domingo, agosto 06, 2006

¿Por qué se sale uno de su casa?

Este martes 1 de agosto pese a los campamentos del Peje en Reforma pude llegar sin problema al aeropuerto para tomar mi avión directo a casa. Todo perfecto en el vuelo, aunque con menos turbulencias de las que hubiera querido, porque soy turbulentofílico. El avión hizo escala en Monterrey y ahí se subieron dos conocidos de la Universidad en la que estuve así que el último trayecto estuvo de lo más divertido, por lo menos eso sugiere el comentario de "¿Se pueden callar?" de la sutil aeromoza que se vio interrumpida mientras hacía su mímica de Marcel Marceau pirata de la aeronáutica con la fregada mascarilla que siempre he tenido dudas de que caerá cuando se presente la urgencia. Anyway... Me bajé del avión y de inmediato sentí el calor hermosillense que para nada estaba en su punto más alto, pero revuelto con algo de humedad que en nada contribuyó a hacer la sensación de mi llegada más agradable. Pero las sensaciones subsecuentes si fueron agradables: primero, saludar a mi familia o abusando del pronombre posesivo, los míos; segundo, llegar a la casa y encontrarlo todo en orden; tercero, la casa refrigerada (en Hermosillo uno nunca deja de agradecer ese fantástico invento, jaja); luego, ver a los amigos y divertirte como si nunca te hubieras ido. En fin, y antes de darte cuenta de que la respuesta es obvia, empiezas a preguntarte porqué te fuiste de casa a buscar nuevos mundos. Insisto, la respuesta vuelve enseguida y sabes perfecto que hay algo dentro de ti que te impulsa a moverte a nuevos munditos y que la fobia a la estabilidad es otra de las tantas que debe unirse a la larga lista. Pero es un lujo poder sentirse en casa de vez en cuando y dejarte consentir por los tuyos y sentirte, a la vez, suyo cuando, por lo menos yo, normalmente, me siento mío: eso fue abusar de los pronombres posesivos, pero en fin, el desgaste lingüístico es lo mío...

Nos fuimos el fin de semana a la playa y, por supuesto, insistí en broncearme pues en mi familia son los únicos que notan cuando me "bronceo", pues saben los que me han visto asolearme que no es fácil deshacerme de este color sin carisma que tengo, por más que me quede por horas en el sol como lagartija en invierno. Y la playa y la carne asada me volvieron a despertar la duda de si las razones para dejar Hermosillo eran lo suficientemente poderosas. Gracias a Dios, la respuesta volvió a ser contundente. Espero no perder la contundencia en las siguientes semanas... Por lo pronto seguiré pensando en todas las satisfacciones que me produce andar del tingo al tango y lo aburrido que sería este blog si me quedara mucho tiempo estable para seguir fortaleciendo mi decisión (soñé que me negaban la visa de estudiante, jeje, eso, sin duda, no contribuye...)

lunes, julio 31, 2006

Y en el siguiente capítulo...

Pues ya resulta tautológico decir "qué rápido pasa el tiempo!!!" pero no se me ocurre más porque ya tengo todas las maletas listas para irme mañana a Hermosillo y en unas semanitas más cruzar la frontera y tomar mi avión para poner en escena la más reciente versión de un huasabeño en Nueva York. Ya les iré pasando capítulo por capítulo cómo se desenvuelven mi ego y mi alter ego como si fuera musical de Broadway, pero sin lo musical porque quienes me han oído cantar saben que por ahí no va la cosa y los que no me han oído yo les puedo asegurar que prefieren quedarse con la duda. Y pues lo de Broadway más o menos porque por esa calle haciendo esquina con la 116th está Columbia University (iunivérrsiti, of cors) que será la sede de mis avatares de provinciano luchando contra las fuerzas del mal en Wall Street y puntos circunvecinos. Y aunque el factor sorpresa no lo desaparezco del todo, ya les puedo ir diciendo quiénes van a ser los villanos que me sacarán canas verdes y radioactivas en la Gran Manzana. El más peligroso se llama Austeridad y promete hacerme unas malas pasadas y ponerme a comer puro hot dog aceitoso y desabrido cotidianamente. Otro que también tiene un pedazo de criptonita para bajarle las energías al Súper Man-món que hay en mí es un tipo de apodo Choque Cultural, que tiene el súper poder mutante de hacerme extrañar el río y los callejones de Huásabas aunque ande en Fifth Avenue, y particularmente en esa calle une sus fuerzas con Austeridad y para qué les platico que si no sale el hombre araña por entre los edificios y me rescata de las garras de esos malvados enemigos capaz y hasta se me pone la piel de gallina. Y la villana que no podía faltar en ninguna de mis historietas es la perversa Nostalgia que sabedora que he dejado pedacitos de corazón en cada capítulo que cierro de mi cómic, se aprovecha y nada más me descuido me captura entre sus garras y la piel de gallina no es nada comparada con los estragos que bien dispuesta está a causarme cuando me dejo.
Pero eso será en el medio plazo porque mi futuro inmediato será irme a Hermosillo a recontrarme con mis Súper Amigos y unirme a la Liga de la Justicia que está reunida en mi casa en Consejo General y planeando hacer algo para que las vacaciones de los sobrinos estén a la altura de las circunstancias. Y mientras tanto no puedo conciliar el sueño y la emoción me tiene como dice mi tía Celina "con el ojo pelón".

domingo, julio 23, 2006

La venganza de los nerds (enésima versión)

Dudé mucho antes de revelar al público lector de blogs la vergonzosa historia de las salidas nocturnas que en repetidas ocasiones hemos intentando mis compañeros de la maestría y yo. Pero, esperando que mis compañeros sepan perdonarme, no pude resistirlo porque cada vez estamos afinando la técnica de terminar en desastrosos desenlaces cada vez que intentamos divertirnos en el esquema normal de los bares y el baile.
En la vida real, salir no debe ser un acto complicado. Te pones alguna garra que no se te vea tan mal, te perjumas y sales a la calle buscando amor. Pero por alguna extraña razón la nerdez extrema atrofia algunas vertientes del sentido común. El CIDE ha producido estragos importantes en algunos de los que ahí estudiamos. En unos más que en otros, pero en todos ha tenido desagradables efectos. Por ejempo, te cambia el lenguaje de uso diario y usas profusamente expresiones que, enfrentémosolo, no son de uso común: restricciones institucionales, regresiones, Herbert Simon, administración científica, etcétera. Así, cuando quieres entablar una conversación casual no puedes dejar de usarlos y, la verdad, da uno pena. Y lo peor es cuando notas en la cara de tu interlocutor la expresión de what the hell? y, obvio, pierdes la inspiración y cada vez que quieres hacerte pasar por alguien divertido, terminas hundiéndote más en el lodo de la intrusa terminología de la maestría. Otra manifestación: tus temas de conversación se ven terriblemente reducidos y te sientes de verdad incómodo y fuera de lugar cuando la conversación tiene que ver con la actualidad de los espectáculos y que si Britney Spears o que si Daddy Yanquee. Y la peor manifestación de todas es que eres perfectamente consciente de lo mal que sueles encajar en un antro.
Pero aun todas estas desgracias de un alumno de mi escuela, algunos nos rebelamos y con todo y el destino en contra nos oponemos al status quo de los fines de semana estudiando y, eventualmente, salimos a buscar vida nocturna. Creo que si lo hiciéramos cada quien por su lado las consecuencias no serían tan terribles. Pero, dadas todas las negativas manifestaciones compartidas de nuestra nerdez, solemos pensar que uníos como los proletarios del mundo podremos destruir todos los malos augurios del acto de salir a divertirse que, antaño, era tan sencillo y prometedor.
Pues este fin de semana no fue la excepción y con el pretexto de festejar el cumpleaños de un amigo, lo volvimos a intentar y de verdad tendría que reconocérsenos que cada vez perdemos el pequeño resto de autoconfianza que nos va quedando. Así, el plan consistió en ir un rato a jugar boliche y de ahí pasarnos a La Condesa, barrio trendy de la ciudad de México, con bares, lounges, billares, antros y restaurantes por todos lados. El lugar elegido se llama Malafama, con mesas de billar y música no tan alta como para permitirnos platicar y hacer gala de nuestro humor de poca sofisticación. Ya habíamos ido en otras ocasiones y todo había salido relativamente bien. Pero ese viernes parece que habían liberado a media Chilangolandia y todo mundo había dado a parar ahí y para poder tener nuestra mesa de billar, tendríamos que esperar treinta turnos, como si fuéramos parturientas en algún hospital del Seguro Social. Como no no resultó muy prometedor, nos fuimos a un bar a un lado. Todo iba bien, platicábamos sobre las elecciones que, si bien no era un tema muy cool para la ocasión, entraba sin dificultad en un tema normal para alguien de nuestra edad y con nuestro perfil. Habían asistido a la cita algunas personas que no eran compañeros de la maestría, así que no estaba tan mal. Bueno, al principio... Pero al rato de que me acabé la limonada mineral que había pedido y que nadie más se dignaba a pedir nada, el mesero empezó a preguntarnos con demasiada insistencia si no queríamos algo más. Pues no, llegó un momento en el que no queríamos nada más y nos pareció que sería normal, hasta que el amable garcon nos dijo que no podíamos estar sentado sin pedir nada. Ouch!!! Si te lo planteas bien, nos estaba corriendo. Corriendo!!! de un bar. Hasta ahora en las versiones anteriores de la venganza de los nerds, lo más que nos había pasado era que no nos dejaran entrar a un antro, pero corrernos ya era pasar una línea que no habíamos cruzado.
Los otros presentes hablaron de planes adicionales a ése, por el que tendrían que irse y, oooops, olvidaron invitarnos aunque fuera por politesse. La verdad tampoco se antojaba tanto acompañarlos, pero lo que daba tristeza es ni siquiera tener la opción para que nuestro ego al menos tuviera el placer de rechazar una invitación. Pero el colmo fue cuando nos dimos cuenta que ni siquiera teníamos carro para devolvernos, porque con el compañero que fuimos se había comprometido en otro plan que, evidentemente, no nos incluía. Y, entonces, pasada la medianoche de un viernes estábamos en una calle de La Condesa, bajo una ligera lluvia que no hacía más que añadir elementos de desgracia a la escena de unos loosers abandonados de la mano de Dios. Decidimos entonces al menos hacer un intento de terminar con cierta dignidad y algo de respeto por nosotros mismos aquella noche y volver a intentar entrar al billar que se mencionó en los planes originales. Probablemente ya serían menos de quince turnos los que faltarían para poder sentarnos. Pues no. No hubo manera. Estuvimos parados con cara de perro mojado enseguida de la barra para hacer presión en la lista de espera y ni siquiera así logramos que nos acomodaran aunque fuera en las escaleras. Entonces, propuse lo que me parece es lo más seguro hacer cuando todo está saliendo mal: comer. Y nos fuimos buscando algunos tacos que de acuerdo al dicho "panza llena, corazón contento" pudieran llenar la panza, para así lograr tener un corazón contento. Y camino a la ejecución de ese plan, alguien ve el carro que maneja un operativo del lugar en que trabaja y no sé porqué se apoderó del inconsciente colectivo la idea de que él podría llevarnos a nuestras respectivas casas. Pues fue la consagración de todos los ridículos nocturnos. Hénos ahí, corriendo por media calle como Forrest Gump haciendo aspavientos cual molino de Don Quijote para lograr atraer la atención del tipo y en la cara una sonrisa de "ya la hicimos". Pues después de correr lo que me parecieron varias cuadras el tipo se da cuenta, reconoce al que le va gritando "Chuuuuuckyyyyy". Además, "Chucky", háganme el cabrón favor!!! Quién con ese apodo habría podido ser nuestro salvador temporal??? Pues, el tal Chucky se baja del carro y nos hace la pregunta que activó el más incómodo silencio: "¿Qué andan haciendo?" Había varias respuestas que hubieran parecido razonables como "pues, aquí, divirtiéndonos" pero hubiera sido inverosímil, pues si de verdad estuviéramos divirtiéndonos porqué habríamos de correr en la calle para saludar a un casi desconocido. Además, por alguna extraña razón había libros en las manos de Rodrigo y Teresa. Libros, a esa hora y en ese contexto eran completamente incompatibles con la palabra diversión. Pues la respuesta que se oyó en el aire fue "vagando de un lugar a otro". La connotación de vagando se refería a que no traímos carro y estábamos sutilmente rogando por un aventón. Pero fue tan sutil que el dichoso Chucky en ningún momento ofreció el necesitado aventón. Y como los silencios incómodos se hacían tan frecuentes y prolongados, terminó preguntando "¿Necesitan algo?", jajaja. Qué vengüenza!!! Pues como ya habíamos caído tan bajo por pura dignidad dijimos que no y en medio de un ambiente enrarecido nos despedimos con la cabeza en bajo y seguimos en busca de nuestros tacos, resignados a que lo nuestro no es pertenecer a la diversión de escaparate de la vida nocturna. La mesa en la que nos sirvieron los tacos nos proveyó con todo lo que necesitabamos: un lugar tibio, sustento para la vida y la oportunidad de seguir riéndonos de la ignominia de una noche más en las que las cosas no salían como lo habíamos planeado, sino todo lo contario. Antes de tomar el taxi de regreso caminamos frente a los lugares que ya iban cerrando y que nos mostraban que nuestra tenacidad era más grande que el deseo de aplastarnos de La Condesa y su dizque trendy modelo de vida nocturna.

