viernes, abril 06, 2007

A la playa...

Ya había sido suficiente, mi tripa había empezado a reclamarme que no la dejaba en paz con la irracional enfermedad ésa de moda de finales de siglo, el mentado estrés que no deja pasar la oportunidad de cualquier insospechado pretexto para nutrirse de mal entendidas causas para empeorar. Ya era Semana Santa y hace casi dos mil años Jesús ya había sufrido suficiente una verdadera pasión como para intentar repetirla quedándome en casa a escribir la tesis, bastante tuve con no ir a Hermosillo ni a Huásabas y no ver a mi familia ni a mis sonorenses amigos como para encerrarme en la vacuidad de mi departamento. Además, la palidez de mis carnes ya estaba causando encandilamientos escandalosos, por lo que un viaje a la playa era obligatorio. La estrategia era clara como el agua, había que salir los primeros días de la semana para evitar sufrir las aglomeraciones en las carreteras y en el mismísimo Océano Pacífico que se pone a reventar con la fuga masiva de la segunda mancha urbana más grande del mundo durante el jueves, viernes y sábado santos. Otro punto de la estrategia era no ir a Acapulco, que es la salida natural al mar de la dichosa mancha urbana de la Ciudad de México y sus populosos alrededores, lo que le ha granjeado el nada glamoroso título de “D.F. con shorts”.
Pues con el talento de guías turísticas de Gaby y Larisa y el resultado de la búsqueda en Google de las palabras “playas”, “Guerrero” y “acampar” fuimos a dar a un lugar que se llama Playa Ventura, sin más referencias que las que se encontraron en Internet. Sonaba algo rural y lo único que en realidad sabíamos del lugar era que estaba en el estado de Guerrero (el mismo donde está Acapulco), cerca de la frontera con el estado de Oaxaca. Había que salir temprano para aprovechar el tiempo y porque tomaríamos carreteras que no sabíamos bien si existían ni cuáles eran su estado y condición. Pues las dichosas carreteras con paisajes algo tropicales, algo marginales, estaban en bastante buen estado y a la una de la tarde ya nos tenían contemplando el hermoso color azul del mar y sintiendo la brisa marina en una cara ya grasosa por la humedad playera.
La primera impresión fue el tamaño de las olas. Resultó que estábamos en pleno mar abierto, a lo que no estoy muy acostumbrado porque las playas de Sonora forman parte de un golfo, lo cual hace sus aguas mucho más tranquilas. En Playa Ventura no hay ni siquiera alguna bahía que frene el ímpetu con que el Océano Pacífico azota sus confines, lo que me hacía preguntarme si lo de su nombre era pura ironía, porque aquello de pacífico tenía lo que yo de prudente, o sea, muy poco (para los que me tengan en buen concepto). Aquellas olas eran dignas de tsunami, se elevaban a grandes alturas y golpeaban al caer de una manera estrepitosa la fina arena de la playa. Mis primeras cavilaciones fueron si debía meterme al mar o si dada la violencia de sus aguas iba a salir más revolcado que bañado. Pero ya que habíamos recorrido casi cuatrocientos kilómetros para llegar a la ansiada playa, la respuesta era evidente: hay que meterse y disfrutar del reto que la naturaleza ofrecía a los paseantes… como dice el dicho “es mejor flojito y cooperando”. Lo más curioso era que había olas que venían del mar y otras que con casi el mismo vuelo regresaban de la playa, capturando al incauto bañista en medio y golpeándolo desde dos diversos frentes y dejándome con una cara de confusión terrible por no saber de dónde defenderme o hacia dónde protegerme. Con todo y las arrastradas que cual trapo viejo y sin voluntad me pusieron las tempestuosas olas, salí contento (y con varios raspones) de volver a disfrutar las delicias de nadar en el mar que, desde agosto pasado no había sentido. Una