me quito el mal sabor de boca que me produce que al final de esta entrada las respuestas ni siquiera se asomen, como las malditas películas de cine francés que te dejan peor que como empezaste?
¿Qué papel jugamos entonces los individuos pensantes, los que nos queremos agentes de cambio, los que de niños creíamos en nuestra capacidad para cambiar las cosas? En algún momento nos convertimos en meros observadores arrogantes de la realidad. Adoptamos la legítima pose de desprecio (con nariz levantada y todo) de líderes políticos, económicos y religiosos por corruptos, imbéciles o incompetentes. Pero la verdad es que nos convertimos en cómplices del status quo con una pasividad que sólo se rasga las vestiduras en blogs, en pláticas de café, en discusiones academicistas. Sucumbimos al espejismo burgués, a entregar la vida a nuestros trabajos y darle todas las oportunidades (comodidades) a los hijos (y, evidentemente, a nosotros mismos) y autoconvencernos de que si todos hacen lo mismo el mundo será mucho mejor (pero "todos" es algo tan general que no nos puede privar de la responsabilidad). Esa jaula de hierro del conformismo calma el dilema moral de no estar haciendo lo suficiente y va fijando las prioridades que terminan por obnubilar hasta la más mínima noción de cambio.
¿Qué hago yo ahora lamentándome en mi blog que leerán diez personas? ¿Qué curso de acción tomaré para aliviar los remordimientos de que los años van pasando y mi contribución ha sido mínima? ¿Con qué distractores puedo olvidar el potencial desperdiciado? ¿Con qué me quito el mal sabor de boca que me produce que al final de esta entrada las respuestas ni siquiera se asomen, como las malditas películas de cine francés que te dejan peor que como empezaste?
miércoles, enero 23, 2008
Ayer
Ayer soñé que soñaba, pero los delirios no se me dan tan bien como yo quisiera así que desperté y era un día normal de la etapa en la que ahora me desenvuelvo. Desperté, además, con cierto temor de que el resfriado que me ha andado persiguiendo me hubiera hecho su presa, pero fue un alivio darme cuenta que, todo lo contrario, las vías respiratorias estaban en un grado de libertad mocuna muy apreciable. Me levanté rápido porque había apagado en repetidas ocasiones la tenaz alarma del despertador de mi celuar (como hago a diario). Como me había bañado la noche anterior para no tener que salir con el cabello mojado, a cambio no hubo manera de salir con el cabello peinado. Parecía mi cabeza un nido de águila, pero estando conforme con mi estado de recuperación sanitaria dejó de importarme mi estética personal. Por si mi despeinado fuera poco, en aras de llegar puntual tampoco planché la camisa, cuya etiqueta me engaña a mí diciendo que es wrinkle free (sin arrugas), lo que nadie en el mundo podría apreciar si se lo preguntaran y sería muy raro andar enseñándole a todos la falaz etiqueta para justificarme.
El transporte público estaba más lento que de costumbre, lo cual tuvo por inmediata consecuencia un lleno más irritante que el de un día normal, agravado por la insistente cercanía de un tipo que olía a fermento de pies, revuelto con otras aromas que emanaban de su ropa y de sus carnes (todas desafortunadas, vale decir). Por más que me moviera en los mínimos márgenes que da un vagón de metro en horas pico, el tipo se me volvía a acercar aprovechando los espacios libres que yo iba dejando. A Dios gracias, todo sufrimiento tiene su fin y hubo una estación en la que se bajó y ya sólo quedaba otro millar de seres humanos molestos con los cuales compartir el resto de mi trayecto.
Las horas de la oficina no fueron malas pero, como dice una amiga, hasta te tienen que pagar por hacerlo, lo cual debería generar suspicacias sobre la disfrutabilidad de trabajar. La hora de la comida tenía, entonces, que ser un aliciente (y frecuentemente lo es) pero ayer tampoco fue un día de suerte. Y caí en la cuenta que los sinsabores de la vida no te desilusionan tanto como los sinsabores de la comida.
Al salir del trabajo la situación se iluminó. Tenía dos eventos, el primero era escoger un regalo para un amigo que disfruta tanto la vida que hacía que mi elección no fuera difícil y, el segundo, era ir a la inauguración de la exposición de unos amigos artistas, que montaron varias obras de arte relacionadas con temas de la plataforma urbana de la ciudad de México (uuuy, demasiada tela de dónde cortar!!!), en especial de uno de los suburbios con altos índices de marginación que se llama Chimalhuacán. [Se las recomiendo a los que puedan ir, está en el Museo de la Ciudad de México, que está en la calle Pino Suárez (frente a la estación del metro Pino Suárez, líneas 1 y 2). Lo feíto fue que unas horas después ellos partían primero rumbo a Brasil y después para otros destinos que no son México, sino muy lejos, y que harán nuestro rencuentro más difícil o, uno nunca sabe, hasta imposible. Los amigos son para tapar vacíos existenciales - pensé - pero su ausencia genera nuevos huecos en un juego de nunca acabar.
De regreso otra vez el metro y el metrobús hasta mi casa, pero en trayecto nocturno que desata unos miedos inútiles a ser víctima de no se quién o no sé qué. Después, llegar a la casa y darme cuenta de que el platillo a base de camarones que preparamos desde el sábado, seguía adornando y "aromatizando" la cocina porque a mi roomie y a mí nos da como asco tirarlo y más asco comérnoslo, porque no lo refrigeramos y debe tener más salmonelas que toda el África Subsahariana junta. Luego, a dormir y, otra vez, a soñar que soñaba.
El transporte público estaba más lento que de costumbre, lo cual tuvo por inmediata consecuencia un lleno más irritante que el de un día normal, agravado por la insistente cercanía de un tipo que olía a fermento de pies, revuelto con otras aromas que emanaban de su ropa y de sus carnes (todas desafortunadas, vale decir). Por más que me moviera en los mínimos márgenes que da un vagón de metro en horas pico, el tipo se me volvía a acercar aprovechando los espacios libres que yo iba dejando. A Dios gracias, todo sufrimiento tiene su fin y hubo una estación en la que se bajó y ya sólo quedaba otro millar de seres humanos molestos con los cuales compartir el resto de mi trayecto.
Las horas de la oficina no fueron malas pero, como dice una amiga, hasta te tienen que pagar por hacerlo, lo cual debería generar suspicacias sobre la disfrutabilidad de trabajar. La hora de la comida tenía, entonces, que ser un aliciente (y frecuentemente lo es) pero ayer tampoco fue un día de suerte. Y caí en la cuenta que los sinsabores de la vida no te desilusionan tanto como los sinsabores de la comida.
Al salir del trabajo la situación se iluminó. Tenía dos eventos, el primero era escoger un regalo para un amigo que disfruta tanto la vida que hacía que mi elección no fuera difícil y, el segundo, era ir a la inauguración de la exposición de unos amigos artistas, que montaron varias obras de arte relacionadas con temas de la plataforma urbana de la ciudad de México (uuuy, demasiada tela de dónde cortar!!!), en especial de uno de los suburbios con altos índices de marginación que se llama Chimalhuacán. [Se las recomiendo a los que puedan ir, está en el Museo de la Ciudad de México, que está en la calle Pino Suárez (frente a la estación del metro Pino Suárez, líneas 1 y 2). Lo feíto fue que unas horas después ellos partían primero rumbo a Brasil y después para otros destinos que no son México, sino muy lejos, y que harán nuestro rencuentro más difícil o, uno nunca sabe, hasta imposible. Los amigos son para tapar vacíos existenciales - pensé - pero su ausencia genera nuevos huecos en un juego de nunca acabar.
De regreso otra vez el metro y el metrobús hasta mi casa, pero en trayecto nocturno que desata unos miedos inútiles a ser víctima de no se quién o no sé qué. Después, llegar a la casa y darme cuenta de que el platillo a base de camarones que preparamos desde el sábado, seguía adornando y "aromatizando" la cocina porque a mi roomie y a mí nos da como asco tirarlo y más asco comérnoslo, porque no lo refrigeramos y debe tener más salmonelas que toda el África Subsahariana junta. Luego, a dormir y, otra vez, a soñar que soñaba.
viernes, enero 18, 2008
"El proceso" not by Kafka, but by Rafa
Tengo la informada impresión de que mi banco (ahora en adelante Banco X, para proteger mi secreto bancario, prrrt) tiene como objetivo principal y corporativo hacerme dar muchas vueltas. Así es desde hace algún tiempo, su interés en su relación conmigo ha dejado de ser comercial, ya no le importa realmente el lucro, ni la expansión a otros mercados, que yo pensaba era el motivo fundamental de cualquier empresa que se dedicara al mercado financiero.
Me da la sensación de que en el sistema informático del Banco X, cada vez que aparece mi nombre haciendo no importa qué solicitud, se activa un foco rojo en las oficinas corporativas, al fondo de la cual aparece sentado en la cabecera de una enorme mesa de chapa de raíz rodeada de sillas de finísimo cuero, el mismísimo Cerebro, Presidente del Consejo de Administración del Banco X, y a un lado su fiel lacayo, Pinky. Cerebro junta sus manos, pero únicamente pegando las yemas de sus dedos y hace el movimiento típico de la araña haciendo lajartijas en el espejo, mientras suelta una perversa carcajada, de ésas de "muah-jah-jah muaaaaah-jaaaah-jaaaah". Se relame los labios y pone cara de Dr. Evil y dice: "muah-jah-jah, Rafael hizo una solicitud nuevamente".
Y luego de esa perversa imagen, comienza en el mundo paralelo en el que yo vivo, una serie de eventos desafortunados que al final se gana la denominación más cristiana de Calvario, o más específicamente de Vía Crucis. Y yo no puedo, al inicio, decodificar los símbolos y sólo escucho "debe usted presentar su recibo de teléfono fijo", a lo que yo respondo, "disculpe, joven, pero no tengo teléfono fijo, ¿le sirve el de mi celuar?". En la pantalla de la computadora del ejecutivo de cuenta aparece, tecleado por Cerebro, él mismo: "Permiso denegado, el cliente debe tener teléfono fijo, de lo contrario no le podemos dar el balance de su cuenta". Yo respondo algo alterado y crédulo de este mito contemporáneo de que el cliente es lo más importante para cualquier empresa "no tiene ningún sentido lo que me dice, debe haber alguna forma". Déjeme consultarlo con la gerente... yo volteo a ver las instalaciones bancarias y la decoración que supongo tiene la intención de darte la sensación de modernidad, profesionalismo y eficiencia, empieza pareciéndome un cubo del tiempo, con los vértices acercándose cada vez a mi cara. Ya cuando llegué a hablar con el ejecutivo, habían pasado tres cuartos de hora, pero ahora resulta que he estado con él más de una hora sin arreglar nada, logrando únicamente que los demás clientes en la fila me vean con cara de odio como yo mismo vi con odio a los que pasaron antes que yo y tardaban eternidades.
Pues dice la gerente que está bien, que por ser usted aceptaremos prescindir del recibo telefónico, pero entonces debe traer en original y tres copias: recibo de luz, de agua, de cable, de gas natural, de teléfono celular, sus tres últimos estados de cuenta de la tarjeta de crédito Y las cartas facturas de sus dos últimos vehículos. Oyendo mi propia voz me escucho decir"La verdad es usted rete-ingenioso para eso del humor, joven, pero resulta que yo tengo prisa porque debo volver a trabajar, qué tal si en vez de la broma que tan amablemente me amenizó este bello rato, me dice algo que sea razonable para obtener no una imagen de la ropa interior de su abuelita, no la foto de las tetillas del Presidente del Consejo de Administración (Cerebro se regocija al sentirse aludido, porque me está vigilando a través de las cámaras de seguridad), sino un balance de mi, mí, mí (repito) dinero, que tengo con ustedes porque con su cuenta me pagan la nómina". El ejecutivo me mira con una ceja levantada un tanto molesto con el tono que he ido adquiriendo y me dice que vaya yo mismo a hablar con la gerente, porque sus atribuciones hasta ahí llegan.
Yo con un color entre rojizo y morado me formo en la larga fila que espera hablar con la gerente, esperando que el tiempo de espera no sea suficiente para relajarme. Llego a verla cuando aún me alcanza el coraje y el orgullo y en plan de divo merecedor presento mi larga queja. La gerente, que ya para entonces es también una perversa cómplice de Pinky y Cerebro, me propone una salida decorosa que implica pasarme la semana recolectando documentos, mandando paquetería express a Hermosillo y a todos los demás lugares en los que he vivido y luego de regreso, creo que hasta el oficial del Registro Civil de Huásabas tiene que certificar alguno, ante mi cara de asombro. Como ante la pregunta de ¿y no me queda de otra? recibo una negativa, me resigno y salgo a seguir luchando con burocracias públicas y privadas, a hacer filas, a hablarle bonito a la gente del mostrador para disminuir el efecto en el ánimo que me provocan sus jetas de profunda infelicidad y frustración laboral. El Proceso (así con mayúsculas porque no es para menos) se alargará como cada vez que intento algo, pero al final lo lograré y dicen que el que ríe al último ríe mejor, pero yo no podría reír tanto ni tan bien como lo hará Cerebro todas las semanas que dure.
Me da la sensación de que en el sistema informático del Banco X, cada vez que aparece mi nombre haciendo no importa qué solicitud, se activa un foco rojo en las oficinas corporativas, al fondo de la cual aparece sentado en la cabecera de una enorme mesa de chapa de raíz rodeada de sillas de finísimo cuero, el mismísimo Cerebro, Presidente del Consejo de Administración del Banco X, y a un lado su fiel lacayo, Pinky. Cerebro junta sus manos, pero únicamente pegando las yemas de sus dedos y hace el movimiento típico de la araña haciendo lajartijas en el espejo, mientras suelta una perversa carcajada, de ésas de "muah-jah-jah muaaaaah-jaaaah-jaaaah". Se relame los labios y pone cara de Dr. Evil y dice: "muah-jah-jah, Rafael hizo una solicitud nuevamente".
Y luego de esa perversa imagen, comienza en el mundo paralelo en el que yo vivo, una serie de eventos desafortunados que al final se gana la denominación más cristiana de Calvario, o más específicamente de Vía Crucis. Y yo no puedo, al inicio, decodificar los símbolos y sólo escucho "debe usted presentar su recibo de teléfono fijo", a lo que yo respondo, "disculpe, joven, pero no tengo teléfono fijo, ¿le sirve el de mi celuar?". En la pantalla de la computadora del ejecutivo de cuenta aparece, tecleado por Cerebro, él mismo: "Permiso denegado, el cliente debe tener teléfono fijo, de lo contrario no le podemos dar el balance de su cuenta". Yo respondo algo alterado y crédulo de este mito contemporáneo de que el cliente es lo más importante para cualquier empresa "no tiene ningún sentido lo que me dice, debe haber alguna forma". Déjeme consultarlo con la gerente... yo volteo a ver las instalaciones bancarias y la decoración que supongo tiene la intención de darte la sensación de modernidad, profesionalismo y eficiencia, empieza pareciéndome un cubo del tiempo, con los vértices acercándose cada vez a mi cara. Ya cuando llegué a hablar con el ejecutivo, habían pasado tres cuartos de hora, pero ahora resulta que he estado con él más de una hora sin arreglar nada, logrando únicamente que los demás clientes en la fila me vean con cara de odio como yo mismo vi con odio a los que pasaron antes que yo y tardaban eternidades.
Pues dice la gerente que está bien, que por ser usted aceptaremos prescindir del recibo telefónico, pero entonces debe traer en original y tres copias: recibo de luz, de agua, de cable, de gas natural, de teléfono celular, sus tres últimos estados de cuenta de la tarjeta de crédito Y las cartas facturas de sus dos últimos vehículos. Oyendo mi propia voz me escucho decir"La verdad es usted rete-ingenioso para eso del humor, joven, pero resulta que yo tengo prisa porque debo volver a trabajar, qué tal si en vez de la broma que tan amablemente me amenizó este bello rato, me dice algo que sea razonable para obtener no una imagen de la ropa interior de su abuelita, no la foto de las tetillas del Presidente del Consejo de Administración (Cerebro se regocija al sentirse aludido, porque me está vigilando a través de las cámaras de seguridad), sino un balance de mi, mí, mí (repito) dinero, que tengo con ustedes porque con su cuenta me pagan la nómina". El ejecutivo me mira con una ceja levantada un tanto molesto con el tono que he ido adquiriendo y me dice que vaya yo mismo a hablar con la gerente, porque sus atribuciones hasta ahí llegan.
Yo con un color entre rojizo y morado me formo en la larga fila que espera hablar con la gerente, esperando que el tiempo de espera no sea suficiente para relajarme. Llego a verla cuando aún me alcanza el coraje y el orgullo y en plan de divo merecedor presento mi larga queja. La gerente, que ya para entonces es también una perversa cómplice de Pinky y Cerebro, me propone una salida decorosa que implica pasarme la semana recolectando documentos, mandando paquetería express a Hermosillo y a todos los demás lugares en los que he vivido y luego de regreso, creo que hasta el oficial del Registro Civil de Huásabas tiene que certificar alguno, ante mi cara de asombro. Como ante la pregunta de ¿y no me queda de otra? recibo una negativa, me resigno y salgo a seguir luchando con burocracias públicas y privadas, a hacer filas, a hablarle bonito a la gente del mostrador para disminuir el efecto en el ánimo que me provocan sus jetas de profunda infelicidad y frustración laboral. El Proceso (así con mayúsculas porque no es para menos) se alargará como cada vez que intento algo, pero al final lo lograré y dicen que el que ríe al último ríe mejor, pero yo no podría reír tanto ni tan bien como lo hará Cerebro todas las semanas que dure.
martes, enero 15, 2008
Taaaxiii
Yo estoy por la libertad de expresión. Pero como un derecho de la sociedad y del individuo para que existan las condiciones para expresar las ideas, sin que nadie las censure a priori. No como la eliminación de todos los códigos de decencia o para no meterme en broncas, criterios de mera precaución. Es que en el espacio de las relaciones interpersonales yo diría que también debe imperar la prudencia y no andar hablando nada más porque tiene uno boca; es decir, también hay que saber callar. Esto viene a colación porque hoy por la mañana que tomé un taxi para ir al trabajo, lo primero que el taxista me comunica es "ay! yo no sé porqué lo subí, si me ando meando" (en realidad dijo "me ando miando"). Pido disculpas a los que se escandalizan o incomodan cuando se habla en público y contextos de confianza baja o moderada de las necesidades fisiológicas (como yo). Pero es que yo soy de la idea de que el taxista por más que tenía la urgencia de ir al baño no tenía que habérmelo comunicado de esa manera tan directa, tan poco delicada, sin invitarme, siquiera, al cine o a tomar un café.