miércoles, julio 19, 2006

Lo bueno es que no había perros...


Hoy parecía un día muuuuy bueno. Todo bien en Relaciones Exteriores. Todo arreglándose con los trámites de intercambio que me trajeron vuelto loco la semana pasada llevándome inclusive a reconsiderar mi decisión de irme. Una tarde fenomenal: conocí el Colegio de San Ildefonso, tuve una guía muy agradable que nos explicó muy a su manera los murales padrísimos que tiene el otrora centro jesuita. Vi una exposición genial del recientemente fallecido pintor Raúl Anguiano. También una expo de fotografía alemana, que si bien me gustó moderadamente, no tengo ni los conocimientos ni la sensibilidad artística para saber si era buena. Después de eso me fui a la presentación de un libro de un reportero del Newsweek, Joseph Contreras, Tan lejos de Dios, que se refiere a la famosa frase atribuida a Porfirio Díaz: "Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos..." y que hace un análisis de la estadounidenciación de México (ellos usaban el término 'americanización' pero yo me opongo al monopolio del gentilicio de todo un continente para un solo país, ¿quién se cree EE.UU? ¿la gran potencia? Jajaja, pero ésa es ooootra historia). Lo más padre de la presentación del libro fue que lo presentaron Ana María Salazar, que tal vez por ser sonorense me agrade bastante, y que además inició su participación con un tema que compartí totalmente y es el choque que representa para un norteño entenderse con los chilangos cuando estás recién llegado. También presentó Jorge G. Castañeda, anterior Secretario de Relaciones Exteriores y uno de los personajes más polémicos de los últimos años con su transitar de izquierdista biógrafo de íconos de la izquierda latinoamericana a canciller del gobierno de derecha de Fox, con un cambio de apreciaciones políticas bastante interesantes y otros tantos devenires harto controversiales como el giro en su relación con Fidel Castro.
El caso es que se armó una discusión bastante interesante sobre la posición de los mexicanos respecto al cambio de la mentalidad que ha adoptado, por lo menos, los hábitos de consumo de la sociedad estadounidense y ha adquirido algunos de sus principales problemas: la obesidad, el estrés, el SIDA. Pero sin llegar a desprenderse de sus problemas de nación en desarrollo: pobreza, niños de la calle y un etcétera algo largo que mejor dejo ahí so pena de ponerme a llorar. El caso es que el balance de mi día me resultaba completamente positivo: muchos estímulos artísticos e intelectuales, pero claro no todo podía ser perfecto en el mundo de Rafa. Y justo cuando voy saliendo de la presentación ya había oscurecido, pero lo peor fue que empezó a llover, al principio menudito pero al rato me parecía un tifón aquello. Como no quería que se me hiciera más noche empecé a correr de techito en techito, atravesando obviamente tramos bastante lluviosos. Por más que ya he conocido otros climas el hombre de desierto que hay dentro de mí, todavía se impresiona con la lluvia diaria de este verano de la ciudad de México. Además, verano my ass!!! My almost inexistent ass!!! Yo no sé qué pasa con esta ciudad pero no sabe distinguir entre verano = calor e invierno = frío. Debe tener algo como dislexia o daltonismo, pero no para letras o colores, sino para temperaturas. Pues se puso aquello de un frío que el traje y los zapatos todos mojados no ayudaban en nada. Además, andaba muy de traje lo cual en mi paranoica mente significaba que sería un blanco más atractivo para algún asaltante que anduviera ahí medio desocupado y que pensara por mi vestimenta que ya de perdida recibo algún salario, lo cual, by the way, es completamente falso. Esta noche era particularmente falso, porque no traía nada de dinero, sólo para devolverme (y en transporte público, por supuesto, que Metrobús no se raja). Pero tampoco traía la tarjeta del Metrobús así que fue suplicar que un alma caritativa me vendiera un pasaje. Cuando me bajé del Metrobús no llovía así que me sentí muy complacido con el dios del clima. Y en lo que esbozaba una sonrisa de triunfo contra las fuerzas de la naturaleza esperando que se pusiera en verde el semáforo para peatones, oigo un pitido, me hago un poco hacia atrás y pasa el Metrobús a mi lado como alma que lleva el diablo y me ha pegado una bañada con el agua que estaba encharcada en la calle que parecía de comercial de productos contra la desgracia. No fue un salpicón, repito, fue un verdadero baño de agua callejera, revuelta de no sé cuánta cosa. Y ahí sí fue cuando me dije, gracias a Dios que no hay perros por aquí, porque seguro se me acerca, levanta la pata y me arroja sus malolientes meados, para hacer realidad el dicho que superlativiza la mala suerte "nada más faltó que me meara un perro". Pero no, la vida no es tan cruel y no había ningún can cerca. Caminé por Sullivan, la calle famosa por sus prostitutas, rumbo a mi casa, con temor de que me confundieran con una chica de la vida alegre vestida de oficinista mojado. Afortunadamente, no fue así y llegué contento al depa por haber logrado conservar un poco de dignidad y, sobre todo, por no haberme encontrado a ningún perro que quisiera cerrar con broche de oro un día más de esta aventura constante en que se ha vuelto mi vida.

martes, julio 18, 2006

Si no eres feo...