vez superado el reto de salir vivo y sin fracturas de las remolinos y previo un largo baño de sol para agarrar algún color que no brille en la oscuridad y delate la nerdez de mi existencia, decidimos que la alberca era más Pacífica que el océano y estuvimos aflojando los nudos de tensión de la espalda hasta que desaparecieron por los relajados y hedonistas movimientos acuáticos. Debido a la ruralidad y la espontaneidad de Playa Ventura ningún hotel contaba con servicio de aire acondicionado y no es que sea yo fresa pero cuando comienza el ardor en la espalda, el calor y las sábanas de poliéster se convierten en tus peores enemigos. Pero era el alto precio que había que pagar por pagar bajos precios. Al día siguiente, paradójicamente me levanté más temprano que de costumbre justo cuando clareaba la mañana y salí a correr por la arena en una de las pocas veces en las que algo que implica esfuerzo físico se hace placentero. Y todo ese día lo aproveché tesonudamente para sacarme la palidez y enrojecerme cual camarón para darle un giro a mi apariencia. El ardor hizo su presencia más rápidamente que un sexy color de bronce, pero algo le había ganado ya a la blancura de mis espiritifláuticas piernas. Al día siguiente, también los primeros rayos de sol hicieron que me levantara temprano, probablemten más por la incomodidad del ardor que por gusto, y salí también a echar una corrida a la playa, para terminar descubriendo que el sudor hacía más intenso el dolor en las bronceaduras espaldíferas, por lo que a unos cuantos metros decidí desistir de mi misión atlética y mejor me senté a contemplar el mar y sus delicias antes de que el sol me despachara a refugiarme en la palapa más cercana. Como a eso de la una de la tarde decidimos tomar la carretera rumbo a México por la ruta que pasa por Acapulco para que nadie nos contara cómo se había puesto tan conocido destino semanasantero. Fue una muy agradable sorpresa porque la bahía es hermosa. Un concepto totalmente diferente del que habíamos experimentado en la remota Playa Ventura, pero valió la pena el espectáculo de contemplar los extremos del turismo en México. Paseando por la playa en Acapulco me extrañó ver a todos volteando hacia la punta de un edificio. Entrometido como soy decidí unirme a tan colectiva curiosidad y cuál sería mi sorpresa al ver a un tipo en un parachute que el viento fue a arrojar hasta la azotea de un altísimo hotel, ante la impotencia de los motores de la lancha que fueron insuficientes para detener que el individuo y su artefacto siguieran avanzando hasta estrellarse. Con la ayuda de al menos veinte individuos que pululábamos por la playa, empezamos a jalar la cuerda para poder bajar al hombre a la playa. Después de unos minutos la misión había sido un éxito: el tipo pudo llegar sano y salvo a la playa, más blanco que Gasparín por el penoso incidente del que fue protagonista del que logró salir vivo y seguramente con nada más grave que una taquicardia. Todos aplaudimos y dijimos bravo y yo decidí que era hora de volver a la ciudad de México, por aquello de que el incidente fuera algún mal augurio vacacional para los ahí presentes. El camino de regreso fue placentero (excepto la experiencia de conducir en Acapulco, donde cada quien hace lo que le da la gana, a la hora que le da la gana, e independientemente de lo que alguien más afecto a las normas de transito, como yo, opine) y a las diez de la noche estábamos tranquilamente disfrutando de los 12 grados centígrados con que el Distrito Federal nos recibía para disminuir el dolor de nuestras quemaduras de sol, que venían intensificándose día tras día y con una sonrisa más permanente que mi bronceado por haber roto la rutina y descubrir por enésima ocasión que La Vida es Bella.