No recuerdo cómo reaccioné a la demasiado sincera confesión de su parte, pero no debe haber sido con hurras y risas, como para que el tipo continuara comentando (con un inicial toque moralista) que en la década de los sesenta (cuya música amenizaba la ocasión)las mujeres no cedían a la primera, sino que los dejaban siempre con los $%& doliendo y que ahora no, que ni bien se conocen las chicas entregan "aquellito". Digo yo, pero qué necesidad de abordar esos temas con los pasajeros, sin un conocimiento siquiera preliminar de la personalidad del que se acaba de subir, ¿qué tal si resultaba ser del Opus Dei? ¿Que no podrán estos taxistas (y ya me han tocado varios) iniciar la plática con algún tema introductorio o menos controversial, como el clima de la semana pasada respecto a ésta, o el estado de las calles, o el último romance de Niurka? Espero no dar la impresión (bastante imprecisa) de que soy un recatado moralista, purista del lenguaje o delicado esnob, pero es que como decía mi nana con toda razón (para alertar sobre los riesgos de bromear con la gente): "el cuerpo no siempre está de humor".
No recuerdo cómo reaccioné a la demasiado sincera confesión de su parte, pero no debe haber sido con hurras y risas, como para que el tipo continuara comentando (con un inicial toque moralista) que en la década de los sesenta (cuya música amenizaba la ocasión)las mujeres no cedían a la primera, sino que los dejaban siempre con los $%& doliendo y que ahora no, que ni bien se conocen las chicas entregan "aquellito". Digo yo, pero qué necesidad de abordar esos temas con los pasajeros, sin un conocimiento siquiera preliminar de la personalidad del que se acaba de subir, ¿qué tal si resultaba ser del Opus Dei? ¿Que no podrán estos taxistas (y ya me han tocado varios) iniciar la plática con algún tema introductorio o menos controversial, como el clima de la semana pasada respecto a ésta, o el estado de las calles, o el último romance de Niurka? Espero no dar la impresión (bastante imprecisa) de que soy un recatado moralista, purista del lenguaje o delicado esnob, pero es que como decía mi nana con toda razón (para alertar sobre los riesgos de bromear con la gente): "el cuerpo no siempre está de humor".
miércoles, enero 09, 2008
¿Qué hay debajo del Ecuador? (parte 4)
Y continué mi gira rumbo a Córdoba, yendo en autobús a Bs. As. y desde ahí tomando un vuelo a mi destino. El avión debía abordarlo desde el aeropuerto de cabotaje (o sea, para vuelos nacionales, por cierto mal traducidos 'vuelos domésticos', digo yo, porque no todo lo que es dentro del país es relativo al hogar, digo yo...). El aeropuerto está justo a orillas del Río de la Plata que me dejó con la boca abierta y sin respiración por algunos segundos (no muchos porque mi capacidad pulmonar tampoco da para tanto). Era la primera vez que lo contemplaba en la angustiosa anchura que configura su enormidad. "El más ancho del mundo" que tan bien combina con la pretensión argentina de figurar en el libro de récords Guiness. Un río enorme, ¡con olas! formadas por el viento fuerte que corría ese día y que me hacía tararear la canción Bridge over troubled waters, "Puente sobre aguas turbulentas", y comprender a la perfección a la musa argentina de la canción de Sabina, aquélla que no quería más amor que el del Río de la Plata. Y ¿cómo no? quien preferiría a un cantante andaluz revoltoso sobre la inmensidad de un abrazo perpetuo de un Río como ése, así con mayúsculas, que es casi un Dios, así con mayúsculas.
Yo soy un hombre del desierto, nací y me formé ahí. Mis nociones geográficas me hicieron considerar natural que sólo la época de lluvias y un sistema complicado de presas pueda construir un torrente capaz de alimentar un hilo de agua a lo largo de todo el año. Y no era capaz de dimensionar que usemos la misma palabra para señalar eso que veían mis ojos por donde navegaban libremente barcos de gran tamaño y que, por más que me esforzaba, no alcanzaba siquiera a vislumbrar la otra orilla y el río de Sonora, así con minúscula, que con mucha dificultad se puede apreciar en el camino de Hermosillo a Huásabas y que es siempre una duda que hay que aclarar si viene con agua o está completamente seco. La magnitud de ese torrente fluvial me llenó los ojos y también los pulmones que se llenaron de ese aroma fresco y genérico a río, a tierra mojada, a follaje de árboles húmedos y en descomposición. Y aunque podía haberme quedado en esa orilla llena de ociosos pescadores de caña y anzuelo, los horarios son mis amos y yo un simple esclavo de mi propio itinerario.
Esa tarde, todavía con la luz del día llegué al aeropuerto de Córdoba donde me esperaba Guillermo y la encantadora cría que lleva por nombre Eliseo y que así con sus tres años y los grandes ojos azules que heredó de Ceci se declara a sí mismo filósofo, o filozofo para respetar zu entrañable pronunziazión. Además, me faltaba rencontrar a Marcos, amigo categoría gran maestre y compañero inseparable de la maestría, también oriundo de Córdoba, quien iba a ser mi host en su ciudad. Esa misma noche nos fuimos a recorrer el centro de Córdoba que "data" (jo-jo, dije 'data' término únicamente utilizado por los célebres conversadores atrapados en el Diccionario), en fin, digo que data de la época colonial y así lo atestiguan un gran número de construcciones hermosas: muchas iglesias, sobre todo la sobria y poderosa Catedral, enfrente de una plaza de armas armada con danzantes de tango y otros géneros musicales, que "arman" un jolgorio de lo más chulo.
Otra atracción arquitectónica de la ciudad es la "así llamada" (otra frase "elegante" de muy estentórea impertinencia en los tiempos de la eficiencia lingüística) Manzana Jesuítica. Los jesuitas (sociólogos y politólogos por vocacion) fueron misioneros de mucha relevancia para América Latina porque encabezaban un proyecto social distinto (y más estructurado y revolucionario que el de las otras órdenes monásticas). Proyecto que evidentemente se inscribía en el contexto de sus misiones evangelizadoras y que terminó siendo incompatible con los intereses de la Corona Española que los expulsó de sus dominios en el siglo XVIII. El punto es que en Córdoba dejaron un legado muy interesante de edificaciones y tradición académica en todo una cuadra -manzana- que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
De Córdoba es famoso también su buen clima (templado y mediterráneo) y las sierras de sus alrededores, que tuve la oportunidad de recorrer acompañado por Guillermo y su genial buen humor, tan espontáneo como original. Hermosos lagos y ríos de aguas claras, en medio de verdes colinas que producen vistas dignas de foto (¡uy! Y yo sin cámara...) Ponía cara así cada vez que me acordaba de mi lamentable pérdida :(
El día que llegué también me tocó padecer el aberrante sistema de vida nocturna de Argentina que empieza casi cuando se va a acabar la noche y empezar la mañana. A los night clubs fácilmente les podrían llamar morning clubs y estarían en lo cierto. Pero yo a las cinco de la mañana, a pesar de que aquello apenas empezaba, ya sentía la apremiante necesidad de retirarme a mis aposentos, necesidad que, vale decir, no fue compartida por mi anfitrión por lo que decidí irme solo en taxi a su casa. En un momento dado el taxista me dice - pues aquí lo voy a dejar y yo le digo - ¿aquí? ¿y que tal si mejor me deja en el lugar que le pedí porque esto no se parece a donde voy? y él me responde - pues no porque está cerrada la calle por "el baile" y yo, a mi vez, le pregunto no sin temor - ¿y podría decirme al menos cómo llego a mi destino? es que no soy de aquí (seguro el acento no había sido suficiente para delatarme desde la primer oración), a lo que el taxista brevemente espetó - camine tres cuadras hacia allá y ya llega. A esa hora "el baile" -evento popular de música folclórica y demás ritmos guapachosos/tropicales- estaba acabándose, por lo que caminaban en dirección contraria a la mía hordas numerosas de adolescentes algo exaltados por el alcohol (u otros enervantes), la cadencia del baile, sus hormonas y - agrego para darle más sabor al relato - la tensión social generada por el abigarrado capitalismo y la ofensiva desigualdad de nuestros países latinoamericanos (¿ah, verdad? apoco no sueno encantador cuando me pongo "rojillo"). Así que las tres cuadras que recorrí en soledad bajo la oscuridad de rincones que me eran del todo desconocidos, cruzándome por todos lados con combativos adolescentes de las clases más modestas (¡malditos prejuicios! - pensaba mi parte racional, sin que la otra parte pudiera dejar de sentirse más vulnerable por el origen socio-económico de la concurrencia "al baile"). Finalmente, llegué a mi destino sano y salvo, ignorando los grititos provocadores de jovencitos que probablemente buscaban sólo un cigarrillo (que no traía) pero que tambien hubieran podido verme cara de pera de boxeo. Después de batallar algunos minutos para abrir la puerta de la entrada, traicionado por el miedo a lo desconocido y a las madrugadas después de "el baile" -temores que eran justificados según me fue aclarado al día siguiente por mis locales anfitriones- logré entrar y descansar lo suficente para el resto de la visita.
La Navidad la pasé con la familia de Marcos que tuvo a bien recibirme en su pueblo, Freyre, un lugar muy lindo en una región que fue poblada sobre todo por migrantes del Piamonte (a los que llaman ¡gringos! O sea, ¿y qué vamos a hacer con nuestros gringos de los united states?). Freyre es un lugar todo ordenadito, con calles cuadradas y limpias y todos los alrededores cultivados con los inmensos campos que caracterizan a la impresionantemente fértil región de las pampas húmedas (región con un nombre casi obsceno porque está demasiado cerca de pompas húmedas). Mi mayor sorpresa fue que esos sembradíos tan lindos y enormes no tenían sistema de riego, no necesito repetir que por cuestiones geográficas eso es inconcebible en mi tierra, básicamente es echar la semilla y esperar la hora de cosechar, porque la naturaleza hace todo lo demás y, al parecer, lo hace bastante bien.
Lo más gracioso era que nunca había pasado la Navidad en mangas de camisa. ¿Cómo imaginarme siquiera que Santoclós se posara en mi chimenea en verano, si con ese traje coca-colero que se carga seguro se va directo al hospital de deshidratación severa? ¿Y cómo comer toda la comida grasosa y súper calórica de las tradiciones navideñas? Afortunadamente el tema lo han resuelto (por lo menos en la familia de Marcos) dando de comer una serie de entradas que les llaman mayonesas y que son muy frescas y apetitosas en una noche de verano. Aunque ya existe el libro Navidad en las montañas, yo bien podría escribir ahora el próximo best-seller Navidad en las veraniegas pampas húmedas, pero mejor me conformo con esta entrada al blog que está más cerca de mis aspiraciones literarias.
Yo soy un hombre del desierto, nací y me formé ahí. Mis nociones geográficas me hicieron considerar natural que sólo la época de lluvias y un sistema complicado de presas pueda construir un torrente capaz de alimentar un hilo de agua a lo largo de todo el año. Y no era capaz de dimensionar que usemos la misma palabra para señalar eso que veían mis ojos por donde navegaban libremente barcos de gran tamaño y que, por más que me esforzaba, no alcanzaba siquiera a vislumbrar la otra orilla y el río de Sonora, así con minúscula, que con mucha dificultad se puede apreciar en el camino de Hermosillo a Huásabas y que es siempre una duda que hay que aclarar si viene con agua o está completamente seco. La magnitud de ese torrente fluvial me llenó los ojos y también los pulmones que se llenaron de ese aroma fresco y genérico a río, a tierra mojada, a follaje de árboles húmedos y en descomposición. Y aunque podía haberme quedado en esa orilla llena de ociosos pescadores de caña y anzuelo, los horarios son mis amos y yo un simple esclavo de mi propio itinerario.
Esa tarde, todavía con la luz del día llegué al aeropuerto de Córdoba donde me esperaba Guillermo y la encantadora cría que lleva por nombre Eliseo y que así con sus tres años y los grandes ojos azules que heredó de Ceci se declara a sí mismo filósofo, o filozofo para respetar zu entrañable pronunziazión. Además, me faltaba rencontrar a Marcos, amigo categoría gran maestre y compañero inseparable de la maestría, también oriundo de Córdoba, quien iba a ser mi host en su ciudad. Esa misma noche nos fuimos a recorrer el centro de Córdoba que "data" (jo-jo, dije 'data' término únicamente utilizado por los célebres conversadores atrapados en el Diccionario), en fin, digo que data de la época colonial y así lo atestiguan un gran número de construcciones hermosas: muchas iglesias, sobre todo la sobria y poderosa Catedral, enfrente de una plaza de armas armada con danzantes de tango y otros géneros musicales, que "arman" un jolgorio de lo más chulo.
Otra atracción arquitectónica de la ciudad es la "así llamada" (otra frase "elegante" de muy estentórea impertinencia en los tiempos de la eficiencia lingüística) Manzana Jesuítica. Los jesuitas (sociólogos y politólogos por vocacion) fueron misioneros de mucha relevancia para América Latina porque encabezaban un proyecto social distinto (y más estructurado y revolucionario que el de las otras órdenes monásticas). Proyecto que evidentemente se inscribía en el contexto de sus misiones evangelizadoras y que terminó siendo incompatible con los intereses de la Corona Española que los expulsó de sus dominios en el siglo XVIII. El punto es que en Córdoba dejaron un legado muy interesante de edificaciones y tradición académica en todo una cuadra -manzana- que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
De Córdoba es famoso también su buen clima (templado y mediterráneo) y las sierras de sus alrededores, que tuve la oportunidad de recorrer acompañado por Guillermo y su genial buen humor, tan espontáneo como original. Hermosos lagos y ríos de aguas claras, en medio de verdes colinas que producen vistas dignas de foto (¡uy! Y yo sin cámara...) Ponía cara así cada vez que me acordaba de mi lamentable pérdida :(
El día que llegué también me tocó padecer el aberrante sistema de vida nocturna de Argentina que empieza casi cuando se va a acabar la noche y empezar la mañana. A los night clubs fácilmente les podrían llamar morning clubs y estarían en lo cierto. Pero yo a las cinco de la mañana, a pesar de que aquello apenas empezaba, ya sentía la apremiante necesidad de retirarme a mis aposentos, necesidad que, vale decir, no fue compartida por mi anfitrión por lo que decidí irme solo en taxi a su casa. En un momento dado el taxista me dice - pues aquí lo voy a dejar y yo le digo - ¿aquí? ¿y que tal si mejor me deja en el lugar que le pedí porque esto no se parece a donde voy? y él me responde - pues no porque está cerrada la calle por "el baile" y yo, a mi vez, le pregunto no sin temor - ¿y podría decirme al menos cómo llego a mi destino? es que no soy de aquí (seguro el acento no había sido suficiente para delatarme desde la primer oración), a lo que el taxista brevemente espetó - camine tres cuadras hacia allá y ya llega. A esa hora "el baile" -evento popular de música folclórica y demás ritmos guapachosos/tropicales- estaba acabándose, por lo que caminaban en dirección contraria a la mía hordas numerosas de adolescentes algo exaltados por el alcohol (u otros enervantes), la cadencia del baile, sus hormonas y - agrego para darle más sabor al relato - la tensión social generada por el abigarrado capitalismo y la ofensiva desigualdad de nuestros países latinoamericanos (¿ah, verdad? apoco no sueno encantador cuando me pongo "rojillo"). Así que las tres cuadras que recorrí en soledad bajo la oscuridad de rincones que me eran del todo desconocidos, cruzándome por todos lados con combativos adolescentes de las clases más modestas (¡malditos prejuicios! - pensaba mi parte racional, sin que la otra parte pudiera dejar de sentirse más vulnerable por el origen socio-económico de la concurrencia "al baile"). Finalmente, llegué a mi destino sano y salvo, ignorando los grititos provocadores de jovencitos que probablemente buscaban sólo un cigarrillo (que no traía) pero que tambien hubieran podido verme cara de pera de boxeo. Después de batallar algunos minutos para abrir la puerta de la entrada, traicionado por el miedo a lo desconocido y a las madrugadas después de "el baile" -temores que eran justificados según me fue aclarado al día siguiente por mis locales anfitriones- logré entrar y descansar lo suficente para el resto de la visita.
La Navidad la pasé con la familia de Marcos que tuvo a bien recibirme en su pueblo, Freyre, un lugar muy lindo en una región que fue poblada sobre todo por migrantes del Piamonte (a los que llaman ¡gringos! O sea, ¿y qué vamos a hacer con nuestros gringos de los united states?). Freyre es un lugar todo ordenadito, con calles cuadradas y limpias y todos los alrededores cultivados con los inmensos campos que caracterizan a la impresionantemente fértil región de las pampas húmedas (región con un nombre casi obsceno porque está demasiado cerca de pompas húmedas). Mi mayor sorpresa fue que esos sembradíos tan lindos y enormes no tenían sistema de riego, no necesito repetir que por cuestiones geográficas eso es inconcebible en mi tierra, básicamente es echar la semilla y esperar la hora de cosechar, porque la naturaleza hace todo lo demás y, al parecer, lo hace bastante bien.