Si hay una frase que detesto con todo el furor de mis entrañas haciendo fisiológico un sentimiento, es la de "si no eres feo". Me la han aplicado en algunas ocasiones y cada vez es peor. Hoy fui a la estética a cortarme el cabello, buscando en un lugar con ese nombre justamente algo de estética para el exterior de mi cabeza, que últimamente tiene menos personalidad que un pepino: eso es por fuera, por dentro creo que el remolino de ideas la hace por lo menos más divertida. Pues nada, que me tocó una de esas desafortunadas estilistas que piensan que es su obligación estar hable y hable, o lo que es peor, pregunte y pregunte. No sé porqué tienden a pensar que uno va a cortarse el cabello a su lugar de trabajo buscando desesperadamente un amigo o confidente. Porque no sé los demás pero yo si de plano anduviera que exploto por comunicarme preferiría buscar alguien con un oficio más adecuado para la conversación, como un psiquiatra o un sacerdote o ya de perdida un perro callejero. Pero, bueno, he aprendido a soportar tanta palabrería peluquera y responder con un poco más que monosílabos mientras pasa el largo tiempo en el que estoy pensando "porqué no se callará y se concentra en hacer algo decente con mi peinado". Pues hoy no fue la excepción y la peluquera (que se mudó al D.F. desde Toluca a los 16 años, junto con una hermana, de las cinco más que tiene, tres casados y dos solteras, y que lleva ya 10 años viviendo en la capital, un poco al norte de Satélite donde es bastante tranquilo para llegar tarde, porque aunque no es muy reventada ya que sale muy cansada del trabajo, a veces sí llega en la madrugada a su casa, tranquila porque su barrio no es peligroso.... y un enorme etcétera de información que nunca solicité y que mi memoria, que no sabe discriminar entre útil e inúil, grabó perfectamente).
El caso es que una vez habiéndole dado a conocer yo también un buen porcentaje de mi biografía, me dio inclusive algunos consejos la mayoría de los cuales internamente tomé como basura pero externamente le agradecí mientras asentía con la cabeza, pero sin moverla muy fuerte para que no me fuera a trasquilar los pelos que ya tienen suficiente con la maldición del esponjamiento inmoral cuando hay humedad para todavía hacerles el favor de agregarles un gallito.
Y en una de tantas oraciones de su interminable arenga profirió el abracadabra que abre los umbrales de mi más furioso enojo: "Si no eres feo". De verdad, lo digo desde lo más profundo de mi alma, que prefiero que me digan que soy horrible y que verme causa comezón en los ojos o lo que sea. Porque esa frase equivale a refregarte en la cara que estás justo en el límite entre ser feo y no, lo cual obviamente te pone bastante lejos de ser guapo o, por lo menos, interesante, (información que prefiero no tener en mente en la cotidianidad) y que con toda su generosidad quien profiere la frase te ha rescatado de balancearte entre la fealdad y la indiferencia de no ser feo. Pero con esa horripilante frase disfrazada de tibio elogio te quitan inclusive el derecho a la personalidad que tiene un feo dejándote de plano sin Juan y sin las gallinas. Y lo que más me molesta es que yo ni le pregunté qué opinaba de mi apariencia, si yo nada más quería un corte de pelo, pero esta bendita mujer no podía dejarme ir sin la indeseada promoción de su vergonzoso peritaje que dejó a mi ego en la ignominia absoluta y 100 pesos menos en la bolsa.

sábado, julio 08, 2006

Las vacaciones y una probable pulga en mi cama


Estoy prácticamente de vacaciones. No oficialmente, pero mi corazón está seguro de que sí, de que estoy viviendo en ese período de catarsis de todas las impurezas que a tu vida le trae tu propia vida. Sucede que estoy haciendo lo que en la maestría llaman "intervención institucional", por más que parezca algo de espionaje o una operación a corazón abierto, no se trata más que de hacer prácticas profesionales. Como soy por un lado necio y por el otro suertudo, las estoy haciendo en la Secretaría de Relaciones Exteriores, en el flamante edificio que acaban de inaugurar frente a la Alameda Central, piso 14 para más referencia. Mi escritorio no tiene una vista glamourosa al Palacio de Bellas Artes, sino a otro escritorio de una secretaria embarazada, a la izquierda, y a una de esas paredes falsas (como de tela y alcochonadas cual si fuera loco en manicomio y gustara de aventarme contra los muros). Toda esa larga explicación no venía al caso, pero espero sirva su función de mantener al tanto a mis proches y que no sirva para espantar a los eventuales que se asoman a mi blog. El punto real era decir que aunque tengo una actividad que desarrollar de lunes a viernes, estoy frente a la maravillosa y ya casi olvidada situación de tener HORARIO. Sí, yo trabajo de nueve de la mañana a tres de la tarde y cuando salgo de la flamante sede de la Cancillería el tiempo es mío, yo puedo decidir qué hago, si voy a ver un oso panda al zoológico de Chapultepec o camino por Paseo de la Reforma, o por el Centro Histórico (con el temor de encontrarme una horda de simpatizantes de López Obrador, pero eso lo hace más folclórico) o bien, puedo tomar una desvergonzada siesta de esas en las que duermes hasta que literalmente se te hinche el ombligo. Y digo que ya casi olvidaba eso, porque en la maestría es rarísimo poder hacerlo, es decir, cuando llegas de la escuela siempre hay algo que leer, escribir, pensar en y no eres verdadero amo de tu tiempo, porque aunque puedas hacer ratos libres, siempre tienes la sensación de culpabilidad de estar dejando de hacer algo importante. Somos normalmente hombres libres esclavizados, pero de una naturaleza un tanto graciosa, porque nuestro dueño no es el propietario de una plantación en Louisiana o de una hacienda de henequén en Yucatán, sino es otra parte de tu self, de tu yo mismo que se apodera de la voluntad y te tiene a sus expensas. Algo como el lado izquierdo del cerebro, aplastando al lado derecho. Y ya tienes las patas tan adentro de la olla que sales más perjudicado si intentas salirte que si decides pasivamente permanecer cociéndote para hacer un lindo "puchero" de humanidad. Creo que no me expliqué bien y puede dar la impresión de un conformismo que devora el espíritu revolucionario de querer un mundo mejor. No tiene nada qué ver con eso, no es nada social ni político, más bien es algo individual, cuando la racionalidad "objetiva" te hace su presa y mide tus emociones, tus placeres y dolores físicos y tus decisiones de vida con el mismo rasero. Bueno, cada vez que me pongo "profundo" termino haciendo el ridículo, pero como ya lo escribí no lo pienso borrar. El caso es que una vez más trataré de volver a mi punto: ahora que tengo horario tengo tiempo del que puedo disponer, que puedo aprovechar o desaprovechar, pero en fin, tiempo libre, ocio, con todas las ventajas que le atribuyó Thomas More en Utopía, antes de que por alguna razón le dieran al término un sentido peyorativo. Y así he hecho algunas cosas provechosas, otras vacuas y otras tantas medio idiotas, pero quién soy yo para juzgarme a mí mismo, eso se lo dejo a las malas lenguas. Y termino mi divagada disertación con la última noticia que mi vida ha producido: todo parece indicar que una pulga ronda mi cama, (todavía tengo otras líneas de investigación como la del mosquito perverso) pero ya van dos noches que la rasquera (comezón) en el pie izquierdo casi me quita el sueño, lo cual es algo extremamente raro para un Barceló, que rara vez duerme en la misma cama que el insomnio y célebres por su adicción a las siestas. Tengo que llamar a un exterminador de bichos o averiguar muy bien qué animalejo ronda por mi lecho, porque quiero ser el único parásito que duerma en mi cama cuando no medie consentimiento para lo contrario...