viernes, marzo 23, 2007

Ilusiones

Cuando peor me caigo, cuando más me detesto es cuando me pongo a reflexionar sobre mi vida y esas cosas. Pero juro por Dios que no lo puedo evitar. Yo: un fiel amante de lo irreflexivo, de la frugalidad, adorador de lo superficial y lo vano, caigo de vez en vez en las nefastas redes mentales de la introsprección. Y encuentro laberintos que no hubiera tenido que escudriñar (siempre para saber que no hay manera de salir de ellos) y vuelvo a caer en cuenta de lo desagradable de la misión.
Así que, por enésima vez, he decidido que lo mío es el folclore, lo tropical, la vida tranquila de la hamaca refrescada por la sombra de la palmera. Eso del autoconocimiento y todas sus complicaciones caen en suelo estéril conmigo. Reservo esas actividades para los psiquiatras y esa palabra me hace pensar en nosocomios grises y húmedos, a camisas de fuerza y colchones en la pared para evitar cualquier riesgo de lastimar tu exterior por razones irresolutas de tu interior. La fiesta y los placeres debería ser fines en sí mismos para poder desatribular las almas atribuladas. Vivir el día con intensidad y todas las demás frases cursis de revista de veinteañera deberían ser los proverbios fundamentales de una vida relajada... y perfecta.
Y justo cuando me estoy autoconvenciendo de todo lo anterior, el Pepe Grillo de la conciencia me susurra al oído algo como: "inocente palomita... como si pudieras decidir algo así". Y, entonces, pongo cara de interrogación, muevo los ojos de un lado para otro y me resigno por los próximos meses a seguir siendo como soy, un poco compulsivo, un mucho obsesivo, poseedor de un intestino grueso que es receptáculo de mi estrés... en fin, un Rafa muy parecido al que ha sido siempre.

viernes, marzo 09, 2007

Good bye NY!!!