Lo más gracioso era que nunca había pasado la Navidad en mangas de camisa. ¿Cómo imaginarme siquiera que Santoclós se posara en mi chimenea en verano, si con ese traje coca-colero que se carga seguro se va directo al hospital de deshidratación severa? ¿Y cómo comer toda la comida grasosa y súper calórica de las tradiciones navideñas? Afortunadamente el tema lo han resuelto (por lo menos en la familia de Marcos) dando de comer una serie de entradas que les llaman mayonesas y que son muy frescas y apetitosas en una noche de verano. Aunque ya existe el libro Navidad en las montañas, yo bien podría escribir ahora el próximo best-seller Navidad en las veraniegas pampas húmedas, pero mejor me conformo con esta entrada al blog que está más cerca de mis aspiraciones literarias.
lunes, enero 07, 2008
¿Qué hay debajo del Ecuador? (parte 3)
(Tercera entrega de mi reseña del viaje a Argentina, más abajo están las otras dos y se sugiere leerlas en orden cronológico)

Una vez agotada la primera parte de mi estancia en Bs.As. me tomé mi taxi a la estación de trenes/autobuses el Retiro. Una vez ahí abordé el camión - coche cama - que muy cómodamente me transportó en brazos de Morfeo - o sea, dormido - hasta Mar del Plata. Esta ciudad es al parecer el balneario principal de Argentina. Sería como el Acapulco argentino, porque es visitada sobre todo por los numerosísimos residentes de la capital que se van a relajar a la costa - llevando siempre consigo sus hábitos junglaurbanos -. - Los porteños, al parecer, aman Mar del Plata - le comenté a mi amiga marplatense. - "Sí y nosotros odiamos a los porteños" - me reviró, ooops.
Pero el principal propósito de ir a Mardel era visitar a unos amigos entrañables que habían tenido la agridulce suerte de vivir en Hermosillo. Hacía cuatro años ya que no nos veíamos, pero la amistad la habíamos construido de tal manera que ese lapso en nada había mermado el cariño que se genera cuando las vidas se comparten auténticamente. Y al lazo de por sí estrecho que nos unía se había añadido la presencia de Demetrio que nació hace dos años y que es, por mi tenaz insistencia, mi ahijado de cariño (en cualquier momento oficializamos el padrinazgo).

Es una ciudad muy linda y tranquila, serena como se es sereno cuando se vive a expensas del mar. Es un punto muy al sur del planeta por lo que el clima no es ni de cerca guapachoso/tropical, pero los días en los que estuve fui bendecido por los dioses del sol y del viento que me dejaron disfrutar la playa a mis anchas (mis angostas debería decir, si la referencia es a las dimensiones corporales). Aunque fue una lindura disfrutar de la playa y la tibia y tersa arena, en donde hasta jugué volley ball playero no sólo por el cliché sino también por gusto, no había que acercarse mucho al agua porque, como ya lo había comentado, era gélida como que la corriente acababa de regresar de una larga estancia en la Antártica. Con todo y eso había muchísima gente dentro del mar, lo cual me hizo dudar de su salud mental, o bien, de mi capacidad de adaptación a lugares más fríos. Mar del Plata fue el lugar más al sur que visité y, además, el punto más meridional en el que he estado en el planeta Tierra (claro, porque como he estado en muchos otros planetas, es mejor aclarar).
Mi primera impresión (que de tanta sorpresa terminó dándome miedo) es lo plano del terreno. Prácticamente desde que salí de Bs.As. hasta que llegué a Mar del Plata (que son como cinco horas) eran sembradíos que pareciera que los habían aplanado con regla y no se alcanzaba a divisar hacia el horizonte ninguna colina. De tan plano el terreno podía apreciarse la redondez de la Tierra que yo pensé sólo se notaba al contemplar la inmensidad del océano.
Lo que más me gustó de Mar del Plata, fueron un par de villas (casas/mansiones) que están en la colonia súper-chubi-dubi que se llama Los Troncos. Una de ellas es la Villa Mitre que es el museo de historia de la ciudad. Cuando me preguntaron qué me había parecido, después de pensarlo un buen rato dije: "es un museo triste". Y, en verdad, es un museo muy triste, sin usar el término en el sentido injustamente peyorativo que solemos atribuir a la tristeza. Sólo para darles una idea, yo era el único visitante del museo durante todo el recorrido y me abrumaba una paz sepulcral con recuerdos del pasado. Además, una de las piezas célebres del museo es el manuscrito del último poema de Alfonsina Storni que se llama Voy a dormir y que es una tristísima nota de suicidio literaria. Esta poetisa argentina de origen suizo inspiró la hermosa canción Alfonsina y el mar (Ramírez y Luna), después de que al final de una vida ensombrecida por el dolor se quitó la vida internándose en la playa de Mar del Plata (lo cual me hace preguntarme si murió de pulmonía por lo frío del agua o si fue ahogamiento la verdadera causa de su muerte). Una vez que estaba lo suficientemente triste como para repetir la acción de Alfonsina, decidí que era hora de salir, sobre todo porque si no me componían Rafael y el mar iba a estar muy decepcionado.
La siguiente villa que conocí se llama villa Victoria, puesto que era de la escritora Victoria Ocampo que entre sus méritos tuvo ser de una familia aristocrática y a pesar de eso no abandonarse a la vida más ociosa y parasitaria de la sociedad que suelen darse los que cotidianamente llenan las revistas Holas, Caras, Gente, Sociales del Imparcial y puras de ésas que ustedes ya conocen. Victoria Ocampo, por su parte, se dedicó a patrocinar el mundo de las letras, y a escribir ella misma. Así, daba hospedaje en esa mansión traída pedazo por pedazo de Inglaterra, a escritores que buscaban un remanso de paz (y libre del pago de alquiler). Lo más lindo de la casa es el jardín que tiene árboles enormes traídos de los rincones más lejanos del mundo y que se aclimataron bien en el templado clima marplatense. Yo es que soy muy fans de los árboles gigantes y en ese jardín (en el que también estaba yo solo con robles, cedros, olmos, platanos y álamos) me sentía como en consejo de sabios verdes que susurraban en un idioma que no entendí al ser atravezados por el viento (bueno, así de ridículo me pongo yo cuando tengo mucho tiempo para pensar).
Otra de las atracciones de la ciudad es el Casino Provincial en el que tuve la suerte (la primer noche) de no perder ni un peso argentino en toda la velada y hasta de ganar veinte pesos (como siete dólares) en la segunda oportunidad (la noche siguiente, porque el vicio es canijo...). También tuve la oportunidad de comerme un auténtico y delicioso asado argentino con los papás de Pablo, en el que comí hasta que mi estómago pudo soportarlo.

Y volando se fueron los días en Mar del Plata como se va siempre la vida cuando la está uno pasando a gusto. Afortunadamente, todavía quedaban muchos lugares que iba a conocer, así que la ilusión compensaba ese incómodo vacío que causa el desprendimiento de los amigos, sobre todo cuando no se sabe cuánto tiempo va a durar.

Una vez agotada la primera parte de mi estancia en Bs.As. me tomé mi taxi a la estación de trenes/autobuses el Retiro. Una vez ahí abordé el camión - coche cama - que muy cómodamente me transportó en brazos de Morfeo - o sea, dormido - hasta Mar del Plata. Esta ciudad es al parecer el balneario principal de Argentina. Sería como el Acapulco argentino, porque es visitada sobre todo por los numerosísimos residentes de la capital que se van a relajar a la costa - llevando siempre consigo sus hábitos junglaurbanos -. - Los porteños, al parecer, aman Mar del Plata - le comenté a mi amiga marplatense. - "Sí y nosotros odiamos a los porteños" - me reviró, ooops.
Pero el principal propósito de ir a Mardel era visitar a unos amigos entrañables que habían tenido la agridulce suerte de vivir en Hermosillo. Hacía cuatro años ya que no nos veíamos, pero la amistad la habíamos construido de tal manera que ese lapso en nada había mermado el cariño que se genera cuando las vidas se comparten auténticamente. Y al lazo de por sí estrecho que nos unía se había añadido la presencia de Demetrio que nació hace dos años y que es, por mi tenaz insistencia, mi ahijado de cariño (en cualquier momento oficializamos el padrinazgo).

Es una ciudad muy linda y tranquila, serena como se es sereno cuando se vive a expensas del mar. Es un punto muy al sur del planeta por lo que el clima no es ni de cerca guapachoso/tropical, pero los días en los que estuve fui bendecido por los dioses del sol y del viento que me dejaron disfrutar la playa a mis anchas (mis angostas debería decir, si la referencia es a las dimensiones corporales). Aunque fue una lindura disfrutar de la playa y la tibia y tersa arena, en donde hasta jugué volley ball playero no sólo por el cliché sino también por gusto, no había que acercarse mucho al agua porque, como ya lo había comentado, era gélida como que la corriente acababa de regresar de una larga estancia en la Antártica. Con todo y eso había muchísima gente dentro del mar, lo cual me hizo dudar de su salud mental, o bien, de mi capacidad de adaptación a lugares más fríos. Mar del Plata fue el lugar más al sur que visité y, además, el punto más meridional en el que he estado en el planeta Tierra (claro, porque como he estado en muchos otros planetas, es mejor aclarar).
Mi primera impresión (que de tanta sorpresa terminó dándome miedo) es lo plano del terreno. Prácticamente desde que salí de Bs.As. hasta que llegué a Mar del Plata (que son como cinco horas) eran sembradíos que pareciera que los habían aplanado con regla y no se alcanzaba a divisar hacia el horizonte ninguna colina. De tan plano el terreno podía apreciarse la redondez de la Tierra que yo pensé sólo se notaba al contemplar la inmensidad del océano.
Lo que más me gustó de Mar del Plata, fueron un par de villas (casas/mansiones) que están en la colonia súper-chubi-dubi que se llama Los Troncos. Una de ellas es la Villa Mitre que es el museo de historia de la ciudad. Cuando me preguntaron qué me había parecido, después de pensarlo un buen rato dije: "es un museo triste". Y, en verdad, es un museo muy triste, sin usar el término en el sentido injustamente peyorativo que solemos atribuir a la tristeza. Sólo para darles una idea, yo era el único visitante del museo durante todo el recorrido y me abrumaba una paz sepulcral con recuerdos del pasado. Además, una de las piezas célebres del museo es el manuscrito del último poema de Alfonsina Storni que se llama Voy a dormir y que es una tristísima nota de suicidio literaria. Esta poetisa argentina de origen suizo inspiró la hermosa canción Alfonsina y el mar (Ramírez y Luna), después de que al final de una vida ensombrecida por el dolor se quitó la vida internándose en la playa de Mar del Plata (lo cual me hace preguntarme si murió de pulmonía por lo frío del agua o si fue ahogamiento la verdadera causa de su muerte). Una vez que estaba lo suficientemente triste como para repetir la acción de Alfonsina, decidí que era hora de salir, sobre todo porque si no me componían Rafael y el mar iba a estar muy decepcionado.
La siguiente villa que conocí se llama villa Victoria, puesto que era de la escritora Victoria Ocampo que entre sus méritos tuvo ser de una familia aristocrática y a pesar de eso no abandonarse a la vida más ociosa y parasitaria de la sociedad que suelen darse los que cotidianamente llenan las revistas Holas, Caras, Gente, Sociales del Imparcial y puras de ésas que ustedes ya conocen. Victoria Ocampo, por su parte, se dedicó a patrocinar el mundo de las letras, y a escribir ella misma. Así, daba hospedaje en esa mansión traída pedazo por pedazo de Inglaterra, a escritores que buscaban un remanso de paz (y libre del pago de alquiler). Lo más lindo de la casa es el jardín que tiene árboles enormes traídos de los rincones más lejanos del mundo y que se aclimataron bien en el templado clima marplatense. Yo es que soy muy fans de los árboles gigantes y en ese jardín (en el que también estaba yo solo con robles, cedros, olmos, platanos y álamos) me sentía como en consejo de sabios verdes que susurraban en un idioma que no entendí al ser atravezados por el viento (bueno, así de ridículo me pongo yo cuando tengo mucho tiempo para pensar).
Otra de las atracciones de la ciudad es el Casino Provincial en el que tuve la suerte (la primer noche) de no perder ni un peso argentino en toda la velada y hasta de ganar veinte pesos (como siete dólares) en la segunda oportunidad (la noche siguiente, porque el vicio es canijo...). También tuve la oportunidad de comerme un auténtico y delicioso asado argentino con los papás de Pablo, en el que comí hasta que mi estómago pudo soportarlo.

Y volando se fueron los días en Mar del Plata como se va siempre la vida cuando la está uno pasando a gusto. Afortunadamente, todavía quedaban muchos lugares que iba a conocer, así que la ilusión compensaba ese incómodo vacío que causa el desprendimiento de los amigos, sobre todo cuando no se sabe cuánto tiempo va a durar.
viernes, enero 04, 2008
¿Qué hay debajo del Ecuador? (parte 2)
(Esta entrada es la continuación de la anterior y es altamente recomendable leer primero la siguiente y después - si le han quedado ganas - ésta)
Después de tanto esperar, mi compacta maletita roja - que tanto me facilita la visibilidad en la banda - hacía su aparición con más de tres horas de retraso. Así que a media noche había que ponerse a buscar hotel o alguna banca de parque. Afortunadamente con tarjeta de crédito mediante no me fue tan difícil conseguir hotel, aunque me advirtió el agente hotelero que ya no le quedaban hoteles de 5 estrellas. "Chin" - pensé yo - y ahora ¿cómo haré para dormir en una pocilga de 4 estrellas, tan acostumbrado que estoy a viajar en categoría Gran Turismo? Pero luego recordé que no, que soy un modesto viajero humilde y de familia numerosa con la capacidad de dormir hasta en las condiciones más adversas. Hice la reserva y el pago del hotel desde el aeropuerto sin saber bien a bien en qué área de la ciudad me estaría yo metiendo, confiado en que no debía de ser más peligrosa que aquella zona de París en las que en una madrugada nos correteó un negro como de dos metros de alto. Durante el trayecto al hotel yo trataba de fijarme por qué calle iba, just in case, pero me pareció muy extraño que siempre que volteaba a ver el nombre de la calle leía "Personal", a pesar de que tenía la noción de haber dado vueltas en más de una ocasión. Una opción - bastante irracional - es que todas las calles se llamaran "Personal", lo cual sonaba ridículo, al menos tendría que haber alguna que se llamara "Recursos Humanos" - pensé yo -. Sin resolver esa duda que me carcomía llegamos al hotel, me bajé, me instalé, me dormí, me desperté, me bañé - todo lo anterior sin tomar agua - y salí a disfrutar de mi primer día en Buenos Aires. Lo primero que descubrí - y que me dio mucho gusto - es que no es que las calles se llamaran Personal, sino que encima del nombre de la calle en colores más claros y vistosos estaba siempre la publicidad de una compañía de teléfonos llamada Personal. Bueno, son estupideces que se hacen posibles porque el choque cultural nos hace pensar que todo es posible, todo agravado por el cansancio de un viaje largo.
Estaba a sólo un par de cuadras de la Avenida 9 de Julio - la más ancha del mundo -. (Tienen una especie de fijación los argentinos con ser o tener lo más - coloque algo aquí - del mundo). Atravecé la avenida para sentirme yo también parte de un récord mundial y ahí estaba él, uno de los símbolos más importantes de la ciudad: el Obelisco. Durante algunos minutos estuve llamándolo mentalmente "el Asterisco" por una especie de dislexia que me da con algunas cosas y que esta ocasión sé que fue culpa del cómic francés Asterix y Obelix. Pues el obelisco no tiene mucha gracia pero verlo una y otra vez era una linda manera de constatar para mis adentros que estaba en Buenos Aires, después de tanto tiempo queriendo ir. Finalmente estaba ahí, respiraba el aire tibio del paradójico verano decembrino del hemisferio sur. Unos pasos más adelante estaba el Teatro Colón, otro de los edificios clave de la ciudad, de una arquitectura y ornamentación muy elegante. Y así fui caminando más y más para seguir descubriendo los puntos infaltables del "microcentro" (como llaman a la parte más centrica y antigua de la ciudad, término que, a mi juicio, no se lleva bien con la arrogancia que frecuentemente se les imputa a los "porteños" - gentilicio de la gente de Bs. As. -): el Congreso, la Plaza de Mayo con su Casa Rosada (muuuuy pinky), la Catedral (que, en realidad, parece teatro), y todos los etcéteras que me aguantaron las piernas.
Buenos Aires es una ciudad fenomenal. Más allá de la arquitectura afrancesada de sus muchísimos edificios cuya ornamentación es hermosa pero no la distingue nada en particular, su encanto es ese ritmo de vida gestado con base en costumbres europeas: como los cafés y las heladerías artesanales, pero acondicionado a una realidad bastante especial: ser un país latinoamericano - el nuevo mundo, al fin - pero lejos de todo, lejísimos de todo. Con todo evidentemente me refiero al centro de la civilización occidental: Europa y Estados Unidos. Una realidad particular también porque el mayor porcentaje de su población es descendiente directa o casi directa de una migración muy reciente y diversificada en sus orígenes (varios países de Europa, principalmente Italia, y también Medio Oriente: Siria, Líbano, Israel; e inclusive China y otros países de Oriente), que se integra a un país con una estructura proveniente de la colonia española que había sido el Virreinato del Río de la Plata, del cual Buenos Aires era la sede.
Por su fisonomía urbana se puede colegir que el florecimiento de la ciudad se dio a finales del siglo XIX y principios del XX. Pero es, a la vez, un punto de referencia para las letras hispanas pues ahí han nacido o vivido escritores de la importancia de Borges, Cortázar, Bioy Casares. Y argentino es también Quino con su espectacular e ingualable Mafalda - mi cómic favorito, de leeejos - y la histioretista contemporánea Maitena, que si no han leído/visto sus tiras, se las recomiendo ampliamente porque son buenísimas, ácidas y muy actuales. En fin, el punto que yo quería ilustrar es que culturalmente Buenos Aires tiene muchísimo que ofrecer.