jueves, julio 06, 2006

Jornada electoral


No pretendo hacer en este breve espacio un remedo de profundo análisis de las elecciones del domingo 2 de julio. En realidad, con la superficialidad que me caracteriza espero no hablar más que de mi experiencia electoral que, creo, ya es algo. Pues resulta que como todo un buen ciudadano que cree que la participación democrática es el mejor mecanismo para mantener a raya la infinidad de errores que suelen cometer los gobernantes, me fui muuuuy tempranito a votar. Porque estando en la ciudad de México, pero con mi credencial de elector domiciliada en mi "verdadero" domicilio, o sea, Hermosillo, Sonora (sí señor!!!, arriba el norte y si no vea el mapa!!! y todas esas cosas de mi fútil y romántico regionalismo) me tocaba ir a votar en una casilla especial. Como no vivo lejos del Zócalo de la capital y ahí se iban a instalar dos, creí que era mi mejor opción. Bueno, el caso es que llegué y sólo había otra patriota señora de Colima, lo cual me hacía el segundo de la fila. Pero en fin, creí que eso sería ideal para votar y poder utilizar el resto del domingo a mi antojo. Pero no fue así, por mi acostumbrado acomedimiento a meterme donde no me llaman. Bueno, directamente no me llamaron, pero como a las nueve de la mañana la casilla de votación seguía sin abrir porque el presidente no había llegado, preguntaron que si alguien quería entrar de emergente. Y ahí voy yo no muy consciente de lo que implicaría, pero con el corazón henchido de orgullo cívico de poder ayudar en las elecciones, como un ciudadano más que responsable porque yo mismo había decidido ayudar. Claro, había asimetrías de información a favor del destino. No tenía idea en ese momento que estaría hasta las dos treinta de la madrugada desempeñando mi flamante cargo ciudadano. Que no recibiera ninguna remuneración tampoco lo hacía malo, ya la satisfacción y cosas de ésas ocuparían ese espacio de egoísmo individualista. El problema real fue que estuve sin probar bocado todo el día, tooooodo el día. Y sin probar bocado me refiero a "sin probar bocado" tan literal como se escucha; nada, niente, nothing, rien. Ni de llevarnos una coca-cola fueron capaces. Hasta las dos de la madrugada que pude salir a una tienda me compré una botella del vital líquido (para mí esa expresión hace referencia a los refrescos de cola) y una barra de chocolate que son los complementos ideales para un ataque de colitis previsible y merecido, que no se hizo esperar a la mañana siguiente. Bueno, aparte de eso, fue estar parado todo ese tiempo, las dieciocho horas que van desde las seis de la mañana (cuando inicié mi jornada como un simple elector) hasta las 2 de la madrugada que terminamos de contar voto por voto con todo cuidado y sin poder hacer la tan anhelada división de trabajo que hubiera agilizado el conteo (que no me salga AMLO ahora con que ese trabajo no cuenta y que hay que volver a contar todo, aunque no haya irregularidades y aunque hayamos [en esa casilla] hecho el conteo frente a dos representantes del PRD y una observadora electoral, pero bueno, ésa es otra historia). Pero en realidad todo el sacrificio estoico que le representó a mi cuerpo dolores y sufrimientos no se compara con la cantidad de malas vibras con las que me enfrenté. Resulta que para votar, tu credencial debería de aparecer en el padrón electoral y resulta que varias personas no aparecieron. Así que pensaban: 1) que yo era el responsable; 2) o que yo podría arreglar su situación; 3) o que yo estaba haciendo fraude electoral; 4) o ya de plano que yo había matado a Colosio. Y tuve que enfrentarme a los gritos y malos tratos de gente que hacía el coraje del año y me lo refregaba en la cara a pesar de lo mejores términos en los que yo les hablaba para explicarles su situación y el hecho de que no podrían votar en esta elección (sin importar que habían estando parados haciendo fila durante cuatro, cinco o seis horas). Lo peor era que de inicio yo sabía que por más que discutiéramos no había manera de que yo les arreglara su situación y lo único que provocaban era que inútilmente la espera se hiciera más larga para los demás ciudadanos. Además, parece que pocas personas saben que la elección la organizan los ciudadanos, que nadie nos paga nada y que fue sólo la responsabilidad cívica de antender al llamado de las autoridades electorales lo que nos tiene ahí, pero todos los que estuvimos en las casillas somos simples mortales, colaborando en un día importante para el país, con nuestras torpezas, nuestra falta de experiencia y sí, hambre, cansancio y en menor medida (admirablemente) nuestros malos humores. No somos los responsables de la mayoría de los errores logísticos, ni del diseño de las elecciones, ni del mantenimiento del padrón electoral, etcétera. Eso parece no entenderlo bien la mayoría: una señora gritó como cuarenta y cinco minutos consecutivos sin parar. Claro que llegó un momento en el que dejé de hacerle caso porque lo suyo parecía más bien un problema existencial y ahí definitivamente yo no podía arreglar nada, pero mi indiferencia aumentaba más su cólera y se hinchaba aún más de lo que su ya robusta figura parecía permitirle. En fin, mucha anécdotas más me acontecieron en el largo día y la aún más larga noche del 2 de julio. Pero terminé muy contento de ver como a mi lado los otros funcionarios de casilla soportaron también siempre con buena cara el reto que representa realizar esa función, sin más motivación que querer a tu Patria y querer que las cosas se hagan bien. Y también cómo miles de mexicanos soportaron las largas horas de la espera, a veces bajo la lluvia, a veces bajo el sol y como después de eso llegaban todavía gustosos a emitir su voto: jóvenes, en su primera vez; ancianos, en su probable última vez, discapacitados, padres de familia con sus hijos pequeños, en fin todos mexicanos y mexicanas ejerciendo, lo que que no debemos olvidar, es todavía una reciente democracia. Mi generación ya creció con elecciones confiables y, probablemente, no valoramos lo que representa saber que tu voto cuenta y que se hará lo que efectivamente diga la mayoría de los que acuden a votar. El margen fue pequeño pero se expresó la voluntad popular y ahora están las instituciones legalmente constituidas para validar lo que la mayoría expresó con su voto. Un candidato está cuestionando la elección, lo veo normal pues perdió por relativamente pocos votos, pero no creo legítimo descalificar un esfuerzo de tantos mexicanos y no confiar en las integridad de instituciones que nos ha costado tantas décadas construir, sólo porque hay una diferencia pequeña, sin más evidencia de fraude que errores de información en el resultado preliminar, pero que los partidos conocieron y acordaron desde hace meses. La cultura democrática sigue avanzando en México y veo con gusto que la mayoría de los mexicanos confía más en las instituciones del país que en la amenaza vedada de las protestas en las calles que es un cauce menos propicio para la racionalidad de las decisiones importantes para todos.

martes, junio 27, 2006

Mi vida en Huásabas (capítulo 7)

Una de las actividades que recuerdo con más gusto durante mis años de niñez y adolescencia son los días de campo. "Día de campo" es la expresión de los paseos a algún lugar a las afueras del pueblo. Aunque si lo pienso bien, todos los días en Huásabas son días de campo, porque el pueblo está en medio del campo, o más bien, forma parte de él. Pero, bueno, poco importa el sentido literal de la expresión, porque hacía referencia a algo más especial. La idea es que había ciertas sedes típicas, las atracciones turísticas de Huásabas: el cajón de los pilares, el aguacaliente, la cruz del diablo o algunos remansos del río como la presa, la presita (que no era lo mismo, porque era más chiquita), el pango, el montegrande y un largo etcétera. Lo mejor de todo era que no se necesitaba gran cosa para conseguir un buen día de campo. Lo imprescindible era el plan de realizarlo que debía ser previo al impulso de salir por ahí. Es decir, salir al río o a los callejones sin la conciencia clara y un lonche abultado no representaba para nada un verdadero día de campo. Como aquel domingo por la tarde que fui con dos amigas a caminar por un callejón nunca antes explorado (por mí) y en el que nos encontramos con lo que tuvimos a bien llamar un lago. Nos sorprendió no haber escuchado antes de ese lugar porque era hermoso y estaba a unos cuantos minutos del pueblo y eso que fuimos caminando. Era impresionante que tenía algunos juncos a la orilla y había patos nadando en él. Además, todo alrededor estaba cubierto de pasto, aquello reververeaba de vida. El lugar, entonces, fue de lo más idóneo para sentarnos a la orilla a disfrutar de lo que habíamos comprado con nuestro tradicional "domingo" (el dinero que reciben los niños particularmente ese día para comprar dulces, golosinas o lo que más satisfaga el apetito infantil de comida chatarra). Yo todo el tiempo me gastaba mi domingo "en que" Maria Luisa. Dos aclaraciones: 1) "en que" se usa mucho en Sonora, particulamente en los pueblos, para decir 'en casa de', aunque también se usa para 'la tienda de', yo no me di cuenta que era incorrecto hasta algunos años después de salir de Huásabas; y, 2) María Luisa Urquijo era una señorita quedada (soltera en edad avanzada), muy piadosa, de cuerpo y cara enjutos que nunca faltaba al Rosario y que todavía usaba un velo de encaje para entrar a la Iglesia, como antaño era la costumbre; su casa estaba en la "calle ancha" y siempre estaba tan pulcra como una gota de agua, el piso de cemento era brilloso como que todo el tiempo acababa de ser encerado, a pesar del ir y venir de los zapatos empolvados de los chamacos; María Luisa vendía dulces para ayudarse económicamente y como los domingos por la tarde las tiendas solían estar cerradas era el día en que tenía mayor concurrencia de niños ávidos de gastarse su "domingo" en toda clase de dulces y tamarindos: chamoys, rielitos, sabritas y sodas. Los dulces estaban en un rincón de la cocina y su casa tenía un olor particular que no podría definir porque para mí ese olor sólo le pertenece a su casa y lo tengo catalogado con el nombre "huele como en que María Luisa". Bueno, como de costumbre, me desvié un poco. Les iba contando que nos sentamos a la orilla del "lago" y disfrutamos de una hermosa vista y de nuestro "lonche" de domingo por la tarde. Afortunadamente era invierno así que no osamos meternos a nadar un rato porque llegando al pueblo, al inquirir sobre tan excepcional lugar nos enteramos de que se trataba de la laguna de oxidación (hasta nos gustó el nombre pero la decepción fue grande cuando nos enteramos de lo que significaba: era el lugar en el que se almacenaban los flujos del drenaje del pueblo para su posterior descomposición y reintegración a la madre naturaleza). Cómo no iba a pulular la vida en ese lugar con tal cantidad de materia orgánica: los patos, los juncos, el pasto y las algas que le daban color verdoso al agua estaban más que satisfechos de tan “noble” fuente de alimentación. Ateniéndome al punto: ése no era un día de campo, porque no lo habíamos planeado, como debe hacerse, había sido fruto de la más pura espontaneidad, pero resultó muy divertido porque de regreso al pueblo nos desviamos al río y a pesar de estar en pleno enero, mediando las temperaturas invernales de la sierra, ocurriósenos meternos un rato al río. Lo que más recuerdo eran los calambres en las piernas y la imposibilidad para dar más de tres pasos en el agua, saliendo del río cada vez que se hacían insoportables. Pues terminamos revolcándonos en unas dunas de arena que estaban a un lado del río y que el sol vespertino había logrado tibiar. Pero los días de campo no eran así, eran mucho más organizados. Eran de tres tipos: familiares, de amigos y organizacionales, es decir, de algún grupo: de jóvenes, de la escuela, del catecismo, etc. Si eran familiares lo más probable es que estuvieran acompañados de una carne asada, con todos los puntos que tiene un carne asada sonorense: guacamole, pepinos, salsa bandera y, por supuesto, tortillas de harina, grandes y chiquitas (de manteca). Si eran entre amigos u organizacionales eran mucho más sencillos, nos poníamos de acuerdo sobre quién lleva cada cosa y listo: unos llevan las sodas (que normalmente estarían calientes para cuando nos diera sed, a menos que algún previsor llevara hielera), otros llevan las sabritas, muchas sabritas, los vasos desechables y no hacía falta más. Aunque si a alguien se le ocurría llevar burritos o sándwiches, su área sería la más solicitada, porque la idea es que al más puro tipo de las primeras comunidades cristianas todo se compartía: juntaba cada quien su aportación con la del grupo y éramos un lonche para todos y todos para un lonche.
Cuando estaba bastante chiquito la tradición familiar era que después de misa de ocho, nos íbamos toda la familia (más otras dos familias a las que nos unía y sigue uniendo una fuerte amistad) al rancho de mi tío Wenseslao, a una parte donde había una cueva cavada por un arroyo y que se llama “La borrachera”, no sé bien porqué pero puedo imaginármelo.
A propósito de los días de campo, rueda en la casa una foto muy graciosa en la que estamos bañándonos en el río Cristóbal, mi hermano menor, y yo. Más que graciosa es vergonzosa porque estoy con unos calzoncitos rojos y un desafortunado pliegue en salvas sean las partes que da la impresión de un acto viril precoz, pero a la vez una cara inocente regocijada con una tranquila corriente de agua que rosa mis pies posados sobre las finas piedras del río como la prueba de los excelsos disfrutes de mi niñez.

martes, junio 20, 2006

Cuando fui al fin del mundo...