Tengo en el tintero de mi revoltosa imaginación una buena cantidad de cosas que quiero compartir en el blog, esperando un momento de inspiración que no me parece que llegará pronto. Así que con todo y sin inspiración tendré que lanzarme a relatar en lacónicas palabras y expresiones lo que yo quisiera que fluyera como fluyen los delirios en las largas noches de insomnio (pocas, debo confesar porque los Barceló somos de bostezo fácil y de dura propensión a la siesta). Tratando de dar una continuidad cronológica a mis relatos, platicaré sobre mi último día en NY antes de volver a la ciudad que en su nombre lleva su propia descripción: Hermosillo (aunque haya un elevado porcentaje que opine lo contrario).
Habiendo entregado mi último examen el viernes 17 de diciembre, si mal no recuerdo, en una mañana lluviosa neoyorquina, de ésas en las que el aroma de los cafés se hace más pronunciado y cuyo ambiente gris creaba un ambiente de despedida muy propicio para la nostalgia de la que soy tantas veces preso, decidí darle la última oportunidad a Nueva York para que me siguiera fascinando. Así, después de cerciorarme de que el examen había llegado a manos del maestro fui a despedirme de él a su cubículo, pues así me lo había solicitado unos días antes. No sé que pasó por mi mente o cómo se desenvolvieron las cosas que terminé diciéndole al respetable académico el apodo del pueblo donde había nacido su madre (pueblo que también está en Sonora, de nombre Empalme) y que desafortunadamente salió a colación, pues su sobrenombre incluye senda palabra grosera sonorense cuyo significado, para mi desgracia, el profesor conocía perfectamente. Después de tan abominable embarazo, salí liberado de las cargas escolares a conocer los lugares que tenía en la lista de infaltables y que no había aún conocido. Primero, me fui a un museo de arte medieval que es parte del Met (Metropolitan Museum of Art) y que se llama The Cloisters, o los claustros. Fue una maravillosa sorpresa y pensar que estuve a punto de irme sin conocerlo me causaba fuerte desasosiego. Está en la punta norte de la isla de Manhattan y lo construyeron como un castillo medieval con partes auténticas de claustros europeos de la edad media, traídas piedra por piedra y vueltas a ensamblar en Estados Unidos. Con todo y la idea de saqueo que esto sugiere, Los Claustros son hermosos. Tienen una colección impresionante de arte religioso y secular de la Edad Media, que incluye una magnífica serie de enormes tapetes que narran la historia del Unicornio, uno de los seres mitológicos que más me gustaría que existieran, por cierto.
Después de ahí, tomé un autobús para volver a Columbia y comer con unos amigos, en un restaurante coreano para seguir con la exoticidad, aunque no supiéramos ni qué significaban las opciones del menú. Al final, todo sabía bien y el estómago no reclamó, así que también considero esa comida todo un éxito. Para proseguir con mi día de despedida me fui a Times Square a comprar algunas chucherías porque todavía no tenía completa mi lista de souvenirs. Y además de los buenos precios y la gran variedad de chácharas que hay por ahí, también tenía que volver al célebre punto de encuentro neoyorquino, si quería despedirme como Dios manda. Realizadas mis triviales compras, me apresuré para que me alcanzara la escasa luz del día de los inviernos del norte para llegar a un barrio que se llama Alphabet City (Ciudad del Alfabeto, porque las calles tienen nombre de letras), que es un barrio muy étnico del downtown, con mucho espíritu de comunidad que se reflejan en los jardines compartidos que se encuentran alternativamente entre edificios y que son como pequeños parques que los vecinos arreglan con algunos motivos muy originales. Toda una experiencia de vida, como tantas otras que había acumulado al recorrer otros barrios que ofrecen características tan diversas. Y ya que andaba tan al sur de Manhattan, aproveché para despedirme de Soho y hacer alguna compra que mi modesto presupuesto de becario permitiera. Ya lo he confesado varias veces: adoro los estereotipos y la frivolidad caricaturesca de Soho ha de ser contemplada porque resume bastante bien el esnobismo de las clases medias occidentales (con gran interés de incorporarse de algunos grupos orientales). Caminar cargando bolsas de papel de alguna tienda de moda por esas aceras tan llenas de gente, repletas de caras de ambigua satisfacción causadas por el consumismo cliché y buenas cantidades de Lancôme (que también incluye línea para hombres), es toda una experiencia turística y social. Asomarte a los cafés o a los bares y calcular si “perteneces” a ellos o si te verías como una severa anomalía del sistema puede, incluso, ser divertido aunque también devastador para lo egos, pero si estás dispuesto a pedirle a American Express que te preste lo que no tienes, no hay mayor problema. En este mundo todo se compra y si es en Dean & DeLuca seguro sabrá fabuloso.
En fin, agotada la experiencia Soho tomé unos momentos para cenarme un nutritivo y calórico Subway y seguí la ruta para terminar en una fiesta de despedida de semestre, que se me acomodaba perfecto para despedirme for good de varios conocidos a los que me unían afectos seminales. Fue genial, ochenta personas apretadas en unos veinte metros cuadrados, con nacionalidades tan diversas como las de cualquier Asamblea General de Naciones Unidas. Todos tratando de sacarle las últimas gotas de sangría a una cubeta de plástico amarilla en donde varios litros de vino de dudosa calidad habían sido revueltos con cítricos, que dudo hayan sido previamente lavados. Pero qué importa si el alcohol lo mata todo, hasta he oído que lo usan para desinfectar así que seguramente no había nada de qué preocuparse. Fue una de esas fiestas que de verdad cierran con broche de oro, llena de conversaciones que difícilmente podré olvidar. Decenas de rostros recién aliviados de la carga académica pensando en volver a sus hogares que se encontraban en tantos rincones del planeta, tratando de comunicarse ya con voz aguardientosa y acentos cada vez más pronunciados creaban un verdadero Babel contemporáneo y destilaban al mismo tiempo felicidad y frustraciones, como se destilan en todas las fiestas, en cualquier reunión. Aquello terminó para mí a las cinco de la mañana, horas a las que zigzagueaba por las banquetas del Upper West Side tratando infructuosamente de mantener un paso recto para no delatar mi condición etílica a los varios vagabundos que a esas insospechadas horas pululaban en cada esquina. A las nueve tenía un desayuno al que pude llegar (diez minutos tarde) sólo porque mi papá me marcó al celular, ya que la alarma había sonado por minutos y mis oídos se negaron a escucharla. Pues todavía mareado por el bacanal de horas antes desayuné, terminé de empacar como Dios me dio a entender y no fue hasta después de llegar al aeropuerto que sentí que la borrachera se había pasado. Tomé un pequeñísimo avión a Indianápolis y después de lo que me pareció un parpadeo (la resaca y la desvelada me producen un sueño más que profundo, más bien cercano al desmayo) llegué al Midwest norteamericano, extrañado de llegar a una ciudad que representa todo lo que NY no es: una ciudad de blancos, homogénea, tranquila, pequeña, horizontal. Antes de recuperarme de la impresión del abrupto cambio entre las dos ciudades pude ver el amigable rostro de otro hermosillense, Marcos, a quien acompañaría durante los siguientes tres días por un road trip de 3500 km. que espero pronto comentar, porque fue una cosa digna de mención.