Turísticamente también es una lindura porque es de esas ciudades que se va armando con sus diferentes barrios. Cada uno tiene su encanto y su ambiente especial: San Telmo, La Boca, Palermo, Recoleta, Puerto Madero, Barrio Norte, en fin... Todos, excepto La Boca, me encantaron y este último no fue tan de mi agrado por ser una especie de Disneyland versión argentina, es decir, todo se ve muy armado para el turista y carente de la autenticidad que seguramente tuvo en su origen. La Boca está junto al puerto y fue lugar de llegada de muchos migrantes, lo cual llevó a la "gente bien" a salirse de ahí y abandonar sus casonas, porque obvio ¡qué asco los migrantes! Pues mejor les fue a éstos porque así se fueron apoderando de las casas e hicieron como vecindades y hasta hablaban y algunos siguen hablando en un dialecto o argot - llamado lunfardo - para reafirmar lo marginal de su posición social.
Fue súper agradable para mí que soy un obsesivo de caminar (y tomar coca-cola), recorrer sin-ton-ni-son, sin guía, sin mucha idea, cada uno de estos barrios (excepto la Boca que es un barrio muy pobre y, obvio, ¡qué asco los pobres! y te recomiendan que te cuides no yendo).
El primer día era como mi luna de miel con la ciudad, encantado caminaba como sobre nubes cuando un maldito malandrín me despertó de mis dulces sueños al robarme la cámara con la velocidad del rayo y la técnica depurada de los gitanos, con una mano seguro me distrajo mientras que con la otra sustrajo mi recién estrenado aparatejo digital. Ya ni llorar es bueno - pensé - sobre todo porque debía la lamentable perdida a mi descuido y a mi pueblerina inocencia y supuesto fortísimo de que todos son respetuosos del patrimonio ajeno.
Lo demás fue pasear, oír y ver tango (me encantan los clichés!!! ¿a ustedes no? Son tan lindos, tan fáciles...), comer pasta, carne, vinos, alfajores, dulces de leche, coca-cola (ooots, me salí del libreto con esto). Y pasado un par de días se llegó la fecha del recuentro en Mar del Plata con mis amigos que hacía cuatro años no veía. Pero esa historia la dejo para la siguiente entrega...
Después de tanto esperar, mi compacta maletita roja - que tanto me facilita la visibilidad en la banda - hacía su aparición con más de tres horas de retraso. Así que a media noche había que ponerse a buscar hotel o alguna banca de parque. Afortunadamente con tarjeta de crédito mediante no me fue tan difícil conseguir hotel, aunque me advirtió el agente hotelero que ya no le quedaban hoteles de 5 estrellas. "Chin" - pensé yo - y ahora ¿cómo haré para dormir en una pocilga de 4 estrellas, tan acostumbrado que estoy a viajar en categoría Gran Turismo? Pero luego recordé que no, que soy un modesto viajero humilde y de familia numerosa con la capacidad de dormir hasta en las condiciones más adversas. Hice la reserva y el pago del hotel desde el aeropuerto sin saber bien a bien en qué área de la ciudad me estaría yo metiendo, confiado en que no debía de ser más peligrosa que aquella zona de París en las que en una madrugada nos correteó un negro como de dos metros de alto. Durante el trayecto al hotel yo trataba de fijarme por qué calle iba, just in case, pero me pareció muy extraño que siempre que volteaba a ver el nombre de la calle leía "Personal", a pesar de que tenía la noción de haber dado vueltas en más de una ocasión. Una opción - bastante irracional - es que todas las calles se llamaran "Personal", lo cual sonaba ridículo, al menos tendría que haber alguna que se llamara "Recursos Humanos" - pensé yo -. Sin resolver esa duda que me carcomía llegamos al hotel, me bajé, me instalé, me dormí, me desperté, me bañé - todo lo anterior sin tomar agua - y salí a disfrutar de mi primer día en Buenos Aires. Lo primero que descubrí - y que me dio mucho gusto - es que no es que las calles se llamaran Personal, sino que encima del nombre de la calle en colores más claros y vistosos estaba siempre la publicidad de una compañía de teléfonos llamada Personal. Bueno, son estupideces que se hacen posibles porque el choque cultural nos hace pensar que todo es posible, todo agravado por el cansancio de un viaje largo.
Estaba a sólo un par de cuadras de la Avenida 9 de Julio - la más ancha del mundo -. (Tienen una especie de fijación los argentinos con ser o tener lo más - coloque algo aquí - del mundo). Atravecé la avenida para sentirme yo también parte de un récord mundial y ahí estaba él, uno de los símbolos más importantes de la ciudad: el Obelisco. Durante algunos minutos estuve llamándolo mentalmente "el Asterisco" por una especie de dislexia que me da con algunas cosas y que esta ocasión sé que fue culpa del cómic francés Asterix y Obelix. Pues el obelisco no tiene mucha gracia pero verlo una y otra vez era una linda manera de constatar para mis adentros que estaba en Buenos Aires, después de tanto tiempo queriendo ir. Finalmente estaba ahí, respiraba el aire tibio del paradójico verano decembrino del hemisferio sur. Unos pasos más adelante estaba el Teatro Colón, otro de los edificios clave de la ciudad, de una arquitectura y ornamentación muy elegante. Y así fui caminando más y más para seguir descubriendo los puntos infaltables del "microcentro" (como llaman a la parte más centrica y antigua de la ciudad, término que, a mi juicio, no se lleva bien con la arrogancia que frecuentemente se les imputa a los "porteños" - gentilicio de la gente de Bs. As. -): el Congreso, la Plaza de Mayo con su Casa Rosada (muuuuy pinky), la Catedral (que, en realidad, parece teatro), y todos los etcéteras que me aguantaron las piernas.
Buenos Aires es una ciudad fenomenal. Más allá de la arquitectura afrancesada de sus muchísimos edificios cuya ornamentación es hermosa pero no la distingue nada en particular, su encanto es ese ritmo de vida gestado con base en costumbres europeas: como los cafés y las heladerías artesanales, pero acondicionado a una realidad bastante especial: ser un país latinoamericano - el nuevo mundo, al fin - pero lejos de todo, lejísimos de todo. Con todo evidentemente me refiero al centro de la civilización occidental: Europa y Estados Unidos. Una realidad particular también porque el mayor porcentaje de su población es descendiente directa o casi directa de una migración muy reciente y diversificada en sus orígenes (varios países de Europa, principalmente Italia, y también Medio Oriente: Siria, Líbano, Israel; e inclusive China y otros países de Oriente), que se integra a un país con una estructura proveniente de la colonia española que había sido el Virreinato del Río de la Plata, del cual Buenos Aires era la sede.
Por su fisonomía urbana se puede colegir que el florecimiento de la ciudad se dio a finales del siglo XIX y principios del XX. Pero es, a la vez, un punto de referencia para las letras hispanas pues ahí han nacido o vivido escritores de la importancia de Borges, Cortázar, Bioy Casares. Y argentino es también Quino con su espectacular e ingualable Mafalda - mi cómic favorito, de leeejos - y la histioretista contemporánea Maitena, que si no han leído/visto sus tiras, se las recomiendo ampliamente porque son buenísimas, ácidas y muy actuales. En fin, el punto que yo quería ilustrar es que culturalmente Buenos Aires tiene muchísimo que ofrecer.
Turísticamente también es una lindura porque es de esas ciudades que se va armando con sus diferentes barrios. Cada uno tiene su encanto y su ambiente especial: San Telmo, La Boca, Palermo, Recoleta, Puerto Madero, Barrio Norte, en fin... Todos, excepto La Boca, me encantaron y este último no fue tan de mi agrado por ser una especie de Disneyland versión argentina, es decir, todo se ve muy armado para el turista y carente de la autenticidad que seguramente tuvo en su origen. La Boca está junto al puerto y fue lugar de llegada de muchos migrantes, lo cual llevó a la "gente bien" a salirse de ahí y abandonar sus casonas, porque obvio ¡qué asco los migrantes! Pues mejor les fue a éstos porque así se fueron apoderando de las casas e hicieron como vecindades y hasta hablaban y algunos siguen hablando en un dialecto o argot - llamado lunfardo - para reafirmar lo marginal de su posición social.
Fue súper agradable para mí que soy un obsesivo de caminar (y tomar coca-cola), recorrer sin-ton-ni-son, sin guía, sin mucha idea, cada uno de estos barrios (excepto la Boca que es un barrio muy pobre y, obvio, ¡qué asco los pobres! y te recomiendan que te cuides no yendo).
El primer día era como mi luna de miel con la ciudad, encantado caminaba como sobre nubes cuando un maldito malandrín me despertó de mis dulces sueños al robarme la cámara con la velocidad del rayo y la técnica depurada de los gitanos, con una mano seguro me distrajo mientras que con la otra sustrajo mi recién estrenado aparatejo digital. Ya ni llorar es bueno - pensé - sobre todo porque debía la lamentable perdida a mi descuido y a mi pueblerina inocencia y supuesto fortísimo de que todos son respetuosos del patrimonio ajeno.
Lo demás fue pasear, oír y ver tango (me encantan los clichés!!! ¿a ustedes no? Son tan lindos, tan fáciles...), comer pasta, carne, vinos, alfajores, dulces de leche, coca-cola (ooots, me salí del libreto con esto). Y pasado un par de días se llegó la fecha del recuentro en Mar del Plata con mis amigos que hacía cuatro años no veía. Pero esa historia la dejo para la siguiente entrega...
jueves, enero 03, 2008
¿Qué hay debajo del Ecuador?
Ya estoy de regreso en el hábitat de la cotidianidad bastante satisfecho aunque lidiando con ese sentimiento de ansiedad post-festiva. Mi rencuentro obligado con el blog después de un viaje (viajes debería decir) como el que acabo de terminar me provoca harto nerviosismo, porque a lo largo del mismo (los mismos debería decir) estuve conversando todo el tiempo con el blog. Fue una oportunidad estupenda para pensar, pero sobre todo para reformular lo que pensaba en expresiones que cumplieran mejor su cometido de transmitir lo que iba viendo, sintiendo, viviendo.
Todo empezó más o menos así: el sábado 15 de diciembre fue la boda de un amigo excelente, ex-compañero de la maestría. Estaba muy reciente la experiencia del espectáculo público en el festejo navideño de la oficina, como para volverme a convertir en centro del escarnio colectivo. Por lo tanto, decidí comportarme dentro de límites aceptables de honorabilidad (claro que muy cerca del límite inferior del espectro porque, la verdad, es mucho más divertido). Yo asumía que todo había salido muy bien, y para confirmarlo al final de la tardeada se me acerca hasta la pista donde estaba yo insistiendo que continuaran tocando así fuera lo que fuera, una señora muy entrada en años, muuuy entrada en años y me dice "fuiste el mejor bailarín de la noche y vengo expresamente a felicitarte porque no importaba lo que pusieran lo bailabas con hartas ganas". Oh my goodness! - pensé yo – aunque se suponía que esta noche no llamara yo la atención se siente bonito tener una admiradora en el área geriátrica (al menos). Le agradecí muy complacido sus palabras a la venerable viejita y fui a sentarme convencido de que podía darme por satisfecho por el éxito de la noche. Cuando fui a sentarme también caí en la cuenta de que en unas horas tenía que estar en el aeropuerto para tomar mi vuelo a Argentina, lo cual en sí no era problema, pero que aún no había hecho mis maletas, lo cual sí era un problema en sí. Después de cruzar la ciudad de México de un extremo a otro literalmente (que no es lo mismo que literariamente) arrojé dos o tres trapos, los zapatos y mis efectos personales y en un dos por tres ya estaba todo listo.
A la hora debida, es decir, de madrugada, estaba yo en el aeropuerto de la ciudad de México. Al llegar al mostrador la señorita (por así decirlo) que me atendió me dice -¿te vas a quedar doce horas en el aeropuerto de Lima (donde hacía escala)? Yo respondí muy orgullosamente que no, que había tomado ese vuelo con la brillante idea de llegar a conocer Lima, probar algo de comida peruana y después regresar al aeropuerto para continuar mi vuelo a Buenos Aires (en adelante Bs.As.). Al terminar de explicar tenía yo una enorme sonrisa de satisfacción que abarcaba de oreja a oreja, la cual empezó a desvanecerse primero al ver la cara de incomprensión de la funcionaria aérea y después al oír su siguiente pregunta. - ¿Tienes visa para ir a Perú? - me inquirió -. Yo hice cara como de .?. y dije un tanto desilusionado "no". Pues es que por reciprocidad en Perú les solicitan visa a los mexicanos. Nunca antes el concepto de hermandad latinoamericana me pareció más demagógico, vacuo y falto de contenido que cuando me enteré que para entrar a Perú me pidan un visado (o a un peruano le pidan visa para entrar a México), cuando para entrar a cualquier país de Europa o a Canadá sólo tengo que mostrar mi pasaporte, pero para ir a visitar a mis hermanos peruanos debo solicitar previamente (pago de por medio) que me permitan entrar a su país. Pues fuck! - me dije - quédense con su Machu Pichu y su Lima y dígame si me puedo tomar otro vuelo antes a Bs.As. porque, no importa lo que diga Tom Hanks, permanecer encerrado en un aeropuerto más de diez horas es causal infalible de suicidio y yo prefiero seguir viviendo. Afortunadamente, sí había disponibilidad para un vuelo a Bs.As. muy cercano a mi arribo a Lima, el cual tomé pagándole a la aerolínea aún más de lo que ya había pagado. En el aeropuerto de Lima se me ocurrió otra brillante idea (que sí resultó ser buena idea, no estaba siendo sarcástico): comer comida peruana!!! Me habían hablado maravillas del ceviche peruano y la verdad se habían quedado cortos. El ceviche es un plato a base de mariscos "cocidos" en limón, de un pez que se llama lenguado y/o de langostinos (camarones), preparados con cebolla, cilantro y algunas otras especias que dan como resultado un deleite para el paladar. Me lo sirvieron acompañado de elote (maíz tierno) cocido y algo que parecía un camote, creo que le decían patata dulce. Lo único malo es que como soy obsesivo compulsivo con los horarios de vuelo, me lo comí a una velocidad vertiginosa que no se se lleva bien con la buena cocina, no fuera a ser que el avión osara dejarme en ese país hermano en el que tengo que solicitar visa.
El mismo día en el que había dejado la ciudad de México al amanecer, saludaba Bs. As. justo en el momento del crepúsculo. La luz de ese día sólo me había acompañado durante el viaje (impidiéndome dormir, la perversa). Por primera vez en la vida había cruzado la fabulosa línea imaginaria llamada Ecuador que tanta ilusión me hacía desde niño y desde el cielo había contemplado la inmensidad del Océano Pacífico, la resequedad de desiertos que daban la impresión de ser inasequibles para el pie humano, la majestuosidad de la Cordillera de los Andes, el color indescriptible de algunas montañas, el cauce de ríos cuyos nombres jamás conoceré, pueblos perdidos en el centro de la enormidad del continente sudamericano y al final, el río de la Plata - el más ancho del mundo - y la ciudad de Buenos Aires.
A mi llegada al aeropuerto de Ezeiza todo parecía ir muy bien, hice mi trámite migratorio en una fracción de segundo, me fui a recoger las maletas a la banda de reclamo de equipaje y ahí me paré junto a ella (la banda). Me paré primero con los dos pies, luego me recargué en el pie izquierdo, después en el derecho, de vuelta en los dos pies, luego me senté en la banda y nada... las maletas de nuestro vuelo - creo que las de muchos vuelos - no salían, entonces mi hinqué y le recé a la Virgen de Guadalupe - que en ese momento convertí en santa patrona del reclamo de equipaje - y tampoco funcionó. El descontento social empezaba a hacerse patente, la tensión colectiva parecía estar engendrando una revolución, una argentina gritaba "me da vergüenza ser argentina" (después me di cuenta que usan esa frase con mucha ligereza), un discípulo de Gardel escribía un tango a la desaparición de maletas, mientras bailaba apasionadamente con un maletero que se negaba a darnos una explicación de porqué habían pasado dos horas y aún no teníamos noticias de nuestras pertenencias (o tal vez ex-pertenencias, sugirió mi pesimismo radical). Una embravecida argentina quería meterse por la puertita donde entran las maletas a recogerlas por ella misma y pidió voluntarios para el trabajo. Yo pensé que eso debía violar unos ochocientos artículos de la reglamentación aérea, pero aún así me apunté como voluntario. Siguieron insultándose a los trabajadores aeroportuarios que se atrevían a pasar por ahí, ignorando la proximidad de “la guerra de las maletas”. Entonces, decidí que debía haber algún mecanismo institucional para enterarme con certeza de qué estaba pasando. Así tuve que hacer una extensa investigación para determinar quién era el que podía informármelo, porque todos decían que no era su responsabilidad. Más tarde que temprano llegué hasta el mostrador adecuado donde estaba agazapado quien podía darnos cuenta (una cuenta terrible porque después de más de dos horas, la respuesta es que había algo así como una huelga en la compañía que hacía el trabajo de distribuir las maletas, por lo cual estaban nuestros equipajes aparcados en algún lugar del aeropuerto y que era imposible de momento que las tuviéramos). Empecé usando un tono moderado, tratando de aplicar conceptos bien acá y encontrar una solución satisfactoria, pero me había seguido la marabunta enardecida que quería a fuerzas cortar una cabeza y no han dado cacerolazos porque no tenían con qué, justamente porque nos habían privado del inalienable derecho a tener nuestro equipaje. Después de arduas negociaciones (muy divertidas si no tenías prisa) logramos que se comprometieran a darnos el equipaje en 15 minutos (suena lindo si no caes en cuenta que para entonces habían pasado como tres horas). Yo, además, no tenía hotel reservado y ya era la media noche, solo en una ciudad desconocida, más lejos que nunca de mi familia, cansado de un viaje largo, un tanto desencantado de la hermandad latinoamericana, con más hambre que el Chavo del 8 y con muchos sueños por delante (jaja, pueden aplicar un ostentoso 'ni al caaaaso')
Esto empieza a ponerse muy largo - y yo apenas voy llegando a Argentina - por lo que mejor me propongo continuar esta reseña en capítulos posteriores, no sin antes adelantar que Argentina es un país fantástico y los argentinos muy buenos anfitriones.