Hace unos momentos me estaba acordando de cuando fui al fin del mundo. El 'fin del mundo' (le bout du monde) era un lugar en Saint-Flour, Francia, donde acababa un paseo al lado de un arroyo. Seguramente fue nombrado así por algún sanflorentino que jamás se había atrevido a atravesar ese lugar, sería el final del mundo en el que vivía y no le interesaría ir más allá. Yo, por ejemplo, creo que el fin del mundo es China, las islas del Pacífico Sur o Australia, pero al menos esos puntos son cercanos a mi nadir, haciendo planetaria mi concepción del fin del mundo. Pero, no importa, el nombre era tan gracioso y la compañía tan agradable que esa caminata en una fría tarde de otoño me creó un recuerdo, de esos que hasta cierto punto son indelebles. Como el del día cuando estaba en el Jardín de Niños que me dijeron que había un cuartito oscuro donde encerraban a los niños que se portaban mal. Ese recuerdo tampoco se ha borrado nunca, ni siquiera ha perdido su nitidez, conservando en perfectas condiciones en mi memoria no sólo lo que estaba viendo sino también lo que me estaba imaginando.
El caso es que ese día fui al fin del mundo acompañado de Laia, una fisioterapeuta catalana, y Sandra, una francesa con la voz más delicada que he escuchado (aparte de la de Teresa Salgueiro, claro) que trabajaba en una Aseguradora y que ahora se encuentra en pleno chômage. La plática fue casual pero a la vez alcanzó esos puntos de 'profundidad' muy humana en la que por alguna extraña razón te sientes con el humor de hablar de cosas como la muerte, que curiosamente solemos evitar, a pesar de su relevancia y su perpetua actualidad. El tema salió por la canción No es serio este cementerio de Mecano y por la explicación que pude dar de la fiesta de muertos, de la manera en la que se celebra en algunos lugares del centro y sur de México. A Sandra le parecía extraño que se pudiera hablar de la muerte con tanta naturalidad e, incluso, con algo de comedia. Yo, que quise jugar de culturalmente abierto, trataba de explicar que tiene que ver con una cosmovisión diferente, no sólo se ve diferente la muerte, sino también la vida. En lo profundo de mis entrañas, sin embargo, compartía el punto de vista de Sandra y no podía deshacerme auténticamente de la visión de la mayor parte de las culturas cristianas que, paradójicamente, temen y sufren la muerte cuando deberían alegrarse porque la vida eterna, que inicia con la muerte terrena, es la que realmente importa, según su teología y doctrina. Fue interesante estar en el fin del mundo y hablar de la muerte que, finalmente, es el final de cada mundo.

lunes, junio 19, 2006

L'enfance (la niñez...)


Si no recuerdo mal he hecho varias veces mención de una de las canciones que más me gustan. La música y letra son de Jacques Brel (Bélgica, 1929-1978) y es el tema de la película Far West (Jacques Brel, 1973). Y en esos ratos de inspiración en que una canción me hace sentir alguna emoción intensa o me hace asentir con la cabeza de tanto estar de acuerdo con la letra, me vienen ganas de escribirla en el blog. La canción es en francés, así que se me ocurrió que no sería la peor idea tratar de traducirla (barbaridad que ya he realizado en este mismo sitio), consciente de todas mis limitaciones como traductor y la enorme dificultad de hacer que suene bien en un idioma distinto al en que fue escrita la canción. Pero ahí va... y que Brel (que también osó traducir al francés el musical El Hombre de la Mancha) me perdone:

La niñez
¿quién puede decirnos cuándo se termina?
¿quién puede decirnos cuándo empieza?
No es nada de imprudencia,
es todo lo que no está escrito.

La niñez
¿quién nos impide vivirla,
revivirla infinitamente,
vivir para remontar el tiempo,
destrozar la última página del libro?

La niñez
que se deposita sobre nuestras arrugas,
para hacer de nosotros viejos niños,
jóvenes amantes, otra vez.
El corazón está lleno
la cabeza, vacía.

La niñez
es tener todavía el derecho de soñar
y el derecho de soñar otra vez.
Mi padre era un buscador de oro,
el aburrimiento es lo que encontró.

La niñez
Es mediodía cada cuarto de hora,
es jueves cada mañana.
Los adultos son los desertores
todos los burgueses son unos Apaches.

(Párrafo adicional)

La niñez,
Si los padres conocieran la niñez
si la conocieran los mínimos amantes;
si por casualidad conocieran la infancia
No habría más niños, jamás.

jueves, junio 15, 2006

Wow!!!


Buscando en mi memoria algún adjetivo calificativo que expresara mucha emoción, resultó que lo mejor que se me ocurrió fue Wow!!! que diremos es la interjección que denota sorpresa. Bueno, la Real Academia Española no la tiene registrada, solamente tiene "oh"
(interj. U. para manifestar muchos y muy diversos movimientos del ánimo, y más ordinariamente asombro, pena o alegría). Pero a mí me gustó más wow, que expresa con mayor profundidad mis "movimientos del ánimo". La razón por la que buscaba un término adecuado es porque quería describir mi semana de vacaciones con mucha sencillez y con eso iniciar mi recuento. Pues hace ya dos viernes fue el feliz día que terminé los finales de segundo semestre. Esperé ese día con singular devoción sobre todo durante el último mes de clases. Y era tal la sensación de alivio que me sentía incómodo. Me había desacostumbrado a no tener enfrente una nube negra de pendientes y preocupaciones. Bueno, pero no es tan difícil reacondicionarse a las buenas circunstancias. Y sí, duré como dos días para hacerme a la idea de que esa semana sería puro hedonismo, cínico, desvergonzado hedonismo. Probablemente haría como los romanos al inicio de la decadencia de su imperio, me hartaría de comida y después la vomitaría para continuar comiendo, porque la satisfacción, vista desde ese punto de vista, no es más que el término del placer y yo no quería que acabara. Pero como no soy tan radical, no hice ninguna de esas afortunadas actividades y utilizaba mi tiempo libre viendo capítulos de Friends o caminando ininterrumpidamente durante cuatro horas y media por Paseo de la Reforma y Chapultepec. Pero como soy hombre de acción aproveché una ambigua invitación para ir a la playa y el miércoles partimos con un par de amigas de la maestría y la hermana de una de ellas rumbo a Ixtapa-Zihuatanejo, en el estado de Guerrero, como Andy Dufresne en Sueño de Fuga, The Shawshank Redemption (Frank Darabont, 1994). Y, en realidad, sí era un sueño de fuga: fugarme de las actividades escolares y, sobre todo, de la Ciudad de México con sus perpetuas aglomeraciones y las lluvias vespertinas en el verano, que tanto envidia un huasabeño como yo. Todo fue tan placentero, tan divertido, tan sin complicaciones que, definitivamente, no me fue necesario vomitar como romano para entregarme a las dulces mieles del placer ininterrumpido. Con la obvia excepción del dolor de la piel quemada por el sol playero pero que fue el sacrificio valedor de largas horas tirado en la playa o siendo revolcado por las olas del Océano Pacífico. Podría agregar que el ardor valió la pena porque adquirí un hermoso color de escultura de bronce, pero no es cierto. Lo que adquirí fue un look de Duvalín (no lo cambio por nada, mis polainas) con la panza roja, los costados blanco leche y la espalda marcada como si hubiera usado un traje de baño surrealista, porque me quedaron marcas/manchas que no tenían orden, ni tenían madre. Pero fue el único inconveniente y visto en retrospectiva lo considero menor. El puro camino fue una fuente enorme de satisfacciones. Fue contemplar una buena muestra de la biodiversidad mexicana: bosques (que me siguen dejando boquiabierto a mí, hombre de desierto, cactus y mezquites), una presa llamada Infiernillo en medio de un ambiente árido, palmeras tropicales y árboles de mango a unos metros de unos cactus de figuras caprichosas. Y, como premio, una playa tropical en la que puede llover y hacer calor simultáneamente, tanto que te mojas y no te das cuenta, porque el agua de lluvia llega igual de caliente que el resto del ambiente. Y, después, dedicarse como único acto intelectual a la contemplación asistemática de la naturaleza (y del desarrollo turístico que la acompaña). De regreso, llegamos a uno de los lugares más bellos del mundo, Pátzcuaro, que se abre como un escaparate de la vida tradicional del México profundo, una verdadera ventana al pasado, pero a ese pasado que se extraña, que causa nostalgia, que se gana a pulso la categoría de Pueblo Mágico, que usa la Secretaría de Turismo. Esa noche dormimos en Morelia y puesto que venturósamente era sábado pudimos contemplar la, sin duda, mejor iluminación que hay en México: la iluminación de la Catedral de Morelia, que cada sábado inicia con un espectáculo musical y fuegos de artificio. El domingo siguiente regresamos y llegamos a un centro comercial del tipo outlet en el que pude comprar un traje muy barato para iniciar mis prácticas profesionales al día siguiente en la Secretaría de Relaciones Exteriores (otro wow!!! para mí, jeje), sin tener que parecer uniformado con el único traje que tenía en el D.F., sobre todo porque nadie más lo llevaría, lo cual haría sospechosa la idea de uniforme que es un poco más digna que la de retrato (categoría a la que pronto perteneceré si no agrego algo a mi guardarropa). Y no puedo terminar mi anécdota sin comentar que ya para llegar a la casa todavía pasé por el Ángel de la Independencia, lugar tradicional para celebrar los triunfos de la Selección Mexicana de Futbol (México 3 - 1 Irán) y como ese día les ganamos a los "enriquecedores de uranio", la euforia se hizo presente y yo hasta me emocioné y proferí el último wow!!! del viaje.