domingo, marzo 04, 2007

Perduto

Mi última desaparición del mundo del blog se debió a dos razones. Las dos tienen que ver con que me perdí en junglas, cuyas lianas y arenas movedizas no me permitían salir a ver la luz de este paradisíaco lugar utópico que es mi blog. Paradisíaco porque es mi único espacio de sensibilidad artística y una fuente pura de plenitud intelectual (que no requiere rigor ni cientificidad, que no tiene asesor de tesis, que no admite críticas metodológicas y las miradas de desaprobación casi nunca llegan a ser conocidas por mi corazón ni por me cerebro). Utópico, porque en realidad no existe. Ni su espacio ni su tiempo me son claros y disfruto de ignorar sus detalles técnicos.

La primera jungla que me había atrapado fue la de mi propia vida. La de la rutina y las extrañas prioridades que no quiero cuestionar porque me complica mucho la vida hacerlo. La jungla de la inercia vital y de tus propias motivaciones, que algunos dicen son el terrible canto de las sirenas que te atrapa para sacarte de tu camino, para distraerte de tu Odisea personal, como a Ulises rumbo a Ítaca. Por lo pronto, me ciño a mi sentido del deber y procuro no mortificarme en saber si pensar todo el día y todos los días obsesiva e ineficientemente en mi tesis me distrae del verdadero sendero de la felicidad. Sería muy difícil de manejar... y yo y el existencialismo nunca hemos sido tan íntimos amigos. Por eso el blog casi siempre debe esperar cuando la nube negra de los plazos para entregar mis alcances me amenazan con singular pedantería.

La otra jungla es más vulgar pero también más odiosa prima facie. Se llama problemas técnicos con Internet y tiene dos vertientes que me detuvieron las pasadas semanas de abonar alguna entrada a mi santuario de ceros y unos en el espacio sideral, aunque fuera algo trivial porque las trivialidades son mi especialidad. El primer problema fue la conectividad con esta red que, aunque cara, no quiere llegar hasta mi recámara, así que debo robar un espacio en la habitación de mi colocatario para poder acceder a la quezque "súper carretera de la información" que en nuestro caso no llega ni a camino de terracería por su lentitud y propensión a botar(se). Segundo problema: la insoportable necedad de Blogger que, a todo trance, terminó obligándome a trasladar mi blog a la nueva versión con ventajas tan ambiguas como sosas, pero que no me dejaba bloguear hasta que hiciera el dichoso traslado que, ya sea debido a mi estupidez informática o a la falta de empatía de los diseñadores del sitio con los usuarios estupidillos, de técnica débil y propensión a confundirse, duré varios días sin lograr completar el trámite y por tanto negada mi oportunidad de escribir alguna entrada que desahogara alguna de mis alegrías, tristezas u obsesiones o, al menos, que me permitiera desahogarme del estreñimiento intelectual que me ha impedido escribir lo que no tengo opción de no escribir.

Saludos, pues, a todos los que por gusto, por obligación o por azar lleguen a leer las líneas que finalmente pude escribir.

viernes, febrero 16, 2007

Por fin un oasis de tranquilidad...