Todo empezó más o menos así: el sábado 15 de diciembre fue la boda de un amigo excelente, ex-compañero de la maestría. Estaba muy reciente la experiencia del espectáculo público en el festejo navideño de la oficina, como para volverme a convertir en centro del escarnio colectivo. Por lo tanto, decidí comportarme dentro de límites aceptables de honorabilidad (claro que muy cerca del límite inferior del espectro porque, la verdad, es mucho más divertido). Yo asumía que todo había salido muy bien, y para confirmarlo al final de la tardeada se me acerca hasta la pista donde estaba yo insistiendo que continuaran tocando así fuera lo que fuera, una señora muy entrada en años, muuuy entrada en años y me dice "fuiste el mejor bailarín de la noche y vengo expresamente a felicitarte porque no importaba lo que pusieran lo bailabas con hartas ganas". Oh my goodness! - pensé yo – aunque se suponía que esta noche no llamara yo la atención se siente bonito tener una admiradora en el área geriátrica (al menos). Le agradecí muy complacido sus palabras a la venerable viejita y fui a sentarme convencido de que podía darme por satisfecho por el éxito de la noche. Cuando fui a sentarme también caí en la cuenta de que en unas horas tenía que estar en el aeropuerto para tomar mi vuelo a Argentina, lo cual en sí no era problema, pero que aún no había hecho mis maletas, lo cual sí era un problema en sí. Después de cruzar la ciudad de México de un extremo a otro literalmente (que no es lo mismo que literariamente) arrojé dos o tres trapos, los zapatos y mis efectos personales y en un dos por tres ya estaba todo listo.
A la hora debida, es decir, de madrugada, estaba yo en el aeropuerto de la ciudad de México. Al llegar al mostrador la señorita (por así decirlo) que me atendió me dice -¿te vas a quedar doce horas en el aeropuerto de Lima (donde hacía escala)? Yo respondí muy orgullosamente que no, que había tomado ese vuelo con la brillante idea de llegar a conocer Lima, probar algo de comida peruana y después regresar al aeropuerto para continuar mi vuelo a Buenos Aires (en adelante Bs.As.). Al terminar de explicar tenía yo una enorme sonrisa de satisfacción que abarcaba de oreja a oreja, la cual empezó a desvanecerse primero al ver la cara de incomprensión de la funcionaria aérea y después al oír su siguiente pregunta. - ¿Tienes visa para ir a Perú? - me inquirió -. Yo hice cara como de .?. y dije un tanto desilusionado "no". Pues es que por reciprocidad en Perú les solicitan visa a los mexicanos. Nunca antes el concepto de hermandad latinoamericana me pareció más demagógico, vacuo y falto de contenido que cuando me enteré que para entrar a Perú me pidan un visado (o a un peruano le pidan visa para entrar a México), cuando para entrar a cualquier país de Europa o a Canadá sólo tengo que mostrar mi pasaporte, pero para ir a visitar a mis hermanos peruanos debo solicitar previamente (pago de por medio) que me permitan entrar a su país. Pues fuck! - me dije - quédense con su Machu Pichu y su Lima y dígame si me puedo tomar otro vuelo antes a Bs.As. porque, no importa lo que diga Tom Hanks, permanecer encerrado en un aeropuerto más de diez horas es causal infalible de suicidio y yo prefiero seguir viviendo. Afortunadamente, sí había disponibilidad para un vuelo a Bs.As. muy cercano a mi arribo a Lima, el cual tomé pagándole a la aerolínea aún más de lo que ya había pagado. En el aeropuerto de Lima se me ocurrió otra brillante idea (que sí resultó ser buena idea, no estaba siendo sarcástico): comer comida peruana!!! Me habían hablado maravillas del ceviche peruano y la verdad se habían quedado cortos. El ceviche es un plato a base de mariscos "cocidos" en limón, de un pez que se llama lenguado y/o de langostinos (camarones), preparados con cebolla, cilantro y algunas otras especias que dan como resultado un deleite para el paladar. Me lo sirvieron acompañado de elote (maíz tierno) cocido y algo que parecía un camote, creo que le decían patata dulce. Lo único malo es que como soy obsesivo compulsivo con los horarios de vuelo, me lo comí a una velocidad vertiginosa que no se se lleva bien con la buena cocina, no fuera a ser que el avión osara dejarme en ese país hermano en el que tengo que solicitar visa.
El mismo día en el que había dejado la ciudad de México al amanecer, saludaba Bs. As. justo en el momento del crepúsculo. La luz de ese día sólo me había acompañado durante el viaje (impidiéndome dormir, la perversa). Por primera vez en la vida había cruzado la fabulosa línea imaginaria llamada Ecuador que tanta ilusión me hacía desde niño y desde el cielo había contemplado la inmensidad del Océano Pacífico, la resequedad de desiertos que daban la impresión de ser inasequibles para el pie humano, la majestuosidad de la Cordillera de los Andes, el color indescriptible de algunas montañas, el cauce de ríos cuyos nombres jamás conoceré, pueblos perdidos en el centro de la enormidad del continente sudamericano y al final, el río de la Plata - el más ancho del mundo - y la ciudad de Buenos Aires.
A mi llegada al aeropuerto de Ezeiza todo parecía ir muy bien, hice mi trámite migratorio en una fracción de segundo, me fui a recoger las maletas a la banda de reclamo de equipaje y ahí me paré junto a ella (la banda). Me paré primero con los dos pies, luego me recargué en el pie izquierdo, después en el derecho, de vuelta en los dos pies, luego me senté en la banda y nada... las maletas de nuestro vuelo - creo que las de muchos vuelos - no salían, entonces mi hinqué y le recé a la Virgen de Guadalupe - que en ese momento convertí en santa patrona del reclamo de equipaje - y tampoco funcionó. El descontento social empezaba a hacerse patente, la tensión colectiva parecía estar engendrando una revolución, una argentina gritaba "me da vergüenza ser argentina" (después me di cuenta que usan esa frase con mucha ligereza), un discípulo de Gardel escribía un tango a la desaparición de maletas, mientras bailaba apasionadamente con un maletero que se negaba a darnos una explicación de porqué habían pasado dos horas y aún no teníamos noticias de nuestras pertenencias (o tal vez ex-pertenencias, sugirió mi pesimismo radical). Una embravecida argentina quería meterse por la puertita donde entran las maletas a recogerlas por ella misma y pidió voluntarios para el trabajo. Yo pensé que eso debía violar unos ochocientos artículos de la reglamentación aérea, pero aún así me apunté como voluntario. Siguieron insultándose a los trabajadores aeroportuarios que se atrevían a pasar por ahí, ignorando la proximidad de “la guerra de las maletas”. Entonces, decidí que debía haber algún mecanismo institucional para enterarme con certeza de qué estaba pasando. Así tuve que hacer una extensa investigación para determinar quién era el que podía informármelo, porque todos decían que no era su responsabilidad. Más tarde que temprano llegué hasta el mostrador adecuado donde estaba agazapado quien podía darnos cuenta (una cuenta terrible porque después de más de dos horas, la respuesta es que había algo así como una huelga en la compañía que hacía el trabajo de distribuir las maletas, por lo cual estaban nuestros equipajes aparcados en algún lugar del aeropuerto y que era imposible de momento que las tuviéramos). Empecé usando un tono moderado, tratando de aplicar conceptos bien acá y encontrar una solución satisfactoria, pero me había seguido la marabunta enardecida que quería a fuerzas cortar una cabeza y no han dado cacerolazos porque no tenían con qué, justamente porque nos habían privado del inalienable derecho a tener nuestro equipaje. Después de arduas negociaciones (muy divertidas si no tenías prisa) logramos que se comprometieran a darnos el equipaje en 15 minutos (suena lindo si no caes en cuenta que para entonces habían pasado como tres horas). Yo, además, no tenía hotel reservado y ya era la media noche, solo en una ciudad desconocida, más lejos que nunca de mi familia, cansado de un viaje largo, un tanto desencantado de la hermandad latinoamericana, con más hambre que el Chavo del 8 y con muchos sueños por delante (jaja, pueden aplicar un ostentoso 'ni al caaaaso')
Esto empieza a ponerse muy largo - y yo apenas voy llegando a Argentina - por lo que mejor me propongo continuar esta reseña en capítulos posteriores, no sin antes adelantar que Argentina es un país fantástico y los argentinos muy buenos anfitriones.
viernes, diciembre 21, 2007
Reportando desde el hemisferio sur

Les había yo preparado un fotoreportaje que iba a estar requetemono y requetesimpático y con toda la buena onda que traigo aquí en estas tan sureñas latitudes del orbe, pero resulta que mi recién estrenadísima cámara digital Samsung me fue hurtada de manera dolosa y alevosa y apestosa y muchos más adjetivos nefastos que combinan con mi estupidez y mi falta de precaución. Todo eso ocurrió en mi primer día de visita por Buenos Aires, en el que había tomado ya tantas fotos graciosas que empezaba a dudar que el blog las soportaría. Pues ya no tengo ese problema técnico porque como junto con la cámara iban todas mis memorias fotográficas (incluidas las de la boda de Marco que fue un día antes de venirme a Argentina y donde la había pasado tan bien... que eran fotos sin duda memorables). Las dos fotos que aquí incluyo las tomé con la cámara de mis amigos Laura y Pablo en Mar del Plata, con la única intención de que no me olviden tan fácilmente.
En fin, no puedo detenerme más a platicar porque cuando está uno de vacaciones cada segundo cuenta y pues mi blog me será muy entrañable pero mis vacaciones al máximo lo son más. Y... nada, estas líneas tenían ante todo la intención de comunicar que me la estoy pasando "muy macanudamente" (no piensen mal mexicanos, eh? en Argentina se usa esta expresión para indicar que me la he pasado muy simpáticamente). Bueno, en realidad, también quería mandar un saludo muy fuerte a todos por estas fechas navideñas, seguro de son una buena oportunidad de pasarla bien, acompañarse con los queridos y comer fantástico.
Ya tendré oportunidad al terminar el viaje de contarles las cien mil impresiones por día que he tenido desde que llegué (casi todas muuuy positivas!!!) y por lo pronto aquì suspendo para seguir pasándola bien, no sin antes enviar un abrazo enorme y una sonrisa con el Océano Atlántico de fondo que, por primera vez en mi vida, me mojó (los pies, nada más el condenado, porque estaba de frío como el alma de María Félix).
viernes, diciembre 14, 2007
Híjuela... (hijo de la ...)
Híjuela (expresión sonorense para expresar asombro... así :o ).
Pues me la he pasado diciendo "híjuela" desde que llegué a la oficina. Resulta que ayer por la tarde fue la fiesta navideña de la oficina. Era la primera vez que departía en ese contexto con los compañeros de trabajo (y los jefes... ooots). Uno sabe cómo es uno, pero el problema es que los demás no saben, en realidad, cómo es uno. De esta manera, te ven trabajando "arduamente" todos los días, usando un lenguaje seleccionado para expresarte, vestido de traje, corbata y mancuernillas y terminan haciéndose una idea de ti de persona seria y formal. Pero es que yo una vez que me monto en el espíritu festivo soy algo intenso. Me acojo a la consigna de la lógica de lo apropiado y si se trata de ir a comer, pues como mucho y si se trata de bailar, pues bailo mucho (prescindir de talento nunca ha sido un obstáculo, por lo que pongo a mover mis dos piernas izquierdas y sea lo que Dios quiera).
No debo abundar mucho en los detalles pero para darles una idea de los desfiguros de los que fui protagonista, les comento que solicité con voz potente que pusieran... reggaeton!!! sí, reggaeton!!! y como yo lo había pedido yo mismo me comedí a ser el primero en la pista. Siendo el promedio de edad de los compañeros muy superior al mío se dejó sentir la brecha generacional, por lo cual mis "curiositos" pasos de baile se convirtieron en el espectáculo de la tarde, ¡oh no! Y ya para tocar fondo una compañera acercó el tubo del micrófono y sólo se oía: "tubo tubo", ¡oh no! "tubo tubo"!!! Y pues ya comprometido con el ambiente accedí a la petición y "tubeé tubeé" (twice!!!). No puedo negar que la multitud enardecida se regocijaba con el espectáculo, jah! pero es que se me olvidó eso de que hay que cuidar las formas.
El resto de la tarde-noche fue una especie de espiral descendente en la que cada vez se despreciaban más las buenas costumbres y así el espíritu de Timbiriche nos poseyó y luego como era el único norteño de la fiesta, tuve que echarme todos los ritmos provenientes del Norte, y no hubo una canción de Banda, Norteño, Tex-Mex y hasta Pasito Duranguense!!! que se resistiera a mis encantos. Y terminé cantando a dueto (y con micrófono!!!) Mujeres Divinas. Cuando se anunció que la fiesta se acababa estaba el ambiente a tal punto que alguien sacó un sombrero y lo pasó por las mesas para cooperar para una hora más de música y de renta del salón. Y se juntó casi tanta lana como para la ayuda a Tabasco, pero el grupo musical nos desairó porque tenía que irse a otro evento (tal vez es que ya no soportaban más mis pasitos reggaetoneros y no se les ocurrió mejor pretexto).
El caso es que hoy que llego a la oficina con la misma cara digna de todos los días, todos me saludan efusivamente y con cara de sorprendidos preguntan ¿Y cómo amaneciste? ¿Y no estás muy cansado? ¡Qué manera de bailar! ¡La fiesta estuvo buenísima, ¿no?! ¡La jefa estaba impresionada! Y yo por dentro pienso ¡oh no, qué horror! y creo que ya nunca podré recuperar mi reputación de hombre serio y formal, porque la verdad es que los pasitos de reggaeton y las canciones de Timbiriche hacen un daño irreparable a la dignidad y la honorabilidad de las personas.
Pues me la he pasado diciendo "híjuela" desde que llegué a la oficina. Resulta que ayer por la tarde fue la fiesta navideña de la oficina. Era la primera vez que departía en ese contexto con los compañeros de trabajo (y los jefes... ooots). Uno sabe cómo es uno, pero el problema es que los demás no saben, en realidad, cómo es uno. De esta manera, te ven trabajando "arduamente" todos los días, usando un lenguaje seleccionado para expresarte, vestido de traje, corbata y mancuernillas y terminan haciéndose una idea de ti de persona seria y formal. Pero es que yo una vez que me monto en el espíritu festivo soy algo intenso. Me acojo a la consigna de la lógica de lo apropiado y si se trata de ir a comer, pues como mucho y si se trata de bailar, pues bailo mucho (prescindir de talento nunca ha sido un obstáculo, por lo que pongo a mover mis dos piernas izquierdas y sea lo que Dios quiera).
No debo abundar mucho en los detalles pero para darles una idea de los desfiguros de los que fui protagonista, les comento que solicité con voz potente que pusieran... reggaeton!!! sí, reggaeton!!! y como yo lo había pedido yo mismo me comedí a ser el primero en la pista. Siendo el promedio de edad de los compañeros muy superior al mío se dejó sentir la brecha generacional, por lo cual mis "curiositos" pasos de baile se convirtieron en el espectáculo de la tarde, ¡oh no! Y ya para tocar fondo una compañera acercó el tubo del micrófono y sólo se oía: "tubo tubo", ¡oh no! "tubo tubo"!!! Y pues ya comprometido con el ambiente accedí a la petición y "tubeé tubeé" (twice!!!). No puedo negar que la multitud enardecida se regocijaba con el espectáculo, jah! pero es que se me olvidó eso de que hay que cuidar las formas.
El resto de la tarde-noche fue una especie de espiral descendente en la que cada vez se despreciaban más las buenas costumbres y así el espíritu de Timbiriche nos poseyó y luego como era el único norteño de la fiesta, tuve que echarme todos los ritmos provenientes del Norte, y no hubo una canción de Banda, Norteño, Tex-Mex y hasta Pasito Duranguense!!! que se resistiera a mis encantos. Y terminé cantando a dueto (y con micrófono!!!) Mujeres Divinas. Cuando se anunció que la fiesta se acababa estaba el ambiente a tal punto que alguien sacó un sombrero y lo pasó por las mesas para cooperar para una hora más de música y de renta del salón. Y se juntó casi tanta lana como para la ayuda a Tabasco, pero el grupo musical nos desairó porque tenía que irse a otro evento (tal vez es que ya no soportaban más mis pasitos reggaetoneros y no se les ocurrió mejor pretexto).
El caso es que hoy que llego a la oficina con la misma cara digna de todos los días, todos me saludan efusivamente y con cara de sorprendidos preguntan ¿Y cómo amaneciste? ¿Y no estás muy cansado? ¡Qué manera de bailar! ¡La fiesta estuvo buenísima, ¿no?! ¡La jefa estaba impresionada! Y yo por dentro pienso ¡oh no, qué horror! y creo que ya nunca podré recuperar mi reputación de hombre serio y formal, porque la verdad es que los pasitos de reggaeton y las canciones de Timbiriche hacen un daño irreparable a la dignidad y la honorabilidad de las personas.
lunes, diciembre 10, 2007
News...