martes, junio 06, 2006

Mi vida en Huásabas (capítulo 6)














Vista desde la casa de mi tía Plácida...
(Foto de Andrea Castillo, tomada del sitio de Talya www.huasabas.blogspot.com)

Acabo de terminar el capítulo 5 de esta serie que tanto placer me causa escribir, pero aprovechando que tengo una semana de vacaciones trataré de usar mi tiempo provechosamente y seguir contando tantas cosas que hay que decir de un pequeño pueblo de mil habitantes. Además, me motiva el hecho de saber que, contrario a lo que yo pensaba, muchos huasabeños perdidos que como yo vamos por el mundo sin poder ni querer deshacernos de nuestra particular identidad geográfica, han leído lo que he escrito. Esta Semana Santa que pasé en Huásabas me encontré a algunas personas que me dijeron que alguno de mis artículos les había hecho sonreír, soltar una carcajada o, por lo menos, acordarse de su propia vida en Huásabas, que estoy seguro que para cada quien fue y es recordada de manera diferente. Yo, por mi parte, hago lo propio tratando de rescatar mis memorias de cualquier Alzheimer o eliminación de archivos neuronales que vaya a privarme de los recuerdos que aquí plasmo. Y en esta ocasión trataré de saldar de la manera más digna posible una deuda que hace tiempo he venido contrayendo con gente que me ha escuchado hablar de las vivencias de mi tía Plácida y que me ha pedido que las escriba en el blog. Y nada más coherente con mis pláticas de mi vida en Huásabas que las remembranzas de mi tía Plácida. Empiezo con algunos datos biográficos: Placida Moreno Acuña nació hace ya varios años, a principios del siglo XX, de una familia bien acomodada. No sabría decir acomodada en qué, porque yo no vivía en esos dichosos tiempos, pero por lo que he oído resulta la palabra adecuada para describir a los Moreno. Mi tía Plácida era una de las siete hermanas y un hermano varón que componían una familia grande, semillero de una buena cantidad de población en Huásabas, Villa Hidalgo, Granados, Hermosillo, Los Ángeles y Tucson. Sus nombres muy a la usanza eran: Josefina, Mariana, María, Isabel, Soledad, Plácida y Carmela. Ésta última es, por supuesto, mi nana Carmela (mi abuela paterna) que es lo que hace que sea mi tía Plácida. Todas las demás encontraron buenos maridos y contrajeron nupcias y produjeron como ya había dicho una abundante descendencia. Pero mi tía Plácida no tuvo la misma suerte (buena o mala, no soy yo quién para juzgarlo) y quedóse "para vestir santos", señorita "y de las de antes...", soltera o en la forma coloquial y un tanto vulgar: "cotorra". Y no me parece que haya sido nada malo, teniendo tantas hermanas con quien acompañarse por las tardes, meciéndose en la poltrona, fumándose un tabaquito (que era gran fumadora) y conversando hasta que se metiera el sol. Ser soltera tampoco le significó soledad absoluta, ni siquiera en los días de su vejez, pues tuvo gran cantidad de sobrinos a los cuales regañar. Siendo su casa (la misma de sus padres) el lugar de reunión de excelencia de toda la familia siempre habría chamacos pululando que no salían mucho de sus propias casas, por lo que la suya era el lugar adecuado para dar la guerra que hiciera falta. Hay una frase de la tía Plácida que forma parte del vocabulario familiar: "No me haces tú, me hace la silla" que era empleada cuando los niños brincaban o recargaban en la pared la silla puesta en dos patas; mi tía les increpaba "Te vas a caer" a lo que los sobrinos respondían con aire de suficiencia: "No me hago nada, tía". Y el ágil intelecto de la tía Plácida respondía con rapidez "Si no me haces tú, me hace la silla". En fin, había varias frases acuñadas por la tía Plácida que eran muy susceptibles de ser utilizadas en distintas ocasiones. Como por ejemplo "está muy alto para la operación". Resulta que varios años antes de su muerte, la operaron de una ernia, nada grave, en realidad, pero para personas metódicas como ella representó un gran reto. Después de la operación, el doctor le recetó que trajera puesta una faja para que la herida sanara más fácilmente. Pues que se la toma a pecho. Se compró su faja y treinta años después todavía la seguía utilizando. Sobra decir que después de tantos años la faja ya no apretaba pero ni la cintura de una escultura de Botero. Sin embargo, la meticulosidad de mi tía Plácida fue razón suficiente para que la conservara hasta sus últimos días, cuando su organismo ni siquiera recordaba aquella ernia que fue la razón de su existencia. Pero ése no fue el único resquicio de la operación de ernia, pues cada vez que se ofrecía subir un escalón o una banqueta decía con un tono afligido: "¡Ay! Está muy alto para la operación". Frase que también empleó hasta los últimos días que Dios la tuvo con vida. No sé si la soltería tardía pueda ser causa de un carácter obsesivo - compulsivo o, si en el caso de mi tía Plácida fue sólo la consecuencia que derivó en no casarse nunca, pero en la vejez manifestaba algunas características de este padecimiento. Por ejemplo, cenaba a las tres de la tarde, "para que no le fuera a caer pesada la cena". Además, cuenta mi papá que todos los días, cuando iba al rosario (la Iglesia le quedaba enfrente de su casa, sólo tenía que atravesar la plaza que estaba en medio) se devolvía desde la mitad de la plaza a revisar que no se le hubiera quedado abierto el candado, en un ritual casi religioso. Estas y muchas otras andanzas hicieron de mi tía Plácida uno de esos personajes de la familia que todos citan en algún momento, porque sus expresiones son parte del tesoro del lenguaje compartido por toda una familia, incluidos los miembros que no llegaron a conocerla. Yo, por mi parte, hago uso frecuente de sus dichos y de los de mi nana Carmela porque no estoy dispuesto a renunciar a la acumulación de la sabiduría que se esconde más seguido en ésas personas sencillas y especiales que en las publicaciones científicas.

Mi vida en Huásabas (capítulo 5)


Mi senda trazada, mi meta infinita...