Desde que volví de la ópera en la segunda semana de diciembre, cuando aún estaba en Nueva York, no he tenido el tiempo propicio para ponerme a escribir tantas cosas que cual saliva de paciente tomando antibióticos quiero sacar de mis adentros. Quisiera hacerlo cronológicamente pero creo que sería desgastante (sobre todo para quien intentara leerlo), así que trataré de irme desahogando poco a poco, lamentando que muchas anécdotas (y sobre todo sus detalles) quedarán en el olvido porque el tiempo tiene el despreciable efecto de ir desvaneciendo la intensidad de las emociones, de las imágenes, de las sensaciones que cada situación nos hace vivir. Ahora la nostalgia por Nueva York me tiene tiernito. La nostalgia y yo somos uno mismo y cuando me mudo a otra etapa de mi vida su presencia es segura. La nostalgia más dura la sufrí cuando me mudé de Huásabas a Hermosillo, y el detonador más importante era un casete de Roberto Carlos. Quede anotado que todavía se usaban los casetes que ahora suenan a historia antigua pero que hace muy pocos años todavía eran el centro de la vida musical de cualquier persona con todo y su poca fidelidad, sus aguadeos de cinta y sus lados A y B. [Hago esta anotación porque quedé sorprendido con un gap generacional cuando hace unos días platicaba con un amigo y salió a colación la palabra casete y su hija de cuatro años preguntó que si qué era tal cosa: ¡o sea, ya ni los conocen! Pero volveré a mi asunto de la nostalgia neoyorquina y la noche que volví de la opera. Asistí a Don Carlo de Giusepi Verdi, que duró nada menos que cinco horas en los últimos días de mis exámenes finales, a los que no les permití que me quitaran el derecho de despedirme como se debe de my life in NY. Ésa fue una noche fantástica, que compartí con un sándwich de salmón y pan de centeno que me salvó de morir de inanición en el primero de los dos intermedios de la función. Pero, sobre todo, fue una noche extremadamente rara. Como la ópera empezó a las siete, terminó prácticamente a la media noche. La Ópera Metropolitana, Met Opera House es parte de un complejo para el desarrollo de las artes llamado Lincoln Center, que es lugar hermoso de NY en el Upper West Side. Pues como el metro neoyorquino no descansa ni a deshoras y en el propio Lincoln Center que está en la calle 66 hay una estación de la misma línea que me llevaba a mi departamento, el subway me pareció la mejor opción. Ahora sé que no lo era… o tal vez sí. El tren se tardó más de lo normal en pasar pero eso no fue lo peor. Mi estación era en la calle 110, pero cuando el tren se detuvo al llegar a la calle 96 todos sus numerosísimos pasajeros empezaron a bajarse y los aparentemente inexistentes guardias, después de buscarlos por un buen rato, me indicaron que había que tomar otro tren pero en el andén contrario al que debía ser. Pues estuve otro madrugador rato esperando este otro tren bajo el remordimiento de tener muchas trabajos que entregar y muy poco tiempo para hacerlos. Cuando finalmente llegó el tren me subí con un gran alivio de estar más cerca de casa. Cómo se estaba riendo la fortuna de mí cuando en los altavoces algún funcionario del metro anunciaba que todos los trenes harían su siguiente parada hasta la calle CIENTO TREINTA Y TANTOS y yo iba a la 110, así que me quedaba más lejos la siguiente parada que donde estaba. Pues ya con mucha sensación de extrañeza por lo raro que estaba funcionando todo pregunté, cual Chapulín Colorado “y ahora ¿quién podrá ayudarme?”, pues la respuesta fue que había un camión que recorrería las paradas intermedias, que lo tomara en la calle. Pues cuál sería mi sorpresa que al salir a buscarlo no había nada del tal camión, sino una especie de camioneta pintada muy folclóricamente con dibujos multicolores y al centro la palabra mágica, que me pareció haber estado hechizado al leerla: TACOS, creo haberla leído con la siguiente entonación: taaaaaaacooooooossssss. Obviamente, la curiosidad no se hizo esperar y cual Speedy González en exilio salí corriendo a analizar aquél anómalo puesto de tacos en pleno Broadway y 96. Pues cuál sería mi sorpresa que no sólo sí eran tacos, sino que todo el conjunto era tan auténtico como un puesto callejero en la ciudad de México (excepto las tortillas de apariencia acartonada): salsa reguereteada alrededor de sus contenedores, música entre tropical y cándidamente naca, taqueros de cinturas más que prominentes con mandiles manchados de grasa, y una audiencia taquera de muy latinoamericanas características. Pues fue toda una experiencia comer tacos de dos dólares, yo me pedí uno de chorizo con todo el temor de que sus condimentos y el estómago trasnochado no fueran a hacer muy buena pareja, pero no, mi panza me lo agradeció tanto como mi paladar. Y no sólo eso de tomar había Jarritos (esto sin duda no significará nada para un lector no mexicano, pero añada el nombre de su bebida más local y podrán entender mi asombro/alegría/satisfacción por haber cumplido tan bien con un cliché taquero, la misma noche que había ido a la ópera y había cenado un esnob sándwich de salmón con pan de centeno. Regocijado por la experiencia volví caminando a la residencia, contemplando con admiración que la una de la mañana en Nueva York es muy parecida a las doce del mediodía; tiendas y restaurantes abiertos, gente pasando en multitudes, unos paseando a su perro, otros paseando a otro humano y, los más, como yo paseándose a sí mismos. Y, para rematar, al llegar a la “tranquilidad” de la residencia me encuentro con un conflicto de piso a piso, que incluía amenazas de golpes, gringas sobresaltadas y un mexicano con cara de What? (o sea, yo). Fue una noche genial, bizarra, vertiginosa, inverosímil, inolvidable, tal como me gustan las noches.