Una vez superados mis instintos dictatoriales, procedo a volver a ser el sencillo bloguero de siempre sin más ordenanzas que la (un tanto desgastada) carpe diem, que no sé si en español tenga una traducción oficial, pero que me parece sería algo como "aprovecha el momento". Para qué aprovecharlo no lo podría contestar yo, sería demasiado ardua la tarea y cada quién sabe si ver la tele, leer Condorito, trabajar... es una buena opción para, al final del día, tener la sonrisita de la Mona Lisa, o sea, cara de satisfacción por haber cumplido la misión cotidiana. Yo por mi parte, me conformo con hacer público que... ta-ta-tatán... ta-ta-tatán (al fondo se escucha el Réquiem de Mozart, para darle una fúnebre solemnidad al evento) en una semana salgo de vacaciones!!! Wow... son una chulada las vacaciones y aunque éstas no se anuncian como una oportunidad para descansar (porque la agenda la he apretado más de lo que debería) sí parece que van a ser muy divertidas...
Y, no estarán ustedes para saberlo ni yo para contarlo (mi principal problema de comunicación es que no me puedo incomunicar(r) Quino), pero en menos de una semana me voy a... ta-ta-tatán... (al fondo se escucha un tango de Gardel para amenizar la noticia)... les decía que me voy a... Argentina!!! (voces grabadas de marcianitos en coro diciendo Ooohhhhhh!!!).
Sí, por primera vez en la historia (mi Historia} cruzaré hacia el sur esa fabulosa línea imaginaria llamada Ecuador, justo donde la creación le ha dado al planeta Tierra su obesa figura. Por primera vez en la vida voy a celebrar Navidad siendo verano (voces grabadas de marcianitos en coro diciendo Eehhhhh???). Por primera vez en la vida voy a poder investigar la célebre duda de Bart Simpson sobre si en el hemisferio sur el agua del escusado al jalar la cadena da vueltas en sentido contrario al del hemisferio norte. Todas esas interrogantes geográfico/climáticas ocuparán las cavilaciones del viajero irredento que soy.
Así que por la proximidad del viaje ya ando de lunático como el mismísimo Pájaro Loco, tratando de arreglar los abrumadores e intrascendentes pendientitos que todavía falta afinar. Y como estoy iniciando la última semana de trabajo antes de que termine el acelerado 2007, aquí suspendo la perorata con la promesa de reportarme en este medio satelital de comunicación tan pronto como sea posible, no sin antes compartir mi alegría por tener una nueva sobrina, Sara, y extender mi felicitación a Luis y a Laura por la nueva cría (que suena fácil pero es, como lo somos todos, un proyecto de vida independiente!!!)
Y, no estarán ustedes para saberlo ni yo para contarlo (mi principal problema de comunicación es que no me puedo incomunicar(r) Quino), pero en menos de una semana me voy a... ta-ta-tatán... (al fondo se escucha un tango de Gardel para amenizar la noticia)... les decía que me voy a... Argentina!!! (voces grabadas de marcianitos en coro diciendo Ooohhhhhh!!!).
Sí, por primera vez en la historia (mi Historia} cruzaré hacia el sur esa fabulosa línea imaginaria llamada Ecuador, justo donde la creación le ha dado al planeta Tierra su obesa figura. Por primera vez en la vida voy a celebrar Navidad siendo verano (voces grabadas de marcianitos en coro diciendo Eehhhhh???). Por primera vez en la vida voy a poder investigar la célebre duda de Bart Simpson sobre si en el hemisferio sur el agua del escusado al jalar la cadena da vueltas en sentido contrario al del hemisferio norte. Todas esas interrogantes geográfico/climáticas ocuparán las cavilaciones del viajero irredento que soy.
Así que por la proximidad del viaje ya ando de lunático como el mismísimo Pájaro Loco, tratando de arreglar los abrumadores e intrascendentes pendientitos que todavía falta afinar. Y como estoy iniciando la última semana de trabajo antes de que termine el acelerado 2007, aquí suspendo la perorata con la promesa de reportarme en este medio satelital de comunicación tan pronto como sea posible, no sin antes compartir mi alegría por tener una nueva sobrina, Sara, y extender mi felicitación a Luis y a Laura por la nueva cría (que suena fácil pero es, como lo somos todos, un proyecto de vida independiente!!!)
jueves, diciembre 06, 2007
Prohibido visitar este blog y no dejar comentarios...
Quiero ser dictador y el único espacio (aunque virtual) en que creo poder serlo es mi blog. Por lo tanto, empezaré dictando mandamientos, ordenanzas, prohibiciones y ni por casualidad pienso recurrir a referendos, no me vaya a pasar lo que a mi colega en Venezuela que tuvo que hacer carita de puchero y generosamente "aceptar" sus resultados adversos. Así que o dejan comentarios o les mando a mis fuerzas secretas y especiales a hacerles ofertas que no podrán rechazar, if you know what I mean...
miércoles, diciembre 05, 2007
En sus marcas... listas... fuera...
A mí me gustan las listas, son claras, son esquemáticas y puedes palomear o tachar con mucha facilidad. Por esa razón, me he propuesto a hacer una lista en este mismo momento; bueno, en realidad son dos listas. Importantísimas para el buen desarrollo ético y estético del que esto escribe. La he titulado lo que está bien y lo que está mal en la vida (cuando digo 'la vida', interprétese evidentemente como 'mi vida' porque como soy medio egocéntrico, rayando en lo ególatra, piendo que la vida y mi vida es lo mismo). Tampoco esperen una profunda introspección porque no está el maiz para tamales, ni el cerdo para chorizo ni el petróleo para gasolina sin plomo. Lo mío, lo mío es el análisis superficial. Después de los siempre innecesarios preámbulos con los que agobio lo que escribo, procedamos a la relevantísima lista.
(Para que al final no quede el sabor tan amargo, primero enlisto lo malo y luego termino con lo bueno)
Lo malo:
1. No estoy inspirado (y yo que quería componer un poema romántico).
2. Mis intestinos se creen los muy muy... y todo el tiempo me traen a raya con la amenaza de un ataque nuclear de colitis.
3. Tomo taaaanta coca-cola (aguas negras de imperialismo yanquee... qué raro ¿por qué no la habrán inventado los bolivianos con tanta hoja de coca como tienen?... pero tan sabrosa... tan burbujeante... tan ácida y tan dulce a la vez... droga fabulosa, sangre de los nuevos dioses de Wall Street (ah! ya me inspiré y le compuse un romantiquísimo poema a la coca-cola!!!)
4. Como tantos cacahuates japoneses (no sé si sea algo malo, pero esa maldita frase de "nada con exceso todo con medida" me retumba en la cabeza sólo para provocarme remordimientos de conciencia.
5. Mi cuarto está muy desordenado (creo que porque no estoy inspirado, lo más romántico que hago es ordenar la ropa).
6. Son tan falto de modestia que casi no encuentro cosas malas para la lista (mientras mi subconsciente grita ¡pero si te faltan un montón!). Bueno, pero como no hago mucho caso a subniveles freudianos, aquí termino la lista.
Lo bueno:
1. En semana y media me voy a Argentina de vacaciones!!! (no tengo listos muchos detalles del viaje creo que eso podría ir en lo malo, oh no, qué horror!!!)
2. Me compré un megalibrote con toooodas las tiras de Mafalda, son taaaan buenas que me la he pasado riendo.
3. Estoy leyendo por gusto y con mucho gusto... right now, un libro de Fernando del Paso que se llama Noticias del Imperio, una novela basada en la intervención francesa en México, en la segunda mitad del XIX, con un excelente protagonismo de Carlota y Maximiliano de Habsburgo, emperadores de México (ja, los pobres... se la creyeron y no contaban con la astucia del peso de la Historia).
4. Comer... comer es tan bueno, cada día una sorpresa...
5. Trabajar... es raro pero la pasa uno bien, sobre todo cada quincena cuando aparece un nuevo saldo en tu cuenta de banco, ¿no es genial?
Y ahora supendo esta lista porque debo hacer algo que nadie más puede hacer por mí, no sin antes enviar un saludo afectuoso... blah-blah-blah a todos los potenciales lectores de esta oda a la intrascendencia.
(Para que al final no quede el sabor tan amargo, primero enlisto lo malo y luego termino con lo bueno)
Lo malo:
1. No estoy inspirado (y yo que quería componer un poema romántico).
2. Mis intestinos se creen los muy muy... y todo el tiempo me traen a raya con la amenaza de un ataque nuclear de colitis.
3. Tomo taaaanta coca-cola (aguas negras de imperialismo yanquee... qué raro ¿por qué no la habrán inventado los bolivianos con tanta hoja de coca como tienen?... pero tan sabrosa... tan burbujeante... tan ácida y tan dulce a la vez... droga fabulosa, sangre de los nuevos dioses de Wall Street (ah! ya me inspiré y le compuse un romantiquísimo poema a la coca-cola!!!)
4. Como tantos cacahuates japoneses (no sé si sea algo malo, pero esa maldita frase de "nada con exceso todo con medida" me retumba en la cabeza sólo para provocarme remordimientos de conciencia.
5. Mi cuarto está muy desordenado (creo que porque no estoy inspirado, lo más romántico que hago es ordenar la ropa).
6. Son tan falto de modestia que casi no encuentro cosas malas para la lista (mientras mi subconsciente grita ¡pero si te faltan un montón!). Bueno, pero como no hago mucho caso a subniveles freudianos, aquí termino la lista.
Lo bueno:
1. En semana y media me voy a Argentina de vacaciones!!! (no tengo listos muchos detalles del viaje creo que eso podría ir en lo malo, oh no, qué horror!!!)
2. Me compré un megalibrote con toooodas las tiras de Mafalda, son taaaan buenas que me la he pasado riendo.
3. Estoy leyendo por gusto y con mucho gusto... right now, un libro de Fernando del Paso que se llama Noticias del Imperio, una novela basada en la intervención francesa en México, en la segunda mitad del XIX, con un excelente protagonismo de Carlota y Maximiliano de Habsburgo, emperadores de México (ja, los pobres... se la creyeron y no contaban con la astucia del peso de la Historia).
4. Comer... comer es tan bueno, cada día una sorpresa...
5. Trabajar... es raro pero la pasa uno bien, sobre todo cada quincena cuando aparece un nuevo saldo en tu cuenta de banco, ¿no es genial?
Y ahora supendo esta lista porque debo hacer algo que nadie más puede hacer por mí, no sin antes enviar un saludo afectuoso... blah-blah-blah a todos los potenciales lectores de esta oda a la intrascendencia.
lunes, diciembre 03, 2007
Patina y patina... corazón de frente...

Acabo de recibir esta foto del entrañable amigo Basho. La foto es de hace un año (o casi) cuando estaba estudiando en Nueva York (pareciera que pasó hace más tiempo pero es sólo la sensación engañosa de la relatividad del tiempo). Recuerdo vívidamente esa tarde/noche: el nervio de nunca haber patinado sobre hielo y saberme naturalmente impedido para el buen desempeño en los deportes, a un año de haber fracasado escandalosamente en una pista de esquiar en Francia.
Por este mismo medio platiqué los avatares patinísticos que sufrí en esa pista helada de Central Park, que yo veía suspicazmente como el lugar de mi muerte inminente, para darme cuenta un poco después de que no era tan difícil patinar sobre hielo y saber al final de la noche que mi coxis seguía intacto y que la ínfima parte atlética de mi ser se había reivindicado y había terminado honrosa y dignamente uno de sus retos más espeluznantes. En la imagen pueden observar el enorme porcentaje de atención que me requería la invernal actividad, mientras platicaba con el tipo de al lado, Vincent, un gringo de izquierda intensa muy interesado en México, con el que trataba de argumentar en lengua extranjera (en esas horas tan angustiantes en las que mi cuerpo y mi alma estaban desvinculados) que el anarquismo no es una cosa linda. Finalmente, tuvimos muchas coincidencias, pero diferíamos en lo fundamental: ese momento no era adecuado para una plática con intentos de ser profunda, yo simplemente estaba debatiéndome entre la vida y la muerte y la supervivencia viene a ser prioritaria a las conversaciones intelectualmente provocadoras!!!
Pero ahora resulta que abrieron una pista de hielo (la más grande del mundo) en pleno Zócalo de la Ciudad de México y GRAAAAATIS!!! Así que ya estoy psicológicamente preparado para ir mañana a echar una patinada a la hora del receso para la comida y del tiempo para comer ya me ocuparé después... Si todo sale bien ya les estaré reportando las novedades del patinaje artístico chilango (con triple salto mortal que pienso aventarme, ja...) y si en algunas semanas no escribo nada ya pueden ir asumiendo que estoy in articulo mortis tratando de hacer soldar a mis huesos o recomponer mis articulaciones... pero, vamos, que sean el destino y la ley de la gravedad los que decidan.
miércoles, noviembre 28, 2007
Ser o no ser... feo

Pues quezque dijo un juez de baile argentino que trabaja para Televisa, de apellido algo así como Lefauci, que los mexicanos somos los más feos del mundo y que los lindos sólo están en la televisión. Así que ni cómo salvarse: soy mexicano y no salgo en la televisión. Entonces yo me puse a pensar, después de un veredicto de tal envergadura, si de plano estaremos tan feos. El primer pensamiento que cruzó por mi mente fue: yo creo que los filipinos están más feos que nosotros y los coreanos (ni cómo ayudarles), según yo, también nos ganan. Mi segundo pensamiento fue: pero, Rafa, es muy vituperable ceder a los cánones de belleza de evidente influencia europea y, por tanto muy exluyente, con el que se juzga frecuentemente lo bonito y lo feo. Pero, entonces, mi tercer pensamiento fue: si en el caso mexicano los bonitos están solamente en la televisión, quiere decir que el actor Miguel Galván, conocido como "el de la tartamuda" está más lindo que yo. Y entonces se aproximó una depresión severa, porque una cosa es estar responsablemente consciente de que uno no es un Adonis y, otra, muy diferente, es estar más feo que el de la Tartamuda, que es, eso sí, un crimen estético insondable. Y sumido en esas cavilaciones me acordé que tenía que ponerme a trabajar.
lunes, noviembre 26, 2007
Que esto y que l'otro
Mi espalda dijo que ella ya no aguantaba y empezó a doler. Me dijo: "el cuerpo también tiene memoria y yo, la verdad, no perdono". Y así diciendo, me hizo acordarme de hace tres años cuando cargué "apapuchi" (dialecto sonorense para decir, cargar sobre la espalda) a una española con el tobillo roto cuyo nombre no recuerdo, pero seguro se llamaba o Pilar o Inmaculada (o Penélope Cruz sugirió mi optimismo radical). Durante dos cuadras la cargué en la ciudad que alberga a la llantera Michellin, Clermont-Ferrand, en la región francesa de Auvernia. Y por si eso fuera poco, subí larga escalinata con la susodicha mujer a cuestas, que debo aclarar que traía consigo un ligero sobrepeso. Y ayer mientras destendía las sábanas que había lavado un día anterior, la contractura muscular no se hizo esperar y me dijo algo así como "booooh" (con ciertas reminiscencias a Gasparín) y no me ha dejado descansar desde entonces.
Y así, adolorido, me fui a comer carne asada y luego me fui a un concierto de Alejandro Fernández, también conocido como "El Potrillo" porque es hijo de Vicente Fernández que, infiero yo, viene a ser como "El Caballo". El tipo es algo así como la reinterpretación del macho mexicano, sólo que en onda más estética. En honor a la verdad, no soy yo muy fans del mencionado equino pero recibí una oferta que (a la manera de la mafia italiana) no pude rechazar. Básicamente, se trataba de un lugar bastante decente en el enorme Auditorio Nacional que era GRAAAATIS. Yo no sé ustedes, pero si algo me sale gratis difícilmente lo rechazo. La reseña es la siguiente: el tipo cantó tres horas, con tres vestimentas diferentes y tres géneros musicales: pop, mariachi y algo que yo apodo "guapachoso/tropical". Mi parte favorita con mucho fueron las rancheras, los clásicos de clásicos de José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel y Martín Urieta que canté como un verdadero poseído del folklore mexicano. La parte de la que hubiera podido prescindir fueron los millares infinitos de decibeles producidos por los gritos de las mujeres que idolatran al cantante y que perdían todo intento de ser racionales con sus movimientos sepsis y sus pantalones ajustados. El hormonómetro marcaba muy alto y se acercó peligrosamente al nivel HFC (Histeria Femenil Colectiva) que es, de todas, la histeria más peligrosa.
Un día antes habíamos decidido ir al Cirque du Soleil, al espectáculo Quidam. Pero se nos había olvidado que aunque nosotros seamos sonorenses de vida tranquila y apaciguada, vivimos en una ciudad en la que la única constante son las aglomeraciones humanas en todo lo que haya, se presente, se venda o se compre. Y tres horas antes del espectáculo se nos hizo buen tiempo de ir a comprar los boletos, sólo para enterarnos que las localidades estaban agotadas hasta el 13 de diciembre - "¿Gusta uno para esa fecha?". No, señorita, y ahora en la tarde con qué nos entretenemos. Entonces, se decidió que iríamos al teatro a ver una obra que se llama Defendiendo al Cavernícola. En ella, aparece (únicamente) un actor del cine mexicano ochentero, prosaico y desafortunado, que se llama César Bono. El actor no era para nada buena referencia, pero a varios nos habían recomendado la obra, así que pensé para mí "shit happens" y nos arrancamos al teatro a ver la dichosa obra. Baste decir que nos reímos todo lo que duró, que fueron dos horas. Es una serie de reflexiones graciosas sobre los roles y manera de ser de los hombres y de las mujeres al interior de la pareja, con base en la inercia histórica que traemos desde que éramos hombres (y mujeres) de las cavernas. Evidentemente, se sobreexplotaron los clichés pero como para nada son mejores los estereotipos que para hacernos reír, salí divertido y sin culpas.