Un buen amigo de la universidad me acaba de preguntar si ése era el lema de Huásabas, porque lo vio en el escudo de mi pueblo y le había gustado la frase. Fue como devolver el tiempo y sacar del baúl de los recuerdos una frase que leía continuamente cuando pasaba por la Biblioteca Municipal donde estaba pintado el escudo que contiene tan melodiosa frase. O en la pared de los bebederos de la escuela primaria en la que estuve 8 años. Antes de que echen a volar la imaginación los que saben que en México la primaria dura 6 años y que hagan teorías sobre un intelecto poco desarrollado durante la niñez del que esto escribe, debo contarles bien la historia. Resulta que en Huásabas durante los tiernos años de mi infancia no había escuela secundaria o preparatoria del gobierno. La secundaria era una escuela particular que se mantenía sobre todo a través de la cooperación de la comunidad huasabeña y un poco con las colegiaturas de los alumnos. El caso es que estando yo en sexto año aprobaron la apertura de una secundaria estatal (Técnica - Agropecuaria #7). De manera tal que mi grupo fue la primera generación de esta secundaria y ocupamos las instalaciones de la escuela primaria por dos años en lo que se terminaba la construcción del edificio propio. Esos dos años el turno fue vespertino, para mi solaz y esparcimiento, porque nunca me ha agradado mucho la idea de madrugar para hacer nada. Además, salíamos hasta la noche, lo cual era más propicio para las actividades de las que gusta un púber con sobreactividad hormonal. Pero no me malentiendan, en Huásabas somos muy decentes y seguimos a cabalidad las reglas morales de la Iglesia Católica. Así, esas actividades a las que me refieron eran básicamente agarrarse de la mano y caminar con tu remedo de noviazgo como si fueras pisando nubes, con la cabeza volando y el corazón latiendo más rápido. Bueno, continúo con el recuerdo de esos tiempos primaverales. Como primera generación nos tocó hacer cosas bastante originales: fuimos la escolta oficial durante los tres años, cuando antes ese "privilegio" sólo era reservado para los de tercero, o sea, lo más grandes; también nos tocó "deshierbar" el terreno en donde iban a construir la escuela. Con deshierbar no se imaginen quitar esas hierbas verdes que aparecen por ahí, no... en el terreno de la secundaria que antes hospedaba un vivero, deshierbar significaba enfrentarse con cactus, arbustos y matorrales, todos con una característica común: espinaban hasta el alma!!! Había una planta que me resultaba muy interesante: cuando le cortabas una rama sangraba. Sí, sangraba, su savia era de un rojo intenso así que era muy particular. Su nombre no me viene a la memoria, pero tenía algo que ver con sangrar, algo como sangría o algo. Bueno, el caso es que´pasábamos largos ratos de nuestras horas de "Tecnología" utilizando el machete y las tijeras podadoras para desenmarañar los matorrales donde irían los nuevos cercos de nuestra flamante secundaria nueva (wow!!! no puedo ver el avance tecnológico que eso representaba, pero el maestro Chuyaco (era su apodo) consideraba que la mano de obra gratis que representábamos podía ser consistente con el contenido de su materia, jeje). Otra cosa divertida es que en el terreno donde construian la secundaria vivía una pareja de viejitos: Tarazón y María. Según lo que he oído eran seguramente descendientes de los ópatas, que era la tribu indígena más grande de lo que ahora es Sonora y que desapareció casi sin dejar vestigios, adquiriendo las costumbres y religión de los recién llegados europeos. Aparentemente, están muy relacionados con la tribu que habitaba el sitio arqueológico más famoso del norte del país: Paquimé, en la sierra de Chihuahua, muy cerca de la frontera con Sonora.Ahora sólo se conservan los nombres ópatas de lugares (como Huásabas), plantas y animales de la región que son de origen ópata. Bueno, hay unas cuantas pinturas rupestres y es muy común encontrar hachas de piedra, o partes de vacijas al arar en las milpas, cerca del río. Vuelvo al tema: Tarazón era el apellido (que se reputa ser uno muy común entre los ópatas), pero no recuerdo su nombre de pila. Era una pareja que nunca tuvo hijos y que vivían a las orillas del pueblo en una casa mal armada con algunos bloques y distintos materiales bastante heterodoxos en la industria de la construcción. También habitaban con ellos una gran cantidad de perros y de gallinas, no recuerdo si había otras especies. El caso es que obviamente el terreno no era "legalmente" de Tarazón, pero en su concepto de propiedad que, obviamente, nada tenía que ver con el derecho romano o con el liberalismo económico, no podían sacarlo de su casa, que él había construido. El caso fue que ya que nos mudamos al nuevo edificio compartíamos la residencia de Tarazón, con todos los animales que sí eran de su propiedad. Sobra decir que el proceso de negociación entre el ayuntamiento, las autoridades de la escuela y Tarazón fue largo y no mediaron razones suficientes hasta que el Ayuntamiento decidió construir una casa para Tarazón y su familia, es decir, María de Tarazón y todos los perros y las gallinas, excepto una que fue encontrada muerta en los bebederos nuevecitos de la escuela y que fue, de hecho, una razón importante que motivó la mudanza de Tarazón, un poco antes de que su nueva casa estuviera terminada. A propósito de tan singular pareja, es oportuno comentar para que los que no conocieron a María (RIP, al igual que Tarazón) que era una viejita de ésas muy lindas que aparecen en revistas o en la publicidad del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Ya estaba encorvadita, su cara marcada de arrugas acumuladas en no sé cuantos años e ires y venires que la vida en la sierra sonorense no era fácil y menos para los menos afortunados como ella. A mí me recordaba mucho a la madre Teresa de Calcula. Bueno, creo que eso fue lo suficientemente gráfico. El caso es que un día que hubo elecciones María acompañó a su esposo a votar, como ya no le resultaba fácil caminar un patriota funcionario de la casilla acudió en auxilio de la senil pareja, tomando a María del codo. Tarazón, que resultó ser un hombre púdico y celoso, le dijo: "María, no andes provocando". A lo que el acomedido respondió para sus adentros: "No andes provocando náuseas", jejeje, cápsula cómico-cultural. Pero ésa no es la única gracia que conozco de la original pareja. Un día rumbo a su rancho pasaba un ganadero importante del pueblo cerca del rancho en el que Tarazón era vaquero, acompañado de su siempre fiel María. Resultó que el carro del ganadero se descompuso por lo que emprendió el regreso al pueblo caminando. De camino a Huásabas, se encontraba la casa donde vivía Tarazón, por lo que llegó el ganadero para hacer una parada técnica y recuperarse del ardiente sol sonorense. Ofrecióle María una tasa de café, el cual no pudo rechazar a pesar de que tenía sus reservas sobre la higiene de la tasa de peltre. Por tanto, decidió el ganadero no arriesgarse y tomar de la tasa por el lado del asa, es decir, por la parte que según él garantizaba el menor contacto con la saliva de sus anfitriones. ¡Oh decepción! María le comenta a Tarazón: "¿Ya ves? Te lo dije, yo no soy la única que toma el café por el lado del asa!". jeje. No tenía idea de que terminaría contando sobre María y Tarazón, pero creo que valió la pena, porque eran parte de esos personajes del pueblo auténticos, dueños de sí mismos, independientes de todo excepto de la caridad en sus últimos años de vida. Y no era porque fueran locos, al contrario, sólo tenían razones diferentes para ser y hacer lo que eran y lo que hacían. Ellos a su modo y yo al mío tratamos de seguir a cabalidad el lema que se lee en el escudo de Huásabas: "mi senda trazada, mi meta infinita"

martes, mayo 16, 2006

Numeritos, parte II

Para reivindicar el caracter cómico de este blog, después del trágico derramamiento de lágrimas del artículo pasado, he decidido platicarles que aquellos mismos numeritos que me atacaban unos días antes de tener el examen de econometría, han sido ahora los receptores de uno de los más brutales ataques que ha realizado mi intelecto. Pues resulta que mañana por la madrugada, traje y corbata mediante, nos toca hacer la presentación final de Econometría, que final final no es, porque todavía hay que hacer un examen la semana próxima, pero que ya se acerca a su culmen. El caso es que ya resignado a que pasar esa materia es imprescindible para la continuación de mis maquiavélicos planes no ha quedado más remedio que ponerse a trabajar duro para hacer hablar a los numeritos con la excelsa herramienta de la Econometría, que antes de esta maestría ni siquiera sabía que existía, oso decir. Y ya están las diapositivas de Power Point con las temerarias conclusiones que, según nosotros, el estudio arrojó. Y, bueno, arrojo el que voy a necesitar mañana para sonar muy convencido de haber hecho lo que se debía con la mejor técnica y sofisticación, cuando desde mis adentros la incómoda voz de la conciencia seguro me estará diciendo que si cómo sé yo esas cosas. Pero no queda más que adoptar una actitud ecuánime, digna de un estoico Barceló y amarrarme la tripa que los nervios vienen azotando de hace algunas semanas por el cúmulo de los exámenes finales y salir a la calle.... buscando amor, como dice la canción... jaja. No, en realidad saldré a buscarme la vida como un día cualquiera en esta magnífica urbe en cuyas entrañas habito.

domingo, mayo 07, 2006

The end of my world as I know it

Las horas frías de ese invierno en las montañas se hacían cada vez más largas para H. El latido de su corazón se iba haciendo también más lento y de sus ojos fijos en el fuego de la chimenea rodaban unas lágrimas capaces de destrozar cualquier alegría. Su mente trataba de desentrañar el único misterio que a él le importaba. Si habría dado la vida por amarla indefinidamente, cuál pudo haber sido la razón de su abandono. La cobija de lana que cubría sus pies y piernas no era suficiente para siquiera tibiar sus penas. Sufría con hondo dolor, como no sabía que se podía sufrir a pesar de que la vida le había dado pesares a granel durante los ochenta primaveras que sólo recordaba como inviernos. Sentía en el corazón una punzada como si una fina espada ardiente le atravezara el pecho y entendió entonces que la tristeza es un sentimiento en la connotación más literal de la palabra y que el corazón es el verdadero receptáculo de las emociones más fuertes de la vida. Trataba de aliviar su profunda pena recordando los momentos más felices que había pasado con ella, pero eso sólo hacía más insoportable el sentimiento de pérdida. Tocaron a la puerta pero no tuvo ni la intención ni las energías para ir a abrir. Escuchó los gritos del vecino pero le resultaban del todo indiferentes. Pasó un largo rato de silencio cuando de nueva cuenta tocaron a la puerta. Ahora alcanzó a distinguir la voz del sacerdote del pueblo cuyas homilías le parecían a veces correctas a veces no, pero que le causaban siempre mucha gracia. Tampoco consideró siquiera la posibilidad de levantarse o arrastrarse a abrir. En el fondo temía que pudieran convencerlo de no dejarse morir y eso le daba miedo porque no admitía vida posible sin ella. Pero tampoco podía quitársela de súbito porque en su ingenuidad creía que le haría daño a esa mujer a la que él no soportaría ver derramar una lágrima. Al día siguiente volvieron los toquidos a su puerta pero ahora era el alcalde del lugar acompañado de dos oficiales de la policía. Lo compelieron una y otra vez a que abriera y ante el silencio subieron el tono y amenazaron con tumbar la puerta. Al no obtener respuesta procedieron a forzar la cerradura. Entraron a la cabaña y encontraron su cuerpo sin vida con una carta en la mano que decía: "M, te amé hasta donde pude, te amé hasta donde no lo merecías. Mi sociedad, mi iglesia y mi estado intentaron disuadirme. Pero hay una parte de cada hombre que no pertenece más que a sí mismo. Ni suquiera tú pudiste penetrarla y en ese recóndito subterfugio de mí he decidido partir al lugar en el que todo se detiene, en el que no existen ni el tiempo ni el espacio y ahí viviré inmóvil acompañado sólo de tu recuerdo. H."

lunes, mayo 01, 2006

Madredeus


Este sábado hermoso de puente aparte de pasar largas horas en la computadora tratando de escribir ideas relativamente razonables para mis trabajos finales cuyo plazo de entrega se acerca amenazadoramente aproveché para realizar algunas actividades lúdicas. Por ejemplo, vi el Señor de los Anillos 1 y 2, lo cual ya es una inversión en tiempo bastante importante. Pero, además, tuve la oportunidad de ir al Zócalo a un concierto de un grupo que me encanta. Se llama Madredeus, es un grupo portugués que cantan un género que se llama fado, entre otras cosas, y cuya vocalista tiene una voz maravillosa. Resulta que estuvieron tres días antes en el Palacio de Bellas Artes y un día me lancé decidido a irlos a ver, pero la señorita de la taquilla me respondió con cara de burócrata del Seguro Social que los boletos ya estaban agotados para todas las funciones. Así, decepcionado de la vida me regresé a mi casa y de puro coraje puse una canción de Britney Spears, como culpando al destino de tener que escuchar música trash por haberme negado la oportunidad de ir a ese concierto. En realidad, la culpa era de los revendedores a los que mi religión les prohibe comprarles nada, pues se enriquecen ilícitamente a costillas de los fanáticos irracionales, jeje. Bueno, el caso es que estaba ya muy resignado cuando el viernes me enteré que al día siguiente se iban a presentar en el Zócalo, completamente gratis, wow!!! Hicieron una presentación muy bonita, donde la música era prácticamente lo único importante. Estuvo muy bien que, a diferencia del concierto de Manu Chao al que fui hace como un mes en el mismo lugar (pero con 16o,000 personas), no olía a resistol 5000 ni volaban bolsas de "agua de riñón" (es decir, el resultado del proceso de filtrado de la sangre de los riñones: orina, pues). No, este público era más civilizado, muy poco parecido a la horda de orcos que, como yo, gustan de Manu Chao.
Ahora es lunes primero de mayo y pienso honrar el día del trabajo trabajando, sobre todo para quitarme esa sensación desagradable de domingo por la tarde, aunque en realidad sea lunes, pero que implica el fin del valuado fin de semana y el comienzo de una nueva.