martes, enero 09, 2007

Imágenes sin ton ni son... sólo porque quiero compartirlas.


Mojados en la lluvia neoyorquina con el herman(¿ito?) Cristóbal, casi como cuando nos bañábamos en los arroyitos cuando llovía en Huásabas. Posted by Picasa

Paseo por Riverside Park con mi buen amigo Marcos... Posted by Picasa

Nueces garapiñadas en Quinta Avenida (nuts 4 nuts), 2 dólares; cámara digital Kodak todo terreno, con poquitos pixeles, 180 dólares; que tu familia vaya a visitarte y oír misa con ellos en St. Patrick's Cathedral, no tiene precio... Posted by Picasa

En primera plana yo, caminando rumbo a SoHo. Ando con la nostalgia a niveles insospechados. Posted by Picasa

Este es el edificio en el que vivía, primera planta en Riverside Drive en el Upper West Side de Manhattan, quién diría lo que se esconde tras su fachada. Posted by Picasa

Del viaje de mi familia a NY... esperando el bus enfrente de mi casa. Posted by Picasa

El cerro de Huásabas le da la bienvenida al 2007 con un sobrecogedor abrazo. Posted by Picasa

miércoles, enero 03, 2007

Mis blog-hubieras

Entradas que hace mucho quiero escribir y que no he hecho por falta de tiempo y por temor de que no sean tan agradables como resuenan en mi imaginación (en orden cronológico descendente):
1) Mi vida en Huásabas (capítulo n) sobre lo que significa estar de visita en el pueblo y no ser más su habitante.
2) La reunión de los descendientes de mis bisabuelos Julián y Concepción Moreno.
3) Regresar a Hermosillo y reecontrarme con mi familia y amigos, por lo menos por el mes que sigue.
4) Mi road-trip de Bloomington, Indiana, EE.UU. a Hermosillo, Sonora, México. Como avance comento que duró 3500 kilómetros.
5) Mis actividades de turista urgido en los últimos días que pasé en Nueva York, luchando contra las insuficientes 24 horas de cada día para hacer frente a mis finales y a mis deseos de agotar lo inagotable.
6) El niño de los callejones (no puedo dar más información al respecto).

Trataré de dar seguimiento a mis anteriores pendientitos no sin antes mandarles un saludo cordial y los mejores deseos para el año que comienza y bla, bla, bla de fiestas decembrinas.

jueves, diciembre 14, 2006

Rafa fluvial


En el Río Sena, París, donde solacé mi corazón. Posted by Picasa

En el Río Hudson, Nueva York, donde fui testigo de tremenda escena sexual. Posted by Picasa

En el Río Lander, Saint-Flour, donde aprendí que los ríos pueden esconderse bajo el hielo. Posted by Picasa

En el Río Guadalquivir, Córdoba, donde quise ser Don Quijote. Posted by Picasa

En el Río Vltava, Praga, donde aprendí que mi memoria no es capaz de retener su checoslovaco nombre por más que me esfuerce (cada vez que quiero saberlo tengo que averiguar). Posted by Picasa

Y, obvio, en el Río Bavispe, Huásabas, donde aprendí a nadar, tirarme clavados y sentirme como pez en el agua. Posted by Picasa