El resto de la semana había sido andar del tingo al tango: trabajo, curso, gimnasio y todo combinado con cumplir con el buen amigo Marcos que estudia en Georgetown y vino a México, aprovechando sus días libres con motivo del Día del Pavo (como lo llaman los paisanos que viven en los EE.UU. y que los gringos más épicamente llaman El Día de Acción de Gracias). Todo esto sin haberme recuperado del viaje a Hermosillo que fue una acumulación explosiva de alegrías con felicidades y tan entrañable que la tarde antes de regresar la garganta se hacía nuditos, con ganas de que mágicamente yo no me tuviera que ir de mi tierra, o que todos se vinieran conmigo a estos chilangos lares que ahora habito. Y así va pasando la vida rimando con una prosa medio dispar y que se resume en la dispersa conversación unilateral de aquel borrachito que decía "y que esto y que l'otro y pa'allá y pa'acá y que fue y que vino, ¿me entiende compadre?"
Y así, adolorido, me fui a comer carne asada y luego me fui a un concierto de Alejandro Fernández, también conocido como "El Potrillo" porque es hijo de Vicente Fernández que, infiero yo, viene a ser como "El Caballo". El tipo es algo así como la reinterpretación del macho mexicano, sólo que en onda más estética. En honor a la verdad, no soy yo muy fans del mencionado equino pero recibí una oferta que (a la manera de la mafia italiana) no pude rechazar. Básicamente, se trataba de un lugar bastante decente en el enorme Auditorio Nacional que era GRAAAATIS. Yo no sé ustedes, pero si algo me sale gratis difícilmente lo rechazo. La reseña es la siguiente: el tipo cantó tres horas, con tres vestimentas diferentes y tres géneros musicales: pop, mariachi y algo que yo apodo "guapachoso/tropical". Mi parte favorita con mucho fueron las rancheras, los clásicos de clásicos de José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel y Martín Urieta que canté como un verdadero poseído del folklore mexicano. La parte de la que hubiera podido prescindir fueron los millares infinitos de decibeles producidos por los gritos de las mujeres que idolatran al cantante y que perdían todo intento de ser racionales con sus movimientos sepsis y sus pantalones ajustados. El hormonómetro marcaba muy alto y se acercó peligrosamente al nivel HFC (Histeria Femenil Colectiva) que es, de todas, la histeria más peligrosa.
Un día antes habíamos decidido ir al Cirque du Soleil, al espectáculo Quidam. Pero se nos había olvidado que aunque nosotros seamos sonorenses de vida tranquila y apaciguada, vivimos en una ciudad en la que la única constante son las aglomeraciones humanas en todo lo que haya, se presente, se venda o se compre. Y tres horas antes del espectáculo se nos hizo buen tiempo de ir a comprar los boletos, sólo para enterarnos que las localidades estaban agotadas hasta el 13 de diciembre - "¿Gusta uno para esa fecha?". No, señorita, y ahora en la tarde con qué nos entretenemos. Entonces, se decidió que iríamos al teatro a ver una obra que se llama Defendiendo al Cavernícola. En ella, aparece (únicamente) un actor del cine mexicano ochentero, prosaico y desafortunado, que se llama César Bono. El actor no era para nada buena referencia, pero a varios nos habían recomendado la obra, así que pensé para mí "shit happens" y nos arrancamos al teatro a ver la dichosa obra. Baste decir que nos reímos todo lo que duró, que fueron dos horas. Es una serie de reflexiones graciosas sobre los roles y manera de ser de los hombres y de las mujeres al interior de la pareja, con base en la inercia histórica que traemos desde que éramos hombres (y mujeres) de las cavernas. Evidentemente, se sobreexplotaron los clichés pero como para nada son mejores los estereotipos que para hacernos reír, salí divertido y sin culpas.
El resto de la semana había sido andar del tingo al tango: trabajo, curso, gimnasio y todo combinado con cumplir con el buen amigo Marcos que estudia en Georgetown y vino a México, aprovechando sus días libres con motivo del Día del Pavo (como lo llaman los paisanos que viven en los EE.UU. y que los gringos más épicamente llaman El Día de Acción de Gracias). Todo esto sin haberme recuperado del viaje a Hermosillo que fue una acumulación explosiva de alegrías con felicidades y tan entrañable que la tarde antes de regresar la garganta se hacía nuditos, con ganas de que mágicamente yo no me tuviera que ir de mi tierra, o que todos se vinieran conmigo a estos chilangos lares que ahora habito. Y así va pasando la vida rimando con una prosa medio dispar y que se resume en la dispersa conversación unilateral de aquel borrachito que decía "y que esto y que l'otro y pa'allá y pa'acá y que fue y que vino, ¿me entiende compadre?"
jueves, noviembre 22, 2007
Souvenirs d'enfance
Hoy me comí un dulce de limón con relleno de chocolate. Me supo a Navidad cuando era niño. A entusiasmo desbordante por comerme todos los dulces que había a disposición en esas fechas, contrastando con la austeridad de golosinas que distinguían al resto del año. Sabía a tener frío y a andar un poco mocoso. A tener la carita contenta por haber estrenado lo que Santa Clós te hubiera traído. A contestar con tanta alegría la pregunta ¿qué te amaneció? (para referirse al regalo que amanecía el 25 de diciembre abajo del árbol o enseguida del Nacimiento). A esa temporada invernal en que comíamos naranjas del huerto de mi nana, sentados en la banqueta de enfrente de la casa para calentarnos con los rayos del sol.
Sabía bonito, sabía feliz, sabía a túnel del tiempo (¿no que no existía?).
Sabía bonito, sabía feliz, sabía a túnel del tiempo (¿no que no existía?).
viernes, noviembre 16, 2007
Top 10
Para festejar que este fin de semana me voy a la mismísima antítesis del paraíso terrenal, o sea, Hermosillo (que tanto me gusta!!!), me dispongo a enunciar los frivolísimos y arbitrarios Top 10 de... ni más ni menos que... ta-ta-tatán... CARICATURAS!!! Porque ¿quién no fue un niño que se orinaba en la cama por miedo a ir al baño (y/o por frío) y no se deleitó en su cama con olor a amoníaco infantil viendo dibujos animados (eufemismo cursi para decir caricaturas)? Así, procedo a iniciar el conteo (regresivo para que la emoción vaya creciendo conforme se acerquen a mi clásico de clásicos caricaturesco).
En la posición número 10 se encuentra: (se escuchan a lo lejos las fanfárreas para el que apenas logró ingresar a tan distinguida lista): Los Súperamigos (o sea, shúper, shúper amigos)... también conocidos como La liga de la justicia. Sí, es que todo lo arreglaban en el mundo!!! Yo quería ser como ellos y varias fundas de almohada se convirtieron en capas, que era lo único que necesitaba para salvar a este universo de los feroces ataques con los que los superenemigos me ponían tan tenso, casi al punto de detonar colitis infantil.
En el 9° lugar y delatando mi nerdez existencia desde el inicio de los tiempos... El Show de Cantiiiiinflas. Quien se paseaba sin importarle los límites del espacio y del tiempo por antiguos imperios y civilizaciones de todo el planeta, con sus pantalones a la cadera (como el hombre avanzado para su tiempo que siempre fue) y sus simpáticos bigotitos.
En el no menos honroso 8° sitio encontramos a los clásicos Picapiedra, con los que junto a Los Supersónicos Hanna Barbera convenció al mundo de que no importa el tiempo: la humanidad es y seguirá siendo la misma, la única diferencia será lo rudimentario o lo moderno de los accesorios que nos rodean.
Y la 7° posición va para... (aguanten la respiración)... El Pájaro Loooooco. Ese simpático pajarraco demente, cuyo cinismo no ha sido jamás igualado en la pantalla chica ni en la mismísima vida real.
El 6° lugar (aunque no debería decirlo) se lo han ganado a pulso de cursilería los reales y verdaderos Ooooositos cariñositooooos. Sé que es muy peligroso para mi reputación reconocer que veía tan afeminadas caricaturas pero los esterotipos de género no habían permeado aún en el inocente niño mion que se regocijaba con los dibujos en las panzas óseas (de oso), que tan bien retrataban sus personalidades y que tan fluidamente se desenvolvían en su mundo de nubes.
En la posición número 5 encontramos a los mismísimo Pituuuufos, seres de un tono azulado en plan de comunidad hippie, en la que, al parecer, Pitufina era el recurso más compartido. Dicen ahora las malas lenguas que hasta el pitufo más anciano pudo echar mano de la promiscua pitufa cuya vanidad sólo era superada por Vanidoso, cuyo espejito no hacía sino delatar una preferencia que evidentemente no incluía a Pitufina.
El 4° sitio se lo lleva ni más ni menos que el desagradable pero de buen corazón ogro verde de Dreamworks.... Shreeeek. No sobra aclarar que para cuando adquirí su gusto ya no mojaba la cama, pero que me atrapó por sus escatológicas e impertinentes ocurrencias que desdecían todos los valores morales y estéticos que Walt Disney había logrado inculcarme a lo largo de miles de horas en cuentos de princesas, en los que todo era tan claro y acababa tan bien.
Y ya entrados en el cuadro de honor, el tercer lugar se va para una caricatura que nadie conoce (lo cual me hace pensar que sólo la imaginé, pero fueron tantos años que si alguien me convence de que así fue saco cita inmediatamente con el mejor psiquiatra del rancho para que exorcise de una visión tan nítida)... el tercer lugar, insisto, es para... Pheline (léase pe-li-ne). Era una niña que luchaba contra tormentas de nieve en tierras nórdicas, huérfana de su padre y después de su madre que murió de pobreza en el "carromato" (casi un personaje por propio derecho) en el que transportaba el equipo fotográfico que les daba para mal comer. El mejor amigo de Pheline era el burro que arrastraba el carromato, transportándola hasta encontrar a su millonario e industrial abuelo inglés que había desheredado a su padre por haberse casado con una pobretona (oh no! qué asco!). Pues con Pheline sufría yo mucho, pero de ese sufrimiento tan bonito que se puede acompañar con burritos de frijoles (que me preparaba rápidamente en los comerciales).
El 2° lugar de esta lista es también para un clásico de clásicos... Laaaa Paaaantera Roooosa... Tan graciosa, con sus ojotes desorbitados expresando profunda interrogación. Y ese andar, ese ritmo para mover su cola que tan bien combinaba con el turún turún turúuun turún-turún-turún turún-turúuuuuun-tururururún. Chapeau!
Y en primerísimo lugar... los inigualables... los emocionantes e intrépidos... Thuuuunder Caaats. Sí los Thunder Cats fueron un placer indescriptible durante toda mi niñez y vinieron a compensar las afrentas a mi virilidad que me inflingieron los Ositos Cariñositos. Mi consentido: Leono, a la par de Chitara que representaba la impresionante rapidez del animal terreste más veloz del planeta, la chita. Los felinos también ayudaban mucho a que el mundo (que yo pensaba que el suyo y el mío eran el mismo) no se viniera abajo por la maldad indecible del espantoso Moon-Ra.
Y así termina la primera y única edición de la ceremonia de premiación a las diez mejores caricaturas de mi historia, que tanta falta le estaba haciendo al mundo.
En la posición número 10 se encuentra: (se escuchan a lo lejos las fanfárreas para el que apenas logró ingresar a tan distinguida lista): Los Súperamigos (o sea, shúper, shúper amigos)... también conocidos como La liga de la justicia. Sí, es que todo lo arreglaban en el mundo!!! Yo quería ser como ellos y varias fundas de almohada se convirtieron en capas, que era lo único que necesitaba para salvar a este universo de los feroces ataques con los que los superenemigos me ponían tan tenso, casi al punto de detonar colitis infantil.
En el 9° lugar y delatando mi nerdez existencia desde el inicio de los tiempos... El Show de Cantiiiiinflas. Quien se paseaba sin importarle los límites del espacio y del tiempo por antiguos imperios y civilizaciones de todo el planeta, con sus pantalones a la cadera (como el hombre avanzado para su tiempo que siempre fue) y sus simpáticos bigotitos.
En el no menos honroso 8° sitio encontramos a los clásicos Picapiedra, con los que junto a Los Supersónicos Hanna Barbera convenció al mundo de que no importa el tiempo: la humanidad es y seguirá siendo la misma, la única diferencia será lo rudimentario o lo moderno de los accesorios que nos rodean.
Y la 7° posición va para... (aguanten la respiración)... El Pájaro Loooooco. Ese simpático pajarraco demente, cuyo cinismo no ha sido jamás igualado en la pantalla chica ni en la mismísima vida real.
El 6° lugar (aunque no debería decirlo) se lo han ganado a pulso de cursilería los reales y verdaderos Ooooositos cariñositooooos. Sé que es muy peligroso para mi reputación reconocer que veía tan afeminadas caricaturas pero los esterotipos de género no habían permeado aún en el inocente niño mion que se regocijaba con los dibujos en las panzas óseas (de oso), que tan bien retrataban sus personalidades y que tan fluidamente se desenvolvían en su mundo de nubes.
En la posición número 5 encontramos a los mismísimo Pituuuufos, seres de un tono azulado en plan de comunidad hippie, en la que, al parecer, Pitufina era el recurso más compartido. Dicen ahora las malas lenguas que hasta el pitufo más anciano pudo echar mano de la promiscua pitufa cuya vanidad sólo era superada por Vanidoso, cuyo espejito no hacía sino delatar una preferencia que evidentemente no incluía a Pitufina.
El 4° sitio se lo lleva ni más ni menos que el desagradable pero de buen corazón ogro verde de Dreamworks.... Shreeeek. No sobra aclarar que para cuando adquirí su gusto ya no mojaba la cama, pero que me atrapó por sus escatológicas e impertinentes ocurrencias que desdecían todos los valores morales y estéticos que Walt Disney había logrado inculcarme a lo largo de miles de horas en cuentos de princesas, en los que todo era tan claro y acababa tan bien.
Y ya entrados en el cuadro de honor, el tercer lugar se va para una caricatura que nadie conoce (lo cual me hace pensar que sólo la imaginé, pero fueron tantos años que si alguien me convence de que así fue saco cita inmediatamente con el mejor psiquiatra del rancho para que exorcise de una visión tan nítida)... el tercer lugar, insisto, es para... Pheline (léase pe-li-ne). Era una niña que luchaba contra tormentas de nieve en tierras nórdicas, huérfana de su padre y después de su madre que murió de pobreza en el "carromato" (casi un personaje por propio derecho) en el que transportaba el equipo fotográfico que les daba para mal comer. El mejor amigo de Pheline era el burro que arrastraba el carromato, transportándola hasta encontrar a su millonario e industrial abuelo inglés que había desheredado a su padre por haberse casado con una pobretona (oh no! qué asco!). Pues con Pheline sufría yo mucho, pero de ese sufrimiento tan bonito que se puede acompañar con burritos de frijoles (que me preparaba rápidamente en los comerciales).
El 2° lugar de esta lista es también para un clásico de clásicos... Laaaa Paaaantera Roooosa... Tan graciosa, con sus ojotes desorbitados expresando profunda interrogación. Y ese andar, ese ritmo para mover su cola que tan bien combinaba con el turún turún turúuun turún-turún-turún turún-turúuuuuun-tururururún. Chapeau!
Y en primerísimo lugar... los inigualables... los emocionantes e intrépidos... Thuuuunder Caaats. Sí los Thunder Cats fueron un placer indescriptible durante toda mi niñez y vinieron a compensar las afrentas a mi virilidad que me inflingieron los Ositos Cariñositos. Mi consentido: Leono, a la par de Chitara que representaba la impresionante rapidez del animal terreste más veloz del planeta, la chita. Los felinos también ayudaban mucho a que el mundo (que yo pensaba que el suyo y el mío eran el mismo) no se viniera abajo por la maldad indecible del espantoso Moon-Ra.
Y así termina la primera y única edición de la ceremonia de premiación a las diez mejores caricaturas de mi historia, que tanta falta le estaba haciendo al mundo.
miércoles, noviembre 14, 2007
Sí, sí... que se case la gente
Este fin de semana nos fuimos al estado de Hidalgo a la boda de una estimadísima amiga y compañera de la maestría. Yo tenía hasta cierto punto reserva sobre las bodas porque me da la impresión de que asistir a los matrimonios de tus amigos te inicia en el rito y luego te exige que tú mismo te sientas presionado para pertenecer al selecto grupo que sigue armando sus respectivas familias a través del matrimonio. Pero, nah!!! Cuál presión? a la hora de la hora te la pasas padrísimo, comiendo, bailando, bebiendo y todo a expensas de los estimados novios. Deseo aclarar que esta foto no tiene que ver con la idea expresada en el popular dicho "se le está yendo el tren" para referirse a las últimas oportunidades para conseguir pareja para matrimoniarse, sino solamente a que, frente al tranquilo hotel/hacienda en el que nos hospedamos, pasaba el tren y no dejé pasar la oportunidad para fotografiarme con él.
Como les decía la boda no era en la ciudad de México, sino que había que transladarse al estado de Hidalgo, que no está lejos del Distrito Federal, por el contrario, uno de sus municipios forma parte de la zona metropolitana de la ciudad de México. Pero al lugar al que íbamos sí implicaba alejarse de la mega urbe, para fortuna de nuestros estreses. Hidalgo está ubicado también en el altiplano central (creo) y traigo este dato a colación porque efectivamente el paisaje se regalaba bastante plano con algunas colinas muy tersas plantadas con terrazas de un cactus de nombre maguey y de apariencia muy estética, cuya savia se usa para la elaboración de una bebida alcohólica muy tradicional (y viscosa) del centro de la República: el pulque. Los paisajes son suaves y de colores mate, semejando ciertas imagenes de la Toscana, en Italia. El viaje mismo, entonces, fue un lujo, sobre todo porque en un par de ocasiones me bajé a algún puesto carretero a comprar una delicia de la gastronomía local que se llama "paste", que son unos panes hecho de hojaldre (mil hojas) con muy diversos rellenos, dulces o salados: papas con chorizo, pollo con queso, rajas de chile, mole, cajeta, largo etc. Como lo sugiere la palabra altiplano, los terrenos son, además, muy altos, lo que ocasiona que la temperatura baje muchísimo (y así sucedió, como ya les contaré más adelante).