domingo, abril 30, 2006


Carne asada sonorense. Vale la pena cargar el malet�n en el aeropuerto... Posted by Picasa

martes, abril 18, 2006


Semana Santa en Huásabas... Posted by Picasa

Mi vida en Huásabas (capítulo 4)

Vengo volando a diez mil metros sobre el nivel medio del mar de regreso de mi tierra y con el destino inminente que no se muestra tan desfavorable. Ya había comentado en otro artículo, “Pedacitos de corazón”, que voy dejando regados afectos y lugares que me hacen sentir como si ya no perteneciera por completo a ningún lado. Sin embargo, sé que vengo regresando de mi tierra, y el artículo posesivo en primera persona del singular no es casual. Sé que siempre seré Rafael Barceló Durazo de Huásabas. Es como mi tercer apellido, mi título nobiliario, aunque no me lo reconozca la Constitución. Huásabas me une al planeta Tierra, ha sido el cordón umbilical a través del cual estoy unido a este mundo de manera casi física, lo que me salva de ser un ente disperso que erra como globo lleno de helio por la atmósfera terrestre. Y reencontrarme con ese sitio cada vez que me resulta posible es el mejor paliativo que tengo para disipar cualquier problema existencial, artificialmente creado. Volver también activa en mi mente preguntas irresolutas, pero es quizá la duda perpetua un impulso vital de los seres humanos. Después de toda esta disertación psico -filosófica no menos fútil que de poca monta me dispongo a escribir unas líneas que nunca podrán estar lo suficientemente inspiradas para poder describir lo que es una Semana Santa en Huásabas. Eso sí, yo siempre lo he dicho: a Huásabas en Semana Santa se va a rezar. O a beber, para un creciente segmento de la población huasabeña, cerveza Tecate, por supuesto, o para los bien machos unos buenos tragos de bacanora (licor sonorense obtenido de la fermentación de un cactus conocido como lechuguilla, muy parecido al maguey con altísimo contenido alcohólico).

Contrario al normal destino pagano, sobrepoblado y kitsch de las playas mexicanas en esas vacaciones o al popular (y frívolo) destino de los hermosillenses que es Tucson o Phoenix (discúlpenme por la franqueza que suele estar de más en la mayoría de las conversaciones), yo (y mi numerosa familia) siempre agarramos la carretera que después de tres horas y media te lleva a las entrañas de la sierra sonorense. Y desde que llegas hay que ponerse a rezar. Desde el Domingo de Ramos, la actividad religiosa no termina y sólo va aumentando en intensidad, llegando a su momento cumbre en la misa del Sábado de Gloria, la llamada Vigilia Pascual, o, ya de manera más popular, la misa más larga del año con sus siete lecturas y sus siete salmos, a lo que se une la bendición de cuanto elemento existe sobre esta tierra, bueno, no tanto, pero se bendice el agua, el fuego, las imágenes religiosas, los catecúmenos, etcétera. Una cosa linda para personas como mi nana Carmela, que fue ferviente rezadora y de temple singular, pero que los no tan amantes del éxtasis religioso pueden llegar a calificar con el adjetivo de “agotadora”. Y no carecen de razón pues, bajita la mano puede llegar a durar tres horas. Pero, ah! Eso sí, después de la misa viene el baile, cuyo nombre es bastante descriptivo “baile del Sábado de Gloria”. Y es un baile singular y de mucha tradición porque resulta que en Huásabas y algunos otros pueblos de la sierra sonorense, durante toda la cuaresma no se organiza ningún baile. Así que, después de cuarenta días sin sacudir el esqueleto, mover el bote o desempolvarse las articulaciones, pues los amantes de la danza andan que mueren de ganas por abrazar a algún individuo del sexo contrario y ponerse a bailar al ritmo de la banda o música norteña. Además de que no habiendo carnaval antes del miércoles de ceniza para desfogar las pasiones de la carne, el Sábado de Gloria por la noche es muy esperado. Pero erré la estrategia de iniciar describiendo la Semana Santa con su culminación, pudiendo no llegar a transmitir que aún siendo una época de fiesta y de reencuentros familiares, el culto ocupa una posición importantísima al más puro estilo católico. Particularmente el viernes santo. La actividad inicia temprano por la mañana con el ayuno, continúa con el vía crucis viviente, más tarde son las siete palabras con la lectura de la Pasión de Cristo y la adoración de la Cruz, y por la noche la marcha del silencio seguida del Rosario de Pésame. Iniciaré con el Vía Crusis viviente que significa que es representado por huasabeños de carne y hueso. Sobra decir que el que representa a Jesús no es clavado en la vida real, sino amarrado con cintos de acomedidos de la concurrencia que no teman se les caigan los pantalones. Es una representación muy teatral, pues delante de todos va un individuo a caballo vestido como centurión romano todo vestido de negro, con una sotana, un casco y un velo que le cubre la cara. Resulta bastante imponente con una lanza en su mano y profiriendo gritos e insultos a nuestro Señor. Lo acompañan legionarios romanos disfrazados con unas falditas rojas de papel crepé que vuelan con cualquier corriente de aire. Afortunadamente, como acto de mucha prudencia los legionarios llevan sus correspondientes pantalones de mezclilla y así no muestran lo que seguramente la mayoría no querría ver. Otra estación del vía crucis muy interesante es en la que Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén que lloran apiadándose de Jesús, quien les contesta que no lloren por él, sino por ellas y por sus hijos. Bueno, estas respetables plañideras son señoras huasabeñas que con los velos que anteriormente usaban las mujeres para entrar a la Iglesia. Nunca he estado seguro si lloran de verdad o fingen que lo hacen, pero si fuera esto último seguro Televisa estaría encantada de contratarlas para las altísimas dosis lacrimógenas de cualquiera de sus telenovelas. El caso fue que este año, por alguna razón extraña que seguro fue un problema logístico las mujeres lloronas no se presentaron a la cita ahí en la esquina del Country Club (no se rían los que no conozcan que en Huásabas hay un Country Club, que es un salón que antes se usaba para los bailes y los festivales y ahora se ha convertido en una mueblería). Y es que todavía no lo he explicitado pero el vía crucis viviente se reza por la calle iniciando en la Iglesia y terminando en una loma que por obvias razones se llama El Calvario, allá donde inicia el barrio de Basuchón. Así que cada estación se realiza en algún punto intermedio entre estos dos representativos lugares del pueblo. Y para situarlos geográficamente hay que decir que en Huásabas hay algunos barrios (que sería como el equivalente a colonias, pero sin ningún efecto postal). Empezando de la entrada del pueblo, estamos en Basuchón, por ahí por donde termina el vía crucis y donde está la capilla de San Isidro; luego sigue Basuchi y ya acercándonos a una cuesta abajo que te lleva al centro del pueblo está Basuchito. Pueden observar que el diminutivo y al aumentativo de Basuchi (la parte alta del pueblo) se refieren a la distancia que los separa del centro. El resto del pueblo podría ser definido como “Abajo”, pero faltaría precisión si no aclaro que también ahí pueden distinguirse sub-barrios. Podríamos empezar con la Isla, que es la parte cercana al río, supongo que el nombre se lo daría la cercanía al agua o quién sabe si habría alguna inundación de la que no estoy enterado y que haya incomunicado este célebre barrio. También está la Moctezuma, más para el lado del cementerio; la calle ancha que fue el lugar tradicional de reunión de los chamacos para jugar por las noches en las que refrescaba y nos dejaban salir para cansarnos y que nos diera sueño. Bueno, luego está la plaza, el parque y el muy famoso Callejón del Burro, que está antes de llegar a las milpas y cuyo nombre nada tiene que ver con sus habitantes, que tienen una capacidad intelectual idéntica al resto del pueblo o, a lo mejor, mayor. Los huasabeños creemos en la equidad como valor fundamental de la sociedad, pero ser de Basuchi, de “abajo” o de algún otro barrio particular también crea una identidad y te permite organizar pleitos, si llegado el momento, hiciera falta.

Bueno, eso fue en cuanto al Vía Crusis. Otra celebración más ritual que litúrgica es la marcha del silencio, ya que oscurece, para resaltar la sensación de luto por la muerte de Jesús. Esta consiste en una marcha silenciosa y en la oscuridad, para lo cual se apagan las luces del alumbrado público y los focos externos de las casas por donde pasa la marcha. Al frente y para crear un ambiente lógobre se lleva un ataúd y se arrastran cadenas (buuuuu) y la gente va formada de dos en dos en un paso parsimonioso, algunos llevando velas. De vez en vez se escucha una voz seca que anuncia alternativamente "Jesús ha muerto" o "Cristo ha muerto" en medio del silencio. No es una tradición muy antigua en el pueblo pero últimamente se organiza infaltablemente cada año. La marcha sale y te lleva de regreso al templo en donde al final se inicia el rezo del Rosario de Pésame con la imagen de la Virgen María Dolorosa vestida de negro, con lágrimás en los ojos y cara desconsolada. Eso completa la actividad religiosa del viernes.

Debido a que hay muchas cosas más que decir al respecto de la semana santa, tendré que parar aquí y continuar en otro capítulo sobre la importancia de cuando llegan los “forasteros” al pueblo, principalmente, para las fiestas de agosto, en diciembre o en Semana Santa.