Un problema frecuente conmigo es la obsesión con llegar temprano a todos lados. Esta vez no pudo ser la excepción, por lo que sugerí (sin que nadie prudente me lo desaconsejara) que partiéramos temprano, a las diez de la mañana para desasosiego de mi intento de desvelarme el viernes. Y así fue, algunas horas antes de la fijada para la boda ya estábamos en el lugar en el que habría de ser la unión civil: la ex-hacienda de Xala, hacienda que lo fue, real y verdadera, desde el siglo XVI (e insisto, en México, excepto por los vestigios prehispánicos, una construcción de esa época es realmente muy antigua, pues fue apenas posterior a La Conquista). La actividad que nos pareció más adecuada para pasar es rato fue montar bicicleta, pero no nos fue posible porque todas las que nos podían rentar en el hotel se encontraban en terrible estado de ponchamiento. Así, tuvimos que urgar a los alrededores de la apartada ex-hacienda (que está como en las inmediaciones del monte absoluto). Lo que encontramos fue suficiente: un lago, supongo, artificial con níveos patos y todo, que estaba enfrente de un área de juegos. Entonces, nos inventamos que no habíamos tenido infancia y decidimos retar los estereotipos relacionados con la edad, el nivel académico y la madurez, subiéndonos a todos y cada uno de los juegos infantiles (por así decirlo). Si bien lo dice la gente, lo de que la ociosidad es la madre de todos los vicios (y la televisión el vicio de todas las madres).
De cualquier manera, la sensación fue extremamente reconfortante, estábamos en un lugar completamente solo,
parecía incluso desolado. Los ruidos a los que, en aras de la civilización y el progreso, nos hemos habituado son realmente molestos cuando los comparas con lo que yo llamo el sonido del silencio. Esa especie de estado de tranquilidad absoluta, aderezada con el susurro que provoca el viento cuando frota las copas de los árboles (tan diferente del ruido metálico que está haciendo una secretaria a mi lado tratando de acomodar un cajón). En fin, fue contemplar el ritmo de un mundo que te resulta ajeno, pero te atrapa fácilmente en sus cómodos brazos, tanto la plática cómoda de los locales, el silente nado de los patos hasta, eventualmente, el romántico ruido que hace el tren al acercarse a los pueblos ferrocarrileros. Todos esos pequeños detalles llegan a constituir un nuevo hábitat, que no sé si por ser yo un retrógrado consumado, lo considero más humano que el paso injustificadamente veloz de las grandes ciudadas atrofiadas por la acumulación de vicios de sus abundantes pobladores.
Puntuales como habíamos sido para llegar al lugar lo fuimos para establecernos en el jardín en el que se oficiaría la ceremonia civil, a pesar de las dificultades para caminar que experimentaron Gaby, Tere y Jimena, que con sus tacones altos batallaban para moverse en los empedrados y el césped, cual Bambi recién nacido. Sólo para enterarnos por las propias circunstancias que habíamos llegado una hora antes de lo indicado. En fin, hacía un sol resplandeciente que, en mi optimismo, aproveché para "broncearme", a pesar de saber que mi piel no es muy afecta a los tonos interesantes y le encanta ser de tono fúnebre. La ceremonia fue muy bonita, con estentórea contradicción del oficial del Registro Civil del estado de Hidalgo incluida, quien dijo algo así como: "el matrimonio es el único medio de formar a la familia" lo cual por ser empíricamente tan falso tuvo que matizar con un "aunque existen otros medios válidos de formar la familia" (ora, pues, que sí o que no, porque yo ya no entendí).Fuera de cualquier discusión sobre la relación social del matrimonio y la familia estábamos muy contentos por Marco y Judith que se veían radiantes de felicidad (oh no! redacto igual que la prensa rosa). Y nada mejor para compartir la felicidad que acudir (tan temprano como siempre) a la fiesta que con baile y una deliciosa cena, obra también de la gastronomía local, nos tuvo toda la noche y hasta la madrugada muy retecontentos. Yo estaba, para empezar, fascinado con la entrada que fueron unos impresionantes tlacoyos de haba, con una salsa que de tan buena daba miedo (sobre todo cuando tienes el tracto digestivo un tanto cuanto hecho pedazos). Después un consomé que, por ser de borrego, tuve a bien dejar para la próxima, porque creía no ser muy afecto a comerme a tan tierno animal. Aunque después los tacos de barbacoa (también preparada con el tierno animal) terminaron encantando a mi paladar, que todo el tiempo difiere con mi estómago (y las revistas saludables) sobre lo que se debe comer. Afortunadamente, estuvo el baile muy largo para poder quemar el posible exceso de grasa, en el que habíamos incurrido.
Resulta que ya no me acordaba, pero bailar es muy divertido. Así, mis piernitas desincronizadas tuvieron a bien moverse a ritmo de cumbia, de banda, de salsa y hasta country y reggaeton (género que, a pesar de toda su abominable misoginia, frivolidad y bajo nivel intelectual, es indudablemente un signo de nuestros tiempos... y, siendo así, cómo negarse a imitar los simpáticos pasos de cantantes sin talento que, por alguna extraña razón, se tocan los genitales en público y lo hacen, además, con una antiestética vestimenta a base de pantalones tan sueltos que sin la ayuda de un cinto estarían en los tobillos, gorras que de tan mal puestas seguro les deforman el cráneo y grandes cadenas [quiero pensar que de algún metal barato] cuyo peso es indirectamente proporcional al de sus cerebros). Bueno, la idea central es que bailamos hasta sudar a chorros, a pesar de que la temperatura en el exterior del salón era de -1°C. Pero el éxito mayor fue que prácticamente tuvieron que corrernos porque había estado tan buena la fiesta, que los ex-nerds que somos los compañeros de la maestría, no queríamos irnos sino hasta que nos tocaran algo de pop, que fue el género que brilló por su ausencia toda la noche y cuya frugalidad no negarán que también se extraña.Y todo habría sido perfecto, si no es porque un imberbe asistente a la boda, que estaba más perdido que nosotros por esos lares hidalguenses, se le ocurrió la brillante idea de seguirnos para llegar al apartado hotel que alberga la ya mencionada ex-hacienda de Xala. No hubiera habido mayor problema si no fuera porque, sin saber cómo, de pronto nos internamos en un camino de terracería adyacente a la ex-hacienda. Cuando nos percatamos del desaguisado, nos dispusimos a dar reversa, pero en una pirueta que dio nuestro fiel seguidor en su pesado Ford Mustang cayó en un hoyo, en el que se siguió hundiendo por su tenaz intento de aplastar el pedal de la gasolina con la idea (absurda si sabes un poco cómo funcionan los atascones) de salir del hoyo. Así, nos bajamos los ahí presentes de los tres carros que componían la desafortunada caravana, que en total éramos como doce, a tratar de levantar en peso el carro que yo calculo pesa al menos una tonelada. Al no funcionar esa idea se idearon diversos estrategemas, todos de muy absurdos diseños si se toma en cuenta que la física se rige por ciertas leyes que unos cuantos desvelados en Hidalgo no pueden hacer cambiar. Cabe recordar que estábamos bajo cero, lo cual nos era constantemente recordado por el ardor que causa el frío, que no te deja ni moverte ni pensar adecuadamente cómo sacar a un Mustang atascado en despoblado, y por el hielo que se había formado en los carros. Lo más triste fue que después de tanto sacrificio humano terminamos fracasando en el intento. Una vez que casi atascábamos un segundo carro y que las llantas del Mustang ya estaban volando y era la carrocería la que se sostenía en el suelo, optamos por lo más razonable: esperar al día de mañana para que un carruaje adecuado sacara a nuestro amigo recién hecho de su atoramiento.
El domingo siguiente despertamos descansados después de haber podido calentar los témpanos de hielo en los que se habían convertido nuestros cuerpos por la experiencia de la madrugada anterior. Y nos disponíamos a partir de regreso a la ciudad, cuando en la recepción nos informaron que teníamos una invitación a "desayunar" de parte de los novios. En realidad era lo que en Sonora llamamos post-boda y, por aquí, torna-boda, que es la celebración del día después de la boda, en plan más cómodo e informal. La comida hidalguense estuvo otra vez de lujo y hasta terminé tomando pulque (muy tradicional en Hidalgo, con todo y su viscosidad) y hasta cantando canciones de Paquita la del Barrio y Vicente Fernández con karaoke, a pesar de los malos tonos y ronca voz que fueron causados por los estragos de la noche anterior (no de mi falta de talento musical).Por esta razón, yo le pido a la gente que sí, que se case y, en la medida de lo posible, que me invite y es que soy una monada bailando regaetton!!!
viernes, noviembre 09, 2007
Mi única patria es la lengua
Con motivo de la gira conjunta de Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, que dieron su concierto en la ciudad de México a finales de octubre (¡hasta el presidente Calderón se presentó a la cita! Y yo no y no sé bien porqué, tengo un par de semanas tratando de saberlo y no estoy ni cerca de conseguirlo). El caso es que con ese motivo, estarán saliendo a la venta semanalmente en los puestos de revistas, a manera de fascículos (no sé si vaya con 'sc' y tengo flojera de ir al diccionario a revisarlo), doce libritos, con su respectivo disco compacto, de estos cantautores. O sea, veinticuatro discos. De tal manera que estoy estoicamente emocionado (sin brincos ni lloriqueos, pues). El primer tomo me costó 50 pesos y es el álbum física y química de Sabina. Los libritos están monos y son como estuches de los discos, así que se verán lindos una vez que termine mi colección. Aunque inicialmente consideré que todos iban a costar 50 pesos, después mi parte más racional me informó que ése debe ser el precio de introducción para que te engranes con la colección y ya los últimos calculo que me los terminarán vendiendo a unos 548 millones de pesos, cuando sea demasiado tarde para dar marcha atrás a la complexión de mi colección. Y como estoy más resuelto y enfermo mental que cualquier consagrado filatelista, ya me hice el propósito inamovible de que la terminaré.
Me gustan mucho las canciones de Sabina y Serrat, la música y la letra. Y con la impertinencia que me caracteriza, declaro que no pienso tratar de disculparme por que me gusten o disculparlos por que se hayan auto-copiado sus esquemas, por ya no estar en su período creativo, por ser tan clichés, o cualquier otra razón por la que he escuchado a muchos denostarlos. Me gustan y punto, no los idolatro. Y como soy autocomplaciente, admiro y ¿quiero? a cualquier artista (o artisto) que desate en mí cualquier tipo de placer, reflexión o pensamiento trascendente (los muy pocos que tengo). La verdad, me llegan hasta a caer mal las opiniones de los que con una ceja levantada desaprueban toda la obra de alguien por alguno de sus defectos. Pues ¿pa' qué sirve el perfeccionismo si cada obra artística puede establecer una relación casi autónoma con el que la ve o la disfruta?
A pesar de todas sus inconveniencias, Sabina me saca la carcajada cada rato al poner oído a lo que dice en sus canciones, como una que oí ayer que dice algo como "amor es el nombre del juego en el que dos ciegos juegan a hacerse daño". O me encantó lo que contestó en una entrevista y que da título a esta entrada: "me di cuenta al volver (de Buenos Aires y de México, D.F.) que la lengua es la única Patria". Este punto me encantaría explorarlo en una entrada independiente, ahora que la red de blogueros de la que formo parte prescinde completamente del concepto de nacionalidad (mandando al diablo cualquier soberanía). Y cada vez que canta "Peor para el Sol, que se mete a las siete a la cuna del mar a roncar, mientras su servidor le levanta la falda la Luna", la canto con él con mucha pasión (y fea voz), aunque no le esté levantado la falda a ninguna luna en ese momento... ¡Larga vida a Sabina y a Serrat, y a los 24 discos que se supone que voy a comprar!
Me gustan mucho las canciones de Sabina y Serrat, la música y la letra. Y con la impertinencia que me caracteriza, declaro que no pienso tratar de disculparme por que me gusten o disculparlos por que se hayan auto-copiado sus esquemas, por ya no estar en su período creativo, por ser tan clichés, o cualquier otra razón por la que he escuchado a muchos denostarlos. Me gustan y punto, no los idolatro. Y como soy autocomplaciente, admiro y ¿quiero? a cualquier artista (o artisto) que desate en mí cualquier tipo de placer, reflexión o pensamiento trascendente (los muy pocos que tengo). La verdad, me llegan hasta a caer mal las opiniones de los que con una ceja levantada desaprueban toda la obra de alguien por alguno de sus defectos. Pues ¿pa' qué sirve el perfeccionismo si cada obra artística puede establecer una relación casi autónoma con el que la ve o la disfruta?
A pesar de todas sus inconveniencias, Sabina me saca la carcajada cada rato al poner oído a lo que dice en sus canciones, como una que oí ayer que dice algo como "amor es el nombre del juego en el que dos ciegos juegan a hacerse daño". O me encantó lo que contestó en una entrevista y que da título a esta entrada: "me di cuenta al volver (de Buenos Aires y de México, D.F.) que la lengua es la única Patria". Este punto me encantaría explorarlo en una entrada independiente, ahora que la red de blogueros de la que formo parte prescinde completamente del concepto de nacionalidad (mandando al diablo cualquier soberanía). Y cada vez que canta "Peor para el Sol, que se mete a las siete a la cuna del mar a roncar, mientras su servidor le levanta la falda la Luna", la canto con él con mucha pasión (y fea voz), aunque no le esté levantado la falda a ninguna luna en ese momento... ¡Larga vida a Sabina y a Serrat, y a los 24 discos que se supone que voy a comprar!
jueves, noviembre 08, 2007
Brevedad leve
He estado dilucidando la cuestión de si debo ser más breve. Hablar menos. Escribir más conciso. La principal razón que favorece esta postura es la expresada en los populares refranes "en boca cerrada no entran moscas", "el pez por su boca muere", "blog extenso pierde lectores" (ja, este último lo acabo de acuñar con el fin de hacer más sólida mi argumentación). Así que si esta entrada resulta corta, será que se ha impuesto esta postura, si no lo logro y sigo haciendo entradas más largas de lo que sugiere el buen decoro, diremos que soy un extenso irreprimible y que, asumido como tal, seguiré hablando más de la cuenta y cantinfleando ideas al momento de escribir.
No es la primera vez que el fantasma de la seriedad y de la concisión se dispone a atacarme. Particularmente en la preparatoria, varios días al momento de levantarme (o al cepillarme los dientes, qué sé yo) hacía el propósito de ser más serio. Me disponía a hablar sólo lo necesario (o sea, muy poco) durante todo el día. Al momento de llegar al camión escolar saludaba sólo con alguna tímida sonrisa, el trayecto hacia la escuela lo ocupaba en mirar el paisaje de una carretera que ya me sabía de memoria y que no cambiaba lo suficiente a lo largo del año como para darme una razón válida para entretenerme. Evitaba iniciar cualquier conversación matutina, de ésas en las que se comentan los pormenores de la tarde anterior y que tan sabrosas resultan como preámbulo para el resto de las conversaciones del día, antes de que el profesor de la aborrecida clase de las siete entrara y ordenara silencio.
Debo decir, con toda la pena que me provoca, que nunca llegué siquiera a las diez de la mañana cumpliendo mi propósito, ya sea porque terminaba olvidándoseme o porque de plano alguien había iniciado algún tema cuya comenta no pudiera resistir. Y, así, sin esperanzas de rehabilitación volvía a constituirme como el payaso de la clase, a hablar tonterías sin descaro y, como siempre, a extenderme sin misericordia del aburrimiento ajeno en las participaciones en clase (es que jamás aprendí a ser sujeto pasivo en ninguna discusión, por eso las conferencias nunca me han agradado mucho).
Habiendo dicho esto, me comprometo a mí mismo a hacer entradas más cortas y evitar todas las digresiones innecesarias (y pocas pasarían la prueba). Sé bien que a las diez de la mañana de hoy mi férreo compromiso habrá languidencido y lo echaré al saco del olvido, tal y como hice siempre en la preparatoria, pero si la intención en algo cuenta... si en algo contara... ya tendría ganado el paraíso.
No es la primera vez que el fantasma de la seriedad y de la concisión se dispone a atacarme. Particularmente en la preparatoria, varios días al momento de levantarme (o al cepillarme los dientes, qué sé yo) hacía el propósito de ser más serio. Me disponía a hablar sólo lo necesario (o sea, muy poco) durante todo el día. Al momento de llegar al camión escolar saludaba sólo con alguna tímida sonrisa, el trayecto hacia la escuela lo ocupaba en mirar el paisaje de una carretera que ya me sabía de memoria y que no cambiaba lo suficiente a lo largo del año como para darme una razón válida para entretenerme. Evitaba iniciar cualquier conversación matutina, de ésas en las que se comentan los pormenores de la tarde anterior y que tan sabrosas resultan como preámbulo para el resto de las conversaciones del día, antes de que el profesor de la aborrecida clase de las siete entrara y ordenara silencio.
Debo decir, con toda la pena que me provoca, que nunca llegué siquiera a las diez de la mañana cumpliendo mi propósito, ya sea porque terminaba olvidándoseme o porque de plano alguien había iniciado algún tema cuya comenta no pudiera resistir. Y, así, sin esperanzas de rehabilitación volvía a constituirme como el payaso de la clase, a hablar tonterías sin descaro y, como siempre, a extenderme sin misericordia del aburrimiento ajeno en las participaciones en clase (es que jamás aprendí a ser sujeto pasivo en ninguna discusión, por eso las conferencias nunca me han agradado mucho).
Habiendo dicho esto, me comprometo a mí mismo a hacer entradas más cortas y evitar todas las digresiones innecesarias (y pocas pasarían la prueba). Sé bien que a las diez de la mañana de hoy mi férreo compromiso habrá languidencido y lo echaré al saco del olvido, tal y como hice siempre en la preparatoria, pero si la intención en algo cuenta... si en algo contara... ya tendría ganado el paraíso.
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